Aquel era el día en que su juego continuaba. Ya había comprobado que jugar con la comida no era una opción, aquello era algo demasiado importante para John al parecer. ¿Por qué algo tan inútil recibía tanta atención por su parte? Seguro que era mucho más interesante la compañía de Sherlock, John debería aprender a ordenar sus prioridades. Quizás su experimento le ayudase con esto, le mostrase el lado más interesante del 221B de Baker Street: Sherlock Holmes. Sería un extra añadido al proposito principal de todo aquello: divertirse. Quiero decir, comprobar los límites de los humanos, lo cual era bastante divertido, la verdad…
Volviendo al experimento, en esa ocasión Sherlock decidió apartarse por completo de todo lo relacionado a la cocina y probar con otras cosas que sabía que desesperaban a John y que, como siempre, estaban relacionadas con el desorden. Esta vez el tema principal sería la ropa. Está claro que dependiendo de la prenda conseguiría una reacción u otra, y dependiendo de la situación en la que se encontrase esa prenda el resultado también variaría. Por ejemplo, no habría sucedido lo mismo la semana anterior si en lugar de haber sumergido los zapatos nuevos de John en gelatina hubiese hecho lo mismo con una camisa vieja sus pantalones de pijama. Tenía que considerar todas las variantes. Por eso se encontraba sentado en el sofá, con las piernas cruzadas y el portátil sobre estas. Había cambiado el archivo de notas por una hoja de cálculo, más útil para lo que le interesaba. John estaba delante de él, paseandose de un lado a otro como cada mañana antes de irse a trabajar a la consulta. ¿Por qué narices tenía que trabajar fuera de casa? ¿Es que no era lo suficientemente entretenido estar allí, colaborar con los casos? De todas formas aquel no era momento para quejarse de ello, pues le venía de perlas: durante unas horas tenía la casa completamente libre para trabajar en la siguiente situación. Sencillamente perfecto.
- Me voy al trabajo Sherlock. ¿Te importaría salir a hacer la compra?
- ¿Eh? Ah si, claro.
- ¿...En serio? -la expresión de desconcierto en su rostro era sencillamente deliciosa- ¿Vas a ir?
- Claro. No soy tan inútil como piensas -respondió airado el detective-.
- Está bien, está bien. Tienes una lista pegada en el frigorífico.
Sherlock no se molestó en contestar a eso, simplemente volvió a su hoja de cálculos mientras John rodaba los ojos resignado al ponerse el abrigo y salía por la puerta obviando una despedida a sabiendas de que su compañero de piso había dejado de hacerle caso.
Nada más escuchó la puerta cerrarse Sherlock se levantó de un salto, dejando el portátil a un lado y se puso manos a la obra: preparó el experimento, colocó un par de pequeñas cámaras en el cuarto, no quería arriesgarse a que le atrapasen de nuevo, y tomó la lista de la compra del frigorífico. Tenía tiempo suficiente para hacer aquella tontería hasta que John volviese a casa. Y quizás sería una experiencia enriquecedora eso de interactuar con el resto del mundo y… No, la verdad lo único que le interesaba era mantenerse ocupado hasta que su compañero volviese a casa y compensar un poco el asunto de los dedos librándole de esa tarea. Pero solo por esa vez.
Finalmente había llegado la hora. Había escogido una pequeña cafetería con conexión wifi para poder observar el resultado de su nuevo trabajo. Se había sentado en el punto más apartado de todo el local, no quería ser molestado, y para aislarse aún más se había puesto unos auriculares. No era demasiado dado a usar ese tipo de aparatos pero la situación lo requería, igual que había requerido que pidiese un café sólo, a pesar de que no le apetecía demasiado, pero era lo correcto ya que se encontraba en una cafetería, ¿no?
Tenía el par de bolsas de la compra a sus pies y su ordenador portatil abierto frente a él, la imagen de las tres cámaras en pantalla al mismo tiempo y el sonido a todo volúmen para amortiguar el ruido del local. ¿Es que la gente no sabía estar callada?
No tuvo que esperar ni cinco minutos a que John entrase por la puerta del apartamento y llegase a la sala de estar. Se quitó el abrigo y lo dejó a un lado. Aun no había visto la pequeña sorpresa de Sherlock. Y para colmo salió de la estancia para ir hacia la cocina.
- Vamos… -murmuró para si el detective- ¿Cuánto pretendes hacerme esperar?
Escuchó el sonido amortiguado del refrigerador cerrandose y el inconfundible sonido de una cerveza al abrirse, junto al suspiro de placer que dejaba escapar John siempre que probaba la bebida. Finalmente el exmilitar regresó a la sala de estar. Sherlock sonrió. Estaba a menos de dos metros de la sorpresa. Metro y medio… Un metro…
- ¿Qué…?
Y allí estaba John, de pie frente a su ordenador portátil y con unos calzoncillos azules de Sherlock, obviamente usados, en la mano. Estaba completamente inmóvil, observando la prenda sin saber cómo reaccionar a la situación. Al contrario que Sherlock, que había empezado a reír incontrolablemente sin importarle que la mitad del local le observaba con expresiones que oscilaban entre el miedo y la mofa, mientras que la otra mitad intentaba ignorarle.
Aquello era fántastico. El Shock había sido tal que John ni siquiera había podido reaccionar a ello. Pero entonces se movió, algo en su rostro se movió. Pulsando una tecla de su ordenador Sherlock aumentó el zoom de una de las cámaras para poder acercarse y ser capaz de ver su expresión. John se estaba mordiendo el labio. No tenía ni idea de por qué se mordía el labio. Aquello no era lo que se suponía que debía pasar…
Un segundo más tarde John había dejado la cerveza sobre la mesa. Le temblaban la manos. ¿Estaba nervioso? Definitivamente estaba nervioso, pero no había razón para ello, sino que debía estar cabreado, enfurecido por la indecencia de Sherlock al haber dejado tirados unos calzoncillos usados sobre su ordenador. Pero allí no acabó todo. Frente a la estupefacta mirada de Sherlock, John tomó la prenda con ambas manos y la acercó a su rostro a medida que cerraba los ojos y…
Y nada. Negro. Sherlock se había levantado de golpe y al hacerlo el cable de los auriculares tiró del ordenador, haciendo que cayese al suelo y se apagase de golpe. Ya no podría saber qué estaba ocurriendo en Baker Street ni por qué John se había llevado su ropa interior a la cara. ¿Qué estaba pasando?
No tardó ni diez minutos en llegar a Baker Street. Milagrosamente no se olvidó las bolsas en el bar. Bueno, milagrosamente no, una señora "amablemente" le detuvo para recordárselo. No sabe de donde sacó el autocontrol para no gritarle que se metiese en sus asuntos.
Nada más entró en el 221B dejó caer las bolsas en la parte baja de las escaleras junto a la funda con su portátil roto. Subió al apartamento pero no encontró a John en el salón. Tampoco su ropa interior. Dio una patada a uno de los sofás y contuvo una maldición. No podía soportar no saber como terminaba su experimento, qué pasó después de que fallase la idea de las cámaras.
Entonces lo escuchó. El sonido del agua cayendo. La ducha. John estaba en la ducha. Sin pensárselo dos veces fue hacia el cuarto de baño pero se detuvo antes de poner la mano sobre el pomo. Si John le veía la reacción no sería la verdadera, cambiaría al saber que le observaban y por supuesto que no le iba a contar por qué había acercado su ropa interior a su cara. Tenía que ser silencioso. Así que se quitó el abrigo, la bufanda, los zapatos y los guantes. Cuantas menos capas de ropa menos ruido haría la tela. Una vez listo abrió lentamente la puerta del cuarto de baño y tras comprobar que John no le veía, entró. Distinguió la silueta de su compañero de pisó tras la cortina de la ducha, pero no estaba bañandose, al menos no era la sensación que daba por su posición…
Un gemido rompió la concentración de Sherlock, haciendo que casi se cayese de espaldas. Agachado, se acercó a la bañera y apoyó la espalda contra esta, mirando en el espejo la silueta de John. Uno de sus brazos estaba apoyado en la pared y el otro estaba más abajo de su ombligo. Se movía lentamente mientras John miraba al suelo. ¿Qué pasaba?
A pesar de su prodigioso intelecto, Sherlock tardó varios segundos en descubrir que lo que estaba haciendo John no era otra cosa que masturbarse. Pero, ¿por qué? En el tiempo que había tardado en llegar al apartamento no le había dado tiempo a ver una película porno, o al menos esa era la idea que Sherlock tenía sobre el porno. De todas formas no pudo resistir la tentación y abrió la cortina de la ducha lo justo para poder mirar al interior. Necesitaba ver a John, había algo que le obligaba a espiarle. Lo que no esperaba encontrarse era que se estaba masturbando con su ropa interior. Literalmente. La mano que estaba sobre su entrepierna sujetaba sus calzoncillos. La expresión de Sherlock en ese momento no tenía precio. De golpe se sintió febril, notó como sus mejillas ardían y tuvo que pasar saliva. Tenía la boca seca y un escalofrío recorrió su espalda para dirigirse directamente a su entrepierna. John se estaba masturbando con su ropa interior. Aquello era por él. De alguna manera era por él.
Sherlock no pudo aguantar aquello más. Se levantó y salió del baño sin importarle hacer ruido. Tenía que pensar sobre ello. Era una variante que no había esperado y ahora todo cambiaba por completo. No podía seguir el experimento sabiendo como se sentía John. Pero, ¿cómo se sentía John? Tampoco estaba seguro. Ya no estaba seguro de nada, solo de que tenía que descubrir qué pasaba.
