No podía terminar así. No podía finalizar el experimento antes de terminarlo. Era cierto que encontrarse a John en la ducha con su ropa interior era algo que no entraba en sus cálculos, de ninguna manera, pero tenía que aprender a adaptarse a los hechos. La mayor diferencia entre los experimentos científicos y los sociales era que las personas no eran productos planos, sino que eran de lo más cambiantes y siempre podía ocurrir algo inesperado. No había leyes o reglas que se cumpliesen siempre. Puede que si la mayoría de las veces, pero no siempre. Y eso era lo que había pasado: que la regla no se había cumplido, que John no se había enfurecido al encontrar la ropa interior de Sherlock sobre sus cosas, sino que se había excitado y había terminado…

Por eso tenía que seguir el experimento, porque tenía que cerciorarse de que lo que había visto, lo que creía que había visto, era realmente como pensaba. Quizás lo que excitó a John fue otra cosa completamente externa a Sherlock y que tuviese su ropa interior solo había sido casualidad. Así que tenía que hacer otra prueba. El experimento había cambiado: ya no trataba de descubrir los límites de la paciencia humana, sino comprobar si Sherlock era lo que excitaba a John y, de ser así, cuánto podía aguantar sus provocaciones. Sonaba bastante más divertido que su idea anterior, para ser sinceros.

Tuvo que llevar a cabo una pequeña investigación antes de decidir cuál sería su próximo movimiento. Después de todo era todo un novato en el arte de la seducción, así que tenía que documentarse un poco. Comenzó viendo películas del género romántico, decantándose por Cartas a Julieta y Elizabethtown, pero aquello no era lo que estaba buscando, así que fue a por algo más fuerte: Sexo en Nueva York. Eso si se acercaba más a lo que quería… Con un archivo de notas abierto junto a la ventana de la película, iba tomando apuntes de las distintas formas que veía de seducción pero, ¿funcionarían igual en hombres y mujeres…? No iba a arriesgarse, así que comenzó una nueva búsqueda, esta vez su objetivo eran películas o series de temática homosexual.

La verdad es que, tras 7 horas viendo todo tipo de contenido multimedia relacionado con historias de amor y sexo entre hombres empezaba a sentirse un poco mareado. Había visto de todo: películas, series, comics, un género literario recién descubierto llamado fanfic… Parecía increíble que hubiese tanta información que hasta ese momento le había sido desconocida. Pero bueno, ahora tenía todo lo que necesitaba y por fin había encontrado la manera de provocar a John.

Dejó su ordenador en el sitio de siempre, el hueco entre el cojín y el brazo del sofá, se levantó y se encaminó al cuarto de baño. Tenía bastante trabajo hasta que John llegase a casa, así que lo mejor sería ponerse manos a la obra enseguida. El plan no requería de demasiado material, pero si de algunas preparaciones a las que Sherlock no estaba acostumbrado. Eso sería seguramente lo que más iba a costarle: familiarizarse con ciertas cosas. Bueno, lo mejor sería empezar por lo básico: una buena ducha. Lo demás… Bueno, quizás no fuese realmente imprescindible para lo que se traía entre manos, quizás pudiese obviarlo… Se tomaría su tiempo para decidirse.

Dos horas más tarde, John Watson entró por la puerta de Baker Street y caminó por la sala mientras se quitaba el abrigo y lo dejaba tirado en un sofá. Siempre igual, siempre la misma rutina, su vida debía ser aburridísma… No como la de Sherlock, siempre con algo nuevo en mente, algo nuevo a lo que jugar.

- Hola Sherlock… -dijo el médico sin necesitar ver al detective, si había ruido en el piso tenía que ser él - ¿Cómo te ha…?

No fue capaz de terminar la frase. Y Sherlock sonrió por ello: había funcionado. El detective miró a John como si no comprendiese a qué venía su sorpresa. Después de todo solo era él, completamente desnudo a excepción de un delantal, sujetando una cerveza en la mano e inexplicablemente depilado.

- ¿Qué tal el trabajo?

- Sherlock, estás desnudo.

- ¿Muchos pacientes? Tiene que ser agotador.

- ¿Te has depilado las piernas?

- Toma, una cerveza.

Ignorando por completo las preguntas se acercó a su compañero de piso y le tendió la botella, dedicándole una sonrisa antes de girarse para volver a la cocina, pero nada más se dio la vuelta el sonido de los cristales inundó el apartamento. Sherlock se giró con el ceño fruncido y se agachó para recoger los cristales de la botella que John había dejado caer, sin importarle que le estuviese mirando boquiabierto. Estaba claro que no comprendía lo que estaba pasando, lo que hacía todo mucho más divertido. Dios, debería haber probado a hacer eso mucho antes.

- No llevas ropa interior.

- Bravo John, tus capacidades de observación son magníficas -contestó sarcástico el detective mientras se levantaba y llevaba los cristales a la basura - Y si, me he depilado. Aunque he tenido ciertos problemas con la zona de la entrepierna y…

- N-no necesitaba saberlo… Sherlock, ¿se puede saber qué haces así?

De nuevo Sherlock ignoró su pregunta y simplemente caminó hacia él una vez se deshizo de los cristales. Su sonrisa se iba ensanchando a cada paso que daba hacia adelante y que John retrocedía, disfrutando con las reacciones inconscientes de su cuerpo: temblor, parpadeo exagerado, pupilas dilatadas, torpeza, sonrojo… Definitivamente estaba excitado. Incluso se permitió mirar un instante a su entrepierna para ver que verdaderamente había comenzado a crecer algo bajo sus pantalones. Lo que no esperaba era que esa ojeada pusiese incluso más nervioso a John, pero aquél dato era bien recibido. A John le excitaba saber que Sherlock le había descubierto. Así que el detective se acercó aún más, hasta que las rodillas de john chocaron contra el sillón y cayó sentado en este. Aprovechó para colocar una mano en cada brazo del asiento e inclinarse hacia adelante, deleitándose con la desesperación de John. Podía leerlo en sus ojos: quería que se apartase pero deseaba que se acercase a un más. Magnífico. La bipolaridad de la mente humana era deliciosa, digna de estudio. Tendría que hacer más pruebas…

- Sh-sherlock… ¿puedes explicarme qué esta pasando…?

Entonces todo perdió su gracia. John estaba sufriendo. Lo estaba pasando mal, aquello era demasiado para él y todo era su culpa. Sherlock se arrepintió de todo, ahora solo deseaba consolarle, deseaba tocarle y pedirle disculpas. Y eso fue lo que hizo, abrió los labios para hablar y acarició la mejilla de su compañero de piso dulcemente con las yemas de sus dedos, pero el jadeo que escapó de los labios de John al sentir el contacto, el ver su piel de gallina, sus ojos cerrados, su respiración entrecortada… Aquello mandó su determinación al garete, acompañada de un intenso escalofrío a lo largo de su columna directo a su entrepierna. Empezó a sentir calor. Un calor que no era normal.

Sherlock se apartó de golpe, nervioso. Miró preocupado a John, quien le observaba desde el sofá, respirando agitado y con la mirada perdida. Ahora se sentía desnudo, indefenso y algo ardía en él, algo que no sabía explicar. Necesitaba huir, salir de ahí, abortar la misión, algo había fallado y necesitaba saber que era, pero lo principal era alejarse de John, no quería que le viese así, no lo quería.

Salió corriendo directo a su cuarto, cerró desde dentro, se quitó el delantal como si le quemase y comenzó a andar de un lado a otro de la habitación, frotándose los brazos, pasandose la mano por el cabello, hablando solo pero todo lo que decía eran incoherencias. No era capaz de pensar con claridad, era la primera vez en su vida que no podía ordenar sus pensamientos y eso solo lo desesperaba aún más. Pero todo cesó cuando llamaron a la puerta.

- ¿Sherlock?

Era John.

- ¿Sherlock estás bien…? ¿Qué sucede…?

Era John y sonaba realmente preocupado. Mierda, le había preocupado. Aquello no debía suceder, era lo último que debía haber pasado. Se suponía que John, excitado, habría huído de nuevo al cuarto de baño. O, quizás, habría tomado a Sherlock y… ¡No! ¿Qué clase de pensamientos eran esos? ¡Era un experimento! ¡Nada más! ¡Sólo un juego!

Pero el juego se le había ido de las manos.

- Vete… -murmuró- John, estoy bien, déjame solo.

Escuchó sus quejas, sus preguntas, sus ruegos porque abriese la puerta, pero no respondió. Sólo se dejó caer sobre la cama y observó el techo, intentando analizar qué había sucedido. Deseó haber tenido su portátil a mano, poder analizar las variantes, buscar una explicación a todo aquello. Pero en el fondo sabía que no se trataba de un tema de variantes, datos u hojas de cálculo, sino un tema humano. Y por desgracia no tenía ni idea sobre ello. ¿Debería probar a jugar otra vez…? Quizás otro experimento le ayudase a resolver qué pasaba. Ni siquiera comprendía qué motivación tenía ya. Es decir, sabía que quería excitar a John, ver en qué punto perdía el control pero, ¿y después qué? Ahí no acababa todo, pero no quería saber dónde estaba el final. Bueno, quería, pero no se atrevía a preguntar, tenía miedo de la respuesta, pues sabía que de una forma u otra trastocaría todo su mundo. Estaba jugando con fuego e iba a quemarse.

No fue hasta bien entrada la noche que se atrevió a abandonar su cuarto. Vestido con su pijama e ignorando el picor que sentía en las piernas. No volvería a depilarse. Jamás. Agradecía al cielo no haberse atrevido con cierta zona, sino habría sido insoportable. ¿Por qué harían algo así las mujeres? Realmente eran seres extraños. Pero lo que le preocupaba en ese instante no eran las mujeres, sino John Watson, su compañero de piso al que hacía unas pocas horas había incomodado al extremo y con el que ahora quería disculparse. A su manera.

Fue a su cuarto, abrió la puerta sigilosamente y caminó hasta él sin hacer ruido. Allí estaba, dormido. Estaba tapado hasta el cuello, el pijama sin arrugas, las sábanas, manta y colcha perfectamente estirados, el dormitorio pulcro y ordenado. Lo único que desentonaba en aquella limpia y pura estancia era el ceño fruncido de su dueño y la presencia de Sherlock, que le miraba como un cachorrito arrepentido, buscando un perdón que no sabía si merecía. Realmente estaba seguro de no merecerlo, pero tenía que ser un poco optimista… ¿Desde cuándo se andaba él con optimismos?

Se subió a la cama, quedando de rodillas al lado del cuerpo de su mejor amigo y se inclinó sobre él, observando los pequeños espasmos de su rostro. Estaba teniendo una pesadilla. Sintió una ligera compasión, no le gustaba verle sufrir, quizás debería despertarle o sabía como había que actuar en situaciones así, si es que había un protocolo a seguir para situaciones así…

De todas formas no tuvo tiempo de pensarlo más, pues John abrió los ojos de golpe y ahogó un grito al ver el rostro de su compañero de piso a escasos centímetros del suyo.

- ¡Sherlock! ¿Se puede saber qué haces aquí?

El detective tardó unos segundos en encontrar las palabras para explicarse. Más que nada porque ni él mismo estaba seguro de qué estaba haciendo allí.

- Quiero compensarte por lo que pasó antes.