¡Hola! ¿Cómo estáis? Aquí os traigo el primer capítulo en el que se explica lo que sucede en esa isla ^.^ En este realmente no se explica mucho, es más bien una introducción para el siguiente capítulo, pero éste me gusta especialmente por cómo dibujé a Luffy... y por la escena estilo Enies Lobby del final xD. Ya lo leeréis, espero que os guste tanto como a mi =P
Poco a poco, los ojos del pequeño comenzaron a abrirse despacio, adaptándose al bajo nivel de luz que entraba en la cabaña. Cuando comenzó a ver con claridad, se dio cuenta de que estaba tumbado sobre el aún dormido espadachín, quien le abrazaba con fuerza, manteniendo las dos manos entrelazadas en el bajo de su espalda. Luffy no pudo evitar sonreír, le gustaba estar así con el peliverde. Moviéndose con cuidado para no despertarle, Luffy se subió completamente sobre Zoro, apoyando sus manos en el pecho del espadachín, y su cabeza sobre ellas. Así se mantuvo, observando su respiración mientras sentía su pecho subir y bajar, mientras los latidos de su corazón resonaban por todo su ser. "Lo siento chicos", pensó en sus nakamas sin dejar de contemplar el rostro del espadachín. "Zoro es sólo mío, no pienso compartirlo con vosotros".
Algunos minutos después, el espadachín abrió los ojos al escuchar la suave risilla de su capitán. Cuando consiguió centrar la vista, la dirigió hacia el moreno, que tumbado sobre él le miraba con una gran sonrisa en la cara mientras reía con suavidad.
- ¿Qué te hace tanta gracia? – preguntó el espadachín un poco molesto con voz de recién despierto.
Luffy amplió su sonrisa antes de responder. – Estás babeando.
Zoro, sorprendido, tardó unos segundos en reaccionar. De repente, una de las manos que habían sujetado a Luffy se dirigió hacia su boca para limpiar el rastro de saliva que aún permanecía en sus labios. Miró a Luffy, que estaba riéndose más fuerte, enfadado.
- Y que fuera el único que babeara mientras duerme – atacó el espadachín un poco avergonzado.
- ¡Cierto! – coincidió el pequeño, echando al trasto el plan del peliverde de darle la vuelta a la tortilla.
Refunfuñando en voz baja, Zoro comenzó a incorporarse en la cama, obligando a Luffy a quedar sentado en su regazo. Tras unos segundos en los que se limitaron a mirarse, Luffy se inclinó sobre los labios del espadachín y comenzó a jugar con ellos, lamiéndolos y mordiéndolos. El espadachín abrió un par de veces su boca para dejar paso a la de Luffy, pero éste nunca intentó profundizar ese contacto. Extrañado, el espadachín estaba a punto de preguntarle a su capitán qué era lo que pasaba cuando sintió cómo Luffy clavaba con más fuerza los dientes en sus labios. Soltando un pequeño gemido de dolor, el espadachín golpeó al moreno en la cabeza y le apartó hacia un lado. Mientras el pequeño se llevaba la mano a la cabeza, el espadachín hacía lo propio con su labio.
- ¡Zoro! ¿A qué vino eso? – reclamó Luffy enfadado y ofendido.
- ¡Eso debería preguntarte yo! ¿Por qué demonios me has mordido? – le miró Zoro cabreado. "Al menos no sangro".
Luffy se quedó unos instantes en silencio, mirando al espadachín pensativo, hasta que respondió con total seriedad.
- Tenía hambre.
Zoro se quedó petrificado. "Lo sabía, sabía que acabaría confundiéndome con comida". Suspirando con paciencia, cogió el sombrero del pequeño, que había caído a su lado cuando le había apartado, y lo colocó sobre su cabeza.
- Entonces, capitán, si tienes hambre deberíamos ir a cenar – le dijo con media sonrisa dibujada en su cara.
Luffy, con la cara de un niño al que le han dado un caramelo, asintió y saltó de la cama, saliendo a toda prisa por la puerta. Zoro no pudo evitar sonreír ante la actitud de su capitán. El mínimo detalle era capaz de hacerle feliz, y eso también le gustaba de Luffy. Como si le pesara el cuerpo, se levantó despacio de la cama y se asomó por la puerta, apoyándose en el umbral. Sin embargo, no vio en la playa la escena que había esperado ver.
Luffy se había quedado de pie a medio camino entre el campamento y la cabaña, observando a sus nakamas que parecían conversar serios. "Robin y Franky aún no han vuelto", se percató el peliverde, acercándose hacia su capitán. Cuando llegó a su lado, comenzó a escuchar la conversación del grupo que estaba alrededor de la mesa. "Están gritando", esa era la única forma de que pudieran entender a esa distancia lo que decían.
- ¡Debemos ir a buscarla! ¡Puede haberle pasado algo! – gritaba un muy nervioso cocinero, golpeando la mesa con sus puños.
- Sanji, te olvidas de que Franky también está en el bosque… - le intentaba corregir Usopp a pesar de que la voz de Nami se superponía a la suya.
- ¡Sanji-kun, ya te lo dije esta mañana! ¡Estoy segura de que Robin y Franky están bien! Ellos saben perfectamente cuidar de sí mismos.
- ¡Pero Nami-san, no vinieron a la hora de comer y ya es la hora de cenar y tampoco han aparecido!
Nami se mordió el labio sin saber cómo responder a Sanji. Llevaba todo el tiempo desde que había vuelto al campamento arrastrado por Usopp intentando tranquilizarle, ya no se le ocurrían más argumentos.
- Tampoco hemos encontrado ninguna pista de ellos en el bosque… - murmuró Brook apesadumbrado.
- ¡Exacto! – continuó el rubio cada vez más nervioso. – Puede haberles pasado algo. ¡No podemos sentarnos a esperar! ¡No sabemos qué puede haber en esta isla!
- Zoro… - susurró Luffy sin apartar la vista de sus nakamas, que aún no se habían percatado de la presencia de ambos. Zoro tampoco desvió la vista de ellos. – Robin y Franky están bien, ¿verdad?
- Sí – respondió el espadachín con total seguridad. Si hubiera sido algún otro de sus nakamas el que estuviera perdido en el bosque, no habría respondido con tanta seguridad. "Pero son Robin y Franky", reiteró mentalmente, "ellos saben lo que hacen".
- Cierto – respondió Luffy con un tono más tranquilo. Zoro vio cómo su capitán avanzaba con paso decidido hacia la mesa y comenzó a seguirle.
Cuando Luffy llegó a la mesa, se hizo el completo silencio en ella. Todos se giraron a mirarle: Chopper tiritando de miedo, Nami con mirada suplicante, Sanji temblando por la preocupación, Brook esperando sus palabras y Usopp asustado por lo que pudiera decir.
Tras mantener unos segundos de silencio en los que Luffy había ocultado sus ojos bajo su sombrero, alzó su mirada y la paseó por todos y cada uno de sus nakamas excepto por Zoro, ya que éste se encontraba a su espalda preparado para hacer cumplir la decisión de su capitán aunque fuera a la fuerza.
- Robin y Franky están bien – comenzó el moreno, provocando el alivio en todos sus nakamas salvo en el cocinero, que le miraba irritado. – Nadie va a ir al bosque a buscarlos, ellos pueden cuidarse perfectamente solos. Es imposible que les haya pasado algo – esta vez lo dijo más para sí mismo que para los demás.
- ¿Cómo puedes decir eso, Luffy? – grito Sanji girándose hacia él para darle la cara. - ¡No sabemos nada de esta isla! ¿Y si les han capturado? ¿Y si están en peligro? ¡Luffy, no podemos qued…!
- ¡Nadie más va a salir de este campamento! – gritó Luffy, mirando a Sanji enfadado. – Si mañana por la mañana aún no han regresado, entonces prepararemos una partida de búsqueda. Pero esta noche no quiero que nadie – remarcó esa última palabra mirando a todo el grupo – abandone el campamento.
Sanji le miró furioso, apretando los puños, conteniendo la ira. Una parte de él sabía que lo que Luffy decía era la forma más lógica de actuar, pero no quería aceptarlo. No podía parar de pensar en que a su querida Robin-chan le hubiera pasado algo.
- Sanji-san – dijo el esqueleto con suavidad. – Luffy-san tiene razón. Entrar en el bosque de noche sólo servirá para que más de nosotros se pierdan.
- ¡Eso es, Sanji! Mejor déjalo hasta mañana por la mañana – rio Usopp nervioso.
- Lo único que quieres es no entrar en el bosque de noche, ¿no? – le susurró Nami entre dientes, comentario al que Usopp hizo oídos sordos mientras reía con más fuerza.
Resignado, Sanji desvió la mirada y se dirigió a la cocina para preparar una cena rápida. Tras haberse librado de la tensión, a pesar de que aún seguían preocupados por sus nakamas, los demás tomaron asiento alrededor de la mesa, aunque el profundo silencio que había aparecido con Luffy se mantuvo en todo momento.
Cuando Luffy se sentó, Zoro se acercó a su espalda y apretó su hombro con su mano, dándole una muestra de su apoyo. Luffy sabía perfectamente que era Zoro el que estaba detrás de él, y sin levantar la mirada de la mesa sonrió con tristeza. "Gracias Zoro…", siempre estaba ahí en los momentos más duros.
Media hora después, pequeñas conversaciones triviales habían aparecido en la mesa, más para mantener sus pensamientos a raya que porque realmente desearan hablar. Usopp intentaba entretener a Chopper con alguna de sus historias, ya que el renito era el que peor lo había pasado antes, viendo discutir a sus nakamas. Luffy también escuchaba esas historias, aunque realmente no les prestaba mucha atención. Zoro estaba conversando con Nami y Brook, pero su mente no podía dejar de pensar en el moreno, al igual que sus ojos no podían evitar mirarle. Estaba preocupado por él, porque sabía que, aunque había impedido al cocinero entrar en el bosque a buscar a sus nakamas, él era el primero que quería adentrarse en la isla para encontrarlos.
Mientras Sanji servía la cena, volvió a instaurarse el silencio en la mesa. Una vez que la comida estuvo servida, el cocinero se limitó a volver a su cocina y comenzar a fregar los utensilios que había empleado en su preparación, sin probar ni un solo bocado. En la mesa comenzó una cena tranquila en la que sólo Luffy parecía tener realmente hambre. Los demás comían por comer, al igual que hablaban por hablar, sin apartar su vista del bosque, esperando ver aparecer por él a la morena o al ciborg.
Cuando todos terminaron de cenar, Usopp intentó avivar la pequeña fogata que habían preparado para que durase más tiempo. Al fin y al cabo, la noche iba a ser muy larga.
Zoro observaba su vaso mientras agitaba con suavidad su contenido. Ese era el último trago de sake del barril. "Suerte que aún me queda la botella", pensó mientras comenzaba a beberlo despacio. Tras la cena había decidido sentarse a la entrada del bosque, apoyando su espalda en uno de los árboles. Así impediría al cocinero hacer alguna locura, pues a cada minuto que pasaba parecía que se volvía más inestable. Apartando la jarra medio vacía ya de sus labios, observó el campamento. En comparación con los días pasados, en los que a esas horas resonaban los gritos y cantos de sus nakamas, parecía un campamento fantasma, desierto. Brook estaba componiendo alguna canción al lado del fuego, mientras Sanji fumaba un cigarrillo mirando al mar. Nami hacía rato que se había retirado a la cabaña, y Zoro podía ver una tenue luz a través de su ventana. Usopp, Chopper y Luffy estaban tumbados en la arena, observando las estrellas y creando figuras con ellas. Usopp, Chopper y… "¿Y Luffy?", se preguntó asustado el espadachín, deteniéndose a la mitad del trago de sake. Su capitán no estaba tumbado al lado del de Usopp como minutos antes lo había visto. "¿Dónde está?", comenzó a tensar su cuerpo.
Sin embargo, de repente sintió una presencia a su lado. Una presencia que había decidido sentarse apoyado en el lateral del mismo árbol en el que él se había apoyado. De reojo, vio cómo su capitán deslizaba el sombrero por su cara hasta taparla por completo. Suspirando, Zoro acabó con el poco sake que quedaba en su vaso antes de tirarlo un poco más allá. Esperando a que su capitán comenzara a hablar, Zoro observó la noche estrellada frente a él.
- Duele – susurró Luffy con la voz rota, símbolo de las lágrimas que estaba derramando en silencio.
- Lo sé – respondió Zoro con calma.
- Quiero ir a buscarles – la voz del moreno se quebró al final de la frase.
- Lo sé – repitió el espadachín.
- Sé que están bien… pero…
- Sí.
- Zoro… - Luffy no pudo continuar hablando. Sus lágrimas se habían atascado en la garganta.
Roto por dentro, el espadachín se arrastró por la arena hasta situarse de rodillas frente a su capitán, con las piernas de éste entre las suyas. Sin quitarle el sombrero, Zoro deslizó sus manos por debajo de él y las posó en las húmedas mejillas del moreno. Acercándose a su rostro, besó la frente del pequeño a través del sombrero. Nadie estaba de humor como para fijarse en esa escena, y el espadachín tampoco lo estaba como para ocultarla, así que tras ese pequeño beso abrazó con fuerza a su capitán, que comenzó a llorar elevando la voz hasta que finalmente no pudo reprimirse más. Luffy estiró sus brazos hasta agarrar la camisa del espadachín por la espalda y tirar de ella. Cuando apoyó su cabeza en el hombro del espadachín, su sombrero voló, cayendo detrás del peliverde. Zoro sintió como poco a poco su hombro se humedecía a causa de las lágrimas del moreno, pero no le importó.
Zoro mantuvo esa posición hasta que Luffy dejó de temblar. Cuando su capitán estuvo más calmado, Zoro lo agarró por la cintura e intercambió posiciones con él, sentando al pequeño en su regazo con su cabeza oculta en el hueco de su hombro y sus brazos rodeando su cuello. A Zoro nunca se le había dado bien consolar a otras personas, así que se limitaba a acariciar con suavidad tanto el pelo como la espalda del pequeño, esperando que eso fuera suficiente.
- Gracias… - ese leve murmullo rompió el silencio que habían mantenido todo ese tiempo. Como toda respuesta, Zoro posó sus labios en la cabeza del pequeño, aspirando su olor y apretándolo aún más contra su pecho mientras sentía cómo su capitán caía poco a poco en la inconsciencia.
Cuando Luffy estuvo completamente dormido, Zoro movió lentamente su cabeza con una mano hasta poder fijar su vista en el rostro del pequeño. Luffy dormía apaciblemente, y a la luz de las estrellas Zoro veía brillar los recorridos que las lágrimas habían seguido por su cara. Intentando que su capitán no se despertara, comenzó a limpiarlos con su mano. Cerca de sus ojos aún notaba la humedad de sus lágrimas. El espadachín se sentía orgulloso del moreno. Había aguantado sus ganas de llorar durante toda la noche, manteniendo estoicamente la figura de un capitán seguro que confiaba en sus nakamas. Sólo a su lado había sido capaz de liberar todos esos sentimientos que le oprimían, lo que provocaba el regocijo del espadachín. "Es a mí a quien ha acudido", no podía evitar pensar. "Soy yo a quien necesita…", sonrió con ternura ante el brillante rostro de su capitán.
De repente, Zoro detectó movimiento en la playa, y vio cómo el rubio cargaba a Chopper seguido de un somnoliento narigudo en dirección a las cabañas. Supuso que lo mejor era imitarle y dejar a Luffy durmiendo en su cama. Con cuidado, se levantó cargando a Luffy en sus brazos y, tras recoger el sombrero que estaba tirado sobre la arena, se dirigió caminando despacio hacia la última cabaña. No le apetecía separarse de su capitán, pero tampoco quería que durmiera fuera, así que no le quedaba más remedio que llevarlo hasta su cama. De improvisto, sintió una mano sobre su hombro. Automáticamente se giró para ver quién le había agarrado, y le sorprendió encontrar a la pelirroja sonriéndole con tristeza. Por el rabillo del ojo Zoro vio cómo la puerta de la cabaña que acababan de pasar estaba abierta, pero lo que más llamó la atención del espadachín fueron los surcos que recorrían la cara de la mujer. Eran menos marcados que los de su capitán, pero ahí estaban.
Nami no había podido evitar detener al espadachín. Dentro de su pecho, lo único que aliviaba todos los temores y miedos que la asolaban era la imagen que tenía frente a ella: su capitán abrazado al cuello del espadachín mientras éste lo sostenía entre sus brazos con extremo cuidado. Ampliando su triste sonrisa, miró al espadachín a los ojos, asintiendo suavemente con la cabeza. Zoro le respondió devolviéndole una pequeña sonrisa con la que pretendía reconfortarla antes de continuar su camino. Ambos sabían que, en cuanto la morena regresara (porque iba a regresar) enterrarían el hacha de guerra. Ambos tendrían las respuestas que buscaban.
Dando la espalda a la pelirroja, Zoro apuró un poco el paso para evitar encontrarse con Sanji saliendo de la cabaña que compartían Chopper y Usopp. Cuando llegó a su propia cabaña, abrió con dificultad la puerta y, sin cerrarla al entrar, tumbó con cuidado a Luffy sobre una de las camas. Zoro ya no sabía cuál era la cama de cada uno, y eso era lo que menos le importaba. Esperaba que a partir de ese día con una cama para los dos sobrara.
Cuando Luffy estuvo tumbado, Zoro no pudo evitar mantenerse un momento de pie a su lado, observándole. Entre sus manos aún sostenía el sombrero de su capitán. Tras pasar unos minutos sumido en sus pensamientos, jugando con ese sombrero entre sus manos, Zoro suspiró. Dejando el sombrero del pequeño en la otra cama, salió en silencio de la cabaña, cerrando la puerta tras él y recostándose en ella una vez cerrada. Fijó su vista en la playa, y descubrió que no había nadie en el campamento. La pequeña hoguera aún brillaba en medio de la oscuridad, iluminando casi tanto como la luna que resplandecía sobre su cabeza. Ampliando su visión, descubrió a tres de sus nakamas plantados a pocos metros del bosque. A la izquierda del grupo, Sanji seguía fumando, no había dejado de hacerlo durante toda la noche. En el centro, la pelirroja mantenía la cabeza agachada y los puños fuertemente apretados. Al otro lado de la pelirroja, Brook se mantenía altivo y sereno, esperando con paciencia lo que todos allí sabían que no tardaría en suceder. Con calma, Zoro posó una de sus manos en las katanas, acariciándolas con suavidad mientras avanzaba hasta situarse al otro lado del rubio. Todos mantuvieron un silencio quebrado solamente por las olas del mar, que parecían rugir tras ellos. Todos se mantuvieron de pie, ninguno supo durante cuánto tiempo, esperando pacientemente a que sus nakamas aparecieran ante ellos.
De pronto, el grupo se tensó. Frente a ellos comenzaron a escuchar el sonido de arbustos romperse y leves pero profundos jadeos de cansancio. Segundos después, Robin apareció ante ellos, tropezando al salir de la espesura y cayendo de rodillas en la arena, con una mirada que transmitía miedo a la par que sorpresa por encontrar a sus compañeros allí. Sanji y Nami no tardaron en acercarse a ella, gritando su nombre, el primero con alivio y la segunda con lágrimas. Instantes después, apareció Franky a su lado, que al ver que por fin habían llegado al campamento se dejó caer de espaldas sobre la arena, respirando agitado y ruidosamente. Tras unos minutos en los que ambos recuperaron el aliento, el grupo se acercó a la pequeña hoguera, a pesar de que ésta amenazaba con apagarse. Robin iba apoyada en Nami. No estaba herida, pero sí cansada y sí contaba con algún rasguño tanto en su rostro como en sus ropas a causa de la apresurara carrera a través de los frondosos arbustos. Franky no se apoyaba en ninguno de sus nakamas, pero caminaba con dificultad y Zoro y Brook iban tras él, sin quitarle ojo de encima. Sanji, tras haber comprobado que su Robin-chan no sufría ninguna herida de gravedad, se había dirigido a la cocina y preparaba con rapidez bebidas para todos. Cuando todos se sentaron alrededor de la hoguera, Zoro echó otro par de palos en ella para intentar que aguantara un poco más. Todos observaron en silencio a los recién llegados mientras esperaban a que Sanji se incorporara al grupo. Parecían exhaustos, y jurarían que la morena estaba temblando, y no de frío precisamente. Poco después Sanji se acercó con una bandeja, ofreciendo bebidas a sus nakamas y tomando asiento al lado de Nami. Frente a ellos estaban Franky y Robin, y en el tronco lateral Zoro y Brook.
Tras unos minutos de tenso silencio, Zoro decidió dar inicio a las explicaciones.
- ¿Y bien?
La morena levantó por primera vez la vista de la taza que Sanji le había ofrecido. Observó con detenimiento el grupo ahí reunido, y al ver la humedad de los ojos de Nami se sintió fatal por no haber llegado antes. Pero, al menos, su objetivo se había cumplido: Luffy no estaba presente.
- Esta isla es muy peligrosa – murmuró intentando clarificar sus ideas. Tenía tantas cosas que contar que no sabía cómo comenzar.
Franky observaba de reojo a Robin, y al ver que ella no sabía cómo empezar, decidió darle un empujón. Cogió la mochila que había llevado a la expedición y la abrió, sacando de dentro de ella una pequeña bolsita de cuero. Bajo la atenta mirada de todos, extrajo de ella unos pequeños guijarros negros que brillaban bajo la luz de la luna. Con cuidado, fue lanzándole uno a cada uno. Sanji y Nami fueron los primeros en recibirlo, notando el frío tacto metálico de esa extraña piedra. Nami la examinó con cuidado. Su intuición le decía que algo en esa piedra era… diferente.
El siguiente en recibir un guijarro fue Zoro, quien lo cogió con indiferencia. No era una piedra lo que quería como explicación.
Finalmente, Franky le lanzó otro guijarro a Brook. Sin embargo, todos reprimieron un suspiro de sorpresa cuando Brook, ante el contacto con el guijarro, lo soltaba como si una corriente eléctrica emanara de él y se caía del tronco hacia atrás, apoyando su otra mano sobre la arena para sostener su cuerpo.
Todos los presentes, salvo Franky y Robin, dirigieron una mirada asustada a ese guijarro. Poco a poco, Zoro estiró su brazo para cogerlo. Primero lo tocó con los dedos, esperando sentir lo que el esqueleto había sentido que hizo que reaccionara de ese modo. Pero nada pasó. Más seguro, levantó el guijarro del suelo y lo juntó con el suyo. Aunque ambos se diferenciaban en la forma, su color, su brillo y su tacto era el mismo.
- Son iguales.
Asombrados, Nami y Sanji observaron los guijarros de sus manos antes de volver a mirar al esqueleto, que seguía en la misma posición, asustado.
- Es kairoseki – susurró Robin tranquila.
Los demás la miraron en silencio, como si no hubieran comprendido sus palabras.
- Es un mineral de kairoseki – repitió la morena tras darle un sorbo a su café. – Siento comunicaros que en estos momentos nos encontramos en la isla que tiene la mayor mina de kairoseki controlada por el Gobierno Mundial – concluyó, elevando la voz.
Por toda la playa, resonó un solo grito:
- ¡¿QUÉEEEEEEEEEEEEEEEE!?
