Un disparo. Pero ese no fue el único sonido que inundó el dormitorio, pues el inconfundible grito de la Señora Hudson llegó hasta la habitación, haciendo que ambos hombres se pusieran en tensión.

El primero en reaccionar fue Sherlock, que apartó con firmeza pero cuidadosamente a John de encima de él y, sin importarle estar vestido únicamente con el delantal, corrió escaleras abajo en busca de la casera y el autor del maldito disparo. Dios… ¿Es que no podría haber escogido otro momento para irrumpir en Baker Street?

No necesitó estar en el dormitorio para saber que John estaría cogiendo su arma del ejército antes de seguirle. Y así fue, nada más poner los pies en la planta baja del edificio los frenéticos pasos de John bajando por las escaleras se oyeron por todo el lugar. Sherlock se giró para ir hacia el hogar de la Señora Hudson, pero un hombre con un pasamontañas cubriéndole el rostro pasó corriendo a su lado, derribándole antes de huir por la puerta.

Ignorando por completo los gemidos lastimeros de la casera, se levantó para seguir al agresor, de nuevo olvidándose por completo de su casi desnudez. Pero antes de que saliese por la puerta, John le puso el abrigo sobre los hombros soltando una palabrota y alguna frase hiriente sobre lo descuidado que era antes de huir hacia la cocina de la planta baja. ¿A dónde iría? Ah, si, la señora Hudson.

Pero no tenía tiempo para ello, simplemente se cerró el abrigo, cuya largura llegaba a tapar el final del delantal, y en la calle pudo ver un coche pasar a toda velocidad por delante de él. Así que huía así… No era problema. Nada más alzar el brazo un taxi apareció frente a él y, la verdad, la cara del conductor fue todo un poema.

Se sentó en la parte trasera del vehículo y antes de que pudiese cerrar la puerta, John Watson apareció a su lado, púlcramente vestido y con una bolsa en la mano, la cual tendió a Sherlock de mala gana. El detective le gritó al taxista que siguiese al coche que tenían delante y según arrancó, empezó a hurgar en la bolsa mientras John se acomodaba a su lado y le hablaba.

- Por amor de Dios, ponte unos pantalones.

- ¿No lleva pantalones? -dijo el taxista, casi saltándose un semáforo al mirar hacia atrás para comprobar que era cierto-.

- ¡Callese y conduzca! - y ahí estaba el simpático de Sherlock, como siempre haciendo amigos - Si me hubiese detenido a vestirme no habría alcanzado al ladrón.

John no pudo más que suspirar resignado y frotarse los ojos antes de girar el rostro para mirar por la ventana. ¿Por qué no le miraba a él? ¿Porque seguía sin pantalones? Como si no hubiesen estado ya en situaciones peores… Es más, no hacía ni media hora de la última. Pero de todas formas se las arregló para ponerselos, seguidos de sus zapatos. Eso si que lo agradecía, no le apetecía cortarse con una botella rota.

No tardaron en detenerse bajo un puente y, nada más bajaron del vehículo, el taxi salió a toda velocidad de allí. Seguro que habían sido los pasajeros más extraños del día. Dejándo eso aparte, corrieron hasta donde estaba el otro vehículo, un Volkswagen Polo rojo. Eran imbéciles, ¿cómo se les había ocurrido utilizar un coche que destacaba tanto? Definitivamente eran estúpidos. Pero al menos habían sido lo suficientemente inteligentes como para abandonar el coche y seguir corriendo. De todas formas aquello no era problema para la magnifica mente del gran Sherlock Holmes.

- La Señora Hudson está bien, dice que le han robado unas joyas y que el disparo dio en la pared.

Ah, ahí estaba de nuevo John Watson con su inútil reconstrucción de unos hechos obvios. De todas formas no le dijo nada, simplemente miró a su alrededor, analizando cada milímetro del paisaje. No tardó en ver la escalera de mano que llevaba a la parte superior del puente y se lanzó hacia allí, ignorando las típicas quejas de John sobre su falta de explicaciones frente a todo lo que hacía. Y como siempre el exmilitar le siguió en su carrera. Una vez en la parte superior del puente no tardó en localizar al ladrón. Se había quitado el pasamontañas y se había dado la vuelta a la cazadora que obviamente era reversible. Dios, aquello era demasiado fácil, casi no merecía la pena ni molestarse en seguirle, pero estaba demasiado enfurecido. Le habían interrumpido y no lo soportaba, no iba a dejar que se fuese de rositas.

Así que echó a correr tras él, que nada más darse cuenta de que le habían visto, volvió a la carrera. Era un chico joven, corría rápido, pero Sherlock era más listo: el chico estaba bajando por unas escaleras, pero él sabía que un punto de esas escaleras pasaba junto al puente, así que sin pensarselo dos veces, saltó desde allí, cortando la salida al ladrón que le miró estupefacto mientras el detective sonreía. Ya le tenía.

John no tardó en aparecer a la espalda del chico y agarró sus muñecas, poníendolas a su espalda para evitar que se moviese. Sherlock metió la mano dentro de su cazadora y sacó una bolsa de farmacia llena de las joyas que tanto atesoraba su Señora Hudson. Tras guardarlas en su propio abrigo, cogió su móvil y mandó un mensaje a Lestrade. Acto seguido le quitó el cinturón a John, logrando que se sonrojase.

- ¿Que-qué haces?

- Voy a atarle para que no huya en lo que llega Lestrade.

- ¿Qué? -dijo John mientras el detective unía las muñecas del delincuente antes de engancharle a una farola - ¿Nos vamos a ir?

- Por supuesto. Aún hay algo que debo terminar.

No hacía falta ser un lince para saber a que se refería y Sherlock realmente disfrutó la expresión en el rostro de John: la vergüenza viva en el sonrojo de sus mejillas, la expectación brillando en sus ojos y el deseo marcado en la forma en que mordía su labio inferior. No iba a ser capaz de aguantar hasta Baker Street, tenía que encontrar otro sitio en el que darle a John aquello que tanto anhelaba, que necesitaban los dos.

Tras haber abandonado a aquél chico, John Watson y Sherlock Holmes echaron a andar por las concurridas calles del centro de Londres. Y cómo no, el que guiaba la marcha era Sherlock. Él sabía muy bien que John le seguiría allá donde fuese, que iría con él aunque le guiase hasta el mismísimo infierno, aunque, al menos por esa vez, no tenía pensado llevarle allí… Bueno, quizás si que pudiese compararse con el infierno. Al menos podría decirse que allí vivía el mismísimo diablo.

El camino no duró más de diez minutos hasta que llegaron a la calle más lujosa de todo Londres. Sherlock siguió andando en silencio, colándose por un callejón entre casas y yendo a la parte trasera de una de estas, un precioso edificio de ladrillo visto y con los marcos de puertas y ventanas lacados en blanco. Una verdadera horterada desde el críticio punto de vista de Sherlock, el símbolo de que era una zona cara para el resto del universo. Dejándo de lado los detalles arquitectónicos, Sherlock saltó la valla seguido por su fiel compañero, que dudó unos instantes antes de colarse también en el cuidado y enorme jardín, aunque ahí fue donde se detuvo, confundido, y habló en un susurro.

- ¿Podrías explicarme por qué estamos allanando la casa de un desconocido?

- No es la casa de un desconocido -contestó el detective sacando una tarjeta del bolsillo de su abrigo-.

- O, eso lo hace mucho menos violento.

- ¿Sarcasmo?

- Oh no, completamente en serio.

Sherlock frunció el ceño, pero a pesar de todo no estaba realmente enfadado con John. No podía porque su mente estaba inundada de imágenes de el y John en una situación bastante más horizontal y con algo menos de ropa. Bueno. Sin ropa. Y ya. Oh Dios, necesitaba a John completamente desnudo sobre una cama en ese instante o acabaría arrancándole los pantalones en el jardín. Aunque pensándolo mejor… No, no quería que nadie más le viese, quería tener esa imagen solo para él. Sería su tesoro mejor guardado.

- ¿Por qué me miras tanto…? -preguntó dudoso John - ¿Vamos a quedarnos aquí fuera?

El detective no se había dado cuenta de que estaba mirándole fijamente, helado, mientras su mente viajaba entre sus fantasías. Le hacía mal. El no haber conseguido aún lo que quería le afectaba demasiado. Pero no iba a dejar que pasase demasiado tiempo hasta conseguirlo.

Se acercó a la puerta que daba seguramente a la cocina y colocó la tarjeta sobre el hueco de la llave. Algo pitó y automáticamente la puerta se abrió frente a él. Sherlock se giro para ver la cara de asombro de John. Adoraba cuando el hombre parecía tan anonadado por cosas que para él eran tan comunes y sencillas. Dio un paso al interior y le guiñó un ojo al exmilitar antes de desaparecer por la puerta. No necesitaba girarse para saber que John le había seguido rápidamente, que aquél guiño le había hecho sonrojarse y que tenía unas locas ganas de darle un puñetazo en su bello rostro por aún no decirle donde estaban. Pero el médico era lo suficientemente inteligente para al menos hacerse una ligera idea.

Subió las escaleras de dos en dos y oyó a John siguiéndole. No le perdería la pista en una casa así, tan silenciosa y espaciosa que todo hacía eco, así que continuó caminando sin mirar atrás. Cruzó un largo pasillo enmoquetado, ignorando todas las fotos y cuadros que había enmarcados colgando de las paredes, hasta que llegó a la puerta del final, sacando de nuevo la tarjeta, pero un instante antes de pasarla por la cerradura, las palabras de John le hicieron girarse con una sonrisa maliciosa.

- ¿Qué narices hacemos en la casa de Mycroft?

Ignoró la pregunta y se limitó a agarrar la muñeca de su compañero de piso antes de abrir repentinamente la puerta, tirar de él hacia dentro y empujarle contra la pared más cercana mientras la puerta se cerraba sola. El lugar estaba oscuro, las persianas bajadas y apenas entraban unos pocos rayos de luz por las rendijas que dejaban. Pero eso no preocupaba a Sherlock, le interesaba mucho más la respiración agitada de John, que había colocado una mano sobre la pared en la que estaba apoyado y la otra descansaba sobre el pecho de Sherlock, que había apoyado los codos a cada lado de la cabeza del exmilitar para evitar un intento de huída. Aunque sabía que no lo haría, sabía que John deseaba aquello tanto o más que él. Por eso no pudo esperar un instante más y se inclinó para besarle. Fue un beso tierno al principio, pero no tardó en volverse algo más pasional, más salvaje. John agarró las solapas del abrigo de Sherlock para atraerle hacia él, pegando ambos cuerpos, y el detective por su parte tenía bastante con intentar desabrochar la cazadora del otro, cuya cremallera no había podido escoger mejor momento para quedarse atascada.

- Espera, espera, espera…

Ese fue John, empujando a Sherlock lo justo para que dejase en paz sus labios, pero sus cuerpos seguían pegados. ¿Ahora qué estaba pasando? ¿Por qué le pedía que se detuviese.

- Sherlock yo… Te dije que no podría detenerme y no quiero… hacerte daño.

Aquello si que detuvo a Sherlock por completo. ¿Hacerle daño…? Eso no podía pasar, después de todo él lo deseaba. Había investigado y sabía de sobra que el sexo entre dos hombres podía resultar doloroso al principio, pero eso le daba igual. Quería hacer aquello con John, se había dado cuenta de que le necesitaba, más que cualquier otra cosa. Sabía que no podría volver a la normalidad hasta que hiciese aquello, así que iba a hacerlo.

Se apartó por completo de John, ignorando la suplicante forma en que él dijo su nombre y caminó hasta el otro lado del cuarto, donde sabía que había una lámpara de noche. Y así era. La encendió y una muy ténue luz anaranjada inundó el dormitorio en que estaban. Era una habitación clásica, escasamente decorada, pero con un gusto muy inglés. Muy Mycroft.

Desabrochó lentamente su abrigo y lo dejó caer al suelo, acto seguido se quitó los zapatos y los tiró por ahí. Lo último en desaparecer fueron sus pantalones, quedando de nuevo cubierto únicamente por el delantal. Escuchó a John tragar y sonrió. Se acercó a él al ver que no se movía de la pared y volvió a arrinconarle contra esta antes de inclinarse y morder suavemente el lóbulo de su oreja, respirando sobre su oído, disfrutando del pequeño jadeo que dejó escapar antes de susurrar.

- Te dije que haría lo que quisieras… Sólo pídemelo.

John gimió y de nuevo Sherlock sintió el ya conocido escalofrío que terminaba siempre en el mismo sitio. Así que siguió ahí, respirando sobre la sensible piel del cuello de John mientras sus manos, ahora tranquilas y cuidadosas, abrían la cremallera de la cazadora y se la quitaban, dejándola caer al suelo. Después comenzó con los botones de su camisa, uno a uno mientras escuchaba la respiración del médico acelerarse. Ni siquiera le estaba tocando y ya reaccionaba así, ¿cómo debía sonar cuando le mordiese? ¿cuando rozase su entrepierna? ¿cuando llegase al orgasmo…? Oh Dios. Aquello fue lo que le hizo gemir a él y en el mismo instante en que se libró de la camisa de John, él tomó sus manos y las apartó de él antes de mirarle a los ojos de una forma que el detective no había visto jamás, pero que le excitaba a sobremanera. Esa fiereza en su mirada podía con él.

- Tumbate en la cama -dijo con voz ronca- ahora.

Sherlock asintió y obedeció al instante, dándose la vuelta para ir hasta la cama y sintió la mirada de John directamente sobre su trasero. Por un momento deseó volver a tener calzoncillos, pero en cuanto se tumbó en la cama se le pasó. No sabía cómo ponerse, era la primera vez que hacía algo parecido, así que optó por quedarse bocaarriba simplemente, con la cabeza apoyada en las almohadas, mirando de reojo a un John que al parecer estaba luchando por no reírse. Frunció el ceño enfadado. ¿Es que no podía ser un poco más permisivo con él? Pero al parecer al médico le daba igual la inexperiencia de su compañero y se acercó a la cama para tumbarse encima de él y comenzar a besarle de nuevo.

- Sherlock… -susurró antes de rozar, Sherlock esperó que sin querer, la entrepierna del detective con la suya propia, provocándole un gemido- No sabes lo mucho que he deseado esto…

Pero Sherlock si que lo sabía. Lo sabía muy bien, pero aun así no dijo nada, simplemente volvió a buscar sus labios para besarle y John le permitió hacerlo mientras volvía a rozar su entrepierna, gimiendo esta vez los dos. Joder, necesitaba librarse de lo que quedaba de ropa, quería que la siguiente vez que pasase le pillase desnudo y poder sentir verdaderamente a John. Así que llevó sus manos a los pantalones del doctor para desabrocharlos, pero este atrapó sus muñecas y de nuevo hizo que frunciese el ceño frustrado. Tan frustrado que esta vez no supo contener sus palabras.

- Pero se supone que el que te iba a compensar era yo. ¡Si me sujetas las manos no puedo hacerlo!

Y esa vez John tampoco pudo contener una pequeña risa. Aquello sólo logró enfurecer más a Sherlock que apartó la mirada de el completamente indignado. Era la primera vez que se estaba dejando llevar por sus sentimientos y tal y como le estaba saliendo dudaba de querer hacerlo de nuevo… Pero para sus sorpresa, el médico besó suavemente su cuello antes de tumbarse a su lado.

- Está bien. Hazlo.

Mierda. Tampoco había esperado tener que hacer todo el trabajo, pero ahora no podía negarse, tenía que asumir las consecuencias de sus actos y… ¿Desde cuándo narices asumía él las consecuencias de sus actos? Ah si, desde que tenía a un John Watson semidesnudo tumbado a su lado completamente dispuesto a lo que fuese. Joder, visto así estaba teniendo una oportunidad que no pensaba perder.

Sherlock se subió sobre John igual que segundos antes lo había estado él y, mirándole entre nervioso y excitado, llevó una de sus manos a los pantalones del exmilitar, comenzando a desabrocharlos antes de llevar sus labios al cuello del contrario, comenzando a besarlo en aquel pequeño punto que sabía era irresistible para John. Sintió su piel ponerse de gallina bajo su boca y los pequeños espasmos que sufría su cuerpo bajo al suyo. Aquello era simplemente genial…

Consiguió colar una mano bajo la fina ropa y nada más sus largos dedos rozaron su excitado miembro, un gemido escapó de los labios de John, logrando que los cabellos de la nuca de Sherlock se erizasen. Era el sonido más hermoso que había oído jamás. Y quería oírlo de nuevo. Así que dejó en paz su cuello mientras terminaba de desnudarle por completo, lanzando los pantalones y aquellos calzoncillos rojos al suelo antes de volver a colocarse sobre él, apoyándose sobre los codos para estar aún más cerca de él. Beso con ternura sus labios antes de volver a molestar su punto sensible y de que sus dedos rodeasen su duro miembro, arrancándole otro gemido. Oh Dios, jamás tendría suficiente de aquello.

- T-tu boca… -murmuró John en un jadeo- usa tu boca…

Aquello hizo que se sonrojase de golpe. Ya estaba usando su boca, no comprendía qué quería decir, pero al parecer su cuerpo si que lo sabía. Lo sabía muy bien y sintió su propia excitación creciendo. Tragó. En la pequeña investigación que había hecho había visto de qué iba el sexo oral, pero una cosa era la teoría y otra la práctica. A pesar de los nervios, apartó los labios de nuevo de su piel para arrodillarse entre sus piernas, mirando la dura excitación de John con descaro y después mirándole a él. Tenía los ojos fijos en los suyos. Eran oscuros y su respiración ronca y entrecortada. Lo deseaba, lo deseaba muchísimo y él había dicho que cumpliría sus deseos.

Se inclinó sobre él, sin saber muy bien qué hacer, por dónde empezar, así que tendría que ir probando, saber si lo que hacía estaba bien o no. Tomó su miembro con delicadeza y dejó algo parecido a un beso en la punta. Sintió que John se reía. Era una señal de que así no era como iban las cosas, pero no soportaba sentirse humillado así. De todas formas seguiría intentándolo. Esta vez lo que hizo fue rozar la punta lentamente con la lengua, saboreándolo como si fuese un helado. De nuevo el cuerpo de John tembló, pero esta vez no era a causa de la risa, sino de un grave gemido que llegó desde el fondo de su garganta. Había acertado.

Lo hizo de nuevo y de nuevo John gimió. Probó a lamer desde la base hasta la punta y se dio cuenta de que las reacciones de John eran mayores cuando centraba su lengua arriba, así que empezó a masajear la base con los dedos mientras disfrutaba de su pequeño aperitivo de John Watson.

Se descubrió a si mismo gimiendo por el placer mientras seguía lamiendo, chupando. Le encantaba oírle gemir, pero sobretodo le encantaba hacerle gemir, saber que disfrutaba tanto gracias a él. Esta vez tomó la punta dentro de su boca y mientras presionaba ligeramente con los labios, su lengua seguía trabajando. John comenzó a temblar, aquello le había llevado al límite. Sherlock lo sabía, sabía que estaba a punto de venirse y quería que lo disfrutase de verdad.

No pasó un instante hasta que las caderas de John comenzaron a moverse contra él por puro instinto, pero no se apartó, sino que gimió. Dios, le gustaba llevarle al descontrol, le gustaba sentir que le necesitaba de esa manera. Continuó moviendo su mano en la base de su miembro, cada vez más rápido, y su lengua más acostumbrada sabía exactamente qué hacer para que los gemidos de John fuesen más intensos, para que su ritmo cardiáco se disparase, para que llegase al orgasmo.

Él le avisó para que se apartase, pero sus caderas no se detuvieron y tampoco lo hizo Sherlock, sino que recibió su orgasmo con gusto en su boca. Tragó como pudo, alejándose de él solo cuando supo que había terminado y se relamió mientras miraba jadeante al derrotado John Watson que yacía sobre la cama. Había sido intenso, lo había sido para los dos. Ahora la cuenta estaba saldada, ¿no?

Se limpió la comisura de los labios con el dedo pulgar y observó un instante la esencia de John antes de limpiarla con la lengua, la quería toda para él, pero nada más entreabrió los labios, la puerta se abrió de golpe, presentando a un extremadamente sorprendido Mycroft que dejó caer su maletín y su paraguas al suelo.

- ¿¡SHERLOCK!?