¡Hola! Me adelanto a publicar otro capítulo en honor a cierta personita que ha madrugado para leer el Fic =P

Este capítulo es una introducción al siguiente... PEEEEEERO por ahora no subiré el siguiente, porque me gusta ser mala xDD

Disfrutadlo ^.^


Luffy entornó los ojos. La luz del sol comenzaba a entrar por la ventana y le deslumbraba a pesar de tener los párpados bajados. Cuando esa luz se hizo molesta, Luffy se frotó los ojos con las manos y los abrió levemente. Estaba tumbado en una de las camas de la cabaña, "no recuerdo haberme dormido aquí…" Paseó la vista por la habitación, la cual estaba teñida de un marrón rojizo intenso debido a la luz del amanecer.

De repente, su vista se detuvo en una mota verde que sobresalía por el borde de la cama. Luffy sonrió, Zoro estaba a su lado. Bueno… exactamente a su lado no, en realidad estaba sentado al pie de su cama, con su espalda apoyada en ella. "¿Estará dormido?", aunque poco le importó. Si lo estaba no tardaría mucho en despertar.

- ¡Zoroooooooooooo! – gritó Luffy antes de lanzarse sobre él, abrazándole por detrás y apoyando su cabeza en el hombro del peliverde.

Asustado por el grito, sorprendido por el abrazo y recién despertado, el peliverde soltó unos cuantos improperios al aire antes de inclinarse peligrosamente hacia delante… movimiento que provocó que su capitán, debido al impulso del abrazo y tras dar una voltereta en el aire, acabara sentado sobre su regazo, con su espalda apoyada en el pecho del espadachín. Zoro, de forma automática, rodeó al pequeño por la cintura, impidiendo que se resbalara aún más si cabía.

- ¡Luffy! – exclamó el espadachín enfadado. – No hagas eso, es peligroso.

Luffy se limitó a responderle con una risilla mientras levantaba sus brazos otra vez hasta el cuello del peliverde.

- ¡Buenos días, Zoro! ¿Estabas dormido?

El espadachín murmuró unas pocas palabras inteligibles como toda respuesta al mismo tiempo que estrechaba más al pequeño contra su pecho. Sin borrar la sonrisa de su cara, Luffy serpenteó por el cuerpo del peliverde hasta que pudo apoyar la cabeza en su hombro, desplazando sus brazos hasta situarlos sobre los del espadachín.

En esa posición se mantuvieron durante unos minutos, disfrutando simplemente de la compañía del otro. Poco a poco, el mal humor del espadachín debido a su agitado despertar fue desapareciendo y transformándose en una tranquilidad sobreprotectora dirigida hacia el pequeño y manifestada mediante las suaves caricias que daba a los brazos que estaban sobre los suyos. Zoro cerró sus ojos despacio al mismo tiempo que aspiraba el olor del cuerpo al que estaba abrazando... al mismo tiempo que el calor de ese cuerpo le invadía y le quemaba por dentro. Inclinó su cabeza hacia la del pequeño, apoyándose levemente sobre ella. Sentía que poco a poco se iba quedando nuevamente dormido, pero con esa reconfortante calidez que le recorría no podía evitarlo. Luffy estaba entre sus brazos… estaba bien y sonriente entre sus brazos.

Luffy estaba simplemente feliz, feliz de estar así, de esa manera, con el espadachín. No era sólo el hecho de estar sentado sobre él (que también influía), si no el hecho de que él le permitiera estar sentado así. Aunque Luffy no sabía muy bien distinguir entre ambas, sabía que había una diferencia esencial y muy importante. Por mucho que intentara quitar la sonrisa de su cara (aunque realmente no lo intentaba) no era capaz de hacerlo. Sentía cómo en su pecho su corazón martilleaba acelerado cuando las manos del espadachín se deslizaban con suavidad por sus brazos. El calor que irradiaba Zoro provocaba nuevas sensaciones dentro de sí mismo que nunca antes había sentido. No quería separarse del espadachín… no podía separarse de él.

De repente, Luffy sintió cómo Zoro inclinaba poco a poco la cabeza sobre la suya, apoyándose en ella. Le dirigió una mirada disimuladamente. El espadachín había cerrado los ojos y exhalaba el aire suavemente con sus labios entreabiertos. Luffy suspiró sin saber muy bien por qué e imitó al peliverde, cerrando sus ojos y apoyando completamente su cuerpo sobre el del espadachín. "Aún no tengo mucha hambre", decidió quedarse así durante un rato.

El moreno no sabía exactamente cuánto tiempo había pasado, pero repentinamente acudieron a su cabeza escenas de la noche anterior. Su semblante se ensombreció y su sonrisa desapareció. Abrió los ojos y volvió a mirar discretamente al espadachín, que parecía seguir dormido. Sin embargo, la curiosidad del pequeño era demasiado grande, por lo que no pudo evitar comenzar a preguntar.

- ¿Cómo llegue aquí anoche?

Sin abrir los ojos, el espadachín se tomó unos segundos antes de contestar. No había llegado a dormirse, prefería disfrutar de la compañía del pequeño. Además, sabía que tarde o temprano Luffy comenzaría a preguntarle sobre lo sucedido anoche… Aunque no estaba preparado para responderle.

- Cuando te quedaste dormido te traje a la cabaña.

- Ya veo, ¡gracias! – sonrió levemente. - ¿Tú no dormiste? – preguntó al recordar que lo había encontrado sentado en el suelo de la cabaña.

Zoro se removió inseguro bajo Luffy, quien, extrañado, giró la cabeza para ver el rostro del peliverde. Desde que se había levantado no se había fijado mucho en él, y ahora que lo miraba detenidamente pudo descubrir unas marcadas ojeras que adornaban sus ojos. Ante la atenta mirada del moreno, Zoro desvió su rostro hacia la otra dirección.

- Yo volví a salir con los demás. Cuando volví a la cabaña yo… no tenía sueño, así que me senté en el suelo – concluyó dubitativo.

Luffy abrió los ojos sorprendido. - ¿Ya han vuelto Robin y Franky?

Zoro se limitó a asentir. Luffy, sin quitar su expresión de sorpresa, fue poco a poco dibujando una sonrisa de alivio sobre su cara. "Han vuelto" pensaba una y otra vez. "Están bien" repetía sin cesar en su cabeza.

De improvisto Luffy se deshizo del abrazo del peliverde e, incorporándose, se plantó de pie frente a él sonriéndole.

- Luf… - susurró el espadachín sorprendido por el movimiento del pequeño.

- Voy a ver a Robin – Luffy mantuvo la sonrisa en su cara, pero sus ojos se tornaron serios.

Zoro se estremeció. "Espera…" no podía decirlo por varias razones. La primera y fundamental era que no tenía motivo para detener a su capitán. La segunda era que no quería que Luffy sospechara que algo iba mal.

Al menos, eso era lo que pensaba el espadachín en su cabeza. Su cuerpo parecía ir por otro camino. Cuando Luffy comenzó a avanzar hacia la puerta, el brazo de Zoro se alzó involuntariamente y su mano se cerró en la muñeca del pequeño. Ambos se miraron sorprendidos ante este gesto, Luffy desconcertado y Zoro avergonzado.

- ¿Zoro…? – preguntó Luffy extrañado. Algo le pasaba al peliverde, era obvio incluso para el pequeño. Estaba demasiado nervioso y levemente incómodo.

- Yo… - farfulló el espadachín sin ser capaz de mirar a su capitán. – Eh… nada, Luffy. – Soltó su muñeca y se levantó, sacudiendo sus pantalones. – Era sólo para que me esperaras. – Al levantar la cabeza y mirar a Luffy, esbozó una pequeña sonrisa. – Voy contigo.

Luffy ladeó la cabeza, confundido. Ahora Zoro estaba frente a sí, sonriéndole con suavidad y mirándole con una expresión relajada.

- Zoro, ¿estás bien? – le preguntó extrañado.

El peliverde se limitó a asentir mientras avanzaba hacia la puerta, dándole la espalda a su capitán y formulando en sus pensamientos mil maldiciones por su comportamiento. Cuando abrió la puerta se detuvo un momento bajo el umbral para dirigir otra mirada a Luffy. El moreno seguía quieto, sobre el mismo sitio en el que Zoro lo había detenido, y miraba al espadachín abstraído e inquieto. Zoro suspiró. "Soy un idiota. Si no le hubiera detenido, Luffy no estaría ahora así de intranquilo". Desvió entonces la mirada hacia la playa y vio que Sanji había comenzado a servir la mesa. En ella estaban ya todos sus nakamas reunidos, sólo faltaban él y su capitán. El espadachín esbozó una pequeña sonrisa con malicia. "La comida siempre es de utilidad en momentos como este". Nuevamente sus ojos se dirigieron hacia Luffy.

- ¿Estás seguro de que quieres quedarte ahí, capitán? – Luffy le devolvió una mirada sorprendida. – No creo que los demás vayan a reservarte una parte del desayuno.

Luffy se quedó boquiabierto... ¡Se había olvidado por completo del desayuno! De repente, comenzó a correr empujando a Zoro al salir de la cabaña, quien no había conseguido apartarse a tiempo del camino de su capitán. "Mira que es predecible", reía internamente mientras le seguía de lejos y caminando con tranquilidad, observando cómo se acercaba a los demás gritando y saltando. Sin embargo, sólo hubo dos personas que respondieron con la naturalidad de siempre al comportamiento de su capitán: Chopper y Usopp, quienes agarraron sus platos, apartándolos del camino de los brazos del recién incorporado a la mesa. En realidad, todo el ruido que se escuchaba en la playa provenía de ellos, los demás mantenían un silencio sepulcral. Nami jugaba con la comida, moviéndola con su tenedor, mientras muy de vez en cuando llevaba un pedazo a su boca. Robin… bueno, ella de por sí siempre estaba tranquila en las comidas, pero no observaba los juegos de sus nakamas con la sonrisa amable que solía adornar sus labios. Su rostro sólo mostraba una total y fría seriedad. Franky y Brook también comían en silencio, sin participar como usualmente hacían en la lucha que Luffy, Chopper y Usopp habían iniciado en la mesa. Sanji aún no se había sentado a la mesa, estaba preparando bebidas para todos. Cuando Zoro se sentó en la mesa al lado de Franky, Sanji se acercó con una jarra de zumo y otra de leche que depositó en la mesa antes de tomar asiendo al lado del espadachín.

- Tienes una cara horrible – comentó mientras se servía un poco de comida.

- Mira quien fue a hablar – respondió el espadachín, gruñendo. El cocinero tenía tantas ojeras como él.

Ambos mantuvieron un largo silencio mientras comían, hasta que Zoro, cansado del panorama gris que veía ante sus ojos, no pudo evitar comentar:

- Sois muy malos fingiendo.

Sanji le miró con dureza. – Podría decirse lo mismo de ti.

Zoro no supo qué responder. ¿Estaba actuando de manera diferente? No lo sabía. Él siempre evitaba participar en los juegos de la tripulación a la hora de comer, pero sin quererlo acababa enredado en ellos. ¿Quizá era ese el problema, que hoy no se inmutaba cuando Luffy, Chopper y Usopp le provocaban? No lo sabía. Paseando su mirada por sus nakamas, se dio cuenta de que tampoco tenía derecho a reclamarles nada. Nami tenía los ojos rojos e hinchados, síntoma de una noche llena de lágrimas. Robin tenía unas leves ojeras y la mirada cansada y caída. El tupé de Franky, ese que siempre se mantenía altivo y rígido sobre su cabeza, caía ahora sobre su frente. Además, sus ojos estaban tapados por sus gafas negras, queriendo ocultar seguramente los síntomas de una mala noche. Y Brook… estaba… ¿más despeinado? Zoro gruñó, ¿qué esperaba ver en un esqueleto? Aunque parecía decaído y perdido en sus pensamientos.

Suspirando en silencio, Zoro terminó la poca comida que quedaba en su plato. Apenas había probado bocado, pero ésta se había volatilizado. El espadachín ni se molestó en preguntarse qué había pasado. Estaba dispuesto a levantarse de la mesa cuando la voz del rubio le detuvo.

- ¿Has decidido qué vas a hacer?

Como toda respuesta, el espadachín siguió su camino hasta sentarse en la playa.


Robin, con intención de levantarse de la mesa, ofreció la comida que quedaba en su plato a Luffy, quien la aceptó gustoso. Sin embargo, cuando iba a alejarse, su capitán la detuvo.

- ¡Robin! – todos los presentes en la mesa se quedaron inmóviles, excepto Usopp y Chopper, que miraban extrañados el comportamiento exagerado de sus nakamas. Robin se quedó plantada y petrificada sobre la arena ante la llamada de su capitán. - ¿Está todo bien?

Era cierto que Luffy podría no ser la persona más ágil sobre el planeta, ni la más perceptiva, ni la más consciente de las situaciones y los momentos de gravedad. Pero en todo lo que se refería a sus nakamas, era el primero en percibir que algo no estaba bien. Y la tranquilidad y seriedad de sus nakamas en el desayuno no había pasado desapercibida para el moreno.

Antes de girarse hacia el pequeño, la arqueóloga compuso en su rostro una sonrisa tranquila y una expresión amable.

- Sí, Sencho-san. Sentimos mucho no haber llegado ayer hasta tan tarde, pero nos perdimos en la isla.

A Luffy no le convenció del todo la excusa, pero se limitó a asentir y devolver la sonrisa a la morena. – Me alegra que sólo fuera eso. Si algo pasa, dímelo.

Robin amplió levemente su sonrisa y se alejó de la mesa. Nada más girarse, su bien elaborada expresión se descompuso en pura rabia. No quería engañar a la persona que había hecho tanto por ella, le dolía no decirle a Luffy la verdad. Pero no quería que le pasara nada al moreno, le protegería con su vida si hacía falta. Pero en esa isla su vida no serviría para salvar a su capitán, en esa isla ella no podía hacer nada, y eso le provocaba aún más rabia mezclada con impotencia. Apretando levemente sus puños, comenzó a avanzar hacia el espadachín. Cuando llegó a su lado, ni preguntó ni esperó una invitación por parte del peliverde, se limitó a sentarse a su lado. Zoro, sin mirarla, comentó:

- ¿Esto se va a convertir en una rutina? – recordaba perfectamente cómo hacía 24 horas la morena había hecho exactamente lo mismo.

- A mí no me importaría – intentó que su voz adquiriera un tono divertido, pero no fue capaz de deshacerse de la presión que había en su interior. – Kenshi-san… ¿qué vas a hacer?

En su mente, Zoro maldijo tanto a la morena como al rubio por no dejarle tranquilo y ser tan insistentes. Bufando levemente, mantuvo el silencio con la morena todo el tiempo que estuvieron sentados juntos. Robin, por mucho que deseara una respuesta, sabía que no la obtendría con tanta facilidad. No se debía a que Zoro no quisiera dársela, sino a que, aunque realmente quisiera hacerlo, no sabía cómo responder. Zoro estaba en una completa encrucijada causada no sólo por el gran respeto y la confianza ciega que le inspiraba su capitán, si no por los nuevos sentimientos que había descubierto y que, para alegría tanto de Zoro como de la morena, eran correspondidos. Con resignación, Robin se limitó a mantenerse en silencio a su lado, observando el vaivén de las olas.

- ¡Ooooooooooooooe, Zoro! – tanto el espadachín como la morena se volvieron hacia su capitán, que agitaba los brazos al lado de Franky, quien les miraba curioso. - ¡Tenemos que irnos!

Zoro no pudo evitar esbozar una pequeña imitación de la gran sonrisa que iluminaba el rostro de su capitán. Le aliviaba verle tan despreocupado a pesar de la situación en la que se encontraban. Cuando sintió cómo la morena a su lado comenzaba a incorporarse, la imitó y caminó junto a ella hasta su capitán. Sin embargo, antes de llegar junto al pequeño y a una distancia suficiente como para que no le escuchara, Zoro susurró:

- No le diré nada a no ser que él me pregunte.

Robin dejó de andar y se limitó a observar cómo el espadachín se alejaba de ella. Sin embargo, su neutral expresión no desapareció de su cara. Cuando vio cómo el espadachín se detenía frente a Luffy sonrió. Una parte de ella ya sabía que la respuesta era esa. Apartando la mirada del pequeño grupo, comenzó a caminar hacia la mesa, donde Nami y Sanji les observaban preocupados.

Luffy miró por encima del hombro del peliverde a tiempo de ver cómo Robin comenzaba a avanzar hacia la mesa.

- ¿Le pasa algo? – preguntó a Zoro, recordando cómo se había quedado quieta a mitad de camino.

- No, simplemente quería ir con Nami – dijo el espadachín intentando aparentar despreocupación. Aunque su tono funcionó con Luffy, de reojo vio cómo el ciborg le miraba preocupado.

- ¿Vamos ya al bosque? – se apresuró a preguntar Zoro tanto para desviar la atención del ciborg como para impedir cualquier otro posible comentario de su capitán.

- Esta vez solo yo iré al bosque a cazar – respondió Franky mientras le mostraba al espadachín un par de cañas de pescar que había ocultado tras su espalda. – A Ruffy y a ti os toca pescar. El cocinero dijo que hoy quería preparar platos a base de pescado – ofreció las cañas a Luffy, quien las cogió alegre.

Zoro se mantuvo en silencio. Supuso que, desde ese momento, todas las mañanas le tocaría pescar con su capitán. Seguro que Nami era la que había tenido esa idea con el único propósito de mantener a Luffy alejado del bosque. Zoro se lo agradeció, ya que no se sentía capaz de mantener a Luffy alejado de la montaña. Lo que no sabía era que Nami tampoco confiaba en sus capacidades, y temiendo que intentando llegar a la playa treparan a la cima de la montaña prefirió mantenerlos a ambos alejados del bosque.

Luffy y Zoro esperaron a que Franky desapareciera en el bosque antes de dirigirse en la dirección en la que el ciborg les había dicho que había un pequeño cabo ideal para pescar. Mientras Luffy llevaba las cañas y una gran mochila a su espalda, Zoro se encargó de coger las dos cestas que Franky les había dejado para que trajeran el pescado. Paseando por la playa, Zoro veía cómo su capitán iba delante de él, entonando alguna extraña canción mientras caminaba levantando exageradamente las piernas a cada paso. Sorprendido, el espadachín sintió cómo sin esfuerzo sus preocupaciones iban quedándose enterradas e inundadas por la alegría del pequeño. No le costó ningún esfuerzo esbozar una sonrisa y unirse a los cantos de su capitán.

Tras un rato caminando, cantando y charlando despreocupadamente, Luffy señaló lo que parecía ser el cabo descrito por Franky. Más que un cabo, era un risco con vertientes muy inclinadas y escarpadas que sobresalía algunos metros por encima del nivel del mar. Corriendo, Luffy llegó al borde del peñasco mientras dejaba las cañas a un lado y posaba la mochila en el suelo uniforme pero rocoso, rebuscando en su interior. Cuando Zoro llegó a su lado, vio que Luffy había sacado de ella una gran caja negra.

- ¿Qué es eso?

Luffy le miró sonriente: - Mi primer bento de aventura.

Zoro puso los ojos en blanco. "¿Primer…?"

- Si acabamos de desayunar.

- Sí, pero me supo a poco – Luffy hizo un pequeño puchero. – Además, no fue tan divertido como otros días – desvió la mirada del espadachín hacia la caja, abriéndola y observando su contenido.

Zoro, sin embargo, no tenía ningún interés en el contenido del bento. Observaba atentamente el rostro de su capitán, que aunque ahora lucía ilusionado por la deliciosa comida que se presentaba ante sus ojos, segundos antes había mostrado tristeza. Zoro suspiró, debió suponer que Luffy se daría cuenta de que estaba pasando algo. Su capitán era capaz de notar los cambios de humor de sus nakamas con bastante facilidad. "Tampoco es que lo hayamos escondido precisamente bien", se reprochó. Con pesada lentitud, el peliverde dejó al pequeño comiendo mientras cogía una caña y se sentaba en el borde del risco, comenzando a pescar. Pocos minutos después, un ya lleno moreno se sentó a su lado con la otra caña. Poco a poco las cestas se iban llenando, pero el silencio que se había establecido entre ellos no se rompía.


Robin salió de la cabaña con un libro entre sus manos. En la playa sólo se encontraban Chopper, trabajando con algunas hierbas y libros en la mesa, y Nami, mirando pensativa y en silencio al mar mientras de vez en cuando tomaba pequeñas notas en su libreta. Sanji y Usopp habían ido minutos antes al barco a buscar algunas herramientas y utensilios que necesitaban, y Brook parecía haber tomado la responsabilidad de surtir a la tripulación con agua fresca, ya que había ido nuevamente al río a llenar una tinaja. Robin sonrió levemente, el bien trazado plan de repartición de tareas que Nami había diseñado se había ido al garete. Cuando llegó a la mesa depositó el libro en ella, sonriendo ante la curiosa mirada del renito, antes de dirigirse hacia la navegante. Cuando llegó a su lado, aprovechó su posición de pie para ojear lo que la pelirroja escribía en la libreta. No alcanzó a distinguir las palabras, pero sí observó pequeños diagramas con nubes, sol, viento y flechas.

Extrañada, Robin tomó asiento al lado de Nami y observó curiosa su rostro. Su mirada estaba perdida en el océano, viajando de vez en cuando hacia las nubes. A veces, la pelirroja cerraba los ojos y se dejaba llevar por el viento que instantes después soplaba sobre ellas. Robin, entonces, comprendió cuál era su plan.

- Sabes que eso es imposible, Koukai-san.

Nami no se había percatado de la presencia de la morena. Por eso, debido a la sorpresa de encontrarla a su lado, la libreta resbaló de sus manos al mismo tiempo que reprimía un grito.

Robin aprovechó ese descuido para hacerse con la libreta y ojearla de cerca. "Como imaginaba…", suspiró mientras la dejaba en el lado contrario al que estaba la navegante.

- No podrás lograrlo.

Nami la miró con dureza. – Si no lo intento nunca sabré si puedo lograrlo.

- Si fuera tan fácil predecir el tiempo en el Grand Line ya habría miles de estudios sobre ello y la navegación en este mar no sería tan difícil. Pero el tiempo aquí es impredecible, Koukai-san.

- Bueno, quizá yo sea la primera en predecirlo – replicó Nami a la defensiva. - ¿Acaso tengo otra opción? ¿Hay otra salida?

Robin no supo cómo responder. Nami, ante el silencio de la morena, se estiró sobre ella para recuperar su libreta. Cuando volvió a su posición inicial, con la libreta en sus manos, continuó:

- Robin, es una opción desesperada y arriesgada, lo sé. Pero si consigo predecir el tiempo que habrá los próximos días, entonces podremos llegar a esta isla – Nami extendió un mapa frente a ellas, señalando una isla situada al oeste de la que se encontraban. – Si sé con exactitud los cambios de viento, la cantidad de nubes y las tormentas que se producirán en los tres días que nos separan de ella… - bajó su nivel de voz mientras una mínima esperanza parecía brillar en ella. - … entonces podré mantener el rumbo y saldremos de aquí.

Robin la miró con pesar. Sabía perfectamente que las capacidades de navegación de Nami eran insuperables, pero su objetivo era una locura muy peligrosa. Si no lograba predecir al milímetro cada acontecimiento climático y salían al mar, entonces se perderían.

- ¿Cómo pretendes hacerlo? – susurró imitando el tono bajo de la pelirroja.

Nami miró a Robin con ojos brillantes mientras situaba la libreta frente a los ojos de la morena. – Aquí está escrita mi predicción para los próximos dos días. Si se cumple, entonces tendremos una oportunidad.

Robin abrió los ojos y llevó una mano a su boca para reprimir la sorpresa. "¿Cómo es posible?". Cogió nuevamente la libreta y se dejó guiar por Nami en ella hasta llegar a las páginas que buscaba. Su sorpresa no hizo más que aumentar: Nami había delimitado por horas los cambios de viento y el movimiento de las nubes que se producirían alrededor de la isla y a algunos kilómetros alrededor de ella.

Sin poder hablar, Robin miró a la pelirroja con los interrogantes marcados en su mirada. Nami sonrió.

- No puedo predecir el tiempo que habrá en todo el trayecto hacia la isla, ya que a medida que avanzamos el clima cambiará. Esta es una isla de primavera, pero no sabemos de qué tipo será la otra. Sin embargo, si a medida que avanzamos consigo recalcular constantemente todos los cambios de tiempo en base a mis predicciones iniciales… - su sonrisa se amplió. No continuó, con Robin no hacía falta acabar las explicaciones.

La morena por fin consiguió borrar la sorpresa de su rostro mientras sentía cómo una leve esperanza nacía en su interior.

- Eres increíble, Koukai-san.


Zoro notó cómo la cabeza de su capitán caía sobre su hombro.

- ¡Oe Luffy! No te duermas, no me apetece tirarme al mar a salvarte si te caes.

Luffy refunfuñó mientras dejaba la caña a un lado y se tiraba sobre el espadachín. Con la sorpresa, la caña que Zoro sostenía entre sus manos desapareció por el pequeño acantilado mientras él caía de espaldas sobre el suelo. Soltando un leve gemido de dolor, el espadachín iba a reclamar a su capitán cuando sintió cómo Luffy se colocaba completamente sobre él, enterrando la cara en su hombro. Zoro miró al cielo mientras comenzaba a acariciar el pelo de su capitán. Tras unos minutos en esa posición, Zoro comenzó a arrastrarse a duras penas por el suelo. Sus piernas colgaban del risco y no quería que Luffy se cayera al mar a causa de otro movimiento inesperado de los suyos. Cuando todo su cuerpo estuvo sobre el suelo, el espadachín aferró al pequeño fuertemente por la cintura mientras seguía acariciando con suavidad el cabello del pequeño.

- ¿No confían en mí? – murmuró Luffy contra el cuello del espadachín, quien se estremeció cuando notó su aliento contra su piel.

Zoro cerró los ojos dolido, pero intentó mantener la calma.

- ¿Por qué lo dices?

- Porque todos se están comportando muy raro… - Luffy estiró sus brazos hasta situarlos a ambos lados de la cabeza del espadachín. – Nami no se ha enfadado conmigo en ningún momento, Sanji me ha dado más comida de lo normal, y tampoco se enfadó conmigo cuando le pedí que me hiciera varios bentos. Brook no nos despertó con alguna canción, y Franky no quiso jugar con Usopp y conmigo – la voz del pequeño se quebró levemente. – Además, no creo que Robin se perdiera en la isla. Y tú también has estado muy raro.

Zoro suspiró. "Realmente fingimos demasiado mal". Posó sus labios sobre la cabeza de Luffy antes de responderle.

- No se trata de eso, Luffy – susurró con suavidad.

- Entonces, ¿qué es lo que pasa?

Zoro no respondió. Si la conversación seguía por ese camino, entonces él no podría evitar contarle a Luffy toda la verdad. Tras unos minutos de silencio, Zoro sintió cómo las dos manos de su capitán se posaban sobre su cabeza.

- ¿Tú tampoco confías en mí…? – preguntó Luffy afligido.

Zoro, atormentado, sintió cómo algo dentro de él se rompía. Cogió entre sus manos la cabeza de su capitán y la situó frente a la suya, mirando al pequeño con rabia antes de lanzarse a devorar sus labios. Aunque sorprendido al principio, Luffy pronto correspondió el beso de Zoro, cogiendo también entre sus manos su cabeza. Sin embargo, Luffy notó algo diferente en ese beso… era más salvaje de lo habitual. Era apasionado como los demás, pero transmitía nuevos sentimientos que preocuparon al pequeño: dolor, furia, necesidad, desesperación… A Luffy no le gustaba ninguna de esas sensaciones, pero no fue capaz de evitar dejarse llevar por el espadachín. Manteniendo sus ojos abiertos, observaba cómo el peliverde apretaba los suyos con fuerza. De repente, Zoro giró sobre sí mismo sin romper en ningún momento el contacto, quedando sobre el pequeño. Luffy iba a detener al espadachín cuando sintió cómo una de sus manos comenzaba a recorrer su torso, apartando el chaleco a su paso. El moreno dio un respingo ante esa feroz caricia que le estaba volviendo loco. Sin pedirle permiso, sus manos se elevaron sobre el cuello del espadachín, y mientras una agarraba con fuerza su pelo, la otra comenzaba a deslizarse por la espalda. Sin embargo, esta mano no pudo avanzar mucho, ya que el espadachín mantenía su cuerpo alejado del pequeño apoyándose en el suelo con las rodillas. La otra mano estaba bajo la cabeza del pequeño, protegiéndolo del suelo.

La necesidad de aire pronto se hizo presente en ambos, quienes se separaron con rudeza mientras miraban los ojos del contrario. Tanto la mano que recorría el pecho del pequeño como la que recorría la espalda del peliverde se habían detenido.

Luffy vio como poco a poco la salvaje mirada animal que el espadachín había mantenido en sus ojos iba desapareciendo, quedando absorbida por el miedo, la preocupación y la impotencia. Luffy no pudo reprimir su sorpresa.

- ¿Qué pasa Zoro?

El espadachín se derrumbó. De pronto, no era su mano la que estaba sobre el pecho del moreno, sino su cabeza. Zoro cerró los ojos mientras escuchaba cómo los rítmicos latidos de su capitán disminuían su intensidad. Luffy acarició con una mano la cabeza del espadachín, imitando lo que él había hecho minutos antes consigo mismo.

- No quiero que te pase nada, Luffy… - el cuerpo del pequeño fue recorrido por un escalofrío cuando escuchó al espadachín hablar con esa voz rota, cargada de sentimientos. El pequeño suspiró y sonrió con tristeza.

- Estoy aquí, Zoro. Estoy bien.