El estúpido de Mycroft había llegado antes de lo previsto y les había dejado a él y a John con ganas de más. O al menos a él. Pero eso era lo que menos importaba a Sherlock en ese momento, la prioridad en su cabeza estaba en decidir si mataba a su hermano mayor o en si huía. Quizás lo de huir diese menos problemas… De todas formas no tuvo demasiado tiempo para discernir, pues no pasó un instante y John se había cubierto con lo primero que pilló, en este caso un pomposo cojín lleno de volantes y bordados, y miraba a Sherlock completamente rojo y agitado. Aquello provocó que el detective se riera sonoramente. Dios… Después de todo lo que había pasado aquello era lo que más avergonzaba a John: que Mycroft se hubiera cerciorado de lo obvio.

En fin, aquello significaba que era el momento de levantar el campamento y largarse. Así que se apresuró a lamer sus dedos aun manchados de John, disfrutando enormemente de la expresión de Mycroft al verlo y se levantó, cogió su ropa y la del exmilitar del suelo, le agarró por la muñeca para levantarle de la cama y, tras guiñar un ojo a su perplejo hermano mayor, saltó por la ventana arrastrando consigo a un escandaloso John Watson.

Cayeron sobre un enorme montón de hojas, haciendo que la mayoría volasen a su alrededor, pero eso era completamente irrelevante. Lo principal era que John se vistiese y después salir de allí corriendo, antes de que Mycroft tuviese tiempo de bajar las escaleras y salir al patio a preguntar. Así que le lanzó a John su ropa a la cara mientras se levantaba y, solo por no cargar con sus prendas todo el camino, se vistió. Una vez ambos estuvieron listos, saltaron fuera del revoltijo de hojas y huyeron lejos de la lujosa casa del mayor de los Holmes a la vez que este abría la puerta al jardín y les veía huir, negando resignado antes de volver al interior de su casa, dispuesto a quemar las sábanas de su cama. Si, Sherlock sabía que eso era exactamente lo que su hermano estaba pensando. Y también cambiaría las cerraduras de seguridad, pero ya tendría tiempo de robar una copia en otro momento, ahora lo importante era correr con John lejos de ahí.

Sólo se detuvieron una vez estuvieron ya en Baker Street. Ambos jadeaban, apoyados contra la pared de la entrada y se miraron de reojo, estallando en carcajadas nada más sus miradas se cruzaron. Aquello había sido fantásticamente ridículo y excitante y joder, quería repetirlo alguna vez.

- Eso ha sido… -comenzó John, riendo a mitad de la frase - Mycroft nos va a matar.

- Si, pero primero matará a su jefe de seguridad.

De nuevo los dos rieron, pero esta vez cuando sus ojos coincidieron pararon. El rostro de John volvía a verse febril y sonrojado. Y Sherlock sabía que él mismo lucía parecido. Acababan de tener sexo en la cama de Mycroft. Bueno, no sexo propiamente dicho, pero se sobreentendía. Y ahora solo con mirar a su compañero de piso volvía a escuchar sus roncos gemidos, volvía a verle moviendo la cadera por puro instinto, volvía a sentir su cuerpo estremeciendose bajo él… No podía evitarlo, la imagen de un John Watson al borde del orgasmo ocupaba cada pequeño hueco de su mente y necesitaba tenerlo de nuevo. Quizás con lo que acababa de pasar si compensaba el incidente con el dichoso delantal que aún llevaba puesto, pero no había sido bastante para apaciguarle a él…

Se inclinó sobre él, acariciando su mejilla con la palma de la mano y se acercó, reclamando sus labios, pero antes de que pudiese siquiera rozarlos la Señora Hudson apareció junto a ellos, acompañada por Lestrade, y ambos se separaron de golpe.

- ¡Sherlock! - ese era Lestrade - Tendrías que haberte quedado con el sospechoso, ¿qué hubiera pasado si se hubiese escapado?

Frunció el ceño. ¿Por qué narices tenía que haber tantas interrupciones? ¿Tan difícil era encontrar un momento a solas en el que poder arrastrar a John escaleras arriba y hacer el amor con él en la cama? Oh Dios. Hacer el amor. ¿Sherlock, qué narices te estaba pasando?

- Señora Hudson, ¿está usted bien? -John, como siempre caritativo-.

- Si, si… Sólo ha sido un susto… -sonrió a pesar de que tenía los ojos hinchados de llorar. La verdad es que en esas condiciones cualquiera sentiría lástima por la pobre Señora Hudson- Por cierto… ¿conseguísteís recuperar las joyas?

- Si. -respondió Sherlock cortante, abriendo el abrigo y sacando de él la bolsa con las joyas y tendiéndoselas a ella - Aquí están, sanas y salvas.

Pero ella no las cogió. Y de golpe todos los ojos estaban fijos en él, todos excepto los de John, que miraba al suelo con aspecto avergonzado mientras se pasaba una mano por el cabello. ¿Ahora que narices ocurría?

- ¿Eso es un delantal?

Lestrade. Tan observador como siempre.

- Cielo… ¿Por qué llevas puesto un delantal? - La señora Hudson, mirándole con una sonrisa incómoda hasta que se dio cuenta de otro pequeño detalle- ¡Oh! ¡Y además no llevas camisa!

Y ella se giró, tapándose los ojos con las manos mientras Lestrade y un recién llegado Anderson comenzaban reírse de él con todas las ganas. Estaba enfurecido. Tan enfurecido que dejó caer la bolsa al suelo antes de subir corriendo las escaleras, rumbo a su apartamento. No recordaba haber deseado tanto volver a su cuarto nunca.

Finalmente pudo encerrarse en él, pero seguía escuchando los murmullos más abajo. ¿La gente no sabía meterse en sus asuntos? Podía haber mil razones por las que tuviese que llevar un delantal bajo el abrigo, no era nada cómico. Pero necesitó librarse de él. Se quitó todo excepto los pantalones y pisoteó con furia la dichosa prenda antes de tirarse sobre su cama y hacerse un ovillo en esta. Ya no le salían las cosas bien, los planes ya no resultaban. Y todo porque su mente no estaba alerta, sino que siempre terminaba perdiéndose en un único pensamiento: John.

Se había quedado dormido. Increíble. Pero lo más increíble fue que al despertar no estaba solo. Tenía a John frente a él, acurrucado a su lado, respirando tranquilamente y la boca entreabierta. Había dormido con él. Pero Sherlock estaba seguro de haber cerrado la puerta con llave, de todas formas eso no le importaba lo más mínimo. Le gustaba tenerle tan cerca, tan tranquilo; aquella calma hacía que el mismo se tranquilizase y una tímida sonrisa apareció en sus labios mientras alargaba una mano para acariciar el rostro de su amigo. John sonrió frente al contacto y aquello fue lo mejor de todo. A él le gustaba que le tocase…

Entonces John abrió los ojos y Sherlock apartó la mano, asustado, pero el médico rió y tomó su mano, entrelazando sus dedos con los suyos.

- Buenos días… -susurró John - ¿estás mejor?

- ¿Mejor? -por un momento se le había olvidado el cabreo del día anterior - Ah… Si, supongo que si.

- Le dije a Lestrade que el ladrón te desgarró la camisa y que fue lo único que encontramos.

- ¿Por qué dijiste eso? - dijo frunciendo el ceño.

- Porque me pareció mejor eso que decirle que era tu forma de pedirme echar un polvo.

Aquello fue suficiente para que Sherlock se callase y ocultase el rostro en la almohada. John se había dado cuenta antes que él de que le necesitaba, de que quería estar con él en todos los sentidos. Pero ninguno de los dos había sido capaz de aclararse respecto a otro punto, uno al que ambos le habían dado muchísimas vueltas: amor.

- John…

Pero no pudo continuar hablando, pues fue interrumpido por el tono de llamada de su propio teléfono. Gruñó cabreado, ¿es que no iban a dejarles en paz? Y al parecer John sintió su enfado, pues le dio un tierno beso en la frente antes de levantarse y coger él el teléfono del bolsillo del abrigo de Sherlock, que seguía tirado en el suelo. Lo sacó del bolsillo con una sonrisa, pero su expresión cambió de golpe al ver la pantalla; primero fue de desconcierto, después de miedo y por último un intenso sonrojo. No necesitó que John lo dijese para confirmarlo: Mycroft.

- No contestes… -dijo en un gruñido contra la almohada- ignórale y vuelve…

- Pero…

-Vuelve a la cama, John.

Su voz sonó más como una súplica que como una orden y no era lo que pretendía. Pero aún así surtió efecto, porque John devolvió el teléfono a su sitio y se tumbó junto a Sherlock otra vez. Esta vez el detective no se lo pensó dos veces y le abrazó con fuerza, ocultando el rostro en el cálido pecho de su amigo. Tenía frío. Tanto que tiritaba, pero él le abrazó y acarició su espalda con dulzura, aunque de golpe comenzó a reír.

- Mycroft estará histérico.

- Mycroft piensa que hemos hecho de todo en su cama y eso que no nos dejó tiempo -dijo enfurruñado-.

- Eso tiene solución.

Aquella frase, aquel tono tan sugerente hizo que algo dentro de Sherlock se encendiese y de golpe dejó de sentir frío mientras alzaba sus bellos ojos grises para encontrarse con los de John, que estaban encendidos y sus labios mostraban una sonrisa maliciosa. Oh Dios, John. No podías mirarle así y esperar que Sherlock se mantuviese quieto.

Y así fue, Sherlock no tardó en tomar su nuca y besarle con fuerza. John gimió. Ambos necesitaban aquello, lo necesitaban muchísimo…

Pero de nuevo el destino estaba en su contra y la puerta se abrió de golpe, entrando esta vez en la habitación nada menos que: Lestrade, Donovan, Anderson, la Señora Hudson y un par de policías más a los que no conocía de nada. Sherlock no pudo más.

- ¿¡Es que no se puede echar un maldito polvo en esta casa!?