¡Hola! Aquí dejo un nuevo capítulo, este quizá sea un poco de "relleno", un paso hacia la batalla final xD
Espero que os guste ^.^
Zoro se percató de que, poco a poco, el sonido de la música y de las voces había ido desapareciendo de la playa. Mirando a su capitán, que tarareaba alguna de sus melodías mientras sonreía con los ojos cerrados, aún recostado sobre él, Zoro sonrió.
- Luffy – llamó la atención del moreno, que respondió dejando de tararear. – Quizá deberíamos salir fuera para ver qué van a hacer por la tarde.
Luffy asintió con la cabeza mientras abría los ojos y se levantaba. Una vez que se hubo librado del peso de su capitán, Zoro también se incorporó y se dirigió hacia la puerta que Luffy ya había abierto. Ambos salieron con la cabaña y se dirigieron al grupo que estaba alrededor de la mesa. Sanji no se encontraba allí, sino que estaba terminando de fregar los platos mientras vigilaba un recipiente donde había puesto agua a hervir. Cuando llegaron a la mesa, Luffy se sentó en una de las sillas mientras Zoro se mantenía de pie tras él. Brook también estaba de pie, y Franky estaba sentado en un borde de la mesa. El grupo estuvo hablando algunos minutos sobre diversos temas sin importancia mientras esperaba a que el cocinero se incorporara a ellos. Al cabo de un rato, Sanji se acercó a la mesa cargando con dos bandejas, una de té y otra de café, sirviendo a todos los presentes una de las tazas.
Cuando Nami cogió un vaso con té, se levantó de la mesa sintiendo las miradas de todos sobre ella, expectantes. Tras un sorbo, Nami comenzó a hablar.
- Creo que de ahora en adelante la organización será una simple improvisación – dijo, sonriendo ante el grupo, quien le correspondió con gestos iguales.
- Nami, ya deberías saber que es imposible planificar con antelación nada en esta banda – comentó Usopp, encogiéndose de hombros mientras fingía una cara de resignación.
Nami rio con suavidad. – Tienes razón. Por eso, a partir de ahora pediré voluntarios para las tareas. ¿Alguien se ofrece para ir a cazar?
Zoro estaba sorprendido ante el cambio que la pelirroja había experimentado. Por la mañana no les había permitido ni a él ni a su capitán acercarse al bosque, y ahora dejaba vía libre para que Luffy pudiera entrar. "¿En qué demonios está pensando?", gruñó Zoro por lo bajo. "Sabe perfectamente que Luffy…"
- ¡Yo! – Luffy complementó los pensamientos del peliverde, levantando ambas manos con una amplia sonrisa en su cara. - ¡Yo quiero ir a cazar!
- No – sonrió Nami con perspicacia.
- ¿Por qué? – preguntó Luffy enfurruñado, reprimiendo un pequeño puchero.
- Porque tú, Zoro y Franky ya habéis ido a cazar por la mañana, así que ahora os tenéis que quedar a cuidar del campamento – "Además… voy a necesitar tu ayuda…" pensó dirigiendo una rápida mirada hacia el ciborg, que pareció no percatarse de ella. – De todos modos, Luffy… ¿no te dolía la espalda antes? – Nami reprimió una sonrisa sarcástica mientras veía cómo la indignación en la mirada de su capitán aumentaba. Por el rabillo del ojo, Nami también alcanzó a ver cómo Zoro desviaba la mirada de ella. La navegante reprimió con todas sus fuerzas una risilla, aunque no pudo evitar ampliar la sonrisa de su rostro.
- ¡Pero ahora ya estoy bien! ¡No me duele nada!
- No podemos correr riesgos – dijo Nami triunfante, zanjando el tema ante un molesto capitán que se había cruzado de brazos poniendo morritos.
- ¡Pero Nami! – comenzó a quejarse Usopp, quien a pesar de estremecerse ante la aterradora mirada que le dirigió la navegante continuó hablando. – Si excluyes a Zoro, Luffy y Franky, sólo quedamos los mismos de ayer para ir a cazar – Usopp sabía que enfadar a Nami era muy peligroso… pero su grave enfermedad no-puedo-entrar-en-ese-bosque le obligaba a llegar a esos extremos.
Sin embargo, ante sorpresa de todos, en especial del narigudo (que ya temía lo peor para sí), Nami relajó su expresión y sonrió.
- No te preocupes Usopp, necesitaré tu ayuda más tarde, no irás a cazar.
Usopp suspiró aliviado mientras varias miradas curiosas se posaban sobre la navegante, quien se limitó a ignorarlas mientras continuaba. – Entonces, ¿quién irá a por comida?
Chopper levantó su patita mientras sonreía a Nami. – Yo puedo ir a por fruta, quiero recoger algunas hierbas más.
Nami miró al renito dudosa. Estaba agradecida de que ofreciera su ayuda, pero no quería dejarle entrar solo al bosque. Como si hubiera leído sus pensamientos, Robin también levantó su mano.
- Yo acompañaré a Chopper, me gustaría pasear un poco más por la isla. Así podremos traer más comida – dijo sonriendo al renito, quien la miró ilusionado, pues le encantaba disfrutar de la compañía de la morena.
- Nami-san – continuó el cocinero mientras prendía un cigarrillo. – Yo puedo ir a cazar, así traeré los alimentos necesarios para la cena que quiero preparar hoy.
- ¡Yohohohoho ~! Sanji-san, déjame ayudarte.
Nami asintió ante los ofrecimientos de sus compañeros y, contenta, hizo un resumen del plan de esa tarde:
- Entonces Sanji-kun y Brook irán a cazar, Robin y Chopper traerán fruta, Usopp y Franky irán a por madera y después me ayudarán con algunas cosas… – Nami dirigió una mirada demandante al ciborg, que sorprendido asintió ante la petición de la pelirroja. Así mismo, la navegante ignoró la queja que se había plasmado en el rostro del narigudo, al fin y al cabo, la madera estaba en el bosque - … y Zoro y Luffy vigilarán el campamento – ante la penetrante mirada que recibió de la navegante, Zoro tuvo que desviar la vista sintiéndose, sin saber muy bien por qué, incómodo.
Tras el grito de conformidad que todos dieron ante el plan de la pelirroja, Zoro y Luffy se quedaron en la mesa observando cómo sus nakamas se iban dispersando. Brook, Sanji, Robin y Chopper desaparecieron rápidamente en el bosque, pero Zoro vio cómo Nami daba unas instrucciones a Franky y Usopp antes de que éstos siguieran a los demás. Por su parte, Nami se dirigió a su cabaña, perdiéndose en su interior. Cuando Usopp estaba a punto de entrar al bosque, Zoro vio cómo se detenía y se volvía hacia él.
- ¡Oe, Zoro! ¡No creas que me he olvidado de la caña! – gritó señalando al espadachín, que le miró resignado al principio y divertido después, cuando Franky volvió a salir de la espesura para cargarlo a hombros, gruñendo lo que parecía ser una queja por su tardanza.
Cuando el campamento quedó completamente en silencio, Zoro desvió la mirada hacia su capitán. Desde su posición no podía distinguir su rostro, pues aún se mantenía de pie tras él. Con parsimonia, Zoro comenzó a avanzar alrededor de la mesa hasta llegar a la silla frente a su capitán. Tras sentarse, levantó la mirada hacia el pequeño, quien aún seguía enfurruñado jugando con el vaso de té que Sanji se había olvidado de recoger.
Zoro suspiró divertido. - ¿Vas a seguir enfadado todo el día, capitán?
Luffy miró al espadachín fugazmente antes de girar la cabeza con brusquedad y desdén, desviando la mirada de un furioso espadachín que parecía tener una vena a punto de estallar.
- ¿Y ahora por qué estas enfadado conmigo? – protestó Zoro.
Luffy volvió a mirarle de reojo, un poco más calmado, mientras se levantaba y se dirigía alrededor de la mesa hacia el peliverde, que le miraba con cautela. Cuando llegó a la altura de Zoro, el pequeño separó un poco la mesa del espadachín y se sentó sobre sus piernas, rodeando la cabeza del peliverde con sus brazos y apoyando la barbilla en su hombro. Zoro correspondió al abrazo, rodeando la cintura del pequeño y apoyando igualmente su barbilla en su hombro, cerrando los ojos e inspirando el olor del moreno.
- Yo quería ir al bosque – murmuró Luffy. – Esperar aquí es aburrido.
Zoro sonrió mientras besaba con suavidad la mejilla de su capitán.
- ¿Qué te apetece hacer, Luffy? – susurró el espadachín mientras apoyaba sus labios en el cuello del pequeño, aspirando con fuerza su esencia y llenándose con ella – Podemos divertirnos por nuestra cuenta.
Luffy sonrió ante el contacto con el espadachín. - ¡Juguemos a algo!
Zoro rio en voz baja, se le ocurrían muchas cosas a las que jugar con el pequeño, aunque su estado después de lo que habían hecho esa mañana reducía bastante la lista. No quería volver a hacer daño a su capitán, así que esperaría un tiempo a que Luffy se recuperara por completo.
Abrazando con fuerza al pequeño, Zoro comenzó a besuquear su cuello, jugando con las manos de su capitán, las cuales había desplazado hasta sostenerlas entre ambos. Luffy se reía en voz baja, acercándose lo máximo que podía al cuerpo del peliverde, buscando ese ansioso roce con su piel que le hacía temblar por dentro.
"Aún sigo aquí, idiotas", pensó Nami sonriendo con ternura mientras cerraba con suavidad la puerta de su cabaña. Llevaba con ella unos cuantos libros y algunos papeles sueltos, y se apoyó en la pared de la cabaña observando la escena que se desarrollaba en el campamento. "Quién imaginaría que Zoro pudiera ser tan dulce con alguien", pensó con sorna mientras observaba al espadachín posar sus labios sobre la mejilla del moreno. "Se ven tan bien juntos…" Nami deseó estar en otro momento, en otro lugar, para poder disfrutar plenamente de la nueva relación de sus nakamas. Ella se sentía feliz sólo viendo lo felices que eran ellos. A pesar de que tenía prisa, la pelirroja quiso quedarse un poco más allí, observando cómo Luffy soltaba sus manos del peliverde y volvía a abrazarle con fuerza, riendo ante las caricias que el espadachín comenzaba a darle por su cuerpo. Viendo cómo el espadachín sonreía ante las expresiones de su capitán y le acariciaba como si se tratara de lo más valioso de ese mundo. Disfrutando con el sonido de las risas que llegaban hasta ella, tan cristalinas y sinceras. Nami suspiró profundamente mientras comenzaba a alejarse de la playa, caminando alrededor del bosque, dejando atrás esa escena que tanta paz infundía a su ser. "Os prometo que os sacaré de aquí", sonrió suavemente mientras avanzaba sin dirigir ni una vez una mirada a su espalda.
Robin caminaba un poco por detrás del renito mientras le observaba con preocupación. Aún no habían encontrado la fruta que el cocinero les había pedido que llevaran. Durante todo el trayecto, Chopper había mantenido un inusual silencio en él. Robin intuía a qué se debía, pero le daba miedo preguntar.
Ambos continuaron caminando en silencio a través del bosque hasta que Robin divisó un pequeño claro a su derecha. Deteniéndose en su avance, se dirigió hacia el renito.
- ¿Qué te parece si descansamos un rato, Isha-san? – cuando el pequeño doctor se volvió hacia ella, Robin sonrió y señaló con la cabeza el pequeño claro.
Chopper dirigió la mirada hacia allí, y con una leve sonrisa asintió y comenzó a caminar hacia él. La muda afirmación del reno preocupó aún más a la arqueóloga, que le siguió volviendo al anterior silencio que parecía haberse instaurado definitivamente en ellos.
Cuando llegaron al pequeño claro, Chopper se dejó caer sobre la hierba, sintiendo su fría humedad sobre su pelaje. Robin se limitó a sentarse sobre ella, sintiendo su frescor a través de su fina falda. Tras sentarse, Robin observó con atención al renito durante unos minutos, dudando si preguntarle o no qué le pasaba. Finalmente, decidió iniciar una conversación con él.
- Chopper – le llamó con una suave voz que provocó un escalofrío en el cuerpo del pequeño. Sorprendido, Chopper se incorporó y observó a la morena un poco asustado. "Es la primera vez que me llama por mi nombre". - ¿Estás bien?
Chopper contempló a la morena luchando por esbozar una pequeña sonrisa. "Sí, no te preocupes", quería decirle. "Estoy bien", pero esas palabras no conseguían salir de su boca. No conseguía mentir a Robin, no ante esos profundos ojos azules que le miraban con tanto cariño y preocupación.
- Robin… - murmuró apenado, agachando su cabeza. – Todos se están comportando de manera extraña… ¿pasa algo?
Robin suspiró mientras dirigió su mirada al bosque. - ¿A qué te refieres con extraña? – preguntó al renito con suavidad, pues quería saber hasta qué punto Chopper había percibido el anormal comportamiento de sus nakamas… incluyéndola a ella.
- Bueno… - musitó el renito mientras se distraía con la hierba, observando su balanceo ante la brisa. – En el desayuno todos habéis estado más inquietos y nerviosos de lo habitual… y aunque en la comida parecía que habíais vuelto a la normalidad… - Chopper entrecerró los ojos recordando las sensaciones que sus nakamas le habían transmitido hacía pocas horas - … podía sentir bastante tensión en el ambiente...
Chopper levantó la cabeza y miró a la morena, quien respondió a su movimiento girándose nuevamente hacia él. – Robin… ¿va todo bien? – preguntó intentando controlar su asustada voz.
Robin miró al renito manteniendo en su rostro una aparente seriedad que en su interior era incapaz de sostener. Sentía un inmenso cariño por ese pequeño doctor que despertaba en ella un instinto protector… un instinto maternal que nunca antes había sentido. Quería protegerle y quería contarle la verdad, pero ese mismo instinto guardián hacía que su segundo deseo fuera muy difícil de cumplir. ¿Cómo reaccionaría el renito al descubrir los peligros de esa isla? Robin no lo sabía, y tampoco quería averiguarlo. Sonriendo suavemente, comenzó a arrastrarse por la hierba hasta llegar al lado del pequeño, que seguía mirándole preocupado y triste. Posando una mano sobre su extraño sombrero, Robin acarició con suavidad la cabeza del renito.
- Esta isla es más peligrosa de lo que pensábamos – Chopper abrió los ojos, mostrando un temor creciente en ellos. – Sin embargo, Nami está trabajando con todas sus fuerzas en sacarnos de aquí – la arqueóloga amplió todo lo que pudo su sonrisa, impregnándola de un aura tranquilizadora. – No tienes por qué preocuparte, Chopper. Saldremos de aquí sin que nada nos suceda – Robin puso toda su fe en esas palabras, sabiendo que, cuanto más tardaran en salir de allí, más difíciles serían de cumplir.
Chopper miró a la morena con tristeza. - ¿No me vais a contar qué está pasando?
Con un sentimiento roto en su interior, la morena miró apesadumbrada al pequeño. Quería contárselo, por supuesto. Eran nakamas y tenía derecho a estar informado de la situación, sobre todo siendo él un usuario de las Akuma no Mi, y por tanto una potencial víctima grave de esa isla. Robin exhaló un largo suspiro mientras observaba los asustados ojos del renito.
- No hace falta que conozcas los detalles de la isla… - susurró la morena mientras deslizaba su mano desde el sombrero del renito hasta sus patitas, agarrándolas y apretándolas con suavidad. – Sólo te pido que tengas cuidado, Chopper – la morena sonrió con ternura al renito, que imitó levemente ese gesto. – Cuando salgamos de aquí te contaré todo lo que quieras saber, ¿vale?
Aunque el pequeño aún se sentía contrariado, no quiso exigir ninguna explicación más a la morena. Robin era una mujer muy inteligente, Chopper era consciente de ello, y si no quería contárselo entonces tendría sus razones. Aunque eso asustaba bastante al renito, decidió aceptar el silencio de la morena. Sabía que su capitán no permitiría que nadie saliera herido, y sabía que sus nakamas lucharían por sus vidas, por sus sueños y por sus aventuras. No correrían riesgos innecesarios… volverían pronto al mar, pronto continuarían navegando y se alejarían de esa isla que tanto preocupaba a sus nakamas. Chopper tenía confianza ciega en ellos, y quería demostrárselo.
Tras convencerse a sí mismo de sus sentimientos, Chopper asintió con decisión. – Robin, si necesitáis ayuda no dudéis en pedírmela.
Robin rio con suavidad ante el gesto del pequeño. Parecía que Chopper había aceptado su petición, y eso le aliviaba. No se sentía con fuerzas suficientes como para contarle a Chopper lo que había en esa isla. Levantándose y sacudiendo su falda, Robin miró al renito con una sonrisa.
- De ahora en adelante cuento contigo, Isha-san.
- ¡Nami! ¡Ya era hora! Llevamos un buen rato esperando por ti – gritó Usopp un poco irritado, aunque el enfado se le pasó con la gélida mirada que recibió de la navegante.
- Lo siento chicos, me distraje – respondió la navegante, sonriendo al recordar la escena de sus dos nakamas.
- ¿Qué quieres que hagamos con la madera? – preguntó Franky mientras señalaba detrás de él una gran cantidad de troncos que habían talado y una caja con las herramientas que Usopp había llevado a la playa desde el Sunny.
Nami sonrió con seguridad. – Necesito que fabriquéis algunos instrumentos meteorológicos.
Tanto Usopp como Franky la miraron asombrados.
- ¿Para qué los quieres? – preguntó el ciborg.
Nami le sacó la lengua levemente mientras sonreía alegre. – Es un secreto, pero cuanto antes los acabéis mejor.
- ¿Por qué nos trajiste aquí? – preguntó esta vez el narigudo, curioso. – Podíamos haberlos hecho en el campamento.
Nami le miró con fingida inocencia. – Pero así nos ahorramos un viaje, después de haberlos hecho habría que haberlos traído aquí igualmente.
Ambos miraron a la sonriente pelirroja con una expresión de extrañeza.
- ¿Por qué tiene que ser en este lugar? – continuó Usopp.
Nami sonrió, mirándoles con fiereza mientras con una mano señalaba al mar. – Porque en esa dirección, en línea recta, hay una isla.
Zoro observaba con cautela cómo Luffy se entretenía jugando en la orilla del mar con los pequeños cangrejos que aparecían y desaparecían entre la arena. Disfrutaba viendo a su capitán corretear despreocupado por la playa, pero no podía evitar sentirse tenso cuando el pequeño se acercaba peligrosamente al agua del mar, o cuando una despistada ola arremetía con más fuerza sobre la playa, alcanzando las sandalias de su capitán. Sin embargo, no podía evitar sonreír cuando Luffy se volvía hacia él para enseñarle alguna de sus capturas, agitando con fuerza sus brazos, reclamando su atención. No quería perder esa descuidada actitud de su capitán, muy característica del pequeño.
Sin embargo, Zoro no podía dejar de pensar en lo que pasaría dentro de tres días… en realidad, había tomado una decisión. Quería ser él el que le dijera a Luffy la verdad. Sabía que no podría explicarlo tan bien como Robin o Nami, pero estaba seguro de que él sería capaz de controlar mejor la reacción del pequeño. Además, también prefería que, en el caso de que Nami quisiera ponerles al corriente de algún descubrimiento o nuevo dato, Luffy ya supiera de antemano cómo estaba la situación, para así poder reaccionar con más frialdad.
Pero había una cosa que inquietaba al espadachín. "¿Qué querrá hacer Luffy cuando se entere de lo que pasa en la isla?". Le era imposible imaginar la reacción de su capitán. En realidad, Zoro era consciente de que sería imposible para cualquiera de sus nakamas adivinar qué haría el pequeño al enterarse de la base del Gobierno Mundial. "Por una u otra razón… seguro que de cualquier manera querrá ir allí". Zoro suspiró resignado, pues él, al igual que Robin, estaba dispuesto a seguir a su capitán allí donde fuera. "Por mucho que eso signifique la muerte".
El espadachín apartó de su mente todas sus preocupaciones cuando escuchó al pequeño gritar su nombre al mismo tiempo que saltaba y señalaba con una de sus manos el extraño cangrejo amarillo que sostenía en la otra. Zoro sonrió ante el gesto del pequeño. "¿También aparece ese cangrejo en algún libro?", pensó divertido al ver cómo Luffy lo lanzaba enfadado hacia el mar… parecía que acababa de pellizcar al pequeño con sus pinzas. Riendo por lo bajo, el peliverde volvió a fijar sus ojos en Luffy, viendo cómo regresaba a sus juegos con ternura. Sin embargo, un movimiento en el bosque llamó su atención.
Llevando una de sus manos a sus katanas, Zoro dirigió una discreta mirada a la salida del bosque, relajándose cuando vio a Usopp salir de él cargando una gran caja llena de herramientas. Aunque al principio había suspirado de alivio, el peliverde recordó la promesa que había hecho con el narigudo e inevitablemente se tensó. "Ahora me obligará a ayudarle a fabricar otra caña", resopló, viendo cómo Usopp se acercaba hacia él al mismo tiempo que Luffy salía también a su encuentro.
- ¡Hola Usopp! – exclamó Luffy, saludando alegre a un sudado tirador, que parecía hacer un esfuerzo sobrehumano por avanzar unos cuantos pasos más con la caja de herramientas. Cuando llegó a la altura de la mesa, la posó sobre ella y resopló desahogándose y estirando su espalda. Luffy, quien se había detenido al lado de Zoro, le miraba sonriente. - ¿Dónde estuvisteis?
Usopp, sin recuperar por completo el aliento, señaló un punto a través del bosque, casi en paralelo con la línea de playa.
- Nami nos llevó hacia la costa oeste de la isla – consiguió balbucear mientras recuperaba su respiración. – Quiso que Franky y yo la ayudáramos a construir una pequeña base.
Tanto Luffy como Zoro miraron extrañados al narigudo.
- ¿Una base para qué? – preguntó el espadachín mientras se apoyaba sobre la mesa, mostrando interés en los planes que tenía la pelirroja.
Usopp se encogió de hombros. – Ella nos pidió que fabricáramos algunos instrumentos para medir el tiempo, como anemómetros y veletas, pluviómetros, barómetros y otros cuantos más de los que no recuerdo el nombre. Ahora Franky se quedó construyendo una pequeña cabaña para ella. Dijo que quería quedarse unos cuando días allí observando el clima.
Zoro desvió la mirada al mismo tiempo que sentía cómo su capitán dirigía su vista hacia él, extrañado por el comportamiento de Nami y por su silenciosa decisión. Sin embargo, Zoro no comprendía qué era lo que pasaba por la cabeza de la navegante, no sabía qué era lo que pretendía lograr con todo eso. "Al menos tiene un plan, está intentando averiguar algo". Zoro dibujó en sus labios una pequeña sonrisa, sabía que Nami no le decepcionaría, sabía que era tan orgullosa como él y que daría todo de sí para conseguir sacar a sus nakamas a salvo de esa isla. "Espero que lo logre a tiempo", al fin y al cabo, en tres días los acontecimientos podrían… precipitarse.
Luffy sintió que Zoro relajaba poco a poco su cuerpo, y desvió la mirada del espadachín, sonriendo levemente. Si Zoro estaba tranquilo con esa información quería decir que, en ese momento, no había nada de qué preocuparse. En su interior una parte de sí celebró la decisión de Nami. "Se está esforzando por todos nosotros", y eso enorgullecía a Luffy, tanto por ser su capitán como por ser su amigo y nakama. "Sabía que podíamos confiar en ti, Nami".
- ¡Oe, Zoro! – el grito de Usopp, que parecía que ya había recuperado el aliento, interrumpió los pensamientos tanto del peliverde como del moreno, que se giraron para mirarle. – No te olvides de que me prometiste ayudarme a hacer otra caña.
Zoro suspiró cansado. "Lo sabía". – No me he olvidado. Trae los materiales necesarios y la hacemos ahora.
Con la ilusión dibujada en sus ojos, Usopp salió disparado hacia su cabaña, perdiéndose tras ella y volviendo a aparecer segundos más tarde cargando con varias cañas gruesas y largas.
- ¡Ya tenía los materiales preparados! – dijo el narigudo sin disimular su alegría.
Zoro decidió que lo mejor era dejarse llevar por su nakama, y alargando un brazo arrebató una de las cañas al narigudo bajo la atenta mirada brillante de su capitán, que parecía encantado con el plan de fabricar nuevas cañas.
- Entonces, ¿qué tengo que hacer? – preguntó el espadachín mirando expectante a un narigudo más que asombrado por su voluntaria colaboración.
- ¡Has hecho bien en preguntarme, Zoro-kun! Soy un maestro que ha estudiado en profundidad durante más de 20 años la cuidadosa elaboración de cañas de pescar.
- ¡Ooooooooooooooh! – exclamó Luffy con los ojos completamente iluminados mientras Zoro contenía sus ganas de irse a su cabaña a dormir. "¿20 años?" pensó con paciencia. "¿Para qué demonios alguien iba a estudiar durante tanto tiempo cómo fabricar cañas de pescar? Es más, ¿cuántos años se supone que tienes entonces?". Suspirando con pesar, Zoro comenzó a seguir las indicaciones de Usopp. Al menos, así podría entretenerse un rato.
Los Mugiwara ya habían terminado de cenar el pequeño pero delicioso banquete que el cocinero había preparado para todos, y la mayoría se habían reunido alrededor de la hoguera mientras escuchaban las sencillas canciones que el esqueleto tocaba para todos. Robin se encontraba fregando los platos, pues Sanji se había ido con la ración de Nami hacia el nuevo campamento que ella había establecido en la playa oeste de la isla. Chopper se había ido también con Sanji, pues entre todos habían decidido que no era buena idea dejar a la navegante sola, y Chopper había salido elegido para pasar la primera noche con ella (a pesar de todas las quejas y súplicas del cocinero).
La velada había sido tranquila. Como todas las comidas, por supuesto, había sido muy animada y competitiva, pero todos habían mantenido una compostura y una seriedad poco usuales en ellos. No había sido una comida tan apagada como la que vivieron en el desayuno, pues tras una tarde para relajarse, los ánimos estaban más calmados y las tensiones enterradas. Sin embargo, todos, de una u otra forma, eran conscientes de la grave situación en la que se encontraban, y a pesar de que sabían que la tristeza no solucionaría nada, no eran capaces de actuar con completa normalidad, provocando que las bromas y las risas salieran a la luz con mayor dificultad. Sin embargo, en ese momento, alrededor de la hoguera, todos se sentían calmados. Brook se había decantado por una serie de suaves baladas que relajaran aún más sus preocupaciones y sus cuerpos, y el efecto estaba siendo asombroso. Incluso Luffy escuchaba la música del esqueleto con tranquilidad, plasmando en su rostro una pequeña sonrisa y moviendo su cuerpo con suavidad al son de la música.
Todos charlaban con tranquilidad, disfrutando del momento, pues pocas veces vivían momentos tan cercanos, tan relajados. Como piratas que eran, estaban acostumbrados a festejar siempre tras la cena con música animada, bailes y cánticos a voz de grito. Siempre contaban con sake en sus copas, lo cual irremediablemente también animaba el ambiente. Sin embargo, ese momento sin bebida, sin gritos, sin saltos, sin bailes estaba siendo más intenso que muchas de las celebraciones que habían festejado.
La calma y el relax que todos sentían en sus cuerpos pronto se fue manifestando en sueño. Robin fue la primera en abandonar el campamento, encerrándose a los pocos minutos de acabar de fregar en su cabaña. Sanji, tras regresar al campamento, sólo disfrutó de un par de canciones del esqueleto, pues la noche anterior no había logrado conciliar el sueño y se excusó rápidamente, yendo a su cabaña acompañado por Franky, quien estaba cansado por todo el trabajo que tuvo que hacer esa tarde. Cuando Brook decidió abandonar también el campamento, Usopp le siguió y se encerró en su propia cabaña. Finalmente sólo quedaron Luffy y Zoro en la playa, quienes se miraron con una sonrisa en sus labios.
- Sólo quedamos nosotros capitán – Zoro observó con cariño la sonrisa angelical que mostraba el rostro de su capitán. – Será mejor que vayamos también a dormir.
Luffy asintió con ímpetu, sin borrar esa maravillosa sonrisa de su rostro. Caminando uno al lado del otro, ambos mantuvieron un profundo silencio roto únicamente por el suave sonido de sus pasos sobre la arena y el murmullo del mar tras ellos. Una vez en la cabaña, Luffy, que había entrado el primero, se giró hacia Zoro, mirándolo feliz.
- Nami se está esforzando por todos – susurró con alegría, sintiendo cómo sus ojos comenzaban a brillar, llenos de orgullo.
Zoro se limitó a asentir mientras se acercaba a su capitán.
- Te dije que ella no nos decepcionaría – volvió a susurrar Luffy mientras correspondía al abrazo del espadachín, ampliando la sonrisa en su rostro.
- Lo sé – respondió el peliverde murmurando en el oído del pequeño. – También te dije que no desconfiaba de ella. Sabía que ella intentaría por todos los medios sacarnos de aquí.
Luffy rio en voz baja, sintiendo una inmensa felicidad recorrerle cuando el espadachín manifestó su confianza por la pelirroja. Era cierto que el pequeño no tenía ni idea de lo que pasaba en esa isla, pero también sabía que lo que sucedía era algo grave y peligroso, y ver cómo Nami había comenzado su lucha por ellos le llenaba de satisfacción, a pesar de que seguía deprimido debido a que no contaran con él.
Sujetando al pequeño con fuerza, Zoro se desplazó hacia una de las camas, tumbándolos a ambos sobre ella. Una vez que se acomodaron, el peliverde se estiró con dificultad hasta alcanzar una manta que utilizó para cubrir sus cuerpos. No creía que fueran a pasar frío estando abrazados, pero no quería correr ningún riesgo cuando se trataba de su capitán.
Besando con suavidad la frente del pequeño, Zoro susurró en la oscuridad de la cabaña:
- Luffy, no sé exactamente qué planea Nami, pero sea lo que sea en tres días te contaré todo lo que sé sobre la isla. Quiero que cuando ella decida contarnos su plan tú estés al tanto de toda la situación.
Luffy sonrió con tristeza. – Está bien – accedió mientras se acurrucaba aún más entre los brazos del espadachín.
Sólo tenía que esperar tres días… tres días que pasaron rápidamente entre la monotonía a la que pronto se adaptaron todos. Tres días en los que Zoro y Luffy se dedicaron a pescar por la mañana y a cuidar del campamento por la tarde, en los que Franky, Sanji y Brook se dedicaron a abastecer con carne suficiente a su capitán, en los que Robin paseaba constantemente entre un campamento y otro, alternando las noches con el renito, que también se dedicó a ir y venir entre la cabaña de Nami y la suya propia. Tres días en los que Usopp continuó trabajando en sus inventos mientras iba de vez en cuando, acompañado por el esqueleto, a buscar agua al rio, en los que Sanji preparaba una comida especial que después llevaba hasta su pelirroja, evitando molestarla lo máximo posible al darse cuenta del alto nivel de concentración que mantenía día y noche, estudiando sin cesar el tiempo, el clima y sus cambios. Tres días en los que todos lucharon junto a Nami, en silencio, apoyándola en su investigación, ayudándola en todo lo que ella necesitara.
Tres días que, como ya mencioné, pasaron muy rápido.
Y en la tarde del tercer día, en el silencioso campamento en el que de vez en cuando resonaba algún martillazo de Usopp, que seguía trabajando incansable en su invento, Zoro se levantó de su asiento para situarse frente a su capitán, que estaba sentado en uno de los troncos observando con tranquilidad el mar. Y cuando los ojos de ambos se cruzaron, supieron que por fin había llegado la hora de la verdad.
- Vamos a la cabaña – pidió el espadachín comenzando a caminar hacia ella sin esperar por la respuesta del moreno, que no tardó en incorporarse y seguirle.
Y así, tres días después, la puerta de la cuarta cabaña se cerró con un sordo crujido.
