Ummm... bueno, aquí os traigo un nuevo capítulo del Fic... he tardado en subirlo por una razón... el capítulo cuenta con una tabla que es "bastante" necesaria de ver para comprender la historia... pero la tabla no se ve al publicar el capítulo, y no me deja pegar links aquí... y no sabía cómo hacerlo xD

Dicho esto, me gustaría pediros que [IMPORTANTE] antes de empezar a leer pincharais en mi nombre y fuerais a mi perfil. Allí encontraréis el link de la tabla... ¡siento mucho las molestias T.T! Pero yo había hecho la tabla para que la historia fuera más fluida y no tuviera que describir con palabras algo tan complejo como eso. Y por eso la tabla es bastante fundamental para comprender el contenido del capítulo. Nuevamente siento las molestias... me gustaría poder dejaros el link aquí, pero no soy capaz xD

Con respecto a la tabla: contiene las predicciones del tiempo que Nami ha realizado en esos tres días de investigación. Quiero avisar que yo no estudio ni sé gran cosa sobre meteorología ni geografía, así que los datos puede que no se correspondan con la realidad. Simplemente la tabla está ahí para que os hagáis una idea del plan de Nami.

Dicho esto, voy a preparar el siguiente capítulo ^.^ En el siguiente capítulo también se menciona la tabla, aunque no es tan necesario que la veáis xD

Espero que os guste el capítulo, aunque aquí las cosas comienzan a ponerse tensas =P


- Tus progresos son asombrosos, Koukai-san – susurró Robin, sin ser capaz de alzar su voz mientras observaba, maravillada, las notas que la pelirroja había tomado durante esos tres días.

- ¡No son suficientes! – exclamó Nami golpeando su mesa de trabajo con los puños, intentando soltar toda la rabia que la carcomía por dentro, intentando contener esas lágrimas de desesperación que luchaban por derramarse en sus ojos.

Robin la miró apenada. – En tres días has hecho más de lo que científicos experimentados han logrado en toda su vida – la arqueóloga se levantó de la cama y se acercó a la pelirroja, apoyando su mano sobre su tembloroso hombro.

- Pero no es suficiente – sollozó Nami, enterrando su rostro entre sus brazos, apoyándose sobre la mesa. – No consigo predecir al milímetro el viento, ni la cantidad de nubes que habrá…

Robin volvió sus ojos hacia un papel que sostenía en la otra mano, observándolo nuevamente con cuidado.


[VER TABLA]


"Sólo ha fallado el segundo día", suspiró la morena, sin poder dejar de asombrarse por las capacidades de su nakama. "Con los instrumentos rudimentarios con los que cuenta, sólo falló el segundo día con un margen mínimo…". Observó a la pelirroja, que no dejaba de sollozar tumbada sobre la mesa. Robin estaba totalmente impresionada con todas las notas que había logrado tomar en tan pocos días. La morena había pasado gran parte de esos días con Nami, y era testigo de su completa dedicación a los instrumentos que le habían construido Usopp y Franky. Día y noche estaba en la playa, sentada sobre un pequeño banco, observando incansable el cielo y el mar, tomando notas del más mínimo detalle que surgiera ante sus ojos, que apareciera en su mente. Apenas comió, apenas durmió, apenas habló con nadie, sólo estaba ahí, sentada en la playa, mirando al horizonte perdida en sus deducciones.

La situación llegó a tal punto que Chopper había preparado un somnífero y le había pedido a Sanji que lo echara en la comida. Ese somnífero surtió efecto, y por fin pudieron lograr que la navegante se acostara en su cabaña y durmiera un poco. Un poco muy poco, porque dos horas después pareció que el efecto de la medicina había desaparecido de las venas de la pelirroja, pues luchando contra todo el sueño y cansancio que pesaba sobre ella, Nami había salido de la cabaña y había vuelto a su puesto en la playa, observando el cielo, cabeceando por el sueño.

Robin sacudió la cabeza levemente para borrar ese recuerdo. Los esfuerzos de Nami habían logrado crear una brecha en la cárcel en la que se había convertido esa isla para ellos.

- Koukai-san, con estos datos podremos llegar a la otra isla. Sabemos cómo será el tiempo durante el trayecto, los datos pueden recalcularse a medida que avancemos – intentó animarla la morena, apretando el hombro de Nami con suavidad. Sin embargo, la navegante no levantó la cabeza, aunque los sollozos cesaron. – Además, cada vez que se nuble o que el viento sople demasiado fuerte, podemos echar el ancla y esperar a que la situación mejore.

Por fin, Nami reaccionó ante esas palabras, aunque de una forma inesperada para la arqueóloga. La pelirroja se giró con brusquedad, provocando que Robin se tambaleara y diera unos pasos hacia atrás a causa de la sorpresa. Ante ella se encontraban los enrojecidos ojos de la navegante, no a causa de las lágrimas, pues no había llorado en ningún momento en esos tres días (a pesar de que hubiera querido hacerlo), si no a causa de todo el sueño que había acumulado. Sueño que también se reflejaba en sus pronunciadas ojeras y en la demacrada y desnutrida faz que contrastaba con el pálido tono de su piel. Con otro movimiento brusco, la pelirroja arrebató la tabla a Robin y la extendió sobre la mesa, señalando con un dedo una de las filas.

- No podemos retrasarnos en llegar a la otra isla – murmuró Nami con un tono serio que transmitía la gravedad de la situación. Robin, sin comprender, se acercó nuevamente hacia Nami y miró lo que le señalaba: el séptimo día de la tabla.

Extrañada, la morena pidió con una muda mirada una explicación.

- Quizá me equivoque en los datos, quizá realmente no llueva… pero el séptimo día el cielo estará completamente cubierto de nubes. Debemos llegar a la isla en dos días – Robin abrió los ojos, incrédula. "¡Eso será imposible!" – El tercer día de viaje no podremos orientarnos a causa de las nubes, y el viento no soplará precisamente suave como para poder anclar el barco y esperar que no se mueva de ahí. Sólo tendremos dos días de viaje.

- No podremos lograrlo, partiendo mañana por la mañana en circunstancias normales llegaríamos el tercer día de noche.

- Lo sé – suspiró Nami, nuevamente deprimida, dejando caer sus hombros. – Pero no nos encontramos en circunstancias normales, Robin. Nos encontramos en una situación desesperada. O partimos pasado mañana, o esperamos otros cuatro días a ver qué nos depara el tiempo.

Robin observó la tabla con más detenimiento, analizando los datos de cada día. Sabía que Nami tenía razón, con el viento soplando a esa velocidad sería un auténtico milagro que el barco quedara completamente anclado en el mar. Se fijó entonces en el cuarto día.

- Podemos partir mañana – propuso, recibiendo una negativa por parte de Nami.

- El viento soplará en dirección este, y la isla queda hacia el oeste. No podremos avanzar.

- Podemos usar las paddles [Channel 0 antes del Time Skip] del Sunny – dijo Robin, desafiante, volviendo a recibir una negativa de la navegante.

- Ya he pensado en eso, y le pregunté a Franky si sería posible. Pero él dijo que no quedaba cola suficiente como para que funcionaran más de unas cuantas horas. Llegaría un punto en el que el barco se detendría, y con el viento soplando en nuestra contra es muy arriesgado quedarse en alta mar – ante la mirada resignada de la morena, Nami continuó con una pequeña sonrisa en sus labios. – Tenemos cola suficiente para un Coup de Burst… También es arriesgado utilizarlo, ya que en el aire no podremos controlar el rumbo del barco… pero si lo utilizamos el sexto día – Nami señaló ese día en la tabla – podemos aprovechar que el viento sopla completamente a nuestro favor para estabilizar el barco. En realidad, mis esperanzas radican en esto – concluyó la pelirroja ante la penetrante mirada de Robin.

- Realmente has pensado en todo al milímetro – suspiró la morena, alejándose de Nami y volviendo a sentarse en la cama. – Nada nos asegura que con el Coup de Burst podamos avanzar lo suficiente como para llegar a la isla a tiempo.

Nami amplió levemente su sonrisa. – En realidad, según mis cálculos, sólo podríamos llegar a la isla utilizando tres Coup de Burst. Es muy arriesgado zarpar pasado mañana…

- Pero es más arriesgado quedarse en esta isla otros cuatro días… como mínimo – concluyó Robin, sonriendo igualmente a Nami. – Es una apuesta de todo o nada.

- Como las que les gustan a la panda de locos que forman nuestra tripulación – rio Nami mientras se incorporaba, enrollando su tabla y guardándola en uno de sus bolsillos. – Supongo que ya les he hecho esperar demasiado, es hora de dar la cara.

Robin sonrió ante las palabras de su nakama, e imitándola, se levantó dirigiéndose hacia la puerta y girándose hacia la pelirroja una vez en ela.

- Sabes, Koukai-san – comenzó a decir con un suave tono de voz ante la mirada curiosa de Nami. – En realidad, ellos están dispuestos a esperar por ti mucho más tiempo. Ellos habrían esperado siempre por ti – Robin le sacó a lengua en un gesto cómplice, provocando el asombro de Nami, que después de reponerse sonrió como hacía varios días que no lo hacía.

- Lo sé – respondió en un susurro cargado de sentimientos. – Pero eso no es justo con ellos.


Luffy cerró la puerta tras de sí, provocando en ella un sordo crujido. Zoro había entrado el primero, y se encontraba sentado en una de las camas, mirando al frente con la mente en otra parte. Luffy avanzó hacia la otra cama, sentándose frente al espadachín, obligando al peliverde a fijar los ojos en los suyos.

Sosteniendo una cargada y tensa mirada, un pesado silencio se mantuvo entre ambos durante varios minutos hasta que Zoro, cansado, agachó la cabeza y la frotó con fuerza con sus manos, cortando el contacto visual. Luffy continuó observando al espadachín con serenidad y paciencia, esperando a que el espadachín aclarara sus ideas y comenzara con su explicación.

- Luffy… - suspiró el peliverde sin tener muy claro aún cómo comenzar a hablar. – En esta isla hay una mina de kairoseki bajo el control del Gobierno Mundial. No sólo eso, también hay instalaciones que se dedican a fabricar armas y experimentar con él – Zoro dejó de hablar para fijarse en la expresión de Luffy. El moreno le miraba con los ojos abiertos de par en par, con una expresión que denotaba extrañeza. Zoro volvió a suspirar mientras se rascaba la cabeza con una mano.

- Está bien – dijo el peliverde, resignado. – Te contaré todo lo que nos explicaron Franky y Robin.

Luffy asintió… realmente no había entendido nada de lo que Zoro dijo en un principio, y el peliverde lo había notado en sus ojos. Sin embargo, Zoro era consciente de que no podría hacer entender al pequeño la situación con tanta facilidad como Robin. Cerrando los ojos con fuerza, intentó recordar toda la explicación que la morena y el peliazul les habían dado algunos días antes.

Luffy prestó atención a cada palabra dicha por el espadachín mientras su cuerpo comenzaba a tensarse poco a poco. Su mente hilaba el discurso del peliverde con sencillas pero contundentes palabras: kairoseki, armas de kairoseki, marina, Gobierno Mundial, antena.

Kairoseki. Armas de kairoseki. Marina. Gobierno Mundial. Antena.

Cuando Zoro dejó de hablar, Luffy dirigió su mirada al suelo, cerrando con fuerza sus manos alrededor del colchón de la cama. Zoro observaba a Luffy con detenimiento, analizando todas sus expresiones, todos sus movimientos. Veía cómo poco a poco los nudillos del pequeño comenzaban a ponerse blancos por la falta de sangre al apretar con tanta fuerza su cama. También veía cómo poco a poco el cuerpo del pequeño comenzaba a temblar… lo que aterró a Zoro. Luffy no temblaba de miedo, no sentía miedo, era demasiado inconsciente como para sentir miedo. Luffy estaba temblando de rabia, de ira. Estaba muy enfadado, y el peliverde le entendía, pero temía que, en ese estado, no pudiera contener al moreno.

La mente de Luffy viajaba de una idea a otra a gran velocidad. "El kairoseki anula las Akuma no Mi", "aquí se hacen armas y jaulas de kairoseki", "esta isla pertenece al Gobierno Mundial", "utilizan una antena gigante para confundir al Log Pose", "estamos en peligro". De repente, el pequeño quedó estático, completamente inmóvil, sin dejar de mirar fijamente un punto en el suelo, sin parpadear, sin respirar. "Nadie quiso decírmelo". Apretó aún más la cama, haciendo crujir la madera bajo él, alarmando al espadachín, que lentamente llevó sus manos a sus espadas. "Nadie me lo dijo", el pequeño apretó aún más la cama… hasta que cedió y se partió por la mitad. Antes de caer al suelo junto con un montón de astillas, Luffy se irguió, y Zoro le imitó poniendo su cuerpo en guardia.

- Nadie… me dijo… nada… - Zoro escuchó el murmullo del pequeño, cuya voz temblaba a causa de la ira que contenía en ese momento.

- Luffy… - intentó comenzar el espadachín a excusarse, pero no fue capaz de continuar.

De repente, Luffy levantó la mirada del suelo. Zoro tembló ante los ojos del moreno, tan cargados de odio, de ira, de rabia, de indignación, de furia, de cólera. Tan intimidantes, tan penetrantes que eran capaces de hacer temblar al más fiero de los guerreros. Tan oscuros como una noche de luna nueva. Tan absorbentes como un agujero negro. Tan peligrosos como una jauría de lobos hambrientos.

Zoro dio un respingo cuando escuchó cómo el pedazo de madera que Luffy aún sostenía en sus manos se partía como si de una brizna de hierba se tratara. Y con el poco tiempo de reacción que tuvo, se preparó para el ataque de su capitán.

Luffy, colérico, arrojó hacia atrás los pedazos de madera que sostenía en su mano y se lanzó contra Zoro, agarrándole de la pechera y empujándolo contra una pared de la cabaña. Zoro alcanzó a sujetar el brazo de su capitán, pero no pudo evitar que su espalda chocara contra la cabaña, haciendo temblar con el golpe a toda la estructura. Cuando pudo abrir los ojos, se encontró frente a él a un Luffy fuera de sí, con la otra mano estirada hacia atrás y cerrada en un puño, preparando un golpe.

- ¿¡QUÉ SIGNIFICA TODA ESTA MIERDA!? – gritó Luffy con un tono agudo cargado de rabia. - ¿¡POR QUÉ DEMONIOS NADIE ME DIJO NADA!? – continuó mientras tensaba aún más el agarre del espadachín, quien ya estaba de puntillas apoyado en la pared, luchando por aflojar un poco el agarre de su capitán.

- Luffy, suéltame – dijo con voz entrecortada debido a la falta de aire. En circunstancias normales, Zoro habría sido capaz de controlar a su capitán, pero la visión de un Luffy de esa manera le había intimidado, impidiendo que su cuerpo reaccionara a tiempo.

- ¡YO SOY EL CAPITÁN DE ESTE BARCO! ¿¡Y VOSOTROS ME OCULTÁIS TODO ESTO!? – aulló Luffy mientras descargaba su puño contra la pared, justo al lado de la cabeza del espadachín, abriendo un gran boquete que mandó media pared a volar a través de la playa y arañándose la mano con las astillas de la madera, provocando que pequeños hilos de sangre comenzaran a recorrer su mano.

Zoro, desesperado, soltó la mano de su capitán para alcanzar sus katanas. Con esfuerzo desenvainó una de ellas y atacó a Luffy, quien se vio obligado a retroceder para esquivar el filo de la espada. Resbalando por la pared, Zoro quedó sentado en el suelo, respirando agitado. Luffy había apretado con demasiada fuerza la pechera del espadachín, haciendo que respirar fuera una tarea difícil. Una vez consiguió recuperar el aliento, el espadachín dirigió sus ojos hacia su capitán, que le seguía mirando con rabia, aunque parecía más calmado. Luffy no se había dado cuenta de que el espadachín apenas podía respirar, y cuando vio cómo intentaba a duras penas recomponerse en el suelo se dio cuenta de que había usado demasiada fuerza contra él.

- Luffy – comenzó a hablar el peliverde, aún con dificultad, mientras se ponía en pie y se quitaba una astilla que se le había clavado en su hombro, provocando que su camiseta comenzara a teñirse de rojo. – No tengo excusa. Debí decírtelo desde el principio, lo siento. – Zoro envainó su katana y, quitándose las tres a la vez, las tiró sobre la cama que aún seguía en pie. – Puedes golpearme todo lo que quieras – dijo mirando a Luffy con seriedad. Luffy le devolvió una mirada fría. – Siento haberte mentido, capitán.

- Zoro… - un sonido ahogado llegó a los oídos tanto del peliverde como del moreno.

Al parecer, Luffy y Zoro ya tenían público alrededor de la cabaña. Nami y Robin habían llegado al campamento justo cuando Luffy gritó por primera vez, y todos los demás ya se habían reunido en la mesa cuando comenzó su lucha. Ahora se encontraban a varios metros de la cabaña, desde un ángulo en el que podían observar a ambos con facilidad, lo cual no era difícil teniendo en cuenta que faltaba media pared.

- ¿Qué está pasando? – susurró Usopp, temblando de miedo, sin poder apartar los ojos de su capitán y del espadachín.

El renito, por su parte, se aferraba con fuerza a la pierna de Robin, intentando esconderse de esa escena que se desarrollaba ante sus ojos. Robin intentaba mantener la seriedad, pero su interior era un caos lleno de miedo e impotencia.

Cualquier otro murmullo que pudiera haber surgido en el grupo de observadores fue inmediatamente acallado por los ojos de Luffy, que fugazmente deambularon por cada uno de los presentes, dejando a su paso estremecimientos y temblores.

Cuando finalizó su recorrido, el moreno volvió a fijar su vista en Zoro, que le observaba con seriedad y manteniendo la calma, con los brazos estirados como señal de ofrecimiento para ser golpeado. Luffy bufó.

- No me servirá de nada desquiciarme ahora contigo – gruñó con voz engañosamente suave, provocando que el grupo retrocediera unos pasos.

Luffy giró con brusquedad su cabeza hacia sus nakamas, quienes se quedaron inmóviles ante sus ojos, sin saber cómo reaccionar o qué decir.

- ¿Cuántos de vosotros lo sabíais?

Nadie respondió. El completo silencio invadió la playa. Incluso el mar detuvo su balanceo. Nadie era capaz de emitir sonido alguno ante Luffy.

- ¿Cuántos? – repitió Luffy elevando el tono.

Sintiéndose responsable, Robin dio un paso adelante ante la atenta mirada de todos. Sólo Zoro no se giró a mirarla, pues el espadachín mantenía en todo momento sus ojos fijos en su capitán, preparado para detenerle si hiciera falta.

- Todos excepto Isha-san y Nagahana-kun – respondió Robin en un sordo susurro que pretendió aparentar calma… pero que no lo consiguió.

Los aludidos dieron un paso hacia atrás, ocultándose tras el grupo, sorprendidos por la revelación. Chopper ya estaba al tanto de que había algo que le ocultaban, pero no se esperaba que Luffy no supiera qué era, y tampoco se esperaba que ellos tres fueran los únicos que no sabían qué pasaba en esa isla. Usopp, por su parte, no se sintió ofendido por el hecho de que le escondieran información. Más bien le aterró darse cuenta de que la reacción de Luffy había sido por esa información omitida, lo que significaba que algo muy grave estaba pasando.

Luffy comenzó a temblar otra vez de ira. Estirando su brazo, golpeó otra de las paredes de la cabaña, destrozándola por completo, provocando que el tejado se tambaleara peligrosamente sobre su cabeza.

- ¿¡POR QUÉ NO NOS DIJISTEIS NADA!? – aulló mirando con odio a sus nakamas, quienes se quedaron completamente paralizados ante los ojos de su capitán.

- Luffy, intenta tranquilizarte – Sanji avanzó poco a poco hacia Robin, situándose entre ella y Luffy para prevenir un posible ataque de su enloquecido capitán. – No era nuestra intención mentirte, pero…

- ¿¡CÓMO TE ATREVES A DECIR ESO!? – gritó Luffy mirando fijamente a Sanji mientras adoptaba una posición de batalla. Sanji, por su parte, no pudo hacer más que quedarse completamente paralizado, estirando un brazo frente a Robin como protección. - ¡NO QUERÍAIS MENTIRME, ¿PERO NO ME DIJISTEIS LA VERDAD?! ¿¡POR QUIÉN ME TOMÁIS!?

Nami no pudo resistirlo más, y ante la visión de su capitán completamente enfurecido cayó de rodillas, temblando sin saber qué hacer. Brook, retrocediendo ante los aullidos de su capitán, tropezó y cayó de espaldas, quedando sentado sobre la arena. Franky fue el único que consiguió reaccionar, posicionándose detrás de Robin y Sanji, pero haciendo de escudo para todos sus demás nakamas.

- ¿Este es el respeto que tenéis por vuestro capitán? ¿Esta es la confianza que tenéis en mí? – continuó Luffy con un tono frío y dolido que heló a todos los presentes.

- Luffy, no se trata de eso… - susurró Robin, suplicante. Se sentía completamente culpable de esa situación, al fin y al cabo, había sido ella la que había pedido a los demás que no dijeran nada ni a Luffy, ni a Usopp, ni a Chopper. Era su culpa que la situación hubiera terminado así.

- Entonces, ¿de qué se trata? – preguntó Luffy, dirigiendo a Robin una mirada irritada.

De repente, todos se dieron cuenta de la verdad que habían querido evadir, que no habían querido ver. Habían engañado a su capitán, no le habían dicho lo que sabían, no le habían consultado sobre sus planes para escapar. No habían contado con él, para absolutamente nada.

Todos tomaban a Luffy por un capitán irresponsable e inconsciente, todos le subestimaban. Y por eso creyeron que era mejor no decirle nada, creían que su alocado capitán saldría corriendo a atacar las instalaciones del Gobierno Mundial. En ningún momento nadie le vio como lo que realmente era: un auténtico capitán pirata que daría su vida por sus nakamas, que tomaría la decisión adecuada para que todos salieran de esa isla ilesos. No habían confiado en Luffy, y ahora les tocaría pagar las consecuencias.

Robin sintió cómo poco a poco su interior era inundado por las lágrimas que no podían manifestar sus ojos. Había traicionado a la persona que le había permitido vivir. Había engañado a la persona que había declarado la guerra al Gobierno Mundial para salvarla, que había derrotado a la más fuerte organización de asesinos del Gobierno Mundial para rescatarla. La persona que luchó por su vida cuando ella ya no tenía ninguna esperanza para vivirla.

- Lo siento… Luffy… - susurró Robin con voz rota. Sabía perfectamente que las palabras no servirían de nada. Ni siquiera servirían para liberarla de una parte de su dolor.

Sin embargo, darse cuenta de la verdad no sólo hirió a la morena. Todos, uno a uno, fueron derrumbándose cuando comprendieron que no habían confiado en su capitán.

Todos se maldijeron a sí mismos.

Todos quisieron pedir perdón a Luffy.

Y todos sabían que las palabras se quedaban cortas para ello.

Zoro supo desde el primer momento que lo que estaban haciendo era traicionar a Luffy. Pero una cosa era saberlo, y otra muy diferente era verlo en los ojos cargados de decepción y penumbra de su capitán. El peliverde se sentía despreciable. "¿Así es como yo quería proteger a Luffy? ¿Mintiéndole de esta manera?" Esa fue su elección, quería proteger su vida aunque para ello tuviera que engañarle. Ahora le tocaba pagar las consecuencias de su error.

Luffy agachó la mirada, apretando sus puños, con la impotencia y la frustración quemándole por dentro. Lentamente, relajó sus manos, relajó su cuerpo y relajó su mirada hasta que Zoro vio en ella el vacío. Luffy comenzó a avanzar hacia la playa, pasando al lado de Zoro sin inmutarse, sin mirarle. Sin dirigirle una mínima palabra. El peliverde tampoco hizo ningún movimiento, sólo dejó ir a su capitán, que pasó al lado del grupo sin mirar a nadie tampoco.

Sus nakamas le observaron sin saber qué hacer o qué decir. Luffy se iba alejando, poco a poco, en dirección al bosque.

- Lu-Luffy… - tartamudeó Usopp. - ¿Do-Dónde vas-s?

Luffy se detuvo. No se giró, no respondió, simplemente se detuvo. En realidad, el pequeño no tenía ni idea de a dónde iba. Él sólo quería salir de allí, quería alejarse de sus nakamas y estar sólo durante un buen rato. No tenía pensado ir a buscar los laboratorios, como muchos de sus nakamas pensaban. Sólo quería irse de ese ambiente que le quebraba por dentro.

- Luffy – susurró Nami, temblando aún arrodillada en el suelo, agarrándose con fuerza un brazo. – Yo… lo siento mucho Luffy, pero… creo que he descubierto una forma de salir de esta isla…

Luffy levantó levemente la cabeza, pero siguió sin girarse. Ante ese pequeño gesto, Nami consiguió valor suficiente como para continuar.

- Creo que puedo llevaros a otra isla cercana con un mapa y guiándome por el sol… es arriesgado, pero creo que podremos conseguirlo – terminó sintiendo cómo su voz abandonaba su garganta. No podía emitir ni un solo sonido más.

Luffy siguió dando la espalda a sus nakamas, pero preguntó con voz ronca.

- ¿Estás segura?

Nami comenzó a llorar. No pudo responder, no era necesario, sus lágrimas lo decían todo por ella. No era nada seguro, no era posible, no podrían llegar a la otra isla en dos días. No conseguirían evitar la tormenta y quedarían nuevamente en el mar a la deriva. Y Nami ya no quería seguir engañándose, ya no quería dar más falsas esperanzas, ni a ella ni a sus nakamas. Ella había fallado, les había fallado. Había fallado a su capitán.

Derrotada, la pelirroja enterró su rostro entre sus manos, intentando derramar sus lágrimas en silencio. Luffy no se volvió para consolarla, sino que comenzó a caminar de nuevo, acercándose poco a poco al bosque.

De repente, todos los allí reunidos detectaron movimiento en la cabaña medio derruida. Zoro se había acercado a la cama donde estaban sus katanas, cogiéndolas y ciñéndoselas al haramaki. Con paso decidido, el espadachín sorteó los escombros de madera y salió de allí, pasando al lado de sus nakamas decidido, siguiendo a Luffy. El renito, que hasta ese momento había estado completamente inmóvil, sin saber qué hacer, detectó el olor de la sangre del peliverde. Volviéndose hacia el espadachín se percató de que una de sus mangas estaba empapada de sangre.

- ¡Zoro! – lo que en un principio había nacido como un grito sólo se quedó en un pequeño murmullo agudo del renito. Sin embargo, fue suficiente para detener al espadachín. – Déjame curarte esa herida…

El espadachín se volvió hacia el pequeño, sonriéndole con tranquilidad. – No te preocupes, Chopper. Es un rasguño – tras eso, Zoro se giró para mirar a Sanji y a Robin, quienes estaban en primera fila con las miradas perdidas. – Oe, kuso-cook, onna – esperó a que los nombrados centraran su vista en él. – Si en dos horas no he regresado con Luffy, id a los laboratorios.

Sorprendido, Sanji no supo cómo reaccionar. Quería golpear al marimo hasta la inconsciencia por haberle contado la verdad a Luffy, pero en el fondo sabía que sólo él había tenido el valor de hacer lo que todos los demás se negaron a hacer. También era consciente de que el espadachín, aunque no lo aparentara, estaba sufriendo tanto o más que ellos por esa situación. No podía culparle, él sólo había hecho lo que todos debieron hacer desde el principio como nakamas que eran. Si Luffy lo hubiera sabido desde el primer momento… seguramente ya no estarían en esa isla.

Con un mudo asentimiento, Sanji tomó el mando de la situación. Pidió a Robin que socorriera a Nami y ordenó a los demás dirigirse hacia la mesa. Había pocas posibilidades de que el marimo consiguiera volver con Luffy en ese tiempo, así que tendrían que trazar un plan de ataque.


Luffy observó el río de agua cristalina y fría que había aparecido ante sus ojos. Recorriéndolo con la mirada, advirtió una gran roca plana que había en su orilla, un poco más abajo. Creyendo que ya era hora de dar la cara, se dirigió hacia esa roca y se sentó, esperando a que el peliverde llegara junto a él.

Pocos minutos más tarde, Luffy escuchó el sonido de arbustos siendo cortados, y se giró en esa dirección. Cuando Zoro consiguió salir de la maleza y encontrar el río, lo primero que vio frente a él fue a su capitán, mirándole serio pero tranquilo. Envainando su katana, Zoro se acercó a Luffy hasta quedar a pocos metros frente a él, de pie y observándolo.

Tras unos minutos de silencio en los que ambos se observaron mutuamente, Luffy comenzó a hablar.

- Siento la herida de tu hombro – se disculpó.

- Yo siento la de tu mano – replicó Zoro, señalando los surcos de sangre que recorrían una de las manos del pequeño.

Luffy fijó su vista en ella, sorprendido. El pequeño no se había dado cuenta de que se había herido, no hasta que el espadachín señaló la sangre seca que cubría su mano. Ni siquiera se imaginaba cómo había pasado.

Zoro se percató de la extrañeza del pequeño ante esa herida, y no pudo reprimir una pequeña sonrisa.

- ¿Ya no estás enfadado? – preguntó suavizando su voz.

Luffy se giró a mirar al espadachín, sin borrar la seriedad de sus ojos. Tras unos segundos de silencio, el pequeño suspiró.

- Sois mis nakamas. No puedo enfadarme con vosotros.

Más tranquilo, Zoro sonrió con seguridad y se acercó al pequeño, sentándose a su lado.

- Siento no habértelo contado antes, Luffy. Pero te quiero demasiado como para exponerte a este peligro con tanta facilidad.

Luffy dio un respingo ante la confesión del espadachín, mirándole sobrecogido. Ante la suave sonrisa que mostraban los labios del espadachín, el pequeño apartó la mirada, desconcertado.

- Ya te dije que no seré derrotado con facilidad.

Zoro alzó la mirada hacia el cielo, que estaba teñido con un tono rojizo debido a la puesta de sol.

- Ahora que sabes de qué se trata, ¿sigues manteniéndolo?

Luffy se volvió hacia él, indignado.

- ¡Por supuesto! Ya te he dicho que sólo os necesito a vosotros a mi lado para ser invencible.

Zoro rio por lo bajo. "Ojalá todo fuera tan fácil".

- ¿Qué vas a hacer ahora, Luffy? – preguntó el espadachín. Si Luffy había querido alejarse de todos los demás era por algo, y ese algo seguramente era pensar en un plan. Luffy no se había internado en el bosque sólo para huir de la escena anterior, y Zoro estaba más que seguro de eso.

Luffy imitó al espadachín y miró hacia el cielo, observando el juego de rojos que lo invadía. Instantes más tarde, Luffy cogió su sombrero y lo situó sobre su regazo, observándolo. Zoro también fijó su vista en el sombrero, ese movimiento le había llamado la atención.

- Antes dijiste que una antena no permite que el Log Pose funcione, ¿no?

Zoro alzó la mirada hacia el rostro de su capitán, extrañado. En él encontró seguridad y decisión, y el espadachín supo qué era lo que pretendía el pequeño.

- No estoy seguro de que eso resulte, Luffy.

Luffy sonrió levemente sin apartar la vista del sombrero.

- Sólo hay una forma de averiguarlo – los ojos del moreno atraparon al peliverde, quien se limitó a sonreír resignado ante la determinación del pequeño. - ¿No crees, Zoro?