—Aún puede serlo, vayan a hacer lo que sea que hacen ustedes —Draco se soltó del cuerpo de Harry y caminó a las escaleras, iba a bajarlas y Harry lo detuvo al ver que caminaba con dificultad—. Estoy bien, Potter. Iré a descansar a mi habitación.
Hermione y Ron fueron hasta el salón y se quedaron esperando a Harry en silencio. Ron no era malo y Hermione sabía que había actuado sin pensar. Era demasiado impulsivo y escuchar las palabras del rubio sin verlo los había hecho sentirse como en el pasado, con ganas de golpearlo en la cara por aprovecharse de la situación.
Harry se reunió con ellos y se tiró en un sillón junto a la chimenea. El día estaba frío por las tormentas que habían estado azotando al país. La chimenea crujía y el calor los envolvía tan dulcemente que Hermione había cerrado los ojos recargada en el pecho de su marido y parecía que se quedaría dormida en cualquier momento. Sólo su mano tenía movimiento y se encargaba de acariciar el estómago de Ron.
—Se acostó.
La expresión en la cara de Ron era indescifrable. Harry sintió que había hablado de más y que al pelirrojo no le importaba lo que pasara con Draco. El pelirrojo acarició el cabello de Hermione y habló sin levantar la mirada.
—Me puse nervioso, no debí reaccionar así. Llamé al sanador que está atendiendo a Hermione, es de mucha confianza. No debe de tardar en llegar.
—Gracias —Harry suspiró profundamente. Nada en el mundo lo había preparado para escuchar que Ron había llamado a un sanador, preocupado por el rubio—. Nos peleamos hace rato. No creo que le haga bien estar aquí.
—La consciencia me está matando Harry, vamos a hacer lo que me dijiste. Con el tipo que le robó sus cosas y que se vaya.
Saltaron chispas de la chimenea y Harry movió la varita, abriendo la conexión y permitiendo la entrada a quien quería entrar. Un hombre alto y robusto apareció en la sala, no pasaba de los treinta y cinco años, de cabello castaño muy claro, ojos color miel, piel muy clara y expresión de hastío. Era el sanador de Hermione, quien la había controlado durante todo el embarazo desde que se enteraron. Era el mejor en su ramo ya que sabía tanto medicina muggle como mágica.
—Bueno días, sanador McNamara.
—Buenas tardes, señores Weasley. Señor Potter.
Harry se movió en el sillón para que el recién llegado tomara asiento. El hombre se sentó en el lugar que había dejado Harry y sacó una botellita de la bolsa de su abrigo, se bebió una poción de un trago y suspiró. Fue entonces cuando se percataron de la palidez con la que había llegado.
—¿Cómo te sientes, Hermione? —la castaña le respondió con una sonrisa y le dijo que tenía un leve dolor de espalda pero nada grave—. Me alegro. Bueno, ¿para qué me llamaron? Es sábado.
—Y le agradecemos mucho por venir —dijo Harry sentándose frente a todos en una silla—. Un amigo mío está… como Hermione, —El sanador levantó la ceja y Harry se sintió como si estuviera frente a Malfoy. La misma mirada, la misma mueca, hasta la misma palidez—. Tuvimos un pequeño percance y…
—Lo estrellé contra la pared —terminó Ron, viendo las dificultades que tenía Harry para hablar.
—¿Un amigo? —el sanador torció la boca y se rascó lo que estaba por convertirse en una barba incipiente.
—De Harry. Es amigo de Harry, a mí siempre me ha caído mal.
—¡Ah! Claro, eso lo explica todo —giró los ojos y suspiró—. ¿Qué tanto tiempo tiene de "como Hermione"? —Marcó las comillas con las manos y Harry se puso incómodo.
—No sé —habló el moreno, preguntándose lo mismo.
—¿Por lo menos está en ésta casa? —Se masajeó el puente de la nariz. Harry asintió y se puso de pie para llevarlo. Él agarró el maletín que había dejado a sus pies—. Será mejor que hable con él directamente.
Subieron las escaleras hasta la habitación de Draco y Harry llamó a la puerta con algo de delicadeza. Abrió y metió la cabeza a la habitación. Draco estaba acostado de espaldas a él, en posición fetal y se movía repetidamente y muy despacio, Harry supuso que trataba de darle algo de alivio a su espalda.
—Malfoy —el rubio se quedó quieto, o sea que sí estaba despierto—, trajimos a un sanador, quiere verte —el rubio no dijo nada, Harry salió de la habitación y abrió la puerta para que el sanador entrara.
—Buenas tardes, señor Malfoy.
Draco se comenzó a mover lentamente para ponerse de frente al hombre. Harry se sintió mal por haber permitido que Ron le hiciera eso cuando él mismo había visto estos días que al rubio, la espalda le daba muchos problemas.
—Buenas tardes —el sanador se sentó a los pies de la cama, observando fijamente al rubio mientras él se acomodaba en la cama—. Yo no pedí un sanador, muchas gracias.
—Ellos sí, es sábado, no dormí ayer y sinceramente preferiría estar en mí cama antes que aquí —Malfoy levantó la ceja y puso una expresión de conmoción. Miró a Harry y el moreno se encogió de hombros—. Pero ya estoy aquí, frente a usted señor Malfoy, y vamos a hacer las cosas bien. ¿Cuándo fue la última vez que fue a hacerse un chequeo rutinario?
—Nunca.
—¿Perdón? —El hombre que había empezado a escribir en una pequeña libreta levantó la mirada y la posó en sus ojos—. ¿Cuándo fue la última vez que se hizo algún examen médico?
—Cuando me dijeron que mi magia no funcionaba porque estaba embarazado.
El hombre se pasó las manos por el cabello y suspiró profundamente. Se puso de pie, dio un par de pasos por la habitación y volvió a mirarlo tan fijamente como nunca nadie lo había mirado.
—¿Entonces no sabes ni siquiera el sexo de tu hijo? —el rubio negó—. ¿Cuánto tiempo tienes de embarazo?
—No sé, según recuerdo como siete meses. Aproximadamente.
—Quítate la ropa, por favor.
—No —Draco bajó los pies de la cama, pero no se puso de pie, sólo se quedó ahí sentado, viéndose fijamente con el sanador—. Vino a revisarme de la espalda, ¿no? No necesito quitarme la ropa para eso.
—Muy bien, la espalda —el sanador dejó todas sus cosas en el maletín y se puso de pie. Se giró con Harry —nos pueden dejar a solas, ¿por favor?
Todos salieron y Draco se removió penoso. No le gustaban las visitas al sanador, desde niño odiaba a esos hombres, con sus batas y esa idea suya de que todo lo hacían era provocar dolor. A pesar de que todo lo que hacían era retacarlos de pociones para semanas, pero en la revisión siempre causaban respuestas extrañas en su cuerpo. Como cuando descubrió su homosexualidad al tener una erección en un chequeo rutinario con el ayudante del sanador familiar.
El sanador se fue después de media hora con el rubio. Cuando Harry entró a verlo él estaba recargado en un montón de almohadas y estaba leyendo. Cuando Draco le respondió, Harry casi pudo haber dicho que al rubio le daba gusto verlo. Le dijo que se sentía bien, ya no le dolía la espalda por una poción que le había dado a beber y que el lunes iría a verlo a su consultorio en San Mungo.
—Me regañó por no hacerme los chequeos necesarios, el lunes me hará todos, para asegurarse de que estoy bien.
—Te vez feliz —Harry sonrió. El rubio inspiraba tanta paz que se sintió que flotaría.
—De hecho estaba aterrado. Estoy feliz de que se fuera —Harry rompió su expresión de tranquilidad y lo miró con los ojos exageradamente abiertos—. Siempre me han dado miedo los sanadores, todo lo que hacen es provocarte enfermedades. De seguro me dirá que tengo desnutrición o algo así.
—Pero irás el lunes ¿no? —Harry se divertía mucho al escuchar como Draco se expresaba mal de otras personas. Ahora entendía porque en el colegio siempre estaba rodeado de gente.
—Si me acompañas, sí. No quiero pararme allá solo. Son horribles —el moreno asintió.
—¿El lunes a qué hora? —Harry arrugó el entrecejo y se rascó la coronilla.
—Dijo que le escribiera para confirmarle la hora en que iría ¿A qué hora crees poder? —de repente sintió que era mucha la familiaridad con la que se estaba comportando con Potter. Un sujeto al que no había visto en muchos años, que cuando convivieron sólo se insultaban y arrojaban hechizos uno al otro—. Si no puedes, está bien, yo me metí en esto y sólo saldré.
—Está bien, acomodaré mi agenda del lunes y le escribimos. ¿Te sientes bien como para salir?
—Me siento excelente, pero no quiero salir al mundo muggle, ya viste qué pasó con el sujeto del taxi.
—Puedo hacerte un hechizo para que los muggles no lo vean. Hermione me enseñó a hacerlo ahorita que estábamos abajo.
—Bueno, entonces sí, quiero salir. Te pagaré cada centavo, es una promesa —Harry se encogió de hombros, no lo haría entender que el dinero no le importaba. Pero sí podía dejar el tema, entonces el rubio creería que él se había rendido.
Era la hora de la comida, Draco estaba sentado en al incomoda silla del supermercado al que habían entrado hacía ya más de una hora para rellenar todo lo que Harry no había comprado en años por no creerlo necesario. Entre antojos del rubio y cosas útiles para ambos, se había hecho una gran compra para la tienda pero una gran carga mientras buscaban el lugar para reducir las bolsas y ponerlas en alguna bolsa del pantalón de Potter.
Draco se había sentado a descansar cuando vio en el escaparate frente a él algo que llamó su atención. Una tienda de artículos para bebés, un video en una gran pantalla de plasma, una castaña mujer joven con un bebé rubio en brazos. Había varias escenas, una de ellas era el bebé de grandes ojos grises chapoteando en una pequeña tina, la mujer reía por las gotas que habían caído en su cara. Ahora el bebé comía una papilla, estaba lleno de comida hasta la frente y se reía, mostrando su boca sin un solo dientes, pura saliva y carne rosada pero, por alguna razón esto no le pareció asqueroso, por el contrario, se imaginó a su propio hijo sonriéndole al comer algo de su agrado.
Cuando Potter se paró frente a él, el rubio seguía absorto en el video, se inclinó hacia un lado y Harry captó la idea. Miró la pantalla y se sentó junto a él. Vieron el video hasta que las escenas del baño y la comida se repitieron.
—¿Quieres entrar a ver?
—No, vámonos, tengo hambre —Draco le sonrió para tranquilizarlo. Harry asintió—. ¿Tienes todo?
—Todo está en el carro, ya veremos cómo le hacemos para reducirlo y guardarlo.
Como cosa de magia, encontraron el espacio perfecto donde nadie los vería, redujeron todo y caminaron hacía un restaurant de comida japonesa.
Estaba oscureciendo cuando decidieron volver a casa. Harry había arrastrado a Draco a una tienda de ropa para que escogiera algunos cambios, una sudadera para estar en casa, pantalones y playeras. Recordó que Hermione le había contado que ahora toda su ropa estaba hechizada para que se adaptara a su nuevo cuerpo, al retirarle el hechizo volvería a la normalidad así que Draco se sintió más conforme en comprar una talla de ropa que no levantara suspicacia en la gente que los atendía.
Caminaron un par de cuadras para esperar un taxi cuando Draco llamó su atención y señaló a una pareja en la acera de frente. Estaban saliendo de una casa, la mujer esperaba en las escaleras y el hombre echaba el cerrojo a la puerta.
—Ellos son quienes lo adoptarán cuando nazca —Harry sólo se encogió de hombros—. Son una buena pareja, ¿no?
—Claro que no, se ven muy inestables —Draco lo miró con una ceja levantada y los ojos medio cerrados—, son la competencia, no me pidas que te diga cosas buenas de ellos.
—Que inmaduro e infantil sonaste.
Draco siguió caminando y curiosamente iban en la misma dirección que el matrimonio pero en la acera contraria. Se estaba comiendo el helado que habían comprado hacía un rato por un antojo que le sobrevino y fue más fuerte que él.
—¿No quieres saludarlos? —Harry le dio una mordida a su paleta y sintió como sus dientes se acalambraban hasta casi morir. Draco se rió de él antes de contestar.
—Creí que los odiabas —se giró y gritó—: ¡Lucy!
La pareja volteó a ver quién llamaba a la mujer y al principio no reconocieron al rubio, aunque sólo fue necesario que una nube se moviera y un rayo de sol golpeara la cara del rubio, su cabello destellara y sus ojos se entrecerraran. Ambos cruzaron la calle, un vehículo casi atropella a la mujer de no ser por el hombre que la detuvo a tiempo.
—¿Seguro que con ellos estará bien tu hijo?
—Seh —lo alcanzaron y la mujer lo abrazó tan fuerte por olvidarse del estómago que ella sí podía ver.
—No puedo creerlo —Lucy estaba prácticamente llorando por ver al rubio. Puso las manos en el estómago del rubio y lo acarició en toda su extensión—. Hola bebé —le habló al estómago—. Dios, Draco, está aquí.
Un par de muggles pasaron y se les quedaron viendo hasta detener su andar. Harry sacó la varita y volvió a lanzar el confundus para que siguieran caminando. El señor Foucont, esposo de Lucy, sugirió que fueran a su casa para platicar un poco más. Draco estaba cansado así que no le importó el lugar, siempre y cuando pudiera sentarse y descansar.
Draco se tumbó en el sillón de la sala del matrimonio, suspiró y se acarició el estómago. Lucy se sentó a su lado y puso sus manos en el estómago del rubio y las movió como su fuera una adivina tratando de ver algo en su bola de cristal. Draco puso sus manos en el respaldo y Harry vio un poco de su incomodidad, pero el rubio no hizo nada.
Se sentía como fuera de lugar. Ese vientre voluminoso tenía que estar en ella, no en él. Se dejó hacer hasta que el señor Foucont salió de la cocina y llamó a Lucy para que le ayudara a llevar algo de comer a la sala. Harry se sentó a su lado y cuando iba a poner su mano en el vientre del rubio, él se lo impidió.
—Se está moviendo demasiado, es molesto —Harry no entendía las razones del rubio para que él no lo tocara—. Cada que lo tocas tú se vuelve loco. No podría con eso.
—Se ve que lo quiere mucho.
—Sí, creo que me dejó sordo con tanto grito —el matrimonio salió de la cocina cargando una bandeja con té y otra con sándwiches. Draco tomó un emparedado y comenzó a devorarlo antes de que le sirvieran el té. Lucy lo veía maravillada.
—Se cuida muy bien, ¿verdad? —miró a Harry y éste sintió que debía responder, pero acaba de darle un trago al té y cuando intentó hablar el líquido eligió el otro camino hacia sus pulmones y comenzó a toser. Sintió golpecitos en su espalda pero no ayudaban, por el contrario comenzó a ponerse rojo y perdiendo la respiración por momentos, corrió a la calle y escupió todo el té que le había quedado en la boca para poder toser con libertad. Cuando regresó con todos, Lucy le hacía cariñitos al estómago de Draco, pero él se veía muy perturbado. Harry quería sacarlo de ahí, aunque no sabía cómo.
—Ya estamos preparando su habitación —dijo Phillip, el señor Foucont a Draco quien puso cara de horror—, ¿quieres verla? —asintió de forma errática. Harry se sentó a recuperar la respiración y le puso una mano a Draco en el hombro en forma de apoyo.
La pareja y el rubio subieron las escaleras que había al fondo, Lucy empujaba a Draco, quien iba lo más rápido que podía, Phillip trataba de persuadirla para que lo dejara ir a su ritmo, pero ella hacía oídos sordos.
Sin embargo, Harry estaba feliz de ver aquello. De seguro la actitud pesada de la mujer haría que Draco no quisiera volver a verla y se decidiera a quedarse con su bebé. Cuando regresaron al piso inferior, el rubio lo miró a los ojos, suplicándole que lo sacara de ahí lo más pronto posible.
Se despidieron, alegando que Draco tenía que descansar, le preguntaron dónde estaba viviendo, Harry les dijo que si querían ponerse en contacto con Draco le escribieran a él, ya que el rubio sin magia estaba ilocalizable para las lechuzas.
La suave brisa del mar le llegaba por la puerta que daba a la terraza que estaba abierta. Las suaves y vaporosas cortinas sólo volaban, meciéndose por el suave viento. La cama, desprovista de las sábanas blancas le quedaba muy grande, estirándose en todo lo largo, abarcando cada centímetro se percató de que él ya no estaba en la cama. Sonrió, guardando un bostezo, cubriéndose la boca con las manos y masajeándose el puente de la nariz a continuación.
Desde hacía cinco años que vivían ese sueño, en aquel paraíso terrenal que con el dinero se habían permitido. Reencontrando el amor y el tiempo perdido en tontas guerras, preocupaciones que no habían hecho más que envejecerlos. Aún en aquel lugar, respiraban un poco del miedo que les causaba el haberlo dejado atrás.
Cuando no estaba disfrutando del agradable clima, sin preocupaciones o remordimientos recordaba ese pedazo que había dejado en el pasado.
Se sentó en la cama, disfrutando de la brisa sobre todo su cuerpo desnudo, las sabanas de algodón egipcio cayeron y sus pezones rosas quedaron al aire, toda su piel expuesta, rejuvenecida y blanca. Sacó su cuerpo de marfil de la cama y llegó hasta la puerta corrediza. No había otra alma en aquel lugar además de ellos dos, no temía a que alguien más la viera de esa forma. Escuchó a sus espaldas la puerta abrirse, unos pasos y sintió unas manos grandes recorrerla entera, despacio y en zonas peligrosas. Se sentía joven de nuevo, sexy, con el poder de obtener lo que quisiera.
—¿No crees que es hora de volver?
—Estamos muy bien aquí —el hombre besaba su cuello, disfrutando para milímetro de piel para saborearla y hacerla suya. No habían discutido desde hacía meses, estaba de muy buen humor.
—¿Pero no te importa saber cómo está él?
—Está mejor sin nosotros, lo comprobamos hace cinco años. Créeme, está bien.
—Le escribí, no recibí respuesta —las manos seguían deslizándose por su piel, jugando con sus senos, haciéndola perder el hilo de sus palabras por momentos.
—Debe seguir enojado —se apoderó del lóbulo de su oreja con los dientes, apretando, rasgando pero provocando la reacción que quería, la deseada. La entrepierna rubia se humedeció. Los líquidos comenzaron a fluir tan maravillosamente, empapando las yemas de sus dedos y llenando las piernas. Dejando un rastro que al recibir el aire se enfriaba, dándole la sensación que tanto le gustaba.
—Oh, Lucius —ella se giró y apretó su cuerpo contra el del hombre. Su gran altura, su cuerpo firme la volvía loca desde el momento en que lo había conocido. Merlín bendeciría el momento en que sus padres decidieron casarlos.
Al llegar a casa, Draco se fue a su habitación, harto por las preguntas de Harry de por qué había elegido a esa gente. Le hizo recordar las pocas opciones que tuvo al dejarse encontrar por una pareja que estuviera dispuesta a adoptar al bebé de un antiguo mortifago.
Resultó que la única respuesta que recibió fue de Lucy Foucont.
Así fue como Draco le confesó a Harry que no rechazaría la única familia que acogería a su hijo, además de ser una pareja que nunca había visto en su vida y por lo tanto nunca le hablarían de él. Su bebé jamás sabría que era hijo de un Malfoy.
Harry no esperó toparse con esa historia, más por el hecho de que evidentemente al rubio le dolía perder a su hijo.
La tarde de domingo pasaba tranquilamente. Harry había salido, diciéndole que no tardaría en volver mientras él terminaba de acomodar su ropa nueva en el ropero. Vio el pergamino sobre la cama donde había comenzado a escribir una carta para su madre. No sabía por dónde empezar a contarle lo que le había pasado recientemente. O durante los últimos cinco años de separación.
No habían tenido contacto para nada. La última vez le había llegado un canasto con dulces de Paris, cuatro años atrás. No Había recibido más información de parte de ellos desde que Potter había intervenido en el juicio contra Lucius, donde sólo lo multaron por los daños a la sociedad mágica y lo dejaron irse. La multa fue grande, la liquidó al siguiente día y no se le volvió a ver. Su madre se había ido una semana después y realmente no sabía si se habían encontrado o cada quien había tomado caminos distintos en su vida.
Lo que sí sabía era que ambos seguían con vida. Una especie de poder o conexión siempre se lo había mantenido al tanto de sus progenitores, aunque recientemente todo lo que sentía eran patadas en sus riñones, hambre y ganas de sexo rudo.
Tomó la tiza de la mesita que había instalado recientemente y comenzó a hacer algunos trazos en su pared. Lianas con algunas flores por aquí y por allá, hojas dispersas aún sujetas a la rama madre o cayendo por acción del aire. Le dio efectos del viento a los pétalos de flor que comenzaron a llenar la pared. Siguió cerca de media hora y había llenado la pared de trazos ligeros, casi invisibles.
Volvió a la carta, tomó la pluma y la llenó de tinta. Hizo un punto en la esquina superior izquierda y comenzó a trazar los mismos trazos, imitando lo que había puesto en la pared, a modo de margen, con muchas flores pequeñas, Narcisos con sus tallos y hojas alargadas que llegaban a la parte inferior del pedazo de pergamino. Siguió haciendo trazos, líneas que iban y venían, se cruzaban, se enredaban y se separaban.
En la parte inferior derecha hizo lo mismo, algunas flores más, nubes, la caricatura de un sol y un corazón. Quería que significara más que las líneas que pondría, porque no sabía realmente qué poner. "Hola madre, ¿qué tal te pinta la vida? Espero que te encuentres bien, yo estoy viviendo de la caridad de Potter, verás, me quedé sin dinero, en la calle y embarazado, ¿puedes creerlo?"
Tachó todo, realmente no quería darle esa noticia de esa forma, aún le tenía algo de respeto a su madre como para tirarle esas palabras y las cosas en cara. Se echó para atrás en la silla y se puso las manos en el vientre, solía hacerlo muy seguido, empujar al bebé hacia abajo cuando comenzaba a calarle en las costillas por los patadones que le soltaba. Suponía que estaba de cabeza o que tenía instinto del plomero de traje rojo en el videojuego que solía jugar su compañero de piso y daba de cabezazos a todo lo que tenía arriba. Muy poco factible, la verdad.
Se puso de pie y se estiró, escuchó la puerta de la calle abrirse y varias voces en el recibidor así que salió del cuarto para empezar a bajar las escaleras. Al primero que vio fue a Weasley, ese cabello pelirrojo ya le era inconfundible, en su marco de visión apareció el mismo hombre que Harry había llevado a casa hacía unos días, el compañero auror ese; por ultimo Harry, sacando algunas cosas del bolso de su pantalón, las puso en el suelo y con un movimiento de varita todas las cosas que durante años había obtenido para su trabajo aparecieron. Se quedó sin saber cómo reaccionar por varios segundos hasta que vio a Potter mirarlo y sonreírle.
Eran muchas sorpresas para tan pocos días, pensó imaginando que, si años atrás le hubieran dicho que recibiría tal cantidad de favores de Potter y él estaría agradecido por ello, no lo hubiera creído. Habría sacado la varita y hechizado a la persona hasta hartarse. Pero ahora que estaba gozando de los beneficios de la amistad entregada del gryffindor se sentía muy bien, era realmente agradable tener a alguien de la calaña del héroe a su favor. Y no era conveniencia o hipocresía, sólo era disfrutar de lo que le daba la vida. Sabía ser agradecido, sabía devolver favores y a Potter le devolvería cada favor con creces.
Estaba admirando su caballete, la paleta para las pinturas, el paquete de brochas. Las pinturas estaban muy por debajo del nivel en que él las había dejado, otras estaban secas casi en su totalidad, pero esas eran lo de menos. Las pociones para el movimiento, las espátulas, estaba todo. Incluso la ropa que había estado cargando antes de perder sus pertenencias. Las lágrimas se habían deslizado de sus ojos hasta la barbilla y sintió una mano gentil, dándole toquecitos con un pañuelo de lino por toda la cara. A su lado estaba el tal Ray, el amigo de Potter quien sonrió y le tendió el pañuelo para que él mismo siguiera secándose.
—¿Cómo las conseguiste? —Potter miraba el pañuelo como si fuera estiércol de caballo. Draco no supo interpretar eso así que ocultó el pedazo de tela en su espalda.
—Resulta que tu "amigo" —marcó las comillas con las manos— es mi custodiado del ministerio, el día que te encontré acababa de verlo en la celda siete. Ayer que me dijiste el nombre lo recordé, lo acusan de robo.
—Pobre infeliz —Draco acarició el caballete casi como si fuera a esfumarse si lo tocaba muy brusco—. ¿Fuiste a su casa por las cosas?
—No, todas tus cosas estaban en el ministerio, sólo metí una forma con tus datos y les dije que todo esto tenía tu firma mágica así que me las devolvieron —le tendió un papel—, sólo tienes que firmar esto.
Ray tomó el papel y se lo dio a Draco, de nuevo con una sonrisa. Esta vez el pelirrojo los vio y vio también la expresión de Harry. Carraspeó.
—Voy a la cocina por una cerveza —se detuvo a la mitad de su camino—, ¿alguien quiere una?
Harry y Ray le pidieron una, Draco por su parte no quería nada. Se fueron a sentar a los sillones junto a la chimenea. Ray lo miraba pero a Draco parecía no importarle, "probablemente está acostumbrado" pensó Harry muy atento a todos los gestos de ambos. Draco levantó los pies y los puso en las piernas del castaño, estaban platicando algo pero el moreno les había perdido el hilo así que trató de volver al mundo real.
—Mañana tengo cita con el sanador, espero que Potter pueda acompañarme —Harry infló el pecho y asintió con la cabeza repetidas veces. Llegó Ron con las cervezas y algo de jugo para el rubio—. Wow, gracias, ¿tengo que hacer algo? —El rubio entrecerró los ojos y miró sus cosas—, ¿Rompieron algo?
—Ron está siendo agradable, Malfoy —Harry no parecía molesto, por el contrario le causó gracia que el rubio sospechara de esa forma.
—Te está corroyendo la consciencia por el golpe de ayer, ¿verdad?
—No puedo ser amable porque te molesta —le dio un trago a su cerveza y se sentó junto a Harry. El jugo del rubio había quedado en la mesa ratona que estaba en medio de los sillones. Por la posición que había adoptado y por su vientre distendido era difícil que alcanzara el jugo anaranjado, con la idea del jugo de cítricos que habían comprado el día anterior en mente.
Draco lo miró a los ojos, torció la boca y lentamente comenzó a bajar los pies, perdiendo la comodidad que había adoptado para satisfacer su sed. El pelirrojo sonrió mientras bebía de su botella sin despegar la mirada de su antiguo compañero y rival.
Draco escupió el jugo cuando apenas había dado un sorbo. Era de naranja y toda persona que se dignara a conocerlo sabía que odiaba el jugo de naranja. Con el embarazo sus gustos se habían hecho más extremos, lo que no le gustaba ahora lo aborrecía y lo que antes le había gustado lo había matado de antojos tiempo atrás.
Ray y Harry se acercaron a él, el moreno le quitó el vaso de la mano y el castaño le acarició la espalda y lo tomó de la mano. Draco le quitó la cerveza a Potter y le dio un gran trago. Casi se tomó la mitad y cuando la dejó en la mesa, suspiró.
—Creí que era del jugo de citricos que trajimos ayer, por eso le tomé —se soltó del agarre del castaño y se limpió la boca con el mismo pañuelo—. No me gusta el jugo de naranja.
—Seguro Ron no sabía que no te gustaba —Harry se giró para con el pelirrojo y éste estaba aguantándose la risa—, ¿verdad, Ron?
—Claro —intentó ponerse serio y se enderezó en el sillón—, cómo iba yo a saberlo.
—Sí lo sabías —Draco se puso de pie—, si no, no entiendo tu interés por ser amable —se giró con Harry—. Puedes mandar mis cosas al cuarto, por favor.
—¿Por qué dices que lo sabía? —Ron también se puso de pie frente al rubio—, tú y yo nunca nos aguantamos.
—¿Crees que no me daba cuenta de cómo me mirabas? Sabías que odio el jugo de naranja y el café, y que siempre le pongo mantequilla a las tostadas antes de la mermelada.
—Nunca tomaste café —Ron miró a Harry con cara culpable al darse cuenta del error cometido.
—Yo pude haber dejado el colegio atrás y madurar, pero tu amigo no, Potter.
Subió las escaleras para tratar de dejar atrás la vergüenza que sentía. Los otros tres hombres guardaron silencio un buen rato más hasta que escucharon una puerta azotarse. Harry se puso las manos en las bolsas del pantalón mientras Ray los miraba a los dos. Se despidió y se desapareció de ahí mismo, dejando a los dos en una situación muy comprometida. El silencio se volvió incomodo, algo que no les pasaba desde muchos años atrás.
—Era una broma, Harry.
El moreno levantó la vista y Ron sintió muy raro al conectar con los ojos verdes.
—No fue gracioso —Harry se volvió a sentar donde había estado, tomó la cerveza y la empinó, tomándose todo de un trago—. Él está tratando de ser amable con nosotros. Me consta que lo está intentando.
—Contigo —Ron se sentó a su lado, extrañado de la pena que sentía—, porque lo estás apoyando con todo esto.
—No, es difícil, aún discutimos por cosas pequeñas. No tienes idea de lo difícil que fue comprar shampoo para el cabello ayer. Yo quería cualquiera y él insistía en que fuéramos cuidadosos con los ingredientes y las cualidades de cada producto.
—Entiendo.
—A lo que me refiero es que no seas desagradable. Es hora de que maduremos, tú vas a ser papá.
—Es que no pude evitarlo. Recordé todo lo que nos hizo en el colegio. Cuando nos castigaron por su culpa, en primero.
—Ron, teníamos once años, es normal en niños de once años. Ahora tenemos más de veinte, es hora de dejar esas cosas atrás —Harry se acercó a todos los artículos de arte y ropa del rubio y con un toque de varita fueron desapareciendo uno a uno. También las botellas de cerveza vacías y el vaso con jugo desaparecieron—. Creo que simplemente necesitamos descansar, él ha tenido muchas tensiones últimamente y tú debes estar con Hermione.
Subió las escaleras y cuando apenas iba a tocar con los nudillos la puerta del rubio se arrepintió, se dio la vuelta y fue a su habitación dejándola abierta para invitarlo a que entrara. Levantó la ropa que estaba fuera de lugar, los platos y vasos, la vieja y fea costumbre de comer en la cama, revisando papeles o el periódico. Las sabanas y almohadas que estaban en el suelo, cambiar las de la cama y volver los muebles a su lugar. Decidió darse un baño para deshacerse de esa sensación en el pecho, como si le hubieran clavado un puñal. Nunca le habían clavado un puñal en el corazón, pero podía decir que se sentía exactamente igual y era horrible.
Una lechuza tocó a su ventana y le abrió, tomó una delicia para lechuzas del cajón de su mesa de noche y se la dio después de quitarle el rollo de pergamino. La lechuza salió volando sin esperar una respuesta. Harry se quedó con la ventana abierta, para que el cuarto se ventilara mientras extendía la carta para leerla.
Era de Ginny.
Solo puedo decir una cosa: ¡ PERDÓN!
Ahmm puedo decir otra cosa: Este capitulo no está beteado por mi buena mejor amiga beta de mi alma, como el anterior. En serio, el fic está terminando, ya hasta estoy escribiendo otros tres ademas de que me fui del fandom por cosas de obsesión compulsión con otras cosas como Berserk, One piece, las 6 pelis de Star Wars, el señor de los anillos y ah sí, escuela. Mucho de eso ultimo, lo bueno es que es mi ultimo semestre. Si no me pongo a trabajar prometo actualizar más rápido y así.
Adelanto:
-Hola, profesor –a Draco le tembló la voz violentamente. Harry creyó que se sentía mal porque lo abrazó y volvió a preguntarle que si estaba bien-. Harry, él fue mi profesor en Viena. Historia del arte, para ser exactos.
-Mucho gusto, James McArneey –dijo aquel hombre que se parecía mucho a Harry. Le extendió la mano y el Gry la estrechó por puro instinto, presentándose como gente educada.
-Qué –a Draco se le atoraron las palabras en la garganta, tenía miedo a pregunta cualquier cosa y recibir por respuesta lo que menos quería escuchar-. ¿Qué hace por acá?
-Mi hijo nació ayer, está por allá,
