La estación no estaba tan abarrotada, Lucius aún estaba fuera por lo tanto tenía el camarote para ella sola. Primera clase, por supuesto, lo más lujoso que tuvieran, casi como la habitación de una suite en un hotel cinco estrellas. Sentada junto a la ventana, con el trozo de pergamino frente a ella no sabía qué palabras poner. Cualquier cosa le parecía inadecuada.
La euforia inicial había pasado, ahora sólo le había quedado miedo e incertidumbre. Draco siempre había sido un niño caprichoso que dejaba de hablar cuando un capricho no se le cumplía. Te ignoraba de forma tan cruel que el simple hecho de pensarlo la hacía estremecerse. Por aquella razón siempre le habían dado lo que había querido.
Hasta que comenzaron a cumplirse los juicios contra ellos, cuando la gente les escupía por la calle o les hacían inocentes pero vergonzosos hechizos por la espalda. Narcissa no lo soportó más, se encerró en la mansión hasta que decidió que ya no había lugar para ella en Londres.
Una mañana Lucius se había ido dejándolos solos en aquel infierno. Exteriorizó a Draco su deseo de irse para siempre, lo ideal hubiera sido que su hijo siguiera sus pasos, pero algo durante la guerra lo había hecho cambiar. Algo lo había vuelto valiente y quería enfrentarse a la sociedad, limpiar el apellido con buen trabajo, usando el dinero que les había quedado después de que Lucius pagara las multas.
Su desesperación creció hasta el momento en que se marchó sin despedirse. Le dejó una nota a Draco disculpándose, excusándose por su cobardía, pero nunca obtuvo respuesta. Sabía que el precio por su tranquilidad era alto, pero nunca pensó que le saldría tan cara su cobardía. Jamás se perdonaría el haber perdido a su hijo.
La depresión fue grande, rodeada de todas las comodidades que el dinero podía pagar, en Praga, Madrid, Paris, Dubái. Nada de aquellas bellas ciudades lograba hacerla olvidar como había abandonado a su hijo a su suerte.
Después encontró a Lucius. Si ella aceptara que fue la casualidad, mentiría. Sabía perfectamente que Lucius la había buscado incansablemente, aquel momento en que lo volvió a ver, —en contra de sus deseos— supo todo lo que el hombre había hecho para conocer su paradero. La cortejó como en sus viejos tiempos, como cuando el detalle de una hermosa flor, un poema y la luna iluminando hacían el trabajo. Aquellos tiempos donde las promesas románticas se cumplían. Él no había perdido el toque.
Se volvieron a casar en una bella playa, con el sol como testigo y un ministro al que nunca escucharon.
Ahora, sentada en aquel camarote, con sólo una palabra en ese pergamino, sentía que el hermoso sueño había terminado. Lucius le había dicho que Draco estaba grande, que podía cuidarse por sí solo, pero para ella era sólo un bebé.
Garabateó sólo una frase en el papel, firmó con un cariñoso saludo y lo ató a la pata de la lechuza.
El viento que soplaba era frío y llenaba su corazón de incertidumbre. El corazón de una mujer que latía de amor, el corazón de una madre que se quebraba de dolor y acaba de escribir al hombre con el que vivía su hijo.
El calor del colchón entraba por su espalda hasta el resto de su cuerpo. Su cuello y nuca estaban sumamente sudados y en cada vuelta el aire que chocaba contra esa zona se sentía fresco. El bebé se estaba moviendo hasta la locura y el hambre estaba matándolo.
Pero el orgullo no lo dejaba moverse. Aunque no estaba molesto con Harry, no dejaba de sentir que la euforia por el agradecimiento se estaba yendo. Su reloj vibró con la alarma que Potter le había puesto para recordarle tomar sus pociones y la idea de ser amable con el Griffindor volvió, golpeándolo tan repentinamente como el agua fría una mañana de invierno.
Se sentó en la cama y el bebé protestó, puso la mano sobre su ombligo que se había saltado la última semana y sintió una protuberancia pegarse a su nívea piel. Se acercó al cajón de las pociones y destapó la de los cólicos. No tenía ninguna molestia así que se la tomó más bien como prevención. Siguió con la vitamínica rica especialmente en hierro la cual vació en su boca de un solo movimiento. La puerta sonó. Crujió sobre sus goznes y la alborotada cabeza de Potter apareció.
—Acaba de llegar Andrómeda, ¿vas a bajar?
—No sé, mi madre siempre me dijo que era una mala influencia para mí.
—Tu madre no está abajo, vamos a preparar lasaña para la cena —Harry cerró la puerta al terminar de hablar y Draco se encogió de hombros y salió tras él.
Cuando comenzó a bajar las escaleras, Potter ya iba un nivel más abajo que él, se sujetó del pasamanos y al bajar el primer escalón sintió un ligero dolor punzante en el bajo vientre. Se agarró más fuerte y la otra mano la usó para sostenerse el vientre, como si fuera a caérsele.
Cuando llegó a la cocina vio a la mujer se espaldas a él, con su cabello negro y lacio hasta el nivel de la cintura, su túnica de color tinto, zapatillas a las cuales sólo les vio el tacón y un poco de su perfil cuando ella se giró para remover una sartén al fuego. Potter no estaba en la cocina en ese momento.
—¿Tú quién eres?
Había un niño de cabello azul sentado en la mesa, se le quedó mirando con unos enormes ojos violetas, aunque poco a poco fueron cambiando a grises, el cabello se le puso negro. Jugaba con unos cartelitos con una letra cada uno, había escrito "Teddy" con algunas mayúsculas y otras minúsculas. Draco arrastró una silla junto a él y se sentó, suspiró cuando se hubo acomodado y lo miró a los ojos.
—Me llamo Draco, ¿cuál es tu nombre? —el niño no respondió inmediatamente pero sí comenzó a mover algunas letras lo más rápido que sus cortos dedos le permitían. Formó la palabra "Drac0" y el rubio se percató de que la última letra no era una "o" sino un cero. Vio la carta con la letra correcta y la reemplazó.
—Me llamo Teddy, Teddy Lupin.
—Mucho gusto, Teddy.
—Draco —la voz de Andrómeda interrumpió a Draco de la conversación con el pequeño, volteó a ver a su tía pero ella ya estaba parada a su lado, viéndolo fijamente, con la mirada un tanto indescifrable—. Esperé tanto para verte.
Draco se puso de pie, alejando mucho la silla de la mesa, se quedó frente a la mujer y extendió la mano. Andrómeda lo ignoró olímpicamente y directamente se arrojó a abrazarlo.
—Oh Dios, la última vez que te vi eras más pequeño que Teddy. Estabas tan divertido por el cabello multicolor de Dora que no puedo evitar pensar que se hubieran llevado muy bien. Dora era una persona tan buena.
Draco quiso preguntar muchas cosas, aunque lo primero que escupió fue una cosa. —¿Quién es Dora?
—Mi mami —respondió Teddy. Al girarse a verlo, Andrómeda se llevó una gran sorpresa. Draco se sentía gustoso de ver que el niño había adoptado sus facciones casi a la perfección, aunque su nariz seguía igual de chatita. Casi como él cuando tenía cinco años.
—Dora era mi hija. Nymphadora Tonks. Tu prima.
—Ah, perdón —Draco se sonrojó. Aunque pareciera imposible le apenaba no saber mucho sobre la familia que le quedaba. Hubiera sido de mucha ayuda contar con la tía Andrómeda cuando estuvo en prisión o llegó a Londres sin un knutt partido a la mitad.
—No fue tu culpa —Andrómeda acarició a Draco en el vientre. Draco por un momento imaginó que era su madre la que le concedía aquel gesto—. Comprendo que tu madre te hablara infamias de mí.
—Pues sí, algo así —Draco se acercó al refrigerador para tomar un poco de jugo—, siempre decía que era una mala influencia por haberse casado con un sangre sucia y todo eso.
—Ah, bajaste —dijo Harry al entrar como bólido a la cocina. Llevaba una calabaza enorme en brazos—. Creí que no ibas a comer con nosotros, Andrómeda está preparando la comida y huele delicioso.
A Draco le daba risa como se expresaba Potter cuando hablaba de comida, como si se la estuviera comiendo mentalmente. El moreno dejó la calabaza en el piso, junto a la estufa y se acercó a ellos, acarició a Draco en el estómago también y el bebé le dio una gran patada, movimiento que Harry sintió perfectamente en la palma de su mano.
—Se emociona demasiado con tu presencia, Potter.
—Como debe de ser. Andrómeda, ¿necesitas que haga algo más? —El moreno se giró para ver a la mujer sin percatarse del sonrojo que se había extendido por toda la cara de Draco.
—Gracias, Harry. Todo estará listo en un par de minutos.
—Abuelita, ¿por qué Draco tiene la panza tan inflada?
La comida transcurrió tranquilamente, con las preguntas de Teddy, las preguntas de Harry y los gruñidos de Draco. Andrómeda mandaba callar a Teddy cuando sus preguntas eran muy indiscretas o cuando Draco, quien era el más bombardeado, no quería contestar.
Siguieron con el postre, el cual fue helado de menta y chocolate. Teddy sólo se comió el de chocolate y Draco terminó con la ración de menta en el plato del niño a pesar de las protestas de Andrómeda. Eran casi las ocho de la noche cuando pasaron a la sala para reposar la cena. Draco reflexionó sobre la reunión familiar e invitó abiertamente a su tía a que volviera a visitarlo cuando fuera sin importar que Potter estuviera o no presente. Invitó también a Teddy, quien le dijo que si podía jugar con el bebé cuando naciera. A Draco no le desagradó la idea y accedió gustoso.
Los días pasaron. La cita con el sanador que revisaba el caso de Draco llegó y les comunicó que los estudios sanguíneos de Draco habían arrojado bajos niveles de glucosa, hierro y hemoglobina, elementos importantes sobre todo en su estado. Le recomendó una dieta estricta y una nueva cita para los mismos análisis por si la dieta ayudaba a normalizarlo a sus niveles fisiológicos o en caso de que no lo hiciera, atiborrarlo de más pociones.
Otra semana pasó sin más eventualidades más que el humor extraño de Draco el cual empezó a oscilar entre bromista y seductor. Harry creía que lo usaba de pantalla para ocultar su nerviosismo por lo que le había dicho el sanador sobre sus análisis y lo que podría afectar al bebé. No quería salir de casa así que Harry tenía que salir casi todas las mañanas a conseguir los antojos extraños que tenía el rubio. Entre espinacas, comida japonesa y pescado crudo no sabía qué era peor. Sí, el hígado de res encebollado con salsa roja y mucho pan o el pastel de riñones.
A la siguiente semana Draco se quejaba de lo hinchado de sus tobillos y como su vientre ya no lo dejaba ver sus pies cuando estaba parado. Potter salió a comprar pay de queso para saciar un repentino antojo del rubio. Al volver a casa se topó con la enorme sorpresa de Molly y Ginny Weasley esperándolo en su sala. De Draco ni sus luces.
La cara de ambas mujeres era como un poema. Molly tenía el ceño fruncido, con las cejas ligeramente inclinadas como si algo le diera mucha pena. Ginny parecía desconcertada y lo miraba como esperando que él diera el gran paso. Harry sólo atinó a acercarse y saludarlas a ambas con un beso en la mejilla. Molly le quitó la bolsa de las manos y se fue a la cocina con su instinto maternal matándola por servir pastel y té en una bandeja para todos.
Harry subió a buscar a Draco y lo encontró sentado en la cama de su habitación; no hacía nada más que mirar el suelo atentamente, como si algún secreto estuviera ocultó entre el entablado. Tocó ligeramente la puerta y se dirigió a él, se sentó a su lado pero no dijo nada.
—¿Quieres ver el ático? —preguntó Draco—, estaba reparando la cuna.
—¿Estás bien? —Harry le puso una mano en la pierna, muestra de aproximación e interés—. Te noto un poco incómodo. Molly es muy agradable…
—No se trata de ella —Draco se acarició el vientre—, Ginevra no es una persona de mi agrado.
—Viene por un par de días, no creo que la tengas por aquí mucho tiempo —trató de restarle importancia, pero Draco sabía que los planes de la pelirroja eran quedarse con Harry esa noche, así lo había puesto en la carta.
—No me importa su vida.
Guardaron silencio por lo cortante del comentario del rubio. Harry comenzó a ver los murales en las paredes de aquel cuarto como lo hacía siempre que se ponía nervioso.
—¿Crees que podría usar las cosas que hay arriba?
—Adelante, puedes usar todo lo que creas necesario, lo prefiero así a que sigan guardando polvo —siguió viendo las cosas de Draco, la mayor parte de ellas las había rescatado. Entre todo aquello habían cuadros terminados, algunos incompletos, papeles, pinturas y un gran paquete de brochas entre otros—. ¿Usas todo esto para trabajar?
—Depende de la técnica que use, pero sí, se necesita gran parte de todo eso.
Ginny llegó a la puerta de su habitación y tocó con los nudillos para hacerse notar. La cara de Draco se torció en puro desprecio mientras Harry la miraba con curiosidad.
—Dice mi madre que ya está la comida lista —la pelirroja entró dando pequeños saltitos y comenzó a husmear en las cosas de Draco—. Malfoy, ¿eres pintor?
—No Weasley, soy agrónomo y todo eso no son más que vacas disfrazadas.
La joven se rió y Draco la odió por eso. Casi podía sentirse en el colegio, odiando a esa gente con toda su fuerza, despreciándolos por ser horribles seres humanos, simples y maleducados que no entendían cuando estaban siendo agredidos.
—Vamos Ginny, tenemos que ayudar a tu mamá a preparar la mesa —la tomó del codo y la joven se zafó.
—Ahorita bajo —Harry miró a Draco y él sólo dio un ligero asentimiento.
—¿Entonces, Harry te embarazó? —Ginny le dio la espalda y siguió observando los dibujos en la pared, o al menos fingiendo que lo hacía.
—Y si así fuera, ¿qué? ¿Te afecta de alguna forma?
—Para nada —se giró—, Harry es quien decide, después de todo.
—Esto no es una batalla de ver quién se queda con el premio gordo —respondió Draco, poniéndose de pie en el camino. Ginny miró su vientre de nuevo y tuvo que tragarse una carcajada—. Yo simplemente estoy…
Se quedó callado cuando vio a Harry en la puerta. Ginny se giró y le sonrió, pero la sonrisa murió al ver la expresión en cara del moreno. Potter no hacía más que ver a Draco.
—¿Todo bien? —Draco se volvió a sentar, cruzándose de brazos y con expresión de berrinche— volví porque ninguno de los dos bajaba.
Si él supo lo que sucedió ahí, no lo dio a notar, pero Draco sentía que se moría por dentro. Había sido humillante verla regodearse por su desgracia, como algo que debía de ser especial y bello, para ella no era más que el objetivo de sus burlas internas. Lo peor del caso era que ya no existía el Draco que se quejaba con la primera persona que encontraba. Había descubierto que era más digno lidiar uno sólo con esa clase de cosas, superarlas lo más rápido posible y no darles importancia para que dejaran de causar daño.
Pero esa expresión era algo que nunca podría olvidar.
—La señora Weasley quería saludarte —se quedó parado frente a él—, ¿te aviso cuando esté lista la mesa?
—No bajaré, pero gracias.
—¿Te dijo algo? Si quieres…
—Olvídalo Potter, no le daré importancia, no la tiene. Ella no me importa nada —Draco se puso en posición fetal, dándole la espalda al moreno—. Creo que me pondré en contacto con mi padre para que me ceda el permiso de la mansión e irme para allá.
Justo cuando Draco había comenzado a despreocuparse por el asunto con Potter había pasado todo ese amargo episodio con la pelirroja. Ahora ella no solo se había quedado a cenar, si no que había dormido con Harry. Draco se había imaginado mil cosas, a mitad de la noche despertó en medio del silencio y se imaginó que el moreno había insonorisado la habitación para que él no se diera cuenta de lo que estaban haciendo.
Abrió las cortinas de la ventana y se encontró con un cielo oscuro y lleno de estrellas, como cabecitas de alfiler reflejando la luz de una vela. Se perdió un rato admirándolas hasta que la luz de un coche lo sacó de su ensoñación. Se dio la vuelta y suspiró, vio todo a su alrededor y cayó en la cuenta de que realmente no quería dejar a Potter.
Un pensamiento salido de la nada. Se estremeció, incluso sintió como su hijo se revolvía inquieto. Tal vez hasta él tenía escalofríos pensando en una vida con Potter. El moreno se lo había ofrecido. Le había ofrecido una vida tranquila, el título de pareja del salvador del mundo, a su hijo le esperaba una vida tranquila, oportunidades y el cariño de la gente.
Pero cuando naciera la gente se daría cuenta. La gente vería que el niño no se parecería a Potter ya que tal vez tendría ojos azules o la piel blanca que no era ni de Harry ni de él. La cara redonda, no angulosa ni afilada. Se despeinó pensando en lo que la gente pensaría, que le había sido infiel al salvador del mundo mágico y ahora lo hacía cargar con tal peso.
Miró la cama, esperando que una respuesta brotara violenta de las sabanas revueltas, miró la vela sobre el alfeizar, bailaba por el aire pero tampoco tenía un consejo. Abrió la puerta de un jalón y casi se va de espaldas al ver a Potter parado frente a él. Se sujetó el vientre como si gracias a él la sorpresa fuera menos, lo vio a los ojos y deseó con todas sus fuerzas que su hijo tuviera esos maravillosos ojos verdes.
—Sólo venía a ver si estabas bien.
—Estoy bien —se quedaron parados frente a frente sin decir nada. Al parecer el único que tenía algo que expresar era el niño en el vientre del rubio, pero nadie le prestó atención—. Sólo iba por agua a la cocina.
—Ah, qué casualidad. Yo también iba por agua a la cocina.
—Pues vamos rápido, antes de que tu novia se despierte.
Potter se detuvo abruptamente y se volteó a mirarlo. Draco pudo ver las gruesas cejas inclinarse como si algo le molestara.
—No tengo novia.
—Tu invitada, la golfa de tu habitación —Potter iba a decir algo, pero Draco no lo dejó. Se detuvo en un escalón arriba de Potter y le dijo—: No me importa si opinas diferente, para mí no es nada educado quedarte a dormir en la habitación de otro hombre sin tener una relación.
—Eso es como del siglo pasado.
—Fui educado con estándares del siglo pasado —Draco siguió bajando las escaleras mientras Harry se quedaba un poco atrás, aún confundido.
—Tú y yo hemos dormido en la misma habitación sin tener una relación —Draco cerró los ojos cuando la voz y el comentario de Potter llegó a sus oídos. Fue la gota que derramó el vaso.
—Pues tal vez podrías pedirme que me casara contigo, ya que voy a tener al hijo que tantas ganas tienes por educar y criar como un bribón gryffindor y ponerle tu apellido; es más, ¿qué te parece si lo llamamos James, como tu difunto padre? Olvidemos que soy un Malfoy y que lo estoy gestando.
Harry se aproximó al rubio, lo tomó por la cintura y chocó sus labios contra los suyos para que dejara de hablar. Draco no reaccionó en lo que estaban haciendo. Colocó sus brazos sobre los hombros del moreno y empuñó en su mano un montón de cabello negro. Se dio cuenta de que era más suave de lo que se había imaginado. Siguieron besándose incluso sin importarles que el vientre de Draco estaba en medio, o que estaban a mitad de las escaleras o que una pelirroja los veía atentamente.
Ya vamos por el décimo capitulo, aun sin beta reader que anda ocupada (supongo), les comunico que quedan cinco capitulos por subir y listo, este cuento se termina aunque me falte el epilogo que ni siquiera he decidido a escribir, pero si me convencen me pongo a hacerlo. No soy la mejor escritora de fics del fandom, pero pueden estar seguras de que haré mi mayor esfuerzo.
Estaba viendo en las estadísticas del fic y 30 personas lo pusieron como favorito y 35 los siguen, muchas gracias, de aqui al infinito; si esas 35 personas dejarán reviews cada que leen un capitulo me daría un infarto agudo al miocardio, júrenlo.
Otro punto importante a tratar. Los adelantos: No son del capítulo siguiente. Hay quienes me preguntan que en ese capítulo no salió nada del adelanto pasado. Claro que no, los adelantos son casi del final, para que se queden con la curiosidad de lo que pasa y sigan leyendo.
Adelanto: -Harry, que bueno que te encuentro –la rubia resollaba mientras se ponía la mano en un costado, aguantando los piquetes de cansancio por la carrera-. Ron y Draco se quedaron atrapados en el elevador. Ron está inconsciente.
Chiste: ¿Qué es amarillo, le aprietas a un botón y se hace rojo?
R= Les digo en sus respuestas a los reviews, así ustedes escriben y yo les contesto, todos salimos ganando ¿o no?
