Lo pegó a la pared y siguió devorándole, Draco se dejó comer los labios y no sólo eso, envolvió con los brazos el cuello del moreno y se dejó desnudar nuevamente. Cuando estuvo desnudo fueron a la cama y se dejó extender por la cama, Harry se puso sobre de él y comenzó a darle pequeños mordiscos en el cuello. Bajó por su pecho y se entretuvo en su vientre, lamiendo, besando y acariciando la protuberancia donde el bebé aguardaba a la vida.
No dejó de acariciar, pero su boca bajo hasta que tuvo frente a él el espléndido pene del rubio, con sus bellos rubios, ensortijados, coronando el falo que se alzaba majestuoso con toda su excitación.
Comenzó besándolo desde la cabeza hasta los testículos, depositando algunos lametones, llenándolo de saliva mientras escuchaba a Draco gemir ruidosamente. Harry no podía verlo por el abultado vientre pero podía adivinar que el rubio estaba sujetándose fuertemente a las sabanas, probablemente imaginando que era el cabello negro de Potter el que enredaba entre sus dedos y le imponía un ritmo.
Harry se ensalivó un dedo y el mismo lo incrustó en la entrada del rubio. El hombre se tensó pero se relajó cuando sintió de nuevo las atenciones sobre su falo. Harry se fue introduciendo, poco a poco empujando las paredes del rubio, abriéndose paso y dilatando para prepararlo hermosamente. El rubio se adaptó rápidamente aunque Harry no podía verle la cara, se separó un poco de su pene y comenzó a besar y a mimar las piernas del rubio. Subió y lo besó en los labios sin haber retirado el dedo de su entrada.
Al primer dedo se le unió un segundo y entre más besos y caricias, un tercero. El rubio lo quería todo, era rara para él esa sensación de necesidad en su interior. Se puso sobre su costado izquierdo, colocaron una almohada bajo su vientre y levantó el trasero para que Harry tuviera mejor ángulo.
—Entra, por favor —dijo Draco mientras se posicionaba esperando más besos. Harry suspiró contra sus labios, besándolo en la mente pero gimiendo contra sus labios.
El moreno siguió besándolo en el cuello, subiendo hasta sus lóbulos mientras localizaba su pene en la entrada del rubio. Lo frotó por un momento antes de comenzar a hacer presión.
El anillo de músculos cedió gracias a la previa preparación. Harry sintió las paredes apretarse a su alrededor y su pene dejó de avanzar a pesar de la lubricación y la dilatación. Draco tenía los ojos cerrados y un rictus indescifrable en la cara. Cuando estuvo totalmente dentro volvió a besarlo en los lugares donde tenía alcance. Draco comenzó a buscar su boca, se encontraron besándose apasionadamente. Propinándose mordidas y empujones.
Draco necesitaba el movimiento de Harry entrando y saliendo. Movió la cadera, pegándose a la pelvis del moreno y él comprendió el mensaje. Se separó un poco, acarició los pezones de Draco y salió de su interior casi totalmente hasta que volvió a arremeter tocando en el proceso el punto especial de Draco. El rubio gritó, se aferró a la almohada y enterró la cabeza entre los cojines.
Harry repitió el movimiento, jadeando de excitación, escuchando embelesado como el rubio gritaba y gemía, mientras se retorcía. Salió de él y lo puso a cuatro patas para penetrarlo nuevamente, Draco gemía más pero se dejaba hacer. Con su trasero expuesto, Harry lo sujetó de las caderas y de pronto toda la situación se volvió en erótica y excitante. Verse a sí mismo como se enterraba en ese apretado pasaje mientras veía la mano de Draco masajearse, llevando el ritmo acompasado de sus estocadas y sus masturbaciones. Harry vio como el rubio se inclinó hacia adelante, pegando la frente a las almohadas.
—¿Estás bien? —preguntó, parando en seco, decidido a detenerse si Draco se sentía mal.
—Sí, casi me vengo —respiraba agitadamente mientras se sostenía todo su miembro desde la base de los huevos—. Sigue.
Harry volvió a salir e introducirse, esta vez más consciente de la fuerza de cada estocada, sentía tanto placer desde su zona genital que por momentos perdía el sentido de con quien estaba. Los gemidos de Draco volvieron a escucharse, el rubio se levantó de nuevo y pegó su espalda al pecho del rubio, giró la cabeza y Harry lo interceptó y se besaron apasionadamente.
Las estocadas de Harry se hicieron cada vez más erráticas, más fuertes y desatinadas. Se separaron, Harry lo puso boca arriba, lo beso y mientras pegaba su frente con la de él lo penetraba de nuevo.
Siguieron por un momento más, mientras Draco lo tenía apresado con sus piernas hasta que ambos llegaron juntos al orgasmo, apretándose el uno con el otro, sintiendo las corrientes eléctricas, tan pegados que las chispas saltaron. Cerraron los ojos y se dejaron llevar. Draco sintió una ligera punzada en el bajo vientre pero eso no impidió que se dejara arrastrar hasta el límite, por un ligero espacio de tiempo, sintiéndolo como si hubieran subido al cielo un par de años.
Juntos jadearon al mismo tiempo para recuperar el aire que no habían recibido sus pulmones llenando la habitación de jadeos y respiraciones aceleradas, tratando de recuperar el ritmo. Harry se recostó al lado del rubio, ambos respirando agitadamente aún. Draco se acariciaba el vientre, justo donde había sentido la punzada pero pensando en las estrellas que había visto cuando habían llegado juntos.
Había sido su segunda experiencia como pasivo y, como en la primera, no había estado nada, nada mal. Hombres como Potter eran para eso, para darle duro y para disfrutarse a lo grande, dejarse llevar por sus instintos carnales, dejarse hacer hasta que lo llevaran a la locura. Potter era el prototipo de hombre del que se pelan mujeres y hombres por igual, de esos que uno esperaba encontrar en una construcción, con sus musculosos brazos a la intemperie, bronceándose deliciosamente, con el sudor escurriendo por todo su cuerpo.
Draco se levantó en un codo, mirando a Harry quien tenía los ojos cerrados, se veía relajado. De un rápido movimiento lamió su mejilla, llevándose las gruesas gotas de sudor que recorrían su rostro, otorgándole esa imagen brillante a su piel.
—¿Cómo estuve? —dijo Harry sin abrir los ojos pero sonriendo, satisfecho.
—¿Siempre preguntas lo mismo para que tu poca autoestima no se desmorone?
—Sólo cuando me acuesto con pomposos como tú —Harry se giró y abrió los ojos para verlo. Lo que se podía.
—Tienes un nueve. Más te vale subir esa nota —Draco se acomodó en su pecho, pegando la oreja a su piel y escuchando los latidos de su corazón. El vientre quedó muy pegado al costado del moreno, detalle que aprovechó para acariciarlo.
—La subiré, por supuesto —Harry siguió acariciando su vientre. Estuvieron a punto de dormirse hasta que escucharon lo que pareció el rugido de un león.
—Potter, ¿te comiste a un león vivo y ruge en tu pecho?
—No, fue tu estómago, no has comido en todo el día.
—¿Y qué estás esperando para traerme algo de la cocina, una invitación por escrito? —Harry soltó una carcajada como las que caracterizaban a Sirius. Una de las más épicas carcajadas que parecían el ladrido de un perro grande.
—Está bien —se sentó y se puso el pantalón gris que le había quitado a Draco—. No te vayas a dormir.
—Te esperaré aquí sentado.
Mientras Harry bajaba a la cocina a preparar un par de sándwiches y una jarra de jugo. Al volver a la habitación no encontró a Draco donde lo había dejado pero sí escuchó el sonido del agua caer en la regadera. Depositó la bandeja con la comida en la mesita de noche y abrió la puerta del baño. En la cortina Harry pudo distinguir la figura del rubio. Harry sintió una opresión en el pecho, no fue algo malo, no precisamente. Sintió como si fuera cualquier otra persona pero nadie podría reemplazar al Slytherin nunca.
Tocó la puerta y el rubio se asomó por la cortina. Las gotas de agua se escurrían por su cara hasta su barbilla y los mechones de cabello rubio se adherían a toda su cara hasta su cuello y hombros.
—¿Quieres bañarte? Acabo de entrar.
Después de ducharse y hacer el amor por segunda vez, ambos comieron los emparedados que hizo Harry. Draco se estaba poniendo cada vez más nervioso por lo de la cena con sus padres. No quería ver ni escuchar nada malo de parte de ellos. Tampoco esperaba abrazos y besos pero pensó que claramente él tenía más motivas para estar molesto con ellos. Recordó brevemente los cinco largos años que había pasado en soledad, sin saber si ellos seguían vivos o habían muerto. Sin recibir una carta. Ellos se olvidaron totalmente de él.
Ahora le habían escrito a Potter para decirle que estaban formalmente invitados a compartir con ellos la cena en Malfoy Manor.
—Siéntate, cuando tengamos que irnos no podrás caminar —Harry estaba leyendo el periódico tranquilamente, con el rabillo del ojo veía a Draco caminar de un lado a otro de la sala, sólo esperando que se dieran las seis para partir. Ya habían tomado el té, aunque Draco difícilmente le había dado dos tragos.
—¿Cómo me veo?
—Es la quinta vez que te lo digo, te vez elegante —el moreno no despegó la vista del periódico, pero no lo necesitaba para saber que usaba una elegante túnica negra con costuras plateadas en las empuñaduras de las manos y en el cuello. Su cabello lo había peinado hacia atrás aunque algunos mechones rebeldes aún escapaban hacia el frente pero los echaba para atrás de un simple manotazo. Traía un par de anillos, entre ellos el de la familia Malfoy que su padre le dio a los dieciséis años.
—No me has visto —Harry dejó el periódico, se levantó y caminó hasta ponerse frente a él. Lo tomó de la cintura y lo pegó a su cuerpo, aun con el vientre entre ambos lo besó en los labios y lo pegó a su pecho. Draco luchó un poco pero al final se dejó hacer.
—No te he quitado la mirada de encima desde que desperté por la mañana. Te vez hermoso con lo que sea que vistas —Draco se relajó notablemente entre sus brazos—. No tengas miedo de tus padres, quienes te deben una explicación son ellos, recuérdalo.
—Nunca lo admitirán.
—Eso no importa, si es necesario yo les gritaré para que tú no te exaltes.
—No puedes gritarle a mis padres —Draco no podía cubrir la sonrisa que se instaló en su cara. Todo lo que había obtenido de él le había caído como directamente del cielo. Desde el primer día que pisó esa casa hasta aquella tarde que hicieron el amor en la bañera. Recordó como Harry se deshacía en atenciones para él—. Pero puedes intentarlo.
—Vamos yendo, es un largo camino.
Harry lo tomó de la mano y lo condujo por otra puerta que Draco no había explorado. Salieron a un jardín que a Draco se le antojó para tomar los desayunos de vez en cuando.
—¿Por qué no había visto este jardín?
—No suelo salir por acá. Así ha estado desde que lo encontré —Atravesaron una puerta de madera con remaches de hierro y rodeada de plantas y llegaron a lo que claramente era un garaje con un coche estacionado.
—¿Es tuyo? —Draco estaba asombrado de que el Gryffindor tuviera un coche, ni siquiera él se había aventurado nunca a comprar y conducir uno, por lo que sabía eran muy peligrosos—. Yo no me subo a eso.
—Es muy seguro. No lo saco muy seguido, pero me agrada conducirlo cuando son grandes distancias —Harry lo volvió a jalar y a posicionarlo junto a la puerta del copiloto la cual abrió para él—. Entra.
—La gente me verá así.
—Está encantado para que la gente del exterior sólo vea a dos personas que no platican ni se mueven. Eso les da más miedo y no se acercan ni miran el coche.
El coche era un volvo S40 de cuatro puertas en color negro con vidrios polarizados ligeramente. El auto brillaba como nuevo, Draco reconoció una capa de magia en él para ahuyentar la suciedad y el polvo.
Draco entró al coche y se puso en cinturón de seguridad, miró al frente y cuando Harry se posicionó frente al volante no dijo nada ni volteó a mirarlo si quiera. Harry dio un movimiento de varita y la pared frente a ellos comenzó a moverse, Draco se dio cuenta de que era el portón de una cochera que se levantó para dejarlos salir. El moreno hizo salir el auto y la puerta del garaje se cerró, aceleró y se perdieron en la avenida.
El tráfico era fluido, Draco calculó que hasta Wiltshire harían cerca de una hora, se puso cómodo, movió el asiento y se dedicó a mirar la gente pasar en la calle.
—Vamos a llegar tarde.
—En cuanto salgamos a la carretera lo hare invisible y llegaremos a Wiltshire volando.
—¿Seguro que sabes manejar esta cosa? —Draco se apretó más contra el asiento y volteó a mirarlo con cara de terror.
—Claro que sí, tengo varios años con él, no te preocupes —Harry le sonrió y eso pareció relajarlo un poco más—. Nunca haría nada que te pusiera en peligro.
Draco se sonrojó y de nuevo regresó la mirada al frente. Las mariposas en el estómago le daban una sensación muy agradable, nada que hubiera sentido antes.
—Tengo también la moto de mi padrino. Arthur Weasley me ayudó a repararla después de su última aventura. Le hizo algunas mejoras, él también le puso algunos hechizos a este auto.
—No estás logrando tranquilizarme.
—Confía en mí.
En ratos de silencio y ratos de charlas amenas y tras unos minutos de viaje por el aire avistaron las primeras casa del pueblo cercano a la mansión. Atravesaron toda la avenida principal y al fondo vieron un camino bordeado de árboles. Los muggles no veían nada más que un bosque obscuro y sórdido, pero ellos veían un camino con el sol atravesando las ramas, la luz que se filtraba y bailaba con el viento, sonando el viento entre las hojas.
Cruzaron una reja muy alta, atravesaron un camino de grava y Harry se estacionó frente al pórtico. Al fondo podían ver un lago, pero desviaron la mirada cuando la puerta a su izquierda se abrió y por ella salieron Lucius y Narcissa Malfoy.
Cuando Draco lo vio no pudo evitar que su corazón saltara de la emoción de volver a verlos. Después de todo eran sus padres, lo habían protegido cuando él lo había necesitado, ellos habían estado ahí casi toda su vida y cuando él estuvo dispuesto a dar su vida por ellos no se echó para atrás. Las cosas pasaban, después de todo en eso consistía la vida y ahora, a unos segundos de volver a encontrarse con ellos su corazón se emocionó.
A su derecha Potter estaba más al pendiente de él que de la diplomática pareja, tan elegantemente ataviados y con expresiones expectantes, al parecer no podían ver a Draco. Le tocó el hombro delicadamente y el rubio se giró para verlo.
—Ve —dijo, con los ojos brillosos y la piel de gallina.
Draco abrió la puerta pero no totalmente, lo suficiente para ponerse de pie y asomar la cabeza y ver la expresión de sus padres al verlo, no quería perderse ni un segundo. Sólo quería tener una leve idea de sus reacciones.
Aquella mañana Narcissa había despertado de mal humor. Lucius había tenido que lidiar con eso, fue por aquella razón que envió la carta, aunque a nombre de su esposa, con la letra que tanto trabajo le había tomado aprender a imitar. Se había tomado la molestia de hablar con los elfos domésticos que apenas habían terminado de arreglar la mansión, los organizó para que tuvieran preparado todo. Aprovechó que su mujer se había ido a hacer algunas compras y no volvería hasta la hora de la cena, Lucius le tenía preparada aquella sorpresa.
Aunque sabía en qué condiciones llegaría Draco, sabía que probablemente tendrían en casa a Potter y que probablemente habría alguna discusión. Pero todo lo tenía bajo control. Aún funcionaban los hechizos que había puesto su padre antes de morir para proteger la mansión y a todos los que la habitaban, sólo fue cuestión de jugar un poco con las barreras mágicas y todo estaría listo.
Si sus recuerdos sobre el héroe mágico no lo engañaban, todo saldría a pedir de boca.
La hora se acercaba y para entonces él ya estaba agotado de tanto preparativo. Los elfos corrían de un lugar para otro, preparando, limpiando, adecuando y hechizando. Todo debía estar perfecto para recibir a sus visitas… por tiempo indefinido.
Cuando escuchó el crepitar de la chimenea caminó hacia allá, resollando e inspirando profundamente, cuando se paró frente a la puerta nadie podría decir si Lucius había estado esperando ahí todo el tiempo. A pesar de la gran carrera que había hecho se notaba fresco y tranquilo, como si nada lo perturbara.
—Querida, bienvenida —Narcissa se dejó abrazar, se veía de buen humor y las bolsas de sus compras estaban en el piso, alrededor de ella. De un movimiento de varita Lucius envió todo a su habitación donde los elfos domésticos estaban esperando para ordenarlo en sus respectivos lugares.
—Gracias, querido —dijo ella, dándose la vuelta e interceptando sus labios, como reconocimiento—. ¿No se ofreció nada en mi ausencia?
El sonido de la valla abriéndole paso a alguien lo interrumpió cuando iba a contestarle. Una sonrisa imperceptible nació en su rostro y tomó del brazo a su esposa.
—Vamos, parece que alguien llegó.
—¿Tenemos invitados? —Narcissa lo miró y después miró su túnica, el imperceptible hollín de la chimenea amenazaba su impoluta imagen así que de un movimiento de su muñeca todo se fue—. No estoy en condiciones de recibir visitas.
—Pamplinas, te vez tan hermosa como el día en que nos casamos.
Juntos llegaron a la puerta principal y la abrieron para ver un auto negro y brillante estacionarse justo frente a ellos. Bajaron las escaleras al mismo tiempo que la puerta izquierda se abría y por ella veían la cabeza rubia de Draco.
Lucius sintió a Narcissa apretar su mano, no pudo girarse a verla ya que un sentimiento cálido le había golpeado directo el pecho. Ver a su unigénito saliendo de ese auto y saber que en sus ojos no había el odio que esperaba fue suficiente para dejarlo clavado donde estaba.
Vieron a Draco dar un paso para salir de atrás de la puerta cuando la puerta contraria se abrió para dejar salir a Potter, justo como lo había previsto. Sintió que Narcissa se soltó y cuando regresó la mirada hacia su hijo lo vio como lo había imaginado.
Su vientre redondo, grande, cubierto por una túnica que se le ceñía un poco. Narcissa le tapó la visión cuando se arrojó para abrazarlo y él caminó hacia ellos.
No pudo evitar unirse a ellos.
Harry se quedó impresionado al ver la reacción de los padres de Draco. En su mente había bailado mil imágenes, todas escenas diferentes sobre la reunión, desde reclamos hasta maldiciones, mínimo la indiferencia hacia Draco.
Estaba impresionado por la reacción más que nada de Lucius. Pudo haberse imaginado al hombre como muchas cosas desde un padre estricto hasta un hijo de puta. Jamás se lo imaginó abrazando a su familia. Se separaron casi inmediatamente y Harry vio el sonrojo en los tres rostros rubios, caminaron hacia la casa y él lo siguió, más por Draco que porque lo hubieran invitado.
Draco recordaba la mansión cuando brillaba con majestuosidad. La recordaba cuando volvió de su primer año en Hogwarts, como, a pesar de ser tan grande y vacía le otorgaba sentimientos de protección. Lo hacía sentir que dentro de su casa nada malo podría pasar y siempre que tuviera miedo podía ir ahí y refugiarse, tomar el té con sus padres, jugar en el invernadero, correr en los jardines y perseguir a los pavorreales de su padre.
Ahora, a sus casi veinticuatro años y a punto de tener a su primer hijo, aquella casa volvía a inspirarle aquellos sentimientos. Se giró para buscar a Harry, aunque los brazos de su madre se aferraban fuertemente a él, nada impidió que se encontraran ambas miradas y que la conexión fuera inmediata. Ahora todo aquel sentimiento que la casa le provocaba lo había transportado hacia el moreno.
A sus ojos verdes como el invernadero, a su piel blanca como los pavorreales y a su cuerpo musculoso y firme como las paredes firmes del que un tiempo fue su hogar.
Alargó la mano, detuvo la marcha y Harry sonrió mientras se sujetaba a él y entrecruzaba sus dedos. Se sonrieron y siguieron caminando junto al matrimonio Malfoy.
—No ha cambiado nada la casa —dijo Draco cuando pasaban por las escaleras que conducían a la segunda planta donde se suponía que estaba su habitación. Al fondo estaba la chimenea, a Harry le pareció la más grande que había visto en toda su vida. Un troll de montaña podría pasar por ahí sin problemas.
Atravesaron algunas puertas y llegaron al salón donde estaba servida la cena, dispuesta en cuatro lugares. Tomaron sus lugares, Lucius a la cabeza y Narcissa a su izquierda. A la derecha de Lucius, Draco y a su lado Harry. La mesa estaba llena de brillantes cubiertos, el moreno no supo cual usaría para empezar, con su expresión de horror miró a Draco quien le hizo señas para que lo viera primero a él antes de hacer cualquier movimiento.
Mágicamente el cucharon de la sopa comenzó a flotar. Tomaba una ración y la depositaba cuidadosamente en los platos frente a cada comensal. Draco tomó lentamente la cucharilla para la sopa, asegurándose de que Harry a su lado tomaba la misma y comenzó a comer con los modales que sus padres habían pulido.
Harry dejó su faceta de macho dominante en el auto, al parecer, porque se tomó la sopa sin derramar ni una gota. Draco infló el pecho y miró a Lucius y a Narcissa, muy orgulloso del hombre al que había escogido.
Le siguió el plato fuerte, el cual fue servido de la misma forma. Harry no estaba seguro de si era carne de pato o de liebre, pero la salsa de champiñones sobre el medallón de carne le gustó tanto que estuvo muy tentado en repetir. Draco apenas si le quitó algunos trozos a su platillo. El moreno pensó en una muy elaborada manera de distraer a los anfitriones y cambiar de plato con el rubio. Una vocecilla con el tono de Hermione le advirtió de que se resistiera.
El silencio lo ponía más tenso, y cuando Potter estaba tenso comía. Terminó su plato cuando los tres rubios iban por la mitad así que empezó a comerse el pan inclementemente. El orgullo que había llenado las entrañas de Draco se había convertido en borra y le había quitado el apetito. Narcissa carraspeó y Lucius pareció asomar una pequeña sonrisilla de burla la cual no escapó al ojo bien entrenado de Draco. Con todo aquello llegó el postre.
Pequeños panecillos con centro cremoso y lo que parecía mermelada de frambuesa. Tan pequeños que podía comerse tres de un bocado. Harry sentía que podría aguantar ni media hora sin una hamburguesa con tocino y mucho queso amarillo. Comparado con lo que había disque comido esa noche, una hamburguesa era un buffet completo. Harry no toleraba la comida elegante, menos la comida elegante con nombres que no podía pronunciar.
Sintió un golpe en las costillas y se giró para ver al rubio quien depositó su mano en su pierna. Él quiso atraparla y enredar sus dedos cuando Draco la quitó rápidamente, sin esperar a más que aquel roce.
—El moelleux está excelente —dijo Draco. Harry pensó en el nombre e incluso pensarlo se le hizo difícil—. ¿Qué opinas, Harry?
No entendía como la gente como ellos podía comer esa cosa partiéndolo en tantos trozos, haciéndolo durar tanto. Si le pusieran una caja de cincuenta piezas en frente no le duran ni media hora. Ellos parecían llevar quince minutos con un simple pastelito.
—Es muy pequeño.
—Es lo justo —dijo Narcissa como quien no quiere la cosa. Draco supo reconocer el esfuerzo que hacían por no ridiculizarlo. Se sintió agradecido—. De ser más, serían demasiadas calorías.
—Draco necesita calorías.
—Draco necesita cuidar lo que come o no podrá volver a su peso —dijo Lucius. Harry vio como los hombros de Draco se tensaban.
—A mí me parece que sabe cuidarse muy bien, he convivido más tiempo de su embarazo que cualquier persona —"Touché".
Lucius se puso de pie, todos lo miraron esperando cualquier cosa, aún que tan sólo expresó unas cuantas palabras.
—Pasemos a la terraza —se pusieron de pie y lo siguieron.
El resto de la noche transcurrió tranquila. Cuando estaban por despedirse una fuerte nevada calló de improvisto sobre la mansión y todo lo que se alcanzaba a ver en la ventisca. Ambos jóvenes voltearon a verse. Narcissa miró a Lucius y el hombre sólo volcó un pequeño trago de su coñac en su boca, lo saboreó un momento e inmediatamente tronó los dedos. Un pequeño y asustadizo elfo domestico apareció frente a ellos.
—El amo Lucius llamaba, señor —el elfo se inclinó tanto que sus orejas anchas cubrieron sus mejillas y su nariz chata casi tocó las uñas de sus pies.
—Asegúrate de que la habitación de nuestro hijo está preparada para que pasen ahí la noche.
—Padre, no es realmente necesario… —dijo Draco, pero fue interrumpido inmediatamente.
—No seas tan obtuso, Draco. En tu estado no veo sensato arriesgarte de esa forma —levantó la copa en su mano como si brindara con alguien detrás de Harry y volvió a dar un sorbo pequeño, paladeando y disfrutando del licor mientras atravesaba su garganta—. Por favor, debo insistir en que aprovechen la noche en la habitación de Draco y nos acompañen el día de mañana en el desayuno.
Harry logró distinguir cierto brillo en los ojos del rubio, cosa que no era realmente ilusión pero así la interpretó y asintió con la cabeza. La comida había reposado por bastante tiempo y así, las dos parejas subieron las escaleras dobles para dirigirse a las habitaciones.
Ya en la habitación, Harry no podía superar la primera impresión. El cuarto de Draco era enorme. Se imaginó al pequeño y delgaducho Draco a los quince años ahí acostado en la cama, apenas una manchita en tan enorme cama con doseles hasta el techo de tres metros, de postes anchos y gruesas telas colgando. Las puertas del balcón estaban abiertas de par en par y a pesar de la tormenta de nieve que caía afuera, una suave brisa llegaba hasta ellos, ondeando así las satinadas cortinas, tan ligeras y largas que casi llegaban hasta ellos.
Draco se sentó en la cama y Harry lo siguió, sintiendo que no podía cerrar la boca y admirar todo con discreción. La risita a su lado lo volvió a la realidad.
—Parece que nunca habías visto un techo blanco.
—¿Ah, es blanco? —dijo Harry, dándole a entender al rubio que lo último que había notado había sido el color de las paredes, que por cierto eran algo así como color perla.
—De hecho es color marfil —dijo Draco, mirando el techo también. Comenzó a desatarse la túnica, a quitarse los zapatos y se despeinó un poco.
—Sólo tú podrías distinguir el color marfil del beige y del perla. Y, además poder darme cien razones de porque es tan diferente del blanco.
—Soy un artista completo —se puso de pie y la túnica calló, dejándolo solo en la ropa delgada que llevaba de fondo. Caminó hasta la cabecera y comenzó a jalar los cobertores y las sabanas, se metió entre ellas y con cansancio comenzó a recostarse.
Harry dio tres pasos y se situó a su lado casi totalmente desnudo. Draco no vio a donde arrojó la ropa, pero tampoco tenía energías para levantarse a ver.
—Parece que la cena con tus padres salió bien. Nadie tocó el tema de… —lo pensó por un momento—, de nada, de hecho.
—¿Tú por qué crees que nos invitaron a desayunar? Hay más tiempo para discutir entre el desayuno y el almuerzo, ahí es donde de verdad escucharas a la familia Malfoy.
Harry notó que Draco de verdad estaba cansado. Recordó la tarde en Grimmauld Place, la noche que pasaron juntos y el pesado ambiente del desayuno con Ginny. Se acurrucó a sus espaldas y pasó los brazos hasta que lo cubrió totalmente. Juntos cerraron los ojos y decidieron ignorar los pensamientos de lo que pasaría el día siguiente.
Cuando Harry despertó encontró el lugar de Draco vacío y frío. Harry se vistió inmediatamente y salió de la habitación. Se colgó la túnica en el brazo y mientras caminaba se acomodaba el cuello de la camisa. Se colocó bien el cinturón y bajó las escaleras hacia el recibidor, recordando el camino que habían recorrido la noche anterior Draco y él.
Atinadamente entró al comedor y se encontró únicamente a Lucius quien leía el diario y bebía una taza de té. Al lado izquierdo de él, brincándose un lugar estaba todo dispuesto para el desayuno de una persona. Harry se quedó de pie y simplemente carraspeó.
—Buenos días, Potter —Lucius bajó el diario y lo vio a los ojos. Algo en la expresión del hombre no le gustó al moreno—. Toma asiento, está todo dispuesto para tu desayuno.
—Gracias —Harry se sentó en el lugar que Lucius le había indicado pero no tocó nada—. Estoy buscando a Draco.
—Mi hijo y Narcissa salieron por un momento. Desayuna, Potter.
Harry vio desconfiadamente las tostadas francesas y la mermelada. Desde el jugo de naranja hasta la mantequilla le parecía demasiado sospechoso. Se abstuvo de tocar los cubiertos. Lucius le sonrió y depositó el diario al lado de Harry, le dio un sorbo a su taza de té y lanzo una carcajada.
—Como gustes, Potter.
—No suelo desayunar tan temprano. Gracias.
—¿Temprano? Potter, son casi las nueve de la mañana —Harry levantó una ceja—. Bueno, son las costumbres de cada quien. Déjeme agradecerle todo lo que ha hecho por mi hijo. Apoyarlo de esa manera, tan desinteresada, aunque déjeme decirle, señor Potter, que le será devuelto cada knutt que usted ha invertido en servicio de mi hijo.
—Eso no es necesario, y se lo dije a Draco —dijo Harry un poco aireado—. No necesito que me paguen nada, además, Draco y yo formaremos una familia.
Lucius se estremeció completo, soltando una atronadora carcajada.
—Pero qué cosas dice, Potter. Mi hijo volvió con su familia, claro que ya no lo necesita. Que compara el contenido de mis bóvedas en Gringots con las suyas, Potter. Mi fortuna ha mantenido holgadamente a generaciones y generaciones de Malfoys que no han movido ni un dedo para generar dinero y despilfarrarlo en lo que lo gastaron.
—Pero ustedes lo dejaron solo.
—¿Eso te dijo, Potter? —Lucius movió la mano como espantando una mosca que lo molestaba—. Draco a veces es tan dramático. Draco fue quien nos dejó, después de todo, quería enfrentarse al mundo él sólo, como cualquier tonto y soñador joven que cree que puede conquistar al mundo únicamente con su varita y tres galeones.
Harry se quedó sin palabras. Draco había sido criado de cierta forma que desde el principio no había quedado con el tipo de vida que le había contado a Harry que había llevado los últimos cinco años.
—¿No lo entiende, Potter? —Harry levantó la cara y lo miró a los ojos—. Cuando mi hijo vio que se le terminaban las opciones apareció usted y todo volvió a estar bien hasta que llegamos nosotros.
—Draco estaba muy molesto con ustedes.
—Claro, despilfarró su dinero y cuando nos negamos a enviarle más se desentendió de nosotros.
—Usted está mintiendo —dijo Harry—. No sé cómo el ministerio permitió que se fuera, como un inocente padre de familia.
—Es la suerte de los Malfoy —sonrió sardónicamente, llenando el corazón de Harry de incertidumbre—. Si conoces el orgullo, Potter, te sugiero que te vayas. Que te vayas y no vuelvas a buscarlo. Aléjate de mi familia.
Harry se puso de pie, confundido como estaba, con mil cosas rondándole en la cabeza sintió que explotaría. Salió dando trompicones del comedor y en el caminó atropelló a Narcissa quien lo miró desconcertada.
Harry no supo lo que murmuró la mujer, sólo se dio cuenta que había estado reteniendo la respiración en el pecho. Comenzó a hiperventilar cuando había salido de Wiltshire en el auto volador, se transportaba a gran velocidad. Bajó los vidrios y el aire comenzó a zumbarle en los oídos. Las palabras de Lucius aún rezumaban en su mente. Para Draco había sido conveniente encontrarlo. Ya no lo necesitaba.
Ahora no sabía qué pensar, estaba a punto de regresarse a la mansión para encarar al rubio cuando algo entró volando al auto y perdió el control, el vehículo comenzó a caer en picada hasta chocar con la fría superficie de un lago. Unas solitarias burbujas salieron antes de que la superficie volviera a congelarse totalmente.
Ya sé que me tardé, lo siento por eso. Me dio depresion que puse un nuevo fic y nadie lo peló, bueno, algunas personas y se lo agradezco.
Muchas gracias por su apoyo y por todos sus comentarios. A los que leen y no dejan comentarios, no les deseó mal pero ojalá que pisen una pieza de lego descalzos.
No es cierto, muchas gracias igualmente por leer aunque me gustaría saber lo que piensan del fic. Si es mucho drama o si es poco, si Draco está muy gordo o muy flaco, si Harry es muy educado o muy animal. Cosas así. Yo le eché mucha galleta a este fic y creo que se cumplió el propósito.
Malas noticias para todos quienes están leyendo esto: El fic está por terminarse. No he escrito el epilogo, por consiguiente ya no habrá adelantos, chiste sí, para que se consuelen.
Chiste: - Doctor, doctor, tengo un caso agudo de herpes, gonorrea, peste
bubónica, sífilis y SIDA.
- No se preocupe, le ingresaremos en un cuarto particular y le
pondremos a dieta de pizza.
- ¿Pizza? ¿Y eso me curara?
- No, pero es que es lo único que cabe por debajo de la puerta.
