Habían pasado dos semanas desde que Harry lo había dejado ahí. En palabras de su padre, Potter había reconsiderado la idea de cargar con un hijo que no era de él. Draco sabía que ahí había algo sospechoso, todo con la firma de Lucius. Aquel día lo vio salir de la mansión como alma que llevaba el diablo, entró al auto y lo encendió, arrancó y se perdió en el aire. Draco apenas había llegado a la puerta de entrada cuando el auto de Harry sólo era una mota negra en el cielo.
Inmediatamente sintió la mano pesada y grande de su padre en el hombro. Draco no entendía lo que había sucedido, se giró y lo encaró.
Ya no recordaba exactamente todo lo que había gritado, sólo recordaba las palabras de Lucius: "No está dispuesto a cargar con una responsabilidad que no le corresponde, el héroe". Draco gritó y gritó hasta que se le terminó la voz. Claro que no le creía, él conocía muy bien como Lucius podía mentir sin titubear.
Desde aquel día todas las palabras con aquel hombre se terminaron. Su madre entraba por las noches a su habitación, siempre acompañada de una jarrita y dos tazas para te, unas cuantas galletas y ocultos en la túnica, uno cuantos chocolates. Sentía que ella comprendía sus sentimientos. Todo lo que había creído que tendría con él, la tranquilidad y la independencia que había soñado se había esfumado y de nuevo se sentía atrapado en aquella jaula.
A veces ella lo encontraba boca arriba en la cama, acariciándose el vientre y platicando con su hijo, imaginándose posibles escenas de Harry y él reencontrándose y aclarando los malentendidos sembrados por su padre.
Su propio padre traicionándolo así, pero qué podía esperar realmente del hombre que no se la pensó ni un segundo para abandonar a su familia y largarse, dejándolos a ellos hasta el cuello de problemas y deshonra. De esa forma pasó aquellas dos largas semanas que le parecieron el infierno mismo.
Estaba viendo la nevada cruda, con las ventanas de su habitación cerradas. Se acariciaba el vientre como recordaba que Harry lo hacía y sólo así lograba tranquilizarlo. Hasta él podía sentir la ausencia del moreno.
La puerta tronó a sus espaldas y regresó al presente, dos semanas después de que alguien había jugado con ellos.
—Draco.
Era Lucius, de nuevo, intentando que le dijera algo.
—Vamos a salir a cenar tu madre y yo, si quieres puedes acompañarnos.
Draco se giró y lo miró con los mismos ojos vacíos. Parpadeó un par de veces y por un momento se olvidó de por qué estaba tan enojado con él. "Potter" recordó.
—¿Por qué hiciste que se fuera?
—¿Para qué lo necesitas teniéndonos a nosotros, tu familia?
—Porque ya soy grande, quiero formar mi propia familia y él me aceptó a pesar de todo lo que tú le hiciste. A demás de que ustedes me abandonaron en primer lugar.
—Pero volvimos por ti, Draco. Cuando vimos que estabas en problemas con ese. Potter —dijo Lucius como si escupiera el apellido de Harry.
—Yo ya no los necesito, no cuando lo tengo a él. Ahora él y mi hijo son mi familia. Esta mansión ya no es mi hogar —Draco le dio la espalda, quitándose rápidamente una lágrima que se le escapaba de los ojos—. Vete, no quiero verte.
Lucius guardó silencio un par de segundos, sacó su varita y de una floritura hizo que un periódico apareciera frente a Draco, el joven rubio lo tomó y leyó el encabezado. Sus ojos se abrieron hasta que ya no pudo más, se puso de pie rápidamente, sin importar su vientre, sin importarle nada más y salió de su habitación. Gritó el nombre de su madre hasta que llegó a la habitación que compartía el matrimonio.
Narcissa lo interceptó a la entrada de la habitación, lo tomó de los hombros e hizo que lo mirara. Draco no podía hablar, tenía todas las palabras atoradas en la garganta. Cuando estuvo a punto de caer Lucius lo sostuvo por atrás. Draco se giró y se abrazó a lo que tuvo a la mano, que fue Lucius; para soltarse llorando desconsoladamente. La mujer le dirigió una mirada a su esposo donde le decía que no comprendía nada así que leyó el periódico. Era de hacía dos semanas, anunciando la muerte del salvador más joven del mundo mágico.
Tomó a Draco por los hombros y lo giró para que la viera.
—Harry está vivo —Draco no entendía pero dejó se llorar, después de unos minutos que Narcissa esperó para que se tranquilizara sólo estaba hipando y ella se lo repitió—, Harry no murió. Este periódico es un ejemplo de sensacionalismo nada profesional.
—Explícate —dijo Draco, limpiándose las lágrimas con las mangas de su túnica.
—No creo que sea apropiado —dijo Lucius. Narcissa miró a su marido por un par de segundos y el hombre bufó y salió azotando la puerta.
—Harry cayó a ese lago, lo encontraron dos días después casi congelado y moribundo pero no murió. Nadie se explica cómo sobrevivió. Este —Narcissa apareció otro periódico con el encabezado de la reaparición de Harry y su estado de salud tan delicado—… fue el periódico que convenientemente tu padre no te mostró.
—Nadie se explica cómo le ganó al Lord —dijo Draco, respirando profundamente pero sonriendo, aunque las lágrimas seguían deslizándose por toda su cara. De pronto comenzó a llorar nuevamente y Narcissa lo abrazó para consolarlo.
—Es un hombre fuerte, deja de preocuparte.
—Dime la verdad, ¿por qué me dejó? —Draco levantó la cara del pecho de su madre y la miró intensamente. Fue en ese preciso momento que comprendió que no sólo le hacía falta o se había encariñado con él. Todo Harry, su forma de ser, de tratarlo y de cuídalo lo había hecho que se enamorara. Ahora que no lo tenía podía admitirlo sin problemas. Estaba enamorado de Harry -Jodido- Potter.
—No lo sé, pero ¿por qué no se lo preguntas tú mismo? —Narcissa se quitó el dije de su collar y lo tocó con la punta de su varita. Inmediatamente cuando Draco lo tocó sintió un suave viento que, como una tormenta de arena se llevó todo a su alrededor. Sin soltar el collar se llevó una mano al vientre y otra a los ojos.
Cuando los abrió tuvo que acostumbrarse a la oscuridad. Estaba de nuevo en Grimmauld Place y lo supo sólo con detectar el rancio olor de la alfombra de la entrada y el paragüero de pata de troll. Inmediatamente gritó llamando a Harry.
Subió las escaleras hasta el cuarto del moreno pero todo estaba en penumbras. Entró al que había sido de él y encontró todas sus cosas como se habían quedado. Bajo las escaleras y fue cuando vio la luz del salón encendida. Empujó la puerta un poco y lo encontró.
Harry estaba frente a la chimenea, enredado en una manta hasta las orejas, durmiendo tan apaciblemente que por un momento pensó en dejarlo dormir más tiempo.
Se acercó y le descubrió una mano para tocarlo, estaba helado. Cuando iba a salir por una manta más escuchó como gemía y se giró para verlo de nuevo.
—Harry.
—¿Draco? —el moreno se talló los ojos y se quitó la frazada de encima, se puso de pie y se acercó al rubio—. ¿Qué haces aquí?
—Mi madre me ayudó a venir —lo agarró de la mano y lo arrastró hasta el sillón de nuevo—. Siéntate, iré por otra manta, estás helado.
—Espera —Harry lo detuvo de la mano y lo jaló para que se sentara a su lado. El moreno vio como le costaba un poco de trabajo y hacía gestos como de dolor—. Pensé que ya no querías verme.
—¿Eso te dijo mi padre? —Harry no le respondió, solo suspiró profundamente. Draco se acarició el bajo vientre—. No te alcance ese día, cuando llegué a la puerta de la casa tú ya ibas muy lejos.
—Me dijo muchas cosas, tenía mucho que pensar.
—No confiaste en mi —Draco jaló su mano y la dejó sobre su rodilla, asegurándose de que Harry no lo tocara se recorrió lo más lejos que pudo.
—No fue eso… —Draco se puso de pie y Harry volvió a ver ese gesto de dolor en su cara—. Draco ¿estás bien? Siéntate, por favor.
—Sólo me duele la espalda —dio un profundo suspiro y se acercó a la chimenea para calentarse. La casa estaba helada—. Hiciste mal en salir de esa forma. ¿Desde cuándo confías más en lo que dice mi padre que en lo que te digo yo? Me duele decirlo, pero ambos sabemos de lo que es capaz.
—Y los dos sabemos que tú siempre has sido un mimado que le gusta que la gente haga lo que quiere —dijo Harry, acercándose a él por la espalda.
—¿Desde hace cuánto tiempo te estas guardando eso? —preguntó Draco girándose y encarándolo, percatándose así que lo tenía extremadamente cerca.
—Siempre te lo he dicho. Perdón, ese día estaba nervioso, me asuste porque no te vi en la cama conmigo y cuando Lucius comenzó a decirme todo aquello… —lanzó un profundo suspiro como si estuviera viviendo todo de nuevo—, de pronto todo el miedo me invadió.
—Ya no quiero pensar en eso —Draco hizo un puchero y pasó por un lado de Harry—. Los dos conocemos a mi padre, podríamos dejarlo pasar.
—Eso no quiere decir que entienda por qué lo hizo ni que lo perdone. Aunque no le importe mi perdón.
—Ni yo lo entiendo, pero dejémoslo así —Harry se puso junto a él en el sillón y lo abrazó tan apretado que Draco comenzó a quejarse. Bajó las manos y le acarició el vientre, el bebé se movió y Draco rió—. A mí me dijo que habías muerto, fue mi madre la que me dijo que no era cierto y me ayudó a venir.
—Hijo de… —Draco carraspeó.
—De mi abuela, un dama respetada por la sociedad.
Harry lo besó intensamente antes de que comenzara a enumerar a sus antepasados, el rubio se dejó hacer, incluso se dejó acostar en el sillón con Harry sobre él, cuidando siempre no ser una carga para el Slytherin. Harry comenzó a aumentar la intensidad del beso y Draco también le mostró interés.
Una corriente de aire frío se coló por la ventana y los hizo temblar a los dos. Se miraron a los ojos y sin saber por qué comenzaron a reír, aunque el alivio y el volver a estar juntos era una muy buena razón para gritar de felicidad.
—¿Por qué lo justificas? —dijo Harry, jalando a Draco hacia su cuerpo con cuidado y abrazándolo, asegurándose de que quedaran los dos cubiertos con la manta.
—Merlín sabe que no lo justifico, pero no tiene caso discutir con él ni ponerse en su contra, simplemente no hacerle mucho caso en lo que dice.
—¿Entonces cuál es su problema de que tú y yo estemos juntos? —Harry lo besó en la frente y Draco cerró los ojos, dejándose embriagar por completo por aquel gesto.
—Celos
Harry se quedó totalmente callado, no sabía si creerle o no, pero ya había demostrado que no creerle no era bueno.
—¿Celos?
—Soy su único hijo, Harry. Ya sabrás lo que es sentir que alguien quiere quitarte a tu hijo. Él reconoce que con su actitud me alejó y ahora que vio que no lo necesito más quiere alejarte de mí para que yo me quede con él.
—Incluso una persona horrible como Lucius Malfoy es un buen padre.
—No lo imites, es horrible crecer con un padre como él.
—Si algún día tenemos una hija compraré una escopeta para espantar a todos los hombres que quieran acercársele —Harry siguió su propio hilo de pensamientos, Draco le pegó con el puño en el pecho y notó como las costillas se marcaban más sobre su piel.
—Estás muy delgado —le puso la mano en la frente. No sabía cómo funcionaba aquel gesto solo que toda la gente lo hacía cuando se preocupaban por un ser querido. Harry lo vio y sonrió. Se sentía bien teniéndolo ahí y realmente no le guardaba rencor alguno puesto que él nunca se negó a verlo. Podría decir que si podía culpar a alguien era a él mismo por no haber confiado en el rubio.
Los Malfoy estaban en Londres, habían demostrado que lo querían cerca y Draco seguía en Grimmauld Place con él. Eso era una señal muy clara y ni Merlín en tutú rosa podría superarlo. Draco de verdad lo quería.
—¿Qué pasó con aquel accidente? ¿Fue real?
—Muy real, salí ayer de San Mungo. Ron y Hermione fueron a comprar comida, no deben de tardar —la puerta de la calle se escuchó moverse y el susurro de las voces les llegó al salón—, ¿Tienes hambre?
—Ahora que lo pienso, sí. Espera, bajaré para decirles que comeremos aquí. Tú no te muevas, descansa.
A Harry el corazón le dio un brinco enorme en el pecho sólo de verlo preocuparse de esa forma. Cuando estaba en Hogwarts, Draco no se preocupaba por él más que para hacerlo quedar mal, ridiculizarlo, verlo triste o preocupado y en general que la felicidad no llegara a su vida. Ahora comprendía que el contrario del amor no era el odio, sino la indiferencia y Draco Malfoy nunca había sido indiferente hacia él ni viceversa.
Harry no entendía su suerte de verse al lado de aquel hombre. Aunque había sido difícil la convivencia con él, tuvo sentimientos encontrados cuando lo encontró en aquella celda, no sabía si ayudarlo a salir o dejarlo ahí adentro. En cualquiera de los casos, él se sentiría culpable. Si lo hubiera dejado ahí serían fechas que no podría dormir por conocer la suerte que había sufrido el rubio. Ahora lo tenía a su lado y Harry quería hacerlo feliz.
—Espera, vamos los dos —Draco quiso obligarlo a que se volviera a tender en el sillón y que siguiera descansando pero Harry insistió en que se sentía bien. Juntos encontraron a la pareja en la cocina, preparando la mesa.
Ron se giró y vio al rubio, su entrecejo se frunció hasta niveles insospechados mientras Hermione parecía impresionada e indignada a partes iguales. Ron casi se le avienta encima hasta que Draco se puso detrás de Harry. Sin embargo, el rubio levantó más la cara, respingando la nariz y pareciendo retador.
—Harry —dijo el pelirrojo—, ¿qué hace éste aquí?
—Ron, Draco y yo fuimos engañados por Lucius. No fue su culpa.
—Casi te mueres. Te dejó conducir alterado y por eso te caíste al lago.
—Claro que no fue así. Un pájaro loco entró por la ventanilla, me descontroló y caímos al lago. A él Lucius le dijo que yo estaba muerto.
—Pues casi te mueres… —comenzó el pelirrojo. Hermione interrumpió a su marido, le sonrió a Draco y obligó a Ron a sentarse junto a ella.
—Creo que el asunto no nos compete, Ronald, si Harry lo acepta en su vida nosotros sólo debemos alegrarnos por él.
Ron gruñó algo que Draco no pudo entender, aun así tomó asiento entre Harry y Hermione y juntos se dispusieron a cenar.
Aquella noche, Ron y Hermione fueron a su casa por petición de Harry quien les aseguró que estaba bien, aquellos días en la clínica mágica habían surtido su efecto y no quería causarles más problemas. Ellos le pidieron que ante cualquier problema se comunicaran y volverían sin chistar. Draco estaba acomodando la cama para dormir cuando Harry entró a la habitación tras lavarse los dientes. Lo veía más cansado, su vientre era más grande pero las ojeras bajo sus ojos lo preocupaban.
No sabía cómo lo habían estado cuidando sus padres. De Narcissa no se preocupaba, la mujer se veía loca de amor por su hijo, aquella noche Harry la vio como lo miraba, como lo cuidaba y como le brillaban los ojos cuando Draco hablaba. No había duda alguna de que ella se desvivía por él.
Sin embargo Lucius era más frío.
En algún momento había escuchado que cuando una persona en una casa tenía sentimientos hostiles hacia una persona en proceso gestacional aquella persona y el producto lo resentían. Aunque si Draco decía que Lucius quería mantenerlo con él, Harry creía que ya era su mala vibra natural.
Draco se subió a la cama y se acomodó, recargando la espalda en un montón de almohadas. Respiró profundamente y abrió los ojos para encontrarlo inmediatamente. Sonrió y su rostro se iluminó nuevamente. Harry llegó hasta él y lo besó tan despacio que Draco sintió como aire recorriendo sus labios, su mano delgada se enredó en el cabello moreno y lo mordió quedito.
—Vamos a dormir, tú tienes que descansar y yo he tenido un día pesado —dijo Draco cuando el beso terminó.
Harry por su parte acomodó su almohada y se recostó. Se sintió extraño de ver a Draco cerrar los ojos y prepararse a dormir en la misma posición pero no dijo nada. Pasaron algunos minutos y se dio cuenta de un detalle. No tenía sueño.
—Draco —el rubio contestó con un gemido—, gracias por volver.
Harry percibió una cierta cantidad de movimientos a su lado hasta que sintió el cuerpo del rubio pegarse al suyo. Con naturalidad y como si su cuerpo lo pidiera a gritos se abrazó a él, sintió el vientre del rubio y lo apretó un poco más. Le gustaba la forma y el calor del rubio, demasiado acostumbrado al frío de la soledad, ahora aquella calidez era bienvenida a su vida de nuevo.
—Y hasta creo que te amo —agregó Harry. Draco se tensó en sus brazos.
—Creo que me contagiaste —ambos se abrazaron aún más fuerte, sellando el pacto que nadie había pronunciado pero que los mantendría juntos.
Lucius no se quedó con los brazos cruzados y de pronto la casa estuvo llena de lechuzas con cartas de Malfoy Manor. Todas enviadas a Harry pero dirigidas a Draco, diciéndoles tantas cosas, desde las típicas amenazas hasta promesas de cosas increíbles. Draco las leía junto a la chimenea, abrazado por Harry y sin planes de hacerle caso.
Las cartas de Narcissa eran más agradables de leer. Siempre dándole consejos o contándole anécdotas de su embarazo. Por supuesto Draco jamás imaginó que su madre había sido, de hecho una horrible madre para luego ser una mujer sobreprotectora con su hijo.
—Nunca hemos platicado de ti —le dijo una noche mientras tomaban el té en el recién arreglado y estrenado jardín de atrás.
—¿Qué quieres saber de mí? —Harry lo besó en la frente—. Prácticamente toda mi vida está en el diario.
—Pero todo eso no me interesa, quiero saber del verdadero Harry —Draco alcanzó su taza de te y le dio un trago esperando a que Harry hablará. Como el moreno no dijo nada Draco decidió hacerle preguntas—. ¿Con quién creciste?
—Crecí en casa de mis tíos, la hermana de mi madre, en el mundo muggle.
—¿No sabías que eras un mago? —El moreno negó con la cabeza, cerrando los ojos y poniendo una mueca como si estuviera orgulloso—. Entonces por eso eras tan tonto en el colegio. Pero volabas como si tuvieras toda la vida sobre una escoba.
—Las escobas sólo las usaba para barrer la calle —Draco se giró para verlo a los ojos—. En el mundo muggle la gente barre con las escobas.
—Lo sé, Potter, mi pregunta es, por qué barrías. ¿Es el trato que les dan a los heroesillos como tú en el mundo muggle?
—Sí, cuando eres Harry Potter y tu familia son los Dursley —Harry se rascó a nuca, esta vez parecía apenado. A Draco le gustaban mucho las facetas por las que pasaba el moreno en una sola conversación—. Mis tíos siempre me despreciaron por mis padres. Odiaban la magia.
—Entonces tu infancia fue un infierno.
El rubio se separó de Harry para verlo frente a frente. No podía dar crédito a lo que escuchaba. Él siempre había pensado que Harry había crecido rodeado de gente que le cumplía sus caprichos. Con todos esos dispuestos a dar su vida por él como los Weasley, los aurores que en su tiempo estuvieron con él. Incluso Draco podía recordar a Lucius diciéndole a Narcissa que su primo Sirius Black había muerto protegiéndolo. Bellatrix Lestrange, tu tía no se cansaba de presumirlo y gritarlo a los cuatro vientos.
—Sólo hasta los once años. Después de eso todo cambió, al menos ya tenía gente a mi alrededor que me apreciaban y que no les pesaba protegerme de vez en cuando —Harry le dio un trago a su té y de un tragó vació todo en su boca—. No digo que mejoró, porque hubiera preferido mil vidas con mis tíos que ver a mis seres queridos morir por una causa como la de Tom.
—Pero debiste haberte sentido amado. Yo hubiera estado feliz de tener gente a mi alrededor que diera lo que fuera por mi bienestar.
—No es lindo —está vez fue el turno de Harry se recargar su cabeza en las piernas de Draco—, descubrir que hay gente que te quiere, que prácticamente son tu familia y después saber que murieron.
—Como tu padrino.
—No toquemos el tema de Sirius, por favor.
—Perdón —Draco se besó la punta de los dedos y con ellos le dio un pequeño golpesito a Harry en la frente—, Remus Lupin también fue amigo de tus padres, ¿no?
—Sí, él fue el primero en hablarme de ellos. Aunque Hagrid me regaló un álbum de fotografías de ellos en primero.
—¿Cómo eran?
—Sirius me contó una vez que mi padre era muy presumido y revoltoso pero siempre fiel a los suyos. Se reformó cuando empezó a salir con mi madre al terminar el colegio.
—Muy fiel a los suyos —Draco se puso la mano en la barbilla como si pensara en algo muy profundo—, puedo suponer que era un Gryffindor.
Harry se rió de la mueca de Draco. Jamás dejaría de ser Slytherin el muy maldito.
—Sí, los cuatro merodeadores eran Gryffindors —Draco iba a preguntar cuando Harry siguió hablando—; ellos cuatro se hacían llamar los merodeadores. Remus, Sirius, Peter y mi padre. Hicieron un mapa del castillo que te dice la localización de cada persona en todos los terrenos. Encontraron pasadizos secretos y lo recorrieron casi todo. Se hicieron animagos ilegales para que no los descubrieran.
—Entonces no eran tontos. Ser animago es difícil. Yo intente aprender una vez pero no pude y me rendí.
—Ellos lo hicieron por Remus, lo acompañaban en sus noches de luna llena. Sirius era un perro muy grande y mi padre un ciervo. Los dos eran grandes para tener controlado al lobo.
—Me suena a que el cabecilla de todo era tu padre.
—Siempre he tenido esa impresión también —Harry se rió pero inmediatamente recordó lo que había visto en los recuerdos de Snape—. Una vez volteó de cabeza a Snape en los jardines y le quitó el pantalón frente a todos.
—Entonces Severus tenía razón en odiarlo tanto —iba a agregar algo más pero permaneció callado.
—Sí. Además de que Snape siempre estuvo enamorado de mi madre.
—Tu madre era muy —Draco hizo una pausa, pensando muy bien sus palabras—… buena persona.
—¿Cómo lo sabes?
—Severus me hablaba mucho de ella cuando descubrí su secreto. Guardaba un toca discos con el acetato de una banda muggle sesentera que a ella le gustaba escuchar. Especialmente una canción llamada blackbird.
—Me hubiera gustado saber más de ellos, ¿sabes?
—Me imagino, eran tus padres, después de todo. Es como conocerlos a partir de anécdotas y eso es mejor que no conocerlos.
Aquel último mes pasó sin ninguna eventualidad más que los cuerpos más redondos de Hermione y Draco. Los diferentes caprichos a los que sometían a sus respectivas parejas. Todo eso entre los nervios de que Harry volvería de vacaciones y el bebé no tenía ganas de nacer. Oficialmente tenían nueve meses aunque el sanador les había dicho que algunos embarazos podían prolongarse hasta las cuarenta semanas.
Draco ya no quería tenerlo ahí. Cada vez se sentía más cansado, más adolorido y no es que le gustara quejarse pero por las noches no dormía y eso significaba que Harry tampoco. Cuando lograban quedarse dormidos la noche pasaba realmente tranquila, seguían durmiendo toda la mañana hasta que Draco despertaba al medio día con ganas de comerse a un manatí entero él solo.
Aquella tarde Hermione había ido a Grimmauld Place para pasar ahí la tarde mientras Ron volvía del trabajo. George lo había mandado a supervisar algunos detalles de la apertura de la tienda en Hogsmeade a pesar de que no quería dejarla ni a sol ni a sombra. Estaban jugando naipes en la mesa de la cocina, Draco y Hermione con las pompis en la orilla de la silla pero sus espaldas recargadas en el respaldo dejando un espacio triangular entre su cuerpo y el resto de la silla.
Habían encargado una pizza para la comida y justo en ese momento cuando Harry parecía llevar la mano ganadora tras perder las últimas diez y ocho rondas, la puerta sonó y Harry tuvo que dejar su juego sobre la mesa para ir a atender. Draco se estiró con trabajos para tomar las cartas y verlas, se sorprendió de la mano ganadora del moreno y cuando instó a la castaña a que mirara, algo en el esfuerzo por adoptar una posición más erguida hizo que algo tronara y el sonido de agua cayendo los sacara del momento relajado que habían adoptado.
Hermione se puso de pie y miró el suelo bajo sus pies. Harry entró en ese momento con la caja de pizza y los miró a ambos.
—¿Te hiciste pipi?
—¡No! —contestó Hermione, levantando los pies para tratar de salir del charco de agua.
—Harry —interrumpió Draco—, vamos a San Mungo, creo que tu bebé va a nacer Hermione.
—¿Cómo sabes eso? —Hermione estaba empezando a ponerse histérica—. No puede ser, no siento nada, no sentí nada. Ron no está aquí, lo necesito. Se va a perder el nacimiento de su hijo, ¿y qué pasará cuando se gradúe de la universidad? Tampoco estará.
El llanto inundó el inmueble y ambos hombres seguían sin moverse mucho hasta que Draco comenzó a ponerse de pie tan rápido como pudo. Le quitó la caja de pizza a Harry y le dio una cachetada.
—Comunícate con George por red flu y dile que busque a Ronald, lo veremos en San Mungo, busca las llaves del carro y vámonos —a Hermione le vino una contracción y ella cerró los ojos, agarrándose fuertemente de la mesa para no doblarse del dolor.
Harry volvió a quedarse estático con los ojos tan abiertos que parecía que se saldrían de sus cuencas. Draco se aproximó a él y le propinó una cachetada más, el moreno lo miró y salió corriendo de la cocina mientras. Se acercó el rubio a Hermione y la tomó del brazo para que caminara. Juntos se encaminaron hasta la puerta por donde salían al garaje donde estaba el nuevo auto de Harry. En el camino vieron al moreno empinado en la chimenea con la cabeza dentro de las llamas y al parecer discutiendo con alguien.
—Gracias Draco —dijo Hermione, apretándole la mano con la que la sostenía—. Tenía tanto miedo de que ocurriera esto y estuviera sola con Harry y con Ron. Espero no quedarme viuda hoy. Ron es muy nervioso.
—No te preocupes, yo ya me temía que algo así pasaría —ambos se sonrieron, Draco tenía miedo de que a la castaña le viniera otra contracción, por eso trataba de llevarla despacio. Al mismo tiempo estaba pensando en cómo se sentiría ya que él mismo no tardaba en pasar por la misma situación.
Hermione estaba poniéndose al tanto de su propio cuerpo, cada sensación, cada sentimiento, pensando todo fríamente y recordando lo que había leído en tantos libros los últimos meses. Sentía una presión terrible en su cadera, su bajo vientre aún un poco entumido y las piernas le pesaban mucho además de la sensación de tener la ropa mojada por todo el líquido que le había salido.
—¿Duele mucho? —Preguntó Draco, sacándola de sus pensamientos. Ya estaban ambos parados junto al auto, sólo esperaban a Harry para que se fueran.
—Es como cuando se te acalambran las piernas, pero aquí, en el vientre y como cien veces más.
Harry llegó corriendo y se subió al lado del conductor. Draco ayudó a Hermione a sentarse en el lado del copiloto y él mismo entró al asiento trasero. Calculó rápidamente todo lo que harían, desde salir del garaje, que Harry condujera hasta el hospital sin matarlos en el trayecto y repentinamente recordó su vientre, el bebé se movió dentro y el movimiento del auto lo hizo moverse más.
En el transcurso Hermione tuvo otra contracción, Harry casi choca pero logró retomar el control mientras el dolor de la castaña pasaba. No tardaron mucho en llegar a San Mungo, la única entrada que Harry conocía en el viejo almacén de ropa de aquel callejón. Al entrar en él sintieron la magia que protegía la entrada del hospital y lo alejaba de los muggles.
Harry no sabía cómo reaccionar así que Draco lo empujó para que fuera a la recepción y las secretarias de ahí tomaran el control de la situación. Hermione no quería quedarse sola pero alguien tenía que esperar a Ron.
Draco se quedó a esperarlo, después de todo sólo tenía que decirle en qué habitación habían llevado a la castaña y después subir a su propio ritmo. Con eso con miradas curiosas y otras como si quisieran que la cabeza le explotara. en mente fue a sentarse donde quedara bien a la vista de quien entrara, lo cual era un tanto incómodo ya que cada persona que entraba al hospital se le quedaba viendo. A veces
No pasó mucho tiempo -gracias a Merlín- antes de que el pelirrojo entrara. Se le quedó viendo como esperando que se transformara en alguien más hasta que Draco se puso de pie y con una seña lo incitó a que lo alcanzara.
—¿Dónde está? —preguntó el pelirrojo apenas llegando con él. Juntos emprendieron el camino hasta el elevador, cuando Draco se detuvo sintió una ligerísima molestia en el bajo vientre pero, a diferencia de otras ocasiones está se quedó ahí.
—La llevaron al último piso, habitación setecientos veinte —el elevador abrió sus puertas y fueron los únicos en subir. En silencio, ambos se quedaron parados frente a la puerta, mirándola como si de repente fueran a proyectar una película—. Harry se quedó con ella. Tenía todo controlado, ella, Harry estaba aterrorizado.
Ron estaba pálido, no hablaba mucho y parecía que no lo estaba escuchando. Sus mejillas estaban comenzando a adquirir un tono verdoso, como si fuera a vomitar. Draco se recargó en la pared, sintió aquella punzada intensificarse pero no estaba asustado. Todo su embarazo había transcurrido lleno de esa clase de cosas.
Ron parecía que estaba a punto de desmayarse así que quiso sacarle plática. El elevador iba mortalmente lento.
—¿Dónde quedó tu familia? —dijo Draco, sobándose donde sentía el dolor—. Me imaginaba San Mungo lleno de pelirrojos.
—Ellos iban a venir un poco más tarde, me adelanté —Ron ni siquiera se inmutó por el tono de burla que le había impreso Draco a la pregunta, aunque ahora no se llevaban tan mal, el sarcasmo y los cometarios pesados no sobraban en una conversación entre ellos.
El elevador anunció que habían pasado el quinto piso, un poco más y serían liberados del incómodo silencio cuando de repente y sin previo aviso el elevador se detuvo. Draco se agarró de las paredes de la esquina donde iba recargado y Ron, sin meter las manos se fue de bruces contra el suelo. Draco lo vio darse muy fuerte en la cara con la puerta y ya no se movió.
Dejó de preocuparse por el elevador cuando un dolor intenso lo atravesó desde la base de su columna vertebral, irradiando por todo su vientre y quedándose en el centro. Se agarró fuertemente y se arrodilló en el suelo. Un grito; su grito llenó el cubo en donde se había quedado encerrado y sin saber qué hacer.
Ya, más drama, esto se está pareciendo a una novela de telerisa, perdón por eso. Se acerca el final y yo creo que también el final de mi vida porque siento que muero, pero no entremos en temas tristes.
Cuídense, hasta luego.
