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#02 - Cuando Gales se despierta


Las noches tranquilas son comunes en tu itinerario.

Noches calmadas, arrulladoras, silenciosas, iluminadas sólo por la lámpara del buró que alumbra lo suficiente la lectura del libro que elegiste.

Noches en que normalmente no hay nadie más en casa que tú, sentado en el colchón degustando una taza de té y un cigarro, que son los mejores compañeros para adormilarte y así entrar entre las sábanas a una hora prudente, necesaria para recuperarte de las actividades del día.

Eres un hombre observador, consciente de los pequeños detalles que otorgan ventajas considerables, y por eso sabes que pasar las veladas de aquella forma te ahorra problemas que no necesitas.

Algunos lo llamarían "aburrido". Tu prefieres "conveniente", porque lo último que te apetece después de una larga jornada laborar es lidiar con un cansancio que podría desaparecer con una acción sencilla. Lo más fácil es lo más obvio, aunque el resto no lo considere.

Por eso tus mañanas también son calmadas, frescas, acogedoras al encontrarte en tu cómoda cama con la sensación de una renovada energía.

Es la causa de que no te moleste la luz del sol que se filtra por las cortinas blancas, o el saber que debes levantarte para bañarte e iniciar las actividades del día. Por supuesto, a esas horas todavía hace frío, y a pesar de que una leve renuencia de abandonar el calor de las sábanas se presenta en tu mente, se resuelve cuando ya estás de pie, aceptando que la temperatura te arranque escalofríos que terminan de despertarte.

Pero aquel día es sábado, así que la iniciativa de levantarte temprano puede desplazarse una hora o dos.

La sensación se agolpa más en tu columna cuando sientes mayor calidez de la normal, lo que indica que estás compartiendo el lecho con alguien más.

Vamos, eres un hombre que prefiere la soledad, más no solitario, así que no te extraña el suceso. Al contrario: te alegras de manera auténtica y discreta, porque conoces al detalle la causa de aquello y a la persona que descansa plácidamente a tu lado, emitiendo ese calor que es capaz de atarte a la cama por el resto del día.

Abres un poco los ojos, sólo un poco.

Lo primero que salta a tu observación es el rostro dormido de Arthur, su respiración acompasada, la manera en que sus pestañas negras adornan los párpados bajos y esas profusas cejas que, al estar en una posición más natural, acentúan la calma de su sueño. Bajas un tanto la vista y te encuentras con su boca agraciadamente cerrada y con una ligera inflamación, producto de los besos insistentes que compartieron antes de acostarse. Ves el inicio del cuello de su pijama, la manga del brazo que la sábana no cubrió, y con la respiración que choca contra la tuya, sientes un vértigo en el estómago que te motiva a sonreír apenas.

Sabes que el sexo es importante entre dos personas que tienen una relación sentimental profunda. Los motivos pueden ir desde la satisfacción del instinto, hasta verlo como una representación más palpable de lo que se denomina "amor".

Si te lo preguntan, tomas argumentos de ambas posturas que mezclas apropiadamente para que exista una satisfacción muy apropiada. Además, no tienes nada en contra del acto, e incluso alguien como tú tiene que admitir que esos momentos son mejores que sólo sentarte a leer tu libro preferido.

Despertar al día siguiente después de eso y mirar a tu acompañante con los rastros de tu pasión en cada centímetro de su piel es muy hermoso, pero también lo es aquello, en que lo ves con un sueño tranquilo, con la respiración acompasada, ocupando un lugar que le reservaste desde que tienes memoria.

Una cama no sirve sólo para tener sexo, y se lo demostraste a Arthur con sutileza la velada anterior.

Fuiste a recogerlo del trabajo. Llegaron a tu casa. Entre los dos prepararon la cena –que no sabrías decir quién cocina peor, pero fue un cuadro muy pintoresco- y comieron mientras charlaban animadamente, detalle que pareció muy importante para tu hermano y significativo para ti.

De inmediato se fueron a la recámara, y aunque supiste distinguir las ansias del rubio por tener sexo contigo, también notaste lo exhausto que se veía. No te lo dijo, quizá para no preocuparte, pero era claro que necesitaba descansar.

Se quedaron los dos sobre el colchón y se besaron, se acariciaron, manejaste bien la situación para satisfacer un poco de su inquietud, y a la vez, en que gastara lo último de sus fuerzas.

Fue así que cayó dormido en poco tiempo y tú te tomaste la libertad de prepararlo, listo para meterlo bajo las sábanas junto a ti. Todo sin intención más que la de pasar una buena noche de sueño.

De ahí que te enterneciera la forma en que se removió sobre la almohada ahora que ya era de día, acercándote más a él sin ninguna restricción mental.

A una nula distancia, lo abrazaste por la cintura y te acomodaste, te acoplaste a esa figura que era más baja que la tuya sólo por unos centímetros.

Sentiste su respiración haciéndote cosquillas en el cuerpo, al tiempo que él inconscientemente te recibía con más de la calidez que te erizaba la columna.

Sonreíste con mayor soltura, seguro de que nadie te juzgaría.

—Uhn… -sentiste sus manos ceñirse a tu espalda. Aún dormía con profundidad — U-Uhn… Glen…

Hermoso.