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#03 - Cuando Irlanda se despierta


Arrugas la nariz y frunces el ceño.

Ruedas un poco y sientes que tu cabeza se inclina para atrás, como si de repente no estuviera recargada en el apacible colchón de tu cama.

Oh, vaya, ¿así que ya salió el sol?

Chistas levemente y maldices al inocente pajarillo que está cantando justo fuera de la ventana, ¿qué no sabe que hoy es tu sagrado día de descanso? Obvio que no, porque de lo contrario, sabría que una de las cosas que no puede hacerte es interrumpir tu amado sueño.

Al menos no sin que haya consecuencias lamentables de por medio. Jejeje.

Pobre. No te gustaría ser él una vez que te dieran ganas de levantarte y armarte con tu bomba de tinta azul que siempre guardas en la cajonera del buró.

Te detienes un momento y enseguida ríes, sorprendido de lo "rencoroso" que puedes ser recién comenzada la mañana.

¿Bomba de tinta azul? ¿Contra una avecilla? Eso es no tener corazón, ¡crueldad pura! Aunque no es tu culpa: cuando te sientes cansado te pones de malas. Y si le agregas la falta de sueño, cuentas con la fórmula perfecta para hundir al mundo en una alberca llena de pirañas brasileñas.

— "Nada personal" — recalcas en tus pensamientos.

Por otro lado, quizá no te tomarías tan apecho la interrupción de no ser porque, en efecto, estás exhausto y las marcas del desvelo adornan tus facciones.

Claro, no es raro que te saltes tus horas de descanso cuando encuentras algo entretenido que hacer –la naturaleza de ello no está a discusión-, pero siempre vuelves a la mala costumbre de reprochártelo a la mañana siguiente.

Frases ilusas como "No lo volveré a hacer" o "Es la última vez que lo hago" acuden a tu mente al instante que llega el previsible dolor de cabeza y el ardor sobre tus párpados, a pesar de que eres perfectamente consciente de que el arrepentimiento no te dura lo suficiente como para convertirlo en convicción.

De una ridícula manera es peor que si tuvieras resaca, cosa que casi nunca pasa. Ventajas de contar con una resistencia admirable con el alcohol. Nota mental: llamar a tu viejo amigo México para salir a beber como si la vida no valiera nada.

Sin embargo, tratas de recordar por qué te desvelaste esta ocasión.

¿Jugaste hasta tarde Resident Evil 4? No, se suponía que los chicos de tu equipo tenían cosas que hacer y no podrían conectarse.

¿Saliste con Ryan a vengarte de ese maldito perro que ladra cada vez que pasas? No, eso lo hicieron la semana pasada y hasta subieron la foto a Facebook donde sale rapado.

¿Le hiciste llamadas de bromas a Scott? Tampoco, porque de tanto que lo fastidiaste rompió el teléfono y hasta arrojó su celular por la ventana.

¿Hablaste con Glen de la teoría del caos? Por supuesto que no, ya que de tan sólo empezar te confundiste y preferiste huir que parecer idiota.

¿Enviaste fotos comprometedoras de los años mozos –punk- de Arthur? Uhn… no. Desististe cuando amenazó con echarte una maldición bastante efectiva.

Buscas en tus recuerdos, en las memorias que el dolor de cabeza te permite acceder… pero no. Estás en blanco, y no pudo tratarse de trabajo, de lo contrario, rememorarías algún escape épico puesto que tu Jefe ya te conoce y se ha prevenido de tus acciones.

Sólo tienes la sensación de que aquel día no es como los demás. Es especial de un modo que no entiendes…

— K-Kumagoro… — escuchas de pronto. El tono de voz no sólo te provoca escalofrío, sino que te obliga a abrir los ojos de golpe, acentuando tu mareo — ¿K-Kumahiro?

Levantas precipitadamente la cabeza, lo suficiente para ver hacia el otro lado de la cama.

Como es de costumbre, te encuentras ocupando toda la superficie, puesto que tienes la curiosa costumbre de amanecer en una posición diagonal. Eso hace que un brazo te cuelgue por fuera del colchón y que tu cabeza esté a punto de carecer de superficie.

Ahora, debes agregar un "casi", porque en una esquina, hecha un ovillo, se encuentra Madeline.

Reconoces su largo cabello rubio, de un tonalidad más suave que hace juego con su piel clara y con la playera azul que le prestaste para dormir. Te es inconfundible su tranquilo respirar, la forma en que las pestañas negras se acomodan en sus ojos cerrados y que se rizan de manera natural, combinando con sus labios durazno ligeramente entreabiertos.

— "Sus mejillas apenas están coloradas. Que adorable~" — piensas.

Es entonces que recuerdas que la noche anterior la invitaste a tu casa a cenar, a ver una película, lo que fuera que te diera espacio a pasar tiempo con ella a solas sin que el fastidio de Arthur te repitiera que no te aprovecharas de su dulzura.

Idiota, ¿pues quién cree que eres? Por supuesto, tu conducta dista mucho de ser la mejor, pero jamás harías algo que ella no quisiera.

Y por si estaba tan preocupado, no, no tuvieron sexo –al menos no esa ocasión, porque era más que obvio que ya lo hacían dada la relación de pareja que tenían-, sin embargo, no fue pretexto para no compartir el lecho con la mujer que saca lo mejor de ti con su sonrisa suave y tímida.

No obstante, antes de perderte en su imagen y curvear los labios como estúpido, reparas de verdad que la dejaste en una esquinita, literalmente, casi a punto de caer si se movía, ¿desde cuándo están así? Ay, no, ojala no hubiese pasado la noche entera de aquel modo.

Te acomodas despacio, sin hacer ruido, ya dándole el espacio que se merece, pero no resistes en acercártele y quedar a milímetros de ella, gustándote el aroma a violetas y rosas que emana. La abrazas por la cintura y le das un beso en la mejilla, recibiendo una inconsciente sonrisa que casi te derrite.

Así que por eso te desvelaste~

— K-Kumatoro — ríes un poco, ¿aun trata de acordarse del nombre de su oso? — Kumajirou… — exacto, ese era — B-Bryan…

… oh, Dios.

Te coloras y aguantas las ganas de estrujarla.

No quieres interrumpir su sueño. Sería una lástima perderte de esos momentos sólo por un deliz.

Ojala tuvieran más instantes como aquellos.

La avecilla vuelve a cantar cerca de la ventana.

Ahora te parece la mejor manera de comenzar el día.