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#05 - Cuando Inglaterra se despierta
Lo menos común en tu vida son las noches tranquilas.
No sabes si se trata de alguna conspiración de tu Jefe, o de las circunstancias que envuelven tu vida social, pero de incontables formas no puedes disfrutar de una velada normal.
Ya sea que te quedes en la oficina trabajando hasta que se te acaben las fuerzas, que el estúpido sapo francés encuentre la manera de fastidiarte, o que se te ocurra desahogarte en un pub para terminar ebrio y con la mente en blanco, parece que dormir en paz es una promesa vagamente realizada.
Eres Arthur, el representante no sólo de Inglaterra, sino del Reino Unido, así que muchas veces sólo tienes que resignarte a llevar aquel ritmo tan agitado que, en ocasiones, ni siquiera te permite llegar a casa.
Del mismo modo, tus amaneceres varían extraordinariamente, y bien puedes despertar tirado en el piso del pub, o en medio de los arbustos que te sirvieron de colchón natural.
"— Qué vergüenza" te reprimes la mayoría de las veces, pues te parece ridículo tener tales experiencias cuando tienes una reputación que cuidar a nivel mundial.
Por supuesto, como si nadie supiera de los deslices que ansías borrar de la historia de la humanidad.
Sin embargo… de cierto modo está bien, ¿cierto? Aunque pudieras llevar una rutina natural y sin presiones, no te agradaría llegar a tu hogar cuando no hay nadie quien te reciba.
Una casa vacía, de las grandes proporciones que tu fino gusto te obligó a habitar, no es demasiada acogedora. Claro, con el cansancio que te agobia es en lo que menos repararías, ya que entrarías directamente a tu cuarto y dormirías por lo que te queda de vida –o casi-, pero una palabra amable luego de una jornada agotadora te serviría bastante.
Bueno, no estás dispuesto a quejarte en voz alta. Menos con tus hermanos, porque lo que menos les interesa es tu bienestar… ¡igual, no los necesitas! Ya es suficiente pelearte con ellos en las juntas como para soportar sus regaños por inquietudes que, seguramente, tacharían de ridículas y banales.
Jah, ¡por supuesto que no compartirías nada de eso con aquella panda de delincuentes! Ya imaginas sus reacciones: Scott se burlaría sarcásticamente de ti, Bryan armaría una broma maquiavélica y arrastraría a Ryan, a pesar de que él podría ser más amable… aunque después te sentirías muy estúpido. No gracias.
Y Glen…
G-Glen…
Es cuando, de pronto, vuelves a tomar consciencia.
Intentas abrir los ojos, pero te das cuenta que aun estás cansado… ¿significa que estabas durmiendo? ¿En qué momento…? Ay, no, ¿volviste a hacerlo en la oficina? ¡Porque tu último recuerdo te dice que te encontrabas ahí, terminando un trabajo que Cameron necesitaba de urgencia! Seguramente lo dejaste a la mitad y ahora tendrías que acabarlo con más prisa.
Estás dispuesto a levantarte, a dejar de perder el tiempo cuando reparas en otros detalles: te sientes sobre una superficie blanda, muy cómoda y cálida, acostado y sin la corbata que acabaría por asfixiarte en una situación así.
Piensas que te pasaste al sillón, pero tus otras memorias de recuerdan que tal mueble no es tan suave ni espacioso… ¿usaste el suelo, acaso? No, no, sólo cuando te emborrachas y esa no fue la ocasión…
Giras un poco sobre ti y al fin, con la fuerza necesaria para abrir los ojos, comienzas a distinguir elementos que te arrojan pistas: una pequeña mesa con una lámpara, un buró, un armario, la ventana y su cortina… ¿Eh? ¡¿Cómo fue que llegaste a una recámara?! Tu impulso te obliga a sentarte de golpe, lo que te ocasiona un dolor de cabeza y la sensación de que te deshacías por el frío que de pronto te invadió.
Observas tu cuerpo al detalle: no traes corbata ni tampoco el saco, pero sí la camisa y el pantalón. Eso ya es un alivio.
Entonces miras a tu alrededor. Derecha, al frente, izquierda.
Ahí lo encuentras. A Glen. Está ocupando el sitio a tu lado en el colchón.
Contienes el aliento y tu mente se detiene. Sientes cómo tus mejillas se encienden junto a ese temblor de tu labio inferior.
Glen.
Está dormido a pesar de que el movimiento que hiciste fue algo brusco; respira con tranquilidad, con esa coordinación que te adormila y te devuelve una calma que sólo sientes con él. Ves su rostro bien parecido, fino, como el de una estatua inmaculada que invita a perder la consciencia solamente con observarlo.
Defines por milésima vez el color de su piel, la textura suave y firme; aprecias el hermoso color de su cabello que brilla contra las luces de la mañana y que se acomoda con naturalidad en la almohada; juegas en tu imaginación a besar aquella boca que siempre te quita el aliento y te vuelve dependiente de él… y reprimes el impulso de despertarlo para deleitarte con el raro tono de sus pupilas que, sin margen de error, te desnudan, te dejan vulnerable ante su juicio y su raciocinio; los que pueden mostrarte tu entera estupidez y tu completo valor; los que, aun careciendo de brillo, se dibujan como el único sitio al que quieres acceder a costa de tu propia cordura.
Tragas en seco, y para cuando te das cuenta, has regresado a tu posición original.
Te acercas despacio a él, cuidando cada detalle de ese hombre que te ha demostrado de inimaginables maneras que eres lo más importante.
Que aun con el mundo entero afuera, con sus excentricidades y con las maravillas a las que no superas, siempre te prefiere a ti, al hermano menor que ha cuidado a su modo y que mantiene por encima de su propia vida.
Lo sabes, él te lo ha dicho directamente y lo sigues respaldando con sus acciones discretas, sencillas, pero tan efectivas que no puedes imaginar cómo pasaste tanto tiempo sin ser consciente de ello.
Sonríes, porque ahora entiendes que te encuentras en una habitación a la que, seguramente, él te llevó para descansar. Es probable que haya terminado el trabajo por ti y que te haya cuidado de no resfriarte.
Sus cuidados y atenciones te hacen sonrojar en extremo.
Sus acciones y sus aspiraciones te hacen amarlo más de lo que todavía puedes admitir.
Quedas a centímetros de él. Sientes su respiración, su palpitar, el calor que te estremece.
Te acurrucas a su lado, atreviéndote a tomarle la mano y sujetarla con ansiosa emoción, aunque es inevitable tensarte cuando lo distingues removerse un poco.
Entreabre los labios, pero ningún sonido sale.
Distingues una palabra, empero.
— Arthur.
Sonrojas tanto que temes que vayas a quemarte.
Seguro pasaste una buena noche.
