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N.A: Lo sé, lo sé, cada vez tardo más en actualizar. ¿Los motivos? Los de siempre: demasiados deberes, falta de tiempo, de ganas, de motivación, de inspiración... Y suma y sigue. Además, que estuve escribiendo el capítulo 6 (muy propio de mí, empezar las cosas por el final, o por el medio en este caso). Sólo puedo decir que siento haber tardado tanto.
Gracias a Makiko-maki maki, Tomoyo Chidori Daidoji y KByakuya por comentar el capítulo anterior, en especial a Makiko-maki maki que fue la única que me aconsejó sobre el disclaimer (al final, he decidido pasar de él; odio repetir las cosas, sobre todo cuando es algo que sabe todo el mundo). Espero que os guste este capítulo.
Capítulo 3: Puntos de presión
-¡Ha reducido los descansos a sólo veinte minutos cada dos horas!
-¡Nos obliga a trabajar!
-¡Ha quitado la máquina de dulces!
-¡Nos obliga a trabajar!
-¡Da miedo!
-¡Nos obliga a trabajar!
-¡No nos deja hacer fotocopias a color!
-¡Ni jugar a videojuegos en el trabajo!
-¡Ni leer fanfics!
-¡Nos obliga a trabajar!
Hisana se frotó las sienes. Las quejas de sus compañeros comenzaban a darle jaqueca. ¿Por qué, oh Dios, por qué tenían que irle a ella con estas cosas? ¡Cómo si fuera culpa suya!
Reprimió un suspiro de cansancio. No hacía siquiera dos semanas que Byakuya Kuchiki había empezado a trabajar en Soul Society y ya había puesto patas arriba el orden natural de la oficina. Y teniendo en cuenta que el orden natural de la oficina era ya de por sí un auténtico caos, eso era mucho decir.
Y ahora, allí estaban todos reunidos en el área de descanso de la oficina, dando rienda suelta a su descontento. Hisana respiró hondo e intentó razonar con sus compañeros una vez más.
-Sé que estamos pasando por muchos cambios últimamente, pero tiene que haber alguna forma de que podamos llegar a un acuerdo. Tal vez si intentáis razonar con él...
-Ya lo he intentado, pero no me hizo caso- se quejó Rangiku.- Y eso que usé la CEPCCHHCC.
Hisana se sintió enrojecer. La CEPCCHHCC (o Camisa Especial Para Convencer a Cualquier Hombre de que Haga Cualquier Cosa) era una prenda tan escotada que incluso a Rangiku le parecía escandalosa. Y como su nombre indicaba, sólo se la ponía cuando realmente quería convencer a un hombre de que hiciera cualquier cosa que ella quería. Hasta ahora, el único con el que no había funcionado era Ukitake.
-Igual es gay- comentó Sentaro.
-Tiene que serlo, es la única forma de que un hombre rechace a una mujer tan sexy como yo- exclamó Rangiku, cruzando los brazos por debajo de sus enormes pechos.
-Entonces deberíamos mandar a Ayasegawa- sugirió Omaeda.
-¡Ni hablar!- Protestó Yumichika Ayasegawa, el recepcionista de Soul Society.- Sé que soy irresistible, pero prefiero a las mujeres.
Varios de los presentes emitieron sonidos de incredulidad. Yumichika les lanzó una mirada muy poco hermosa.
-¡Ya sé!- Exclamó Kiyone.- ¡Hagamos huelga! ¡Plantémonos con tiendas de campaña delante del edificio!
-Eso no serviría de nada, estúpida- replicó Sentaro.
-¡¿A quién llamas estúpida, cara de simio?
-¡Callaos ya los dos!- Los cortó Rangiku antes de que empezaran otra de sus famosas peleas.- Tenemos un asunto importante que tratar. ¿Qué vamos a hacer con este tirano que nos han endosado?
-¿No crees que estáis exagerando un poco?- Intervino Hisana tímidamente.- Entiendo que no estéis contentos con él, pero llamarlo tirano es demasiado.
-¿Cómo puedes decir eso?- Rangiku la miró horrorizada.- Es demasiado estricto, no tiene sentido del humor, no nos deja hacer nada divertido… ¡Nos obliga a trabajar! ¿Qué parte de eso te parece normal?
Hisana suspiró y se levantó.
-Sea lo que sea lo que decidáis, no quiero meterme.
-Pero Hisana- se quejó Rangiku una vez más-, ¡nos obliga a trabajar!
Hisana decidió ignorarla. No quería tener nada que ver con lo que fuera que decidieran. Así que dejó a sus compañeros de trabajo arreglárselas solos. Y después de mucho hablar, discutir y pelear, eligieron la que parecía la opción más madura.
Decidieron hacerle la vida imposible a Byakuya Kuchiki.
Aquel no era su día.
Primero, nada más llegar a la oficina, el encargado de seguridad (Iba o algo así, no recordaba bien su nombre) prácticamente lo había asaltado ofreciéndole entrar en una especie de club que había formado. Además de haber estado molestándolo durante cerca de media hora, tenía la maldita manía de acercársele demasiado. Lo que quizás se explicaba debido a que las oscurísimas gafas de sol que siempre llevaba no le dejaban ver bien. De hecho, Byakuya nunca lo había visto sin ellas. ¿Quién en su sano juicio lleva gafas de sol dentro de un edificio, en pleno otoño, y en un día nublado como aquel?
Luego, nada más encender su ordenador para ponerse a trabajar, el maldito trasto se apagó de golpe. Después de varios intentos fallidos de hacerlo funcionar, decidió mandar llamar a Omaeda. El gordo encargado de informática estuvo examinando el ordenador el tiempo suficiente para llenarle el teclado de manchas de grasa y el suelo de su ahora no tan pulcra oficina de migajas de patatas fritas, para acabar concluyendo que el problema era un virus. Y cuando le preguntó cuánto tardaría en arreglarlo, Omaeda empezó a soltar un discurso ininteligible en jerga informática, del que Byakuya sólo sacó en claro que "pasaría más tarde a echarle un vistazo" pero que "le llevaría tiempo". Omaeda salió casi corriendo de la oficina (más que nada, porque la mirada asesina que le lanzó su superior era ya lo suficientemente terrible sin que supiera que había sido el mismo Omaeda el que le había metido el virus al ordenador) y Byakuya se vio obligado a seguir con su rutina diaria sin ordenador. Tendría que empezar a traer el suyo al trabajo, al menos hasta que el de la oficina estuviera arreglado. Podría mandar a alguien a buscarlo, pero no se iba a molestar en pedir un favor, y desde luego no iba a perder el tiempo yendo él mismo.
Y ahora, acababa de descubrir que esa borracha de Matsumoto había "olvidado" otra vez los reportes que le llevaba solicitando desde hacía una semana. Y por si fuera poco, cuando había ido a su despacho, se encontró con montañas de papeleo sin hacer y ni el menor rastro de vida. Parecía que Rangiku había decidido que su trabajo no era tan importante como su "sueño de belleza". Otra vez. Por qué ese desastre de mujer aún no había sido despedido, era algo que Byakuya no podía entender.
Byakuya cerró los ojos, intentando contener su frustración. Esta vez no iba a dejarla irse de rositas. El problema era que no sabía cómo localizarla. Después de meditar a cerca de ese pequeño inconveniente, decidió preguntar en la recepción.
Yumichika Ayasegawa levantó la cabeza cuando lo vio acercarse y le indicó con un gesto que esperara un momento. Byakuya frunció el entrecejo. Odiaba que lo hicieran esperar. El recepcionista devolvió su atención al teléfono que sostenía con el hombro, ya que tenía las manos ocupadas limándose las uñas.
-¿Qué te estaba contando...? ¡Ah, sí! Como te decía, ¿te puedes creer que el muy cretino me llamó "maricón"? No puedo creer que se refiriera a mí con una palabra tan poco hermosa... No, hombre, no, no digas tonterías. ¿Cómo iba a darle un puñetazo? Me habría dañado mis perfectas manos- se examinó los nudillos, como si el simple hecho de mencionarlo pudiera provocarle la más leve contusión en su perfecta piel. Se encogió de hombros y añadió:- Simplemente, le rompí cuatro costillas con una palanca.
Byakuya frunció aún más el entrecejo. Era evidente que Ayasegawa no estaba ocupado con una llamada de trabajo. Abrió la boca para recordarle la política de llamadas personales en el trabajo, pero el recepcionista no le dejó pronunciar una sola palabra.
-Espera un minuto- dijo, antes de devolver su atención otra vez al teléfono.- Perdona, ¿qué decías? ¿A las ocho? Imposible. Tengo cita en el estilista a las seis... Pues no, la verdad es que queda bastante cerca... ¡Claro que necesito más de dos horas! Una belleza como la mía necesita tiempo... ¡¿Qué estás insinuando con eso, Ikkaku? No creas que...
El repentino pitido que vino del teléfono hizo que Yumichika se callara. Levantó la vista, para descubrir que Byakuya había pulsado el botón de fin de llamada. Una vena palpita peligrosamente en su frente, y una de sus cejas temblaba de ira contenida.
-Las llamadas personales no están permitidas desde los teléfonos de la oficina- siseó, su voz vibrando con una leve nota de furia.
Sin embargo, Yumichika, lejos de parecer intimidado, se lo quedó mirando y de pronto, preguntó:
-Oye, ¿a qué peluquería vas?
Byakuya se quedó tan sorprendido que por un momento olvidó su ira.
-¿Cómo?
-Tienes el pelo muy bien cuidado, incluso más que el mío- señaló el recepcionista con una nota de celos en su voz.- ¿A qué peluquería vas? Porque no doy encontrado una digna de tocar mi hermoso cabello- explicó, haciendo ondear su pelo con una mano.
Byakuya se lo quedó mirando como si le hubiera salido una segunda cabeza. Decidió que lo mejor sería ignorarlo y centrarse en lo que lo había traído allí.
-Localiza a Matsumoto. Dile que como no se presente aquí enseguida, la echaré a la calle.
-¿Y por qué tengo que hacerlo yo?- Se quejó Yumichika, pero Byakuya le lanzó tal mirada que esta vez Ayasegawa no se atrevió a replicar nada más.
Byakuya se dio la vuelta y volvió a su despacho, a un ritmo más enérgico del que pretendía, pero tenía que liberar todo el estrés que estaba acumulando de algún modo. A su espalda, en cuanto se hubo alejado lo suficiente, Yumichika descolgó el teléfono. Marcó un número antes de continuar con la importantísima tarea de limarse las uñas.
-¿Ikkaku? Como te estaba diciendo...
Hisana se quedó mirando la montaña de papeleo que acababa de aterrizar en su escritorio. Frunció el entrecejo y miró a la persona que había traído tan desagradable vista ante ella.
-¿Otra vez?
Kaien se encogió de hombros.
-¿Qué quieres que le haga? Byakuya está obsesionado con el poner al día el papeleo- levantó una hoja y le echó un vistazo sin mucho interés.- Ni siquiera sabía que teníamos papeleo que hacer. ¿Sabes que hay algunos documentos que llevan años por aquí acumulando polvo?
Para ser sinceros, a Hisana no le interesaba.
-Mi trabajo es escribir artículos, no rellenar papeleo.
-Oh, vamos, no seas así. Hay que ayudar a los compañeros de trabajo, ¿no?
-Pues no he visto que tu ayudes mucho que digamos...
-¡¿Eh? ¡Como puedes decir eso! ¡He repartido el papeleo a partes iguales entre los dos!
Hisana bufó. La definición de Kaien de "igual" no siempre correspondía con la del diccionario.
-Si te quedaras un poco más en la oficina, podrías cubrir más trabajo y acabaríamos antes.
-¡Ni hablar!- Exclamó Kaien escandalizado.- La última vez que llegué tarde a casa Miyako casi me castra.
-¡La última vez que llegaste tarde a casa fue porque te habías ido de juerga!- Replicó Hisana. Llevaban teniendo la misma discusión todos los días desde hacía semanas y empezaba a cansarse. Desde que había entrado a trabajar en Soul Society, se había quedado a hacer horas extra varias veces, pero desde que Byakuya Kuchiki había llegado, no pasaba un solo día en el que no surgiera algo que la hacía quedarse en el trabajo más de lo necesario. Llevaba varios días sin dormir lo suficiente, apenas tenía tiempo para pasar con Rukia, y empezaba a sentir el agotamiento calando sus huesos y afectando su humor.
Sin embargo, antes de que Kaien pudiera contestar, Byakuya se les acercó con cara de no estar de muy buen humor.
-¿Dónde está Ukitake?- Preguntó bruscamente.
-Vaya, buenos días a ti también, Byakuya- replicó Kaien. Byakuya le lanzó una de sus tan famosas miradas asesinas, aunque Kaien estaba ya tan acostumbrado que no le hizo efecto. La razón era que, poco después de su llegada a Soul Society, su viejo compañero de clase había empezado a incitar a los demás trabajadores de la oficina a que lo tutearan. Y cuando Byakuya había ido a quejarse a Ukitake, lo que éste le había dicho era que no veía cuál era el problema, ya que Soul Society era como una gran familia, y ahora que Byakuya formaba parte de ella, lo correcto era que lo trataran como uno más.
No hace falta decir que Byakuya no estaba muy contento con eso.
Hablando del rey de Roma, Ukitake apareció en ese justo momento, con el abrigo aún puesto y una enorme bolsa de plástico en la mano. Byakuya lo llamó sin perder un segundo, y cuando se acercó le preguntó, con toda la cordialidad de la que fue capaz en su estado de ánimo (que no era mucha) dónde había estado.
-Comprando caramelos- contestó Ukitake, como si fuera lo más obvio del mundo.- ¿Queréis uno?
Hisana y Kaien cogieron un buen puñado cada uno. Byakuya, como siempre, declinó la invitación. Hisana consideró por un momento el apiadarse de él y decirle que la única forma de que dejara de insistirle con los caramelos era precisamente que cogiera unos cuantos, pero bien mirado, no le había pedido ayuda.
Byakuya se llevó a Ukitake a parte, pero mientras se alejaban aún pudo escucharlo quejarse de Rangiku. Otra vez. Hisana se preguntó hasta cuando pensaba seguir insistiendo en el tema, al fin y al cabo, Ukitake siempre le quitaba importancia con frases del tipo "no seas tan estricto, es un poco despreocupada, pero es buena chica, ya se le pasará". Lo cierto es que parecía ser que "alguien" había establecido una apuesta sobre quién era capaz de irritar más a Byakuya Kuchiki, y no era una sorpresa que el primer puesto se lo estaban disputando Rangiku y Kaien. Hablando de ese otro elemento...
Ya se había escabullido. Hisana suspiró, le echó una mirada resignada a la montaña de papeleo en su escritorio y se frotó las sienes. Eso le pasaba por andar despistada. Sería mejor que empezara a trabajar ya, le esperaba un día muy largo...
Hisana se echó hacia atrás en su silla, estirándose para desentumecerse los músculos. Se había hecho ya muy tarde, y no quedaba nadie en la oficina. Hisana apoyó los codos en el escritorio y se frotó la nuca. Estaba agotada, física y mentalmente, pero tenía que acabar lo que estaba haciendo antes de volver a casa.
Justo en ese momento, la familiar melodía de su móvil empezó a sonar. Hisana lo cogió y vio que era Rukia quien la llamaba. Sintió una descarga de preocupación. ¿Le habría pasado algo?
-¿Rukia?- Preguntó nada más descolgar, su voz teñida con una nota de ansiedad.
-Nee-san, ¿dónde estás?- Le contestó su hermana desde el otro lado de la línea. Parecía molesta.
-En el trabajo, he tenido que quedarme porque...
-¿Otra vez?- La interrumpió Rukia.- ¡Prometiste que me ayudarías con mi redacción de Literatura!
Hisana se sintió palidecer. Era verdad, lo había olvidado por completo.
-Lo siento, Rukia. Te prometo que mañana...
-¡Llevas toda la semana diciendo lo mismo! ¡Y tengo que entregarla mañana!
Hisana se echó hacia atrás en su asiento y se frotó la frente con su mano libre.
-Lo siento- repitió. No se le ocurría que más decir.
-¡Mentirosa! ¡Lo que pasa es que te preocupas más por tu trabajo que por mi!- Gritó su hermana de pronto.
-Rukia, eso no...- empezó Hisana, pero Rukia colgó sin darle tiempo a terminar.
Hisana se quedó mirando el móvil un momento, antes de tirarlo en la mesa. Apoyó los brazos en el escritorio y enterró el rostro en ellos, suspirando.
¿Por qué tenía que ser Rukia tan cabezota? ¿Es que no se daba cuenta de que todo lo que hacía era por ella? Desde que sus padres habían muerto se dejaba la piel trabajando día tras día sin descanso para poder cuidar de ella. Siempre, siempre, siempre...
No, no siempre. Hisana sintió lágrimas formándose en sus ojos mientras se hundía en el pasado, y sus hombros temblaron en un llanto silencioso. No siempre había podido ser una buena hermana, y por eso quería compensarla, pero no podía. No podía darle un hogar completo, no podía darle la familia que necesitaba. Era tan inútil...
-¿Hisana?
Alzó la mirada, sobresaltada. De pie, a apenas unos metros, estaba Byakuya Kuchiki. Se había puesto un abrigo largo y una bufanda de color blanco plateado, y llevaba un maletín de cuero marrón en la mano.
-¿Sucede algo?- Preguntó.
-No, no es nada- reaccionó por fin Hisana, frotándose los ojos. Había creído que estaba sola en la oficina.
Intentó concentrarse en lo que estaba haciendo, pero no fue capaz. Podía sentir cómo Byakuya la observaba. Al cabo de un rato, volvió a hablar.
-Es tarde, es mejor que vuelvas a casa.
-Aún no, tengo cosas que hacer- replicó ella sin mirarlo.
-Pueden esperar hasta mañana.
Hisana se volvió hacia él. Sus ojos se enlazaron, gris contra violeta, y un extraño silencio se cernió sobre ellos.
Entonces, Hisana se levantó, y como un autómata, recogió sus cosas, se puso su abrigo y agarró el bolso, para luego dirigirse al ascensor. Byakuya fue tras ella.
El silencio se mantuvo mientras el ascensor descendía. Hisana aún podía sentir sus ojos grises clavados en ella. Mantuvo la mirada fija en el suelo.
Estaban a punto de llegar a la planta baja cuando Byakuya rompió el silencio.
-Déjame llevarte a casa.
Hisana alzó la vista, para bajarla de inmediato al ver que él la seguía mirando.
-No hace falta. Cogeré el metro.
-Es más rápido en coche.
Hisana cambió el peso de un pie a otro.
-No hace falta que...
-Insisto- la interrumpió él con firmeza.
Hisana suspiró. No estaba de humor para discutir.
-Está bien...
Ya habían llegado a la planta baja, así que Byakuya pulsó el botón para el aparcamiento. El silencio volvió a envolverlos, y Hisana se perdió en sus propios pensamientos.
Cuando llegaron al aparcamiento, Byakuya la condujo hasta su coche y le abrió la puerta. Hisana no sabía mucho de coches, pero estaba segura de ese era un modelo nuevo y muy caro. Se sentó en el lado del copiloto, mirando ausente al frente mientras Byakuya cerraba la puerta y se dirigía al lado del piloto. En cuanto se hubo puesto el cinturón, le preguntó dónde vivía, y Hisana le respondió automáticamente, sin salir de su ensimismamiento.
Byakuya arrancó el coche y maniobró para salir del aparcamiento. Cada poco, no podía evitar desviar la vista de la carretera un momento para fijarse en la joven sentada a su lado. Mantenía las manos en el regazo y miraba por la ventana, pero Byakuya se dio cuenta de que su mente estaba muy lejos de allí. Las luces de las farolas de la calle iluminaban el interior del coche a ratos, dibujando sombras cambiantes, y el ruido del tráfico resaltaba en el silencio en el que estaban sumidos, pero Byakuya alcanzó a oír un leve suspiro, casi un sollozo, escapando de sus labios, y pudo ver una solitaria lágrima resbalando por su mejilla antes de que se llevara rápidamente una mano a la cara.
No sabría decir qué fue lo que le llevó a actuar así, pero en un impulso desvió el coche de su ruta y buscó un lugar en donde aparcar.
-¿Ya hemos llegado?- Preguntó Hisana con aire ausente al sentir que el vehículo se detenía. Miró por la ventana y se dio cuenta de que estaban en un aparcamiento, y no cerca del bloque de edificios en el que vivía como esperaba. Se volvió hacia el hombre sentado a su lado, que miraba al frente con el entrecejo fruncido. Iba a preguntarle por qué se habían detenido allí, pero él se le adelantó.
-¿Estás bien?
-¿Eh?- Hisana parpadeó confundida. Byakuya se volvió finalmente hacia ella, y Hisana sintió como si sus ojos la atravesaran, con tanta intensidad que parecían quemarle el alma. Apartó la mirada.
-¿Estás bien?- Repitió Byakuya, su voz un poco más suave ahora.
-Si...- Tartamudeó Hisana, mirando fijamente sus manos.
-¿Seguro?
-Si, estoy bien- respondió Hisana, esta vez con un poco más de seguridad, pero seguía sin mirarlo a los ojos.
Byakuya frunció el entrecejo.
-Hisana, mírame.
La joven alzó la cabeza a regañadientes, sus ojos ascendiendo despacio del suelo al volante, y de ahí a la chaqueta de Byakuya y su cuello hasta llegar finalmente hasta su rostro. Intentó mantenerle la mirada, pero no pudo. Sus ojos quemaban demasiado.
-Mientes- dijo él simplemente. Hizo una pausa, pero como Hisana no dijo nada Byakuya volvió a hablar.- Dime por qué.
Hisana cerró los puños sobre su regazo. Aquello había sonado como una orden, y no se sentía nada inclinada a obedecer.
-No es nada. Estoy bien.
Aún podía sentir sus ojos clavados en ella, como dardos de fuego atravesándola.
-Mientes- repitió. Hizo una otra corta pausa y añadió:- Hisana, puedes confiar en mí. Si hay algo que pueda...
-No es asunto tuyo- lo cortó Hisana, más bruscamente de lo que pretendía. Respiró hondo y dijo más calmada:- No es nada, de verdad.
Intentó mirarlo a los ojos una vez más, y otra vez apartó la mirada.
Se hizo un pesado silencio. Hisana podía sentirlo sobre sus hombros, amenazando con aplastarla, y alrededor de su garganta, a punto de estrangularla. O quizás eran las lágrimas que intentaba contener.
-Soy una mala persona- murmuró sin darse cuenta. Byakuya frunció más el entrecejo.
-Eso no es verdad, Hisana.
Ella alzó la mirada. Sus ojos se veían llenos de dolor y culpa.
-Sí lo es. Soy una mala persona.
-No Hisana. No lo eres- Byakuya negó lentamente con la cabeza, pero entonces ella estalló.
-¡No puedes saberlo! No me conoces. No lo entiendes, no podrías entenderlo.
No pudo contenerse por más tiempo. Un gemido ahogado escapó de su garganta, y las lágrimas que había estado conteniendo resbalaron por sus mejillas.
-Cuando mis padres murieron... yo tenía sólo diecisiete años. Aún no sabía qué hacer con mi vida, ni siquiera había acabado el instituto, y... y...- Un sollozo la interrumpió. Ocultó el rostro en sus manos.- Me dejaron sola. Totalmente sola. Con una hermana pequeña a la que cuidar. Yo no quería eso, no quería tener tantas responsabilidades, no quería...- Su pequeño cuerpo se estremeció en sollozos convulsos, lágrimas resbalando entre sus dedos.- Estuve a punto de abandonarla... Soy su hermana, me necesitaba, y yo pensé en abandonarla, en entregarla a los servicios sociales y arriesgarme a que la mandaran lejos de mí, con una familia que quizás la maltrataría, y hubiera sido culpa mía...
No pudo continuar. Las lágrimas no la dejaban. Sentía como si el mundo a su alrededor se desmoronara, y sólo quería desaparecer...
Entonces, dos fuertes brazos la rodearon, atrayéndola en un firme, pero cálido abrazo. Hisana jadeó de sorpresa, antes de darse cuenta de que era Byakuya quien la estaba abrazando. La estrechó contra sí con delicadeza, y Hisana, sintiéndose de pronto más segura y protegida de lo que se había sentido en años, rompió a llorar contra su pecho, dejando salir las lágrimas que contenía desde no sabía cuánto tiempo. Byakuya le acariciaba el pelo suavemente, susurrándole palabras de consuelo, mientras sus sollozos iban descendiendo en intensidad hasta que se convirtieron en quedos jadeos ahogados contra sus ropas.
-¿Estás mejor?- Preguntó Byakuya tras unos minutos de silencio.
Hisana se apartó un poco de él y agitó la cabeza en un gesto ambiguo. Puede que hubiera desahogado su tristeza, pero seguía estando muy cansada, y sentía la cabeza embotada, incapaz de pensar con claridad.
Byakuya le cogió la barbilla con dos dedos y le hizo alzar el rostro hacia él. Sus ojos se enlazaron; los violetas de Hisana, enrojecidos e hinchados, y los grises de Byakuya, llenos de tranquilidad, firmeza y... ternura. Hisana creyó por un momento que se estaba imaginando cosas, pero lo cierto era que había un leve brillo dulce en aquellos ojos usualmente fríos.
-¿Estás mejor?- Repitió Byakuya. Esta vez, Hisana asintió. Permanecieron así varios minutos, sin decir nada, sólo mirándose a los ojos, hasta que Byakuya rompió el contacto visual, volviendo a acomodarse en su asiento.
-Te llevaré a casa- dijo, abrochándose el cinturón de seguridad. Hisana se quedó mirándolo mientras arrancaba el coche. Tenía la impresión de que debía decir algo, cualquier cosa, pero no lo hizo, y bajó la vista a sus manos, entrelazadas en su regazo.
El resto del camino transcurrió en el más absoluto silencio. Cuando se detuvieron frente a su bloque de edificios, Hisana abrió la puerta del coche, pero se mantuvo sentada unos segundos. Entonces, se giró y lo miró directamente a los ojos.
-Gracias- murmuró quedamente, antes de levantarse, cerrar la puerta y correr hacia el portal del edificio. No miró atrás, pero si lo hubiera hecho habría visto que la expresión estoica de Byakuya se suavizaba, y que se quedaba donde estaba hasta que la joven hubo desaparecido dentro del edificio.
Hisana subió lentamente las escaleras y atravesó un oscuro, estrecho pasillo hasta su puerta. Cuando la abrió, fue recibida por el brillo anaranjado de una única lámpara, que iluminaba la habitación con un fulgor tenue, proyectando las sombras de los objetos sobre las paredes.
Apenas hubo entrado, su hermana se giró en el sofá en el que había estado sentada.
-¿Rukia...?- Preguntó Hisana. Podía ver sus ojos enrojecidos, y se preguntó si le habría pasado algo. Nunca antes la había esperado despierta hasta tan tarde.
Antes de que pudiera añadir algo más, Rukia se levantó y se echó en sus brazos, abrazándola fuertemente.
-Lo siento...- La oyó susurrar entre sollozos.- No quería gritarte... Es que... Es que te echaba de menos... Lo siento, nee-san...
Hisana cerró los ojos y le devolvió el abrazo, acariciándole el pelo suavemente.
-Tranquila, no importa- la estrechó aún más fuerte, sintiendo un nudo en la garganta y lágrimas rodando por sus mejillas.- Todo va bien...
N.A: Me parece que Rukia me quedó un poco OOC, pero también hay que tener en cuenta que las circunstancias de su vida son diferentes al canon. Primero, porque al tener al soporte emocional de una familia no ha tenido que madurar tan rápido, y segundo porque en esta historia realmente tiene quince años, en vez de solo aparentarlos, al fin y al cabo en el manga tiene como cien años.
Y dentro de poco empiezo a tener exámenes, así que no sé cuándo voy a actualizar, aunque espero poder acabar otro capítulo antes de Navidad. Aunque no me hagáis mucho caso...
Próximo capítulo: "Un viaje inolvidable".
