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N.A: ¡Feliz Navidad! (mira el calendario) Oops, creo que me he retrasado un poco. Tres semanas, al parecer. Bueno, da igual. Espero que hayáis tenido unas buenas vacaciones (yo conseguí comerme las doce uvas, ¡yay!) Sé que había quedado en subir este capítulo antes, pero entre los exámenes y que Navidad es una época malísima para concentrarse en mi casa, se me acabó pasando el tiempo rapidísimo.
Bueno, gracias a KByakuya y a Makiko-maki maki por comentar; y aquí va el cuarto capítulo, espero que os guste.
Capítulo 4: Un viaje inolvidable
Si por ella fuera, Hisana hubiera evitado a Byakuya Kuchiki para el resto de sus días.
Aquella noche había estado demasiado cansada para pensar con claridad, pero cuando se había despertado al día siguiente, se había dado cuenta de pronto de lo incómodo de su situación. ¿Cómo iba a poder trabajar ahora después de aquello? No podría volver a mirar a Byakuya sin recordar el ridículo que había hecho. Y a saber cómo la trataría él... Debía de pensar que era tonta, o débil, o una loca...
La suerte pareció sonreírle al principio, porque Byakuya pasó el resto de la semana encerrado en su despacho o de una reunión a otra, y a la semana siguiente estuvo fuera por un viaje de negocios. La distancia y el hecho de que al parecer Byakuya no le había contado a nadie lo de aquella noche (Hisana se hubiera muerto de la vergüenza si lo hubiera hecho) fueron calmándola poco a poco y consiguió relegar aquel episodio de su vida a un rincón oscuro de su cerebro junto a muchos otros momentos vergonzosos que nunca debían ver la luz del día.
Pero como cabría esperar, las cosas no duran eternamente y Hisana tuvo que enfrentarse de nuevo a la presencia de aquel hombre que se había convertido, desde su punto de vista, en una fuente inagotable de humillaciones. Y todo empezó un buen día en el que Ukitake se le acercó con una sonrisa enorme.
-Hisana, tengo buenas noticias. Va a haber una convención en Hong Kong, con varios escritores y representantes de editoriales invitados, y la dirección te ha elegido para que vayas de corresponsal de la revista y escribas un artículo, con todos los gastos pagados. ¿Qué te parece?
Hisana sonrió ilusionada, los ojos brillantes de excitación. Nunca había podido salir del país y el trabajo sonaba realmente bien.
-¡Es maravilloso! ¿Cuándo es?
-Dentro de dos semanas, salís el viernes a primera hora y volvéis el domingo por la noche, así que si ves que estás muy cansada a la vuelta no hace falta que vengas el lunes.
-Gracias, es muy amable...- Hisana iba a seguir agradeciéndole pero entonces cayó en la cuenta de que Ukitake había usado el plural.- ¿Quién más va a venir?
-Byakuya, lo mandó su abuelo como representante de la editorial Kuchiki... Hisana, ¿estás bien? Te has puesto muy pálida.
-No, no, estoy bien- Trató de disimular Hisana. Tragó saliva y se levantó deprisa, casi tirando la silla al suelo.- ¿Me disculpa un momento? Tengo que...
Dejó la frase sin acabar y prácticamente corrió hacia el cuarto de baño. Una vez allí abrió el grifo y se echó agua por la cara. El frío cortante la calmó un poco, y contempló su reflejo en el espejo con las manos aferradas al borde del lavabo.
¿Qué iba a hacer ahora? ¿Cómo iba a pasar tres días con él? ¡No iba a poder aguantarlo! Era demasiado para sus nervios...
Aunque quizás estaba exagerando. Quizás Byakuya se había olvidado de aquel incidente. Y tal vez tendría muchas reuniones y no lo vería mucho. Además, se estaba comportando como una niña pequeña. No podía huir eternamente, tenía que ser madura y afrontar sus miedos. Si Byakuya la trataba como a una tonta o una loca tampoco es que eso fuera a matarla, ¿verdad?
Hisana respiró hondo y volvió a pasarse las manos húmedas por la cara y el cuello. No era para tanto, se dijo. En el instituto se había acostumbrado a que se rieran de ella y lo había superado. Bueno, casi. Seguía dándole pánico hacer el ridículo, y parecía volverse especialmente torpe delante de Byakuya. Pero ya no estaba en el instituto, ¿verdad?
Se secó las manos y la cara, repitiéndose una y otra vez que estaba exagerando, que no era para tanto. Si seguía así, igual acababa creyéndoselo.
Las siguientes dos semanas pasaron más rápido de lo que a Hisana le hubiera gustado. Para cuando quiso darse cuenta, era ya el viernes señalado y se encontró a sí misma yendo de un lado a otro del diminuto apartamento revisando una y otra vez que no le faltara nada.
Sentada a la mesa y con una taza de té en la mano, Rukia observaba su ir y venir con ojos aún velados por el sueño. Se había empeñado en despertarse antes de lo que debía para despedirla, y de vez en cuando respondía entre bostezos cuando su hermana le preguntaba cosas como si había visto su cepillo (que ya había guardado), si sabía dónde estaban sus zapatos (que ya se había puesto) o cuando le decía (por cuarta o quinta vez, Rukia ya había perdido la cuenta) que si pasaba algo no dudara en llamarla.
Y así, después de asegurarle de que no le hacía falta nada (en un tono de tranquila-no-voy-a-quemar-la-casa-ya-soy-mayorcita), ambas hermanas se dieron un beso de despedida y Hisana arrastró su maleta escaleras abajo, y justo cuando salía del portal llegó Kaien en su coche. Como buen caballero que era cuando se lo proponía, le cogió la maleta y la guardó en el maletero para llevarla luego al aeropuerto. Al principio, Hisana había pensado en ir en transporte público, pero la esposa de Kaien, Miyako, que era una buena amiga suya, insistió en prestarle a su marido como chófer. Kaien obviamente no tuvo el valor de negarse.
Llegaron al aeropuerto a la hora prevista y sin incidentes. Kaien la dejó en la entrada, donde Byakuya ya la esperaba. Apenas la saludó con una leve inclinación de cabeza y entró en el edificio con Hisana detrás.
Estaba muy, muy nerviosa. Era la primera vez que viajaba en avión y lo observaba todo con ojos como platos. Si Byakuya se dio cuenta o no de su excitación, no lo demostró. Se limitó a guiarla por el aeropuerto, primero cuando facturaron las maletas y después a través del puesto de seguridad, con la calma indiferente de quien ya ha pasado por la misma situación cientos de veces. En cuanto encontraron la puerta por la que deberían embarcar, Byakuya se dirigió a un bar cercano, pidió un café y se sentó a leer el periódico. Hisana se quedó de pie sin saber que hacer exactamente. No la había invitado a sentarse, de hecho, apenas había dicho un par de palabras desde que se habían encontrado, y la situación se estaba haciendo muy incómoda, al menos para ella, porque no había forma de saber qué pensaba Byakuya. Así que se sobresaltó bastante cuando lo oyó hablar desde detrás del periódico.
-¿No vas a sentarte?
-¿Eh? Ah, si, claro.
Se sentó en el borde de la silla frente a él. Jugueteó un poco con sus dedos. Pensó en pedir algo de beber, pero estaba demasiado nerviosa como para tomar nada. Sacó un libro que se había guardado en el bolso e intentó centrarse en la lectura, pero le fue imposible. Levantó la mirada, justo a tiempo para ver a Byakuya dar un sorbo a su taza y pasar la página. Hisana observó el periódico tras el que estaba oculto. ¿La estaba ignorando? No, no, él siempre era así de frío y distante... Bueno, excepto aquella noche. Nunca hubiera esperado que fuera tan... cálido. O tierno o considerado. No le pegaba. Tal vez por eso no lo había mencionado. Eso era bueno, ¿no? Quizás ya se había olvidado de aquel incidente.
Curiosamente, ese pensamiento en vez de aliviarla le resultó ofensivo. Se confiesa con él en un momento de debilidad ¿y él lo olvida así como así? ¿Ni siquiera tenía la amabilidad de preguntarle si ya estaba mejor?
A Hisana le entraron ganas de tirarse del pelo. Le estaba dando demasiadas vueltas al asunto. Otra vez. Se puso de pie y murmuró algo sobre ir a dar una vuelta. Byakuya no le contestó.
La siguiente media hora se le hizo interminable. Hisana estuvo dando vueltas de un lado a otro viendo tiendas, mirando a cada poco su reloj. Cuando por fin fue la hora de embarcar, casi salta de alegría.
Su primer viaje en avión fue un trayecto corto y cómodo. Entre Tokyo y Hong Kong hay como una hora de vuelo, y viajaban en primera clase (tendrían que ir en clase turista, pero por lo que había oído Byakuya se había empeñado en que no estaba a su altura y había pagado la diferencia de precio de su bolsillo), así que Hisana salió del avión sintiéndose más relajada de lo que estaba al subir, aunque un poco mareada.
Cogieron un taxi hasta el hotel. Hisana tuvo que contenerse para que su mandíbula no se desencajara por el asombro. Era un edificio enorme y elegante, con una amplia recepción y grandes ventanales por los que entraba la luz tibia que anunciaba la llegada del invierno. Su habitación era más grande que el piso en el que vivía, con una cama el doble de ancha y mullida y un pequeño balcón que daba al mar.
Hisana se tendió un momento a descansar. Byakuya tenía una reunión y no lo vería hasta la noche, así que decidió salir a comer algo y luego pasar la tarde paseando.
Después de una pequeña parada en un restaurante de comida rápida de esos que están por todas partes, dio varias vueltas por los alrededores, observando los altos edificios y las animadas calles llenas de gente. Al cabo de un par de horas empezó a cansarse de andar por ahí sola y decidió volver al hotel, aunque fuera solo para descansar un momento antes de volver a salir. Se perdió un poco, pero al final pudo encontrar el camino de vuelta, pero con el tiempo justo para prepararse antes de la cena. Tampoco es que fuera a ir muy colocada, pero es que quería llamar a Rukia antes de que se hiciera tarde.
Su hermana también acababa de llegar de dar un paseo, pero bien acompañada por su pandilla de amigos. Hablaron durante un buen rato y antes de colgar Rukia le prometió que la llamaría al día siguiente, cuando volviera a casa después de ir al cine con sus amigos. Hisana sonrió, contenta de que por una vez se estuviera divirtiendo, y después de coger una chaqueta y su bolso salió de su habitación. Se había duchado y cambiado de ropa para despejarse un poco, pero seguía vistiendo informal. Por suerte para ella, había venido como observadora y sólo tenía que pasar desapercibida, justo como a ella le gustaba, no como aquella fiesta a la que la arrastró Ukitake.
Justo acababa de llegar a la recepción cuando una voz conocida, pero no la que esperaba, la llamó.
-¡Hisana!- Se dio la vuelta, justo a tiempo para que cierta persona a la que hacía mucho que no veía la atrapara en un abrazo asfixiante que casi le rompe las costillas, mientras su rostro era presionado contra un par de enormes senos.
-¡Me alegro tanto de volver a verte, Hisana!- Exclamó una aguda voz femenina.
Hisana agitó los brazos, tratando de llamar la atención de su captora sobre el hecho de que se estaba quedando sin oxígeno. La mujer debió darse cuenta, porque la apartó un poco de sí, sujetándola por los hombros.
-¡Oh! ¿Estás bien, Hisana?- Preguntó, sus grandes ojos marrones muy abiertos.
-Sí... estoy... bien... Nel...- jadeó Hisana. Lamentó decirlo al instante. Neliel Tu Oderschvank (más conocida entre sus amigos y fans como Nel Tu) sonrió de nuevo y le dio otro de sus famosos "abrazos rompehuesos".
-¡Yay! ¡Me alegro tanto de que estés bien!
Hisana aguantó como buenamente pudo. Entre Nel y Rangiku a veces se sentía como un osito de peluche.
Había conocido a Neliel poco después de empezar a trabajar en Soul Society. Nel acababa de publicar su primer libro, una novela infantil de aventuras, y de alguna forma que no recordaba un ejemplar había llegado a manos de Hisana. La historia la había fascinado por completo y escribió una crítica muy positiva; fue de los primeros artículos que escribió y que le ganaron la fama de tener un gran olfato para descubrir nuevos talentos, porque aquella novela se convirtió pronto en un éxito de ventas y Nel no tardó en ser conocida como una de los mejores autores de literatura infantil y juvenil de Japón. Hisana tuvo la oportunidad de conocerla en un evento como aquel y de inmediato se hicieron muy amigas. Nel tenía una personalidad abierta, alegre y cordial que de alguna forma se complementaba perfectamente con el carácter más tímido e introvertido de Hisana.
En cuanto Nel dejó de asfixiarla y ambas intercambiaron las preguntas de rigor a cerca de su salud y familia, Hisana abordó un tema del que quería hablar con ella desde hacía un tiempo. Había leído su última novela y le había preocupado notar algo diferente, como si la magia que normalmente acompañaba a sus palabras se estuviera tambaleando.
-Si, lo sé- suspiró Nel.- La verdad es que me estoy sintiendo poco inspirada últimamente. Creo que me voy a tomar una temporada de descanso después de la gira por Estados Unidos que tengo programada para la próxima primavera- Hisana asintió con un gesto de empatía, intentando buscar algo que decir, pero no hizo falta. Lo mejor de Nel era que nunca podía pasar mucho tiempo triste.- ¡Oh, ya sé ! ¿Y si cenamos juntas? Hace mucho que no nos vemos y tengo mucho que contarte. ¿Qué te parece?
Hisana dudó un momento. En principio, había quedado con Byakuya para cenar, pero aún no había aparecido ni había tenido noticias suyas en todo el día, y no quería quedarse en vestíbulo esperándolo como una tonta cuando seguramente estaba en una reunión. Y de todas formas, aún si se presentaba, ¿qué iba a pasar? ¿Iba a pasar toda la cena en silencio, sin prestarle la menor atención, como en el aeropuerto? No, no quería volver a pasar por eso.
Hisana sonrió a Nel.
-Claro, me encantaría que cenásemos juntas.
De todas formas, no es como si Byakuya la fuera a echar de menos.
El día siguiente prometía ser radiante en todos los sentidos. En el cielo sólo se veían algunos jirones de nubes que no lograban ocultar la luz tenue del sol y desde el mar soplaba una suave brisa. Hisana se despertó sintiéndose como nueva, aunque le costó más que de costumbre levantarse. Aquella cama era demasiado cómoda y calentita como para abandonarla fácilmente. Por fin, después de media hora de dar vueltas y de oír el despertador pitar cada diez minutos, consiguió de alguna forma reunir la suficiente fuerza de voluntad como para levantarse. Caminó aún adormilada hacia el cuarto de baño, se duchó, se vistió y tras un buen desayuno en el bar del hotel, se sintió ya perfectamente preparada para un largo día de trabajo.
La convención tenía lugar en aquel mismo hotel y Hisana no tuvo problemas para orientarse, sin dejar de tomar notas de todo lo que pasaba a su alrededor. Hacía el mediodía, se sirvieron varias mesas con aperitivos, y justo cuando Hisana acababa de servirse un bocadillo y un vaso de agua se fijó en algo que le llamó la atención. Cerca de donde estaba había un grupo de sillones alrededor de una pequeña mesa redonda, todos desocupados salvo uno, en el que dormitaba un hombre de unos treinta o treinta y cinco años, vestido con vaqueros y camisa a cuadros.
Hisana sonrió para sí. He ahí otro rostro familiar. Se acercó en silencio al hombre dormido en el sillón, se inclinó a la altura de su oreja y...
-¡Stark!
El hombre se cayó de su asiento. Hisana se cubrió la boca con una mano para evitar reírse mientras el hombre la miraba desde el suelo, parpadeando con aire adormilado.
-Hisana...- Dijo al fin, al parecer ya lo suficientemente despierto como para reconocerla. Hisana le sonrió.
-Me alegra verte de nuevo, Stark.
El hombre gruñó algo parecido a un saludo y se volvió a acomodar en su sillón, cerrando los ojos. Hisana se sentó frente a él, sin dejar de sonreír.
Cuando conoció a Stark no era más que una pobre estudiante que de alguna forma se la arreglaba para estudiar, trabajar, cuidar a su hermana pequeña y colaborar en la revista de la Universidad, todo a la vez, y él era ya un escritor consagrado. Por algún motivo, había accedido a que aquella revista universitaria le hiciera una entrevista, y había recaído en Hisana el honor de llevarla a cabo, más que nada porque los estudiantes que tenían más experiencia en ese campo estaban todos en el último año y demasiado preocupados por sus propios futuros como para centrarse en nada más. Hisana no había hecho una entrevista nunca antes, y a los nervios de la primera vez se sumaba el hecho de que siempre le habían encantado las novelas de C. Stark. Los días previos al que habían señalado para la entrevista los pasó en constante agitación. Hasta Rukia, que por aquel entonces tenía diez años, le tuvo que decir que "se calmara y dejara de comportarse como una loca fangirl".
No fue capaz, por cierto. Así que llegó a la entrevista temblando como un flan y casi sin poder articular una palabra, y el hecho de que el hombre en cuestión pareciera a punto de quedarse dormido en cualquier momento no ayudaba nada. Pero cuando acabaron y Hisana estaba a punto de irse, pareció despertar de golpe y, con un brillo inteligente en los ojos que no hubiera creído posible cinco minutos antes, le dijo:
-Espero que la próxima vez estés más relajada. No te he mordido, ¿no?
Hisana se pasó el resto del día con las mejillas rojas.
Pero lo cierto era que aquella primera experiencia de su carrera periodística le había valido de mucho. Volvió a ver a Stark un par de veces después de empezar a trabajar en Soul Society; para su sorpresa, se acordaba de ella, y acabó cogiéndole confianza, incluso diría que tenían una relación amistosa. De hecho, cuando hacía poco había vuelto a entrevistar a Stark por encargo de Ukitake, se había atrevido a pedirle un autógrafo, cosa que llevaba deseando desde los quince años.
Hisana le daba un mordisco a su bocadillo, aún sonriendo y perdida en sus recuerdos, cuando alguien más pareció pensar que Stark ya había dormido lo suficiente. Como una centella, la forma menuda de una niña pasó a su lado y le lanzó al hombre una patada en el estómago. Stark se encogió sobre sí mismo de dolor, mientras la niña le gritaba:
-¡Vamos, arriba, holgazán!
-¡Lylinette! ¿Qué demonios te pasa? ¡Eso ha dolido!- Se quejó Stark, aún frotándose su dolorido estómago.
Lylinette, una chiquilla delgada de no más de doce años vestida con ropas de chico, le respondió con un puñetazo, para luego tirarse sobre él y zarandearlo sin piedad mientras le gritaba lo inútil y vago que era.
Hisana se los quedó mirando sin saber si intervenir o no. Ya conocía a la ahijada de Stark, y sentía una profunda simpatía por la chica a pesar de su mal carácter. Lylinette había tenido que irse a vivir con él después de que su padre, policía y amigo de la infancia de Stark, muriera en acto de servicio. Su madre había fallecido de cáncer cuando era muy pequeña y no tenía más familia, así que su padrino la acogió. Y formaban una pareja muy extraña, por cierto él siempre tan tranquilo y ella tan hiperactiva (por lo que Hisana había oído, Lylinette había sido siempre así, las pérdidas sufridas en su corta vida al parecer no eran la causa de su agresiva personalidad como muchos pensaban). Cómo podían soportarse, y más aún convivir juntos, era algo que nadie entendía, pero Hisana pensaba que tal vez era precisamente porque eran tan diferentes que se complementaban a la perfección, además de que los dos eran personas bastante solitarias.
Lylinette pareció aburrirse por fin de torturar a su padrino, y lo dejó quejándose de sus magulladuras para saludarla. Quizás era por tener una hermana bastante más joven, pero a Hisana siempre se le habían dado bien los niños, y Lylinette no era una excepción. Aunque no pasó mucho hasta que la chica comenzó a criticar a Stark.
-Oye, que sigo aquí- dijo al fin. No solo Lylinette no dejaba de ponerlo verde sino que hablaba tan fuerte que no lo dejaba dormir.
-¡Cállate!- Le espetó la niña.- ¡Tú deberías estar escribiendo en vez de vaguear por ahí!
-Es cierto- intervino Hisana con interés-, oí que ibas a publicar una nueva novela.
-No a este ritmo- masculló Lylinette.
Stark se encogió de hombros.
-Oh, vamos, no es para tanto. Tengo hasta Noviembre para acabar el borrador.
Hisana parpadeó.
-Stark, estamos a Noviembre.
Stark volvió a caerse de su asiento.
-¡Cómo! ¿Tan pronto?
-Te dije que te espabilaras y no lo dejaras todo para el último momento- dijo Lylinette con cierto placer malsano.
Stark no la oyó. Había sacado una libreta y un bolígrafo de un bolsillo y se había puesto a escribir como si le fuera la vida en ello, murmurando incoherencias para sí. Hisana y Lylinette se limitaron a ver el espectáculo masticando tranquilamente sus aperitivos.
Estaban acabando cuando otro personaje conocido entró en escena.
-Hisana.
Se dio la vuelta al oír su nombre. De pie, justo a su lado, estaba Byakuya. Hisana sintió un escalofrío. Había algo en él hoy, un brillo de acero en su mirada, que lo hacía parecer más frío y distante que de costumbre.
-Oh, hola Byakuya- Hisana trató de sonreírle, pero despedía un aura tan oscura que no fue capaz, así que intentó refugiarse en las formalidades.- Estos son Coyote Stark...
-Sólo Stark- intervino el escritor, sin levantar la cabeza de sus notas. Hisana pudo por fin sonreír un poco. Al parecer a Stark no le gustaba su nombre, y cuando una vez le había preguntado por qué no se lo cambiaba, él se la había quedado mirando y le había dicho solamente: "¿Tienes idea del papeleo que tendría que rellenar?"
-... y Lylinette Gingerback- la niña lo examinó de arriba abajo y torció los labios con evidente desagrado.- Este es Byakuya Kuchiki.
-¿Kuchiki, como la editorial?- Stark había alzado por fin la cabeza, los ojos brillando con esa chispa de inteligencia que le hacía parecer una persona totalmente diferente. Byakuya asintió, manteniéndole la mirada sin parpadear.- Recuerdo que les envié un manuscrito cuando estaba empezando a escribir. Aún estoy esperando a que me contesten.
-Recibimos cientos de manuscritos al año. No todos son lo suficientemente buenos como para ser publicados por nuestra editorial- contestó Byakuya en su más frío y arrogante tono.
La atmósfera se había vuelto muy tensa. Ambos hombres se miraban fijamente a los ojos y parecían a punto de lanzarse al cuello del otro, en todos los sentidos. Hisana se movió inquieta en su asiento y decidió intentar romper el hielo.
-Eh... Esto... ¿Me buscabas, Byakuya?
Él no reaccionó de inmediato, pero de pronto se giró y comenzó a caminar, diciendo una única palabra:
-Ven.
Hisana se quedó un momento paralizada por su extraña actitud, pero se excusó y lo siguió. Byakuya guardó un terco silencio hasta que llegaron a un pasillo solitario y se volvió hacia ella.
-¿Dónde estabas?- Casi le espetó. Hisana parpadeó.
-¿Cómo?
-Te he preguntado dónde estabas- repitió él en un siseo de ira contenida. Al ver su desconcierto, elaboró más.- Anoche. Íbamos a cenar juntos. Te estuve esperando cerca de diez minutos y no apareciste.
Hisana no sabía si reír o enfadarse. ¿Sólo la había esperado diez minutos? ¿Y por qué lo decía como si lo hubiera dejado plantado durante horas?
-Me encontré a una amiga y fuimos a cenar juntas- explicó al fin, optando por intentar ser diplomática.
-Eso no es lo que habíamos acordado- replicó él en el mismo tono helado.- No toleraré semejante comportamiento anárquico.
Hisana no podía creer lo que estaba oyendo. Tampoco es que fuera para tanto.
-¿No estás exagerando un poco?- Preguntó, intentando no sonar maleducada. Byakuya torció los labios.
-Estamos aquí por trabajo, no para socializar. Si no puedes entender eso, tendré que informar a Ukitake de tu falta de profesionalidad.
Y con esto, se dio la vuelta y se alejó a grandes pasos.
Hisana sintió que la mandíbula se le desencajaba. ¡Pero bueno! ¿Se puede saber de que iba todo eso? Vale, quizás tendría que haberlo avisado, pero no era como para montar una escena. Además, ¿no fue él el que la estuvo ignorando todo el día? ¿Cómo se atrevía a hablarle así? Hisana se sintió enrojecer de ira y quiso gritarle un par de cosas, pero ya se había ido. Sin ganas ya de hablar con nadie, subió hasta su habitación para ahogar su rabia contra la almohada.
La tarde siguió con el horario previsto, pero Hisana aún se sentía malhumorada por su encuentro con Byakuya. En un momento dado encontró la forma de escabullirse un rato. Necesitaba aire fresco después de pasar todo el día encerrada. Salió a la amplia terraza del hotel, que daba al mar oscurecido por el ocaso, y caminó a paso lento. Estaba cansada y el recuerdo de su discusión con Byakuya aún la molestaba. ¿Y si tenía razón? No, no estaba exagerando, se dijo. Y tampoco es que tuviera que darle explicaciones, al fin y al cabo él había venido para representar a su editorial y ella a escribir un artículo para la revista. No, no tenía que rendirle cuentas.
Pero eso no hacía que no se siguiera sintiendo mal por lo que dijo.
En eso estaba pensando cuando se detuvo de golpe. A pocos metros, mirando al mar con las manos en los bolsillos de su chaqueta, estaba precisamente la persona en la que estaba pensando. Hisana intentó evitarlo, pero ya era muy tarde.
-Hisana...
Cerró los ojos un segundo y se volvió hacia él, esperando otra reprimenda, pero se sorprendió al ver que de su rostro había desaparecido todo rastro de ira.
Le hizo un gesto para que se acercara y Hisana avanzó un par de pasos, insegura. Byakuya permaneció con la vista en el mar, y Hisana había empezado a considerar el intentar escabullirse de nuevo cuando por fin habló.
-Tal vez me sobrepasé un poco antes.
Hisana se lo quedó mirando. ¿Era eso una disculpa?
-No pasa nada, debería haberte avisado de que no iba a ir- dijo antes de darse cuenta.
Byakuya se volvió hacia ella y la miró directamente a los ojos. Hisana se sonrojó y apartó la mirada.
-Entonces supongo que deberíamos olvidar el asunto.
Hisana volvió a mirarlo. Su expresión se había suavizado, y se miraron un momento a los ojos antes de que Byakuya se girara de nuevo hacia el mar. Hisana sonrió levemente. Tal vez no era tan mala compañía después de todo. Se apoyó en la barandilla y ambos se sumieron en un confortable silencio.
Hisana respiró hondo, observando el mar de la bahía de Hong Kong. Una suave brisa jugaba con su pelo y ropas y el cielo se oscurecía rápidamente, dándole al paisaje una luz tenue, un aire de misterio que lo envolvía todo en un manto de serenidad, como si el tiempo se hubiera detenido.
De pronto, un suave "clic" la devolvió a la realidad. Levantó la mirada al mismo tiempo que Byakuya bajaba su móvil.
-¿Qué...?
Byakuya se apoyó en la barandilla a su lado y le enseñó el teléfono. Le había sacado una foto cuando estaba distraída. Hisana miró sorprendida su propia imagen: los párpados un poco entornados, su blusa flotando a su alrededor, insinuando las líneas de su cuerpo, su cabello meciéndose levemente como una halo alrededor de su cabeza, y una ligera sonrisa en los labios de la que no había sido consciente. Levantó la cabeza, y se encontró con que Byakuya la miraba intensamente. Se sonrojó, e intentó disimular frunciendo el entrecejo.
-No está bien que saques fotos a los demás cuando están distraídos.
-¿Por qué no?
-Pues porque...- Hisana se calló. La verdad es que no se le ocurría una buena razón. Jugueteó un poco con sus dedos y al final añadió:- Es que nunca salgo bien en las fotos...
Byakuya arqueó una ceja.
-En esta has salido bastante bien.
Hisana levantó la mirada con recelo, sospechando que se estaba burlando de ella, pero en sus ojos sólo vio sinceridad. Se mordió el labio. No sabría decir por qué, pero que él tuviera una foto suya se le hacía muy incómodo.
-Es igual, bórrala- dijo al final, intentando mantener la apariencia enfadada, y preguntándose por qué se sentía como si su estómago hubiera empezado a hacer volteretas.
Byakuya se la quedó mirando con esa expresión analítica tan suya.
-Esta bien- dijo por fin. Presionó un par de teclas y volvió a mostrarle la pantalla del móvil, en la que ahora se podía ver un mensaje de "¿Desea borrar este archivo?". Byakuya presionó el botón de OK, y el mensaje cambió a "Archivo borrado".
-¿Así mejor?
-Sí, gracias- respondió ella. Hubiera jurado que Byakuya había sonreído, pero no estaba segura, porque casi de inmediato se volvió hacia el mar. Hisana lo miró mientras contemplaba las grises aguas. Se lo veía... calmado. Sin rastro de aquel aire tenso y autoritario que parecía acompañarlo siempre. Hisana volvió a sentir aquella sensación extraña en el estómago. Acababa de recordar la primera vez que lo vio, y lo fascinada que se había sentido por aquellos ojos tan intensos...
Byakuya se volvió hacia ella de pronto y Hisana se giró hacia el mar, intentando disimular que lo había estado observando. Como cabía esperar, él no se dejó engañar.
-¿Sucede algo, Hisana?- Preguntó en un tono muy cortés que apenas dejaba entrever una nota de diversión.
-No, no. ¿Porqué lo dices?- Tartamudeó ella. Dios, en momentos como ese de verdad deseaba ser tan buena actriz como Rukia.
-Te has puesto roja- contestó él, y a Hisana casi se le sale el corazón del pecho. Su voz había sonado muy cerca de su oreja.
-Eh... Es que... Es que...- Hisana tragó saliva. Casi podía sentir el calor de su cuerpo y su olor se mezclaba con la brisa marina, creando una fragancia imposible de describir. ¿Y por qué se había vuelto tan difícil pensar?
Entonces, sintió una leve presión en sus hombros. Byakuya la hizo girarse para quedar cara a cara y apoyó dos dedos en su barbilla, haciéndola alzar el rostro suavemente. Hisana contuvo la respiración. Estaba realmente muy cerca.
Byakuya la observó atentamente, apartando unos mechones que el viento había arrastrado hacia su cara. Hisana sintió un leve estremecimiento cuando sus dedos rozaron su mejilla como por accidente. Podía sentir su respiración en el rostro, sus labios estaban a pocos milímetros de distancia y entonces...
Sonó el teléfono.
Hisana se sobresaltó y buscó frenéticamente en su bolso, apartándose de Byakuya, y en cuanto encontró el móvil se lo llevó a la oreja.
-¿Si? ¡Oh! ¡Hola Rukia! ¿Va todo bien? ¿Si? ¿Yo? No, no estoy bien, no es nada... Espera un segundo- se volvió hacia Byakuya.- ¿Me disculpas un momento?- Él asintió y Hisana le dedicó una sonrisa de agradecimiento antes de alejarse hablando animadamente con su hermana.
Byakuya la observó hasta que desapareció de su vista y volvió a apoyarse sobre la barandilla mirando al mar. Sacó su móvil, y buscó en la galería de fotos. Hisana le había pedido que borrara la que le había sacado, pero no dijo nada de la copia que había hecho.
Una ligera sonrisa curvó sus labios mientras acariciaba la imagen de la joven, deseando que fuera real, recordando la sensación de tenerla cerca de él cuando sus labios casi se tocaron...
N.A: Wow, creo que este es el capítulo más largo que he escrito hasta ahora.
Nel y Stark siempre fueron mis Arrancar preferidos. Los echo tanto de menos… :'(
Próximo capítulo: De familia y viejos amigos.
