Páginas en blanco
N.A: Siento muchísimo el retraso, pero entre un grave caso de falta de inspiración, las clases y mi actual obsesión con Canción de hielo y fuego, no escribo nada desde hace meses. Lo siento :(
Creo que este es el capítulo más divertido de toda esta historia. Un poco absurdo tal vez, pero me divertí mucho escribiendo ciertas escenas, ya veréis ;D
Gracias a sunev.31, Yui-nyann, Makiko-maki maki, azulaill y AniiCross por comentar. Espero que os guste :)
Capítulo 8: De resfriados, dibujos y un visitante no deseado.
-Aaa... ¡Achúuuu...!
Hisana cogió otro pañuelo de papel y se limpió la nariz. Sentía la cabeza pesada y apenas podía respirar. Rukia le pasó una taza de leche caliente con miel y le dio las gracias con voz ronca.
-Estás fatal. ¿Quieres que llame al señor Ukitake pera decirle que hoy no vas a trabajar?
-No, estoy bien, estoy...- Una fuerte tos la interrumpió y Rukia se cruzó de brazos.
-No, no estás bien. Vas a meterte en la cama ahora mismo y yo llamaré a la oficina. Al señor Ukitake no le importará que faltes un día o dos.
-Como quieras...- Refunfuñó Hisana. La verdad, no se sentía con ganas de discutir.
Era curioso cómo en situaciones como esa era Rukia la que actuaba como la hermana mayor. Hisana siempre había tenido una salud delicada y cualquier cambio de temperatura le afectaba muchísimo, así que no era raro que cayera enferma, mientras que Rukia tenía una salud de acero, de hecho no recordaba la última vez que había estado mala.
Hisana dio un par de sorbos a su taza. Le hizo sentir la garganta un poco mejor, pero la cabeza seguía doliéndole y la fiebre la hacía sentirse adormilada. Oyó a Rukia despedirse de Ukitake a través del móvil y dejó la taza medio vacía en la mesa.
-¿Y bien?
-Ukitake dice que te tomes todo el tiempo que necesites y que espera que te pongas bien pronto. Así que vete a la cama y nada de esforzarse demasiado, ¿vale?
-Está bien...
Rukia le dio un beso en la mejilla y salió corriendo para no perder el autobús. Hisana bebió de un trago lo que le quedaba de leche con miel e iba a levantarse cuando un fuerte estornudo la hizo caer de nuevo en la silla.
-Odio estar enferma...- Murmuró para sí, limpiándose la nariz. Se puso de pie lentamente para no marearse y se arrastró hasta su cama.
Byakuya supo que algo iba mal nada más entrar en la oficina. Al principio no estaba seguro de qué era (al fin y al cabo, si algo no faltaba en Soul Society eran cosas raras), pero pronto se dio cuenta de qué era. Hisana no estaba en su mesa, y no la había visto en todo el día.
Al principio no le dio demasiada importancia. Tal vez estaba en una entrevista o tenía una cita en el dentista o algo así. Pero a medida que avanzaba la mañana y Hisana no aparecía, fue preocupándose cada vez más y más, hasta que no pudo aguantarlo más y preguntó a Ukitake si sabía donde estaba, de la forma más casual que pudo e intentando no mostrar demasiado interés.
-Rukia llamó diciendo que estaba acatarrada, así que le he dado el día libre. Nada grave, seguro que mañana ya está bien- le contestó Ukitake, agitando una mano para restarle importancia.- ¿Por qué lo preguntas?
Byakuya se quedó un momento en blanco. No tenía una respuesta para eso, y no quería admitir que estaba preocupado por ella. Por suerte, en ese momento estalló la típica pelea diaria entre Sentaro y Kiyone, y Ukitake corrió a separarlos, librándolo de tener que responder.
Se pasó el resto del día dándole vueltas al asunto. Ukitake había dicho que no era nada, pero no podía dejar de pensar que tal vez necesitara ayuda. ¿Y si empeoraba de repente? Tal vez debería pasar a visitarla y asegurarse de que estaba bien... Seguro que agradecía un poco de compañía, y alguien tenía que mantenerla al día de los acontecimientos en la oficina, para que pudiera reintegrarse sin problemas cuando volviera.
Y así, en cuanto salió del trabajo fue directo a su casa. Recordaba la dirección de aquella vez en que la había llevado, aunque el bloque de apartamentos en el que vivía parecía aún más ruinoso visto de cerca. Estaba ya en el portal cuando se dio cuenta de que había cometido un pequeñísimo error: conocía la dirección, sí, pero no tenía ni idea de en qué apartamento vivía exactamente.
Se quedó plantado en el portal, sintiéndose como un idiota por primera vez en su vida, hasta que decidió que, ya que estaba allí, lo mejor sería llamarla. Tenía su teléfono en la agenda del móvil; recorrió el portal de un lado a otro mientras esperaba a que contestara al otro lado de la línea. Iba a colgar y volver a intentarlo cuando oyó un click y la voz de Hisana, algo ronca y cansada, lo saludó. Cuando le preguntó por qué la llamaba, Byakuya enrojeció.
-Ukitake me dijo que estabas enferma, así que vine a ver si necesitabas algo, pero me temo que desconozco el número de tu apartamento- confesó.
-No importa, de todas formas el telefonillo no funciona- hizo una pausa y añadió titubeante:- Pero ya que estás aquí... ¿Quieres subir? Espera un poco, me pongo una bata y ya bajo a abrirte el portal.
Byakuya empezó a protestar, pero Hisana ya había colgado, así que esperó. Unos minutos después, el portal se abrió y Hisana se asomó tímidamente, tenía el pelo revuelto, la nariz enrojecida y se cubría con una gastada bata violeta sobre un pijama rosa descolorido.
Lo invitó a pasar y Byakuya la siguió, subiendo unas escaleras destartaladas y a través de un pasillo oscuro con las paredes llenas de grietas hasta su apartamento. Era diminuto, consistía tan solo en una pequeña sala que hacía de salón y de comedor, con una mesa, dos sillas, un sofá viejo de dos plazas, una estantería de contrachapado llena de libros y una ventana que daba a un patio interior, una estrecha cocina a la izquierda y dos puertas a la derecha, una daba al baño y la otra al dormitorio.
-¿Quieres tomar algo?- Le preguntó Hisana, balanceándose adelante y atrás, al parecer incómoda por el aspecto abandonado de su hogar.- Me temo que sólo puedo ofrecerte un té o agua, Rukia y yo no solemos tener visitas...
-No importa- la tranquilizó Byakuya.- Sólo quería asegurarme de que estabas bien y traerte esto- sacó de su cartera unas cartas y documentos que Hisana había recibido ese día en el trabajo.
-Gracias, Byakuya, eres muy amable...- Una fuerte tos la interrumpió y se llevó un pañuelo a los labios.
-Deberías acostarte, tienes mal aspecto- le dijo Byakuya. Su voz no admitía réplica, y Hisana sólo protestó un poco cuando la acompañó al dormitorio.
-No tienes que quedarte, puedo cuidarme sola, de verdad.- Hisana estornudó, se limpió con un pañuelo de papel y lo tiró a la papelera. Fue a coger otro del bolsillo de su bata, pero se le habían acabado. Olvidando lo que acababa de decir, le pidió a Byakuya que le trajera otro paquete de pañuelos que tenía sobre la mesa del comedor. Cuando Byakuya volvió, Hisana se había acostado y cubierto de mantas hasta la barbilla. Le dio las gracias con voz pastosa.
-¿Necesitas algo más?- Preguntó Byakuya. Si ella decía que no hacía falta que se quedara, no la molestaría más, pero ya que estaba allí, se aseguraría de que estaba cómoda.
Hisana titubeó un momento antes de hablar:
-¿Podrías traerme el libro que está sobre la mesa del comedor, por favor?
Byakuya asintió, fue hasta el comedor, pero resultó que había más de un libro en la mesa, así que decidió llevárselos todos. De nuevo en la habitación, Hisana les echó un vistazo y parpadeó de sorpresa.
-Oh, parece que no es ninguno de estos el que quería... ¿Podrías dejarlos donde estaban, por favor? Ahora que lo pienso, creo que lo había dejado en el sofá.
Byakuya recogió los libros y los llevó de vuelta al comedor con cuidado de que no se le cayeran. Por suerte, sólo había uno en el sofá, así que lo cogió sin mirarlo siquiera y se lo llevó a Hisana. Cuando se lo dio, casi de inmediato se puso roja y lo mandó de vuelta, murmurando algo que sonaba como "es de Rukia".
A continuación, Byakuya le trajo los dos libros que estaban en el cuarto de baño, después el que estaba sobre la nevera, el que estaba en su bolso, los tres en el suelo junto a la entrada y el que se había caído detrás de la estantería. Dejó este último en el sofá con un suspiro de cansancio. Libros eran la única cosa que sobraba en esa casa, y empezaba a cansarse de ir de un lado a otro buscando el correcto. Esta vez, Hisana le había dicho que "creía que lo había dejado bajo el fregadero". En efecto, encontró un grueso volumen en el armario junto a un par de sartenes y cacerolas. ¿A quién se le ocurría dejar un libro en un lugar así?
Pero cuando volvió a su lado, antes de que pudiera decir nada Hisana levantó la cabeza hacia él y sonrió de una forma un tanto nerviosa.
-¡Ah, Byakuya! Ya encontré el libro, resulta que lo tenía aquí mismo, en la mesilla de noche. Siento muchísimo haberte molestado así...- Añadió, sonrojada y bajando la mirada con aire avergonzado de una forma adorable. De hecho, estaba tan mona que a Byakuya no le quedó más remedio que tragarse el malhumor, cerrar los ojos y murmurar:
-No tiene importancia.- Hizo una pausa y añadió:- ¿Necesitas algo más?
-Bueno... ¿Podrías traerme una taza de té, por favor?
Byakuya cerró los ojos un momento. Estaba acostumbrado a que le sirvieran, no a ser él el que hiciera de recadero. Pero tendría que hacer un esfuerzo ya que Hisana estaba enferma. Y si además se lo pedía por favor y con esos ojos de cachorrito abandonado... En fin, solo sería solo esa vez. Podría soportar hacer de sirviente un rato, ¿no?
Así que asintió y se dirigió a la cocina. Puso agua a calentar, encontró una caja de bolsitas de té barato y una taza en un estado un poco mejor que el resto. Pero cuando acabó de preparar el té y volvió al dormitorio, se encontró con que Hisana se había quedado profundamente dormida, con el libro que tantos problemas le había dado olvidado sobre la almohada.
Byakuya suspiró, puso el libro en la mesilla de noche y arropó a Hisana con cuidado de no despertarla. Salió del dormitorio, cerrando la puerta en silencio, y probó el té de la taza que aún tenía en la mano. Hizo una mueca (se notaba que no era de muy buena calidad), y se preguntó si debería irse. Pero no le gustaba la idea de dejar a Hisana sola con lo mal que se encontraba, y lo cierto era que tampoco tenía nada que hacer ni nadie lo esperaba en su apartamento, así que decidió que no pasaba nada por quedarse un poco más y asegurarse de que Hisana estaba bien.
Rukia subió los escalones de dos en dos y abrió la puerta del apartamento, cambiando la mochila de hombro para que no le molestara.
-¡Ya estoy en casa! ¿Estás mejor, Nee-san?
Se detuvo en seco. En medio del pequeño salón, a solo unos pocos pasos, estaba aquel hombre estirado que su hermana le había presentado la última vez que la acompañó a la oficina, dando tranquilos sorbos a una taza de té. "Byakuya, se llamaba Byakuya", recordó Rukia. ¿Que estaría haciendo allí?
-Hisana está durmiendo- la informó el tipo ese-. Necesita descansar, así que no hagas ruido, por favor.
La verdad es que sonaba más como una orden que como una petición. Rukia frunció el ceño, pero lo dejó pasar y le preguntó (de una forma un poco más brusca de lo que debería) que hacía allí.
-Asuntos de trabajo- contestó simplemente, en un tono que no admitía más preguntas.
"Qué tipo tan borde" pensó Rukia. Decidió ignorarlo y se sentó frente a la mesa. Al poco, Byakuya se sentó frente a ella, dando pequeños sorbos de la taza de té, mientras Rukia dibujaba en un cuaderno que había sacado de su mochila, lápices de colores desperdigados delante de ella. Byakuya la observó disimuladamente. No podía ver lo que estaba dibujando porque mantenía los brazos alrededor de la hoja y la nariz casi pegada al papel, ni siquiera levantaba la mirada cuando cogía un color diferente. Byakuya dejó la taza a un lado. De todas formas, no tenía nada mejor que hacer.
-¿Me dejas una hoja?
Rukia lo miró con suspicacia, como si acabara de pedirle un riñón, pero al final arrancó una hoja en blanco del cuaderno y se la pasó. Byakuya seleccionó uno de los lápices y, tras unos segundos mirando la hoja, planeando mentalmente lo que iba a hacer, empezó a dibujar.
Estuvieron así un buen rato, el ligero rasgar de los lápices sobre el papel el único sonido en la habitación. Al cabo de un rato Rukia levantó el cuaderno frente a ella para examinar su obra. No le había quedado nada mal, pensó. En primer plano, una coneja de pelo negro y vestido rosa empujaba el columpio en el que estaba sentada una versión más pequeña, vestida de azul oscuro. Un poco apartados, una pareja de conejos las observaba cogidos de la mano. Toda la familia de conejos sonreía mientras la pequeña conejita era columpiada más y más alto.
Rukia sonrió. Esa escena era de los pocos recuerdos que tenía de cuando sus padres vivían. Seguro que a Nee-san le iba a gustar.
Byakuya seguía dibujando, la espalda recta y los trazos firmes, y a Rukia le picó de pronto la curiosidad. No parecía la clase de persona a la que le gustan ese tipo de cosas, y no pudo evitar echar una ojeada por encima de su cuaderno de dibujo. Tuvo que contenerse para no abrir la boca de asombro.
Era lo más perfecto que había visto nunca. El cuerpo estaba formado por suaves curvas y coloreado de un verde esmeralda que combinaba perfectamente con el ocre claro de los brazos y piernas, perfectamente proporcionados con el resto del cuerpo. Su boca y sus ojos eran tan expresivos que casi parecían reales, mostrando a la vez ternura y orgullo.
Rukia se sentía impresionada. Nunca hubiera imaginado que ese hombre pudiera tener semejantes habilidades artísticas. En ese momento, Byakuya dio los últimos toques a su dibujo y levantó la mirada hacia ella. Rukia se sintió enrojecer y bajó la mirada hacia su dibujo. De pronto le veía un montón de fallos...
-¿Has terminado?- Rukia asintió con la cabeza.- ¿Puedo verlo?
Rukia apretó el cuaderno contra su pecho. De pronto se sentía muy avergonzada, y eso era algo nuevo para ella. Siempre había tenido mucha confianza en sus habilidades artísticas; Nee-san siempre le había dicho que dibujaba muy bien, igual que Renji y sus amigos de la infancia (después de que les diera un par de lecciones de arte a base de golpes), e incluso Orihime, que también tenía talento para el dibujo, admiraba sus obras. Al único al que no le gustaban era a Ichigo, pero él no contaba porque era idiota. Sin embargo mostrar sus dibujos a alguien con tanto talento era una cuestión diferente. ¿Y si no le gustaban?
Un poco a regañadientes le tendió el cuaderno, y Byakuya examinó su dibujo con su aire indiferente y distante de siempre mientras Rukia esperaba expectante.
-Está bien- dijo simplemente. A Rukia lo miró asombrada.
-¿De verdad?
-Sí.
Rukia no pudo contener una enorme sonrisa y sus ojos brillaron de emoción. Tal vez Byakuya no era tan mala persona como había pensado en un principio.
Estaba anocheciendo cuando Hisana se despertó. Se sentía algo mejor, tenía la cabeza más despejada aunque aún tenía la nariz bastante cargada. Entonces recordó que Byakuya se había quedado a cuidarla y ella se había quedado dormida. Eso era tan embarazoso… ¿Por qué siempre acababa haciendo el ridículo delante de él?
Lanzó un leve suspiro y miró el reloj. Rukia ya debía de haber llegado. ¿Por qué no la había despertado? Ahora que pensaba en ello, el piso estaba extrañamente silencioso. Tal vez Rukia estaba estudiando.
Se levantó despacio (aún se sentía un poco mareada) y abrió la puerta con cuidado para no molestarla, y entonces…
Se encontró ante la escena más sorprendente que había visto en su vida.
Sentados a la pequeña mesa del salón, uno frente a la otra, estaban Byakuya y Rukia, rodeados de hojas y hojas de papel llenas de coloridos dibujos y tan centrados en seguir llenando más que ni se fijaron en ella. Hisana se los quedó mirando, con la boca abierta y los ojos como platos, su resfriado totalmente olvidado y con la molesta sensación de estar aún soñando, cuando por fin Rukia se dio cuenta de que estaba allí.
-¡Nee-san! ¡Mira, mira! ¡Byakuya-san me está enseñando a dibujar!
Y levantó un dibujo de uno de sus famosos conejitos, que le estaba dando la mano a una cosa verde que parecía una nube con brazos, piernas y cara.
Hisana se repuso de su asombro y se acercó más. Visto de cerca, la verdad era que tenía cierto encanto.
-Es muy bonito, Rukia- la adolescente sonrió y Hisana señaló a la cosa verde.- ¿Qué es?
-¡Es el Embajador de Algas! ¡Byakuya-san me ha enseñado a dibujarlo!
Hisana se volvió hacia el hombre y vio que los folios que tenía delante tenían la misma criatura verde. Tampoco se le pasó el levísimo rubor de sus mejillas.
-¿De verdad? No sabía que supieras dibujar, Byakuya- cogió uno de sus dibujos y lo observó con más cuidado, sin poder evitar una risita.- Me gusta, es mono.
Byakuya se puso aún más rojo y recogió deprisa sus dibujos, sujetándolos de canto contra la mesa para que quedaran en un montón bien recto y volvió a dejarlos, esta vez boca abajo. Hisana volvió a reír, pero una fuerte tos la interrumpió. Byakuya le pasó un pañuelo y Rukia se puso de pie de un salto, acercándole la silla para que se sentara mientras decía que le prepararía un té con miel y corría a la cocina.
-¿Estás bien?- Preguntó Byakuya, apoyando una mano en su hombro.
-Si... Un poco mejor...- Hisana se aclaró la garganta y lo miró a los ojos.- Gracias.
Byakuya arqueó una ceja.
-¿Por qué?
-Por todo. Por tu ayuda, tu paciencia... No tenías por qué quedarte a cuidarme, ha sido un detalle por tu parte.
-No tiene importancia.
Hisana sonrió y Byakuya sintió que su corazón se aceleraba. Tenía la nariz enrojecida y el pelo revuelto, y aún así estaba preciosa. Su mano se deslizó de su hombro a su espalda, acariciándola suavemente, y con la otra le apartó ese mechón rebelde que siempre le caía entre los ojos. Hisana contuvo la respiración al sentir el roce de sus dedos, su corazón latiendo desbocado cuando Byakuya se acercó más a ella...
El silbido de una tetera los devolvió a la realidad.
-¡Nee-san, el té está casi listo!
Byakuya se apartó rápidamente y Hisana casi se cae de la silla por el susto. ¿En qué estaba pensando?
Rukia entró en el saloncito, completamente ignorante del momento íntimo que había hecho pedazos, y le sirvió una taza de té, parloteando animadamente sobre sus dibujos, cuando de pronto se le ocurrió una brillante idea.
-Nee-san, ¿puede quedarse Byakuya-san a cenar? ¿Por favor? Quiero que me siga enseñando a dibujar.
Hisana sonrió ante el entusiasmo de su hermanita.
-Rukia, eso deberías preguntárselo a él. ¿No has pensado en que tal vez esté ocupado y no pueda quedarse?
La adolescente frunció los labios.
-No se me había ocurrido...- Se volvió hacia el hombre.- Byakuya-san, ¿quieres quedarte a cenar? Después podemos seguir dibujando, si no estás muy ocupado.
-Me encantaría, pero no quisiera molestar...- Le dirigió una mirada dubitativa a Hisana, que le sonrió con dulzura.
-No es ninguna molestia.- Entonces, en un movimiento inesperado, le rozó el dorso de la mano con unos dedos tan leves y suaves como alas de mariposa, un rubor encantador extendiéndose por sus mejillas.- A mí también me gustaría que te quedaras a cenar.
Byakuya sintió que sus mejillas también se sonrojaban, y aceptó la invitación con toda la cortesía del mundo.
Y aunque el apartamento era pequeño y destartalado y la comida no tenía nada de especial, aquella fue la mejor cena de toda su vida.
Mientras tanto, en una antigua mansión a las afueras de la ciudad, Ginrei Kuchiki estaba de pie junto a la ventana de su despacho, mirando sin ver el magnífico jardín que rodeaba la casa de sus ancestros. Su postura era rígida y parecía haber perdido el vigor que solía mostrar pese a su edad.
Dos suaves golpes resonaron contra la entrada del despacho y oyó la voz de su mayordomo pidiendo permiso para entrar. Ginrei respondió con un seco "adelante" y el viejo criado abrió la puerta, permaneciendo en el umbral, y anunció la llegada del hombre al que había estado esperando. Ginrei cerró los ojos, inspiró hondo, e indicó al mayordomo que lo dejara pasar, toda esperanza de posponer la reunión desaparecida a ese punto.
Al poco entró aquel hombre. Pese a haber dejado atrás la juventud, su rostro no mostraba la más leve arruga y su cabello conservaba su natural color castaño, dándole un atractivo que los años, lejos de haber borrado, habían realzado con un aire de madurez y dignidad, y se movía con una seguridad y elegancia que denotaban el carácter carismático y seguro de sí mismo de quien tiene un talento natural para el liderazgo.
Se intercambiaron los saludos de cortesía (fría cordialidad cargada de hipocresía) y Ginrei invitó a su visitante a sentarse frente al escritorio antes de acomodarse en su propio asiento al otro lado, de espaldas a la ventana. La luz del sol poniente teñía de naranja el traje blanco del hombre y dibujaba sombras en sus labios que realzaban la sonrisa tranquila, casi arrogante, que exhibía constantemente. A Ginrei le hubiera gustado coger una de las katanas expuestas en la vitrina a su derecha y arrancarle la sonrisa de un tajo, pero con eso no resolvería nada.
-¿Y bien?- Preguntó el hombre. Tenía la voz suave y cálida de alguien acostumbrado a usar las palabras como un arma más afilada que cualquier espada.- ¿Ya ha reconsiderado mi oferta?
Era una pregunta inútil, ambos lo sabían. En circunstancias normales lo hubiera echado de su casa a patadas (sólo una forma de hablar, los Kuchiki eran una familia demasiado importante como para recurrir a semejantes vulgaridades), pero eso era imposible ahora. Aquel demonio vestido de hombre no le había dejado más opciones.
Ginrei cerró los ojos e inspiró hondo, las palabras que se formaban en sus labios sabían a ceniza y pesaban como la lápida de su propia tumba.
-Sí. Acepto su oferta.
Sosuke Aizen se reclinó en su asiento y esbozó la sonrisa triunfante de quien acaba de pronunciar el jaque mate en una partida de ajedrez.
N.A: Un poco de suspense para acabar nunca viene mal, jeje…
Hice una pequeña alusión a mi teoría favorita sobre cómo Byakuya creó el Embajador de Algas, en el capítulo 11 de Kokoro wo Hiite, de RukiaKuchiki926. Os lo recomiendo, es una de las mejores historias sobre Byakuya y Hisana que he leído.
Próximo capítulo: Páginas escritas.
