Capítulo 3 Stripper.

Stripper...

Edward escribió aquella palabra en su cuaderno, con tinta negra, y la subrayó. Después, la tachó.

Eso no podía ser cierto. Sí, ella había empezado con alguna profesión misteriosa durante la universidad, y muchas universitarias buenas y estudiosas habían caído en la tentación de bailar a cambio de dinero. Sin embargo, eso no podía ser cierto. Allí no había clubs de ese tipo. Fuera lo que fuera lo que hacía Isabella, tenía que ser algo que podía hacer desde casa. Hacer streaptease daba un buen dinero, pero ella no podía haber ahorrado tanto como para retirarse a los veintisiete años.

A menos que fuera una estrella que viajaba por todo el país y ganaba miles de dólares por bailar en los mejores clubs. Tal vez no debería haber desechado aquella posibilidad tan rápidamente.

O tal vez había visto demasiados programas especiales en la HBO durante su vida.

Edward lanzó el bolígrafo sobre el periódico que tenía abierto en el escritorio, y volvió a concentrarse en el ordenador para buscarla en Google por última vez. Su nombre figuraba en tinta en el periodicucho, junto al de Bella, y él quería averiguar su secreto antes de que lo averiguara Billy Black.

El viejo Billy había destrozado los años de instituto de Edward. O, más concretamente, había sido su propio padre quien los había destrozado, y Billy Black había magnificado alegremente cada momento doloroso, aireando todos los escándalos hasta el último detalle, fuera o no fuera cierto.

Edward había odiado a Billy durante años, tal vez porque le resultaba muy difícil odiar a su padre. Difícil, pero no imposible, y menos para un adolescente.

Sin embargo, había conseguido superar aquello. O pensaba que lo había conseguido, hasta que había visto su nombre en la columna de cotilleo de Black y había empezado a tener ardor de estómago.

Y nuestro Jefe de Edward Cullen ha añadido un nuevo punto en su lista de deberes laborales esta semana. Ha formado el comité de bienvenida para la nueva habitante de Forks y la ha visitado a primera hora de la mañana para saludarla de manera amigable y minuciosa. ¿Y quién es ella? Nuestra querida Isabella Swan, que ha vuelto a su pueblo natal y que ha sido recibida con los brazos abiertos. ¡Consulten esta sección la semana que viene para tener más información sobre lo que ha estado haciendo Bella durante los últimos diez años!

—Más información —repitió Edward con desprecio. A Black le iba a encantar aquello.

Qué fracaso. Él iba a tener que evitarla como si fuera la peste, por lo menos hasta que averiguara cuál era su secreto. ¿Y si ella había sido prostituta, por el amor de Dios?

—Has perdido la cabeza —se dijo. No iba a permitir que Billy lo volviera loco otra vez. Ahora era un adulto, no un niño atormentado.

—¿Jefe? —dijo Angela desde la puerta—. No estará disgustado por esa columna, ¿verdad?

—No —dijo Edward. Cerró la página de Google y abrió el informe en el que se suponía que debía estar trabajando.

—Billy Black no tiene derecho a cotillear sobre usted cuando usted está haciendo su trabajo.

—No pasa nada, Ángela. Sólo le estaba haciendo un favor a un amigo.

Ella asintió.

—¿Qué tal le va a Isabella Swan?

—Bien.

—Supongo que es… Debe de haber cambiado mucho después de haber vivido tanto tiempo en una ciudad grande.

Diferente. Edward frunció el ceño mirando el monitor. Sí, era diferente.

—¿Jefe?

—¿Qué? —preguntó él, y miró a Ángela. La vio agitar la cabeza en negación y arrepentimiento mientras volvía a su escritorio, que estaba en la entrada de la comisaría.

Edward se sentía disgustado consigo mismo. Se obligó a concentrarse en su trabajo del lunes. Terminó el informe y lo repasó, y lo envió a la oficina del sheriff de Washington. Mantenían una colaboración estrecha y coordinada para que el sheriff McTeague no tuviera que perder el tiempo patrullando aquella parte del condado. Si había algo que necesitara su atención, Edward se ponía en contacto con él. Si Edward necesitaba algo, por ejemplo, equipamiento de rescate o una partida de búsqueda, el sheriff se lo proporcionaba.

Unos minutos más tarde, el informe del propio sheriff apareció en la pantalla, y Edward estuvo media hora leyéndolo con atención. No había nada fuera de lo común. Unos cuantos accidentes. Un ratón muerto en mitad de la autopista. Dos arrestos por conducción bajo los efectos del alcohol. Incidentes domésticos. Edward memorizó los nombres que aparecían en el informe e imprimió el documento para añadirlo a sus archivos. Hecho.

En la pantalla apareció una alerta sobre el tiempo, y Edward la leyó rápidamente. Después suspiró de alivio. La primera gran tormenta de la temporada, pero parecía que a ellos solo iba a afectarles ligeramente. Muy bien, porque se suponía que iba a golpear la noche de Halloween. Los pobres niños ya tenían suficiente con las calles empinadas del pueblo, los jardines en cuesta y los escalones helados que subían hasta las casas. Y los adolescentes tendrían la inevitable fiesta, ya que en aquel pueblo se había estado celebrando la misma fiesta de Halloween desde tiempos inmemoriales, y él no quería que volvieran conduciendo a casa durante una tormenta de nieve.

Con una sonrisa reticente, Edward pensó en la fiesta de disfraces a la que había ido él cuando tenía dieciséis años, la última que habían conseguido celebrar en una de las viejas minas. Había sido estupenda, con un strip poker y tequila de contrabando. Y se alegraba con toda su alma de que hubiera sido la última; la idea de ir a una fiesta en una mina de plata abandonada le había parecido emocionante de niño, pero de adulto le daba mucho miedo.

Edward tomó nota de que tenía que ir a revisar los candados de las puertas de las minas en algún momento durante los cuatro días siguientes. Si algún niño ebrio se caía a un pozo de alguna mina, él se quedaría destrozado para el resto de su vida.

—Jefe, me voy a comer —le dijo Angela, interrumpiendo sus pensamientos.

—Te acompaño fuera. Es hora de hacer la ronda.

Tomó su sombrero y miró por la ventana. Entonces, tomó también el abrigo acolchado del uniforme. Con nieve o sin ella, había llegado un frente frío que había hecho bajar las temperaturas.

—No habrás oído nada sobre las viejas minas, ¿verdad? He pensado en ir a revisar las puertas antes de Halloween. ¿Te acuerdas de aquella última fiesta a la que fuimos de niños?

Ángela sonrió de una manera extraña que le iluminó los ojos.

—Bueno, no sé lo que recuerda usted, pero mi noche terminó cuando Jess Germaine vomitó en mis botas nuevas.

—Es cierto. Tuve que llevarlos a casa, y después lavar el coche de mi padre.

—Usted siempre fue un caballero.

Edward abrió la puerta y le cedió el paso con un guiño. Angela se estaba riendo cuando pasó por delante de él, pero al intentar seguirla, él se chocó contra su espalda.

—Lo siento. ¿Qué ocurre?

—¡Hola! —les dijo Isabella a los dos desde la acera.

Edward empujó suavemente a Ángela para que se apartara de la puerta y bajara los tres escalones que había hasta la acera. Bella les sonrió a los dos. Llevaba un gorro de lana rosa calado hasta las orejas, y un abrigo también de lana, muy femenino y demasiado blanco como para ser práctico, aunque por lo menos parecía caliente.

—Eh, mi amor —le dijo a Edward—. Me he enterado de que somos pareja. Te mueves muy rápido para ser un hombre tan grande.

Él se tropezó en el último escalón; el cemento debía de haberse hundido un poco aquel verano. Tuvo que bloquear las rodillas para no caerse.

—No tiene gracia —dijo Ángela—. El Jefe Cullen odia los cotilleos.

—Oh. Yo… Oh —balbuceó Bella—. Se me había olvidado por completo.

Edward negó con la cabeza.

—No pasa nada, Ángela. Te veré después.

Ángela se alejó apresuradamente, después de mirar con un gesto ceñudo a Bella.

Isabella la vio marcharse, pensando en que estaba seguro que la conocia.

—¿Ángela? Oh, Dios mío, ¿es esa Ángela Webber? Es igual que su… Eh, no importa. ¿No estaba en tu clase?

—Sí —dijo Edward, y miró por la calle en busca del viejo pickup de Black.

—Edward, lo siento. Se me olvidó lo de tu padre. No quería que tú aparecieras en la columna de Billy.

—No es culpa tuya. Además, no pasa nada. Eso fue hace mucho tiempo.

Ella sonrió, y sus ojos brillaron una vez más, y Edward se quedó asombrado, de nuevo, al ver cuánto había cambiado. Ya no era insegura; más bien irradiaba seguridad en sí misma, como si la hubiera adquirido en su vida en la ciudad. Se había hecho dos coletas que le caían por el cuello. Parecía tan suave allí… muy suave…

—Bueeeno… Solo había venido para tomarte el pelo por lo del periódico, pero ahora quiero ver la comisaría —dijo ella, y miró hacia la puerta doble del local.

—Está igual que hace diez años.

—Bueno, no sé qué estabas haciendo tú en tu juventud, Edward, pero yo nunca entré en una comisaría. Era una buena chica.

Dios Santo. Él consiguió no ruborizarse en aquella ocasión, lo cual fue un gran alivio. Parecía que a ella le encantaba que se azorara.

Edward abrió la boca para explicarle que iba a irse a hacer la ronda y que no podía enseñarle la comisaría, pero entonces se dio cuenta de que tenía la nariz del color del gorro. Ella se agarró las manos, que llevaba dentro de unos mitones, y sopló contra ellas.

—Está bien. Entra —dijo él, y le hizo un gesto con la mano para que pasara por delante de él. La siguió y constató que sí, su trasero seguía siendo muy respingón con aquellos vaqueros ajustados. Redondo y delicioso. Dos pequeños globos de…

—Prohibido —murmuró.

Cuando Bella se volvió a mirarlo, él se limitó a agitar la cabeza.

Él estaba frunciendo el ceño, y claramente no lo estaba pasando bien. Isabella sintió una punzada de culpabilidad.

Se le habían olvidado los problemas que Edward había tenido con su padre, y había hablado a la ligera sobre la columna del periódico. Todo había ocurrido cuando ella tenía doce años, y no había entendido muy bien el escándalo de que el señor Cullen tuviera una aventura con una adolescente. El señor Cullen, el director del instituto, teniendo una aventura con una alumna. Qué pesadilla.

Edward le señaló el enorme mostrador de recepción.

—Durante el verano, la comisaría siempre está atendida, pero en invierno solo estamos los del pueblo. Todo el mundo sabe dónde puede encontrar a Ángela a la hora de comer.

—¿Es que solo trabajan media jornada durante el invierno?

—No, tenemos a una oficial que trabaja aquí durante el verano. Funciona perfectamente, porque ellos la necesitan para la temporada alta, y después, cuando se abre el paso, en primavera, ella viene aquí durante unos meses, y el resto de nosotros podemos trabajar a turno completo durante la temporada baja.

—Emmett me dijo que por aquí hay mucho más tráfico que antiguamente.

Edward asintió.

—Cada vez viene más gente a montar en bicicleta, y las compañías de rafting se han expandido para ofrecer rutas en bici hasta la reservación, visitas a la laguna, el museo y ya sabes copiar a los Quileute lanzándose por el acantilado. En mi opinión, es una manera excelente de romperse el cuello.

—El profesor Lógico, como siempre.

—Dios, nadie había vuelto a llamarme así desde que se mudaron tus padres —dijo él. Después la llevó por la comisaría dándole explicaciones superficiales—. Mi despacho —dijo, señalando una sala pequeña y sencilla, con un escritorio muy ordenado—. El otro despacho —añadió, señalándole una sala más grande con tres escritorios—, y la celda.

—Vaya, ¿esta es tu cárcel?

Bella entró por la puerta de metal y miró a través del grueso cristal de la ventana. No era muy interesante; solo había un retrete, un lavabo y un camastro.

—Solo es una celda de comisaría, Isabella. A los que arrestamos los enviamos al calabozo del condado.

—Entonces, ¿para quiénes es esta celda?

—Para los que cometen delitos menores.

Ella se giró, y se dio cuenta de que él la estaba observando fijamente.

Edward arqueó una ceja.

—Chicas que bloquean calles nevadas con sus cochecitos inútiles incluso después de que la policía se lo haya advertido.

—¡Ja! —ella comenzó a caminar hacia él, y se sintió feliz al ver que él retrocedía hasta la pared

—. Seré hábil como un conejito. Ya lo verás.

—Tengo experiencia en este tipo de cosas…

—Ya sé que tú tienes experiencia, pero yo tampoco soy una principiante.

Edward carraspeó, se alejó de la pared y se dirigió hacia la parte delantera de la comisaría. Por desgracia, el abrigo le ocultaba la mayor parte del trasero, pero de todos modos, Bella veía el movimiento de sus muslos duros y su nuca bajo el sombrero.

—Gracias por ponerte el sombrero de vaquero por mí, Edward.

Aquel cuello se volvió rosa.

—Es parte de mi uniforme, Bella —gruñó él.

Ella estaba casi segura de que él estaba un poco interesado en ella, pero de repente, tuvo miedo de que sus rubores fueran más del tipo «Déjame en paz», que del tipo «Estás buenísima, no me tomes el pelo». Él siempre había sido callado y casi tímido, hasta que se soltaba y se volvía divertido. Así pues, ¿aquello era timidez o interés? ¿Cómo podía averiguarlo?

Bueno, ella siempre había pensado que el mejor camino era el más directo.

—Mi hermano dice que eres soltero.

Edward se detuvo tan rápidamente que bella tuvo que apoyar la mano en su espalda para poder detenerse y no chocar con él. Cuando él se giró, ella sintió moverse sus músculos bajo el grueso abrigo, y entonces, en vez de tener la mano en su espalda, tenía el brazo alrededor de su cintura y su cadera tocando la de él. Incluso Bella se quedó asombrada de lo rápidamente que había tomado confianzas.

Él arqueó una ceja y miró su brazo hasta que ella lo quitó.

—Un accidente. Lo siento. Te juro que no soy una fresca.

La palabra «fresca» la hizo reír hasta que soltó un resoplido, y Edward la miró con cierta diversión.

—Mira, Bella, me pareces muy guapa. Y yo soy soltero. Pero este es un pueblo pequeño, ¿sabes? Demasiado complicado.

—¿Demasiado complicado? ¿De verdad? Vaya, eres una persona llena de vida, profesor.

—Vamos. Ya sabes cómo son las cosas.

—Solo estaba intentando conseguir una cita. Una cita. Te prometo que no te voy a atar a las escaleras del sótano.

—Yo no salgo con mujeres de Forks.

—¿De verdad? Vamos, Edward. ¿Y qué haces, vuelas hacia el norte cuando los días se hacen más largos? ¿Tienes una ruta de migración establecida o paras en sitios diferentes cada año?

—Yo… Es complicado.

—Sí. Eso parece.

Pasó por delante de él e inhaló su olor al hacerlo. Umm. Aire frío y bosque. Aquello no tenía nada de complicado. Él abrió la puerta estirando el brazo por delante de ella y su pecho le rozó la espalda. Agradable. No iba a rendirse tan fácilmente.

Bella bajó los escalones sonriendo y lo esperó.

—No es complicado —dijo por fin—. Te prometo que soy una chica sencilla.

No parecía que él se lo creyera. Seguramente, no fue de ayuda el hecho de que un hombre cruzara la calle gritando su nombre.

«Por favor, que no sea uno de los chicos de James», pensó ella, mientras se giraba.

—¿Es usted Isabella Swan? Iba de camino a su casa.

El señor Randolph se dirigía hacia su furgoneta.

—Hola, señor Randolph.

Él se metió en la parte trasera de la furgoneta y reapareció con un enorme jarrón de rosas.

—Son para usted.

—Oh, vaya —gruñó ella, aunque consiguió mantener la sonrisa.

—Dos docenas de rosas —dijo el señor Randolph—. Ese joven debe de tenerla en mucha estima —añadió mientras miraba la tarjeta del ramo—. ¿Era Tayler o taylor?

—Tayler —dijo Bella, agarrando las malditas flores. Vio el gesto burlón de Edward y lo fulminó con la mirada.

—Sencillo, ¿eh? —murmuró él—. ¿Solo es otro chico de Denver, Bella?

—Sí. Es un amigo. De Denver.

El señor Randolph se echó a reír y echó por tierra la opinión de Bella.

—¿Un amigo? ¡Ja! Estos son tallos largos. A cuarenta dólares la docena. ¿Qué ha estado haciendo en Denver, señora Swan?

—Nada.

—¿Es una mujer de negocios con éxito?

—No —respondió ella. Intentó dejar así las cosas, pero el señor Randolph la estaba mirando implacablemente. Bella suspiró. Había pasado antes por aquello, y sabía cómo salir del enredo—. Trabajo para una empresa de tecnología, pero no es nada emocionante.

—Una técnica, ¿eh? Bueno, pues enhorabuena por las flores. La veré por aquí. Me alegro de que haya vuelto.

—Gracias, señor Randolph.

Lo vio marcharse mientras ignoraba la sensación de calor en la nuca. El hombre saludó mientras desaparecía dentro de su tienda de flores y de regalos, y no le dejó a Bella otra opción que darse la vuelta y enfrentarse con la mirada dura de Edward.

—Así que trabajas para una compañía tecnológica.

—No.

—Entonces eres una mentirosa.

—Sí. He averiguado que es mucho más fácil mentir que decir la verdad.

—¿Y cuál es la verdad?

—Que no hablo con nadie de mi trabajo.

—¿Y por qué, Bella?

—Eso no es asunto tuyo. Además, es complicado, y yo sé que odias las complicaciones.

Edward no se quedó satisfecho con eso. De hecho, Bella sintió una necesidad muy poco digna de retorcerse bajo su examen, y darle una confesión falsa. Él se puso las manos en las caderas y ella vio su arma, y no precisamente el arma en la que estaba interesada. Apretó las flores con fuerza contra su pecho.

—No voy a permitir nada ilegal en este pueblo.

—Yo no…

—¿Está claro?

—¡Por el amor de Dios, Edward! ¿Quién te crees que soy?

—Ya no lo sé.

—Soy yo, solo Isabella Swan de adulta. Y espero ser también encantadora.

—No debería resultarte sorprendente que yo no aprecie la emoción de una vida misteriosa. Nunca saldría con una mujer que mantiene en secreto la mitad de su vida, ni aunque quisiera hacerlo.

—¿Quieres?

Él frunció el ceño de nuevo, y Bella se rindió con un gruñido de derrota.

—Muy bien. Me marcho. Adiós —dijo, y se volvió para dirigirse a su casa. Sin embargo, no pudo resistirse a hacer un último intento—: Pero voy a estar en The Bar esta noche. Tal vez nos veamos allí.

Una ráfaga de aire frío ahogó la respuesta de Edward. Si acaso había respondido.

Mientras caminaba hacia su casa, percibió el olor a nieve, a pino y a las hojas de los álamos. El otoño siempre había sido su estación favorita, y no había nada mejor que el otoño en Forks. No podía creer que hubieran pasado diez años desde que se había ido del pueblo. Sin embargo, desde que se había marchado a la universidad, después de estar las tres últimas semanas del verano escondiéndose de Edward, sus padres habían vendido la tienda de alimentación, habían empaquetado todas sus cosas y se habían mudado a St. George, Utah.

Su hermano vivía la mayor parte del tiempo en Aspen, y ella lo visitaba un par de veces al año, pero aparte de eso… su mundo había estado en Denver. Sin embargo, ya no volvería a ser así. A menos que necesitara ropa nueva.

Forks era su hogar de nuevo, y si Edward Cullen no quería tener que ver nada con ella, pues bien. No estaba enamorada de aquel hombre; bueno, tal vez había tenido un enamoramiento hacía unos cuantos años. Y tal vez se hubiera pasado unos cuantos años fantaseando con su cuerpo delgado y fuerte, y sus manos grandes y seguras. Pero se ocuparía de eso de la misma manera que hacía siempre.

Aceleró el paso hacia su casa.

Él estaba en su dormitorio, en penumbra, esperándola. Bella lo dejó esperar. Primero quería verlo, explorar su cuerpo solo con los ojos. Y qué cuerpo.

Hombros anchos, brazos que parecían de piedra. Un vello oscuro y suave que se extendía por su pecho y disminuía a medida que bajaba por su abdomen escultural. Ella quería acariciar la piel bronceada de su estómago musculoso. Quería que aquellos músculos firmes temblaran bajo sus dedos.

Mientras ella lo observaba, él se excitó, y ella dejó de preocuparse por sus abdominales. Tenía un miembro largo y grueso, y parecía que estaba cubierto de seda.

Bella tuvo ganas de cometer una travesura, y deslizó sus dedos desde la cadera hasta sus braguitas húmedas. Se le escapó un gemido mientras se imaginaba a Edward observándola, endureciéndose, temblando de deseo. Quería que él sintiera desesperación, delirio. Quería que observara hasta que perdiera el control, hasta que la tomara sin contemplaciones.

Bella buscó a ciegas el abridor del cajón de la mesilla con una mano, mientras deslizaba la otra por debajo del algodón rosa y se acariciaba.

—Oh —susurró al sentir su humedad y su calor. Dios, lo quería allí, deslizándose y expandiéndola hasta que ella le rogara más, o le suplicara piedad, o le pidiera cualquier cosa que él pudiera darle.

Agarró su juguete favorito con la otra mano. No era Edward, pero había sido su mejor amigo durante los últimos meses.

Bella se quitó las braguitas y encendió el interruptor. El zumbido familiar hizo que sonriera, y después que arqueara la espalda y gimiera de aprobación. Oh, sí.

Comenzó a dejarse llevar por el placer, y volvió a su fantasía de Edward. Él la estaba mirando con enfado porque todavía no le había dejado que se acercara.

Bella se acarició uno de los pezones, imaginándose cómo…

De repente se oyó un chirrido metálico que la interrumpió y le provocó terror. Se incorporó de golpe y lanzó el vibrador al otro lado de la habitación. Dio un golpe en el suelo y siguió vibrando.

—¡Dios Santo! ¡Qué…

El teléfono antiguo que había junto a su cama volvió a sonar.

—Oh, Dios mío…

Pensaba que se había electrocutado con un juguete sexual defectuoso. Tenía el corazón acelerado, y tuvo que respirar profundamente para intentar calmarse. El teléfono siguió sonando, y ella respondió.

—¿Qué?

—Hola, guapa.

Por desgracia, supo al instante quién era. James, aquel desgraciado.

—¡Déjame en paz!

Bella colgó el teléfono de golpe, con la esperanza de romper aquel viejísimo auricular. Por supuesto, aquello no ocurrió, porque ya no fabricaban teléfonos como los de antes. Aquel no lo habían hecho en China. Aquella maldita cosa era, seguramente, de puro acero estadounidense.

Volvió a sonar. Bella estaba casi llorando de frustración cuando respondió.

—Por favor, James, por el amor de Dios, ¡déjame en paz!

James se echó a reír.

—Mike me dijo que estabas de mal humor. Me parece que vivir en un pequeño pueblito no es lo tuyo.

—No voy a volver a Denver. Adiós.

Cuando colgó en aquella ocasión, Bella le dio la vuelta al teléfono para buscar algún botón de apagado. Sin embargo, parecía que ese tipo de cosas no se habían inventado todavía cuarenta años antes, así que tuvo que desenchufarlo.

Era increíble. James Kasten estaba destrozando incluso su vida sexual solitaria. ¿Acaso sabía que se estaba masturbando? Bella miró por la ventana para estar segura; después agitó la cabeza.

El zumbido cesó. Ella se levantó con el ceño fruncido y miró al otro lado de la habitación. Por supuesto, no era nada amenazante, solo su juguete favorito, que estaba temblando sobre los tablones de madera. Bella sintió desesperanza.

Ya ni siquiera deseaba a su juguete favorito. Solo deseaba a Edward Cullen, y él no la deseaba a ella.

Con las piernas temblorosas, Bella se acercó y lo recogió del suelo. Lo miró durante un instante, pero no estaba de humor en aquel momento. Lo apagó y se fue hacia la ducha.

Gracias a Dios, todavía no se había acostumbrado del todo a la altitud. Aquella noche iba a salir, y necesitaba que las copas le hicieran efecto. Era lo más excitante que iba a hacer por el momento.

¿Ira Edward a The Bar?, jajajajaja yo lo se! gracias por darle follow a la historia y a mi perfil, espero que les guste como va, tanto como a mi. Cariños. me gustaría saber que piensan, podrían dejar algún comentario o algo!, GRACIAS TOTALES!