Aclaraciones pertinentes: HP es de Rowling, Bloomsbury, blablablablabla. Yo solamente juego con yunques, leo entre líneas y soy bien ilusa XD.

Para variar, este fic viene del foro de La Pareja del Fénix con la propuesta "Amanecer"; es mi tercer Red Moon o Ron/Luna (últimamente esa pareja me trauma y todavía no sé bien por qué), con el punto de vista de ella y partiendo del hecho de que Luna muchas veces lo oculta, pero ser diferente a los demás la ha hecho un poco melancólica. Comentarios positivos, tomatazos y demás, favor de enviarlos a través de los reviews XD, y si las páginas en las que publico lo muestran bien, al cranberry GUIÓN BAJO witch ARROBA correo caliente en inglés punto com. ¡Y una porra porque se me ocurrió actualizar! ¡HURRAAAAAAAAAA! … creo o_O.

-- Satsuki de Virgo.

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Cinco tipos de amanecer

Luna piensa que los amaneceres están sobrevaluados. No tienen ni de lejos el encanto del mediodía ni de la tarde, acaban con el misticismo de la noche y por lo general le parecen tristes. A pesar de ello, ha visto muchos; tantos, que ella los divide en cuatro etapas.

La primera fue cuando, de niña, se levantaba antes que el Sol para ver a las luciérnagas transformarse en hadas antes de desaparecer. Varias veces escudriñó su jardín buscando una luz o unas alas, pero sus esfuerzos solamente le valieron llenarse las rodillas y las manos de tierra, el frío matutino, los murmullos de la cocina y que el sueño se le escapara sin remedio. Con todo y su imaginación inquebrantable, cada amanecer infructuoso la desalentaba.

La segunda etapa comenzó el día después del funeral. Los rayos de luz alimentaron su agonía y le reprocharon no haber apreciado el frescor, los colores, el Sol y a su mamá cantando quedito mientras su papá roncaba. Durante meses, Luna abría la ventana para que el rocío le enjugara el rostro y se llevase su pena. Cada despuntar del alba era otro día sin ella.

En Hogwarts, normalmente lograba dormir hasta que era hora de desayunar; pero cuando no era así, contemplaba la oscuridad desvanecerse mientras el trinar de las aves crecía, oía el bullicio de sus compañeros, de los maestros, de los cuadros encantados y de todo el castillo. Aunque no pasaba seguido, Luna no podía reprimir una momentánea amargura. Todos tenían a alguien, pero ella se sentía sola.

Los peores despertares –o los segundos peores tras la muerte de su madre- fueron los que presenciaba desde su celda. Ellos anunciaban más incertidumbre y más horas de hambre; otro día de sacar fuerzas de flaqueza y animar al señor Ollivander, de permanecer impasible ante los mortífagos y no mostrar debilidad en su pequeña batalla personal. Luna perseguía la luz de entre los barrotes para absorberla toda, y se imaginaba todo lo que había allá afuera, para seguir siendo libre aunque sólo fuera dentro de sí misma.

Ahora, Luna ha descubierto otros amaneceres. Son iguales a los otros en la claridad paulatina, las nubes de colores cálidos, el Sol asomándose y la humedad en el ambiente. Son diferentes porque ya no se despierta sola, sino recargada en un pecho fuerte; porque se siente completa y sabe que el pelirrojo que la acompaña estará con ella siempre.

Luna sigue pensando que los amaneceres están sobrevaluados. Es con el día bien entrado que comienza su jornada de trabajo, en las comidas que se da un respiro y reflexiona, en las tardes de los fines de semana que ve a todos sus amigos, y en las noches que tiene a Ronald para ella sola. Puede que los amaneceres no le sean tan románticos, que ella no piense como la mayoría y que, comparados con otros momentos, los encuentre un poco desangelados; sin embargo, ahora que es tan feliz, quizás pueda aprender a apreciarlos.