Capítulo 12 Kasten
Bella se cansó de esperar a Edward y entró en la comisaría. Quería resolver aquel misterio de una vez por todas. Había estado enfurruñada y sintiéndose culpable. Pensaba que ella tenía la culpa de todo aquello porque tenía un secreto vergonzoso y un exnovio loco. Sin embargo, ahora estaba convencida de que el quid de la cuestión estaba en su nuevo y cuerdo amante.
Edward era tan sexy que podía llevar a cualquier mujer a una vida de crimen, ¿no?
Bella entró en la comisaría decidida a dejarlo alucinado con su teoría sorpresa, y con el recipiente que contenía el Chili la cena pasada en mano, pero se detuvo en seco al encontrarse vacío el despacho. Vaya.
Se giró y vio que el escritorio de Angela también estaba vacío, al igual que el pasillo. Todas aquellas ideas geniales en su cabeza, y nadie cerca para oírlas. Sin embargo, ellos no podían haber ido lejos.
Le echó una última mirada a la puerta principal y entró a escondidas en el despacho de Edward, con una sensación de impaciencia. Se sentía como una espía, como una traidora, metiéndose así en aquella sala donde Edward pasaba tanto tiempo.
La habitación olía a él, a piel limpia y a cuero, y también un poco a algún tipo de aceite que le recordó al de limpiar armas. Su escritorio estaba organizado, pero no despejado; en una de sus esquinas había dos libros y, sobre ellos, una taza de café vacía.
Tomó uno de los libros de debajo de la taza y le dio la vuelta. Un western. Claramente, no era un libro romántico y erótico del Oeste, pero en el fondo sí era romántico. Era de un tiempo en el que los hombres eran hombres, y a las mujeres les gustaba que las ataran. Oh, un momento; aquella era su propia versión de un western.
Sonrió, volvió a dejar el libro en su sitio y puso la taza encima.
—¿Qué crees que estás haciendo? —le preguntó una voz furiosa.
Al oírlo, Bella se asustó y se dio la vuelta bruscamente. Sin querer, golpeó la taza justo cuando veía los anchos hombros y el ancho cuerpo de Ángela en el hueco de la puerta.
—¡Oh! —gritó cuando la taza se hizo añicos contra el suelo—. ¡Ángela, me has asustado!
—¿Qué estás haciendo aquí? ¿Fisgando?
—No, no estoy fisgando. Solo había venido a buscar a Edward y… ¡Oh! ¡Toma! —dijo, y le dio la tartera a Ángela, como señal de paz.
La mujer agarró el recipiente, pero no pareció que entendiera el simbolismo. Hizo un gesto de desprecio.
—No deberías estar aquí sola.
—Lo siento. No había nadie.
—Y has roto la taza favorita de Edward. Su madre se la regaló cuando lo nombraron Jefe de Policía.
—Su… —Bella se tapó la boca con espanto y miró al suelo—. Oh, vaya. ¿Crees que podré encontrar otra igual?
—Y entonces, ¿qué? —le espetó Ángela—. ¿Le mentirás sobre lo que ha pasado?
—¡No! Solo quería reemplazarla. ¿Es que tienes un mal día, o qué te pasa?
En vez de responder, Ángela soltó un resoplido y se dio la vuelta.
—Voy por una escoba. Tú debes esperar en la zona de recepción.
—Vaya —murmuró Bella de nuevo. Ángela estaba resultando ser tan malhumorada como su madre. Aquella mujer siempre tenía un cigarro en la mano y era una resentida.
Bella tuvo ganas de decirle a Ángela que no tenía que quedarse en Forks y convertirse en su madre. Que podía irse a vivir a cualquier sitio y ser quien quisiera, como había hecho ella misma. Sin embargo, no parecía que Ángela estuviera de humor para tener una charla de amigas, así que lo mejor parecía que se retirara a la recepción.
En cuanto se sentó en una de aquellas incómodas sillas, se abrió la puerta de la comisaría y entró Edward, llevando consigo un olor a nieve.
Él arqueó las cejas.
—¿Va todo bien?
—Claro. Solo quería hablar contigo.
Él asintió.
—El sistema eléctrico y los frenos estaban saboteados, como dijo Angela. He intentado tomar las huellas, pero…
Se dirigió hacia su despacho, indicándole a Bella que lo siguiera.
—Eh… Edward… —dijo ella mientras corría tras él—. He roto tu taza, y lo siento muchísimo. Si hay alguna manera de conseguir otra igual…
—Hola, Ángela—dijo él, antes de mirar de nuevo a Bella—. ¿Qué taza?
Ángela terminó de barrer y salió de allí, saludando a Edward con un gesto de la cabeza e ignorando por completo a Bella, que estaba allí angustiada, retorciéndose las manos.
—La taza que te regaló tu madre cuando te nombraron Jefe de Policía. ¡Lo siento muchísimo —dijo. Al ver que él la miraba con exasperación, como si estuviera loca, ella dejó de retorcerse las manos.
—Seguro que sobreviviré a esa pérdida. Ni siquiera sé de qué taza estás hablando. Mi madre me manda alguna de vez en cuando.
—Ah. Bueno. Bien —murmuró Bella, y le lanzó a Ángela una mirada fulminante. Sin embargo, no pareció que la recepcionista se acobardara. Le devolvió la misma mirada asesina.
—Bueno, bueno —dijo Bella, y se sentó—. Creo que tengo una idea sobre quién podría ser mi acosador.
Edward se sentó también.
—¿Quién?
—Bueno… —Bella estiró el brazo hacia atrás y cerró la puerta del despacho—. ¿Sabes eso de que nosotros estamos no saliendo?
—No.
—Sí, sí lo sabes. Y tú has dicho que nunca sales con mujeres de Forks.
—Cierto.
—Entonces, ¿te dedicas a no salir con ellas de la misma forma que estás no saliendo conmigo? Ya sabes, con muchas relaciones sexuales y besuqueos y flirteos.
Él apenas se movió, pero estaba tan tenso que la silla chirrió bajo él.
—Porque cualquier mujer mortal podría interpretarlo erróneamente.
—Bella, no.
—Bueno, pues yo creo que hay alguna mujer en este pueblo con la que tú has salido. Y creo que viene por mí. ¿Quién es?
—No hay nadie —gruñó él.
—¡Tiene que haber alguien! ¿Me estás diciendo que no te has acostado con nadie en el invierno durante una década entera?
Él pestañeó dos veces, y perdió algo de su seguridad.
—¡Ajá! —exclamó Bella, inclinándose hacia delante y señalándolo con el dedo índice—. ¡Mentiroso!
—Oh, por el amor de Dios. No es ella.
Aquella pequeña palabra de cuatro letras. Ella. Y una úlcera en el estómago de Bella.
—Oh —dijo, frotándose la cintura. Creía que estaba muy segura de su teoría, pero claramente no lo estaba tanto, porque de ser así, aquella palabra no le habría causado tantos celos.
—Solo he salido con una mujer —insistió Edward—. Y no puede ser ella.
—¿Quién? ¿Y por qué no?
—Porque lleva seis años casada, y tiene cuatro niños.
—Entonces, tal vez esté aferrada a sus fantasías juveniles. ¿Quién era? —insistió Bella—. Y solo porque tenga niños no tiene por qué haber perdido las habilidades para el acecho, que yo sepa.
—Aparte del hecho de que haya tenido su último hijo el lunes pasado, supongo que eso puede ser cierto.
—Oh. Está bien, ¿quién es?
—¿Celosa?
—¡Acaba de dar a luz! No, no estoy celosa.
Al menos, no mucho.
Edward sonrió. Era todo arrogancia y triunfo.
Ella se sintió un poco boba en aquel momento. Su teoría no había tenido ningún éxito, y Edward tenía una ex novia sobre la que no quería contarle nada. Así que ella también sonrió desdeñosamente.
—También había venido a enseñarte la nota de amenaza que encontré pegada en mi puerta.
La silla de Edward volvió a chirriar, porque él se lanzó hacia delante con ímpetu y se golpeó la rodilla con el escritorio.
—¿Qué?
Ella agitó la mano para quitarle importancia.
—Ven a casa y trae lo necesario para tomar las huellas. Yo no sé más de lo que sabes tú. Tal vez te llame luego, Jefe.
El asombro y la frustración de Edward la ayudaron a enmascarar mejor sus sentimientos mientras salía de la comisaría. Eso demostraba lo mezquina que era.
Pese a sus falsas ilusiones de independencia, Bella iba a dormir en casa de Edward otra vez. Ni siquiera sintió culpabilidad por su dependencia de él, porque él mismo le había dejado bien claro que iba a esposarla y llevarla a la fuerza antes de dejarla dormir allí. Además, al día siguiente era sábado, y ella no quería estar en su casa. Así que Bella subió a la furgoneta de Edward y fingió que estaba enfadada, sin dejar de pensar en aquellas esposas ni un momento.
—Tu coche va a estar fuera de servicio durante unos días. Yo te llevaré donde necesites ir.
Bella negó con la cabeza.
—En realidad, creo que Alice tiene un coche que puede prestarme.
Él la miró con los ojos entrecerrados.
—Yo te llevaré donde necesites ir —repitió.
¿Había movido la boca para decir aquello? Vaya, él también estaba de mal humor.
—De acuerdo —dijo Bella alegremente.
No quería que él empezara a sermonearla por no haberlo llamado al encontrar la nota, por haber dejado pasar un día entero antes de contárselo, y por no tomarse aquello en serio. Bella suspiró solo con pensarlo, y se preguntó cómo iba a conseguir su coche al día siguiente.
Sin embrago, cuando se despertó el sábado por la mañana, con el trasero pegado a la cadera de Edward, tuvo una idea brillante. James llegaría al pueblo en las próximas horas, y ella no quería que se cruzara con Edward. Así que se llevaría a Edward fuera del pueblo.
—¡Edward!
—¿Ummm?
—Necesito ir a Port Angel esta mañana.
—Ummm —murmuró él. Rodó y se tumbó de costado, y le apretó contra el trasero a Bella su erección matinal.
—¡Holaaa! —dijo ella—: ¡Ah, hola! —añadió, al notar que él metía la mano entre sus piernas sin preliminares. Aunque ella no necesitaba ninguno, en realidad. Él la hizo ronronear en segundos.
Oh, Dios. Dios… aquello era tan maravilloso… Y notaba su erección contra la nalga, como una promesa de que iban a llegar cosas mejores. Pero…
—Espera, tengo que… ducharme. Tengo que… ah… Yo… necesito ir a Port Angel.
—No te preocupes, esto solo nos llevará un minuto.
Bella se rio. Cualquier excusa para quedarse allí era bienvenida.
—Quedate quieta, nena.
—¡Para! —le dijo. Estaba agitándose de la risa, pero él la besó en el cuello y, con la rodilla, le colocó la pierna sobre su muslos—. Cuenta hasta diez y esto habrá terminado.
—Eh, se supone que no tengo que reírme cuando tú… ¡Oh! Umm…
Pero él era un mentiroso, después de todo, y se pasaron más de veinte minutos riéndose, gruñendo y suspirando antes de que él hubiera terminado con ella. Entonces se le coló en el turno de ducha, y ella se quedó tendida en la cama como si no tuviera huesos, inhalando el olor de Edward en las sábanas. Demonio de hombre, con sus asombrosas feromonas. Y habilidad con los dedos. Aquellos años que había pasado tocando el trombón en la banda del instituto habían dado fruto.
Bella se rio tanto de su propia broma que tuvo que salir disparada al baño para hacer pis. Era demasiado íntimo, con Edward duchándose allí dentro, pero no pareció que a él le importara. Salió de la bañera justo cuando ella tiraba de la cadena, con una toalla por la cintura, y le hizo un gesto hacia el chorro de agua.
—Todavía queda agua caliente —le dijo, tan caballerosamente como siempre—. hoy solo voy a trabajar unas cuantas horas, así que estoy a tu disposición durante el resto del día. ¿Por qué tienes que ir a Port Angel?
Bella entró en la bañera y se ajustó el grifo sobre la cabeza para ganar algo de tiempo.
—Yo… Eh… Necesito material de oficina. Y, ¿sabes? Tengo que trabajar un poco esta tarde, así que quiero ir por la mañana. ¡Tal vez podamos desayunar!
—Claro —dijo él.
Bella percibió el tono neutral de su voz. Edward estaba intentando tolerar de verdad el secretismo sobre su trabajo, y eso hacía que ella se sintiera peor. La noche anterior se había dormido pensando en distintas formas de contarle la verdad, imaginando la posibilidad de que él reaccionara positivamente a su carrera de escritora. Tal vez pudiera ir contándole las cosas paso a paso. Podía decirle que era una autora, y más tarde, explicarle exactamente sobre qué escribía.
Tal vez él no la acusara de producir pornografía para mujeres, ni indecencias. Tal vez se interesara. A él le encantaban los libros y le encantaba el sexo, después de todo. Si la conversación iba bien, ella podría darle uno de sus libros. Pero no el que había escrito sobre él. Podría ir dándole todos ellos uno a uno, y cuando él estuviera haciendo comentarios poéticos sobre su imaginación prodigiosa, su uso impresionante del lenguaje, cuando estuviera completamente abducido por el lado oscuro… Entonces le daría la Historia de Edward. ¡Demonios, en ese punto, tal vez él se sintiera incluso halagado!
Al pensar eso, le entró agua por la nariz y se atragantó, y Edward apartó la cortina de la ducha.
—¿Necesitas un flotador?
—Creo que cada vez que tenemos relaciones sexuales, se te contagia mi sentido del humor.
—Yo creo que soy una persona relajada, y que soy ingenioso por naturaleza.
—¡Ja! En realidad, tú siempre me has hecho reír. Cuando venías de camping con mi familia, me hacías reír tanto que me dolía el estómago —dijo ella, y sonrió al recordar todo aquello—. Recuerdo que pensaba que era raro que la gente de la escuela pensara que eras tímido. Pero cuando Emmett y tú entrasteis en el equipo universitario de baloncesto y empezamos a ir a los partidos, te vi relacionarte con otra gente y me di cuenta de que sí eras tímido.
—Prefiero pensar que era reservado. Y digno, si acaso sabes qué significa esa palabra.
Ella le salpicó con un poco de agua, con la esperanza de que quisiera vengarse y entrara en la ducha con ella, pero él la dejó en paz. En cuanto ambos estuvieron vestidos y arreglados, se pusieron en camino.
Hacía un día espléndido, soleado y frío. Y no llovía. Un día de otoño perfecto, y ella estaba haciendo una escapada brillante, y su corazón volaba.
Desayunaron, compraron algunas cosas de escritorio y pasaron por una droguería para que Bella pudiera aprovisionarse de crema hidratante. Después pasearon en coche. Se limitaron a conducir.
Edward la llevó por todo el valle, un lugar al que no había vuelto desde la adolescencia. Siguieron el curso del río y vieron rebaños de alces que estaban paciendo y que no se asustaban por la proximidad del coche. Bella vio una familia de zorros jugando en la ribera opuesta, entrando y saliendo de un lecho de juncos secos, y se sintió muy, muy contenta de estar en casa.
El próximo verano iba a ir a caminar allí, a mojarse en el río, a disfrutar del de la hermosura y el agua fría como hielo. Ella se marearía un poco con el aire de la montaña y después volvería a casa, y… y Edward no estaría allí.
Pero sí estaba a su lado en aquel momento, tomándola de la mano, y devolviéndole la vida que pensaba que había dejado atrás. Él estaba allí, y era perfecto.
Hasta que llamó James. Aquel desgraciado.
Para ser exactos, no fue James quien llamó, porque Bella había apagado su teléfono móvil y no estaba disponible. Pero James no era un hombre común y corriente. Era un manipulador nato, y podía conseguir en muy poco tiempo que los policías de un pequeño pueblo hicieran su voluntad.
—Hola, Andrew —dijo Edward, respondiendo a su teléfono—. ¿Qué ocurre?
En cuanto Edward la miró, ella supo que tenía algo que ver con James. Él hizo muchos sonidos de asentimiento, y fue entrecerrando los ojos poco a poco. Cuando detuvo el coche y giró para volver por donde habían llegado hasta allí, a Bella se le encogió el corazón.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó.
Pero Edward estaba demasiado ocupado gruñéndole algo a Andrew.
—Tendrá que esperar y verlo, ¿no? —bramó, antes de cerrar el teléfono de golpe y apretar el acelerador.
—¿Qué ocurre? ¿Edward?
—Tu novio está esperando en mi lugar de trabajo. Diciéndoles a mis empleados…
—Edward…
—No. Les está diciendo a mis empleados que está preocupado por ti, Bella, porque se suponía que tenías una cita muy importante con él, y has desaparecido.
—Lo siento muchísimo, yo no…
—Tú sabías que iba a venir, ¿no?
—Eh…
Él dijo «material de oficina» con saña, como si estuviera soltando una maldición, y Bella se encogió.
—Sí, es cierto. Sabía que tal vez iba a venir, y no estoy en Forks porque no quiero verlo.
—Dios Santo, Bella, esto no es el colegio. Si no te gusta alguien díselo. No salgas corriendo y te escondas para no tener una conversación de adultos.
Bella tomó aire.
—¿Cómo dices?
—Sé que tienes problemas de comunicación, pero…
—Me estás tomando el pelo.
—Claramente, tienes reticencias a la hora de decirle a la gente la verdad sobre las cosas…
Ella soltó un gritó de frustración y lo interrumpió.
—¿Por qué siempre tienes que pensar lo peor de mí?
—Oh, por el amor de Dios. Tu supuesto exnovio aparece para salir contigo en una ocasión importante, ¡y tú te escapas como si fueras una niña que no quiere que la castiguen! Ahora, todos mis oficiales creen que soy un tonto que no puede vigilar a su novia. ¿Cómo no voy a pensar mal?
—Vete a la mierda, Edward Cullen —dijo ella, y se volvió hacia la ventanilla.
Y a la mierda con el día perfecto. Era difícil tener un día perfecto cuando una salía con un maníaco del control arrogante y dado a prejuzgar. Aunque eso no debería sorprenderla. Nunca, en toda su vida, nadie había esperado demasiado de ella, y después todos tenían la frescura de preguntarse por qué no compartía con ellos una de las partes más importantes de su mundo.
Solo porque intentaba no tomarse la vida demasiado a la tremenda, sus amigos y su familia suponían que no era capaz de ser seria, ni madura. Ni responsable. Demonios, ni siquiera podía alejarse de un exnovio canalla, así que, ¿cómo iban a creer que podía gestionar su vida?
Esa era una de las razones por las que guardaba sus secretos celosamente. Así no tenía que soportar las miradas de decepción de sus padres.
Había cambiado de asignaturas once veces en la universidad; no encontraba su pasión. Se había quedado tirada una vez en México por haber perdido el carné de conducir. No era un genio como su hermano, que siempre supo lo que quería, que había aprobado el examen de Selectividad con sobresaliente, que estaba camino de convertirse en un hombre inmensamente rico y que nunca había salido con un ciclista monísimo que llevaba el cuello tatuado, y que se estaba labrando una reputación de oro con años y años de trabajo duro.
Sí, ella era irresponsable algunas veces, e irreverente, y había suspendido trigonometría, y estaba siempre al borde del escándalo, y no le importaba nada cuándo o dónde iba a estallar. Sí, era imperfecta. Pero eso no significaba que no fuera espectacular, también.
Guardaron silencio durante los treinta minutos de trayecto de vuelta a Forks. Bella salió de la furgoneta sin esperar a Edward y subió los escalones hacia la puerta de la comisaría.
James estaba impecable con un traje negro y una corbata de color lila, y se levantó de la silla que había acercado al escritorio de Ángela, sonriéndole a Bella como si fuera una diosa. No se le movió ni un solo cabello rubio.
—¡Bella, estás bien!
—No me hables.
—Pues… tienes muy buen aspecto.
La puerta se abrió y se cerró tras ella, y de repente hubo una gran tensión en la comisaría. Bella vio a dos de los policías venir desde el pasillo y colocarse a su izquierda. Nadie iba a perderse el espectáculo.
—Jefe —dijo Ángela, que se puso en pie y señaló a James. Tenía un gesto entre sonrisa y mueca desdeñosa—. Es el sargento Kasten, del Departamento de Policía de Denver. Parece que es el novio de la señorita Swan.
—Ni lo sueñes —repitió Bella, pero James ya estaba pasando a su lado con la mano extendida, con los ojos verdes muy brillantes y con una sonrisa que quería inspirar confianza.
—Jefe Cullen —dijo.
«Crear una situación de normalidad», dijo Bella, pensando en los pasos de una negociación. Los había memorizado cuando se había dado cuenta de que estaba atrapada en una relación que nunca le había interesado. James era el experto, pero ella no iba a permitir que fuera él quien creara la normalidad.
Se volvió hacia los dos hombres mientras ellos se estrechaban la mano.
—Edward, te presento a James, mi exnovio. Exnovio. James, te presento a Edward, el hombre con el que me estoy acostando hoy día. Tenemos muchas relaciones sexuales. Muchas relaciones apasionadas, tan a menudo como podemos.
Ángela soltó un jadeo, pero aquel fue el único sonido que se oyó en toda la habitación. Todos los demás se habían quedado helados, pero James reaccionó en segundos.
—Jefe —dijo con calma, mientras miraba a Bella con una sonrisa de exasperación—. Es de armas tomar, ¿eh?
«Conseguir que el sujeto no se sienta mortificado por la situación».
Edward terminó el saludo rápidamente, pero James se metió las manos en los bolsillos y se inclinó hacia delante.
—Escuche, Jefe Cullen, ¿podría hablar con usted, en privado, unos minutos?
«Aislar al sujeto».
—No —dijo Bella.
Edward tenía una expresión pétrea, pero sus ojos eran de hielo cuando la miró.
—Creo que estaría bien.
—No —repitió ella—. Vamos a hablar de esto aquí mismo. James, te dije que no vinieras.
—Bella —respondió él con una sonrisa. «Aparentar calma»—. Bella, tú accediste a ser mi acompañante —dijo, y se volvió hacia Edward de nuevo—. Es el Baile de la Policía. Tengo el honor de recibir un pequeño premio, y el honor de que Bella accediera a venir conmigo.
—Accedí antes de que rompiéramos. La semana pasada te dije que no íbamos a volver a vernos. Lo nuestro terminó hace seis meses, James.
—No hace seis meses —dijo él en un tono agradable. Sin embargo, le hizo una advertencia con la mirada. «Amenaza y muestra de fuerza». Aquello era fácil de neutralizar.
—Sí, James, tuvimos esa pequeña recaída hace cinco meses. ¿Quieres que le diga a toda esta gente lo que pasó? Bien. Tuve relaciones sexuales con mi exnovio un mes después de que rompiéramos. ¡Oh, la humanidad!
—Vamos, Bella —dijo él con un suspiro—. No querrás que entremos en detalles aquí.
Otra advertencia.
—Oh, vamos a hacerlo, James. Para eso has venido, ¿no? ¡Atención, todo el mundo! Tuve relaciones sexuales con él en un callejón, detrás de un club, contra un muro de ladrillo. Estaba ebria, enfadada y sola, porque el señor Kasten no dejaba de robarme a los amigos, así que cometí un error sórdido. ¿Algo más, Cameron?
—No he venido a pelearme contigo…
—No, ¡has venido a destrozarme la vida otra vez! ¿No te he dejado bien claro que no quiero saber nada más de ti?
Él arqueó una de sus cejas perfectas.
—Bella, el martes pasado me llamaste en mitad de la noche. También me llamaste dos días después. Si hemos terminado, ¿por qué me llamas constantemente?
—¡Te llamé para decirte que me dejaras en paz!
James agitó la cabeza de nuevo, mostrando una pequeña dosis de tristeza. «Demuestra empatía y comprensión».
—Sé que tienes problemas con el compromiso, y sé que no se te dan bien las relaciones. Me imaginaba que el Jefe Cullen también se daría cuenta de eso. Pero yo te quiero. Y puedes tener relaciones sexuales con todos esos tipos, pero…
—¡Eh!
—Pero eso no va a cambiar lo que siento por ti —dijo él, y se volvió hacia Edward—. Jefe, siento muchísimo que se haya visto envuelto en todo esto. Bella y yo hemos estado rompiendo y volviendo a salir durante varios meses, y me sabe muy mal que usted haya quedado en medio de nuestras discusiones. La conoce desde hace años, ¿no?
«Animar al sujeto a que hable».
—¿No ha visto lo nerviosa que se pone ante las emociones genuinas? —insistió.
Sin embargo, Edward era fuerte y silencioso.
—Ya está bien —gruñó—. Sargento Kasten, a mi despacho. Ahora mismo.
Ella tomó a Edward del brazo.
—Por favor, no. Tú no lo entiendes. Él tiene… Él manipula a la gente, cambia su visión de mí. Sé que en este momento no te caigo muy bien, pero no le escuches. Por favor…
Edward se liberó de sus manos.
—Ve a casa, Bella. Yo iré dentro de unos minutos.
—¡No me voy a marchar!
Él se acercó a ella, y Bella dio un paso atrás al ver su gesto ceñudo.
—Acabas de dar detalles de tu vida sexual ante todos los policías del pueblo, por no decir de la mía. Así que sal de mi lugar de trabajo, por favor, y yo hablaré contigo cuando haya terminado aquí.
Demonios. Muy bien. Había conseguido frustrar el plan de James, pero al hacerlo había conseguido alejar a Edward de ella. Le había demostrado que todo lo que pensaba de ella era cierto.
—No tienes derecho a mandarme a casa para poder hablar de mí. Esto no es la Inglaterra medieval.
—Esta es mi comisaría. No tienes por qué irte a casa, pero no puedes quedarte aquí. Márchate ahora mismo.
Ella podría discutir durante horas, y él no cedería. No iba a ceder después de que ella lo hubiera humillado así. Sus ojos se lo dejaron bien claro.
—Muy bien —susurró, y después le clavó a James una mirada asesina—. Y, ¿James? No vuelvas a ponerte en contacto conmigo, ¿está claro? Espero que los policías que están presentes consideren esto como una prueba. No quiero que este hombre vuelva a llamarme, ni que aparezca en mi casa, ni que me envíe regalos. Volveré para pedir una orden de alejamiento en cuanto se me permita entrar de nuevo en la comisaría.
Con la visión borrosa a causa de las lágrimas, se dio la vuelta para salir de allí, pero se giró una vez más antes de marcharse y vio que James le daba una palmada amistosa a Edward en la espalda. Y también vio que Ángela la estaba mirando con una sonrisa despreciativa.
Así que todo había terminado. Sin embargo, de camino a casa sintió una pequeña chispa de triunfo entre toda su tristeza. Su aventura con Edward había terminado, pero había sido ella quien la había sentenciado, y no James.
Por desgracia, aquello era un gran avance.
