Capítulo 14 Angela Webber
Bella tenía que aceptar la verdad. Estaba atrapada. Totalmente atrapada.
Edward había resultado ser inmune al encanto de Kasten. Había entendido perfectamente cuál era su verdadera personalidad. Y si sumaba eso a todo lo demás, Edward era el hombre perfecto para ella. Y ella, una idiota.
Tenía que habérselo contado todo desde el principio, y entonces habrían comenzado su relación con todas las cartas sobre la mesa. Pero no era así, y ahora ella estaba enamorada, y no sabía cómo continuar.
Nunca había estado enamorada. Nunca. Y en aquel momento había muchas posibilidades de que se le rompiera el corazón antes de haber podido disfrutarlo.
Habían pasado cuatro días desde que James había aparecido en Forks, y Bella se había encerrado a trabajar para no tener que tomar una decisión. Y tenía que tomar una decisión, lo sabía. Sin embargo, no podía soportarlo. Tendría que romper con Edward o contarle la verdad. Y si le contaba la verdad y él le daba la espalda… Oh, eso le iba a doler mucho.
Tenía un nudo en el estómago. Tenía que ser sincera con él, y eso la asustaba mucho, así que seguía escribiendo y comportándose como si todo fuera estupendamente bien.
Por lo menos en el aspecto laboral todo iba estupendamente bien. Había terminado El salvaje Oeste y había enviado el documento a la editora. Estaba terminado, y era bueno, y podía sentirse orgullosa de ello. Así que había convencido a Alice para ir a Port Angel a cenar y a ver una película. Antes de irse, Bella pasó por la comisaría para darle un beso a Edward.
Después de cerrar cuidadosamente su casa, Bella bajó la colina con sus botas de tacón favoritas y su pantalón vaquero más sexy. Cuando llegó a su destino, abrió la puerta de la comisaría y entró con una sonrisa en los labios. Y se encontró de frente con Ángela Webber.
Vaya.
—Hola, Ángela.
La mujer miró a Isabella con inquina.
—Señorita Swan.
—¿Está el Jefe?
—Está ocupado. Si quiere dejarle un mensaje, se lo entregaré —dijo la recepcionista con el tono de una asesina en serie.
—Ángela, siento mucho la escena del otro día. Seguro que Edward ya te lo ha dicho, pero la verdad es que James y yo rompimos hace mucho tiempo y él me ha estado causando muchos problemas. Siento que el desenlace ocurriera aquí en la comisaría.
En vez de responder, ella miró con frialdad el atuendo de Bella, terminando con una mueca despreciativa hacia sus botas.
Bella suspiró y se encogió de hombros.
—Mira, si puedo ver a Edward un minuto…
—El Jefe Cullen está ocupado. Tal vez no entienda usted lo que significa una jornada de trabajo honrado, pero él sí. Así que deje el mensaje y, por favor, permítame seguir con mi…
—Ángela —dijo Edward, sorprendiéndolas a las dos.
—Jefe —murmuró Ángela, pero rápidamente se recuperó—. Le estaba diciendo a la señorita Swan que estaba usted hablando por teléfono con la Policía del Estado y que no podía atenderla.
Edward miró a Ángela con frialdad.
—Ángela, tu turno ya ha terminado. Hablaremos mañana por la mañana.
—Pero…
—Mañana. Ahora, márchate a casa.
Ángela enrojeció violentamente.
—Muy bien, pero esta chica no es más que una cualquiera, y todo el mundo lo sabe. Se están riendo de usted, Jefe.
Aunque él se puso igual de rojo que Ángela, Edward mantuvo un tono frío y calmado.
—Márchate. Y mañana no vuelvas a trabajar si no eres capaz de comportarte con profesionalidad y mantener tus prejuicios al margen. ¿Entendido?
Ángela murmuró un «sí» que contradecía su expresión de furia. Se puso en pie y recorrió el pasillo hacia una de las habitaciones traseras.
Edward tomó a Bella del brazo y se la llevó en dirección contraria, a la calle.
—Lo siento, Edward —dijo ella.
—No, yo soy el que lo siente. Eso ha sido horrible, y completamente fuera de lugar.
—Oh, no completamente —respondió ella con una risa forzada, aunque por dentro estuviera temblando.
—Bella, estoy enfadado con ella en el aspecto personal, pero como jefe estoy furioso con ella. Su comportamiento no ha sido profesional, y ha sido mezquino.
—Bueno, yo soy una ciudadana de este pueblo.
—Exactamente.
Bueno, en eso sí había estado bromeando, pero Edward se tomaba su trabajo muy en serio.
—Lo siento, Bella. Vaya un comienzo más agradable para tu noche. ¿Vas de camino a casa de Alice?
—Sí. Me ha dicho que mi coche ya está listo, pero quiere hacerle más pruebas, así que nos vamos a llevar su furgoneta.
—Bien —dijo él, sin apartar la mirada de la puerta de la comisaría—. Puede que haya alguna nevada esta noche. Tengan cuidado.
—De acuerdo —respondió Bella. Finalmente, se le acabó la paciencia y dijo—: Edward, creo que Ángela está enamorada de ti.
Eso captó la atención de Edward.
—¿Cómo? —le preguntó, mirándola a los ojos.
—Que está enamorada de ti.
—¡Claro que no!
Bella miró al cielo con resignación y pensó, no por primera vez, que los hombres eran criaturas verdaderamente tontas.
—Ángela se ha portado de un modo muy raro conmigo desde que llegué al pueblo, y ahora está echando espuma por la boca. Está celosa.
Edward estuvo negando con la cabeza durante todo el tiempo.
—No. Ángela y yo somos amigos. Ella cree que me está cuidando; eso es todo.
—Ponte la gorra de policía —le susurró Bella, al ver que se abría la puerta de la comisaría.
Ángela salió apresuradamente, envuelta en su abrigo. Se quedó un poco azorada al verlos allí, a pocos metros, pero siguió caminando por la acera hacia su pequeña casa.
Edward se quedó mirándola. Bella se inclinó hacia él.
—Tal vez sea Ángela —le dijo en voz baja.
Él observó a la recepcionista mientras torcía la esquina.
—Sus huellas están en la base de datos. El ordenador las habría identificado con las que se tomaron en tu casa.
—Trabaja en una comisaría, Edward. Seguro que sabe ponerse unos guantes.
—No. No puede ser Ángela. En realidad, yo había pensado en Black. Tal vez lo esté haciendo para crear nuevas historias para su periódico.
Ella negó con la cabeza.
—Quieres que sea Black porque lo odias. Claramente, es Ángela.
—De ninguna manera. La conozco de toda la vida, ¡y no está enamorada de mí!
—¿Y por qué me odia?
—¿Es que las mujeres no tenéis ese tipo de rarezas todo el rato?
—¡Si apenas la conozco! —insistió Bella—. Por lo menos, piensa en ello, ¿de acuerdo?
—Lo investigaré, pero me parece muy improbable. Esa primera noche que me llamaste me dijiste que habías visto un hombre, no una mujer.
Ella arrugó la nariz ante aquel argumento tan lógico.
—Bueno, no quiero ser grosera, pero Ángela es un poco, eh… fornida. No sería difícil confundirla con un hombre de lejos y a oscuras.
—Está bien. Intentaré tener la mente abierta —le prometió él, y le pasó la mano por el pelo—. Voy a repasar su horario del último mes, e intentaré recordar cualquier acto sospechoso por su parte. Pero ella no está enamorada de mí.
—Ya. Yo hago la cena para hombres descarriados todo el tiempo. Porque es lo más normal.
—¿No es hora ya de que te marches a casa de Alice?
—Ah, te estás ruborizando. Seguro que Ángela no es la única mujer que siente un amor no correspondido por ti. Hombres de uniforme. Soledad estoica. Fortaleza y calma. Eres el sueño de cualquier treintañera, Cullen. Eh, no habrás estado abrazando a otras mujeres con esos brazos grandes y fuertes, ¿no? Porque yo personalmente mataré por eso.
—No.
—Ummm… ¿Estás seguro de que no te has acostado con nadie más? Esa Jennifer que atiende en el supermercado es bastante mona.
—Y eso es todo lo que hace falta.
—Exactamente.
Edward se cruzó de brazos y entrecerró los ojos.
—Que te diviertas con Alice esta noche. Nos veremos sobre las once.
Ella dio un balanceo extra a las caderas mientras se alejaba.
—Bella —le dijo él.
Se volvió con una sonrisa, y vio a Edward acercándose a ella. Él le acarició la barbilla con un dedo y le pidió:
—No hables con ningún chico.
—Ummm… Si lo hago, ¿me vas a dar una azotaina?
Aquello borró la preocupación de la mirada de Edward, e hizo que le brillaran los ojos mientras entornaba los párpados de un modo que consiguió que ella se derritiera.
—Siempre y cuando seas buena, no tendré que hacerlo.
—Pero sabes que me resulta muy difícil ser buena.
Él le dio un beso en los labios.
—Sí, lo sé.
Bella se estremeció cuando la soltó, preguntándose si iba a poder cruzar la calle sin tropezarse. Él había hablado en un tono tan peligroso como su sheriff oscuro, y todas las horas que había pasado con aquella historia la habían dejado inquieta y ardiendo.
—Intenta ser buena, Bella —murmuró él, y ella prometió que iba a hablar con todos los chicos que se encontrara.
—¡No puedo creerme que no me digas cuál es tu trabajo! —exclamó Alice.
—No puedo.
—Bueno, ¿y cómo voy a ayudarte si no sé los detalles?
—Tienes la información que necesitas. Una carrera profesional secreta que a Edward no le gustaría. Nada ilegal ni inmoral. ¿Cómo se lo digo?
Alice soltó una mano del volante para agitarla suavemente.
—Eso no es información. Necesito algo más.
—No, lo siento. De todos modos no importa —dijo Bella con un suspiro—. Sé que tengo que decírselo sin rodeos, y no quiero.
—Si no tiene nada de malo, entonces él no va a romper contigo. ¿Por qué estás preocupada?
—Porque es algo que va a chocar frontalmente con todos sus miedos. Miedo a ver violada su privacidad. Miedo al escándalo…
—¿En qué trabajas, fresca?
—Bueno, supongo que si trabajara para el National Enquirer sería peor, pero…
—Ugh —dijo Alice—. Díselo ya, para que puedas contármelo a mí.
—Dios Santo, eres la encarnación del egoísmo, ¿lo sabías?
—Sí. ¡Eh! ¿Sabes que Sam se quedó sin gasolina a unos treinta minutos al sur del pueblo ayer?
—No, pero es un cotilleo fascinante de conductora de grúa.
Alice soltó un resoplido mientras botaban en un bache de la carretera.
—Esa no es la parte interesante. Lo interesante era con quién estaba cuando se quedó sin gasolina.
—¿Con quién?
—¡Con Emily! —gritó Alice, riéndose.
—¡No! ¿Lo dices en serio?
—Oh, Dios mío, tenías que haber visto la cara de Emily cuando me vio. Intentó agacharse en el asiento para que yo no la viera. Y parecía que el pobre Sam se iba a echar a llorar de vergüenza por haberse quedado sin gasolina en mitad de su cita.
A Bella se le escapó un jadeo.
—¿Él lo llamó «cita»?
—No, pero llevaba unos pantalones y una camisa bonitos, y eran las nueve. Creo que Emily no quería ir a Port Angels, así que fueron a ese restaurante que hay en el cañón.
—¡Me alegro por ella! Emily está recuperando la alegría.
—Vamos a quedar con ella en The Bar y le sonsacamos todos los detalles. Yo vivo a través de los demás.
Bella miró de reojo a su amiga.
—Yo creía que el camarero te estaba mirando.
—Pero no tenía más de diecinueve años.
—Pero tenía las manos grandes, ¿no te has dado cuenta?
—Tal vez —murmuró Alice.
—No tan grandes como las de Edward —dijo Bella, solo por ser cruel, y Alice gruñó como si la estuvieran asando en una parrilla—. ¿De verdad hace tanto tiempo?
—Buenooo… —canturreó su amiga, e ignoró la pregunta—: ¿De verdad crees que la persona que te está acosando puede ser Ángela?
—Quizá. Bueno, entonces, o eres virgen, o hace poco has tenido relaciones sexuales con alguien completamente inapropiado. ¿Cuál de las dos cosas?
—Soy pura como la nieve recién caída.
—Oh, Dios mío, ¿con quién? ¿Fue con Alec?
—¡No! No es nadie que conozcas, y ocurrió hace meses. Pero puede que tengas razón en cuanto a lo de Ángela. Esa mujer siempre está muy tensa. Todavía vive con la bruja de su madre. Eso sería suficiente para desesperar a cualquiera.
—Edward tiene sus dudas.
—Él es un hombre, y ella es una mujer. Además, no le gustará saber que lo han engañado tanto.
Bella se estremeció al oír eso. Sí, sería un golpe para Edward.
Cuando entraron en Forks, Alice la miró con preocupación.
—No tengo que llevarte a tu casa, ¿no? ¿Te quedas en casa de Edward?
—Hasta que le diga la verdad y me eche, sí. Otro buen motivo para retrasarlo unos días más. Déjame en la comisaría. Seguro que él todavía está allí.
—Mira, Bella, estaba bromeando cuando te decía que necesito saberlo todo para darte mi opinión. No tienes por qué contármelo a mí, pero a Edward… Es un buen chico, y va en serio contigo. Díselo. Sea lo que sea, él lo superará.
Bella tomó aire.
—No quería enamorarme de él.
—Sí, bueno, pero estás totalmente enamorada. Y será mejor que hagas que funcione, o este pueblo se va a convertir en un lugar demasiado pequeño para ustedes dos.
—Gracias. Eres un ángel que me ha enviado el Cielo para alegrarme.
—Esa soy yo —dijo Alice, y detuvo el coche a dos centímetros del parachoques de la furgoneta de Edward—. Mañana al mediodía ya tendré preparado tu coche. Te llamaré. Hasta ese momento, por favor, ten cuidado. Si es Ángela, probablemente estará haciendo locuras esta noche. No salgas sola al jardín si oyes algo raro.
—Bah. Edward inspecciona todo el jardín. Yo hago el sótano —dijo Bella. Se despidió de Alice y bajó del coche, y se encontró con que Edward ya estaba allí, tendiéndole la mano.
Él entrelazó los dedos con los suyos y giró la cabeza hacia la comisaría.
—Andrew ya está aquí. ¿Nos vamos a mi casa?
Ella se inclinó para besarlo. Sí, estaba deseando irse a casa con él. Y no parecía que él estuviera de humor para hablar, lo cual era estupendo.
—He sido una niña muy traviesa —susurró contra sus labios.
Edward se irguió y señaló su coche.
—Entra.
Bella ya estaba excitada. Corrió hacia la puerta del pasajero y subió a la furgoneta. Él arrancó el motor.
—¿Me llevas primero a mi casa? Se me olvidó la bolsa.
—Traviesa e irresponsable.
—Una completa delincuente —dijo ella. Entonces, posó la mano en su pierna y comenzó a acariciarle el muslo, y más arriba. Cuando llegaron a la calle de su garaje, él estaba completamente excitado.
—No llevas falda —dijo él con la voz ronca—. Otra infracción.
Bella soltó una risita y bajó de un salto de la furgoneta.
Edward bajó también, pero con movimientos más rígidos.
—Tardo un segundo. Está sobre la mesa de la cocina.
—Te acompaño —replicó él, en un tono que no admitía réplica.
A Bella le pareció bien. Tal vez ni siquiera llegaran a casa de Edward. Tal vez lo hicieran en la encimera de la cocina, medios desnudos y llenos de lujuria. Ella nunca había hecho algo así.
Ella tuvo esperanzas de que su plan se hiciera realidad cuando metió la llave en la cerradura y Edward la detuvo poniéndole las manos en la cintura y girándola para que lo mirara. Él apoyó la mano en la puerta y se inclinó sobre ella, sin tocarla, pero rodeándola. Le dio un beso suave en la coronilla, y a ella se le aceleró el corazón.
—Bella… —dijo.
—¿Sí?
—He pensado que podríamos ir a mi cabaña este fin de semana. No es una casa lujosa. Tiene una cocina pequeña, un baño…
—¿Y un manantial de aguas termales?
—Sí.
—Me encantaría. Pero tú dijiste algo sobre la cabaña…
—Sí. Quiero estar a solas contigo, aunque tú no admitas que eres mi novia. Y me ayudaría a aclararme la cabeza sobre el asunto de Ángela.
—Entonces, ¿te lo has tomado en serio?
—Claro que sí. Yo nunca descarto nada que tenga que ver con tu seguridad, y menos porque piense que es algo ridículo.
—¡Ja! Te apuesto lo que quieras a que es ella. ¿Hacemos una apuesta de verdad? Si tengo razón, te pones el sombrero de vaquero para mí. Solo el sombrero.
—¿El sombrero del uniforme oficial? No, no creo que ese sea un uso autorizado. Pero bueno, como no vas a tener razón, está bien. Acepto la apuesta. ¿Y si gano yo?
—Te haré un numerito privado… con Azulito.
—Trato hecho —dijo él, guiñándole un ojo—. Será mejor que le compres pilas nuevas.
Bella sonrió, pero se puso seria enseguida, y lo miró fijamente.
—Este fin de semana —dijo—, cuando estemos solos… Vamos a hablar, ¿de acuerdo? Quiero decir, que yo voy a hablar. Voy a contarte cosas. Sobre mí.
—Bella —susurró él, y sus ojos de color jade se derritieron ante ella, tan dulcemente que Bella sintió un dolor en el corazón. Edward se ruborizó un poco—. Isabella, te quiero.
Oh, Dios. Dios, Dios, Dios.
—Edward, yo… yo…
—Hablaremos este fin de semana, Bella. No hay prisa, de verdad.
Ella se dio cuenta de que sus esperanzas superaban a sus miedos por primera vez durante semanas, meses. Quiso llorar de alivio. Sin embargo, sonrió, con los ojos llenos de lágrimas, y se volvió hacia la puerta para abrirla. No podía decirlo todavía. Tenía miedo de decirlo ya, pero le demostraría lo que sentía en cuanto llegaran a su casa. O a la cocina de la abuela Marie. O a cualquier sitio más allá del porche.
Estaba flotando por sus palabras y sus caricias cuando entró. Estaba embriagada de Edward.
Cuando los dos estaban dentro, lo oyeron. Era un murmullo extraño, suave. Edward la estrechó contra sí y comenzó a retroceder hacia la puerta abierta, y Bella vio una luz débil que provenía del salón, y una sombra que se movía por el suelo.
A Bella se le enganchó el tazón en el zapato de Edward, y se le escapó un jadeo. Él le susurró que mantuviera silencio, pero era demasiado tarde. La sombra apareció y se detuvo en seco al verlos. Edward la hizo retroceder más deprisa, pero la sombra los encañonó con un arma, y ambos se quedaron inmóviles.
—¿Qué están haciendo aquí? —preguntó alguien con un sollozo.
—¿Ángela? —murmuró Edward.
—¿Qué están haciendo aquí? —gritó ella, como si fuera un animal herido.
—Ángela, baja el arma para que podamos hablar de esto.
—Oh, claro que vamos a hablar —respondió Ángela con desprecio—. Cierra esa puerta.
—No, no creo que…
Ángela dio un grito y lo interrumpió, y apuntó directamente al pecho de Bella. Edward cerró la puerta.
—Quítale las manos de encima —le ordenó Ángela—. No sabes nada de ella. Es una fulana.
Bella susurró «Vaya», y Edward le clavó los dedos en el brazo antes de soltarla. Ella se alejó lentamente, diciéndole con los labios «Te lo dije», pero él no se inmutó.
«Vamos», quiso decirle. «Ángela no me va a pegar un tiro, porque tendría que pegártelo a ti también».
Edward alzó sutilmente las manos para que Ángela viera que Bella se había alejado lo suficiente.
—Bueno, Ángela, ya está. ¿De qué quieres hablar?
—De esta mujer —dijo Ángela—. Esta mujer no es lo suficientemente buena para ti. Es una mentirosa y una pornógrafa.
Oh, mierda.
—Vamos, Ángela. Somos amigos —dijo Edward, con una voz suave y calmada—. No tengo ni idea de qué quieres decir, pero vamos a tomar una cerveza y hablaremos de ello.
—Yo no bebo —le espetó ella—. No bebo, y no llevo ropa de fulana, y no te miento. No como ella.
Él volvió a alzar las manos con un gesto conciliador, mientras Bella intentaba acercarse, lentamente, hacia él, y hacia la puerta.
—Me parece bien —dijo Edward, pero Ángela negó furiosamente con la cabeza.
—¿Sabes en qué trabaja? ¿Sabes cómo se gana su sucio dinero? Ven aquí. Ven aquí y te lo enseñaré.
Edward dio un paso hacia delante inmediatamente, asintiendo.
—Enséñamelo.
Sin embargo, Ángela no se dejó engañar, y movió el arma con furia.
—Tú primero —le gruñó a Bella.
—Deja que se vaya —le dijo Edward—. Si dejas que se vaya, yo me sentaré contigo para que me lo enseñes todo. Eso es lo que quieres, ¿no? ¿No querías enseñarme cuál es la verdad?
—Sí —dijo Ángela, y comenzó a llorar de un modo extraño. Sin embargo, su llanto no la distrajo, porque siguió apuntando a Bella mientras se enjugaba las lágrimas—. Pero ella no puede irse. Quiero que la veas tal y como es.
—Está bien, de acuerdo. Enséñamelo y después ella se irá.
Bella entró en el salón seguida por Edward, y Ángela encendió la luz.
—Oh, mierda —murmuró Bella. No había duda de lo que había estado haciendo la recepcionista. Su ordenador estaba encendido, y el armario que había junto al escritorio tenía las puertas destrozadas. Los libros estaban dentro; Ángela tomó uno y se lo arrojó a Edward.
—Ella escribe esta… esta indecencia —le dijo, mientras él giraba el libro y lo miraba—. Isa Summers —añadió, y con su voz, el nombre sonó como un pecado—. Eso es lo que es: Isa Summers. Escribe estos libros, estas historias asquerosas.
Entonces, Bella respiró profundamente e irguió los hombros.
—Es cierto, Edward. Escribo novelas románticas y eróticas. Eso es. Fin de la historia.
—Oh, ya quisieras —dijo Ángela—. Eso es solo el comienzo.
Edward, golpeándose suavemente la palma de la mano con el libro, sonrió cuidadosamente a la mujer.
—Bueno, has resuelto el misterio. Buen trabajo. Yo no tenía ni idea.
—¡No me sigas la corriente! No soy tonta. ¡Llevo cinco años trabajando para ti! Te he hecho el café, te he llevado la comida y me he dado cuenta de cuándo estabas cansado. Te conozco, Edward Cullen. Tal vez no sea guapa, ni sexy. No llevo faldas cortas ni tacones. No soy el tipo de mujer en el que se fijan los hombres, pero te conozco. Te cuido.
—Sí, es cierto —dijo Edward suavemente.
Ángela asintió.
—Pero malinterpreté la situación. Mi madre siempre dice que incluso los hombres buenos se pierden por las chicas llamativas, por las fulanas que se pavonean. Como ella —dijo, y fulminó a Bella con la mirada, sin dejar de apuntarla con la pistola—. Tal vez sea delgada, simpática y atractiva, pero tú no le importas.
—Ángela, vamos a…
—Ella sabe que tú valoras mucho tu privacidad. Sabe lo que ocurrió con tu padre. Y sin embargo…
—Oh, no —gruñó Bella, mientras Edward daba un paso hacia Ángela.
—¡Ella no solo escribe indecencias, Edward! ¡Escribe indecencias sobre ti!
Él alzó las manos de nuevo, en señal de buena voluntad.
—Eso no tiene importancia, Ángela.
—¡Claro que sí! Te está usando, está escribiendo historias de sexo sobre ti. Todo el tiempo que habéis pasado en la cama ella ha estado grabándolo, escribiéndolo. Te va a causar la ruina, pero antes, yo la destrozaré a ella.
—¿Que escribió sobre mí? —preguntó él, casi en un susurro.
—¡Sí! —gritó Ángela—. ¡Sí! ¿No lo ves? Escribió cosas sobre ti. Escribió una historia ridícula sobre relaciones sexuales contigo en ese apartamento que hay encima del supermercado. Y el nuevo libro es incluso peor…
—Dímelo —le pidió Edward, alejándose un poco de Bella, acercándose un poco a Ángela.
—No vas a creértelo. Algo asqueroso, con cuerdas y látigos. Horrible. Es como si quisiera hacerte caer tan bajo como sea posible. Quiere destruirte. Todo el mundo se va a reír de ti, Edward.
—Pero tú no.
—No —respondió Ángela con un sollozo, y comenzó a llorar de nuevo—. No. Yo supe desde el principio que ella era mala. Lo sabía.
—Es cierto. Trataste de decírmelo.
—Yo nunca habría…
Edward se movió con la rapidez de un rayo, más rápidamente que nada que hubiera visto Bella en toda su vida. Estaba hablando con Ángela de manera amigable y relajada, y al instante siguiente, el arma estaba volando por los aires y Ángela gritando de dolor y rabia.
Bella debería haberse marchado. Edward le estaba gritando que echara a correr, pero él se había quedado como en trance, mirando el arco que estaba dibujando la pistola en el aire al caer al suelo. «Esa mujer podía haberme matado».
Sabía que iba a estar mucho más asustada después, y se sintió agradecida por la extraña conmoción que se había apoderado de ella. La escena entre Edward y Ángela era como una película. Por fin, la pistola cayó al suelo y él empujó a Ángela hacia el suelo para tenderla boca abajo y poder ponerle unas esposas.
—No hagas eso —decía Ángela, entre sollozos—. No hagas eso. Te quiero.
Edward murmuró una palabrota entre dientes, y después la amarró. No encontró ninguna otra arma, porque se puso en pie y abrazó a Bella.
—He ganado —le dijo ella, hablando contra su pecho—. No pierdas ese sombrero, Jefe.
—Dios Santo, ¿estás bien?
—Sí, estoy bien, pero creo que a ti te tiemblan las manos.
—¿De veras?
Edward sacó su transmisor de radio y habló con la comisaría en código, o Bella estaba más conmocionada de lo que creía. Pareció que el hombre que recibía el mensaje lo entendía, porque su respuesta también tenía un tono de espanto.
Bella miró a Ángela. Ángela los estaba mirando a ellos, con la mejilla posada en la alfombra. Bella tuvo unas ganas incontenibles de salir de allí. Comenzó a retroceder; Ángela siguió cada uno de sus movimientos con la mirada.
—No te va a querer —gruñó—. A mí no me quiere, pero tampoco va a quererte a ti.
—Ya lo sé —susurró Bella.
Edward terminó de hablar por radio y la llevó a la sala de estar. Se oían unas sirenas que cada vez se acercaban más.
—Estás muy pálida. En estado de shock.
—Sí, pero estoy bien. Estaré bien.
Él hizo que se sentara en una silla y la tapó con la manta del sofá.
—Tengo que vigilar a Ángela. ¿Vas a estar bien aquí? Solo será un momento.
—Estoy bien.
—Andrew llegará dentro de un minuto.
—Sí, ya lo he oído.
No parecía que él estuviera cómodo con aquella actitud. No dejó de mirarla mientras iba hacia el salón, pero tenía que vigilar a una criminal, después de todo. No podía hacer de niñera para su novia.
Ángela continuó protestando desesperadamente, pero Edward no dijo ni una palabra. Seguramente, estaba demasiado ocupado mirando los libros de Bella. Ella se arrebujó en la manta y se hundió en la silla, intentando defenderse del presentimiento de que aquello no iba a terminar bien. Las sirenas no ayudaban a mitigar su tensión. Se tapó la cabeza con una esquina de la manta.
Cuando por fin llegó Andrew, con otro oficial, alrededor del refugio de Bella se hizo el caos. Hubo preguntas, maldiciones y órdenes. Edward fue a verla un momento, y después, alguien empezó a hacer fotografías del armario que había destrozado Ángela y de las demás pruebas, y él volvió a sus ocupaciones.
Estaba empezando a sentir somnolencia entre toda la actividad que había a su alrededor, cuando todo se detuvo un momento.
—Llama a Thom. Ángela necesitará un abogado.
Edward estaba diciendo eso mientras Andrew y él sacaban a Ángela del salón. La recepcionista estaba más apagada, pero al ver a Bella, le gritó: «¡fulana!». Edward tiró de ella hacia la puerta. La abrió para salir, pero todos quedaron cegados por una explosión de luces. Bella se levantó de un salto y corrió hacia la ventana delantera, pero en realidad solo había una luz, y era de un flash. Black estaba allí tomando fotografía tras fotografía mientras Ángela intentaba darse la vuelta. Entonces, debió de pensarlo mejor y se giró hacia él.
—Es Isa Summers —gritó—. Ya no podrá ocultar la verdad. Es Isa Summers, ¿me oyes, Black?
—¡Lo tengo! —exclamó él alegremente, y a Bella se le cayó el alma a los pies.
Claro. Esa era la espada de Damocles que había estado colgando sobre su cabeza mientras ella estaba sentada en aquella silla. ¿Por qué se había dado tanta prisa en darle la razón a Ángela cuando le había dicho que Edward no iba a quererla? Aunque Black no hubiera estado allí, el arresto y el juicio habrían sido del conocimiento público.
Que Edward supiera lo de sus libros era una cosa. De todos modos, ella iba a contárselo dentro de pocos días. Sin embargo, el hecho de que Edward supiera que todos los demás lo sabían también… Eso no era tan fácil.
Tal vez pudiera sacar a Black de la carretera en aquella curva tan peligrosa y cortar el problema de raíz. Ummm… ¿Cómo podía llevarlo a cinco kilómetros del pueblo?
—¿Bella?
Edward tenía un tono de urgencia que hizo que ella diera un respingo y le golpeara el mentón con la coronilla.
—Ay.
—¿Estás bien?
—Creo que me he quedado dormida.
—Ya hemos terminado.
—Entonces sí que me he quedado dormida.
Edward asintió. Su mirada era distraída, más de lo debido, en opinión de Bella.
—No quiero hacerte esto, pero tengo que interrogar a Ángela esta misma noche, cuanto antes. Lo siento. ¿Llamó a Alice o…?
No debería haberse sentido herida por eso. Él era el jefe de policía, y tenía que irse. Sin embargo, Bella no quería que él la dejara sola, no quería que tuviera tiempo para pensar, quería hacer algún intento por conservar el castillo de naipes que habían construido. Sin embargo, si él se marchaba en aquel momento… todo se desmoronaría.
Y ella no podía evitarlo.
Así que Bella sonrió e hizo lo que hacía siempre.
—Eh, estaba esperando a que te fueras para poder llamar a Alice y hacer nuestra pelea de almohadas semanal.
—Bells —dijo él, en un tono dolido y preocupado. Ella lo zanjó con una carcajada.
—No necesito que venga Alice. Estoy bien. Ya no hay amenaza, así que ve a hacer lo que tengas que hacer.
Él cabeceó. Estaba cansado, perdido y adorable. Demonios.
—Volveré en cuanto pueda. Deja que llame a Alice.
—Edward, soy una mujer adulta. Nos veremos dentro de pocas horas. Vete.
Así que él se fue, y Bella llamó de todos modos a Alice para llorar y contarle lo que había ocurrido. Después se quedó dormida en el sofá.
La luz de la mañana la despertó, y ella sintió un nudo tenso en el estómago. Edward no volvió hasta las once, y todo fue tan mal como ella había pensado.
