Capítulo 16

El trabajo no le servía para sentirse reconfortado, exactamente, pero Edward se concentró absolutamente en él de todos modos. Se dio cuenta de que si permanecía en su despacho, las horas y los días pasaban sin que él cediera a la tentación de llamar a Bella.

Sin embargo, aquella tarde, cuando entró en la oficina común, la ilusión de que era un buen refugio se desvaneció. Frank, uno de los oficiales de Edward, alzó la vista del libro que estaba leyendo, tragó saliva y se cayó de la silla.

—¡Jefe! —gimoteó cuando su trasero impactó contra el suelo.

No había necesidad de preguntarle qué libro estaba leyendo.

—¿Qué hay, Frank? —murmuró Edward mientras retrocedía a su despacho nuevamente.

Increíble.

Después de dos semanas aguantando chismorreos y risitas, las cosas habían empezado a calmarse en Forks. Entonces, la nueva obra de Isa Summers había llegado a las pantallas de los ordenadores de todo el condado. Edward pensaba que los buenos ciudadanos de su pueblo ya se habían deleitado lo suficiente con Besos robados. Disfrutaban indescriptiblemente hablando de los detalles, debatiendo sobre si Edward y Bella eran pareja entonces, o si solo habían tenido una aventura pasajera y ardiente.

Nadie creía las explicaciones de Edward, que había dicho claramente que no hubo nada entre ellos cuando eran jóvenes, así que él había dejado de hablar, con la esperanza de que su silencio enfriara el interés. Y así había sido. Incluso Black había dejado de interesarse después de diez días.

Para Edward había sido una pesadilla, pero poco a poco comenzó a relajarse y a recuperar la normalidad en su vida, al menos en la medida de lo posible. En una noche había sido traicionado por las dos mujeres del pueblo que estaban más cerca de él. Aquello le producía unos sentimientos que todavía no quería abordar, pero que estaba intentando superar.

Entonces había salido El salvaje Oeste.

Edward se paseó con inquietud por el despacho. Fuera estaba nevando intensamente, y no podía dar uno de aquellos largos paseos que lo relajaban cada día. Se pasó una mano por el pelo y suspiró de impaciencia.

Frank iba a entrar a su despacho con un informe muy voluminoso entre las manos, pero al verlo, se detuvo en seco y enrojeció.

—¡Jefe! ¡No sabía dónde estaba! —exclamó, y fijó los ojos en el escritorio de Edward.

Ni siquiera sus propios hombres podían mirarlo. Un buen motivo por el que no debería haber ido a la comisaría cuatro horas antes de que comenzara su turno, pero no podía quedarse en casa, pensando. Ya no lo soportaba.

—Esta tormenta ha sido inesperada —dijo—. Pensé que habría demasiado trabajo.

—Ah, sí. Bien pensado —dijo Frank, y se apresuró a dejar la carpeta en el escritorio de su jefe—. Aquí tiene esa información que le solicitó al sheriff. Me refiero a… eh… al sheriff de Phoenix.

Edward tomó su abrigo.

—La revisaré más tarde.

Aunque no pudiera dar un paseo, sí podía irse de patrulla. Frank salió rápidamente, todavía ruborizado. Edward se preguntó qué escena se estaba imaginando. Seguramente, la de las cuerdas anudadas y la cera de vela.

Dios Santo.

Al salir a la calle, se le metieron unos gruesos copos de nieve en los ojos. El viento le cortaba la piel, así que corrió hacia su furgoneta, y el relativo silencio que reinaba dentro del vehículo se lo tragó.

Durante su entrevista oficial con la policía, Bella había dejado bien claro que Angela se equivocaba, que aquella nueva historia no tenía nada que ver con él, ni con ella, ni con nadie real. Era solo una historia de ficción. Y lo era. Edward la había leído atentamente dos noches antes. No se había reconocido a sí mismo en aquel sheriff frío y apasionado a la vez. Y Bella no tenía ningún parecido con la viuda que se distraía de su desengaño con dolor y sexo.

Esperaba encontrar frases familiares, reconocibles, de las noches que Bella y él habían pasado juntos. Esperaba que ella lo hubiera estado utilizando para obtener inspiración, pero nada de lo que ellos habían hecho juntos aparecía en aquella historia.

Aunque eso, nadie podía saberlo.

Echando humo por las orejas, Edward merodeó por la ciudad hasta que dejó de nevar. Después de eso, no patrulló tanto para ayudar a posibles motoristas accidentados sino para perseguir a Alice en su quitanieves. Se cruzaba con su camión de color morado cada cinco minutos, hasta que al final, ella bajó la ventanilla, le hizo un gesto para que se acercara y le ordenó que fuera a tomarse una cerveza o que fuera a casa de Bella para arreglar las cosas.

—Ni lo sueñes —respondió él. Cada vez se sentía más como un adolescente enfadado. Tal vez debiera ir a casa, meterse en su habitación y seguir allí enfadado con el mundo.

Sin embargo, no lo hizo. Siguió conduciendo por el pueblo, evitando a Alice, eso sí, durante un cuarto de hora más, y después fue a la comisaría y se quedó sentado en la furgoneta, rumiando sobre lo injusto de la vida. En aquella ubicación tenía un punto perfecto desde el que vigilar el escaso tráfico que había en Forks y una buena vista del aparcamiento de The Bar. Vio parar ante la puerta del local un pickup que no le resultaba familiar, y eso despertó algo su interés. Sin embargo, al ver que Bella bajaba del vehículo, su corazón dio un salto.

Ella llevaba su abrigo blanco y su gorro rosa. Él soltó un gruñido de tristeza. Aquel endemoniado color rosa iba a matarlo.

No, no era cierto. Lo que iba a matarlo era el hecho de que ella fuera tomada del brazo de otro tipo.

Edward no se había dado cuenta de que el conductor bajaba del pickup, porque estaba completamente concentrada en la sonrisa de Bella. Sin embargo, allí estaba aquel hombre, acompañándola al bar. Edward se inclinó hacia la derecha y observó con los ojos entornados, intentando verlo mejor. El tipo miró hacia un coche que pasaba, y Edward se quedó boquiabierto.

¡Bella estaba saliendo con uno de los ayudantes del sheriff de Seattle! No. No, no, no. Tenía que estar equivocado. No era posible que ella saliera con otro tan pronto. Y menos con un policía.

Edward oyó que el volante chirriaba y se miró las manos, que estaban estrangulando la cubierta de cuero. Aflojó las manos y miró hacia la puerta de The Bar. ¿Qué iban a hacer? ¿Iban a jugar al billar? ¿Iban a inclinarse sobre la mesa y a flirtear?

Tal vez aquel tipo fuera un pariente. ¿Tenía la familia Swan algún primo en Seattle? Emmett tenía que saberlo. Tal vez solo fuera un amigo.

Las palabras de Bella empezaron a pasársele por la cabeza. Él se había jurado que no iba a leer ni uno de sus libros, pero a los tres días había claudicado. Había leído primero Besos robados, y mientras lo hacía se había sentido horrorizado, enfadado y completamente excitado por las escenas de fantasía que ella había creado. En su versión de aquella noche, ella observaba en secreto a Edward mientras él terminaba su cita, y después, le tomaba el pelo y lo provocaba hasta que él le permitía que tuviera su turno. Y eso solo eran los tres primeros capítulos.

En los siguientes libros, él se había dado cuenta de que su escritura mejoraba. Las palabras se volvían más poéticas y las historias más interesantes. Se había sentido impresionado de mala gana, y cada vez había tenido más dudas sobre si él podría satisfacer a una chica como Isa Summers. Tal vez ese ayudante del sheriff… ¿Cómo demonios se llamaba?… Tal vez él fuera menos tenso. Tal vez a él no le preocupara lo que pensaran los vecinos. Tal vez a él le gustara apasionado, escandaloso, peligroso y en público.

En aquel momento se abrió la puerta de The Bar nuevamente, y Sam salió con un cigarrillo sin encender en la mano. Edward bajó la ventanilla.

—¡Sam! —le gritó, tan suavemente como pudo.

Sam lo miró y lo saludó mientras cruzaba la calle hacia él.

—Hola, Jefe. ¿Qué tal va?

—Muy bien —mintió Edward—. ¿Y tú? ¿Qué tal el bar?

—Bueno, eh… —Sam le mostró el cigarro y le preguntó—: ¿Le importa que fume?

—No, adelante. ¿Un día tranquilo?

—Pues yo pensaba que iba a serlo —dijo Sam, y dio una calada larga y profunda al cigarro—. Pero esa tormenta ha hecho que los clientes no se movieran de sus mesas.

—Ummm. Claro —murmuró Edward. ¿Cómo demonios iba a ser sutil en aquello?—. Me ha parecido ver a uno de los ayudantes de McTeague entrar hace unos minutos.

Sam abrió unos ojos como platos. Claramente, no había sido muy sutil.

—Eh… sí. Jake. Creo que yo también lo he visto.

—¿Viene a menudo?

—No —respondió Sam rápidamente. Después, al ver que Edward entornaba los ojos, se estremeció y dijo—: Está bien. Ha entrado con Bella Swan, pero yo nunca los había visto juntos.

—¿Las chicas siguen viniendo un par de veces a la semana?

—Eh, sí. Claro.

—Vamos, Sam, ¿es que quieres que te suplique, o algo así?

—Lo siento, Jefe. Es que… Ella también tuvo una cita ayer. Vino con ese escultor que vive en el valle. Seth no sé qué.

—¿Con el escultor? Pero, ¿qué clase de hombre trae a una mujer a The Bar en una primera cita? ¡Por Dios! No te ofendas, Sam.

—No se preocupe —dijo Sam, pero se estaba retorciendo y parecía que estaba desesperado por huir.

—Bueno, Sam. ¿Cómo van las cosas con Emily?

Entonces, Sam se ruborizó y arrastró un poco los pies, y murmuró una respuesta que Edward no entendió bien, así que dejó que se marchara y se hundió en el asiento del conductor.

Bella estaba saliendo con otros hombres, demonios. ¿Qué iba a hacer él?

Ya le resultaba lo suficientemente difícil verla por todo el pueblo, en el supermercado, en la oficina de correos o caminando por la calle. No hablaban, pero ella lo miraba y lo desafiaba con sus ojos verdes.

«Vamos, supéralo», le decía con la mirada. «Ven por mí».

Esos ojos no se disculparon, ni transmitieron vergüenza, ni pidieron perdón. De hecho, le habían estado gritando que iba a empezar a tener citas de nuevo, pero él había ignorado la advertencia, así que allí estaba, en su furgoneta, vigilando el pickup. El vehículo se burlaba de él con sus cristales tintados. Seguramente, entre los asientos delanteros no había ningún equipo informático que sirviera de obstáculo. Un hombre podía estirar la mano con facilidad y divertirse mientras…

—Alguien acaba de matarme —gruñó en voz alta.

Estaba condenado. Desde el principio había sabido que aquello terminaría en el desastre, pero no se había dado cuenta de que él sabría lo que iba a sentir un hombre cuando Bella lo acariciara. No sabía que ella era una autora que continuaría escribiendo libros, historias sobre los hombres con los que salía, historias que ya no iban a ser sobre él.

¿Cómo podía ser peor eso que el hecho de que la gente leyera detalles sobre su vida sexual? Era imposible… Sin embargo, Edward se dio cuenta de que sí era mucho peor. Era peor que estuvieran hablando sobre Jake el Ayudante Pervertido que sobre Edward, el Sheriff Ardiente.

—Maldita sea —jadeó. No podía ni siquiera respirar—. Maldita sea.

Antes, la presión que tenía en el pecho le resultaba insoportable, pero ahora había empeorado. Por primera vez en su vida no quería ir a trabajar, no quería ver a sus oficiales. Podría tomarse un día de baja. Ellos lo entenderían. Demonios, ni siquiera podían mirarlo a la cara, de todos modos.

De repente oyó un bocinazo estruendoso, y tuvo que agarrarse las sienes. Sin embargo, por el rabillo del ojo vio a Alice, que se estaba muriendo de risa en su camión; bajó las manos y le lanzó una mirada fulminante. Después de controlar el impulso de pegarle un tiro a la bocina, Edawrd le hizo un gesto obsceno con el dedo corazón y salió de la furgoneta para ir hacia ella.

De todos modos, Alice le había salvado de ser un idiota absoluto y llamar a la comisaría para decir que se había puesto enfermo. Solo por eso, no le pondría una multa.

—No te has tomado esa cerveza, ¿no? —le gritó ella—. ¡Tienes que ir a ver a Bella!

Edward oyó el clic de una cámara justo cuando volvía a hacerle aquel gesto a Alice. Las risotadas de Billy Black lo alcanzaron desde la otra acera.

Sin embargo, Edward se había dado cuenta, justo aquella mañana, de que Black no había pasado la ITV del coche, y debería haberlo hecho tres semanas antes. Así pues, estaba sonriendo cuando cerró la puerta de la comisaría. «Multa al canto, viejo».

—Gracias. Lo he pasado muy bien —dijo Bella sinceramente, aunque sin demasiado entusiasmo.

—Yo soy el que debería darte las gracias —respondió Jake.

Ella negó con la cabeza.

—Ojalá no tuvieras que hacer esto.

—Eh, yo me lo he pasado muy bien, aunque hayas estado mirando a Alec más de media hora.

—Es que su camiseta brillante y ajustada me tenía hipnotizada. Creía que a ti también.

Jake sonrió.

—No es mi tipo. Me gustan los chicos más naturales.

—¿Sí? Pues cuando te vi en ese bar de Denver, me dio la impresión de que te gustaban los tipos de discoteca.

—¡No! Esa fue una fase de mi vida muy mala y muy corta, te lo prometo. Me gustan los hombres fuertes y listos con camisas de franela.

—¿Como Seth?

Jake siguió sonriendo, y se ruborizó.

—Como Seth.

—Es encantador. Hacen una buena pareja. ¿Estás seguro de que tienes que ocultarlo? Estamos en el siglo veintiuno, aunque esto sea Forks. No deberías fingir que sales con una desvergonzada como yo…

—A mí me gustan las desvergonzadas. Además, mis padres, mi trabajo… Es duro. Estoy reuniendo valor.

Bella le dio una palmadita en el musculoso brazo de su amigo gay.

—Pues será mejor que te des prisa. Seth me ha enseñado su nueva colección. Creo que esas esculturas lo van a delatar. Si esa adoración por el cuerpo masculino pronto delataría su inclinación sexual.

Parecía imposible, pero Jake se ruborizó todavía más.

Ella se inclinó y le dio un beso en la mejilla.

—Cuando vi las esculturas me pareció que reconocía esos bíceps. Eres un buen modelo para una obra de arte, Jake.

—Basta —protestó él, aunque tenía los ojos brillantes de placer—. ¿Quieres que entre? —le preguntó—. Te han pasado cosas muy extrañas, y si te sientes más segura, yo estoy encantado de echar un vistazo por la casa.

—No te preocupes, ahora estoy bien. Angela sigue bajo custodia. Pero gracias.

Cuando entró en casa, Bella cerró la puerta y se apoyó en ella. Aquel plan para poner celoso a Edward era agotador. Y ni siquiera sabía si él se había dado cuenta, lo cual hacía las cosas doblemente duras. Su plan no era perfecto, porque no había tantos hombres homosexuales en el armario por la zona. Si Billy no aireaba aquellas citas pronto, iba a tener que dejarlo hasta el verano. O salir con Alec.

—Puaj —dijo al pensarlo.

Se acercó al contestador para ver si tenía mensajes, pero no había nada. Por lo menos, James había dejado de molestarla. No había vuelto a llamarla ni una vez desde su viaje a Forks. Algunos de sus chicos se habían puesto en contacto con ella, pero Bella no había detectado las cuerdas de la marioneta. Por fin había conseguido liberarse, aunque por desgracia, había perdido a Edward durante el proceso.

Eran solo las nueve, y no estaba cansada, así que llamó a Alice Brandon para lloriquear por Edward.

—Hola, Alice —dijo con un suspiro.

—¡Hola! ¿Has tenido alguna cita hoy, por casualidad?

Bella se animó.

—¿Han empezado los rumores?

—No estoy segura, pero he visto a cierto Jefe de Policía sentado en su furgoneta, mirando con inquina hacia The Bar hace dos horas.

Bella se puso tan contenta que estuvo a punto de dejar caer el auricular.

—¿Me estás tomando el pelo? ¿Lo has visto?

—Sí. Estaba perfectamente atormentado.

—Oh, maravilloso —gruñó Bella.

—Eres una mujer muy cruel.

—Puede ser, pero es que ni siquiera me dirige la palabra. Puedo volver a comportarme como si estuviéramos en el instituto con tanta facilidad como él quiera.

Alice se echó a reír.

—Los dos son patéticos. ¿Por qué no te pones una ropa de colegiala y vas a su casa mientras él está dormido? Eso terminaría con vuestros problemas.

—Tiene un arma, Alice.

—Y muy bonita, por lo que tengo entendido. Ah, te refieres a un arma de verdad. Bueno, entonces no creo que debamos exponerlo a que cometa un error y tenga una vida llena de tristeza y arrepentimiento. Bien pensado.

—Gracias. Tú solo cuéntame todo lo que oigas por ahí. Y yo rezaré para que entre en razón pronto.

—Por supuesto. Y envíame más correos electrónicos divertidos esta noche, ¿eh? Me aburro mucho.

—Está bien, pero solo porque has espiado a Edward por mí.

Bella colgó el teléfono y fue a sentarse al ordenador. Entró en la cuenta de correo de Isi Summers y se encontró con treinta y un mensajes nuevos. Los revisó rápidamente y catalogó la mayoría para responderlos más tarde. Casi todos eran amables y generosos, justo el ánimo que necesitaba en aquellos momentos.

Uno era hilarante, y otro muy extraño. Parecía que algunos hombres tenían afición a vestirse de payasos y pintarse la cara. Bella borró el nombre del remitente y se lo envió a Alice. Los tres últimos habrían sido normales salvo por el detalle de que se dirigían a ella por Isabella, y no por Isa. Maldito Billy Black y su periódico online. Ahora, su nombre real estaba al alcance de sus admiradores, pero también de sus detractores. Por no decir de sus amigos y su familia, que se habían enterado de todo.

Emmett se había quedado horrorizado como solo podía quedarse un hermano mayor; eso quería decir que no se había quedado verdaderamente horrorizado, sino solo horrorizado en el sentido de que las hermanas pequeñas no debían tener órganos sexuales en funcionamiento. A sus amigos de Denver les había parecido hilarante. La gente de Forks no sabía qué pensar. Y sus padres… Bueno, Bella prefería no pensar demasiado en eso. Tenía que resolver el problema con Edward Cullen antes de abordar la cuestión de sus padres.

Respiró profundamente e irguió los hombros. Después entró en su tienda favorita online de ropa interior para hacer un poco de investigación y preparar su próximo movimiento. Ahora que Edward por fin se había dado cuenta, podía pasar a la Fase Dos.

Todos pensaban que eran muy listos en aquel maldito pueblo.

Aquella pobre Angela había confesado todos sus crímenes. Allanamiento de morada, acoso, amenazas con un arma de fuego… Y la investigación se había detenido con su confesión. Todos, incluido el heroico Jefe de Policía, pensaban que ella era la culpable de todo, lo admitiera o no.

Sin embargo, Angela era inofensiva y patética. Solo era una mujer que pedía atención y afecto a gritos. Cualquier cosa menos la invisibilidad que envolvía a las mujeres como ella. Como no llamaba en absoluto la atención, se había convertido deliberadamente en una molestia, y al hacerlo, le había ayudado a ocultarse y camuflarse.

Incluso había hablado con Angela de todo aquello. La había compadecido por la existencia de Bella y de todas las mujeres egoístas e inmorales del mundo. Mujeres que captaban toda la atención y se la arrebataban a otras mujeres buenas y sólidas como Angela. Ella se había derretido con sus muestras de comprensión, y él había comprendido, por el brillo ferviente de sus ojos, que estaba a punto de estallar. Él solo había tenido que empujarla un poco y… ¡Bum!

El estallido de Angela había apartado todos los obstáculos de su camino. Ahora, Bella estaba sola. Cullen la había dejado sin pensarlo dos veces. La investigación había cesado. El Jefe ni siquiera había entendido el misterio de la mina; en una noche clara, con un buen telescopio, cualquiera podía pasar unas horas espiando la casa de Bella.

Se recolocó contra la valla de la mina y observó a Bella mientras ella terminaba de fregar los platos de la comida. Su cara brillaba iluminada por el sol de la tarde. Era bellísima. Él podría quedarse allí, mirándola todo el día, disfrutando de su soledad, porque sabía que iba a ser quien terminara con esa soledad.

Adoraba aquel lugar tranquilo, donde podría estar a solas con Bella.

Y era la buena de Angela quien lo había conducido, sin saberlo, a aquel escondite. Se merecía que la compensara con algo agradable. Seguramente, Angela iba a alegrarse mucho cuando supiera que Bella había decidido volver a Denver. Tal vez él le enviara una fotografía para darle un poco de paz.

Chicas siento demorar meses en subir los capítulos, pero la universidad y que formateara el pc me impidieron actualizar, gracias por dejar review y por leer la historia, subiré todos los capítulos que faltan, se los debo. Besos