Capítulo 17 Ataque

—Oh, vamos —murmuró Edward.

¿Quién iba al supermercado con unos zapatos de tacón rojo brillante? Isabella estaba intentando provocarle. Se paseaba por la zona de verduras con unos vaqueros ajustados que destacaban a la vista sus largas piernas y su perfecto trasero. Lo estaba torturando, clavándole astillas de emociones en su corazón hecho añicos.

Aquello era una poesía tan mala que Edward añadió dos cervezas más a su carrito y se dirigió rápidamente hacia la caja. Por desgracia, la vieja señora Lantern estaba allí, sacando cupones de su monedero mientras la cajera esperaba con algo de impaciencia. La señora Lantern no se daba cuenta, o no le importaba. Le entregó los cupones y observó atentamente a la muchacha mientras los metía en la caja, antes de sacar la chequera. Edward sabía por experiencia que ella no creía en los cheques duplicados, así que contuvo un suspiro mientras la señora se volvía hacia la antigua caja registradora y grababa cuidadosamente la transacción.

El chirrido de un carrito le entró por el oído izquierdo. Edward contó lentamente hasta cinco antes de volverse en aquella dirección.

—Hola, Jefe —dijo Bella, con los ojos muy brillantes y una sonrisa de picardía.

Y aquel fue el momento en que él tuvo por primera vez el maravilloso presentimiento de que, tal vez, Bella no estuviera saliendo con nadie de verdad. Tal vez solo quería ponerlo celoso.

Se quedó mirándola fijamente, devorando con la mirada sus mejillas sonrosadas, el color chocolate de sus ojos, y ella se echó a reír. Inclinó la cabeza hacia delante para indicarle que la señora Lantern se había ido hacía unos minutos, y que la chica de la caja lo estaba llamando.

—Hola —dijo por fin, y se giró para poner sus compras en el mostrador de la caja.

Claramente, Isabella Swan tenía algún tipo de poder sobre él, algo que le privaba de cualquier dignidad que él intentara demostrar. En su presencia estaba indefenso. No tenía ningún poder al enfrentarse a su sonrisa. Y pensó que aquello le gustaba. Le gustaba de verdad.

Era una pena que no se pudiera confiar en ella, y que fuera deshonesta. Por no mencionar impenitente, escandalosa, pervertida, deliciosamente guapa, increíblemente creativa y muy buena en su trabajo.

Edward tomó el recibo de la compra y las bolsas, y salió a toda prisa del mercado. Su reacción hacia ella le había causado terror.

Las cosas no habían mejorado durante la semana que había pasado desde que la había visto con Jake. Las cosas habían empeorado. A Black le estaba encantando la nueva novela, y también a los muchos seguidores de Bella. Algunas de las mujeres que habían encontrado el Forks Tribune online se habían atrevido, incluso, a escribirle para flirtear con él o decirle que les gustaba mucho su personaje. Y, por supuesto, algunas le pedían que practicara con ellas el sexo de manera algo pervertida.

No podía soportar que propios y ajenos pensaran que a él le gustaba darles latigazos a las mujeres, o atarlas. Odiaba las miradas que le lanzaban. Le recordaban a su padre, y a aquellos años horribles. Y sin embargo…

Aunque era algo ridículo y embarazoso, también estaba empezando a darle igual. Ya casi no le importaba. Él ya no era un niño y no tenía por qué angustiarse con los juicios de los demás.

Y echaba de menos a Bella.

Lo cual era un buen motivo para salir del pueblo. Quería escaparse y poder pensar. Quería pasar algunos días sin mirar a la entrada de The Bar, preguntándose si ella estaba allí con algún otro tipo.

Así que se pasó por su casa y metió algo de ropa en la bolsa de viaje. Se suponía que el tiempo iba a mejorar algo durante los días siguientes, y quería irse a su cabaña. Allí no tendría ningún recuerdo de Bella, gracias a Dios, y podría analizar su ridícula tentación de volver con ella.

El teléfono móvil no tenía cobertura en el campo, pero de todos modos se lo llevó. Y se arrepintió de haberlo tomado cuando lo oyó sonar, de camino hacia la puerta. Soltó una palabrota y descolgó.

—Aquí Cullen —ladró.

—Buenas tardes, Jefe —murmuró Emmett—. ¿O debería llamarte Sheriff, y después darte una buena paliza?

—Te juro, una vez más, que esa historia no trata de mí. ¿Qué puedo decir para convencerte?

—No te preocupes, te creo. Lo que pasa es que me gusta torturarte.

Edward cerró los ojos.

—Bueno, pues pronto me voy a quedar sin cobertura, así que aprovecha ahora.

—¿Sigues sin dirigirle la palabra a Bella?

Emmett sintió aquella terrible opresión en el pecho, la que no le dejaba respirar.

—¿Has hablado con ella?

—No mucho, y por eso tenía la esperanza de que tú hubieras terminado con tu campaña de silencio. Ella me ha jurado que está perfectamente, pero ojalá yo pudiera ir hasta allí a comprobarlo personalmente.

¿Estaba bien Bella?

—A mí me parece que tiene buen aspecto.

Sí, tenía que estar bien.

—Mis padres… —empezó a decir Emmett, y Edward se estremeció. Aquello no podía ser bueno—. Mis padres la llamaron para decirle que pese a todo, la siguen queriendo. Después se marcharon de viaje, y no han vuelto a llamarla desde hace tres semanas.

—Tal vez sea lo mejor. Así tendrán tiempo para calmarse y responder con diplomacia.

—Sí. Seguramente tienes razón —dijo Quinn. Su tono de voz era de duda y preocupación, y Edward notó que su instinto protector se despertaba. Demonios.

—Estaba marchándome del pueblo —le comentó a su amigo con un suspiro—, pero volveré dentro de un par de días —¿dos días? ¿No había pensado en quedarse tres o cuatro?—. Hablaré con Bella en cuanto vuelva.

—Gracias, Edward. Eso sería estupendo. Sé que ya es una adulta, y bastante adulta, por lo que parece, pero sigue siendo mi hermana pequeña.

—Ya lo sé.

Sí, lo sabía, porque pese a todo, ella seguía siendo Isabella Swan también para él, aunque ahora tuviera recuerdos de felaciones y palabras eróticas.

Edward colgó y salió del garaje con un escalofrío de alivio. Hablaría con ella cuando volviera, y mientras, se bebería unas cuantas cervezas y vería la luna desplazarse lentamente por el cielo nocturno. La fuente de aguas termales le hubiera ofrecido mucho más disfrute con Bella, pero de todos modos le apetecía bañarse en ella.

Sin embargo, cualquier pensamiento de pasar unos días tranquilos a solas se desvaneció cuando llegó a Main Street y vio un coche deportivo rojo avanzando en dirección contraria. Solo había visto un coche así recientemente, y le pertenecía a aquel gusano de James Kasten.

Cuando el vehículo se cruzó con el suyo, Edward vio al conductor. Sí, era James, que alzó la mano y lo saludó con una sonrisa.

—¿Qué demonios…?

Edward lo vio entrar en el aparcamiento del supermercado. Bajó del coche y entró por la puerta sin esconderse, sin disimular. De hecho, parecía que estaba como en casa. Edward decidió hablar con él. Detuvo la furgoneta, bajó y llegó junto al coche del sargento justo a tiempo para encontrárselo. Kasten llevaba una pequeña bolsa de plástico y un ramo de flores.

—¡Jefe Cullen! ¡Cuánto me alegro de verlo!

Edward ignoró la mano tendida del hombre y se cruzó de brazos.

—¿Qué demonios hace en mi pueblo, sargento?

—Bueno, le diría que me han invitado, pero no quisiera herir sus sentimientos.

—¿Quién lo ha invitado?

—Vamos, Jefe, ¿usted quién cree?

Edward apretó los dientes, pero consiguió contener el impulso de darle un puñetazo en la nariz a aquel idiota.

—¿Quiere decir que es Bella quien lo ha invitado a su casa? ¿Después de que le dijera que no volviera a ponerse en contacto con ella?

—Bella dice muchas cosas. Siempre lo hace. Pero nunca llegó a pedir la orden de alejamiento, ¿no? ¿Y por qué cree que es eso?

—No quería poner en peligro su puesto de trabajo a menos que fuera completamente necesario, sargento. Y ha estado muy ocupada.

—Ha estado muy ocupada dándose cuenta de que no era yo quien la estaba acosando. Y ahora que se ha dado cuenta también de que usted ya no está interesado en ella, ha vuelto conmigo, como siempre pensé. Lo siento, Jefe.

—¿Lo llamó? —preguntó Edward.

James asintió con una expresión comprensiva.

—Bella es una mujer complicada, un poco salvaje, pero yo estoy acostumbrado. La cuidaré bien, no se preocupe.

«Solo lo está usando», se dijo Edward, pero eso no hizo que se sintiera mejor. O Bella estaba intentando ponerlo celoso, o estaba verdaderamente interesada en aquel bicho raro de James. Y él no podía amar a una persona que viviera así, por mucho que lo deseara.

Solo podía aceptarlo con dignidad.

—Será mejor que no haya problemas —le dijo a James con un gruñido, y después se alejó de todo aquello, sintiéndose afortunado por tener un sitio donde esconderse.

Aquellos malditos tacones la estaban matando. Había sido muy divertido llevarlos aquella noche en el bar, cuando sabía que después iba a tener una noche movidita, pero, ¿llevarlos al supermercado? No tenía una gratificación inmediata. Bueno, aparte de hacer babear a Edward. Eso había sido una gran diversión.

Sin embargo, después había tenido que subir la colina hasta casa, porque si hubiera ido conduciendo no habría podido balancear las caderas delante de él. Y en aquel momento estaba empezando a pensar que su comportamiento de instituto estaba reservado para gente con una energía de instituto. Tal vez pudiera encontrar la manera de tentarlo con el trasero plantado en el sofá.

La idea de Alice también estaba empezando a parecerle bien, si se le ocurriera la manera de impedir que él le pegara un tiro. Ummm… Tal vez, en vez de cometer un allanamiento de morada, pudiera ponerse el uniforme del colegio y llamar a la puerta de su casa.

Después de guardar la compra en el frigorífico, fue hacia su habitación para buscar un abrigo con la largura necesaria para cubrir, solo, lo que aconsejaba la modestia. Iba a dejar que Edward hirviera durante un par de días más, y después se lanzaría hacia él como una gata en celo. ¡Perfecto!

Estaba revolviendo la pila de ropa que, de algún modo, había terminado en el suelo del armario, cuando oyó un sonido a su espalda. Aquella casa vieja crujía a menudo, así que casi no se preocupó mientras se daba la vuelta. Sin embargo, vio las piernas de un hombre. Jadeó del susto y se metió del todo en el armario.

El hombre se agachó, y vio la sonrisa de diversión de James.

—Hola, Bella.

Dios. Ella pensó que tal vez se marchara si cerraba el armario y esperaba, pero no parecía que él estuviera dispuesto. Estaba muy cómodo, agachado con los codos apoyados en las rodillas. La señaló con un ramo de flores.

—¿Vas a salir, o entro yo?

—¿Qué estás haciendo aquí? —le preguntó ella con la voz temblorosa—. ¿Cómo has entrado?

—Dejaste la puerta abierta.

Bella negó con la cabeza.

—No. La cerré con llave.

James pestañeó, sin dejar de sonreír como un niño que hubiera robado unos dulces.

—He leído tus libros. Vaya secreto que estaba guardando usted, señorita Summers.

—Sal de aquí. No puedes acercarte a mí.

—¿Te refieres legalmente? Porque lo he comprobado antes de venir. No hay ninguna orden de alejamiento contra mí. Nunca la ha habido y nunca la habrá, porque tú no quieres que yo me aleje de ti.

Ella empezó a sentir miedo de verdad. Intentó darle una patada con el tacón.

—¡Sal de mi casa!

Él la agarró de la pierna, y Bella trató de darle una patada otra vez, pero no lo consiguió. Él tiró de ella.

—Deberías haberme dicho que te gustaba duro, Bella. No tengo problemas con eso.

Aquellas palabras tenían un tono agresivo que ella no le había oído nunca.

Él tiró con más fuerza y le clavó los dedos en la piel. Oh, no. No, no. Bella intentó agarrarse a algo, pero solo encontró ropa arrugada que se deslizó hacia fuera con ella.

—¡No hagas eso, James! ¡Para!

—Vamos, Bella, nena. Vamos a jugar.

—No, no.

Ella no pudo evitar el movimiento, así que se rindió y dejó que la sacara de allí, metiendo las rodillas bajo su cuerpo para poder intentarlo de nuevo. En cuanto James aflojó las manos, Bella se alejó y consiguió liberarse. Sin embargo, él volvió a agarrarla del tobillo sin problemas. Ella sollozó.

Al instante siguiente, James estaba sobre ella. La puso en pie y después la sentó en una silla que había en un rincón del dormitorio. Ella forcejeó y arañó, pataleó y mordió, pero él consiguió esposarla con los brazos por detrás del respaldo.

—¡Te has vuelto loco! —gritó Bella—. ¿Qué demonios te crees que estás haciendo?

—Atarte —dijo él, mientras le esposaba también uno de los tobillos a la pata de la silla.

—James, escúchame. Escucha. Esas historias no son sobre mí. A mí no me gusta esto. Vas a ir a la cárcel si haces esto —respondió ella, y consiguió darle una patada en el hombro con la pierna libre.

—Qué guerrera —comentó él, y se rio mientras le sujetaba el segundo tobillo.

Cuando se puso en pie, Bella comenzó a dar tirones y a forcejear, pero sus miembros no se movieron ni un milímetro. Debería haber luchado más, haberlo atacado, porque ahora ya solo podía salir de aquella situación hablando, intentando convencerlo de que la dejara en paz, y claramente, él tenía ventaja en aquello.

—¿Están lo suficientemente fuertes para tu gusto? —le preguntó James mientras iba hacia la puerta. Por un segundo, Bella pensó que iba a marcharse, pero él agarró una bolsa de viaje que había dejado en el umbral.

Entonces comenzó a sacar cosas que no la animaron en absoluto. De hecho, pensó en gritar al ver la pala de madera que él dejó sobre la cama. Pero si gritaba, él la amordazaría, y entonces estaría inmovilizada y silenciada.

Así pues, Bella contuvo aquel impulso y comenzó a hablar.

—De acuerdo. Sé lo que estás pensando. Has leído mis libros y piensas que esas historias son sobre mí…

—No, estoy seguro de que son sobre ti.

—¡No son sobre nadie! ¡Son ficción!

James sonrió mientras sacaba una cuerda negra de la bolsa y comenzaba a enrollársela en la mano.

—Todo el mundo sabe que Besos robados es sobre Cullen y tú, así que no me cuentes eso de la ficción.

—¿Y cómo sabes lo que piensa la gente en este pueblo?

—Por el Tribune. Lo leo en Internet. ¿Cómo pensabas que me ponía al día entre mis visitas?

—¿Visitas? Tú solo has venido una vez aquí.

—Oh, vamos, Bella. Tú has hecho numeritos para que yo pudiera mirarte. Pasearte por el pueblo en tacones y minifalda. Hacerlo con tu nuevo amigo en una furgoneta para que yo pudiera verlo. Pero me he cansado de mirar.

—Oh, Dios, tú estabas aquí —susurró ella—. Has estado aquí todo el tiempo.

—No, todo el tiempo no. Angela me ayudó con la coartada. Cuando la vi espiando tu casa, no podía creerlo. ¡Qué suerte que apareciera una acosadora de verdad!

—¡Como si tú no fueras un acosador de verdad! Oh, Dios mío, James, ¿fuiste tú el que saboteó mi coche?

—Sí. Admito que ahí me pasé un poco de la raya. Solo quería que volvieras a Denver, Bella. Quería que entraras en razón.

—¿Matándome?

—No, asustándote. Por eso estropeé también el sistema eléctrico. No quería que condujeras sin frenos.

—Ah, bueno. Eso es muy razonable para alguien que está completamente loco.

James suspiró de exasperación, se quitó el abrigo y la miró.

—Claramente, voy a tener que amordazarte.

Bella gimió de terror.

—¿Cómo?

Él sacó un pedazo de tela blanca de la bolsa. La cama crujió cuando se dejó caer en ella con una expresión sombría.

—Mira, Bella. He pasado mucho tiempo pensando en ti. Cuando me enteré de lo de tu pequeño hobby leyendo el Tribune, me descargué todos tus libros. Y me di cuenta de lo difícil que debía de ser la vida para ti. Tenías todos esos deseos y esas necesidades, y no podías contárselo a nadie. No es de extrañar que seas tan distante. Pero yo lo entiendo. En cuanto leí esa nueva historia, la que trata de mí…

—¿De qué estás hablando?

—Del libro nuevo. Del sheriff.

—Dios Santo, James, El salvaje Oeste no tiene nada que ver contigo. Ni tampoco conmigo. A mí no me gustan esas cosas. Tienes que creerme. Has malinterpretado…

—Te pones muy guapa cuando mientes —le dijo él, riéndose.

—¡No estoy mintiendo! Esto es un secuestro. Por favor, no lo hagas.

Él asintió, pero sus ojos tenían un brillo de excitación.

—Tal vez no hayas hecho esto nunca. Puede que nunca hayas intentado convertir en realidad tus fantasías. Pero no importa. Estos últimos días he estado leyendo mucho sobre el control y la sumisión. Es raro, pero pese a todas las veces que me llamaste maníaco del control, yo nunca sospeché cuánto deseabas ese control. Pero ahora lo sé, y aunque sea un poco vergonzoso para ti, te dejaré que supliques todo lo que quieras. De hecho, a mí me está gustando más de lo que esperaba.

Oh, Dios. Le gustaba. Y Bella no tenía duda de que pronto pasaría al siguiente nivel.

—Si mantienes relaciones sexuales conmigo, será una violación.

—Oh, vamos, Bella. Yo nunca te haría algo así. Iremos despacio. Empezaremos con algunos juegos divertidos. No vamos a dar el siguiente paso hasta que estés preparada —dijo él con una sonrisa—. Incluso hasta que no me lo supliques.

Bueno, tal vez él no la agrediera. Tal vez pudiera convencerlo para que la soltara. Tenía que ponerse seria si quería salir de aquella situación sana y salva. Él pensaba que las súplicas eran parte de ello, así que si ella se ponía firme y enérgica, seguramente él pensaría que quería disciplina. Solo podía hacer una cosa.

—Tengo mi periodo —dijo, y vio que él fruncía la frente.

—¿Cómo?

James era uno de esos tipos que deseaban que las mujeres se encerraran en un lugar oculto durante una semana al mes.

—Que tengo mi periodo —repitió ella—. ¿Quieres comprobarlo?

—¡No! No, no quiero.

—Has elegido la peor semana para secuestrarme, James. Lo siento. Será mejor que me sueltes.

Él no había echado a correr, lo cual era una pena, pero se había quedado preocupado, porque estaba mordisqueándose la uña del pulgar.

—De acuerdo. No es lo más ideal. ¿Cuántos días te quedan?

—Eh… ¡Cinco!

—Mierda. Me he tomado toda la semana libre, pero, maldita sea —dijo él, y se le hundieron los hombros—. Bueno, de todos modos hay muchas cosas que podemos hacer sin usar tu… cosa.

—¿Mi cosa? Vaya. Aunque tú no fueras un acosador loco que se ha metido en mi casa, lo nuestro habría terminado.

James ignoró su sarcasmo y se golpeó los muslos con las palmas de las manos.

—Vaya, necesito una copa. Aunque esto sea divertido, también es estresante. ¿Te traigo algo?

—¿Cianuro?

—Oh, por el amor de Dios —dijo él—. Tú eres la que tiene el periodo. No es culpa mía.

Al final, había conseguido enfadarlo. Ella intentó dar marcha atrás e intentarlo de nuevo, pero era demasiado tarde. Él tomó el trapo blanco y se le acercó.

—Por favor, no —le susurró ella.

—Creo que necesitas algo de tiempo para tranquilizarte, y yo necesito una copa de vino. He traído vino del bueno, no de tetrabrick. ¿Estás segura de que no quieres un poco?

—Edward va a venir dentro de poco. No querrás estar aquí cuando llegue, ¿verdad? Él es…

—No lo creo. Acabo de hablar con Cullen. Me parece que ya no quiere saber nada de ti.

—¿Que has hablado con él?

Entonces, tal vez Edward estuviera yendo hacia su casa en aquel momento. ¡Tal vez toda la fuerza policial del pueblo estuviera agazapada alrededor de su casa!

—No te preocupes. Me deshice de él. La última vez que lo vi estaba conduciendo en dirección opuesta a aquí, y no parecía que estuviera muy contento contigo.

—Mierda, mierda, mierda —dijo ella, y apartó la cara del pañuelo que él le estaba acercando.

—Tienes mucho carácter, Isabella —dijo él, rozándole la sien con los labios—. Por eso te resulta divertido, ¿no? Eres muy fuerte, y quieres ser débil. Indefensa.

—No.

—No pasa nada, cariño. No es ningún problema. Todo el mundo tiene fantasías. Todo el mundo quiere ser feliz.

—No, James. Por favor, vete. Si te vas ahora, lo olvidaré todo, ¿de acuerdo? Habrá una tregua.

La tela le tocó los labios, ella apretó la mandíbula, pero James le tapó la nariz.

—Abre la boca, nena.

Cuando estaba a punto de ahogarse, Bella jadeó sin querer, y él aprovechó para meter el pañuelo entre sus dientes. Se lo ató detrás de la cabeza rápidamente, con fuerza.

—Ya está. Así empezarás a excitarte, y demonios, a mí también me está excitando. No te preocupes, vuelvo enseguida.

Salió del dormitorio silbando alegremente. Después de unos segundos, el pánico de Bella desapareció; comenzó a pensar en las cosas que prefería evitar.

James no iba a matarla. Parecía que creía de verdad que ella quería aquello. Tampoco iba a violarla, porque su historia de la menstruación había sido un golpe de genio.

Eso solo dejaba la tortura. Tortura. ¿Y una paleta de madera? Bueno, ella podría soportarlo. No le pasaría nada.

Sin embargo, comenzó a llorar y a jadear contra el pañuelo de algodón que le estaba aplastando la boca. Le dolían las muñecas y los hombros, ¿y por qué no le había permitido que por lo menos se quitara los tacones antes de atarla? Seguramente iba a obligarla a tenerlos puestos noche y día.

Lo oyó rebuscar las copas por la cocina, entre maldiciones. James abrió y cerró algunos armarios, pero sus quejas fueron interrumpidas por otro sonido, más fuerte que los demás.

A Bella se le aceleró el corazón mientras oía que alguien llamaba a la puerta. Tomó aire profundamente y comenzó a gritar con todas sus fuerzas.

Edward tenía las manos entumecidas de apretar el volante, y casi sintió náuseas allí plantificado, en el porche de Bella, como si fuera un bobo. Estaba a medio camino de su cabaña, cuando había decidido controlar su mal humor y dar la vuelta. Por lo menos, así se aseguraría de que no había cometido un gran error al marcharse con un ataque de furia y testosterona y dejarla en peligro.

Sin embargo, lo más probable era que quedara como un idiota. Por eso todavía no había llamado a ninguno de sus oficiales. «Eh, Frank, ¿puedes ir a casa de mi ex novia y ver si está contenta con su visitante masculino?».

Así que allí estaba él, en persona.

Cuando subió el brazo para llamar por tercera vez, se abrió la puerta y se oyó el sonido de la televisión, que estaba a un volumen muy alto. Al ver a James, Edward sintió un nuevo acceso de violencia. Parecía que estaba muy cómodo; llevaba la camisa fuera de la cintura del pantalón y estaba remangado. Tenía un vaso de zumo lleno de vino en la mano.

«Esa debería ser mi copa», pensó Edward.

—¿Qué puedo hacer por usted, Jefe?

«Puedes morirte», pensó él. Respiró profundamente y dijo:

—Me gustaría hablar con la señorita Swan, por favor.

James sonrió.

—Me temo que no puede bajar en este momento. ¿Puedo ayudarle yo?

—Vaya a buscar a Bella, demonios.

—Mire, Jefe, estoy intentando ser sutil. No puede bajar. No está visible.

—Usted llegó aquí hace menos de una hora.

—Sí, bueno —dijo James. Se llevó el vaso a los labios y dio un sorbo de vino—. Ya sabe cómo es ella.

—Muy bien —dijo él—. De todos modos me gustaría verla.

—Lo siento, Jefe, pero ya sabe cuál es el dicho. «Como vino, se fue».

—Sí, claro —respondió Edward, y esperó, intentando forzar a James para que se diera la vuelta primero, pero parecía que el tipo estaba muy cómodo apoyado contra la puerta, tomando vino—. Volveré después —dijo.

—Muy bien —respondió James, y lo saludó con el vaso antes de dar otro sorbo.

Edward retrocedió y bajó las escaleras. No quería irse, pero sabía que debía hacerlo. Cuando llegó junto a la puerta de su furgoneta miró hacia arriba con la esperanza de ver a Bella, pero las cortinas estaban cerradas.

Edward se obligó a salir de la calle de Bella muy despacio. En cuanto llegó al refugio del bosquecillo de pinos, frenó y sacó la pistola reglamentaria de la guantera. Después tomó el transmisor de radio.

—Aquí el Jefe Cullen. Necesito a todos los oficiales disponibles en el veinticinco de Pine Road. Código dos. Sirenas desconectadas. Tenemos un posible dos cero siete. Es probable que el sospechoso esté armado y sea peligroso.

Lo que había parecido una confrontación normal entre dos rivales cambió de significado para él en el transcurso de la conversación.

James no estaba en absoluto desarreglado; no parecía un hombre que acabara de mantener unas relaciones sexuales rápidas y apasionadas. Todavía tenía los zapatos puestos, no tenía la camisa arrugada ni estaba despeinado. La televisión estaba muy alta, sintonizada en un documental de naturaleza.

Y James tenía arañazos en las manos. Arañazos profundos.

A Edward se le apareció una imagen de Bella en la mente. Luchando, llorando, arañando. Él se quedó sin respiración. Revisó su arma, controló sus nervios y salió del coche bajo el sol frío y pálido.