Ranma 1/2 es una obra cuyos derechos pertenecen a Rumiko Takahashi. Este fanfiction está realizado sin ningún ánimo de lucro y con el mero objetivo de divertir y entretener.

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Encuentros

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5. Pelota

En ocasiones Ranma se sorprende haciendo cosas extrañas, cosas que ni él mismo comprende.

Camina por un barrio que no es el suyo, se pierde entre las calles, se pasa largas horas sentado en las bancas del parque, pensativo.

No para de darle vueltas, siempre la misma sensación. Una ausencia, echa de menos algo que ni él mismo sabe lo que es.

Tal vez en otra vida tuvo a alguien a su lado, una mujer de sonrisa cálida que abrigaba con cuidado su corazón.

Sonríe ante el pensamiento. Sí… en otra vida.

— Señor, ¿me pasa la pelota?

— ¿Señor? — responde él levantándose del banco y mirando al niño que a lo lejos agita las manos — ¡no soy tan mayor! — refunfuña a la vez que patea el balón, arquea una ceja, inconscientemente lo hizo demasiado fuerte.

El esférico traza una órbita perfecta en el cielo y va a parar a un lugar alejado del parque. Ranma se rasca la cabeza.

— ¡Señor, ha perdido mi pelota! — exclama el niño al borde de las lágrimas.

— E-espera, ¡ire a buscarla! — dice él poniéndose en pie y saliendo en busca del perdido balón. Camina un par de cuadras mirando por todas partes, rebuscando en cada esquina, hasta que al girar una esquina ve el objeto de su deseo.

La pelota ha ido rodando hasta golpear tímidamente los pies de una chica. Ella se agacha y toma el objeto con curiosidad, mirando hacia los lados, intentando buscar a su propietario.

— Es mía — dice Ranma acercándose aliviado, y no es hasta que está a un par de metros cuando se ve perturbado por aquel rostro.

Esos ojos que ya conoce, esos labios que le atraen con la fuerza de la gravedad, su corto y acicalado cabello, negro y brillante. Se queda parado con cara de estúpido intentando recordar dónde la ha visto antes.

— Ten — dice tendiendole la pelota pero no él no reacciona, continúa observándola pasmado. De pronto se percata de la pesada bolsa que parece cargar con su mano libre y algo dentro de él le hace, por primera vez en su vida comportarse como todo un caballero.

— Te ayudaré con eso, parece pesado.

— Oh, no te molestes.

— Lo llevaré hasta tu casa, ¿vives cerca? — pregunta tomando la bolsa, pero ella parece reticente y no la suelta.

— A un par de calles, pero de veras, no hace falta que…

En su rifirrafe la bolsa cae al suelo, exponiendo ante los dos pares de ojos su contenido. Chocolates de todo tipo, tabletas y bombones suficientes para todo un colegio de niños hambrientos. Ella se sonroja violentamente, se agacha comenzando a devolver de forma apresurada los dulces a la bolsa.

— Disculpa, que torpe — el chico de la trenza hace otro tanto y cuando termina de recoger toma la bolsa entre sus manos, dispuesto a cumplir con su ofrecimiento original. — Es mucho chocolate — sonríe perturbador, y ella no puede hacer otra cosa que mirar hacia al suelo apenada.

— Sí… no suelo comerlo pero… no sé, supongo que es un antojo.

— ¿Un antojo? — repite curioso antes de percatarse como, casi por inercia, ella acaricia su vientre en un mudo gesto delator. — Oh — parpadea sorprendido, es una chica demasiado delgada y aún a pesar de ello no ha notado ningún bulto en su cintura.

Durante un momento se siente estúpido, torpe y fuera de lugar, casi ¿desilusionado?. Arruga el entrecejo luciendo una expresión contrariada más propia de un crío que de una persona de su edad.

Ella comienza a caminar y él la sigue con la bolsa entre sus manos. La pelota queda tristemente olvidada en mitad de la calle cuando una nueva duda asalta su rapidísimo pensamiento.

— No deberías cargar nada en tu estado, ¿no se lo pediste a tu marido?

Impertinente, tonto, estúpido entrometido. La cara de ella parece hablar sin necesidad de palabras, por un momento Ranma teme que se eche a llorar.

— ¡Disculpa!¡no era mi intención! yo sólo pensé…

— No importa — contesta parándose — Gracias por todo, ya lo llevo yo — sus finas manos intentan arrebatarle la pesada carga, sus dedos se rozan un instante y a los dos les asalta un mismo sentimiento: un desasosiego sin fin, acompañado de una decena de imágenes que centellean en sus cabezas.

Parpadean perplejos.

— ¿Te conozco? — dice él, y siente que ya sabe la respuesta.

Ella tiembla ante su escrutinio, vuelve a intentar arrebatarle la bolsa pero él se resiste.

— Te ví… — reflexiona en su caótica mente — ...yo te ví en un sueño. Tu y yo…

— T-tengo que irme — se gira sin volver a intentar arrebatarle los chocolates, tan condenadamente acalorada que no quiere mirarle a la cara, pero él la sigue.

— ¡Espera! — le pide a pocos pasos, pero ella comienza a correr y Ranma maldice entre dientes.

Gira la esquina y descubre perplejo que ha desaparecido, la busca inquieto, recorre la calle nervioso por su repentina ausencia, hasta que llega a un grandísimo portón de madera y se detiene frente a él. Le llama, nota como le susurra al oído palabras de añoranza.

Da un paso y apoya la mano contra la puerta, empujándola lentamente, sintiendo que ha hecho eso mismo cientos de veces, tal vez en otro sueño.

— ¿Qué haces aquí?

La pregunta le pilla desprevenido, un hombre de mediana edad le mira ceñudo y él no sabe qué responder.

— Iba con una chica, olvidó sus… — muestra la bolsa llena de dulces y el hombre la toma sin decir nada más, le mira con una extraña mezcolanza de pena y enfado.

— Será mejor que te marches — dice antes de volver a cerrar la puerta y dejar a Ranma con más dudas que certezas, mirando confuso y ceñudo la vieja madera.

El chico se mete las manos en los bolsillos y vuelve a caminar por la calle, no sin girar un par de veces la cabeza, con la muda esperanza de volver a verla.

Dentro de la casa Soun Tendô deja los chocolates en el suelo y mira a su asustada hija. Akane se esconde justo detrás de la puerta con el rostro pálido y piernas temblorosas. El buen hombre suspira apesadumbrado.