-¡Allen!
Road fundió sus labios con los míos, y la dejé hacer. Tiky me apartó de ella.
-Ya no es un juguete, Road. Es un Noah, déjalo estar.
Ella hizo un mohín, y me esforcé por permanecer en la realidad. Realmente me esforcé porque mis pensamientos no volasen de nuevo a Lavi, a mis compañeros.
Sin embargo, Road tomó mi mano y tironeó de mí. Tiky nos siguió por las calles impolutas del Arca. Aquella era mi casa. Lo habíamos sentido siempre, ¿verdad, decimocuarto?
Él no contestó. Ya éramos uno. En apenas veinte minutos, nuestras personalidades se habían fundido. Era un Noah. Allen, el decimocuarto. No Allen, el contenedor del decimocuarto.
Road nos llevó a una sala oscura, donde un órgano negro y dorado ocupaba la mayoría de la estancia. Reconocí a toda mi familia allí. Lulubell, Road, Tiky, el Conde…
Por mis mejillas comenzaron a caer lágrimas, pero no eran por Lavi. Mi cuerpo de Noah lloraba tardíamente las muertes de Jasdevi y Skin Bolic. Todo mi cuerpo reaccionaba ante mi nueva vida.
Avancé hacia el órgano. Mi deber era llevarme el Nuevo Arca de allí, hacia otro mundo. Un mundo que Dios nos había prestado, donde no habría corrupción ni odio. Donde todo ser humano sería nuestro descendiente, y todos seríamos Noah.
-Allen –me llamó el Conde, con cariño en su voz-. Vámonos, cielo. Sólo toca la melodía y dejemos atrás todos estos siglos de sufrimiento.
Obedecí. No sentía nada. Sabía que debía sentir algo. Un ruido atronador tembló bajo nuestros pies.
-La Creación está siendo destruída –me informó el Conde.
Pulsé una tecla, y su sonido retumbó por la enorme estancia. Los había matado. Los había matado para poder marcharme con mi familia. Algo me decía que Tiky también había matado antes a sus compañeros. Y había disfrutado con ello. Segunda tecla, segunda nota. Todos morirían aquel día, junto con todos los Exorcistas, mientras yo viviría hasta el fin de los tiempos. No habría Juicio Final para mí.
La melodía comenzó a sonar, y me dejé llevar por su belleza. Los símbolos que Maná y yo habíamos creado se deslizaban por mi mente como la letra aprendida de una canción. Mis labios susurraban palabras. Mis manos pulsaban teclas. Todo estaba bien.
El Arca se movía. Nos íbamos. Hacia el Edén. Por fin alcanzábamos el Paraíso.
Sentí a Tiky avanzar hacia mí cuando la última de las notas vibró entre mis dedos. Me sentí despertar. Él me abrazó, y dejé caer la cabeza en su pecho.
-Eres el Noé del Amor –me susurró al oído-. Todo el Amor de la humanidad está en ti.
Esas palabras no significaban nada para mí.
-No puedo condenarte a un mundo sin tu amor, Allen.
No comprendía.
-El Conde nos quiere a todos, nos ama. Pero tú no puedes vivir así.
Alcé los ojos para mirarlo. Dorado con dorado.
-Lavi aún no ha muerto, Allen.
Como una culebra, aquellas palabras se retorcieron en mi pecho. Jadeé. El Conde nos miraba. Todos nos miraban.
-¿Qué significa eso?
Tiky sonrió tristemente.
-Recordaremos tus sentimientos en el Edén, chico.
Lo comprendí. Lavi estaba vivo. Vivo y delirante en un mundo firmado por la destrucción. "Morir por amor", dijo. Amor. No podía dejarte latiendo atrás. Nada me ofrecía el Paraíso. Nada, sino era a él.
Sollocé, y Tiky se apartó de mí.
-Ve con él.
Ojos dorados me observaban, sus almas de Noah ya comenzaban a llorar mi muerte. Road colisionó sus labios con los míos una última vez, mientras yo pugnaba por abrir una Puerta hacia la Tierra, fuera del Arca.
-Lavi –susurraban mis labios incansablemente.
Me volví hacia ellos mientras atravesaba la Puerta. Les hice un gesto de despedida con la mano de la Inocencia. No dejaban de llorar. Yo también lloraba. Lloraba mi muerte anticipada.
Y atravesé la Puerta.
La luz del crepúsculo lo teñía todo de naranja.
Sus ojos sonrieron con él.
-Has vuelto –susurró, y su voz enmudeció del propio cansancio.
Lavi había conseguido encaramarse al piano del Antiguo Arca, y miraba fijamente por la ventana. Lentamente, me acerqué a él y me senté a su lado de un pequeño salto.
Rodeó mi cintura con su brazo, y yo hice lo mismo. Apoyé la cabeza en su pecho, y él su rostro en mi pelo. Lo oí aspirar, parecía gustarle cómo olía mi cabello blanco. Sonreí, mientras ambos llorábamos.
-Menudo par de lloricas –ironizó.
-Sí.
Miramos por la ventana. Todo explotaba, todo se destruía. Grietas se abrían, la gente gritaba. Todo caía hacia el Abismo de un Juicio Final que realmente no existía. Nos apretamos el uno al otro, queriendo fundirnos como tantas otras veces. Como tantas otras noches.
Lo miré a sus ojos bicolores, y fundió sus labios con los míos. Era el último de una larga cadena de besos que se había extendido por corto tiempo.
-Te quiero, Allen. Seas lo que seas.
-Y yo a ti, Lavi. Esté lo miope que estés.
Lanzó una risotada que acabó en un sendero de sangre por su mandíbula y cuello. Lo abracé. Me abrazó.
-Soy el Noah del Amor –susurré.
-Te pega.
-Lo sé.
Silencio.
-Al final, vamos a morir justo como queríamos.
-Sí.
-Es la mejor muerte.
Asentí en su pecho.
Morir por amor. Había asesinado a la persona a la que amaba, y ella había vuelto de entre los muertos para poder irnos al Otro Lado, juntos. Realmente era la mejor muerte.
-Te quiero –nos susurrábamos.
Lo último que me llevé fue una sonrisa. Una sonrisa y un "te quiero". Y sus ojos fueron lo último que recordaría mi alma condenada, como grandes prados verdes, prados por donde él y yo correríamos por toda la Eternidad, unidas nuestras muñecas por fuertes cintas de raso rojo. Tan fuertes y tan rojas como nuestro amor.
Un Amor tan puro que sobrepasaba toda vida y toda muerte.
Hasta la Eternidad.
Juntos.
