HERMIONE recorrió la terminal llena de gente tan enfadada que casi no podía ni ver.
¡Qué cerdo! ¡Qué machista! ¡Qué idiota! Darle un par de puñetazos no había sido suficiente.
Tenía que haber llamado a la policía para que lo detuviese. Tenía que haberlo acusado de agresión sexual…
Bueno.
Un beso no era una agresión sexual. Era un beso. Aunque ella no lo hubiese deseado, podría considerarse una falta menor…
Porque había sido más que un beso. Había sido como si aquel hombre hubiese querido marcarla con sus labios.
Sintió un escalofrío causado por la ira. Porque era ira lo que sentía, ¿no?
Por supuesto que sí.
Buscó su puerta de embarque. Le dolía el hombro de ir cargada con la maleta. Le dolían los pies de los tacones. ¿Por qué no se había puesto unos zapatos planos? Siempre se ponía tacones para ir a los juzgados. Formaban parte de su uniforme, junto con el traje de chaqueta. Había aprendido que aquel conjunto servía para desarmar a algunos fiscales que pensaban que, siendo mujer y apellidándose Granger , era fácil verla venir.
Y eso no era cierto.
Pero no tenía que haberse puesto aquellos zapatos para ir corriendo por el aeropuerto. ¿Dónde estaba su puerta de embarque?
Justo en dirección contraria…
Hermione gimió, se dio la media vuelta y corrió.
Cuando llegó a la puerta, los pasajeros ya estaban embarcando. Se puso a la fila y fue avanzando despacio. Se le había salido el pelo de la coleta y varios mechones se pegaban a su rostro humedecido por el sudor.
Hermione se sacó la tarjeta de embarque del bolsillo. Su asiento estaba al final del avión y, al parecer, los pasajeros de esa zona ya habían embarcado.
Perfecto.
Cuando llegase, los compartimentos para las maletas estarían llenos.
«Gracias, señor Macho».
Él no tendría ese problema, ya que los pasajeros de primera clase tenían sitio más que de sobra para el equipaje. En esos momentos, él debía de estar ya con una copa de vino en la mano y recibiendo las atenciones de alguna azafata que estaría babeando por él, porque muchas mujeres babearían por un hombre así.
Era alto, moreno, con gruesas pestañas, mandíbula fuerte. Un cuerpo y una cara dignos de un emperador romano.
Y una actitud acorde con el resto.
Por ese motivo, él tendría acceso a Internet y ella no.
Hermione respiró hondo. No iba a seguir dándole vueltas al tema.
«Concéntrate», se dijo a sí misma. Tenía que intentar recordar todo lo que decía en esos viejos documentos de color amarillento que le había dado su padre.
Y no era que no los hubiese leído…
Bueno. Lo cierto era que no lo había hecho. No exactamente. Les había echado un vistazo antes de escanearlos, pero los más antiguos estaban escritos a mano. En Italiano. Y su italiano se limitaba a ciao, va bene y un puñado de palabras más que había aprendido de niña.
La interminable cola se fue acercando a la puerta.
Y ella deseó haber tenido más tiempo, no sólo para leer los documentos, sino también para organizar el viaje. Habría volado en primera, a costa de su padre, por supuesto, que era quien la había metido en aquel lío.
Cesare podía permitirse aquel lujo, ella, no. Uno no podía viajar en primera clase dedicándose a representar a clientes, en su mayoría, indigentes.
Sólo había viajado en primera clase cuando había aprobado el examen de abogado y sus hermanos le habían regalado un viaje de dos semanas a París.
–Estáis todos locos –les había dicho, feliz, mientras abrazaba y besaba a Rafe, Dante, Falco y Nicolo.
También había viajado en el jet privado de éstos. Eso sí que era comodidad…
–Su tarjeta de embarque, por favor. Hermione enseñó la tarjeta.
–Gracias –le dijo la azafata de tierra en tono alegre.
Ella la fulminó con la mirada.
Iba a pasarse siete horas metida en una lata de aluminio. Y no era que le disgustase viajar en clase turista. Era lo que hacía la gente normal y ella siempre había intentado ser normal, durante sus veintiséis años de vida. Cosa que no era nada sencillo, siendo su padre un jefe de la famiglia.
Era sólo que viajar en clase turista tenía sus desventajas, y no era sólo no poder conectar el ordenador.
En un viaje a Washington, le había tocado al lado un tipo que olía como si se hubiese bañado en ajo. En otro a Chicago, se había visto metida entre una madre con un bebé que no había dejado de llorar en todo el trayecto y un padre con un niño de dos años que no había dejado de gritar.
La azafata les había preguntado si querían sentarse juntos, pero ellos habían respondido que no, porque había resultado que no eran pareja.
Una de las azafatas se había apiadado de ella después y la había cambiado al único asiento que había quedado libre, al lado de los lavabos.
En resumen, que siempre había viajado en clase turista y, aunque no le gustase, era lo que le tocaba.
Y lo que le tocaba en esos momentos era encontrar la manera de poder revisar sus notas en su viejo ordenador portátil.
Por fin. Tenía la puerta del avión justo delante. Entró y consiguió no bufar cuando una sonriente azafata la saludó:
–Buona notte.
No era culpa de la chica que a Hermione le pareciese recién salida de una revista, mientras que ella parecía llevar días sin dormir, sin peinarse y sin maquillarse.
De hecho, no lo había hecho desde que su padre le había contado el problema que tenía, veinticuatro horas antes. Había tenido que dar una charla a futuros abogados en la Universidad de Columbia. Había mantenido dos reuniones interminables. Había comparecido ante un tribunal y nada más terminar había tomado un taxi para atravesar Manhattan en hora punta y llegar al aeropuerto. Allí se había enterado de que su vuelo estaba retrasado y de que no quedaba ningún asiento libre en primera clase, lo que necesitaba si no quería llegar a la reunión de Roma sin una sola idea útil en la cabeza.
Y, como colofón, había tenido una tonta discusión con aquel hombre…
Allí estaba.
El avión era antiguo, lo que significaba que todos los pasajeros tenían que atravesar la zona de primera clase para llegar a la de turista. Así que Hermione tuvo la oportunidad de verlo sentado en el asiento 5A, con las piernas y los brazos estirados, y el asiento 5B vacío a su lado.
Apretó la mandíbula.
Quería decirle algo. Algo que le demostrase lo que pensaba de él, de los hombres de su clase, que creían que eran los dueños del mundo, que pensaban que las mujeres debían caer rendidas a sus pies, pero ya lo había intentado y no había conseguido nada.
Y, casi como si hubiese oído sus pensamientos, él giró la cabeza y la miró.
Sus ojos se oscurecieron. Bajó las pestañas, las subió. Y clavó la vista en el rostro de Hermione.
Ella notó que le ardían las mejillas.
Él sonrió de manera arrogante.
Y Hermione deseó borrar aquella expresión de su rostro.
Pero supo que no podía hacerlo.
No podía, así que apartó la vista de él y pasó por su lado. Atravesó la zona de primera clase y entró en turista, donde la gente intentaba instalarse en sus asientos.
–Disculpe –dijo Hermione–. Lo siento, si me permite, señor…
Y por fin encontró su asiento y descubrió que, efectivamente, ya no quedaba espacio en el compartimento superior para su maleta. Así que tuvo que avanzar cuatro filas para encontrar un hueco.
Luego se dio cuenta de que el tipo que iba sentado a su lado, en la ventanilla, se parecía a Hannibal el Caníbal, y que la mujer que ocupaba el asiento del pasillo estaba canturreando.
Hermione respiró hondo.
–Disculpe –le dijo sonriendo a ésta mientras intentaba sentarse.
Iba a ser una noche muy larga.
Cuando ya estaban a 30.000 pies y la azafata anunció por megafonía que se podían utilizar aparatos electrónicos, Hermione sacó su ordenador portátil y lo abrió. Lo encendió.
El ordenador empezó a zumbar.
O tal vez fuese la mujer del pasillo. Hermione no estaba segura.
El ordenador pitó y la pantalla cobró vida. Sin perder tiempo, Hermione buscó y encontró el archivo que necesitaba. Lo abrió y vio el documento más reciente de todos: una carta del príncipe Draco Lucios Malfoy a su padre.
El nombre hizo que Hermione resoplase.
Lo mismo que la carta.
Era tan fría y formal como el ridículo nombre. A Hermione no le costó nada imaginarse cómo sería el príncipe.
Viejo. Más que viejo. Anciano. Con el pelo blanco. En otras palabras, un hombre sin ningún contacto con la vida, con la realidad, con el mundo moderno.
Hermione sonrió. Aquello podía resultar interesante. Hermione versus el Aristócrata. Sonaba casi como una película.
El ordenador pitó y se apagó.
–No –susurró ella–, no…
–Vaya –comentó Hannibal–. Te has quedado sin batería, jovencita.
Ella se maldijo. ¿Jovencita? Lo fulminó con la mirada. Lo que se había quedado era sin paciencia con el sexo contrario… aunque Hannibal tuviese razón.
Pero ¿por qué pagar su ira con él?
Ya había estado enfadada incluso antes de la discusión en el aeropuerto.
Todo había empezado el domingo, después de la cena en la mansión Granger , en la Pequeña Italia. Su madre la había llamado una semana antes para invitarla.
–No puedo ir, mamá –le había dicho ella–. He quedado.
–Hace semanas que no vienes –la había reprendido Sofia, como si siguiese siendo una niña–. Y, como siempre, tienes una excusa.
Era cierto. Así que Hermione había suspirado y le había dicho a su madre que iría. Después de la cena, su padre había insistido en acompañarla hasta la puerta, pero, al pasar por su estudio, se había detenido y había inclinado la cabeza para indicarle a Freddo, que era su capo y su sombra, que los dejase a solas.
–Quiero hablar un momento a solas contigo, mia figlia –le había dicho a Hermione.
Y ella había entrado a regañadientes en el estudio de Cesare, donde éste se había sentado detrás de su escritorio y le había hecho un gesto para que tomase asiento también.
–Tengo que pedirte un favor, Hermione.
–¿Qué clase de favor? –le había preguntado ella con cautela.
–Uno muy importante.
Ella lo había mirado fijamente. Respetaba a su padre por su madre. Aunque, en realidad, lo despreciaba. Era un criminal. El jefe de la temida famiglia de la Costa Este.
Cesare no sabía que ella estaba al corriente, que su hermana Isabella y ella se habían enterado cuando Izzy tenía trece años y ella, uno más.
Hermione no recordaba cómo había ocurrido exactamente. Tal vez habían leído un artículo en el periódico. Tal vez los susurros de las otras chicas de su clase hubiesen hecho que entrasen en razón.
O tal vez se hubiesen dado cuenta de que sus hermanos mayores, Rafe, Dante, Falco y Nick, se habían marchado de casa en cuanto habían podido y habían tratado a Cesare con frío desprecio siempre que habían ido a casa y que habían pensado que ni las niñas ni su madre los oían.
Lo único que sabían Hermione e Izzy era que un día, de repente, se habían dado cuenta de que su padre no era el dueño de una empresa de gestión de residuos.
Sino un gánster.
Pero no habían dicho que lo sabían para no hacer sufrir a su madre. Aunque, últimamente, cada vez les resultaba más difícil fingir. Sobre todo, a Hermione.
¿Cómo le iba a hacer un favor a un hombre así?
No, no podía hacerlo.
–Me temo que estoy muy ocupada, padre. En estos momentos tengo muchas cosas de las que ocuparme y…
Él la interrumpió con un ademán.
–Seamos sinceros por una vez, Hermione. Sé lo que piensas de mí. Lo sé desde hace mucho tiempo. Puedes engañar a tu madre y a tus hermanos, pero no a mí.
Hermione se había puesto en pie.
–Entonces también sabrás que le estás pidiendo un favor a la persona equivocada.
Su padre había negado con la cabeza.
–Se lo estoy pidiendo a la persona adecuada. Eres mi hija. Y te pareces a mí más de lo que quieres admitir.
–¡No me parezco en nada a ti! Yo creo en la ley. En la justicia. Hago lo que tengo que hacer, cueste lo que cueste.
–Y yo –le había respondido Cesare–. Es sólo que nuestros enfoques son distintos.
Hermione se había echado a reír.
–Adiós, padre.
–Hermione. Escúchame, per favore.
El per favore había funcionado. Hermione había vuelto a sentarse y a cruzarse de brazos.
–Necesito que se haga justicia, mia figlia. A tu manera. De manera legal, no a mi manera. Y tú eres abogada, mia figlia, ¿no? Una abogada que lleva mi sangre en sus venas.
–Eso no puedo remediarlo –le había dicho ella con frialdad–. Y si necesitas un abogado, debes de tener por lo menos media docena a tu servicio.
–Se trata de un asunto personal. De la familia. De nuestra familia –había continuado él–. Tu madre, tus hermanos, tu hermana y tú.
Hermione había deseado decirle que no le interesaba, pero lo cierto era que Cesare había conseguido despertar su curiosidad.
Hasta entonces, aquella familia nunca le había importado a Cesare tanto como su familia criminal. ¿Cómo era posible que aquello hubiese cambiado?
–Tienes cinco minutos –le había dicho, después de haberse mirado el reloj–. Luego, me marcharé.
Y Cesare había sacado un montón de documentos amarillentos de un cajón y los había dejado encima del escritorio.
La curiosidad de Hermione había aumentado.
–Cartas, órdenes judiciales, escrituras –había dicho él–. Algunas son de hace siglos. Pertenecen a tu madre. A su familia.
–Espera un momento. ¿A mi madre?
–Sí, a tu madre, y a lo que, por derecho, le corresponde.
–Te escucho.
Y su padre le había contado una historia de reyes y cobardes, de invasores y campesinos. De siglos de intrigas y mentiras, de una tierra que había pertenecido a la familia de su madre hasta que un príncipe de la Casa de Malfoy se la había robado.
–¿Cuándo?
Cesare se había encogido de hombros.
–¿Quién sabe? Ya te he dicho que estos documentos se remontan a siglos.
–¿Y cuándo te has empezado a implicar tú?
–Cuando me enteré.
–¿Y cuándo fue eso?
–El actual príncipe pretende construir en las tierras de tu madre.
–¿Y tú cómo te has enterado?
Cesare había vuelto a encogerse de hombros.
–Tengo mis contactos en Sicilia, Hermione.
Sí, eso ya lo había sabido ella.
–¿Y qué has hecho?
–Ponerme en contacto con él y decirle que no tiene derecho a hacerlo, pero él no está de acuerdo.
–Es difícil demostrar algo que ocurrió hace tanto tiempo.
–Es difícil demostrar algo cuando un príncipe se niega a admitirlo.
Hermione había asentido.
–Estoy segura de que tienes razón. Y es una historia interesante, padre, pero no veo en qué me afecta a mí. Ponte en contacto con un bufete italiano, siciliano, y…
Su padre sonrió con tristeza.
–Todos le tienen miedo al príncipe. Draco Malfoy es un hombre muy rico y poderoso.
–Y tú, un pobre hombre –le había replicado ella en tono irónico.
Pero su padre no se había inmutado.
–Bromeas, Hermione, pero es la verdad. Por muchos bienes mundanos que haya acumulado, por mucho poder que tenga, eso será lo que sea siempre en comparación con un príncipe.
Hermione se había encogido de hombros.
–Pues entonces, no hay nada que hacer.
–Claro que sí. Mira, yo tengo una cosa que el príncipe no tiene.
–¿Las manos manchadas de sangre? –había dicho ella, todavía con más frialdad.
–No. Te tengo a ti.
Hermione se había echado a reír y su padre había arqueado las cejas.
–¿Piensas que estoy de broma? Pues no es así. Sus abogados son listos, cobran mucho dinero, pero tú, mia figlia… Tú crees.
–¿Perdona?
–Fuiste la primera de tu promoción. Rechazaste ofertas de los mejores bufetes de Manhattan para aceptar casos que otros rechazaban. ¿Por qué? Porque crees en la justicia, en los derechos de todos los hombres, no sólo de los que nacen reyes y princesas.
Las palabras de su padre la habían conmovido. Cesare tenía razón, ella creía en esas cosas.
Y, aunque le diese vergüenza admitirlo, le gustaba que su padre se enorgulleciese de ella.
Tal vez había sido aquél el motivo por el que había aplaudido a su padre muy despacio, de manera insultante.
–Qué actuación, padre –le había dicho, poniéndose en pie y yendo hacia la puerta–. Si alguna vez quieres dejar el mundo del crimen, deberías considerar dedicarte a…
–Hermione…
–¿Qué quieres ahora?
–No he sido el padre que hubieses querido, ni el que te merecías, pero siempre te he querido.
¿No sigues queriéndome tú a mí, aunque sea sólo un poco?
Y aquellas palabras tan sencillas lo habían cambiado todo. Lo cierto era que Cesare tenía razón. En el fondo, Hermione seguía siendo una niña dulce e inocente de catorce años, que quería al padre que por entonces había creído que era Cesare.
Así que había vuelto a su escritorio y se había sentado de nuevo. Lo había escuchado mientras su padre le contaba lo que había hecho para intentar reclamar la tierra.
–No podemos permitir que un hombre como Malfoy haga lo que quiera con nosotros sólo porque crea que su sangre vale más que la nuestra.
Y Hermione lo había entendido. Siempre había luchado por quien tenía menos y le había gustado demostrar que los que tenían más no ganaban siempre.
–No lo hagas por mí –le había dicho Cesare–. Hazlo porque es lo correcto. Y por tu madre.
En esos momentos, mientras surcaba los cielos a mil kilómetros por hora, supo que su padre tenía razón. Odiaba ver cómo los ricos y poderosos pisoteaban a los pobres, y, seguramente, la familia de su madre lo había sido cuando la Casa de Malfoy le había robado la tierra.
Además, le había dado a su padre su palabra de que iba a reunirse con aquel príncipe italiano.
Era una pena que no estuviese preparada para la reunión, pero su padre tenía razón: era una buena abogada, una excelente negociadora. Se ocuparía del caso aunque no conociese los detalles.
¿Qué más daban los detalles? Era el príncipe privilegiado contra el pobre campesino, aunque su padre no fuese ningún pobre campesino, pero el príncipe seguía siendo príncipe.
Aquel Draco Lucios Malfoy era un anacronismo. Vivía en un elegante pasado y no tenía ni idea de que el resto del mundo estaba en el siglo XXI.
Como el tipo de la sala VIP, que se creía el dueño del mundo, de la gente…
Y de cualquier mujer que desease.
Probablemente tenía motivos.
Seguro que las mujeres se enamoraban de él sólo con verlo.
Pero ella, no.
Por mucho que le hubiese gustado el beso… Era ridículo.
Aquel hombre sólo la había besado para demostrarle que era un macho, que era poderoso y sexy.
Pero eso no la impresionaba. Hermione echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.
¿Qué tenía de sexy un hombre con la voz profunda y ronca? ¿Con las pestañas espesas, y un rostro digno de una estatua romana? ¿Con un cuerpo tan delgado y musculoso que la había hecho sentirse frágil entre sus brazos? Y eso que ella era alta…
¿Podía parecerle sexy un beso así? ¿Que un extraño la besase como si quisiera marcarla, como si fuese suya?
Hermione cambió de postura en su asiento.
¿Qué habría ocurrido si, en vez de golpearlo, lo hubiese abrazado por el cuello? ¿Si hubiese separado los labios? ¿Qué habría hecho él?
¿Le habría dicho que se olvidase del avión, del vuelo, y que se fuese con él a algún lugar íntimo, donde pudiese desnudarla, susurrarle al oído, hacerle…?
Hermione gimió sin querer.
Casi podía sentir sus besos, sus caricias. Y cómo, por fin, le hacía el amor. Había estado con hombres, y le gustaba el sexo como a cualquiera, pero aquello habría sido… diferente.
Aquel hombre la habría hecho gemir, retorcerse, gritar…
–Signorina?
Gritar…
–Signorina. Perdone que la moleste.
Hermione abrió los ojos.
Y lo vio. Era el hombre de la sala VIP. El hombre que la había besado.
El hombre cuyo beso todavía podía sentir en sus labios.
Estaba en el pasillo, mirándola. Y su sonrisa le cortó la respiración.
