Capítulo 3

DRACO la vio abrir los ojos.

Los tenía azules, tal y como recordaba. Tan azules como el mar Mediterráneo.

Bajó la vista a sus labios. Los tenía separados. Era una boca bonita. Rosa, suave, tentadora.

Draco frunció el ceño.

¿Qué más daba el color de sus labios o de sus ojos? Para él, era como la bruja de Hansel y Gretel.

Había tomado la decisión porque era lo correcto, nada más.

Un hombre incapaz de ver más allá de su ego no merecía una vida llena de riquezas. Aquélla era otra lección que había aprendido en su niñez al ver cómo hombres con poder, con riqueza y con una idea exagerada de su propia importancia, pisoteaban a los demás.

Cuando habían anunciado por megafonía que ya se podían utilizar los aparatos electrónicos, había dejado a un lado su copa de vino, le había dado las gracias a la azafata por enseñarle la carta para la cena, había enchufado su ordenador…

Y, de repente, se había acordado de ella.

Era cierto que lo había puesto furioso con su arrogante actitud, pero ¿acaso la suya había sido mejor?

Después de media hora haciendo análisis de conciencia, algo extraordinario, teniendo en cuenta que muchas personas que lo conocían pensaban que no tenía conciencia, había decidido que su reacción había sido exagerada.

Al fin y al cabo, volar en primera clase era cómodo. No tanto como su jet privado, pero cómodo. Y le habría bastado con un asiento.

Y la rubia no quería el asiento para pasarse el viaje charlando con él, sino para trabajar.

Él había estado cansado y de mal humor y ella, desesperada y bloqueada. Y no era una buena combinación.

Así que Draco se había puesto en pie y había ido hacia la parte trasera del avión.

–¿Puedo hacer algo por usted, Su Alteza? –le había preguntado la azafata al ver adónde se dirigía.

–Sí. Dejar de llamarme «Su Alteza» –había contestado él, suavizando sus palabras con una sonrisa.

Y había seguido andando hasta que la había visto, con los ojos cerrados y la cabeza hacia atrás.

Aunque en esos momentos lo estaba mirando como si fuese una aparición. Aunque fuese normal que su presencia allí la hubiese sorprendido.

Vio cómo intentaba encontrar las palabras. Y eso también le gustó. Un rato antes no le había ocurrido… salvo cuando la había besado…

–Siento haberla despertado –añadió él en tono educado.

Ella se sentó recta y se estiró la falda, que se le había subido hasta la mitad de los muslos.

Unos bonitos muslos.

En realidad, increíbles.

Firmes, suaves, ligeramente bronceados. ¿Tendría todo el cuerpo de aquel color? Las caderas, el vientre, los pechos…

Draco se maldijo.

–He dicho que siento… –repitió con brusquedad.

–No estaba dormida. ¿Qué está haciendo aquí?

Draco se aclaró la garganta. La cosa no estaba yendo tal y como él había previsto.

–Esto, yo… he cambiado de idea.

–¿Acerca de qué?

–Del asiento. Si quiere, es suyo.

Ella frunció el ceño.

–¿Por qué?

Y él la miró a los ojos y se preguntó cómo podía haber tomado aquella decisión.

–¿Por qué? –repitió–. Porque soy tan tonto que he pensado que todavía preferiría viajar en primera clase a estar aquí.

–¿Qué hay de malo en viajar aquí? –preguntó la mujer que había sentada al lado de Hermione.

Y Draco levantó las manos y empezó a marcharse por donde había llegado.

–¡Espere!

Oyó que lo llamaban. Era la rubia, sin duda.

Si hubiese sido listo, él habría seguido andando, pero Draco ya había demostrado no ser muy hábil esa noche, así que se detuvo, cruzó los brazos, se giró…

Y la vio casi corriendo hacia él, con su ridículo maletín colgado del brazo.

Muy a su pesar, Draco hizo una mueca.

¿Dónde había ido a parar su eficiencia estadounidense?

El maletín le retorcía la chaqueta, estaba despeinada. Llevaba un zapato en la mano.

–¿Qué ocurre? –le preguntó con el ceño fruncido.

–Yo…

Él la miró con frialdad.

–¿Qué?

«Excelente pregunta», pensó Hermione. ¿Cómo podía admitir que había cometido un error? No al juzgarlo, sino al haber rechazado su oferta.

–Estoy esperando –se quejó él.

Hermione tragó saliva.

–Que… acepto sus disculpas.

Él se echó a reír.

–No me he disculpado. Ni voy a hacerlo. Hermione se acercó más. Levantó la cabeza para mirarlo, como había hecho en la sala VIP, y, de repente, pensó que iba a volver a besarla, y que si lo hacía…

–Sólo le he ofrecido que ocupe el asiento vacío que hay al lado del mío –continuó él–. Ése por el que se ha arrastrado hace un rato.

–No me he arrastrado. Jamás me arrastraría. Yo…

Hermione guardó silencio. No supo adónde mirar.

–¿Es que estás loca? Dile que aceptas el asiento o iré yo –dijo una voz de hombre–. ¿Sí o no? Es tu última oportunidad.

Hermione fulminó con la mirada al hombre que la había colocado en aquella situación y le dijo en un susurro:

–Es usted un hombre horrible, odioso.

–Supongo que eso es un «sí» –comentó Draco, dándose la vuelta y echando a andar de nuevo.

Y ella hizo lo único que podía hacer.

Seguirlo hacia la parte delantera del avión.

Una hora después, Hermione apagó su ordenador, lo cerró y lo dejó a un lado.

Había leído y releído, había tomado notas, pero seguía sin saber lo que ocurría.

No.

No tenía ni la menor idea.

Sólo sabía que había un terreno en Sicilia que, o le pertenecía a su madre, o le pertenecía a un príncipe. Pero ninguno de los papeles que había leído demostraba a cuál de los dos.

Salvo que los papeles escritos en italiano dijesen algo distinto, los documentos que Cesare le había dado sólo demostraban que su padre le había enviado varias cartas al príncipe.

Y éste sólo había enviado una que importase.

Una nota escrita por uno de sus lacayos en un papel de vitela que pesaba casi tanto como su ordenador en la que, básicamente, le había pedido que lo dejase en paz.

Así que Hermione pensó que lo mismo le habría dado estar sentada en la clase turista, sin poder encender el ordenador.

Y sin tener que estar cerca de aquel hombre.

Lo miró de reojo.

No la había mirado ni le había hablado desde que se habían sentado. Él tenía su ordenador abierto, y lo estaba mirando.

Tanto mejor.

Hermione lo estudió con detenimiento. Era muy guapo. Tenía un cuerpo vigoroso y masculino. Y unas manos fuertes…

Ya sabía cómo era tener aquellas manos sobre su cuerpo.

Se preguntó cómo serían sus caricias.

Y frunció el ceño.

¡Qué tonterías!

Ni él era su tipo ni ella el de él. Seguro que le gustaban las mujeres maleables, dispuestas a complacer, capaces de cualquier cosa por hacer feliz a un hombre.

Y ella no era así.

Algunos de los hombres con los que había salido le habían dicho que era irritable, difícil, un hueso duro de roer, decían sus hermanos.

Y lo era.

¿Cómo se iba a abrir paso si no en un mundo dominado por hombres? ¿Cómo iba a haber soportado crecer en un hogar en el que su madre siempre había ido dos pasos por detrás de su padre? Metafóricamente hablando, pero aun así…

Volvió a pensar en los campesinos y en los príncipes. Y en el hombre que tenía al lado, que había tenido con ella un gesto de cortesía, mientras que ella…

Al menos podía haberle dado las gracias.

Se preguntó si era demasiado tarde. «Nunca es demasiado tarde para decir algo agradable», había dicho su hermana Izzy muchas veces. Ella no era tan dulce como Izzy, jamás lo sería, pero podía intentarlo.

–¿Ha terminado?

Hermione parpadeó. Él la estaba mirando. Estaba esbozando una sonrisa.

Ella se aclaró la garganta.

–Sí.

–¿No ha encontrado lo que buscaba en su ordenador?

Ella negó con la cabeza.

–Ojalá.

–Lo mismo me ocurre a mí –comentó él, cerrando el suyo–. Voy a una reunión que va a ser una pérdida de tiempo.

–Como yo –dijo ella riéndose–. ¿No odia ese tipo de cosas?

–Las odio –admitió Draco.

–Me gustaría poder entrar en la reunión y decir: «Esto no tiene sentido. Me voy a casa». Y lo mismo debería hacer el otro, si es que tiene dos dedos de frente.

Él se echó a reír.

–Sí, pero si el muy idiota tuviese dos dedos de frente, no estaría allí, malgastando su tiempo.

–Es verdad –dijo Hermione sonriendo.

–Pero así es la vida, ¿no? Las cosas no siempre salen como uno espera.

–Es verdad –dijo ella, dudando–. Lo que me hace pensar que tengo que darle las gracias por este asiento. Tenía que habérselas dado antes, pero…

–Sí, debería haberlo hecho.

–Eh, espere un momento.

Él se echó a reír de nuevo.

–Era una broma. También ha sido culpa mía. He reaccionado de manera exagerada la primera vez que me ha pedido el asiento. ¿Qué tal si lo dejamos en tablas? Me disculparé si usted lo hace.

Hermione se rió también.

–No es abogado, ¿verdad?

Él fingió sentirse horrorizado.

–Dio, no. ¿Por qué me lo pregunta?

–Porque es muy elocuente.

–Es a lo que me dedico –admitió él, sonriendo–. Soy negociador. Entonces, ¿tenemos un trato?

Él le tendió la mano y Hermione le dio la suya, y la apartó al instante al notar un chispazo.

–Electricidad estática –dijo enseguida–. O algo así.

–O algo así –repitió él en voz baja y ronca. Sus miradas se encontraron y a Hermione se le aceleró el corazón.

«Estoy cansada», pensó. «Debo de estar agotada, si no, no me parecería todo tan… tan…».

–¿Quieren ver la carta de vinos?

Era la azafata, que les estaba dedicando su perfecta sonrisa. Y Hermione pensó que tenía mucho mérito por no haber reaccionado al verla allí.

–Champán –dijo el hombre, sin dejar de mirarla a los ojos–. A no ser que prefiera otra cosa.

–No –dijo Hermione–. No, una copa de champán estaría muy bien.

–Estupendo –comentó él.

Y Hermione se preguntó cómo había podido parecerle frío o arrogante un rato antes.

Bebieron champán en copas de cristal. Luego pasaron al vino, también en copas de cristal, y después les sirvieron la cena, en platos de cerámica, con cubiertos de verdad y servilletas de tela.

Volar en primera clase no estaba nada mal.

Ni tampoco estar en compañía de un desconocido tan guapo.

Fue él quien pidió por ambos. Hermione no habría permitido que ningún otro hombre lo hiciera, pero aquella noche le pareció bien.

De hecho, todo le parecía bien, pensó mientras cenaban y charlaban. La conversación era fluida. No hablaron de nada importante, sólo del tiempo que habían dejado en Nueva York, en comparación con el que encontrarían en Roma, acerca de dónde vivían: él en San Francisco, con vistas a la bahía; ella, en Manhattan.

Y no se dijeron cómo se llamaban.

Eso también le pareció bien.

A Hermione le resultó muy emocionante estar charlando y cenando en un avión con un hombre al que no conocía y al que jamás volvería a ver.

Aunque todo era posible, se dijo después, cuando les hubieron retirado los platos y hubieron bajado las luces en todo el avión. Todo. Y se estremeció.

–¿Tiene frío?

–No –respondió ella enseguida–. Estoy bien.

–Entonces, está cansada.

–No. La verdad…

–Claro que está cansada. Estoy seguro de que su día ha sido tan largo como el mío. De hecho, voy a reclinar el asiento. Y usted debería hacer lo mismo.

Y Hermione se echó a reír.

–¿Alguna vez le pregunta a una mujer qué es lo que quiere, o simplemente le dice qué es lo que tiene que querer?

Sus miradas se encontraron. A Hermione le dio un vuelco el corazón.

–En ocasiones, no hace falta preguntar –le contestó él.

Hermione sintió calor. «Levántate y vete a tu asiento», le aconsejó una voz interior.

Pero no lo hizo.

Y él se inclinó hacia ella. Hermione contuvo la respiración mientras aquel hombre accionaba el botón que reclinaba su asiento.

–Cierre los ojos, bellissima –le susurró él–. Descanse.

Ella asintió y cerró los ojos. Tal vez fuese buena idea fingir que dormía. No merecía la pena contarle a aquel hombre que ella jamás se dormía en un avión…

Cuando se despertó, Hermione se dio cuenta de que la cabina estaba prácticamente a oscuras.

Y ella estaba rodeada de calor.

Calor masculino.

Sin saber cómo, estaba entre los brazos de aquel extraño, ambos tapados con una suave manta. Tenía la cabeza apoyada en su hombro y el rostro hundido en la curva de su cuello.

Estaba dormido. Hermione lo supo porque respiraba profundamente.

«Muévete», se ordenó a sí misma. «Hermione, por Dios, apártate de él».

Pero, en vez de eso, se acercó más. Atraída por su olor: masculino, especiado, limpio.

La mano se le levantó sola, porque no fue ella quien lo hizo, y se apoyó en su mandíbula. Se la acarició con cuidado.

El sonido de la respiración del hombre cambió. Se aceleró. El corazón de ella, también.

–Hola –dijo él.

–Hola –respondió Hermione en un susurro, humedeciéndose los labios con la punta de la lengua.

Él la apretó más con los brazos. Giró el rostro y le besó la palma de la mano con suavidad.

Y Hermione oyó un sonido.

Un sonido que había salido de su garganta.

–He soñado que la estaba abrazando –le dijo él, mordiéndole con suavidad la base del pulgar–. Y entonces me he despertado, y estaba entre mis brazos.

Ella se estremeció. ¿O fue él? Hermione no estaba segura, pero daba igual. Ambos estaban excitados. Y cuando Hermione cambió de postura, cuando cambió de postura…

Sí, lo notó.

Él estaba duro. Excitado. Y ella también. Notó que se le endurecían los pezones. Sintió humedad entre las piernas…

Él la besó en los labios. Y ella los separó. Él gimió antes de mordisquearle el labio inferior.

Luego murmuró algo en italiano. Hermione no lo entendió, pero sí comprendió lo que quería decir.

Notó que le metía la mano en el pelo y acercaba su rostro a él.

–Está jugando con fuego, cara –le advirtió.

–Me gusta el fuego –dijo Hermione.

–Y a mí.

Entonces fue ella quien llevó los labios a los de él.

–La he deseado desde hace mucho –le dijo él–. La he deseado cuando la he visto en el aeropuerto.

Hermione tembló. Hundió los dedos en su pelo. Ella también lo había deseado. Por eso había discutido con él, porque lo había deseado. Porque había deseado aquello. Su calor. Su abrazo. Su fuerza…

Notó que le metía la mano por debajo de la chaqueta del traje, debajo de la blusa, y dio un grito ahogado. Le acarició el pecho y Hermione habría vuelto a gritar si él no la hubiese silenciado con otro beso.

Se apretó contra él.

Draco gimió en voz baja.

Hizo cambiar a la mujer de postura, le levantó la pierna, se la puso por encima de la cadera y apretó su erección contra ella.

Y en ese momento se encendieron las luces de la cabina.

–Señoras y señores, serviremos el desayuno en sólo unos minutos…

La mujer que tenía entre los brazos se quedó inmóvil, abrió los ojos, turbios de pasión primero y de sorpresa después.

Hasta a él le costó asimilar lo que había ocurrido. Lo que había ocurrido… y lo que había estado a punto de ocurrir.

Imposible.

No habría sido la primera vez que tenía sexo en un avión. Ésa era una de las ventajas de disponer de un jet privado, pero… ¿tenerlo en un avión lleno de gente?

Era una locura.

¿Cómo podía haber hecho algo así? Era una pérdida de control inaceptable e inexplicable. Él no era un hombre que se dejase llevar.

–Suélteme –le dijo la mujer con brusquedad.

Draco la miró. Estaba pálida, y temblando.

–Tranquila –empezó a decirle, pero ella lo interrumpió.

–¿Está sordo? ¡Qué me suelte!

–Mire, bella, sé que está molesta…

–¡Maldita sea! ¿Me quiere soltar?

Draco apretó los labios. No pretendería culparlo a él de lo ocurrido…

–Encantado, en cuanto esté seguro de que va a poder controlarse –le dijo, estudiando su rostro–. ¿Va a ser capaz?

–Por supuesto que sí.

Ya no había pánico en su voz, así que Draco la soltó poco a poco.

Ella apartó la manta que la cubría, le dio al botón que ponía el asiento recto y se levantó. Él la imitó.

–Escúcheme…

Demasiado tarde.

Ya se había ido.

Capítulo 4

DRACO salió del aeropuerto de Fiumicino con el teléfono móvil pegado a la oreja.

–Dígale a su jefe que no pienso reunirme con su representante dentro de una hora. Dentro de dos. ¿Que no puede ponerse en contacto con el representante? Ése no es mi problema.

Y luego colgó.

–Il mio principe!

Varias cabezas se giraron a mirarlo y Draco fulminó con la vista al chófer que lo estaba esperando con su Maserati.

El hombre sonrió de oreja a oreja.

–Buon giorno, il mio principe. Come è stato il vostro volo?

–El vuelo ha sido una pesadilla –replicó Draco–, ¿por qué anuncias quién soy para que se entere todo el mundo?

El hombre se puso serio y Draco se maldijo. Sólo llevaba trabajando para él un par de semanas y había intentado complacerlo.

Draco respiró hondo y se obligó a sonreír.

Mi dispiace. Lo siento. Estoy de mal humor por culpa del jet lag.

–No tiene que disculparse conmigo, señor. Ha sido culpa mía.

El chófer levantó la maleta de Draco y fue a abrirle la puerta. Draco hizo lo mismo y sus manos chocaron.

–Scusi –le dijo el chófer horrorizado–. Dio, signore, scusi

–Benno. Te llamas así, ¿no?

–Sí, señor, y quiero disculparme…

–No. No te disculpes –le dijo Draco sonriendo–. Prefiero que empecemos de cero. Pregúntame qué tal mi vuelo y yo te contestaré…

–Scusi?

–Yo te contestaré que bien. ¿Qué te parece?

El chófer lo miró como si estuviese loco.

–Como desee, señor.

–Excelente –respondió él antes de subirse al asiento trasero del Maserati.

Tendría que tener cuidado.

Había pospuesto la reunión para poder darse una ducha, cambiarse de ropa e intentar aclararse las ideas, pero estaba cansado. Agotado.

Sólo eso podía explicar lo ocurrido en el avión.

Il mio principe, ¿desea ir a su despacho o a casa?

–A casa, per favore, lo más rápidamente posible.

–Sì, il mio principe.

Draco apoyó la espalda en el asiento de cuero y se preguntó cómo era posible que hubiese ocurrido lo que había ocurrido en el avión. ¿Y qué era lo que había pasado?

Frunció el ceño.

Sabía muy bien lo que había pasado.

Habían empezado a hacer el amor, hasta que las malditas luces se habían encendido. Aunque no habían hecho exactamente el amor.

Había sido sexo.

Un sexo increíble, alucinante.

Nunca se había excitado tanto con una mujer.

Se había olvidado de todo. De dónde estaba, de que estaban rodeados de personas. Sólo había pensado en ella. En su sabor. En su olor. En su calor.

Había una explicación lógica, por supuesto. Siempre la había, para todo. En ese caso, le había excitado la idea de tener sexo con una desconocida en un lugar en el que cualquiera podría haberlos descubierto.

Ella había perdido el control tanto como él.

Y entonces se habían encendido las luces y había querido culparlo de lo ocurrido.

«De eso nada», pensó Draco, cruzándose de brazos.

Lo único que había hecho él había sido observarla mientras dormía y taparla con la manta.

No había imaginado que ella suspiraría y lo abrazaría por el pecho, ni que apoyaría la cabeza en su hombro. Era un hombre, no una máquina. ¿Cómo iba a haberla apartado? Luego la había visto abrir aquellos ojos azules como el mar, y mirarlo, le había acariciado la mejilla…

Y todo lo demás había sido imprevisible. Imparable. El beso. El modo en que ella había separado los labios. La manera en la que había gemido cuando le había acariciado los pechos, cómo se le había acelerado el corazón cuando le había metido la mano por debajo de la blusa…

Draco se estaba excitando otra vez, sólo de recordarlo.

Tenía que controlarse.

Había cometido un error y no podía repetirlo. Aunque no había ningún peligro de que lo hiciese, no volvería a ver a aquella mujer jamás.

Además, tenía que empezar a pensar en la reunión que tendría lugar en un par de horas con el representante del gánster. Sólo le iba a servir para perder una hora, pero al menos tendría la satisfacción de mandarlo de vuelta a los Estados Unidos con el rabo entre las piernas.

Su teléfono sonó.

Se lo sacó del bolsillo y respondió con brusquedad:

–Pronto.

Escuchó y juró antes de volver a guardarse el teléfono en el bolsillo.

Su abogado no podría asistir a la reunión, le había pedido que la cambiase de día.

Draco frunció el ceño.

No iba a cambiarla, había hecho el viaje sólo para tener esa reunión.

Y todavía no había llegado el día en el que no pudiese ocuparse solo de un recadero siciliano.

Draco tenía una villa en la zona verde que rodeaba la Via Appia Antica, alejada de la carretera y protegida por unas enormes puertas de hierro.

Le había gustado nada más verla, aunque no sabía por qué. La villa había estado hecha un desastre, pero le había atraído igualmente.

Tal vez por su historia, ya que era un edificio de varios siglos de antigüedad.

Aunque un hombre con tantas responsabilidades como él no solía dejarse llevar por sentimentalismos, había llevado a verla a un arquitecto.

Éste le había dicho que si quería reformarla, la reformaría, pero que le iba a costar muchos millones, y que para qué la quería, teniendo ya un magnífico palacio con vistas al Tíber.

Había sido una opinión muy sincera y Draco había pensado que el arquitecto tenía razón. ¿Por qué no reformar mejor el palacio Malfoy ? Hacía mucho tiempo que se había prometido que lo haría. Sus antecesores, sus padres, lo habían descuidado hasta tal extremo que había estado a punto de caerse, pero él tenía el dinero necesario para reformarlo.

Así que lo había hecho. Había restaurado el palacio para que recuperase su esplendor medieval. Todo el mundo le había dicho que el resultado era excepcional, aunque él prefería no compartir con nadie lo que pensaba al respecto.

Uno podía reformar un edificio, pero no podía reescribir los recuerdos que tenía de él.

Y los recuerdos de aquella casa no tenían nada que ver con él.

El Maserati se detuvo al final del camino. El chófer se apresuró a salir para abrirle la puerta, pero Draco se le adelantó y subió las escaleras de mármol que daban a la enorme puerta principal, que se abrió antes de que él llegase.

Buon giorno, signore –lo saludó su sonriente ama de llaves antes de preguntarle si quería desayunar.

Draco le pidió café. Solo. Una cafetera grande. Y le dijo que lo tomaría en el salón de la suite principal.

Hacía calor en sus habitaciones y Draco sospechó que no habían abierto las ventanas desde que él se había marchado a San Francisco, tres semanas antes. Así que las abrió de par en par, se quitó los mocasines, la camisa y los vaqueros, y dejó un reguero de ropa de camino al cuarto de baño.

Estaba deseando borrar con una ducha las largas horas de viaje.

Una de las primeras cosas que había hecho al comprar la villa había sido decidir cómo quería que fuese el baño principal: quería un gran jacuzzi de mármol, lavabos también de mármol y una enorme ducha de vapor y múltiples chorros rodeada de una mampara de cristal.

El arquitecto había arqueado una ceja y él había sonreído y le había dicho que se había acostumbrado al modo de vida de Estados Unidos, donde los baños eran a lo grande.

El dúplex que tenía en California tenía un baño enorme, con una ducha del tamaño de una pequeña habitación. Había ocasiones, después de un día muy largo, en el que se metía allí y sentía cómo los chorros de agua iban aliviando su tensión.

En esos momentos, esperó a que ocurriese lo mismo en su ducha de Villa Appia.

Pero lo que ocurrió fue que vio una imagen en su mente.

Vio a la rubia, allí, con él. Con el pelo suelto sobre los cremosos hombros, sobre los pechos, que tenían los rosados pezones erguidos, esperándolo.

Se imaginó besándoselos, tomándolos con su boca.

Se imaginó metiendo la mano entre sus muslos.

Mientras ella le acariciaba la erección.

Draco gimió.

Se dijo que la pondría contra el cristal, la levantaría y la penetraría mientras la besaba…

Volvió a gemir, se estremeció. No le había ocurrido aquello desde que tenía diecisiete años y había hecho el amor por primera vez.

Pensó que era culpa de la rubia, que se había burlado de él otra vez.

Deseó volver a verla, y hacérselo pagar.

Cerró los ojos. Levantó el rostro hacia el chorro de agua. Dejó que ésta le lavase el cuerpo y la mente. Tenía que estar bien despierto para la reunión que lo esperaba.

La tierra de Sicilia era suya. Había estado en Palermo de viaje de negocios, había ido a dar una vuelta en coche y, sin saber por qué, había tomado una estrecha carretera, una curva, había visto el mar…

Y un terreno que le había resultado muy familiar.

Así que había dado los pasos necesarios para que fuese suyo, había llevado a un arquitecto… Y, de repente, había recibido una carta de un hombre del que jamás había oído hablar: Cesare Granger , una carta llena de tonterías, y de mentiras.

Aquella tierra era suya. Y seguiría siéndolo.

Draco había aprendido mucho tiempo atrás a no dejarse presionar.

Había sido una lección que le había cambiado la vida y que jamás olvidaría.

El hotel en el que estaba alojada Hermione era viejo.

En algunos casos, eso habría estado bien. Al fin y al cabo, Roma era una ciudad antigua. Y magnífica.

Pero la antigüedad de aquel hotel era distinta.

La reserva la había hecho ella misma a través de Internet, en un portal que tenía ofertas de hoteles baratos. Y eso mismo era aquél, un hotel barato. En esos momentos, Hermione deseó haberle pedido a su padre la tarjeta de crédito…

Pero daba igual.

No era la primera vez que estaba en un hotel barato.

Aunque cuando llegó a su habitación, se dio cuenta de que era minúscula.

Tenía manchas de humedad en el techo, manchas de Dios sabía qué en la moqueta, una silla medio destartalada delante de una ventana con vistas a…

Un patio de luces.

Había ido hasta Roma para poder ver por la ventana un patio de luces.

¿Y qué?

No estaría allí mucho tiempo, así que daba igual. Además, en esos momentos estaba agotada, como sonámbula. En un par de ocasiones le había sucedido, se había levantado en mitad de la noche. Una de ellas, había despertado en la cocina, delante de la nevera abierta.

En cualquier caso, seguía recordando la sensación que había tenido al abrir los ojos. Como si hubiese estado despierta y dormida al mismo tiempo. Como si hubiese estado flotando.

Y así era como se sentía en esos momentos, mientras el botones le enseñaba a manejar el termostato de la habitación, a abrir y cerrar las cortinas, a utilizar el minibar.

Bostezó. A ver si el botones captaba la indirecta.

No la captó.

Empezó a abrir los cajones del escritorio, fue hasta la televisión, la encendió y la apagó, después se acercó al despertador…

Y fue entonces cuando Hermione se dio cuenta de lo que ocurría, que estaba esperando una propina.

Abrió su bolso, buscó en su interior y sacó un par de euros.

–Gracias –le dijo–. Grazie. Ha sido muy amable.

El botones sonrió de oreja a oreja, le deseó que tuviese un buen día y se marchó.

–Menos mal –dijo Hermione, dejándose caer en la cama.

Le dolía todo.

Le dolían los codos de haber tenido los brazos doblados durante todo el vuelo. Le dolían los hombros de haber estado encorvados. Le dolía el trasero.

Y también le dolía la cabeza de haber tenido que soportar los llantos de un niño que iba sentado un par de filas más atrás. Aunque no culpaba al bebé, ella también había sentido ganas de llorar, pero no le habría servido de nada hacerlo.

Había hecho algo horrible y haber vuelto a ocupar su asiento, al lado de Hannibal el Caníbal, no era suficiente para expiar aquella tremenda sensación de vergüenza.

Gimió.

La palabra «vergüenza» se quedaba corta. Humillación era mejor, u horror. Mucho mejor. Estaba horrorizada por lo que había hecho. Y por lo que había estado a punto de hacer.

Todo era culpa de él, de aquel desconocido.

Primero, porque la había sacado de quicio, después, porque la había confundido y, por último, porque la había seducido.

Aunque lo último no era del todo cierto. No la había seducido. No era de los que seducían. Sólo la había hecho creer que era humano. Y tal vez interesante.

Habían mantenido una conversación agradable. Se habían sonreído. Y Hermione tenía que admitir que también había influido que fuese tan guapo.

Y cuando se había despertado y lo había visto tan cerca…

Hermione se puso de pie de un salto. Abrió su maleta.

–El muy cerdo –murmuró mientras vaciaba el contenido de su bolsa de aseo.

¿Qué más daba que fuese guapo? Le había metido mano. La había atacado.

Hermione volvió a gemir y se sentó en el borde de la cama.

–Mentirosa –susurró.

Le estaba echando la culpa a él cuando lo cierto era que ella lo había alentado.

–¿Cómo has podido hacer algo así, Hermione? ¿Cómo has podido? –añadió.

No tenía sentido hacerse aquella pregunta, porque no tenía respuesta. Y ella ya no era una niña.

«Lo has besado, has gemido cuando te ha acariciado, le has puesto la pierna encima… ¿Cómo llamas a eso?».

Aquel desconocido no había hecho nada que ella no hubiera querido que hiciera.

Cerró los ojos.

Y lo había hecho estupendamente.

Recordó sus maravillosos besos. Su cuerpo fuerte. Sus manos grandes acariciándole los pechos…

–Ya basta –se dijo a sí misma, poniéndose en pie.

Tenía cosas que hacer antes de la reunión. Y, por suerte, una hora entera para hacerlas. El capo de su padre la había llamado al teléfono móvil. El príncipe había retrasado la reunión una hora.

Una estupenda noticia.

Aunque, cuando lo viese, Hermione le diría que su cambio unilateral de planes había resultado ser un inconveniente para ella. Le contaría que se había pasado todo el vuelo trabajando, estudiando los documentos que demostraban, de manera irrefutable, de quién era la tierra que estaba en aquel lugar de Sicilia… Torminia. Tarminia. Taormina.

Tenía menos de una hora para meterse todo eso en la cansada cabeza.

Se daría una ducha, se cambiaría de ropa, echaría otro vistazo a los documentos, aunque no le serviría de nada.

No obstante, alguna vez había ido a un juicio todavía con menos información y había salido victoriosa.

Era una buenísima abogada.

Era probable que el abogado del príncipe también fuese muy bueno, pero ¿y qué? Hermione lo manejaría.

Sacó un traje limpio de color gris marengo. Otra blusa, de seda color marfil. Otros zapatos, de tacón, negros y relucientes, con la puntera abierta. Y ropa interior de seda, sexy.

Los zapatos los vería todo el mundo, la ropa interior era para ella. Para sentir que, debajo de su uniforme, seguía siendo toda una mujer.

Probablemente, al desconocido también le habría gustado.

Le habría quitado el sujetador con manos firmes y luego le habría acariciado los pezones, que se habrían puesto firmes mientras él metía las manos por debajo del tanga y se lo bajaba por las caderas, sin dejar de mirarla a los ojos y mientras a ella se le aceleraba la respiración, sentía calor y humedad y…

–¡Maldita sea! –dijo.

¿Qué le estaba pasando?

Le gustaban los hombres y le gustaba el sexo, pero no era normal que desease tanto a un hombre que ni siquiera sabía cómo se llamaba, al que jamás volvería a ver.

Hermione sacó el teléfono móvil del bolso y marcó un número. Su hermana respondió al primer tono.

–¿Hermione?

–Izzy, tengo que pedirte algo.

–Hermione, ¿dónde estás? He llamado a tu despacho y tu secretaria me ha dicho…

–Isabella, ¿cuántas veces tengo que recordártelo? Ya no hay secretarias. Es una asistente personal. ¿Lo entiendes?

–Lo entiendo, pero ¿dónde estás? Tu se… tu asistente personal me ha dicho que estabas en Italia y yo le he respondido que eso era imposible porque no me habías contado…

–Estoy en Italia, Iz. Y no te lo he contado porque no he tenido oportunidad. El viejo me acorraló el domingo, cosa que, por cierto, no habría ocurrido si hubieses ido a cenar, tal y como esperábamos todos.

–No es verdad. Quiero decir, que a mí nadie me invitó a ir. ¿Y a qué has ido a…?

–Luego te lo cuento –la interrumpió Hermione con impaciencia–. Ahora sólo quiero que me respondas a una pregunta, ¿de acuerdo?

–¿Cuál es la pregunta?

–Es… es… –Hermione se aclaró la garganta–. Estudiaste Psicología…

–¿Y?

–¿Te acuerdas del tema sobre fantasías sexuales?

–Hermione, ¿qué está pasando?

–¿No había algo acerca de las fantasías sexuales con un desconocido?

–Con un desconocido misterioso y peligroso. Hermione se frotó la frente.

–Sí. ¿Y algo acerca de tener sexo en lugares públicos? ¿Corriendo el riesgo de que alguien te viese?

–Hermione, cuéntame qué está pasando –le pidió su hermana.

–Nada, nada. Te lo juro. Sólo… sólo quería aclarar algo, eso es todo.

–¿Acerca de mantener relaciones sexuales con un desconocido? ¿En un lugar público? Eh, hermanita, que estás hablando conmigo. ¿Qué has hecho?

–Ya te he dicho que no he hecho nada. Esto… he leído un artículo al respecto en el avión. Debe de ser el jet lag, que te hace pensar cosas raras.

–Piénsalas –le dijo su hermana–, pero no las hagas. Porque supongo que no estarás pensando en tener sexo con un desconocido en un lugar público, ¿verdad?

Isabella aligeró la pregunta riéndose. Y Hermione se rió también, un segundo después.

–Ni siquiera yo haría semejante locura –le dijo a su hermana.

Luego se despidió y colgó el teléfono.

Había sido una tontería llamar a Isabella. Lo cierto era que había pretendido preguntarle si alguna vez había deseado tener sexo con un desconocido, pero ¿qué iba a saber la dulce Izzy de sexo?

Hermione suspiró. Se desvistió. Fue hacia el viejo baño, se metió en la bañera y abrió la ducha.

Se dijo que tenía que olvidarse del avión. De los documentos incomprensibles. Y, sobre todo, de aquel hombre y de lo que había ocurrido. O, mejor dicho, de lo que había estado a punto de pasar porque, gracias a Dios, había entrado en razón a tiempo.

Tenía que concentrarse en la reunión. En el ridículo concepto de un príncipe en el siglo XXI. En dejarle claro que nadie, ni siquiera un viejo tonto con una corona en la calva y un montón de abogados, podía robarle una tierra a su madre y salirse con la suya.

Era un buen plan.

Un plan excelente.

Hermione habría podido llegar muy lejos con él si no hubiese sido porque, hora y cuarto después, entró en un elegante edificio de Via Condotti, se detuvo delante de la recepcionista y le dijo que tenía una reunión con el príncipe Draco Malfoy .

–¿Y quién es usted? –le preguntó la mujer mirándola con altivez.

–Soy la asesora del signore Cesare Granger . La recepcionista asintió y tomó el teléfono.

–Cuarta planta, a mano derecha, al final del pasillo.

El ascensor también era elegante.

Lo mismo que el hombre que la estaba esperando. Un hombre solo, no todo un equipo jurídico, tal y como ella había esperado. Un hombre que estaba de pie frente a la ventana, de espaldas.

A pesar de estar de espaldas, a Hermione le dio la impresión de que era un hombre… poderoso.

Poderoso y fuerte, masculino y joven. Era alto, delgado y musculoso y llevaba un traje de Armani. Tenía las piernas ligeramente separadas, y los brazos cruzados. Su postura indicaba irritación y arrogancia.

Era extraño. Había algo en él que a Hermione le resultaba familiar…

«No», pensó, con el corazón en la garganta. «No puede ser».

Hizo un sonido raro, entre un grito ahogado y un gemido. Y el hombre lo oyó.

–No me gusta que me hagan esperar –dijo, mientras se daba la vuelta hacia ella–. Usted.

Y lo único que supo Hermione en aquel terrible momento fue que Draco Malfoy , el príncipe Draco Lucios Malfoy de Roma y Sicilia la estaba mirando con sorpresa. Lo mismo que ella a él.