Capítulo 5

DRACO miró a la mujer que había en la puerta.

¡No era posible!

Había muchas mujeres rubias, con los ojos del color del mar Tirreno. Con aire dulce, con los labios sonrosados…

¿A quién estaba intentando engañar?

Era ella.

Y el hecho de que una mujer, aquella mujer, fuese capaz de poner patas arriba su vida le demostraba que tenía la cabeza hecha un lío…

Y sí, imposible o no, era la misma mujer. De eso estaba seguro. Su rostro era inolvidable, lo mismo que su cuerpo curvilíneo envuelto en un traje de chaqueta y los tacones…

Era la mujer a la que había estado a punto de iniciar en su selecto club. Aunque la palabra «iniciar» no fuese la correcta. Porque tal y como se había despertado entre sus brazos, tal y como había respondido a sus besos…

Casi podía considerarla socia fundadora.

O no.

Porque se había enfriado en un abrir y cerrar de ojos, y…

¿Y qué importaba eso?

¿Qué estaba haciendo ella allí? Podía estar en Roma, sí, pero no podía ser la representante de Cesare granger .

¿Habría ido allí en su busca? Tal vez no hubiese podido olvidar lo ocurrido en el avión y quisiese terminarlo.

Seguro que no.

La recepcionista le había anunciado la llegada de la representante de Cesare granger . Y era una recepcionista que llevaba muchos años trabajando para él. No permitía pasar a nadie sin que se identificara antes.

La mujer seguía en la puerta, blanca como la nieve.

–Oh, Dios mío –dijo.

Y todas las esperanzas de Draco se desvanecieron en ese instante.

–¿Usted? –añadió ella, agarrándose al pomo de la puerta como si fuese a desmayarse–. ¿Usted es Draco Malfoy?

Él respiró hondo.

–¿Y usted es…?

Ella se echó a reír, pero más que una risa sonó a sollozo.

–La abogada de granger .

–Qué pequeño es el mundo –comentó Draco.

Ella asintió.

–Mucho.

Y, de repente, la expresión de sorpresa desapareció de su rostro.

–Espere un momento –añadió muy despacio, soltando el pomo–. Lo hizo deliberadamente.

–¿Perdone?

Ella empezó a recuperar el color de la cara.

–No puedo creer que haya personas tan retorcidas.

–Tal vez pueda explicarme de qué está hablan do, señorita…

Ella se le acercó amenazante, como un gato acechando a su presa.

–¡Me engañó!

–¿Qué?

–Qué artero, qué falso…

–Tenga cuidado con sus palabras –le advirtió Draco.

–¡Me trató como a una tonta!

Draco no sabía a qué se refería. Aquella mujer lo estaba volviendo loco.

–¡Se aprovechó de mí!

Él se rió con amargura.

–¿Otra vez con ésas? –le preguntó, recorriéndola de la cabeza a los pies con la mirada–. Créame, si pudiera volver atrás y borrar ese lapsus, lo haría.

¿Un lapsus? ¿Eso era para él lo que había ocurrido? ¿Cómo podía tener la mirada tan fría? ¿Cómo podía hablar con tanto cinismo de lo que había pasado en el avión?

Hermioneentrecerró los ojos.

–Ese lapsus –le espetó–, fue un complot. O eso pretendía que fuese. Pero no funcionó, ¿verdad? No funcionó porque yo no soy una de sus… sus mujeres.

Draco arqueó una ceja. Miró por encima de su hombro. Miró hacia los lados.

–¿Mis mujeres?

–Sabe muy bien a qué me refiero. Los hombres como usted piensan que con sólo chasquear los dedos toda la población femenina del planeta se tiene que postrar a sus pies.

–Un interesante abuso de las leyes de la física –dijo él con frialdad–. ¿Qué tiene que ver con lo ocurrido entre nosotros en el avión?

–Que pensó que podría ponerme en una posición comprometida.

–¿Se refiere a la posición en la que su pierna estaba encima de la mía? –inquirió él.

Ella puso gesto de enfado.

–¡Es despreciable!

–Y usted me está haciendo perder el tiempo.

–Sabía quién era desde el principio, Malfoy.

–Debería llamarme «príncipe» o «señor» –dijo Draco sin saber por qué. Porque en el fondo le parecía ridículo.

–¿Por eso me invitó a sentarme a su lado?

–Espero que usted sepa de qué está hablando, señora, porque yo no tengo ni idea.

Hermioneavanzó y se detuvo a tan sólo unos centímetros de él.

Draco aspiró su aroma, que era tan femenino, delicado y sexy como sus zapatos de tacón.

Recordó el olor de los momentos en los que la había tenido entre sus brazos en el avión.

Y recordó todavía más.

Recordó cómo había sido abrazar su cuerpo, tener sus suaves pechos contra el de él. El calor de su cuerpo. Su corazón acelerado, lo mismo que su respiración…

Draco frunció el ceño.

Su cuerpo también estaba recordando. No era posible que lo estuviese traicionando en esos momentos.

–¡Me ofreció el asiento con un objetivo!

–Se lo ofrecí de corazón.

–¡Ja!

Ella sacudió la cabeza y un par de mechones rizados se salieron de esa cosa que se ponían las mujeres para recogerse el pelo.

–¡Qué patético! Utilizar esos métodos.

La mujer tenía los labios apretados con desprecio, pero Draco pensó que podría hacerle cambiar de expresión con un beso.

–Sabía quién soy –le dijo ella, levantando un dedo y golpeándole el pecho–. ¡Y no intente negarlo!

Draco se preguntó si se había perdido algo. Había estado tan ocupado recordando su sabor, la suavidad de su piel…

Y al darse cuenta de ello se enfadó todavía más.

–¿Que no niegue el qué? –inquirió–. Y deje de hacer eso –añadió, agarrándole el dedo.

–Lo que ocurrió en el avión. Fue culpa suya.

–¿Perdón?

–Me besó. Y lo hizo con un objetivo.

Él se echó a reír. No pudo evitarlo. ¿Qué hombre no se habría reído ante semejante acusación?

Ella lo fulminó con la mirada.

–¿Le parece divertido?

–A ver si lo estoy entendiendo bien. ¿Me está acusando de haberla besado a propósito?

–Por supuesto.

–Bueno, es todo un alivio. Quiero decir, que sería peor que me hubiese acusado de besarla sin querer.

Hermioneparpadeó. ¿Cómo era posible que aquel hombre tergiversase así las palabras?

Y, sobre todo, ¿cómo podía ser tan arrogante y tan listo, y tan guapo al mismo tiempo? ¿Cómo era posible que la tuviese agarrada por la muñeca y le estuviese haciendo pensar en cómo había sido tener su cuerpo contra el de ella, en cómo habían sido sus besos?

–No se haga el tonto –le dijo–. Pensó que, si me seducía, yo no sería capaz de representar los intereses de Cesare granger .

Él la miró fijamente durante unos segundos antes de volver a echarse a reír.

–Dio, mira que soy listo.

–Lo que es usted es un bastar…

–Odio contradecirla, señora, pero está equivocada. No tenía ni idea de quién era. Lo único que sabía era que tenía muy mal carácter.

–Lo que tengo, Su Excelentísima Alteza, es tolerancia cero a los machistas.

–Mal carácter. Una lengua afilada –le dijo él en voz baja–. Se duerme entre mis brazos y se despierta deseándome tanto como yo a usted.

A Hermionese le aceleró el corazón.

–Estaba medio dormida y se aprovechó de mí. Quería comprometerme.

Él se rió de una forma muy sexy.

–Comprometerla no era exactamente lo que quería hacerle –admitió él, rodeándola con los brazos–. Ambos queríamos otra cosa.

–Suélteme –le pidió Hermione.

–Es lo mismo que me dijo en el avión.

–Exacto. Y se lo repito. Suél…

–Lo dijo después de que se encendiesen las luces –la interrumpió él, agarrándola con más fuerza–. Hasta entonces, estaba tan excitada como yo.

–¡Eso no es cierto! No estaba…

Él bajó la vista a sus labios y Hermionecasi empezó a sentir el calor de su boca, a saborear aquellos besos que todavía recordaba.

–Claro que sí –la contradijo él con voz ronca, masculina.

Estaba excitado. Hermionenotó su erección contra el vientre.

Y un deseo urgente y primitivo corrió por sus venas. Él era el enemigo. Era todo lo que Hermionedespreciaba: un detestable aristócrata, un hombre que, evidentemente, pensaba que podía tratar a las mujeres como si fuesen suyas. Era el enemigo de su padre y de su madre…

Pero a su cuerpo todo eso le daba igual. Quería terminar lo que habían empezado unas horas antes.

Los dos solos. Allí, sin que nadie los viese ni pudiese interrumpirlos.

Hermionese estremeció y un suspiro escapó de sus labios. Cerró los ojos y levantó la cabeza.

Y entonces él abrió los brazos y la soltó.

Hermioneparpadeó. Lo miró. Vio un rostro que parecía de piedra, con un gesto cruel.

–Ahora –le dijo él con toda tranquilidad, dan do un paso atrás–, ahora, signorina, sí que se ha comprometido.

Ella cerró la mano y deseó darle un puñetazo.

–Ya lo hizo una vez –le advirtió él en tono frío–. Y le aconsejo que no lo repita.

Hermionerespiró hondo para tranquilizarse. Y dejó escapar una carcajada.

–Es usted tan fácil, Su Alteza. Cuánto lo siento. ¿Le ha sorprendido la noticia? ¿De verdad piensa que con sólo mirarme me tiemblan las rodillas?

Draco frunció el ceño.

Lo que pensaba era que aquella mujer le estaba mintiendo. Y que se estaba mintiendo a sí misma. Si quería tenerla, sería suya. En ese instante. Allí. Pero no la quería. No. Lo que quería era que todo lo relacionado con Cesare granger saliese de su vida.

–Ya basta de juegos –rugió–. ¿Cómo se llama? ¿Y qué quiere?

–Quiero que se enfrente a los hechos –le respondió ella con voz firme, cosa que la sorprendió hasta a ella, ya que tenía el corazón acelerado–. Diga lo que diga, estoy segura de que siempre ha sabido quién soy. Así que si quiere que hablemos de quién ha puesto en peligro la situación jurídica…

–Un discurso estupendo. Por desgracia, sin sentido. No sabía quién era usted en el avión y sigo sin saberlo.

Hermionese encogió de hombros.

–Es el pan de cada día en los tribunales.

–Lo que me lleva al segundo motivo por el que su discurso no tiene sentido –comentó él sonriendo–. Este caso jamás llegará a ellos.

–Soy abogada.

Él le dedicó una malévola sonrisa.

–En Italia, no.

Y Hermionese maldijo, era rápido y tenía razón. Allí no tenía capacidad jurídica. Había intentado decírselo a su padre, le había recomendado que se buscase un abogado italiano, pero Cesare no la había escuchado. Pensaba que aquél era un asunto de familia. Un asunto personal. Y no necesitaba que un extraño hablase en su nombre, ni en el de Sofia. La necesitaba a ella.

–Entonces –continuó el príncipe– , tenemos, ¿cómo lo llamaríamos? Una situación. Yo soy el dueño legítimo de una tierra que su cliente reclama.

–El terreno en cuestión pertenece a la esposa de mi cliente. Ella es la legítima dueña.

Draco se encogió de hombros, fue hacia su impresionante escritorio y apoyó la cadera en él.

–Accedí a reunirme con el representante de Cesare granger por educación.

–Accedió porque sabe que tiene un problema.

No estaba equivocada. Había personas en el sistema judicial a las que les habría encantado ver a un príncipe Malfoy atrapado en las redes de las interminables disputas jurídicas por un lío así. El terreno era suyo, de eso no le cabía la menor duda, pero debido a cómo funcionaban las cosas en Sicilia, podrían pasar años hasta que se zanjase el tema.

Siempre y cuando llegasen a juicio, cosa que no iba a ocurrir.

Draco sabía lo suficiente acerca de Cesare granger y de los hombres como él para entender que sólo tenían dos métodos para saldar las deudas.

Uno implicaba sangre.

Y el otro…

Draco suspiró. Su avión volvía a funcionar; su piloto ya iba de camino a Roma para llevarlo de vuelta a Hawái, al mar, al sol y al calor de la cama de su amante, una mujer que no cambiaba de temperatura de un momento a otro, como aquélla.

–Muy bien –dijo, yendo a sentarse a su sillón. Abrió un cajón y sacó un bolígrafo de oro y un talonario–. ¿Cuánto quiere?

–¿Disculpe? ¿Cuánto qué?

–¿No me ha oído? Estoy harto de juegos. ¿Cuánto quiere granger ?

–¿Para comprarme el terreno?

Draco apretó la mandíbula.

–El terreno no es suyo, así que no lo puede vender.

Ella le sonrió con dulzura. ¡Iba a volverlo loco!

–No estoy ofreciéndole comprarlo, lo que le estoy ofreciendo es…

–¿Un soborno?

–Una compensación. ¿Cuánto dinero quiere su cliente para que podamos terminar con esta farsa?

Hermionedejó su maletín en una silla y fue hacia el enorme escritorio. Debía de ser muy antiguo, labrado a mano. Unas mitológicas águilas agrifadas caían en picado sobre halcones, éstos, a su vez, caían sobre conejos, los lobos clavaban las fauces en los cuartos traseros de los ciervos y los hacían arrodillarse.

Y Hermionepensó que aquélla era la historia de la nobleza. Y ella sabía mucho de esa historia. Se había molestado en estudiarla después de haberse dado cuenta de cuál era la verdadera profesión de su padre, con la esperanza de poder entender los antiguos antagonismos sicilianos y comprenderlo a él.

Lo que había terminado comprendiendo era que el mundo podía llegar a ser un lugar injusto y cruel, pero que el mundo de su padre era todavía peor.

No obstante, lo que estaba viendo en esos momentos era que tenía razón al pensar que los príncipes creían que podían hacer lo que les diese la gana con el común de los mortales.

–¿Y bien?

Ella levantó la vista. El príncipe, con bolígrafo de oro en mano, la observaba como los lobos de su escritorio debían de haber mirado a sus presas antes de cazarlas. Parecía decidido a salirse con la suya.

«No tan rápido, machote», pensó ella. Respiró hondo.

–¿Y bien, qué?

–Está tentando a la suerte –le dijo él.

–Y usted se está equivocando al dar por hecho que puede comprarnos –replicó ella levantando la barbilla–. Puede guardar lo que tiene en la mano.

Draco guardó silencio durante todo un minuto. Luego metió el talonario y el bolígrafo en el cajón y lo cerró con tanta fuerza que el golpe retumbó por toda la habitación.

–Vamos a ir al grano –dijo después–. Si no quiere dinero, ¿qué es lo que quiere?

–Ya sabe lo que quiero. El terreno, por supuesto.

–Eso es imposible. El terreno es mío. Tengo la escritura. Ningún tribunal de Sicilia aceptará…

–Tal vez no.

–Entonces, ¿cómo…?

Hermionele dedicó su mejor gesto de inocencia.

–«Aristócrata romano roba terreno a una indefensa abuela» –le dijo ella en tono dulce, parpadeando–. Tal vez hasta consiga meter las palabras «cachorros» y «gatitos» en el titular.

–Se ha olvidado de algo. «Ciudadano siciliano protege terreno de un gánster estadounidense» –le dijo él sonriendo–. ¿O no le gusta ese titular?

–¡Usted no es más siciliano que yo!

–Mis ancestros se instalaron en Sicilia hace quinientos años.

–Quiere decir que invadieron Sicilia hace cinco siglos. Los granger ya estábamos allí.

–Le he hecho una pregunta. ¿Qué quiere?

–Y yo la he contestado. Quiero el terreno. Si piensa que mi cliente se va a asustar porque lo llamen gánster en un periódico… –le dijo ella sonriendo–. Créame, Malfoy. No sería la primera vez.

–No me llame así –le espetó Draco, a pesar de que comportarse de ese modo le parecía ridículo–. Y con respecto a los titulares… Van y vienen.

Ella sonrió. Fue una sonrisa que hizo que Draco desease ponerse en pie de un salto y salir de su despacho.

O abrazarla y recordarle lo fácil que era convertir su frío desdén en ardiente deseo.

–El caso es, poderoso príncipe, que en los Estados Unidos nos encantan esas cosas. Les prestamos mucha atención.

–Está otra vez tentando a la suerte.

Hermionesabía que tenía razón, pero ya era demasiado tarde para retroceder.

–Son noticias que gustan tanto a la prensa amarilla como a los periódicos serios –le dijo, inclinándose hacia delante–. Mire, una de las cosas que he tenido tiempo de hacer ha sido buscar información acerca de usted en Google. Y sé que, además de ser un príncipe que roba a los campesinos…

–¿La abogada de un gánster me llama ladrón? –inquirió él, cruzándose de brazos y echándose a reír.

–También controla un enorme imperio financiero.

Él dejó de reírse. Se puso en pie con gesto frío, decidido.

–Si no le importa, vaya al grano.

–Por supuesto –dijo ella, haciendo una pausa melodramática, como si estuviese en un sórdido juzgado de Nueva York, y no en un lujoso despacho–. ¿Cree que una empresa como la suya soportaría semejante escándalo tal y como está la economía?

Él se puso serio.

–¿Cómo se atreve a amenazarme? ¿Quién se cree que es?

Hermionese metió la mano en el bolsillo, sacó una cartera y, de ella, una tarjeta de visita. Tomó un bolígrafo de su escritorio, escribió el nombre del hotel en el que se alojaba en la parte de atrás y se la dio. Él la aceptó y la leyó.

–Hermione granger –dijo–. Vaya, vaya, vaya.

–Ésa soy yo –comentó ella alegremente–. Hermione granger . La hija de Cesare. Es decir, un miembro consanguíneo de la famiglia granger . Le aconsejo que lo tenga en mente.

Le pareció que era lo que tenía que decir, sobre todo, teniendo en cuenta que parecía que el enemigo iba a saltar sobre ella en cualquier momento…

Y, especialmente, teniendo el corazón a punto de salírsele del pecho.

Hermionese dio la media vuelta, recogió su maletín y salió por la puerta.