DRACO observó a Hermione granger salir de su despacho.
Con la cabeza alta, los hombros hacia atrás, la espalda recta y caminando con decisión sobre los altos tacones.
Se fijó en cómo balanceaba las caderas, cosa que hacía que el paso fuese femenino, y casi felino.
Era una seductora de pelo dorado. Una consigliere de sangre fría. ¿Quién era en realidad Hermione granger ?
Durante un par de segundos, Draco estuvo tentado a preguntárselo.
Se sintió tentado a ir tras ella, hacerla girar, mirarla fijamente a los ojos y decirle: «¡Cómo te atreves a amenazarme, mujer! ¿Acaso piensas que voy a dejarme humillar por tu padre y por ti?»
O a no decir nada.
A tomarla entre sus brazos, inclinar la cabeza y besarla apasionadamente hasta hacerla olvidar que era la portavoz de su padre y conseguir que se convirtiese en la mujer a la que había conocido en el avión, la mujer que había estado a punto de entregarse a él.
Pero se quedó donde estaba. Ni siquiera respiró hasta que oyó el portazo.
Tenía que ser cauto. No debía precipitarse. No podía permitir que las emociones nublasen su lógica.
Volvió a sentarse detrás del escritorio.
Era evidente que tenía un problema. Hermionelo había amenazado con un escándalo.
Había negocios que buscaban publicidad, que vivían de ella.
Malfoy Investments, no.
El mero hecho de que su nombre apareciese junto al de Cesare granger echaría abajo todo por lo que él había trabajado. Y no se trataba sólo de dinero, aunque la cantidad que perdería sería enorme, tanto para él como para sus clientes.
Había en juego mucho más que dinero. Si Hermionelo obligaba a una confrontación pública, Draco perdería lo que más le importaba: el honor de su apellido.
Apretó la mandíbula.
Y pensar que había estado a punto de tener sexo con ella. Con la consigliere de Cesare granger .
Casi le entraron ganas de reírse.
Aunque no era un tema nada gracioso. Draco sacó de su cartera las cartas del gánster y las dejó encima del escritorio.
Si la noche anterior hubiese sabido quién era aquella mujer, jamás habría permitido que las cosas llegasen tan lejos.
De hecho, cuantas más vueltas le daba al tema, menos comprendía por qué había tenido algo con ella.
Aunque se hubiese llamado de cualquier otra manera, no habría querido saber nada de esa mujer.
No era su tipo. Era demasiado alta, demasiado rubia, demasiado esbelta. A él le gustaban las mujeres de corta estatura, morenas, con cuerpos voluptuosos.
Y su actitud…
¿Qué hombre en su sano juicio se sentiría atraído por una mujer que discutía por todo?
Más tranquilo, se dio cuenta de que había sido la situación, no la mujer, lo que lo había excitado. La oscuridad. El hecho de estar en un avión rodeados de gente.
Draco apoyó la espalda en su sillón de cuero.
¿Qué hombre no habría deseado que las cosas siguiesen su curso al despertarse con una mujer pegada a él?
En cierto modo, tenía que darle las gracias a Hermione granger . Los hombres pensaban que determinadas partes de su anatomía no tenían nada que ver con sus cerebros. Y ella había evitado que cometiese un bochornoso error.
Si hubiese tenido sexo con la consigliere de granger …
Draco se echó a reír.
El problema tenía solución. Siempre había una solución. Y él la encontraría. Hallaría el modo de sacar a los granger , padre e hija, de su vida.
Se consideraba un hombre racional, pragmático. Y sería el pragmatismo y no la emoción lo que solucionaría el problema. Lo más importante era saber controlar las emociones.
Su padre y sus antepasados jamás se habían dado cuenta de eso.
Habían bebido en exceso. Se habían jugado un dinero que no habían tenido. Habían ido de mujer en mujer, perdiéndose en una clase de pasión que sólo podía crear problemas.
La historia de la familia Malfoy era un polvorín de avaricia, infidelidades, abandonos y divorcios.
Un hombre tenía que ser capaz de poner freno a sus emociones y él lo había aprendido muy pronto.
Su niñez había estado plagada de escenas que todavía lo estremecían. Su madre había tenido toda una sucesión de amantes que se habían gastado el poco dinero que le quedaba a la familia. Aun así, ella había seguido pensando que su vida era aburrida, así que había decidido abandonar a su marido y a su hijo.
Y su padre bien podía haber hecho lo mismo. Porque había estado demasiado ocupado yendo de fulanas y jugándose el dinero como para ocuparse de su hijo. De sus primeros años, Draco recordaba enormes habitaciones vacías, despojadas de los elegantes muebles del pasado. Y los pocos sirvientes que habían quedado, mal pagados y explotados, nunca le habían hecho caso.
Había sido un niño solitario, al que jamás se le había ocurrido pensar que los demás niños pudiesen tener otro tipo de existencia.
Un invierno, su padre había estado lo suficientemente sobrio como para darse cuenta de que el servicio se había marchado de la casa y de que su hijo, de nueve años, se había quedado solo.
Así que le había ordenado que se diese un baño y se pusiese sus mejores ropas, y lo había llevado a un colegio de monjas.
La madre superiora, que también era la directora del colegio, había arrugado la nariz nada más ver a Draco, como si oliese mal. Le había hecho pasar pruebas de matemáticas, de ciencias, de francés y de inglés.
Y Draco había sabido las respuestas a todas las preguntas. Había sido un chico inteligente y un omnívoro lector. Desde los cinco años, se había refugiado en los pocos libros que quedaban en la biblioteca de los Malfoy.
Pero no había sido capaz de responder a la madre superiora.
Se había quedado sin habla al oír la aguda voz de la monja, que le había parecido una criatura extraña. Lo había aterrado.
–Responde –le había ordenado su padre.
Y él había abierto la boca, y había vuelto a cerrarla. La monja había fulminado a su padre con la mirada, y luego a él.
–Este chico es retrasado –había dicho después–. Déjelo con nosotros, príncipe Malfoy. Al menos, le enseñaremos a temer a su Dios.
Eso era lo que había aprendido de las monjas. Los otros chicos le habían enseñado a temer cosas mucho más mundanas.
Las palizas en lo que se suponía que era el patio del recreo. Las palizas por la noche, en los dormitorios que olían a agrio. Humillación tras humillación.
Había sido como meter a un cachorro en una jaula de lobos hambrientos.
Draco había sido un chico delgado y pálido, vestido con ropa vieja, pero cuyo estilo lo delataba como miembro de una clase alta muy despreciada, lo mismo que su manera de hablar. Era callado, tímido y tenía la manera de comportarse de un chico que jamás había estado con otros niños.
La receta perfecta para el desastre, que las monjas no habían visto o no habían querido ver hasta que, casi un año después, Draco había decidido que no iba a aguantar más.
A la hora de la comida, con todos los niños en el patio, Draco había visto acercarse a uno de sus torturadores y había decidido dar rienda suelta a todo el dolor, el miedo y demás emociones que llevaba dentro.
Había saltado sobre el otro chico y había conseguido dejarlo tumbado en el suelo, llorando. Con él encima, ensangrentado y magullado, pero victorioso.
Con eso había conseguido una reputación. Y si para mantenerla había tenido que aceptar los retos de otros chicos de vez en cuando y pegarse con ellos, lo había hecho.
La madre superiora había dicho que, desde el principio, había sabido que no terminaría bien.
El día de su diecisiete cumpleaños, uno de los chicos había decidido hacerle un regalo muy especial. Mientras Draco dormía, se había abalanzado sobre él, le había tapado la boca y le había bajado los pantalones del pijama.
Draco, que había crecido y se había convertido en un joven fuerte, se había sentado en la cama, había agarrado a su atacante por el cuello y, si los demás chicos no los hubiesen separado, lo habría matado.
La madre superiora no había hecho preguntas.
–Eres un monstruo –le había dicho a Draco–. Jamás llegarás a nada y no te queremos aquí.
Él no le había llevado la contraria, ya que había pensado lo mismo que ella.
Esa noche, había forzado la puerta de su despacho y se había llevado cuatrocientos euros. No podía volver a casa. De hecho, no tenía casa. El castillo estaba casi derruido y su padre, que lo había visitado una vez el primer año, no significaba nada para él.
Al día siguiente se había marchado a Nueva York con la determinación de convertirse en alguien, y con una filosofía de vida: no demostrar jamás debilidad.
Ni demostrar emoción.
Y no confiar en nadie, salvo en él mismo.
Nueva York era una ciudad grande e implacable. También era un lugar en el que todo era posible. Para Draco, ese todo significaba encontrar un modo de no volver a pasar hambre, pobreza ni humillación.
Había tenido trabajos. En la construcción, de camarero, de taxista. Se había matado a trabajar por el día y había descansado por las noches en una habitación infestada de cucarachas en Brooklyn. Y una noche, despierto, había admitido ante sí mismo que no iba a ninguna parte.
Un hombre necesitaba tener una meta. Un propósito. Y él no los tenía.
Hasta que, por casualidad, se había enterado de la muerte de su padre.
Según el New York Post, el príncipe Mario Malfoy había fallecido a causa de un disparo, en un incidente en el que estaba implicada una antigua estrella de cine.
Los detalles eran lo de menos. La muerte de su padre había sido vergonzosa y Draco se había dado cuenta entonces de cuál iba a ser su objetivo en la vida.
Limpiar el apellido Malfoy.
Lo que significaba tener que pagar las deudas de su padre, restaurar el castillo y hacer que el apellido de su familia volviese a tener un significado.
Y para ello había trabajado por todos los Estados Unidos. Le había gustado Los Ángeles, pero San Francisco le había parecido, además de una ciudad bonita, un lugar que recompensaba la individualidad. Había conseguido entrar en la Universidad Estatal y había asistido a clases de matemáticas y economía porque le parecían interesantes. Y mientras hacía un trabajo, se le había ocurrido la idea. Un plan de inversión. En teoría funcionaba, pero ¿y en la vida real?
Sólo había tenido una manera de averiguarlo.
Así que había decidido invertir todo el dinero que había reservado para la matrícula del año siguiente.
Su dinero se había duplicado, triplicado, cuadruplicado. Había dejado la universidad y se había dedicado únicamente a invertir.
Y así había conseguido una pequeña, o no tan pequeña, fortuna.
El Wall Street Journal se había referido a él por primera vez como Draco Malfoy, un nuevo inversor que juega con el mercado con gélida habilidad.
Lo cierto era que jugaba con el mercado del mismo modo que vivía su vida.
Después había fundado su propia empresa: Malfoy Investments. Había cometido errores, pero, sobre todo, había tomado decisiones que le habían permitido cosechar increíbles éxitos.
Había sabido que la burbuja de las «punto com» terminaría estallando, y había actuado en consecuencia.
Había hecho más dinero del que parecía humanamente posible, suficiente para comprar el piso de San Francisco, la casa de Roma. Suficiente para restaurar el castillo Malfoy.
Y suficiente para fundar un colegio para niños pobres en Roma y otros en Sicilia, Nueva York y San Francisco, aunque nadie supiera que lo había hecho él.
Era un hombre fuerte y duro, no un sentimental. Los colegios eran un modo práctico de utilizar su dinero, ni más ni menos.
Draco apartó las cartas de granger y giró el sillón para mirar por la ventana.
Tenía que haber un modo de solucionar aquel problema.
Malfoy Investments no podía, no debía, verse perjudicado. Él podría soportar perder el dinero, pero no podía permitir que se volviese a manchar el apellido Malfoy…
Volvió a hacer girar el sillón.
Para encontrar la solución haría lo que hacía siempre que estaba estresado. Pensaría en cualquier otra cosa. Pensaría de manera lógica, privando a sus pensamientos de toda emoción.
Llamó a su asistente personal.
–Tengo que dictarle unas cartas –le anunció.
Pero no pudo evitar que Hermione granger apareciese una y otra vez en su mente. Lo que era ridículo, ya que el problema no era ella, sino su padre.
Entonces, ¿por qué no podía evitar ver su rostro, esa mirada somnolienta y sexy de la noche anterior?
¿Por qué no podía dejar de recordar su forma de vestir, el conservador traje, los zapatos de tacón?
¿Qué había debajo de aquel traje? ¿Un conjunto serio o seda y encaje, tan sexy como los zapatos?
–¿Señor? –le dijo su asistente.
Él parpadeó.
–Lo siento, ¿por dónde iba?
–La fusión de Tolland –le respondió su asistente.
Él asintió y siguió dictando.
Cinco minutos más tarde, se rindió.
–Eso es todo por ahora, Sylvana.
Y ésta salió de su despacho. Draco se levantó, tomó la chaqueta de su traje y se fue a comer. Después, estuvo en el gimnasio.
Todavía no había encontrado la manera de solucionar su problema con los granger .
Y, lo que era peor, no había conseguido quitarse a Hermione granger de la cabeza.
A las cinco, llamó a su chófer.
–¿Adónde quiere que lo lleve, señor?
Draco pensó en las distintas opciones.
Podía salir a cenar. No tenía reserva en ninguna parte, pero eso no importaba. Cualquier ristorante de Roma le tendría reservada su mejor mesa.
Podía sacar la Blackberry y llamar a una docena de mujeres bonitas. No había ni una en Roma que le negase lo que él le pidiese, aunque fuese tan repentinamente.
Y eso le hizo pensar en su amante, que lo esperaba en Hawái.
No había pensado en ella en todo el día.
–Llévame a casa –le dijo al chófer.
Y una vez en el coche, sacó el teléfono y la llamó.
–¿Dígame? –respondió ella con voz somnolienta.
Draco se preguntó qué hora sería en Hawái, en cualquier caso, no iba a preguntárselo a ella.
–Soy yo –le dijo–. ¿Cómo estás?
–Draco, pensé que te habías olvidado de mí –protestó ella.
–¿Qué has hecho hoy? –le preguntó él, por decir algo.
Ella se echó a reír.
–He estado de compras, cariño. Bueno, viendo escaparates. He escogido un montón de cosas bonitas para que me las regales cuando vuelvas.
Draco cerró los ojos y se imaginó que tendrían que pasar horas de tiendas.
–¿Cuándo vas a volver, Draco? –le preguntó con voz ronca–. Te echo de menos.
Lo cierto era que echaba de menos que la viesen con él. Saber que podría comprarle lo que se le antojase. Echaba de menos su título, su estatus, su dinero.
Su belleza y también su experiencia en la cama. Draco sabía que a las mujeres les gustaban ambas cosas.
–¿Cariño? ¿Cuándo vas a volver?
Y, de repente, Draco se dio cuenta de que no iba a hacerlo.
Se aclaró la garganta.
–Me ha surgido algo –le contestó–. Así que, mira, te sugiero que te quedes un par de días más, que vayas de compras, da en las tiendas el teléfono de mi despacho y no habrá ningún problema. Diviértete. Y ya te llamaré cuando ambos estemos de vuelta.
Ella guardó silencio unos segundos antes de preguntarle:
–¿Y cuándo será eso?
Su tono era frío. No era una mujer tonta y se había dado cuenta de que su relación de dos meses acababa de terminar.
–No lo sé –respondió él con brutal sinceridad–, pero sí sé que sólo te deseo lo mejor.
Luego le colgó y se guardó la Blackberry en el bolsillo.
No había planeado terminar su relación en ese momento. Pronto, sí, pero no en ese momento.
De repente, una imagen irrumpió en su mente.
Hermione granger .
Desnuda, con el pelo dorado sobre la almohada, los brazos alzados hacia él…
–¿Signore?
El coche se había detenido delante de las escaleras de la villa. El chófer estaba junto a la puerta abierta. Draco salió, le dio el resto de la tarde libre, entró en casa y le dijo lo mismo al ama de llaves.
Ésta le había preparado una ensalada. Se la comió, se bebió una cerveza fría y fue a sus habitaciones, donde se desvistió y se dio una ducha.
Tal vez el agua caliente pudiese aliviar la tensión que tenía en los hombros y en el cuello.
Tal vez pudiese arrastrar con ella la imagen de Hermione, desnuda y excitada bajo sus caricias.
Draco juró, salió de la ducha y se envolvió en una toalla.
Lo había acusado de jugar con ella, pero había sido ella la que había jugado con él.
Un día entero malgastado. ¿Para qué? Tenía dinero. Poder. Podía acabar con la famiglia granger .
¿Por qué había sido tan civilizado con ella cuando se había presentado en su despacho? La tenía que haber echado de su despacho, de su vida, de Roma.
Y la salida que había hecho ella… Regodeándose, segura de sí misma, como si ella fuese la princesa y él un plebeyo.
Tenía que poner a Hermione granger en su sitio. Tenía que recordarle que era una mujer, no la consigliere de un gánster.
Y podía haberlo hecho ya. Podía haber ido detrás de ella y haber evitado que saliese de su despacho. Podía haberla encerrado en él y haber terminado lo que habían empezado en el avión. Porque de eso se trataba todo, ni del terreno, ni de su padre, ni de nada más que un hombre y una mujer y de un deseo frustrado.
Se la imaginó desnuda, se imaginó besando sus pechos erguidos, metiendo la mano entre sus muslos, porque estaría caliente y húmeda, con hambre de él, sólo de él.
La erección de Draco se apretó contra la toalla y él dijo una palabra malsonante.
Ya era suficiente.
Había conocido a Hermione granger la noche anterior, pero ya había puesto patas arriba su vida. No podía pensar en otra cosa que no fuese ella.
Y él le había permitido que le hiciese aquello.
Tiró la toalla, se puso unos calzoncillos, unos vaqueros viejos y una camiseta negra, luego se calzó unos mocasines.
Tomó su cartera, con la tarjeta de visita que ella le había dado dentro y la leyó. No conocía el hotel en el que estaba alojada, pero sabía dónde se hallaba.
En media hora estaría allí.
Podría haberla llamado, pero no sería tan gratificante como presentarse allí por sorpresa.
Le diría que fuese a los medios de comunicación si quería, que contase la historia que quisiese.
Él conseguiría darle la vuelta a la publicidad negativa. ¿Iban a amenazar al príncipe Malfoy un gánster y su hija?
Draco se rió.
Tenía dinero. Poder. Mucho más del que Cesare granger podría soñar con tener. E iba a utilizarlos.
Cuando terminase con el viejo y con su hija, ambos desearían no haberse cruzado jamás en su camino.
En el garaje tenía tres coches. Una limusina Maserati, un Lamborghini rojo y un Ferrari negro. Se puso al volante de este último.
Llegó a su destino en quince minutos y aparcó delante de la entrada del hotel. Un portero uniformado se acercó para decirle que no podía aparcar allí. Draco le tiró un billete de cien euros y entró por la puerta.
El recepcionista lo observó.
–¿Puedo ayudarlo en algo, señor?
–¿En qué habitación está Hermione granger ?
–Lo siento, signore, pero no puedo…
Draco lo agarró por la corbata y lo levantó.
–¿En qué habitación está?
–En la trescientos… trescientos catorce –balbució el recepcionista.
Draco asintió y le dejó otro billete de cien euros encima del mostrador.
Había dos ascensores, uno de ellos estropeado, así que esperó a que llegase el que funcionaba.
La habitación 314 estaba al final de un oscuro pasillo. Draco fue hasta ella y llamó una vez, con los nudillos.
La puerta se abrió al instante.
–Vaya, qué servicio de habitaciones tan rápido…
–Hermione.
Iba descalza, vestida con un enorme albornoz blanco, sin maquillaje, y estaba tan guapa como una escultura de Miguel Ángel. Tenía el pelo mojado, lo estaba mirando con sorpresa.
–¿Draco? –susurró.
Él entró en la habitación y cerró la puerta sin dejar de mirarla.
–No soy el servicio de habitaciones –murmuró–. Ni soy un hombre con el que puedas jugar.
Hizo una pausa. Notó que crecía en su interior algo mucho más peligroso que la ira.
–Hermione, maldita seas, Hermione…
–Maldito seas tú, Draco –dijo ella–. ¿Por qué has tardado tanto?
Y entonces…
Cayó entre sus brazos.
