Capítulo 7

HERMIONEestaba de puntillas, con el cuerpo apretado contra el de Draco y los brazos alrededor de su cuello.

Él la estaba besando sin piedad. Le había metido las manos por debajo del albornoz y la estaba agarrando por el trasero para apretarla más contra él. Su erección chocaba contra el vientre de Hermione, excitándola todavía más.

No era su primer amante, había tenido otros y sabía que siempre era emocionante, pensar en lo que iba a ocurrir.

Pero nunca había sido así.

Estaba temblando, sin aliento, casi aturdida de deseo.

Draco le dijo algo atropelladamente. Ella no lo entendió. Era italiano elegante, de clase alta, nada que ver con el dialecto siciliano que había oído de niña, pero no necesitó entenderlo para saber lo que quería decir.

Que la deseaba.

Allí, en ese momento.

Era lo mismo que quería ella.

Él le desató el albornoz, y se lo apartó de los hombros. Le acarició la espalda, las caderas y después subió las manos hasta sus pechos.

Le acarició los pezones y la hizo gritar. Hermioneagarró su camiseta negra y se la sacó de los pantalones. Apoyó las manos en su pecho desnudo y lo oyó gemir.

Hermionetambién gimió.

Draco tenía el cuerpo caliente. Era todo músculo, pasó las manos por su vientre y se maravilló con sus perfectos abdominales.

–Draco –susurró.

Él también dijo su nombre mientras le quitaba completamente el albornoz y lo dejaba caer a sus pies. Hermionesintió frío. Él se inclinó a besarla en el cuello, en la curva de un pecho, se metió la punta henchida en la boca.

Hermionegritó, echó la cabeza hacia atrás y notó calor en el vientre.

Él levantó la cabeza, la besó en los labios, hundió los dedos en su pelo y le devoró la boca una y otra vez.

Acarició todo su cuerpo. No eran caricias suaves, pero tampoco era suavidad lo que Hermionequería.

No en esos momentos.

Lo que quería era aquello. Los labios de Draco en su garganta. Sus dedos frotándole los pezones. La rodilla enfundada en unos vaqueros entre los muslos.

Y luego su mano, entre las piernas.

–Estás caliente –dijo él–. Tan caliente y tan húmeda…

–Venga –lo alentó ella–. Date prisa, por favor.

Y él se bajó la cremallera de los pantalones. Hermionemetió la mano debajo y le acarició la erección.

Era grande, increíblemente grande.

–Hermione–dijo él.

Nada más, pero había tanta urgencia en su voz que ella se puso de puntillas y le mordisqueó el labio inferior.

–Sí, por favor, por favor…

Y aquello fue lo que necesitaba Draco para perderse del todo.

La tomó en brazos y la apoyó contra la puerta cerrada. Ella lo abrazó por las caderas y Draco la penetró.

Ella gritó de placer.

Draco siguió moviéndose, entrando y saliendo, una y otra vez, en casa ocasión con más fuerza.

–Draco. Oh, Dios mío, Draco…

Él la agarró por el trasero con una mano y hundió la otra en su pelo mientras la besaba.

Era implacable. La besaba. La penetraba. Y ella gemía, se apretaba contra él y él pensó que iba a llegar al orgasmo, Dio, iba a llegar…

Hermionegritó.

Y Draco explotó en su interior.

El mundo se detuvo a su alrededor.

Después de un buen rato, Hermionerespiró hondo. Dejó caer la cabeza sobre el hombro de Draco y hundió la cara en su garganta.

Tuvo la sensación de que se le iba a salir el corazón del pecho.

Suspiró y cerró los ojos.

Él seguía sujetándola con fuerza.

–Guau –dijo Hermioneen un susurro–. Ha sido, ha sido…

Él se rió con suavidad.

–Sí. Ha sido –dijo. Luego dudó–. ¿No ha sido demasiado rápido?

Hermionelevantó la cabeza.

–Sólo quieres que vuelva a decir guau.

Él sonrió.

–Tal vez, pero ha sido demasiado rápido.

–No. No es cierto. Y si sigues disculpándote, no te dejaré que vuelvas a hacerlo –le dijo sonriendo con malicia–. Al menos, no dejaré que me lo hagas más de otras dos o tres decenas de veces.

Draco se echó a reír.

–¿Eso es todo? –bromeó, tomándola en brazos para llevarla hasta la cama–. Lo siento, granger , pero veinte o treinta veces no van a ser suficientes.

Hermionelo abrazó por el cuello.

–Tienes razón –admitió.

Draco la besó muy despacio. Luego se apartó un poco y la miró.

Tenía la melena rubia extendida sobre la almohada, tal y como se la había imaginado. Y sus ojos estaban de un profundo azul violeta.

Le resplandecía el rostro.

Y a él le gustaba saber que el motivo era el modo en que le había hecho el amor.

Bellissima –murmuró.

Aunque fuese mucho más que bella. Era salvaje, exótica, indómita. Un gato asilvestrado que sólo ronroneaba con las caricias de una mano especial.

Su mano.

–Draco. ¿Qué piensas?

–Pienso que eres una mujer increíble, Hermione granger –le dijo, abrazándola con fuerza–. Y que me alegro mucho de haber venido esta noche.

–Yo también me alegro de que hayas venido –admitió ella, dudando–. Aunque no me he dado cuenta hasta que he abierto la puerta y te he visto, fulminándome con la mirada.

Él se rió suavemente.

–Fulminándote, ¿eh?

–Como un rayo.

–Bueno, he venido porque estaba enfadado.

–Ya lo sé. Yo también lo estaba.

–Pero entonces me has abierto la puerta y te he visto.

–Tan elegantemente vestida –comentó ella–. Con un vestido de diseño, peinada, maquillada. Y no te has podido resistir.

Draco sonrió. Y luego dejó de hacerlo.

–Y entonces me he dado cuenta de que me había mentido a mí mismo. De que había venido porque te deseaba, pero era demasiado bruto para verlo.

–Demasiado orgulloso, quieres decir.

–No –respondió él. Luego se encogió de hombros–. Tal vez. Bueno, sí, tienes razón. ¿Y cómo te has dado cuenta?

–Porque a veces yo soy igual. Orgullosa. Y un poco arrogante –le confesó, suspirando–. Y en ocasiones me niego a admitir la verdad. Y yo que esperaba un sándwich de pollo y un té.

–Me sorprende, bellissima, que estuvieses esperando un sándwich y un té en vez de a mí.

Hermionese echó a reír.

–No sé si sabes que no eres mi tipo.

–Ni tú el mío. Eres demasiado guapa, demasiado sexy, demasiado…

–Hablo en serio.

–¿Por qué?

–Porque no me gustan los hombres arrogantes, en plan «yo Tarzán, tú Jane».

–¿Arrogante? ¿Yo?

–Sí, tú, príncipe Malfoy. Arrogante. Y demasiado vestido.

Draco se echó a reír. Hermionetenía razón. Ella estaba desnuda mientras que él todavía llevaba puesta toda la ropa.

–Tienes razón, pero ése es un problema fácil de solucionar.

Se levantó, se quitó los mocasines y toda la ropa, y vio que Hermionelo observaba con deseo, sobre todo, al descubrir que estaba excitado otra vez.

–¿Mejor así? –le preguntó él, tumbándose a su lado y abrazándola.

–Mucho mejor. Mucho, mucho…

Draco la acalló con un beso. Luego otro. Bajó por su garganta hasta los pechos, oyó que contenía la respiración al tomar un pezón con la boca.

–Draco –susurró Hermione.

Él la agarró por las muñecas y le llevó las manos al cabecero de la cama.

–Quédate así –le pidió. Luego le abrió las piernas y la miró–. Una flor perfecta –dijo antes de besarla íntimamente.

Hermionegritó y se apretó contra él, contra las caricias de su lengua.

«Sí», pensó. «Sí». A eso había ido Draco esa noche.

Había ido por ella. Por lo que era, una mujer con el corazón y la pasión de una tigresa.

Por lo que era, no por quién era. Por ella.

–Hermione–dijo él, incorporándose–. Hermione, mírame.

Y sus misteriosos ojos de mujer se fijaron en él. Entonces, la penetró de un solo empellón.

Ambos empezaron a moverse con urgencia. Hermionegimió, se apretó contra él, lo abrazó.

–Draco –le dijo–. Draco…

Notó que sus músculos internos empezaban a contraerse y arqueó la espalda.

Él gritó también un segundo después.

Hermioneestaba llorando cuando Draco se dejó caer sobre ella. Eran lágrimas de felicidad que él besó antes de tumbarse boca arriba, arrastrándola a su lado y abrazándola con fuerza contra su corazón.

Hermionese había dormido.

O eso le parecía, porque, al abrir los ojos, se dio cuenta de que la habitación estaba a oscuras.

Alguien había apagado la luz. Y la había tapado con la colcha que ella había dejado doblada a los pies de la cama.

No, alguien no. Draco. Estaba entre sus brazos, piel con piel, la cara hundida en su cuello, la mano apoyada en su pecho.

Estaba respirando despacio, de manera constante.

Hermionepensó que era increíble que se hubiese dormido entre sus brazos. Ella nunca dormía después de tener sexo.

Bueno, sí, claro que dormía, pero jamás en brazos de su amante.

Lo que le gustaba era quedarse tumbada un rato con su amante, charlar , o acariciarse, y luego le decía que tenía muchas cosas que hacer, o lo que fuese necesario, para echarlo de su cama.

Le gustaba que fuese así. Que fuese en su propia cama, para tener siempre el control, para poder decirle cuándo tenía que marcharse. Y no sufrir la humillación de pasar por delante del portero, o de tomar un taxi a las ocho de la mañana con la ropa de la noche anterior.

Y así evitaba que el amante pensase que podía querer algo a largo plazo.

Hermioneconocía muy bien cómo eran las relaciones a largo plazo. Su padre había dominado a su madre toda la vida.

Del principio al final, una mantenía las riendas de la situación siempre y cuando la cama fuese suya.

Y los hombres lo entendían.

En una ocasión, había oído hablar de mujeres a sus hermanos, cuando todavía estaban solteros, y les había hecho una pregunta.

–¿Lo que queréis decir es que la mujer perfecta aparecería en vuestra cama cuando la necesitaseis y desaparecería por arte de magia cuando vosotros quisieseis?

Ellos se habían echado a reír.

–Sí –le había contestado Nick por fin.

Y ella les había anunciado que tenía una gran sorpresa.

–Las mujeres queremos lo mismo –les había dicho–. Un hombre que aparezca en nuestra cama cuando nosotras queramos, y luego desaparezca.

Y sus hermanos se habían puesto más que colorados.

–Sólo quieres que nos avergoncemos –había dicho Falco, al que era muy difícil avergonzar.

Pero no. Hermionesólo había sido sincera.

A las mujeres también les gustaba el sexo. Al menos, a casi todas.

Lo que ocurría era que se las educaba de manera que pensasen que las chicas buenas jamás lo admitían.

Pero ella no era así.

No creía en eso de quedarse a dormir, ni de intentar llamar a las cosas con nombres equivocados. Se podía hablar de lo que una quería. Y de lo que no quería.

Y lo que Hermioneno quería era esa tontería del amor para siempre jamás…

Lo que le hizo pensar que había llegado el momento de despertar a Draco y decirle que había sido maravilloso, pero que era tarde, que el día siguiente iba a ser muy largo y que se tenía que marchar a casa.

Aunque lo del día siguiente ya lo sabía él.

Independientemente de cómo hubiese sido el sexo, todavía no habían acordado nada. Y él seguía siendo el dueño de la tierra que ella había ido a reclamar.

A Hermionele entraron ganas de gemir.

¿Cómo podía haberse olvidado de eso? ¿Desde cuándo permitía que la emoción se interpusiese en el camino de la razón?

Lo que le había dicho a Draco era cierto. Se había sentido atraída por él desde el principio, aunque lo hubiese negado hasta esa noche. Al verlo en la puerta de su habitación, había tenido que enfrentarse a la verdad, que aunque hubiese dicho que lo despreciaba, en realidad quería acostarse con él.

Pero una cosa era el deseo y otra muy distinta quebrantar la función ética que desempeñaba en aquella situación.

Era abogada, una abogada que no tenía líos con sus demandados. Eso, si es que llegaban a demandarlo.

De acuerdo, había cometido un error, un gran error, pero no merecía la pena darle más vueltas. Lo importante era que no volvería a ocurrir.

El sexo había estado muy bien, pero no era la primera vez que…

–Hola.

Sorprendida, Hermionelevantó la cabeza y miró a Draco, que le estaba sonriendo de una manera muy sensual.

–Te has despertado –le contestó alegremente–. Estupendo, porque estaba a punto de hacerlo yo.

Él cambió de postura, hizo que Hermionese tumbase boca arriba y tomó su rostro con ambas manos.

–¿Y cómo tenías pensado hacerlo?

Hermionese estremeció sólo con el sonido de su voz.

–Draco –le dijo–, escúchame.

–Esto ha sido un error.

–Sí. Eso es. Me alegro de que entiendas…

Él la besó en los labios, muy despacio. Hermionedeseó devolverle el beso, envolverse en su calor, pero supo que no debía hacerlo.

–Por favor, escúchame, Draco. Estoy intentando decirte que…

–Somos las partes contrarias de un posible juicio.

–Exacto. Y…

–Lo que nos convierte en enemigos. Hermionesuspiró aliviada.

–Sí. Ha sido… ha sido agradable, pero…

–¿Agradable?

–Más que agradable. Ha sido…

Él volvió a besarla, más intensamente. Hermionenotó su erección y sintió un cosquilleo en el vientre.

«Oh, no», pensó. No había sido sólo buen sexo, aquello era mucho más. Era la primera vez que se sentía así, como al borde de un precipicio.

Draco la penetró y ella dejó de respirar. Indefensa, presa del placer, arqueó el cuerpo contra el de él.

–Dime que pare –le dijo Draco–, y lo haré.

Ella lo miró a los ojos oscuros.

–Sólo tienes que pedírmelo, Hermione.

–De acuerdo –contestó ella, humedeciéndose los labios–. Quiero… quiero…

Hermionegimió, hundió los dedos en su pelo y lo besó.

Mucho rato después, se tumbó de lado, acurrucada contra él.

–Quería haberte dicho que no tienes que preocuparte de nada –le dijo–. Estoy tomando la píldora.

–Bene –respondió él, apoyando la mano en su pecho–. En caso contrario, habría tenido que marcharme a buscar una farmacia. Y habría sido un espectáculo lamentable, bellissima, un hombre hecho y derecho, recorriendo a cuatro patas las calles de Roma.

Ella se echó a reír.

Y cayó en los brazos de Morfeo.

Capítulo 9

El portero del hotel no era el mismo que la noche anterior.

Se quedó sorprendido cuando Draco le preguntó por su Ferrari.

¿Un Ferrari? ¿Allí? Era imposible. El signore tenía que entender que aquél no era un hotel en el que dejasen semejantes coches.

Eso era cierto.

Era un hotel limpio, pero eso era todo. Al parecer, Cesare granger no pagaba bien a su consigliere.

Draco le dijo que él había dejado allí su Ferrari la noche anterior. Y al mismo tiempo se sacó un billete de cien euros del bolsillo y se lo dio al portero.

Éste chasqueó los dedos y señaló a un chico vestido de botones, que salió corriendo al instante. Unos segundos más tarde, Draco tenía allí su coche. Le dio otra propina al chico, se sentó detrás del volante y se marchó.

Tenía que sacarse lo ocurrido de la cabeza.

Maldijo a Hermione granger y se maldijo a sí mismo. ¿Cómo había podido olvidar que no había que mezclar el placer con los negocios?

Había hecho una tontería.

Hermioneera atractiva, ¿y qué? Conocía a muchas mujeres atractivas.

¿Acaso no había dejado a una en Hawái? De hecho, Giselle era más guapa que Hermione.

O quizás no.

Tal vez sólo estuviese más interesada en complacerlo que Hermione.

Giselle siempre iba perfumada, peinada, maquillada. ¿Cuánto tiempo había estado con ella, dos meses? Y en todo ese tiempo jamás la había visto despeinada.

Había llegado a sospechar que se levantaba de la cama para entrar de puntillas en el baño y peinarse y maquillarse antes de que él se despertase y la viese.

Hermioneno se había molestado en hacerlo.

Esa mañana había estado despeinada, sin maquillaje. No había estado perfecta, ni muchísimo menos.

Draco agarró el volante con fuerza.

Le había parecido una mujer que había disfrutado de cada momento que había pasado en los brazos de su amante, pero si eso era cierto, ¿por qué había comentado que su problema no se había solucionado porque se hubiesen acostado juntos?

¿Acaso no podía pensar en otra cosa que no fuese su maldita tierra de Sicilia?

Probablemente, no.

Era una mujer insoportable. Testaruda y desafiante.

Draco tenía que haberse vuelto loco para haber tenido sexo con ella.

Aunque no era porque prefiriese que sus mujeres fuesen obedientes.

No era machista, sólo era un hombre que entendía que los hombres eran hombres y las mujeres, mujeres, y que siempre estaba bien demostrarles cuál era el sexo dominante.

Iba conduciendo demasiado rápido, pero ya estaba cerca de su casa y había poco tráfico. Era una de las ventajas de vivir en la Via Appia Antica, que había pocas villas y mucho espacio.

Y eso era, metafóricamente hablando, lo que él necesitaba: espacio.

Era increíble que Hermionepudiese pensar en el terreno primero y en las horas que habían pasado juntos haciendo el amor después.

Bueno, no habían hecho el amor.

Habían tenido sexo. Hermionehabía sido muy clara al respecto, y con razón. Y ésa era otra de las cosas que le gustaban de ella.

Lo de hacer el amor era una frase de mujer, una manera de transformar algo básico y sincero en algo complicado.

Los hombres hablaban de hacer el amor, pero la expresión era un eufemismo para referirse al sexo.

Eso era lo que hacían los hombres y las mujeres en la cama. Era lo que Hermioney él habían hecho. En la cama, y fuera de ella. Contra la pared, apoyados en el lavabo, en la ducha…

¿Estaba loco? ¿Por qué seguía viendo en su mente imágenes de una mujer a la que hubiese preferido no conocer?

Vio las puertas de su casa delante y redujo la velocidad. Apretó un botón y las puertas se abrieron.

El hecho era que habían tenido sexo. Y que ella le había puesto los pies en el suelo acusándolo de haberlo planeado todo.

Pero lo cierto era que la había deseado, aunque no hubiese querido admitirlo, y que cuando Hermionele había abierto la puerta de su habitación, tan guapa a pesar de no ir maquillada, ni peinada; delicada y fuerte al mismo tiempo… Aunque Draco no entendía que una mujer pudiese parecerle fuerte y frágil a la vez.

Pero así era Hermione.

Era una mujer demasiado complicada para él, pero, aun sabiéndolo, la había deseado.

Y ella a él con la misma intensidad, con la misma pasión, a pesar de que se suponía que era su enemigo.

La actitud de Hermionecon respecto al sexo era sincera y abierta. Y a Draco también le gustaba eso de ella. Además, era ridículo culparla por haber dicho lo que cualquier hombre habría pensado.

Pero sólo los hombres pensaban así. O, al menos, lo expresaban de manera tan directa.

¿Qué estaba pasando?

¿Estaba enfadado porque Hermione granger era una mujer preciosa que hablaba como un hombre? Era la primera vez que se topaba con una mujer así.

¿Lo hacía sentirse incómodo?

¿O había algo más?

¿No sería que, en el fondo, Draco quería saber si era así también con otros hombres?

Aunque le diese igual…

Golpeó el volante con ambas manos.

Aquello no tenía lógica. No podía tenerla. Había cometido un error, punto final.

Jamás tendría que haber permitido que la discusión con Cesare granger llegase tan lejos. Tenía que haber hecho caso omiso de su última carta. Así, no habría tenido que reunirse con su representante.

Pero lo había hecho y para rematar, se había acostado con Hermione.

Estaba harto de tantas tonterías. Se trataba de un gánster que llevaba toda la vida robando a los demás y que pensaba que podía seguir haciéndolo. Y de una mujer que podía ver el sexo como una herramienta de negociación…

Draco frunció el ceño.

Se preguntó si Hermionehabría pensado realmente que conseguiría la tierra a cambio de una noche de sexo para el recuerdo.

«Espera», le dijo una vocecita interior, «ella no ha sugerido eso en ningún momento. Has sido tú, tonto. Recuerda que le has dicho que hacía el trabajo sucio de su padre en la cama».

Un desastre. Era todo un desastre.

Draco salió del coche y cerró la puerta de un golpe.

¿Qué más daba quién hubiese dicho qué? Estaba harto de los granger , del padre y de la hija.

Y esa tarde iba a librarse de ambos.

Hermionehabía llevado pocas cosas a Roma.

Dos trajes de chaqueta. Cuatro blusas de seda blancas. Tres pares de zapatos de tacón, que aquel imbécil había dicho que eran ridículos.

–Se tenía que haber pasado cuatro meses casi sin comer para comprarse un par –murmuró Hermionemientras revisaba la ropa que había llevado.

O mejor, tenía que haber intentado andar con ellos.

No pudo evitar imaginarse a Draco intentando meter los pies en sus tacones, y se habría echado a reír si hubiese estado de buen humor, pero no lo estaba. Ni siquiera le hacía sonreír pensar en la historia de la Cenicienta al revés.

Además, el príncipe Malfoy no era ningún príncipe azul.

Era un idiota aristócrata y autocrático.

¿Cómo era posible que se hubiese sentido insultado cuando le había dicho la verdad?

Tal vez fuese ése el problema. Tal vez lo cierto fuese que él se había imaginado que era tan bueno en la cama que había conseguido hacerla olvidar qué había ido a hacer a Roma.

Hermionepuso los ojos en blanco mientras seguía buscando entre la ropa.

Pues estaba equivocado. No era una tonta ni le iba a entregar el corazón sólo por haberse acostado con él.

Bueno, no se había acostado con él, habían tenido sexo. Para los hombres siempre era eso, lo mismo que para las mujeres con cabeza.

Una de las cosas que a Hermionemás le gustaban del Derecho era que tenía siempre las palabras adecuadas para describir lo que necesitase describir.

El sexo era así.

¿Por qué fingir? ¿Por qué hablar de acostarse o, todavía peor, de amor? ¿Por qué fingir que el corazón tenía algo que ver con un acto estrictamente biológico?

Y con respecto a su comentario de que una noche de sexo no iba a cambiar las cosas… Tal vez al príncipe no le hubiese gustado oír la verdad, pero no habría sido la primera que utilizase el sexo para negociar. Su vida profesional estaba llena de ejemplos. De mujeres de mirada triste que seguían con sus maridos a pesar de que éstos les pegaban para poder tener un techo. De impresionantes modelos casadas con viejos grotescos para poder tener dinero y joyas.

Hermioneapretó los labios.

También había otro tipo de intercambios. Como el caso de su madre.

Sofia granger seguía con su marido, que era un gánster, para no tener que pasar por la vergüenza que representaba el divorcio para una mujer siciliana conservadora. ¿Qué otra explicación podía haber?

Hermionepuso los brazos en jarras y se sopló un rizo de la frente.

Ella no era así.

Ella no necesitaba un hombre para tener una casa, ropa y comida. No quería joyas ni nada que no pudiese comprar con su propio dinero. Y estaba segura de que sería capaz de divorciarse de un cretino que se lo mereciese, aunque jamás tendría que hacerlo.

Porque no tenía pensado casarse.

Le gustaban los hombres, pasar tiempo con ellos, tener sexo de vez en cuando, pero de manera clara. Sin compromisos. Sin mentiras.

El amor era una ilusión. El sexo era sexo, pero ¿qué tenía todo eso que ver con lo que había ocurrido allí un rato antes?

Ella sólo había dicho la verdad, ¿cómo era posible que Draco hubiese conseguido que sonase… barato? No lo era. Había sido un comentario sincero.

Qué pena que al príncipe no le gustase la sinceridad.

Y Hermioneno iba a olvidar que la había acusado de haberse acostado con él para hacerle cambiar de idea acerca del terreno…

Eso le había dolido. Porque hacer el amor con él…

No. Tener sexo con él había sido, había sido…

–Maldita sea –dijo con voz temblorosa.

No merecía la pena mirar atrás.

Era el momento de mirar al frente.

¿Dónde estaban los vaqueros, la camiseta y las zapatillas de deporte que había metido en la maleta? Siempre metía algo así por si surgía algún contratiempo.

En esa ocasión había metido una camiseta que le había regalado Isabella en su último cumpleaños, era de color gris y en la parte delantera tenía escrita la frase: Las mujeres necesitan a los hombres como un pez necesita una bicicleta.

Más cierto, imposible.

Hermionese quitó el albornoz, se puso un sujetador y unas braguitas, los vaqueros y la camiseta.

Los vaqueros eran de talle bajo y la camiseta le quedaba un poco corta.

Se miró al espejo. Se le veía el ombligo. Tal vez se hiciese un piercing cuando volviese a casa.

Qué pena no habérselo hecho ya. Habría estado perfecta para ir con Draco a su elegante despacho porque, sin duda, allí era a donde iba a llevarla.

¿Pensaría que iba a intimidarla con un escenario tan formal?

Pues se equivocaba.

Hermionetodavía no había terminado de pelear. Allí en Italia también había tribunales, y Cesare tenía el dinero necesario para pagar traductores y abogados.

Además, tal y como ya le había advertido a Draco, siempre podían recurrir a la voraz prensa. Era cierto que su padre tampoco querría publicidad, pero ¿a quién le importaba lo que quisiera Cesare? Él la había enviado allí.

Hermionetomó su bolso.

No volvería a casa al día siguiente. Se quedaría en Roma el tiempo necesario para recuperar la tierra de su madre.

Todavía no sabía cómo iba a conseguirlo, pero lo haría.

En lo que a ella respectaba, el príncipe Draco Marcellus Malfoy podía irse al infierno.