DRACO vio a Hermioneen cuanto tomó la curva que daba al hotel y se dio cuenta de que había seguido su consejo.
No iba vestida de traje ni con tacones. Llevaba vaqueros, zapatillas de deporte y una camiseta.
¿Qué ponía en la camiseta? Entrecerró los ojos, leyó el mensaje… y supo que tenía un día muy largo por delante.
Al menos, parecía una mujer normal. Bueno, eso era mentira.
No había nada de normal en ella. Era Hermione, tenía la espalda recta, la barbilla levantada y los rizos a punto de escapar de lo que hubiese utilizado para sujetárselos.
¿Qué era lo que había pensado de ella? Delicada pero fuerte… ¿Y qué?
Quería perderla de vista.
Pero por algún motivo, el mensaje de su camiseta hacía que le entrasen ganas de meterla en el coche y besarla hasta que le rogase que le hiciese el amor. Salvo que no era amor, sino, tal y como ella misma había dicho, sólo sexo.
Sonrió al verla acercarse al coche con paso decidido y observar que hacía un gesto brusco al portero para que no se molestase en intentar abrirle la puerta del coche.
–¿Qué es lo que te parece tan divertido? –inquirió Hermione.
Draco frunció el ceño.
–Nada en ti me parece divertido, granger –le contestó, inclinándose para abrirle la puerta–. Entra.
–Quizás no hayas entendido mi mensaje. No necesito que me abras las puertas. Soy capaz de hacer las cosas sola –le respondió ella con frialdad.
Draco entrecerró los ojos. Aquella mujer necesitaba un par de lecciones de modales y él le iba a dar alguna mientras tuviese que soportarla.
–Perdóname –le dijo, también en tono frío–. Por un momento se me había olvidado lo que piensas de la buena educación.
Ella se ruborizó y a Draco le gustó.
–Con respecto al portero, sólo intentaba hacer su trabajo.
–Un trabajo innecesario.
–Pero un trabajo –le dijo Draco–. Algo necesario para tener comida que llevarse a la boca, aunque no creo que tú hayas tenido que preocuparte nunca por eso.
Hermionese sonrojó todavía más.
Draco tenía razón, aunque Hermioneno entendía qué sabría un príncipe de tener que ganarse el pan.
Ella sí sabía lo que era preocuparse por el dinero. Sabía lo que era rechazar la ayuda económica de su padre para estudiar en la universidad, sabía lo que era mentir a sus hermanos y decirles que no necesitaba dinero para la matrícula…
–¿Vas a subir al coche o no? Decídete, consigliere. No estoy de humor para juegos.
Hermionedeseó darle con la puerta en las arrogantes narices, pero, hablando de trabajos, ella tenía que hacer el suyo, e iba a hacerlo.
Así que agachó la cabeza y se sentó, cuando vio que el portero se acercaba a cerrarle la puerta, ella le sonrió con dulzura y le dijo:
–Grazie.
Luego se giró hacia Draco y dejó de sonreír.
–Seguro que tú sí que sabes lo que es preocuparse por tener qué comer –añadió.
Él pensó en los años que había pasado haciendo una sola comida al día para poder pagarse la universidad, pero no se lo había contado nunca a nadie y no iba a empezar con Hermione granger .
De hecho, le dio una propina al portero y luego pisó el acelerador.
–Por supuesto que no –le dijo mientras tomaba la curva–. Es muy fácil encontrar trufas y caviar.
Hermionelo fulminó con la mirada.
Estaba de muy mal humor y la culpa era toda suya.
Despreciaba a Draco Malfoy, pero se había acostado con él. Era una mujer moderna, sí, pero también era selectiva. No se acostaba con hombres a los que despreciaba.
¿Qué hacía sentada en aquel coche, como una obediente esclava? ¿Por qué estaba permitiendo que la llevase a algún sitio, sin saber adónde? ¿Por qué no se había puesto un traje y tacones?
Y, sobre todo, ¿por qué se había acostado con él?
«Porque querías hacerlo», le contestó una voz interior. «Porque es guapo y sexy, divertido e inteligente. También es arrogante, y te gusta su arrogancia. Porque te encanta que te lleven la contraria y, sobre todo, porque te encanta que te abrace y cambie tus ideas acerca de lo que es estar con un hombre…».
–… cambia todo lo que pensabas que sabías al respecto –dijo Draco.
Hermionese giró hacia él, horrorizada.
–No pretendía decir…
Él arqueó las cejas.
Y Hermionese dio cuenta de que, en realidad, no había pensado en voz alta, todavía no estaba tan loca.
–Da igual –balbució–. Sólo estaba… pensando… Draco frunció el ceño.
«¿Pensando el qué?», se preguntó.
Se le había nublado la vista y tenía las mejillas sonrosadas. A Draco le recordó a los momentos de pasión que había tenido con ella.
Se maldijo.
–Pues deja de pensar e intenta prestar atención –le ordenó–. Sé que es difícil, pero intenta mantener la mente abierta, ¿de acuerdo?
–¿Acerca de qué?
–De mi terreno de Sicilia.
–El terreno de los granger .
Draco resopló. ¿Cómo se le había podido olvidar, ni por un instante, que aquélla era Hermione granger , la consigliere de su padre? Todo lo demás era sólo una ilusión.
Guardaron silencio durante unos segundos. Luego, Hermionese giró hacia él con el ceño fruncido.
–No vamos a tu despacho.
–No –le confirmó él.
–¿Adónde vamos?
–A un lugar donde podamos arreglar esta idiotez.
–Si crees que voy a permitir que me lleves a algún sitio para intentar seducirme…
–¿Te ha dicho alguien alguna vez que tienes una opinión exagerada de ti misma como trofeo sexual?
–¡Eres un ser humano horrible! –dijo ella entre dientes.
Draco se echó a reír y eso la enfadó todavía más.
Draco la vio fulminándolo con la mirada, con los labios apretados, enfadada. Y se preguntó qué haría si detenía el coche, la tomaba entre sus brazos y la besaba hasta que separase los labios.
Pero no iba a hacerlo. No volvería a besarla ni a tocarla. Ya no le interesaba.
–Y no voy a permitir que sigas conduciendo hasta que me digas adónde…
–A Sicilia.
Y tal y como Draco había esperado, la expresión de enfado se convirtió en expresión de sorpresa.
–¿A Sicilia? ¿Tú y yo vamos a ir a…?
–Eso es. Tú y yo, y un piloto.
Entonces, Hermionevio la señal del Aeroporto Ciampino.
–¡No! –exclamó sin pensarlo.
–De hecho, llegamos tarde –dijo Draco pisando el acelerador–. Quiero despegar antes de…
–Escúchame, Draco. No voy a ir en avión a ninguna parte contigo.
–No vamos a ninguna parte, consigliere, vamos a Sicilia.
–¡Déjate de juegos de palabras! Y deja de llamarme consigliere.
–Eso es lo que eres, ¿no?
–No soy la asesora de mi padre, ni siquiera soy su abogada. Soy su hija y no voy a permitir que me lleves a Sicilia.
–Vaya –respondió él en tono sarcástico–. ¡Tanta información en una sola frase! Estoy impresionado.
–Maldito seas, Malfoy…
Hermionegritó al ver que daba un volantazo y detenía el coche.
–Francamente –le dijo Draco–, me da igual lo que seas. Has venido a Italia a hacer un trabajo para tu viejo. Me has amenazado. Has…
–¿Que te he amenazado? –dijo ella riéndose–. ¿Qué piensas, que llevo una pistola? ¿Que te la voy a poner en la cabeza y…?
Draco se movió con rapidez. Con demasiada rapidez para protestar. En un segundo la tenía en sus brazos.
–Te conozco muy bien –le dijo en voz baja, llevando una mano a su pecho–. Así que no creas que vas a poder amenazarme físicamente. Aunque ya eres una amenaza para mí, Hermione. Cuando te tengo en mis brazos, cuando me miras como me estás mirando ahora, Dio, no puedo pensar con claridad.
–No sé a qué te refieres. Y será mejor que me sueltes, Malfoy. Suéltame o…
Draco la agarró por la parte de atrás de la cabeza y la besó. Hermionese puso tensa, intentó apartarse… y luego gimió, lo abrazó por el cuello y le chupó la lengua.
Fue un beso largo y profundo; que la dejó tocada. Cuando Draco se apartó por fin, estaba temblando.
–Esto es una locura –susurró Hermione–. No podemos…
–Sí –la contradijo Draco–, sí que podemos.
–Tan pronto somos enemigos, como…
Él volvió a besarla, en esa ocasión con ternura. Y ella deseó derretirse entre sus brazos y quedarse allí para siempre.
La idea era desconcertante. Entonces, él se apartó y dejó que apoyase la cabeza en su pecho.
–Por favor –le dijo ella con voz casi inaudible–. Por favor, Draco. No.
Draco la abrazó con fuerza y le acarició el pelo con una mano.
Era un hombre con una considerable experiencia con las mujeres. Había estado con muchas, todas deseosas por complacerlo. Y sabía que, en ocasiones, las mujeres decían que no cuando querían todo lo contrario.
También sabía que Hermionelo deseaba.
Podía oírlo en su voz, sentirlo en su manera de temblar entre sus brazos, en la forma en la que permanecía apretada a él. Un embriagador beso más. Otra caricia y susurraría su nombre, levantaría los labios hacia él y lo besaría apasionadamente.
Pero Draco no la besó ni la tocó. En vez de eso, siguió abrazándola, con los ojos cerrados y el rostro hundido en su pelo. Tardó mucho en levantar la cabeza.
–Hermione.
Ella suspiró. Se sentó recta y lo miró a los ojos.
A Draco le dio un vuelco el corazón.
Delicada y fuerte, su Hermione. Su bellísima Hermione.
–Hermione–repitió él, acariciándole el pelo–. Nos está pasando algo, bellissima.
Ella negó con la cabeza.
–Nos sentimos atraídos el uno por el otro –le dijo enseguida–. ¿Por qué te parece tan raro?
Tenía razón. No había nada de raro en que un hombre y una mujer se deseasen. Entonces, ¿por qué Draco se enfadó al oír aquello?
Se puso recto y volvió a arrancar el coche.
–Ambos queremos más de lo que pasó anoche –le dijo con brusquedad–. No te molestes en negármelo, Hermione. Sabes que es cierto.
Ella se arregló la coleta y puso las manos sobre su regazo.
Se preguntó por qué le temblaban.
–Da igual –le dijo–. Lo que importa es la tierra.
–Exacto. Por eso vamos a Sicilia. Vamos a arreglar esto de una vez por todas. Y luego…
–Luego –dijo Hermionecon firmeza– , me marcharé a casa.
El avión era un pequeño jet privado, con un interior lujoso. Draco le dio la mano al piloto y le presentó a Hermionecon la educación de alguien que hacía negocios con otra persona por primera vez.
Y ella pensó que no debía de ser su avión.
–Es alquilado –le dijo Draco, como si le hubiese leído el pensamiento–. El mío viene de camino desde Hawái.
Roma. Hawái. Sicilia. Y en los documentos de su padre, Hermionecreía haber leído también algo relativo a San Francisco.
El príncipe conocía el mundo entero.
Y a las mujeres. Por eso se sentía ella tan confundida. No por él. O sí, pero no porque la hiciese sentirse especial. Estaba confundida porque era tan educado, tan sofisticado, tan tranquilo… Había conocido a muchos hombres así, pero a ninguno como Draco.
Pero estaba en Italia por negocios, y aquel viaje a Sicilia no iba a cambiar eso.
En un par de horas habría visto lo que Draco quería enseñarle y, después, Roma, Sicilia y el príncipe Draco Malfoy pasarían a la historia.
Estaba equivocada. Muy equivocada.
El vuelo duró poco más de una hora y un coche de alquiler estaba esperándolos en Catania para ir hasta Taormina. Era un todoterreno y Hermioneno tardó en entender por qué.
Por las carreteras, ni más ni menos.
Taormina era un destino turístico, al menos le había dado tiempo a averiguar eso antes de salir hacia Roma. Y, a juzgar por lo que había visto ya, era un lugar precioso de calles empedradas, amplias avenidas, con el azul increíble del mar y, por supuesto, unas impresionantes vistas del monte Etna.
Dejaron atrás la ciudad y la carretera se fue estrechando cada vez más. Ascendió por pendientes rocosas, subió montañas.
–Pensé que el terreno de los granger estaba en Taormina –comentó Hermionemientras se agarraba al asiento.
Draco la miró.
–Mi terreno, quieres decir.
Ella puso los ojos en blanco.
–¿Te importaría responder a mi pregunta? ¿Está en Taormina o no?
–Claro. Más o menos. Aquí, las fronteras no están tan bien delimitadas como en Roma. O Manhattan.
–¿No deberíamos haber parado en el ayuntamiento? ¿O donde tengan los registros inmobiliarios?
–Mis abogados enviaron copias de todo a tu padre hace semanas. ¿No las has leído?
–Sí –respondió ella entre dientes–. Y nada de lo que he leído me ha hecho cambiar de opinión.
Sólo quería decir que sería útil tener ahora mismo la escritura.
Draco asintió.
–Le envié fotos a tu viejo. ¿Te las pasó?
Hermioneno recordaba ese tipo de material.
–¿Qué clase de fotos?
Draco levantó la mano del volante y se la tendió.
–¿Qué ves?
Ella se preguntó qué veía.
Una mano fuerte y masculina. Con la piel morena, dedos largos. No pudo evitar recordar cómo la habían acariciado.
–¿Qué ves? –insistió Draco.
Hermioneapartó la vista.
–Una mano. ¿Debo felicitarte por tener manos en vez de tentáculos?
Él se echó a reír.
–Qué graciosa.
–Gracias.
–Mira otra vez.
–Mira, Malfoy, tal vez a ti te parezca divertido, pero…
Él le puso la mano en el muslo y Hermionetragó saliva. Tenía la mano caliente. Muy caliente.
–¿Ves este anillo?
Hermionebajó la vista y lo vio. Era un anillo antiguo, de oro, y tenía un…
–¿Es un escudo de armas? –preguntó–. No te lo había visto antes.
Él apartó la mano y tomó una curva muy pronunciada. Hermionetuvo la sensación de que se iban a caer al mar.
–No me lo pongo nunca –le contestó Draco–. No me gustan las joyas. Además, es irreemplazable.
–¿Irreemplazable?
–Es el único que queda desde hace mil años.
–Mil…
–Sí.
–¿Y el escudo de armas? –le preguntó Hermione.
Draco se aclaró la garganta.
–Es el escudo de la familia Malfoy.
–No entiendo. ¿Qué tiene que ver con…?
Él frenó bruscamente y el todoterreno se detuvo.
–Mira –dijo.
A Hermionele costó apartar la vista de Draco, pero por fin lo hizo.
Y contuvo la respiración.
Tenía delante un castillo. O los restos de un castillo. Una torre. Enormes piedras. Viejos muros de piedra. Las ruinas contrastaban con el cielo azul.
Draco abrió su puerta y bajó. Hermionelo imitó. Él le tendió la mano, ella dudó. La tomó y anduvieron despacio por el claro.
–Mira el muro –le dijo él–. ¿Ves lo que hay labrado en él? Justo encima de las escaleras…
Hermionemiró. Contuvo la respiración.
–El escudo. Draco asintió.
–Los hechos, por así decirlo, valen más que un trozo de papel, aunque también tengo papeles.
Un halcón chilló por encima de ellos.
–Esto fue en el pasado un gran castillo –le contó Draco–. Uno de mis antepasados lo construyó. No se parecía a mi padre, ni al padre de mi padre, que deshonraron el apellido de nuestra familia. Era un hombre respetado, ¿lo entiendes? Se preocupaba por su gente, la defendía contra los ladrones y los bárbaros. Hasta que terminaron invadiéndolo. Al final perdieron el castillo y las tierras. Y, después de eso, ¿quién sabe? Tal vez un príncipe de la familia Malfoy echó raíces en Roma. Tal vez se olvidó de que este lugar existía. Tal vez quiso olvidarlo. Yo no sabía nada del castillo, de la tierra ni de la conexión de los Malfoy con Sicilia hasta hace más o menos un año.
–¿Y cómo te enteraste?
–Estaba en Palermo por negocios. Después de varios días, sentí la necesidad de huir un par de horas. Así que alquilé un coche, salí a dar una vuelta con él…
–Y terminaste aquí.
Draco asintió.
–Fue una casualidad, pero al tomar la última curva y ver estas ruinas… no sé cómo decirlo. El lugar me resultó familiar. Tal vez sea una locura, pero salí del coche, subí estos escalones…
Hermionepasó los dedos por la piedra labrada. Luego, apoyó la mano en el brazo de Draco, que era duro como el acero.
–No –le dijo–, no es ninguna locura.
Y sonrió cuando él apartó la vista de las magníficas ruinas para mirarla.
–Subiste las escaleras y viste el escudo de armas de los Malfoy –añadió Hermione.
Draco asintió.
–Sí –dijo, como si no tuviese importancia, pero la seriedad de sus ojos decía lo contrario–. No sé si puedes entender lo que significó descubrir que llevo la sangre de personas valientes y buenas en mis venas.
A Hermionele entraron ganas de echarse a reír. O a llorar.
–Lo entiendo demasiado bien –le respondió–. Y ahora, quieres restaurar el castillo.
Él apretó la mandíbula.
–Sí. Y eso, bellissima, que el arquitecto y el constructor me han asegurado que es una locura.
¿Era aquél realmente el príncipe Draco Malfoy? ¿De verdad tenía corazón?
Aunque Hermioneno quería que fuese suyo. Eso no era lógico, no era racional…
–Sé que para ti es importante tener éxito, Hermione. Conseguir el terreno de tu familia, quiero decir, pero…
Al diablo con la razón.
Hermionelo agarró por la camisa, se puso de puntillas y lo besó.
QUE DAN 3 CAPITULOS PARA EL FINAL :d
