¡Hola a todos de nuevo! Antes de empezar, voy a recapitular un poco: Hermione ha despertado en una habitación atada y no recuerda lo que le ha sucedido, mientras tanto, por las noticias muggles aparece que ha tenido un accidente y se la cree muerta. Por otra parte, Lucius le ha dicho a Draco que su madre está muerta y que tiene un trabajo para él. Después discute con Pansy y rompe con ella.

Y sin más dilación, ¡os dejo con el capítulo!

2. Sendero del descanso, número 27

—Nada, aún no la han encontrado—dijo Harry con abatimiento al llegar a casa, sentándose junto con Ginny y Jeremy en el salón.

El chico había pasado allí la noche, pues ni Harry ni Ginny habían querido dejarlo volver a su casa solo, sin ella. Habían estado en vela durante casi toda la noche, soltando algún que otro sollozo de vez en cuando. Jeremy había acabado quedándose dormido del agotamiento, aunque hubiera preferido no volver a despertarse. Desde que se había levantado aquella mañana, no había dado ninguna muestra de actividad. Se había limitado a continuar sentado en el sofá verde botella de la familia Black, cabizbajo y silencioso, sin mirar a nadie. Ni siquiera había desayunado, por más que Ginny hubiera intentado hacerle comer un par de tostadas con margarina y una taza de té. Ya no quería nada de esa vida, sólo quería permanecer sentado en aquel sofá, esperando la muerte.

Alrededor de las 11 de la mañana recibieron la visita de Molly y Arthur Weasley. La mujer lloraba desconsoladamente, sujetando un pañuelo con el que se sonaba la roja nariz repetidamente, y tenía unos grandísimos surcos acompañados de unas profundas ojeras alrededor de los ojos. El señor Weasley, a pesar de su aspecto sereno, estaba totalmente pálido y con el rostro totalmente desencajado.

—Ya nos hemos enterado de la horrible noticia, Ron ha venido hace un rato a comunicárnoslo—explicó Arthur, con voz trémula, mientras se acercaba a Jeremy—. ¿Estás bien? —le preguntó, aunque la respuesta era obvia. El chico no contestó, ni siquiera fue capaz de mirar a quien le hablaba. El resto del mundo era ajeno a él—. Molly y yo vamos a ir a ver a los señores Granger, necesitan apoyo, hemos venido porque quizá querríais venir con nosotros.

Harry y Ginny asintieron y levantaron a Jeremy del sofá entre los dos, tomaron sus abrigos y en silencio siguieron a los Weasley. Puesto que los Granger eran muggles y vivían en un barrio muggle, fueron hasta su casa en un coche que había conseguido el señor Weasley.

—Papá, ¿Ron no viene? —preguntó Ginny.

—Ha preferido quedarse en casa, dice que no tiene ganas de ver a nadie—explicó el señor Weasley, poniendo mucha atención al tráfico.

Durante los veinte minutos que duró el trayecto, ninguno dijo nada más. La felicidad no tenía cabida dentro de ese coche. Jeremy estuvo mirando fijamente por la ventanilla desde que salieron de Grimmauld Place hasta que llegaron a casa de los Granger, inmerso en sus pensamientos, tratando de ahogarse en su tristeza. Estacionaron el coche en una ancha calle de un barrio residencial, en frente de una acogedora casita de piedra. Cruzaron la verja del jardín y tocaron a la puerta. Un hombre de estatura mediana, con entradas, pelo negro y ojos oscuros fue quien les abrió. Estaba pálido y, al igual que ellos, tenía un semblante entristecido y ojeroso. Se trataba de John Granger, el padre de Hermione.

—Buenos días, usted debe ser el señor Granger—aventuró Harry—. Éramos amigos de Hermione, ¿podemos pasar?

El señor Granger se apartó para dejarlos pasar y los condujo hacia el salón, dónde estaba Jean Granger, su mujer, con la misma expresión que él en el rostro. La estancia era muy acogedora y cálida, no estaba excesivamente decorada pero tenía su toque humilde, algo que la hacía especial. La señora Granger se encontraba junto a la ventana, mirando al exterior con un atisbo de esperanza en sus ojos, como si esperara ver a Hermione de un momento a otro. El señor Granger indicó a sus invitados que tomaran asiento y se acercó a su mujer para apartarla tiernamente de la ventana y echar las cortinas.

—Vamos, querida, sabes que no sirve de nada—dijo con dulzura, guiándola hacia un sillón con un estampado de flores—. Pensábamos que erais la policía, dijeron que pasarían a tomar declaraciones—explicó a los presentes, al momento, sonó el timbre. — Oh, deben ser ellos.

El señor Granger abrió la puerta casi con desesperación y dejó pasar a un hombre alto y robusto y a una mujer joven y menuda. Era la policía, tal y como había previsto.

—Tomen asiento, por favor—indicó John, acercándoles una silla a cada uno. Pero los policías no se sentaron. La mujer permaneció apoyada en el marco de la puerta del salón y el chico echó un vistazo a la estancia.

—Vaya, no esperaba tanta gente, ¿por casualidad se encuentra aquí Jeremy Meyer? Hemos ido a su casa primero pero no estaba allí—. El aludido levantó la cabeza y miró al agente con aire desvaído—Si no le importa, quisiéramos que fuera el primero en tomar declaración, ¿me indica dónde podríamos estar en privado, señor Granger?

—Sí, por supuesto, acompáñenme — pidió John amablemente. Los dos agentes y Jeremy pasaron delante de él, los condujo hacia la cocina y les ofreció asiento.

—Muchas gracias, perdone que no nos hayamos presentado. Yo soy el agente Stinson y ella es la agente Smith. ¿Sería tan amable de prepararnos algo de café? Llevamos toda la noche en el lugar del accidente, como imaginará estamos algo cansados.

—Sí, claro

Tanto la policía como Jeremy permanecieron en silencio mientras el señor Granger preparaba el café. El agente Stinson se sentó en frente de Jeremy, el cual permanecía cabizbajo, pero tranquilo. La chica estaba de pie, al lado de su compañero, sosteniendo una libreta y un bolígrafo para tomar las declaraciones. Una vez hecho el café, el señor Granger ofreció dos grandes tazas a los agentes y se marchó de la habitación cerrando la puerta tras de sí.

—Si le parece, podemos empezar — anunció Stinson después de darle un gran sorbo a su taza. Jeremy lo miró levemente y asintió —. Responda claramente a las preguntas y le recuerdo que esto no es un interrogatorio, por lo que no tiene por qué responder a todo si no lo desea. Sin embargo, agradeceríamos que nos diera toda la información posible, ¿de acuerdo?

—De acuerdo—musitó Jeremy.

—Entonces empecemos. ¿Cuándo fue la última vez que vio a la señorita Granger?

—Ayer por la mañana, se marcha a trabajar sobre las 8 y no vuelve hasta tarde, al anochecer.

—¿En qué trabaja? — preguntó el agente.

—Pues… ¿me creería si le dijera que no lo sé exactamente? —dijo Jeremy con desconcierto.

—Es un poco difícil de creer, la verdad, pero necesitamos saberlo.

—Es una especie de periodista de investigación, pero… más secreto y peligroso, no sé si me entiende. Sobre el trabajo nunca me suele contar nada y yo no insisto demasiado, respeto su decisión.

—Entiendo. Y dígame, ¿habíais discutido últimamente?

—No, no solemos discutir, de hecho…—Jeremy tragó saliva, se le empezaba a hacer dificultoso contestar a las preguntas—íbamos a casarnos, nos habíamos comprometido hacía unos días. Y aunque hubiéramos discutido, no es propio de ella irse sin avisar, siempre que se retrasa me llama para que no me preocupe.

—¿Me puede decir dónde se encontraba usted ayer entre las ocho de la tarde y la medianoche?

—Estaba en casa, esperándola, tenía la cena lista para cuando volviera—contestó con un nudo en el pecho, recordando lo nervioso que había estado esperándola y lo mucho que le dolió decidir acostarse sin que ella hubiera vuelto. Y lo mal que había pasado la noche, atento a cualquier sonido que pudiera ser ella abriendo la puerta de la calle.

—¿Puede alguien confirmarlo? —inquirió Stinson con desconfianza.

—Por desgracia no, estuve solo toda la tarde.

— Entiendo… ¿y por casualidad no…? — pero no pudo formular la pregunta porque le sonó el móvil justo en ese instante —. Disculpe, en seguida estoy con usted — se justificó antes de responder a la llamada —. Ajá. Sí. ¿De verdad? Vale, vamos para allá. Lo siento, pero debemos irnos, acompáñenos al salón, por favor.

Jeremy suspiró aliviado y siguió a los agentes. Le había dado la impresión de que trataban de inculparlo de algo, ¿pero de qué? Si él nunca le haría daño, ni siquiera un pequeño empujón, la quería demasiado como para dañarla, era totalmente incapaz. Y ella era tan buena con él…

—Acaban de informarnos de que han llegado al lugar del accidente los del laboratorio, así que nos tenemos que marchar, volveremos en cuanto tengamos noticias, buenos días—anunció el agente Stinson asomándose al salón, donde estaba el resto de seres queridos de Hermione.

Y dicho esto, el señor Granger acompañó a la pareja de policías a la puerta y se marcharon. Se quedó unos segundos mirando cómo se subían al coche, arrancaban y finalmente desaparecían al final de la calle. Suspiró y se quedó pensativo, ¿habrían encontrado algo? ¿Tendrían más información de la que parecía? Lo único que les habían dicho a él y a su mujer el día anterior era que su hija había tenido un accidente brutal con el coche, pero en los rostros de los agentes había algo que les hacía pensar que no les estaban contando toda la verdad. Tan pronto como salió de sus pensamientos se dirigió al salón con los demás, sin decir ninguno de ellos absolutamente nada. Las palabras sobraban, sin embargo era agradable tener compañía.


Mansión Malfoy, doce y cuarto de la mañana. Lucius Malfoy miraba por la ventana del hall ansioso, ¿dónde se habría metido su hijo? A pesar de que el funeral no comenzaría hasta las doce y media, esperaba que su hijo tuviera la decencia de presentarse antes.

Ya estoy aquí—musitó una voz ronca detrás suya.

Era Draco, ¿cuándo había llegado? Es más, ¿qué demonios le había pasado? La respuesta parecía obvia, ya que su hijo se tambaleaba levemente, estaba más pálido de lo normal y tenía unas notables ojeras en los ojos. Y ese olor a whisky barato…

—¿Qué formas son estas de llegar? —preguntó Lucius bruscamente.

—¿Dónde está?

—¿Dónde está quién? —dijo Lucius desorientado.

—Mamá, dónde está su ataúd, no pienso quedarme aquí, sólo he venido a despedirme de ella y a ver qué es ese plan tan secreto que tienes para mí—explicó con sorna.

—Ahora no, tiene que ser después del funeral, debes quedarte a recibir las condolencias de los invitados.

—¿Es que no me has oído? —Preguntó Draco amenazante—Quiero verla y después de que me cuentes qué es eso tan importante me largaré.

—Está bien—concedió Lucius —, te llevaré a dónde está, pero no te marcharás hasta que el funeral acabe.

Draco asintió sin ganas de discutir y siguió a su padre por el hall hasta el salón, allí subieron por las escaleras y giraron a la derecha, hasta llegar a la habitación de invitados. Cuando Lucius abrió la puerta, Draco trató de entrar a la estancia, pero su padre lo detuvo, indicándole con un gesto y una fría mirada que lo viera desde lejos. Sintió ganas de propinarle un puñetazo, correr hacia el ataúd y abrazar el rígido cuerpo de su madre, pero se contuvo. Asomó la cabeza por la puerta y lo vio: un ataúd de roble totalmente cerrado. ¿Y su madre? Lo que él quería era verla por última vez.

—¿Por qué está cerrado?—preguntó Draco con desconfianza.

—Está totalmente desfigurada—explicó Lucius con una mueca cínica de tristeza—no puedo consentir que la veas en ese estado.

—Me da igual cómo esté, quiero verla—dijo Draco desafiante.

—He dicho que no—sentenció Lucius cerrando la puerta de golpe—, tenemos que ir al jardín, con los demás.

"Como quieras" pensó Draco. Ya hallaría la forma de ver a su madre luego, su padre no podría impedirlo. Tanto secretismo le daba más ganas de verla, pensaba que su padre le ocultaba algo e iba a averiguar qué era costara lo que costara. Le daba igual lo desfigurada que su madre pudiera estar, si así era quería venganza, saber qué le había pasado y torturar hasta la muerte al cabronazo que le había hecho eso. Y por supuesto quería decirle adiós a ella y no a un trozo de madera perfectamente barnizado.

Al llegar al jardín lo que vio le pareció vergonzoso. Parecía más una fiesta que un funeral. Catering, mesa de buffet, adornos por todas partes y ni una sola corona de flores. ¡Qué desfachatez! ¿Qué tenía su padre en la cabeza? Y encima los invitados entablaban animadas conversaciones. Tuvo el impulso de destrozar toda la decoración, pisotear los tentempiés y gritarle a todos que se largaran. Ni siquiera había indicios de que fueran a bajar el ataúd de su madre al jardín. De pronto distinguió entre la vergonzosamente animada multitud una cabellera negra que conocía bien. Era Pansy, la cual se acercó a él en cuanto lo vio.

—Hola Draco, hola señor Malfoy — saludó—. Draco, ¿puedo hablar contigo un momento?—preguntó tímidamente, sintiendo en todo su ser la mirada fría y desaprobadora de Lucius — por favor — insistió.

—Como quieras—concedió el chico, alejándose de su padre con Pansy.

Caminaron a través del jardín hasta llegar a un pequeño estanque relativamente apartado de la multitud. Había un banco en el que la chica se sentó, Draco hizo lo mismo y esperó a que ella hablara.

—Bueno yo… —empezó a decir Pansy—hay algo que quisiera darte— enunció. Draco iba a intervenir pero la chica lo detuvo, tal vez él pensara que ella iba a besarle, pero eso no volvería a ocurrir jamás. La chica tiró de una cadenita de oro que llevaba colgada al cuello y una vez Draco pudo verla mejor, Pansy se desprendió de ella. La cadenita llevaba un pequeño colgante con forma de narciso, en el centro de la flor había una piedra preciosa color verde, muy brillante—. Hace mucho tiempo que tu madre me la regaló, me explicó que era de una tatarabuela suya, también llamada Narcissa Black y que se la regalaron el día que nació. Había pertenecido a todas las niñas de la familia Black que se llamaran Narcissa. Me hizo prometer que la guardaría bien, ya que significaba mucho para ella, pero… —tomó una de las manos del chico, la abrió, depositó en ella la cadenita y la cerró—creo que deberías tenerla tú y no yo.

Draco se quedó mirando el puño cerrado en el que la chica había depositado el colgante unos instantes, después miró a Pansy, cuyo rostro denotaba una mezcla de simpatía y ternura. No supo qué decir, con lo mal que la había tratado y aún así ella tuvo ese detalle con él.

—Gracias, Pansy—dijo solamente—, ¿te importa dejarme solo?—preguntó.

La chica asintió y volvió con el resto de invitados, preguntándose si era un sollozo lo que había oído mientras se alejaba de Draco. El chico permaneció cabizbajo en el banco, apretando fuerte el colgante contra su mano. Había significado mucho para su madre aquella joya y ahora era probablemente lo único que tenía de ella, pues no pensaba que su padre le dejaría llevarse alguna pertenencia suya. Sollozaba entrecortadamente y cuando quiso darse cuenta estaba llorando. Eso empeoró el dolor de cabeza que tenía, se había pasado toda la noche bebiendo y no alcanzaba a distinguir entre la sobriedad y la embriaguez. Respiró pausadamente y, cuando se hubo calmado, se puso la cadena en el cuello, la escondió bajo su camisa y volvió con los demás.

Apenas medió palabra alguna con ninguno de los invitados, ni siquiera con su propio padre; aquello le parecía una desfachatez. ¿Pero qué clase de funeral era aquel? Ni siquiera estaba ahí el ataúd. Pero ¿por qué? ¿Estaba su madre realmente tan desfigurada como para que resultara tan desagradable verla? Eso era algo que estaba dispuesto a averiguar cuanto antes. Su padre lo miraba intermitentemente, ¿acaso lo estaba vigilando? Seguramente sí, Lucius Malfoy era un hombre perspicaz y seguramente sabría que Draco tenía la intención de volver a la habitación de invitados en cualquier momento, así que al chico no le quedó más remedio que disimular, ir de aquí para allá sin prestar mucha atención a las personas que estaban allí hasta que por fin encontró su oportunidad.

Un viejo amigo interrumpió la activa vigilancia de Lucius para darle sus condolencias, fue el momento que Draco aprovechó para escabullirse sin que él se diera cuenta.

—Qué buen día hace, ¿no te parece?— dijo el hombre, el cual recibía el nombre de Berguer.

—No podría estar más de acuerdo— afirmó Lucius.

—¿Le has dicho ya eso al chico?—preguntó Berguer directamente.

—No, esperaré a que todos se marchen y le daré la dirección del lugar.

—Está bien, pero explícale todo cuanto antes. ¿Dónde está, por cierto?— preguntó Berguer con curiosidad.

—Está… — pero Draco ya no estaba en el jardín—Disculpa, ahora vengo.

Entró en la mansión casi corriendo, desesperado. Si Draco descubría que… ¡No! ¡Jamás! Nunca lo averiguaría. ¿Es que no podía limitarse a obedecerle como un buen hijo y ya está? Pero no, claro, él tenía que actuar por su cuenta, a expensas de lo que él quería. Cruzó el hall apresuradamente, agradeció que nadie lo acompañara. Hacía tiempo que Draco le desobedecía y eso era algo que iba a cambiar fuera como fuera. Quizá no fuera lo suficientemente bueno para los planes que él tenía… pero al menos así podría tenerlo controlado. Llegó casi sin aliento a la habitación de invitados y abrió la puerta tranquilamente, por si acaso. Suspiró con alivio cuando vio que Draco estaba simplemente sentado en frente del ataúd, rozándolo levemente con los dedos.

—¿Se puede saber qué haces aquí? —preguntó Lucius bruscamente.

—No… no he sido capaz de abrirlo si es a eso a lo que te refieres—aseguró Draco cabizbajo—. Sólo quería decirle un último adiós antes de marcharme—dijo con aflicción, levantándose.

—¿Te vas ya? Bueno, en ese caso toma—dijo Lucius tendiéndole un papel.

—¿Qué es esto? —preguntó Draco con desconfianza.

—Pone el sitio y la hora donde debes estar esta tarde, no falles—explicó Lucius, muy serio.

—De acuerdo—asintió Draco, guardándose el papel en el bolsillo, sin siquiera mirarlo. Se dirigió hacia la puerta de la habitación para abandonar la mansión, pero su padre lo cogió del brazo.

—Una última cosa, en ese sitio hay muggles, así que ni se te ocurra ir utilizando la Aparición, ¿entendido? —Advirtió y su hijo asintió con la cabeza—. Vamos, te acompañaré a la puerta.

Padre e hijo bajaron las escaleras en silencio, hasta la puerta del hall. Sin apenas mirar a su padre, Draco se marchó de la casa tranquilamente. Lucius observó a su hijo avanzar hasta la verja que daba a la calle y una vez allí, lo vio desaparecerse. Sabía que él iba a estar allí, sería cuando le explicaría en qué consistía aquel trabajo que debía desempeñar. Estaba seguro de que realizaría su misión adecuadamente, cumpliendo todas las expectativas que él tenía. También sabía que su hijo volvería a obedecerle, pues no había sido capaz de abrir el ataúd de Narcissa. Lo que no sabía es que eso era mentira, porque Draco había abierto el ataúd, apenas unos segundos antes de que él entrara… y lo había encontrado totalmente vacío.


Aquel día fue para Hermione igual de horrible que el anterior. Otra vez la habían llevado a aquella sala, la habían atado y la habían vuelto a drogar repetidamente. Solamente había pasado día y medio en aquel lugar y se sentía como si llevara años. Día y medio de drogas, golpes, humillaciones y después, vuelta a la habitación insonorizada, donde gritaba hasta que se dormía. Cuanto más pensaba en qué podía haber hecho ella para que la llevaran allí, más se frustraba. ¿Por qué? ¿Quién podía odiarla tanto? ¿Quién podría desear algo tan terrible para ella? Quizá su trabajo la había metido en apuros, pero no sabía si estaba justo en el sitio en el que quería entrar.

No recordaba casi nada o quizá le daba igual. Se acordaba de que estaba realizando una investigación muy secreta antes de acabar allí, pero nada más. Ni siquiera sabía qué era lo que había estado buscando y, por supuesto, tampoco sabía si lo había encontrado.

La única medida que había encontrado para tratar de escapar era intentar hacer magia sin querer, como hacían los niños pequeños cuando se enfadaban o deseaban mucho algo, quizá, tal y como había hecho Harry hace muchísimo tiempo con todo un ventanal, ella podría haber hecho desaparecer las cuerdas que la ataban a la cama y escapar por la ventana. Pero no, la drogaban demasiado y no la alimentaban lo suficiente como para que eso resultara efectivo. Entre grito y grito había intentado la telekinesia con las cuerdas, pero su mente estaba demasiado cansada y tampoco estaba muy segura de que los magos pudieran hacer eso.

Y todo eso sólo podía hacerlo por la noche, en la "seguridad" de "su habitación", cuando los guardias dejaban de vigilarla, ya que en la habitación donde le suministraban fármacos la conectaban a un aparato que medía su actividad cerebral. Y toda actividad cerebral que no tuviera que ver con ninguna de las drogas significaba un golpe.

—¡Deja de pensar de una vez!—le gritaban.

Como si eso fuera posible para ella.


—Sendero del descanso, número veintisiete, las cinco y media—recitó Draco leyendo el papel que le había dado Lucius—. Pues aquí me tienes, padre.

El chico se había aparecido al final de la calle, en contra de la advertencia de su padre y bajó la calle a pie, hasta detenerse frente a una verja, comprobando que se encontraba en el sitio indicado. Intentó cruzarla, pero estaba bloqueada. En el lado derecho de ésta había un telefonillo, sabía muy bien para qué servía ya que en el apartamento que Pansy y él habían comprado también los tenían. Pulsó el botón y esperó a que alguien le atendiera. Respondió una voz de mujer.

—Centro de Salud Mental Sendero del Descanso, ¿en qué puedo atenderle? —preguntó la chica.

—Verá, había quedado aquí con una persona, abra la puerta—contestó Draco hoscamente.

—¿Cómo dice? No puedo abrirle la puerta a nadie que no esté autorizado, lo siento, señor, buenas tardes—respondió la voz.

"Gilipollas" pensó Draco antes de tocar al telefonillo dos veces seguidas, con insistencia. Otra vez la voz de la mujer.

—Oiga, ya le he dicho que no puede pasar, márchese, por favor—insistió la chica.

—No me ha entendido, señorita—dijo Draco con impaciencia—, he quedado aquí con una persona, lo cual me autoriza a entrar, así que ábrame la puerta, YA.

—Disculpe, señor, pero está siendo muy maleducado. Váyase, no va a entrar aquí y menos con esas maneras, buenas tardes y adiós.

"Maldita sea" pensó Draco dándole un golpe al telefonillo. Respiró hondo tres veces y tocó de nuevo. Impaciente, insistiendo, si no le abrían al menos esperaba ser molesto, muy molesto, no se movería de allí hasta que no entrara en el edificio.

Mientras tanto, dentro del edificio, concretamente en el hall, sonaba el timbre repetidamente. La mujer que se encargaba de atenderlo cambió su mueca de molestia por una de altivez y empezó a limarse las uñas, ignorando totalmente a la persona que estaba al otro lado de la verja. De repente irrumpió en el hall un hombre alto, de pelo largo y rubio, ojos grises y fríos como el hielo, de porte elegante, cuya expresión en la cara denotaba enfado. Él era Lucius Malfoy.

—¿Se puede saber por qué no abres? —Rugió a la recepcionista, a la que se le cayó la lima al suelo del susto— Seguro que es mi hijo—supuso acercándose a la pantalla que correspondía a la cámara de seguridad que grababa la verja. Ahí estaba Draco, tocando con insistencia—. Es él— dijo, pero la chica se quedó mirándolo—. ¿A qué esperas? ¡Abre, imbécil!

—¡Sí, en seguida! —se apresuró la chica, pulsando el botón que abría la verja rápidamente.

"Estúpidos muggles" pensó Lucius dedicándole una mueca de asco a la recepcionista. En tan sólo unos instantes, su hijo estaba delante de él, observando la estancia con curiosidad. El hall era amplio, el techo y las paredes eran completamente blancas, pulcras, la puerta de entrada era de roble y la habitación no tenía ni una sola ventana. Draco veía personas en los pasillos que daban al hall, unas, que se veían alegres y joviales, llevaban camisetas y pantalones blancos; acompañaban a otras personas que parecían mustias y sin vida, caminaban como zombis, y llevaban andrajosos camisones desgastados, que posiblemente antes eran blancos, pero lucían grisáceos, sucios, harapientos. A los lados de cada pasillo había cientos de puertas de metal, todas ellas numeradas.

—Buenas tardes, hijo—dijo Lucius esbozando una sonrisa—. Acompáñame, tengo unas cuantas cosas que explicarte.

—¿Quién demonios me ha atendido al telefonillo?—preguntó Draco molesto.

—Es sólo una muggle—contestó Lucius poniendo cara de asco—. Sígueme, primero quiero presentarte a alguien.

Y padre e hijo se perdieron por el largo pasillo.


—No puede ser—decía un hombre en la oscuridad de la noche —. No puede ser —repetía casi con desesperación mientras observaba el lugar en el que se encontraba, en el cual se había producido un accidente.

Estaba allí, totalmente solo, buscando huellas, incoherencias y cualquier cosa que le demostrara que aquello no había sido un accidente. Y, después de haberse pasado toda la tarde allí, después de que la policía y otros investigadores se fueran, por fin había encontrado lo que andaba buscando. Sacó fotos, hizo numerosos cálculos, usó luz ultravioleta, aparatos de alta tecnología que pudieran analizar cualquier muestra de ADN, cualquier compuesto, cualquier prueba. Y al fin, no le quedaba ninguna duda de que, o bien había sido un asesinato, o bien la chica o alguien más había fingido su muerte. Pero ¿quién? ¿Por qué? De momento, había un informe que tenía que hacer.

—Buenas noches, ¿es usted el doctor Johnson? —preguntó una voz femenina detrás de él.

—Sí, soy yo, ¿quién es usted? —preguntó el doctor Johnson desconfiado, pues sólo veía la silueta de aquella mujer, delgada y esbelta, pero no su cara.

—Me mandan del laboratorio para ver cómo está, ¿ha descubierto algo?

—Pues no me han dado ningún aviso. ¿Quién es? ¿Con quién hablo? Déjeme verla—insistió el doctor con desconfianza.

La mujer dio varios pasos hacia él, de modo que la luz de la luna pudiera iluminarla. La muchacha tenía la piel muy clara, su cara era delgada, ojos color gris claro, muy claro, casi blancos, labios carnosos, su cabello azabache llegaba hasta la cintura, desembocando en varios tirabuzones, y su nariz era casi perfecta. Llevaba un vestido negro de manga larga, que le cubría los pies y una elegante capa —también negra— sobre los hombros. La belleza personificada, según le pareció al doctor.

—Perdone, no quise asustarlo—se disculpó la chica, con voz aterciopelada—. Mi nombre es Rose, como ya he dicho, me mandan del laboratorio—explicó. Notó como el doctor Johnson se calmaba— ¿Ha descubierto algo?

—Oh, sí, tras hacer montones de cálculos, tomar muestras aquí y allá, analizarlas y volverlas a analizar, he llegado a una conclusión — enunció el doctor, haciendo una pausa para darle dramatismo a la noticia.

—¿Y qué ha encontrado?—preguntó Rose inocentemente.

—Esto no ha sido un accidente, el ángulo en el que supuestamente salió disparada la chica no coincide, ni siquiera hay muestras de ADN en el parabrisas, por lo que nadie pudo salir despedido por él. Mire, acérquese—invitó el doctor acercándose al coche— ¿Ve que ni siquiera hay sangre? —indicó el doctor, enfocando con una linterna el enorme hueco que había en el parabrisas y rodeándolo con el dedo— también… un momento, le voy a enseñar una cosa.

El doctor se dio la vuelta y abrió la puerta del coche. La chica, a su espalda, sacó rápidamente un palo largo y delgado de una de las mangas del vestido y se lo puso al doctor Johnson en la espalda.

—No se mueva—exigió la chica.

—Por favor, no dispare—suplicó el doctor asustado, creyendo que lo apuntaban con una pistola— ¿Qué es lo que quiere, Rose?

—Que mantenga la boca cerrada, usted no ha descubierto nada esta noche. Y no me llamo Rose, mi verdadero nombre es Monika, pero eso en realidad no importa, porque usted no se lo va a contar a nadie—dijo la chica resueltamente.

—Pero tengo que hacerlo, ¡la verdad debe salir a la luz! —insistió el doctor Johnson, temblando de miedo.

—De eso nada, es más, usted hará todo lo que yo le diga, ¿entendido?

—¡Ni hablar! ¡Máteme si quiere!

—¿Matarle? ¿Usted está loco? No voy a matarle, pero si no quiere colaborar, quizá su esposa sufra un pequeño accidente… o quizá su hijo.

—¡Yo no tengo esposa! ¡Ni hijos!—chilló el doctor desesperado.

—Miente—sentenció la chica, esbozando una sonrisa macabra—. Está bien, no me queda otro remedio que…

El doctor tembló de nuevo, cerró los ojos con fuerza, apretó los labios y cerró fuerte los puños, clavando sus pequeñas uñas en las palmas de sus manos.

—… ¡Imperio!

Ahora el doctor estaba bajo su total control.


¡Y eso es todo por hoy! Espero haberlo dejado interesante y que os haya gustado el capítulo :). Como ya he dicho, intentaré subir un capítulo por semana, así que, ¡hasta el próximo!

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