¡Hola a todos! Para empezar, igual que en el otro capítulo, voy a resumir: para empezar se fueron los señores Weasley, Ginny, Harry y Jeremy a casa de los Granger y allí ha llegado la policía y ha interrogado a Jeremy, dándole la impresión de que sospechaban de él. Por otro lado, se ha celebrado el funeral de Narcissa en un ambiente bastante animado. Allí, Pansy le ha dado a Draco un colgante que era de su madre; y después Draco ha subido a ver el ataúd de su madre y ha descubierto que está vacío (aunque le ha dicho a su padre que no lo ha abierto). Por su parte, aparece un tal Berguer en escena que parece estar también implicado en el trabajo que le encomienda Lucius a Draco. De otro modo, resulta que el trabajo es ni más ni menos que en un centro de salud mental muggle. También hemos visto que no paran de drogar a Hermione y se lo están haciendo pasar bastante mal. Y por último, el científico que lleva el caso (el doctor Johnson) ha descubierto que eso no ha sido un accidente, pero entonces ha llegado una tal Monika y le ha echado un imperio. ¿Qué podrá derivar de esto?

¡Os dejo con el capítulo!

Capítulo 3. Sospechas

Ginny había pasado el día entero dándole vueltas a la noticia del accidente de Hermione, cuanto más lo pensaba, más dudas le aparecían. No fue hasta la noche, a la hora de acostarse, cuando decidió contarle a Harry lo que pensaba.

—¿Sabes, Harry? He estado pensando mucho sobre todo este asunto de Hermione…—le dijo directamente, una vez se habían metido los dos en la cama para dormir.

—¿Y qué has pensado? —preguntó él.

—Todo esto me parece muy raro—enunció—. Quiero decir, quizá hemos dramatizado un poco al escuchar la noticia. Puede que al fin y al cabo no esté muerta—explicó—. Además, ¿desde cuándo dan una noticia de ese calibre por la tele sin antes ir la policía a hablar con los allegados de la víctima? ¿No hubiera sido más normal que aquella noche hubiera ido la policía a casa de Jeremy a hacerle preguntas?

—¿A dónde quieres llegar?—preguntó Harry, curioso. Las preguntas de Ginny tenían bastante sentido.

—Pues que creo que en realidad no ha sido un accidente y que Hermione debe estar en alguna parte—afirmó—. Me da la sensación de que todo esto es para que todo el mundo piense a toda costa que está muerta.

—Lo cierto es que a mi también me ha dado esa sensación—dijo Harry—. Ha sucedido todo por vía muggle, en el mundo mágico ni siquiera se ha mencionado. Es todo muy extraño… quizá hayamos dramatizado demasiado, sí…

Entonces Ginny se levantó de la cama y se sentó al escritorio que tenían en la habitación. Cogió papel y pluma y comenzó a escribir.

—¿Qué haces? —preguntó Harry con curiosidad.

—Es hora de que los magos entremos en acción. Voy a enviar una lechuza a El Profeta para que publiquen que ha desaparecido.

Una vez hubo acabado, ató la carta a la pata de Pig, la envió a la redacción del periódico y se fue a dormir más tranquila que en días anteriores. La situación era muy, pero que muy rara, y en ese momento se negaba a aceptar que una de sus mejores amigas estaba muerta.


La noticia fue publicada a primera hora de la mañana en todos los periódicos y revistas del mundo mágico. Hermione era una persona bastante reconocida por su trabajo de investigación. Todos sabían que se dedicaba a desenmascarar sobre todo actividades ilegales y lo hacía de forma exitosa en la mayoría de los casos. Apareció en primera página en todas las publicaciones, con una foto suya que ocupaba una cuarta parte de la portada. Así que cuando Draco estaba desayunando, no pudo evitar escupir el primer sorbo de café encima del periódico de turno.

¿Granger desaparecida? Leyó la noticia entera rápidamente, en ella decían que los muggles la habían dado por muerta en un accidente de tráfico, pero que el cuerpo aún no había aparecido. Entonces pensó en la aparente muerte de su madre y en el ataúd vacío y relacionó ambas desapariciones. No podía ser una coincidencia, era todo muy extraño. Estaba completamente convencido de que las dos estaban vivas, pero ¿quién tenía interés en que pensaran todos que estaban muertas? ¿Qué relación tenían estos hechos? Entre el accidente de Granger y la noticia de que su madre había muerto había un margen, si cabe, de menos de veinticuatro horas. Era imposible que fuera casualidad y sabía perfectamente que su padre le había mentido en la cara y, no sólo eso, si no que le había encargado un trabajo. Un trabajo ni más ni menos que con muggles. ¿Desde cuándo Lucius Malfoy trabajaba con muggles? Si ni siquiera era capaz de pasearse por la zona muggle de Londres, prácticamente se dejaba ver únicamente por zonas enteramente mágicas. No, no tenía ningún sentido.

Y la manera en la que su madre supuestamente había muerto… es que tampoco la sabía. Su padre únicamente le había dicho que la habían encontrado tirada en la calle y que estaba muy desfigurada. ¿Desde cuándo los magos hacen eso? ¿Y quién querría matarla? El hecho de encontrarla tirada en la calle implicaría zonas muggles y Narcissa Malfoy tampoco solía pasearse por ahí. Es más, en caso de estar desfigurada, los magos forenses habrían devuelto su cara a la normalidad. ¿Pero por qué se hacía ese tipo de preguntas? Sabía perfectamente que el ataúd estaba vacío, por lo que su madre pasaba directamente de estar muerta a estar desaparecida.

Y ese comportamiento tan raro de su padre… No, lo único que le parecía encajar es que las desapariciones tuvieran relación. Así que decidió hacer todo lo que su padre le pedía y no levantar sospechas para poder extraer toda la información posible de qué era todo aquel asunto con los muggles. No descansaría hasta saber toda la verdad y encontrar a su madre.


—¿Se puede saber qué cojones significa esto? —el grito resonó en medio de una pequeña sala, iluminada por una bombilla colgada del techo. El autor del grito arrojó un ejemplar de El Profeta encima de la mesa, con la noticia de Hermione en plena portada.

A la mesa estaban sentadas tres personas: Lucius Malfoy, Monika Moore y Vladimir Sputnik, un hombre muggle procedente de Europa del este. Al grito del hombre, los tres pegaron un salto en su asiento.

—¡Panda de inútiles, esto está por todas partes! ¿¡No os pedí expresamente que lo taparais bien!? —chilló, estaba muy enfadado.

—Señor, estaba todo controlado, no sé cómo ha podido pasar—intervino Vladimir.

—¡¿Qué no sabes cómo ha podido pasar?! ¡¿QUE NO LO SABES?! ¡Yo te diré cómo ha pasado! ¡Su círculo tiene sospechas! ¡SOS-PE-CHAS! ¿Y sabes lo que eso significa, maldito inútil?—Espetó, a lo que el aludido negó con la cabeza, nervioso—¡Significa que tres idiotas la han cagado pero bien!

Estaba furioso, todo se iba a ir al traste, por culpa de esos tres imbéciles se iba a descubrir todo. Y no podía permitirlo, llevaba demasiado tiempo trabajando en eso y estaba a punto de conseguirlo.

—Ya os las estáis arreglando para solucionar esto. Quiero que vigiléis bien de cerca a toda esa escoria que rodea a la chica, deben estar convencidos de que está muerta, ¿queda claro? —mandó. Los tres asintieron— Ya podéis iros, eso es todo—sentenció—. Excepto tú, Monika, ven un momento—ordenó en el momento en que la chica iba a abandonar la estancia.

—Mande—contestó ella.

—Quiero que vigiles de cerca en concreto al chico que estaba saliendo con ella, me han informado de que se llama Jeremy Meyer—enunció—. Ingéniatelas como puedas, pero quiero que te metas en su casa y lo tengas controlado, ¿está claro?—ella asintió—. Bien, pues es todo, pasa por recepción y Jenny te dará una carpeta con toda la información que necesitas: dirección, lugares que frecuenta, trabajo… Aún conozco gente que sabe hacer un buen trabajo. Puedes irte.

Y dicho esto la chica abandonó la sala, dejando allí a su jefe pensando. ¿Cómo podían ser tan idiotas? ¿Es que no había recalcado una y otra vez que la chica debía estar muerta para el mundo? Se había metido donde no la llamaban. Había buscado y había encontrado. Tenía que asumir las consecuencias de sus actos. Pero no, esos inútiles habían dejado muchos cabos sueltos con la historia del accidente. Se arrepentía de no haberla mandado matar directamente, ya que así no hubiera habido lugar a dudas. Porque con Berguer Kipling no se juega.


Y allí estaba Draco de nuevo, en el centro de salud mental muggle. Había acordado con su padre que iría allí todos los días a hacer una serie de tareas. Por lo que éste le había explicado, tanto magos como muggles estaban investigando en ese centro —que obviamente era una tapadera— de dónde provenía la magia, si había algún gen implicado, si había alguna actividad cerebral en especial que diferenciara a muggles y magos… también probaban distintos fármacos en los "pacientes" —los cuales provenían de ambos mundos— y registraban la actividad cerebral para ver si había diferencias entre ambos y cómo les afectaba. A Draco le pareció todo bastante turbio y cuanto más sabía, menos le encajaba su padre allí. Era todo muy extraño.

Le había explicado que el centro contaba con 300 habitaciones en las que los pacientes permanecían atados a sus camas, exceptuando la hora de comer en la que eran supervisados por alguien, y la —como les gustaba llamarlo entre los empleados— "hora de las drogas". Su misión allí era muy básica: supervisar algunos experimentos (tenía a cargo dos muggles que se encargaban de drogar a los pacientes) y comprobar que los pacientes estuvieran dónde tenían que estar. Por supuesto los pacientes no ingresaban de forma voluntaria: los incautos muggles eran captados a través de sus familias, que mandaban a sus pobres allegados enfermos mentales con la promesa de salir curados; el caso de los magos era distinto, la mayoría eran adolescentes huérfanos a los que adoptaban utilizando identidades falsas, otros simplemente no tenían familia ni amigos y eran asaltados mientras dormían y encerrados a la fuerza, y una minoría eran, textualmente según Lucius, "alimañas que metían sus narices dónde no les llamaban". Y todo esto se lo estuvo explicando mientras recorrían los pasillos del centro, con toda calma, escuchando los gritos de aquellos que iban o volvían de "la hora de las drogas", como si fuera lo más normal del mundo.

Al muchacho le parecía horrible lo que allí hacían, no sólo pensaba que era atroz hacerle eso a otros semejantes magos, sino que consideraba que era algo cruel incluso para los muggles. A él nunca le gustaron los muggles e incluso los detestaba en el pasado, no obstante, tras la segunda guerra mágica empezó a cambiar de parecer. Ya no le parecían tan horribles, aunque tampoco es que le gustaran, sin embargo tampoco les deseaba ningún mal, se habían convertido en algo indiferente para él. Durante la guerra vio demasiadas atrocidades, en ocasiones incluso le obligaron a hacerlas, y aprendió a mantener la cabeza fría en situaciones que le desagradaban. Y eso es justo lo que iba a hacer: actuar como si todo fuera de lo más normal, hacer todo lo que dijera su padre y así poder obtener toda la información que pudiera que le condujera hasta la verdad.


Desde que fue a Grimmauld Place en busca de Hermione hasta ahora, Jeremy no había vuelto a su casa. No tenía ganas de volver, y Harry y Ginny tampoco se lo habían permitido, habían insistido mucho en que se quedara allí hasta que estuviera preparado. Había sido Harry quien había ido a casa de Jeremy y Hermione a coger un poco de ropa para él. Desde la primera noche, no había salido prácticamente de su habitación, ¿para qué? Si no iba a volver a verla, lo único que quería era permanecer tumbado en la cama, mirando el techo, esperando morir él también. Sabía perfectamente cómo acababan estas historias: pronto aparecería el cuerpo sin vida de Hermione, posiblemente en algún punto del río, medio desgastado por el agua y la erosión. Cuanto antes lo asumiera, mejor. A la hora de las comidas Ginny entraba a la habitación a dejarle una bandeja con comida, que él apenas probaba, y se marchaba no sin antes insistir en que bajara a comer con ella y Harry. Evidentemente era lo que menos le apetecía.

Como cada mañana, Molly y Arthur Weasley iban a la casa a ver cómo iba todo, entraban a la habitación de Jeremy a intentar animarlo y preguntaban si tenían noticias nuevas sobre el accidente. La respuesta era siempre negativa. Después, como Jeremy se negaba a salir de la habitación, bajaban a la cocina con su hija y Harry a tomarse una taza de té.

—¿Se sabe algo más de la desaparición?—preguntó Arthur tras darle un sorbo a su taza, a lo que tanto Ginny como Harry negaron con la cabeza.

—Deben estar todavía buscando el cuerpo, el río es bastante grande, supongo que tardarán bastante en terminar la búsqueda—dijo Ginny.

—Entiendo… en el Ministerio tampoco saben nada, nadie sabía en qué estaba trabajando últimamente y tampoco parece importarles demasiado—contestó Arthur, con una mueca irónica—. "Que se encarguen los muggles, que son los que lo han descubierto", me dicen, porque claro, hay cosas más importantes que indagar sobre la desaparición de una persona tan conocida y querida como Hermione…—prosiguió irónicamente.

—Vamos, Arthur, no te hagas mala sangre, ya verás que todo se soluciona—contestó Molly, tratando de calmar a su marido.

—Por cierto, mamá, ¿sabes algo de Ron? Desde que vino el día que emitieron la noticia, no he vuelto a saber más de él—intervino Ginny.

—Pues… hemos ido varias veces a su casa para intentar animarlo, pero insiste en que no quiere ver a nadie—contestó Molly con tristeza—. Lo está pasando bastante mal, la última vez que fuimos estaba sentado en la mesa de la cocina, cabizbajo, y se había tomado una botella entera de whisky de fuego.

—¿Y Lavender lo permite? —preguntó Harry extrañado.

—Lavender… pobre chica, ni te imaginas lo mal que se lo está haciendo pasar Ron. Cada vez que vamos nos abre ella la puerta, siempre tiene ojeras y da la sensación de que llora la mayor parte del tiempo—contestó Molly—. Me da mucha pena…—afirmó con ternura— es muy buena chica y quiere lo mejor para Ron, cuando vamos nos quedamos un rato haciéndole compañía.

Los cuatro se quedaron en silencio. En el pasado, ni a Ginny ni a Harry les había caído precisamente bien Lavender, pero sabían que quería a Ron con locura e intentaba por todos los medios hacerle feliz. Pero él no se dejaba, estaba con ella por estar, por no quedarse solo. Cuando hubo terminado de tomarse su té, el señor Weasley se levantó de la mesa y miró a los presentes.

—Bueno, chicos, es hora de irnos—anunció y miró a su mujer—. Cuando quieras, Molly.

Ella tomó el último sorbo de su taza, se levantó, besó a su hija y a Harry en las mejillas muy cariñosamente y se puso su abrigo.

—Volveremos mañana, cielo—le dijo a su hija.

—Vale, mamá, ya sabéis que podéis venir cuando queráis—contestó Ginny, acompañándolos a la puerta.

—Si nos enteramos de algo, os avisamos—enunció Arthur.

—Nosotros haremos lo mismo—contestó Harry.

Y dicho esto, los Weasley se marcharon a su casa.


Aquel día había sido prácticamente igual que los anteriores para Hermione: llegaba un hombre a despertarla por la mañana, le inyectaba un calmante y entonces la desataba.

—Para que no hagas esa cosa rara de desaparecer—decía, se sabía ya la frase de memoria.

Una vez desatada, le daba el desayuno a toda prisa, porque "ya sabía lo que tocaba y cuanto antes terminara, antes se podía ir a casa". Entonces la cogía del brazo y la obligaba a levantarse, para arrastrarla por los pasillos hasta la sala de experimentos, donde él y otro hombre la drogaban hasta hartarse. Ya no gritaba, ni lloraba, ni se quejaba, ¿para qué? Había tratado de idear la manera de escaparse, pero todo cuanto había pensado resultaba inútil. Así que confiaba en que todo fuera una pesadilla demasiado larga, o morirse… o quizá en que llegara el día del Juicio Final y todas esas personas que le estaban haciendo daño se pudrieran en el infierno. ¡Pero qué cosas pensaba, si ella no creía en esas cosas! Eran desvaríos producto de las drogas.

Ese día, en medio de la sesión, entró una mujer en la sala, esbelta, joven, con una larga melena negra y los ojos azules, desfilando con la cabeza bien alta y cierto aire de superioridad y suficiencia.

—Qué gran día hace hoy, ¿verdad?—preguntó la mujer esbozando una falsa sonrisa. Hermione no la miró, apenas podía permanecer sentada sin caerse hacia un lado y otro—Oh, pero qué modales, no me he presentado, me llamo Monika Moore—dijo con forzada dulzura.

Como Hermione ni la miraba, a pesar de que hacía esfuerzos por ello, su semblante se tornó serio y sombrío, avanzó hacia ella y la obligó a mirarla estirándole del pelo y sujetándole la cabeza.

—¿Qué te pasa? ¿Es que eres demasiado señorita como para hablar conmigo? —Escupió— Vaya, vaya, ¡si parece que tenemos aquí a alguien de la realeza y no lo sabíamos!—exclamó con burla, mirando a sus compañeros que respondieron con carcajadas—¿Sabes qué? Te voy a contar un pequeño secreto—enunció, acercándose a la oreja de Hermione—. Te vamos a quitar la magia—susurró—, y se la vamos a dar a esos dos, que por si no te has dado cuenta, son muggles—concluyó, señalando a sus compañeros—. No nos gustan las ratas curiosas como tú y ese es el precio que vas a pagar—sentenció, soltando al fin a Hermione—. Bueno chicos, sólo quería pasarme a saludar a esta ratita, ya sabéis, sin compasión—guiñó un ojo a sus colegas y se marchó de la estancia.

Tras cuatro eternas horas, al fin llevaron a Hermione a su habitación y, como siempre, la dejaron atada. Ese día la habían drogado especialmente, y aunque estaba cansada, eso no le impedía pensar en lo que Monika le había dicho. ¿Quitarle la magia? ¿Qué había querido decir? ¿La iban a convertir en muggle? Y lo más inquietante, ¿iban a darle su magia a dos muggles? Estaba convencida de que eso era totalmente imposible, porque mago se nace, no se hace. Ató cabos y supuso que tal vez todo ese asunto de las drogas tenía el objetivo de descubrir cómo afectan a los magos y qué es lo que produce la magia. Aún así, no tenía ni pies ni cabeza, ¿cómo se supone que iban a hacer eso? Pensó en ello hasta que se quedó dormida, con las palabras de Monika resonando en su cabeza.


Pasadas las cuatro de la madrugada, Vladimir Sputnik conducía su 4x4 por una carretera desierta, camino al lugar del accidente. Si algo habían hecho bien era elegir el sitio en el que dejar el coche siniestrado, pues ese sitio apenas estaba transitado y mucho menos a altas horas de la noche. No obstante, una vez hubo llegado, escondió su coche a un lado de la carretera, metiéndose por un pequeño bosque y apagó el motor y las luces. Sacó una linterna de la guantera y bajó del coche para abrir el maletero. Su misión de esa noche era arreglarlo todo tal y como Berguer había ordenado. Lo poco que conocía a los magos era suficiente para opinar que tenían bastante mal carácter y había aprendido que podían llegar a ser bastante crueles. Ya había visto a Monika en una ocasión aplicar una especie de tortura a uno de los internos del centro que se negaba a colaborar y que, aún drogado, se resistía con todas sus fuerzas a cualquier intento de inyectarle sustancias. El pobre gritaba como un condenado, en la vida había visto gritar a nadie de esa forma.

Abrió el maletero y se cargó al hombro con cierta dificultad una manta que enrollaba algo pesado. Aunque estaba casi convencido de que estaba solo, se desplazó con prudencia hasta el punto exacto del accidente, bajando el barranco con cautela para no tropezar y partirse la cabeza. Se acercó a la orilla del río cerciorándose de que no había nadie más que él y desenrolló la manta, descubriendo el cuerpo sin vida de una mujer joven y delgada.

Se llamaba Irina, era una prostituta rumana con la que había mantenido relaciones. Posteriormente la había matado asestándole un golpe seco con una lámpara. Procedía de una red de trata de blancas, con lo cual, nadie la iba a echar de menos, pues esas chicas desaparecían a diario y a nadie le importaba. Le había desfigurado la cara hasta quedar irreconocible, tal como Monika le había ordenado, ya que su parecido con la chica a la que iba a sustituir radicaba únicamente en su figura corporal y en su pelo. Sin más dilación, se sacó una cuerda del bolsillo, ató al cuerpo de Irina la roca más grande que encontró y la arrojó al lago; Monika se encargaría del resto. Concluida su misión, volvió a su coche rápidamente y se marchó en el silencio de la noche.


Y eso es todo, espero que os haya gustado. Siento que el capítulo haya sido más narrativo, pero era necesario, espero no haberos aburrido jeje. El próximo capítulo ya está listo, pero hasta el jueves más o menos no lo podré subir, espero que seáis pacientes jaja ¡Un besazo!

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