¡Hola a todos! Lo prometido es deuda, ya estamos a jueves y conforme he llegado, os subo el capítulo^^. Como ya sabéis, voy a recapitular: para empezar, Ginny sospecha que no ha sido un accidente y que Hermione no está muerta, así que ha enviado una carta a El Profeta y se ha publicado la desaparición por todo el mundo mágico. Así es como se ha enterado Draco, que ha relacionado a las dos desapariciones haciéndole sospechar todavía más. Por otra parte, esta noticia ha cabreado mucho a Berguer, que parece ser el cabecilla de toda la trama. Parece ser el jefe de Monika, Lucius y un tal Vladimir, que es muggle, y les ha ordenado que arreglen lo del accidente para que nadie sospeche; además le ha encomendado a Monika la tarea de meterse en la vida de Jeremy, lo que puede complicar las cosas más adelante. De otro modo, Draco ha ido a "trabajar" al centro de salud y descubrimos que drogan a muggles y magos para ver las diferencias de la actividad cerebral de éstos. Molly y Arthur visitan Grimmauld Place y comentan que Ron lo está pasando mal y se pasa prácticamente el día entero borracho. En cuanto a Hermione, Monika le ha dicho que le iban a quitar la magia y se la iban a dar a muggles (esto también es importante). Y por último, Vladimir ha ido al lugar del accidente a tirar al río a una mujer muerta.
¡Y no me enrollo más y os dejo con el capítulo!
Capítulo 4. Despedidas
A la mañana siguiente, el cuerpo de Irina fue encontrado y sacado del río por la policía, estaba muy deteriorado. Horas antes había hecho su aparición en escena Monika, para desatar la piedra que le había atado Vladimir utilizando la magia. El doctor Johnson estaba presente en el momento en que sacaron a la muchacha del río y, bajo el control de Monika, le extrajo un par de cabellos de muestra y anunció que llevaría esos cabellos al laboratorio y otros más que había encontrado en el asiento del coche para hacer las pruebas pertinentes que identificaran el cuerpo de la chica.
Sin levantar sospecha, se fue al laboratorio y se deshizo de los cabellos para, posteriormente, falsear las pruebas de ADN y así concluir con que el cuerpo pertenecía a Hermione Granger y cerrar el caso; lo cual no le tomó demasiado tiempo. Así pues, se fue a desayunar tranquilamente mientras esperaba a que pasara el tiempo que tardaban normalmente en hacerse esas pruebas. La identificación era urgente, así que no resultaría raro entregar el análisis en el mismo día. Una vez pasado ese tiempo, lo entregó a la policía afirmando que no había más lugar a dudas: la chica habría perdido el control de su coche, cayendo por el barranco y saliendo despedida por el parabrisas, yendo a parar al río.
La noticia se expandió como la pólvora y, en cuestión de horas, lo sabían todos sus allegados: los Granger, los Weasley y también Harry, que junto con Ginny se encargó de comunicárselo al pobre Jeremy.
—¿Podemos pasar? —preguntó Ginny al abrir la puerta de la habitación de Jeremy, el cual, como cada día, permanecía tumbado en la cama, mirando al techo.
—Qué remedio…—contestó él, abatido.
Ambos entraron a la habitación y cerraron la puerta tras de sí. Ginny se acercó a Jeremy y se sentó al borde de la cama.
—Verás, Jeremy… no sé cómo decirlo…—comenzó Ginny, aunque prácticamente se le notaba en la cara lo que estaba a punto de decir.
—La han encontrado, ¿no? —cortó Jeremy, a lo que Ginny asintió—. Y está…muerta—sentenció, agachando la cabeza, asumiendo sus propias palabras.
Ginny volvió a asentir en silencio, a lo que el chico comenzó a llorar. Primero de forma pausada, después con desesperación. Alternaba sollozos con gritos desgarradores, sentía que el pecho le ardía. Ahora sí que no quería vivir más, ya estaba confirmado, ya no quedaba ninguna esperanza. No la volvería a ver más. Nunca volvería a abrazarla, a besarla, a ver su increíble sonrisa, a hablar con ella, a preguntarle cómo le había ido el día, nada. Su olor, su sabor… se había desvanecido. Lo que más amaba en el mundo ya no estaba; y con ella, una parte de él había muerto también. Harry y Ginny seguían allí, en silencio, mirándolo apenados, hasta que el llanto de Jeremy los contagió, y lloraron con él en silencio. La querían muchísimo, era la mejor amiga que habían tenido nunca y había acabado de mala manera, en un horrible accidente.
El funeral se celebró en cuanto estuvo hecho todo el papeleo legal que declaraba a Hermione Jean Granger difunta. Se hizo todo a gran velocidad, de modo que a la mañana siguiente estaban todos convocados en una pequeña capilla para oficiar el triste acto en honor a Hermione.
— ¿Ni siquiera piensas ir al funeral? —preguntó Lavender a Ron, unas horas antes de que se celebrara la misa. Ella ya estaba vestida para asistir.
—Cdeo que la desspuessta ess obvia—contestó él, completamente borracho, sentado en la cocina. Desde que se enteró de la desaparición, no había parado de beber ni un solo minuto.
— ¿En serio te vas a quedar aquí, bebiendo, como todos los días? —preguntó ella, indignada.
— ¿Pued no ved que ssí? Ládgate, Lavended, déjame en pad—escupió Ron.
—Eres increíble, tu mejor amiga muere y te quedas aquí, tu actitud me parece lamentable —espetó Lavender.
— ¿Ed que no me had oído? ¡QUE TE LADGUED Y ME DEJED EN PAD! —chilló Ron, levantándose tambaleante de su asiento— ¡FUEDA DE AQUÍ!
— ¿Sabes qué, Ron? Eres un cobarde, te pasas los días borracho perdido en lugar de afrontar la realidad—inquirió ella, furiosa—. Pues yo sí que voy a ir, tú verás lo que haces—anunció, digna.
— ¡Pued corre, ed lo que te llevo didiendo toro el rato! —Se acercó hacia ella, tambaleándose, la cogió bruscamente del brazo y la arrastró a la puerta de la cocina— ¡Di tanto te impodta, vete tú y dejame tdanquilo! —chilló, empujándola fuera de la cocina, con la mala suerte de que ella tropezó y cayó al suelo. Él la miró sorprendido, pero rápidamente cambió su expresión facial a una de completa indiferencia.
— ¡Eres un idiota, Ron Weasley! —Gritó furiosa, al tiempo que se levantaba de un bote— ¡Yo no tengo por qué aguantar esto! ¡Es el colmo!
Lavender estaba totalmente fuera de sí, no estaba dispuesta a aguantar más esa situación. Él nunca la había querido, sabía perfectamente que si estaba con ella era por no estar solo. ¿Y para qué? Si la apartaba de su lado tratándola a patadas en un momento duro. Pero no, eso ya se iba a acabar.
— ¿Sabes? Yo no me merezco esto, Ron —enunció, tratando de calmarse, mientras las lágrimas empezaban a brotarle por los ojos—. Yo no seré tan guapa, tan lista y simpática como ella, pero no me merezco que me trates así.
— ¿Lo dabíad? —preguntó Ron, curioso.
—Siempre lo he sabido. Siempre he sabido que estabas enamorado de ella—sentenció Lavender.
—Pued di lo dabíad, ¿qué cojoned haced conmigo? —escupió él con sorna.
—Porque soy una idiota—contestó amargamente, llorando—. Pensaba que tal vez un día la olvidarías y me querrías, pero ya veo que me equivocaba—hizo una pausa y suspiró—. Yo valgo mucho, Ron, y no pienso quedarme ni un minuto más aquí con una persona que no me valora como me merezco.
— ¡Pued codde, vete! ¡Que me da iguad! —dijo Ron, sabía perfectamente que estaba siendo cruel con ella y que le estaba haciendo daño, pero le daba absolutamente igual.
Entonces ella pegó media vuelta y subió hacia su habitación, metió en una maleta todo aquello cuanto quería llevarse y bajó de nuevo a la cocina.
—Adiós, Ron, ya no seré un estorbo para ti—enunció triste—. Que te vaya todo bien—. Fue lo último que hizo, antes de abandonar la casa dando un portazo.
— ¡Y NO VUEDVAD! —chilló él, a la nada.
Y así fue como Ron Weasley se quedó por fin completamente solo.
El funeral se celebró a las once en punto de la mañana, había sido una misa completamente preciosa. La capilla estaba completamente abarrotada entre familiares y amigos de Hermione. Todo el que la conocía acababa queriéndola con todo su ser. Un sinfín de personas le habían dedicado unas palabras de despedida, por lo que el acto había durado bastantes horas. Los Granger habían decidido poner el ataúd abierto y habían renunciado a alterarla mágicamente para arreglar su rostro, ya que no querían ocultar de ninguna de las maneras la horrible manera en la que había muerto. Así era como su única hija había dejado el mundo y no tenían ninguna intención de taparlo. La señora Granger tenía los nervios destrozados, estaba sentada en primera fila junto a John, su marido, que no la dejó sola ni un solo instante. A su otro lado tenía a Jeremy, cogiéndola de la mano y temblando. Ambos lloraban silenciosamente.
También había acudido Lavender, a darle el pésame a los padres de Hermione y a decirle el último adiós. Habían asistido también muchas personas del mundo mágico, entre ellos, Minerva McGonagall (con prácticamente casi todo el profesorado de Hogwarts), Neville Longbottom, Luna Lovegood, los Weasley, Fleur Delacour de la mano de su marido Bill, e incluso Viktor Krum, que se había enterado por los periódicos y había viajado expresamente desde Bulgaria para acudir al funeral, dejando de lado sus entrenamientos con el Equipo Nacional Bulgaro de quidditch.
Una vez terminada la misa, los presentes se acercaron en fila al ataúd para darle el último adiós. Fue en ese instante cuando Ginny se dio cuenta de algo. Así que tomó a Harry por la mano y se apartaron de la multitud.
— ¿Qué pasa? —preguntó Harry, a lo que Ginny le chistó para que bajara la voz.
— ¿Es que no te has dado cuenta? —Susurró— ¿No la has visto bien? —insistió.
— ¿A qué te refieres? —preguntó Harry extrañado.
—Pues que esa que hay ahí no es Hermione—afirmó Ginny.
— ¿Te has vuelto loca? —contestó él—. Ginny, ya sé que es difícil de aceptar, a mi también me duele muchísimo todo esto, pero tienes que asumir que Hermione está muerta.
—Harry, de verdad, te lo digo en serio—insistió ella—. Ya sé que la cara la tiene prácticamente irreconocible, pero hay algo que no me encaja, no sé… me sigue pareciendo todo muy sospechoso—prosiguió.
—Ginny, por favor…
—Estoy firmemente convencida, tienes que creerme, Harry—suplicó.
—No hemos dormido muy bien estos días, el cansancio te estará jugando una mala pasada y no quieras aceptar que…
— ¡No es eso! —Inquirió molesta—Esa de ahí no es Hermione, y por supuesto no ha sido ningún accidente—sentenció.
—Ginny, por favor, no sigas—contestó Harry—. Anda, vámonos a casa a descansar, te prepararé un chocolate caliente mientras te tumbas un rato en el sofá, ¿te parece?
—Está bien—concedió molesta—. Pero quiero que me prometas una cosa…
—Lo que quieras—dijo Harry.
—Prométeme que esto no va a acabar aquí y que me ayudarás a averiguar en qué andaba metida Hermione—enunció Ginny, a lo que Harry puso cara escéptica— ¡Me has dicho "lo que quieras"! —inquirió.
—Vaaale, de acuerdo—dijo Harry rendido—. Mira que te gusta salirte con la tuya—añadió en tono burlón.
Le dio un beso a Ginny en la frente, la cogió de la mano y se marcharon a casa.
Draco se encontraba tomando su café de la mañana cuando un titular de El Profeta despertó su interés. Se titulaba A mi mejor amiga, por Harry Potter; se trataba de un artículo homenaje a modo de esquela hecho para Hermione. Aún estaba asombrado con los acontecimientos, así que lo leyó de principio a fin sin saltarse ni una coma. Era conmovedor hasta para él. Harry había escrito lo siguiente:
Nunca olvidaré la primera vez que vi a Hermione: era día 1 de septiembre, me encontraba en el Expreso de Hogwarts para asistir por primera vez en mi vida al colegio. Ella entró en el vagón preguntando si habíamos visto un sapo, pues un chico lo había perdido. Ante la negativa, entró en el vagón, se sentó, y reparó entonces en quién era yo. Se fijó en que tenía las gafas rotas y me las arregló, fue el primer acto de bondad que tuvo conmigo.
Ya en la ceremonia de selección, cuando el sombrero la mandó a Gryffindor, con sus escasos doce años, se mostraba responsable y orgullosa de sí misma. Y por esto, y por sus impulsos sabelotodo, ni a mí ni a mi amigo Ron nos cayó demasiado bien. No fue hasta Halloween cuando nos hicimos amigos: estaba sola, había un troll pululando por el castillo y no tardó en encontrarla. Tanto Ron como yo fuimos a buscarla y al final todo acabó en un susto. Desde entonces fuimos totalmente inseparables.
Durante mis años de estudiante, siempre estuvo ahí para echarnos una mano con los estudios, para apoyarnos firmemente y, sobre todo, para regañarnos cuando hacíamos algo que no le parecía bien. Y es que daba igual quién fueras, porque ella era fiel a sus principios y si ella pensaba que lo que hacías era inmoral, te lo decía. Siempre mostraba un gran respeto por las normas y pasaba grandes apuros cuando, por apoyarnos a nosotros y ayudarnos, las infringía.
Todo cuanto puedo decir de ella son palabras bonitas: era inteligente, valiente y leal, pero ante todo era una gran amiga. Ayudaba siempre a quien lo necesitara, su sabiduría nos sacó en más de una ocasión de algún apuro, defendía sus principios y a aquellos más desvalidos a muerte; pues ya a muy corta edad decidió fundar una asociación por los derechos de los elfos domésticos. A mí siempre me demostró que era sin duda una heroína y una de las mejores personas que he conocido jamás.
Siempre estuvo a mi lado, ayudándome y apoyándome, me defendió con uñas y dientes e hizo todo cuanto estuvo en su mano por protegerme, incluso cuando ella misma estaba llorando por dentro, dejaba de lado sus penas en pos de las personas a las que quería. Sin duda era la persona más excepcional que he conocido nunca y, ante todo, mi mejor amiga.
Con estas líneas quería homenajearla por haber sido tan increíble y para decir que siempre la recordaré y estará en mi corazón. Hermione, estés donde estés, gracias por haber sido mi amiga, me siento muy, pero que muy afortunado de haberte conocido. Siempre dejarás un vacío en nuestras vidas que nunca podremos llenar.
Te quiso, te quiere y te querrá, tu amigo Harry.
Después del escrito, habían breves notas enviadas por familiares y amigos de Hermione, ocupando dos páginas enteras entre pequeños homenajes y fotos suyas. Así que ya estaba confirmado; Hermione había muerto, pero Draco seguía sin creérselo. Es que era todo tan sospechoso… su madre, también Granger, el sitio aquel lleno de muggles, no tenía ningún sentido. Y su padre, que se comportaba de manera muy extraña. No, no estaba dispuesto a creerlo, cuantas más vueltas le daba al asunto, más se convencía de que ambas estaban vivas. Pero, ¿dónde? ¿Y por qué? ¿Qué querían de ellas y quién se las había llevado?
—Señor, ya está hecho—anunció Monika al entrar al despacho de Berguer y cerrar la puerta tras de sí—. Han identificado el cadáver como el de la chica y ya la han enterrado. Ha aparecido en varios periódicos mágicos, con lo cual queda confirmado.
—Perfecto—contestó Berguer—. ¿Y el chico? ¿Has conseguido dar con él? —preguntó.
—No, señor, he ido a su casa y no estaba—contestó ella—. También lo he buscado por los sitios que frecuenta según el informe, he hecho guardia delante de las casas de sus amigos y conocidos, pero no está en ninguna—prosiguió—. Es como si se lo hubiera tragado la tierra. He ido incluso a Grimmauld Place pero el número 12 no existe, debe haber un error.
—Eso es que no has puesto suficiente empeño, Monika—espetó Berguer pausadamente.
—Señor, he estado día y noche vigilando esos lugares, y he buscado ese sitio como loca, pero no aparece.
—¡Pues busca mejor! ¿Es que todo lo tienes que hacer a medias? —Replicó Berguer—. Está bien—enunció con calma al ver la cara de susto de Monika—, no importa, vamos a aprovechar la situación.
—¿Qué quiere que haga? —preguntó Monika con curiosidad.
—Ya que el chico, según dices, no está en casa, cuélate y busca cualquier cosa que nos incrimine—indicó Berguer—. Estuvo a punto de descubrirnos, tal vez la chica guardara cosas relacionadas con nosotros y si alguien las encuentra antes que nosotros, todo se irá al garete, ¿entendido? —Ordenó, a lo que Monika asintió con la cabeza—. No me falles, Monika, no quiero más errores.
—Le prometo que no volveré a fallar, señor—contestó la aludida, con decisión.
—Te lo advierto, si la vuelves a fastidiar, puede ser lo último que hagas, ¿queda claro? —amenazó Berguer.
—Clarísimo, no volverá a ocurrir—sentenció Monika.
—Bien, sólo quería asegurarme de que lo entendías, ya sabes de lo que soy capaz, así que yo que tú no me arriesgaría—advirtió Berguer por última vez—. Puedes marcharte, infórmame de todo cuando hagas.
—Le mantendré al tanto, señor.
Y dicho esto abandonó la estancia, soltando un amplio suspiro al cerrar la puerta. Estaba muy nerviosa, era la primera vez que Berguer la amenazaba de esa forma. Ya había fallado en otras ocasiones, pero él lo había pasado por alto. Esta vez era completamente distinto, y sí, sabía muy bien de lo que era capaz. Podría hacerla desaparecer de la faz de la Tierra con sólo chasquear los dedos. Haría que tuviera una muerte lenta y dolorosa y se las arreglaría para que absolutamente nadie la recordara. No, no iba a fallar, iba a cumplir su misión y Berguer tendría que recompensarla y admitir que había hecho un buen trabajo. No volvería a dudar de ella en todo lo que le quedara de vida. Y es que no había nada en el mundo que le cabreara más a Monika Moore que el que alguien pusiera en duda sus capacidades.
Como cada tarde, Draco acababa la jornada escoltando a sus dos muggles —como él los llamaba— a la habitación de la pobre víctima a la que habían estado drogando y analizando durante las últimas horas del día. El desafortunado infeliz que le tocaba esa tarde era el paciente de la habitación 200, se llamaba Bradley, tenía dos hijos y una esposa al sur de Inglaterra que, como todos los demás incautos, pensaban que éste estaba "curándose" de una terrible enfermedad mental. Como los demás, tenían prohibido visitarle "por una recuperación más temprana y eficaz del paciente", tal como estipulaba literalmente el contrato de internamiento. No obstante, el tal Bradley llevaba allí un año entero y su familia no le había reclamado. Lo que habían hecho con ellos era bien sencillo: les mandaban informes falsos por correo alabando las magníficas instalaciones del centro, contándoles lo bien cuidado que tenían al pobre Bradley pero que, desgraciadamente, no conseguía mejorar y que debía continuar internado por el bien de la sociedad. Puras patrañas todo.
Y así era el procedimiento con todos, mentiras y más mentiras; y si a alguien se le ocurría pasarse por allí a reclamar a su ser querido, lo mejor que podía ocurrirle era que le modificaran la memoria para que creyera que acabara de ingresar, con lo cual, se daba la vuelta alegremente, agradecía la labor que realizaban en el centro y se marchaba por donde había venido. Otros, en cambio, eran más problemáticos, por más que les modificaban la memoria, volvían al centro una y otra vez, aludiendo que tal vez se habían precipitado internándolo, o bien que habían encontrado otro profesional. En ese caso, corrían la misma suerte —o más bien desgracia— que otros pacientes y acababan siendo uno más. Otra víctima con la que experimentar, nunca eran suficientes. Por órdenes directas del jefe: "cuantos más, mejor".
Draco pensaba en todo aquello prácticamente a todas horas, y siempre llegaba a la misma conclusión: era repugnante hacerle eso a otro ser humano, y no había más vuelta de hoja. Además, llevaba ya una semana allí y se sentía muy frustrado, no había averiguado nada nuevo sobre su madre, ni siquiera había vuelto a hablar con su padre. Simplemente se dedicaba a ir al centro, hacer lo que le habían ordenado, y se iba a su casa, a dormirse recordando los horribles sucesos del día que le atormentaban cada noche. Y mientras recorría los pasillos, pensando en toda la horrible semana, algo le llamó la atención.
—¡Por favor, dejadme en paz! ¡Me quiero ir a mi casa! ¡No le diré a nadie lo que hacéis! —oyó suplicar a una mujer a lo lejos, sus gritos resonaban por todo el pasillo.
No era la primera vez que oía a alguien suplicar, llorar o gritar por los pasillos, era el pan de cada día, pero esa vez era distinto. Sintió el impulso de correr hacia la fuente de las súplicas y ver quién era, tenía la necesidad de saberlo. Y es que le resultaban horriblemente familiares: esa voz, esos gritos, esas súplicas… le pareció haberlas oído años atrás, en algún lugar, pero no lograba asociar ni el lugar, ni el momento, ni la persona. Una cosa era segura, y es que, de haber oído aquellos lamentos anteriormente, tuvo que ser durante la guerra mágica. Pero es que habían sido tantísimas las personas a las que había oído lamentarse durante todo ese tiempo… Le vino a la mente su tía, Bellatrix Lestrange, lanzando crucios a diestro y siniestro, en forma de recuerdo fugaz. Después se quedó totalmente en blanco, no conseguía asociar los hechos. "Deben ser imaginaciones mías" pensó, y decidió no darle más importancia al asunto, pues le esperaba otro día igual de duro que los anteriores a la mañana siguiente. Y sin más dilación, terminó su tarea, se marchó a casa y se fue derecho a la cama sin cenar.
Y eso es todo, espero que os haya gustado. Creo que ya se está poniendo la cosa interesante, ¿no creéis? El próximo capítulo lo subiré el lunes, así que, ¡hasta entonces!
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