¡Hola a todos! Como siempre, voy a recapitular un poco por si se os ha pasado algún detalle: en el capítulo anterior, para empezar, el doctor ha falseado las pruebas de ADN para que se de, finalmente, a Hermione por muerta, así que han celebrado el funeral, al que Ron ha decidido no asistir. Como se ha visto, Lavender ha roto finalmente con él porque la trata muy mal y se merece algo mejor. Por otra parte, Ginny sigue sospechando y está convencida de que Hermione no está muerta, y Harry le ha prometido ayudarla a investigar. Por otro lado, Draco se ha enterado de la noticia por un homenaje que le ha escrito Harry a Hermione en El Profeta; y también lo saben Monika y Berguer. Este último le ha encargado a Monika que entre en casa de Jeremy, así que ya veremos cómo acaba la cosa. Y para acabar, Draco oyó unos gritos por el pasillo del centro que le resultan muy familiares, ¿quién será?
Sin más dilación, os dejo con el capítulo, ¡que lo disfrutéis!
Capítulo 5. Recuerdos amargos
A las afueras de Londres, en medio del campo, había un viejo y sucio almacén abandonado al que nadie daba ninguna importancia. Antiguamente había sido parte de una fábrica de bollería industrial muggle, pero con la clausura de la empresa años atrás, nadie había vuelto a utilizarlo. Desde entonces, entre los muggles del lugar, se dice que está encantado y atestado de ratas, por lo que nadie se atreve a entrar. Los más aventurados consiguen llegar hasta la puerta, pero una misteriosa fuerza les impulsa a abandonar el lugar lo más rápido posible. Y, aterrados, huyen despavoridos corriendo con todas sus fuerzas. Lo que no saben estos curiosos es que, en realidad, el almacén se ha seguido usando durante el último par de años con diversos fines: contrabando de armas y drogas, como escondrijo de algunos delincuentes y, en la actualidad, una bruja de mediana edad se hallaba cautiva en él.
—Por última vez, ¿dónde lo tienes? —chilló un hombre, que no era ni más ni menos que Vladimir Sputnik.
—Te he dicho mil veces que no sé de qué me hablas—respondió la mujer, firme y orgullosa.
—¡MIENTES! ¡DINOS DÓNDE ESTÁ O LO PAGARÁS MUY CARO! —gritó Vladimir.
La mujer no volvió a contestar, se dio la vuelta con la cabeza bien alta y le dio la espalda a su interlocutor, digna y altiva. Aquella mujer no era otra que Narcissa Malfoy, aunque había perdido ligeramente la noción del tiempo, dedujo que llevaba allí más o menos una semana. Su propio marido la había encerrado allí con otros dos hombres, que la vigilaban, con el pretexto de pasar un fin de semana en el campo. Ella lo preparó todo, tomó su mano y se llevó la peor sorpresa de su vida al descubrir en qué lugar se habían Aparecido. En cuestión de segundos, la asaltaron dos hombres más, le arrebataron la varita y le ataron las manos, para obligarla posteriormente a sentarse en una silla. Lo cierto es que el hecho de que su marido quisiera pasar un fin de semana en el campo con ella le había parecido bastante extraño, ya que Lucius no acostumbraba a hacer esas cosas. Él prefería quedarse en casa y, como mucho, hacían cenas de gala a la que la parte más selecta del mundo mágico estaba invitada. Y ni siquiera aquello era santo de devoción de Lucius, cedía porque a ella sí le gustaba hacer esos actos. No obstante, jamás se habría imaginado que su marido iba a traicionarla dejándola encerrada en un sucio almacén en manos de vete a saber quién.
Desde su llegada, había estado siempre vigilada por dos hombres que, a juzgar por su aspecto y los temas de conversación que trataban, eran muggles. Por lo menos una vez al día la interrogaban sobre algo de lo que no tenía la más remota idea. Buscaban algo que ella supuestamente tenía, pero ni ellos mismos acertaban a ciencia cierta lo que era, simplemente estaban convencidos de que había caído en sus manos. La trataban bastante mal, la alimentaban lo justo y por supuesto no tenía opción de asearse. Incluso tenía que hacer sus necesidades en un rincón del almacén, lo que le producía bastante repulsión, ¡toda una señora como ella teniendo que humillarse de semejante forma!
—¿El suelo no es suficiente para la marquesita? —le había preguntado irónicamente uno de los hombres la primera vez que tuvo que miccionar, como respuesta a su cara de asco.
La mayor parte del tiempo la ignoraban por completo, pero de vez en cuando se mofaban de ella y le hacían comentarios grotescos. No obstante, ninguno le había puesto la mano encima, en ese aspecto habían guardado un mínimo de respeto por ella. Como consecuencia de toda una semana en tan horribles condiciones, estaba muy desmejorada: estaba sucia y olía mal, su rubia y larga melena se encontraba enredada y con aspecto pajizo, sus uñas repletas de roña y, en la cara, tenía dos grandes surcos bajo los ojos de no dormir bien y de llorar de vez en cuando. Se preguntaba constantemente qué había hecho ella para merecer eso y, en concreto, qué le había hecho a Lucius para que la engañara de esa forma.
—¿Te niegas a contestar? —Preguntó Vladimir pausadamente, sacándola de sus pensamientos— Está bien, te hemos traído una sorpresa, adelante—anunció.
A su llamado, emergió de entre las sombras a pasos calmados una figura esbelta y con muy buen porte, que avanzó hacia ella con aires de superioridad.
—Hola, Narcissa, ¿cómo estás? —era Lucius Malfoy.
Ella, al escuchar claramente la voz se su marido se giró rápidamente y se le pusieron los ojos como platos al verlo. En un impulso, hizo algo que nunca antes había hecho con nadie: se abalanzó sobre él perdiendo completamente las formas y le abofeteó con todas las fuerzas que tenía. Sorprendidos, Vladimir y otro secuaz se interpusieron entre ambos y agarraron a Narcissa por los brazos para evitar que volviera a golpear a su marido.
—¡Lucius, miserable! ¿Se puede saber qué significa todo esto? —chilló furiosa, forcejeando con los dos hombres para tratar de soltarse. Ante eso, él soltó una carcajada irónica.
—Oh, pero no te pongas así, querida—enunció—. Esto lo hago por un bien mayor, no es nada personal—explicó calmadamente.
—¿Cómo has podido hacerme esto? ¡No eres más que un sucio traidor! —gritó ella, a lo que él se volvió a reír.
—Pero Narcissa, si esto es también por nuestro bien—dijo Lucius, jactándose de ella—. Sólo tienes que decirnos dónde está lo que buscamos y te podrás ir—explicó.
—¡Ya os he dicho que no sé de qué me habláis! ¡Soltadme de una vez!—respondió ella.
—Bien, ¿así que prefieres seguir sin colaborar? Es tu decisión y la respeto, no pasa nada—enunció Lucius pausadamente, con una voz escalofriantemente dulce—. Tal vez Draco pueda refrescarte la memoria—añadió, y mirando a los hombres que sujetaban a su mujer preguntó—: ¿qué os parece, chicos? ¿Le traemos? —los hombres contestaron con carcajadas y a Narcissa se le abrieron aún más los ojos, está vez, de terror.
—¡NO! ¡NI SE TE OCURRA, LUCIUS! —gritó totalmente fuera de sí, sentía verdadero pánico por la seguridad de su hijo— ¡NO TE ATREVAS A HACER ESO! ¡COMO LE PASE ALGO A DRACO, TE JURO POR MI VIDA Y AUNQUE SEA LO ÚLTIMO QUE HAGA, QUE TE MATO CON MIS PROPIAS MANOS! —amenazó, forcejeando con más fuerza. Como en un descuido de Vladimir y su secuaz consiguiera liberarse, iba a destruir a Lucius por completo. Quería verle muerto y ser ella misma quien le diera fin.
Lucius le sonrió y le dedicó una mueca irónica, le hizo un gesto a los dos hombres e hizo amago de irse. Miró a Narcissa de nuevo y le dirigió las últimas palabras antes de abandonar el lugar:
—Adiós, Narcissa, me alegro de verte.
Se dio media vuelta y se marchó por donde había venido. Por su parte, Narcissa intentó soltarse de nuevo, con el impulso de correr hacia Lucius y sacarle los ojos con sus propias manos. Estaba furiosa, le temblaba todo el cuerpo, ¿cómo se atrevía a insinuar que iba a encerrar también a su propio hijo? Suplicó para sí misma que por favor Draco estuviera bien y que no le pasara nada. Entonces, Vladimir la soltó y fue a por algo, que no era otra cosa que una jeringuilla con la que inyectó a Narcissa un poco de morfina, dejándola completamente ida; hasta que finalmente sucumbió por completo a los efectos de la droga y se desplomó, así que la dejaron tirada en el suelo y siguieron con sus cosas.
Como cada mañana, Draco asistió al centro de salud mental para hacer la misma rutina de todos los días: se reunía con los dos muggles que estaban a su cargo, iban a la habitación que les tocara y se llevaban al pobre infeliz que había dentro a hacerle pruebas hasta que se quedaba sin fuerzas, entonces pasaban a la siguiente habitación, y así hasta terminar con la jornada. Caminaba detrás de sus dos compañeros, siguiéndolos hasta la habitación con la que empezaban la ronda.
—Hoy toca la 201—anunció uno de ellos al llegar a una de las tantísimas puertas que había a ambos lados del pasillo.
Draco puso su mejor cara de indiferencia y asintió con la cabeza a su compañero. Éste sacó un enorme llavero plagado de llaves, que se correspondían a todas y cada una de las habitaciones del centro; buscó hasta dar con la de la habitación y abrió bruscamente. Entraron a oscuras y uno de los muggles encendió la luz de golpe, sin siquiera dignarse a despertar primero a la persona que ocupaba la camilla.
—¡Buenos días, preciosa! —exclamó burlón.
Entonces Draco miró a la muchacha que estaba atada a la cama y tuvo que hacer esfuerzos por mantener la compostura. Ahí estaba Granger, medio dormida, totalmente indefensa, atada de pies y manos, completamente inmovilizada. Tenía un gran hematoma en la mejilla y unas enormes ojeras debajo de los ojos. Recordó aquella vez que bromeó al ver que tenía un ojo morado diciéndole que le mandaría flores a quién le hubiera hecho eso. Ya no tenía gracia, pero que ninguna gracia. Y esta vez sabía que aquello se lo habría hecho cualquier desgraciado de los que trabajaban en ese maldito antro. Entonces se acordó de los gritos de la noche anterior, ¡había escuchado a Granger sin duda! Y era muy probable que, por quejarse, la hubieran golpeado, dejándole la mejilla completamente morada. Cayó en la cuenta de por qué le habían resultado tan terriblemente familiares sus gritos: ya la oyó gritar nada más ni nada menos que en su salón, mientras su tía Bellatrix la torturaba. Se le revolvió el estómago y sintió náuseas. ¿Qué podía haber hecho Granger para acabar de esa manera?
—Malfoy, ¿se puede saber en qué rayos piensas? —preguntó uno de los muggles al darse cuenta de la reacción que Draco había tenido.
—Oh, nada—contestó despreocupadamente—. Estaba pensando que es un verdadero crimen que alguien podido estropear esa carita así. Esta tía está muy buena, ¿no creéis? —disimuló, dirigiéndole una falsa mirada lasciva a Granger.
Sus compañeros le rieron la gracia, pero él se odió a sí mismo por haber tenido que decir semejante cosa. Vale que Granger nunca le había caído bien, pero tampoco había deseado jamás que le hicieran daño realmente, y mucho menos que le hicieran todas las atrocidades que había visto con los demás pacientes.
Al oír su voz, ella lo miró por fin y sus miradas se encontraron; él se sintió todavía más avergonzado, pero le sostuvo la mirada para que sus compañeros no sospecharan nada. Ella estaba tan sorprendida como él, y quizá, también, asustada. No dejó de mirarle en ningún momento, excepto cuando, después de inyectarle el calmante de todos los días, la arrastraron por el pasillo hacia la sala de siempre. Era "la hora de las drogas". Draco consiguió aguantar el tipo durante dos horas aproximadamente, viendo como drogaban a Granger hasta el aburrimiento, con muchísima más dureza que a cualquier otro paciente que hubiera visto.
—Este es un caso especial, Malfoy—explicó uno de los hombres—. Tenemos órdenes directas de hacérselo pasar muy, pero que muy mal a ésta—prosiguió—. Es una rata fisgona, ¿sabes? Y a nosotros no nos gustan los fisgones—añadió, mirando a Hermione con crueldad.
Draco ya no podía más, ya había tenido que aguantar ver a Granger siendo torturada una vez, como para tener que verlo por segunda vez en toda su vida. Sus compañeros se estaban ensañando mucho con ella: le suministraban dosis muchísimo más altas que a los demás, la golpeaban cuando se le antojaba, le hacían comentarios groseros y, por si fuera poco, de vez en cuando la tocaban de forma bastante inapropiada —aunque no llegaban a propasarse—, haciéndola sentir muy incómoda. En una de las veces, Granger le miró con los ojos totalmente empañados, como suplicándole que la ayudara. Ese fue su tope, hasta ahí todo lo que pudo aguantar; así que sin más, se levantó bruscamente de su asiento dispuesto a irse.
—Disculpadme, pero hoy me siento un poco indispuesto—explicó, al ver que los dos muggles le miraban con sorpresa—. Seguid vosotros, yo me voy a casa a descansar.
Los dos hombres asintieron sin más —Draco era su jefe y tenían órdenes de obedecerle en todo sin rechistar—, así que salió de la habitación lo más deprisa que le permitieron sus piernas y, tan pronto como pudo, se Apareció en su casa. Nada más llegar, fue directo al baño y vomitó varias veces; nunca antes se había sentido tan miserable. Se repudiaba por todo lo que se veía obligado a hacer, pero sobre todo repudiaba a su padre, ¿por qué le obligaba a hacer eso? ¿Por qué había permitido que viera a Granger? ¿Era eso parte de su plan? ¿O tal vez había olvidado que la muchacha había ido al colegio con él? Cada vez las cosas tenían menos sentido, a su padre nunca se le olvidaría quién era Granger, siempre le había repetido a Draco que era un inútil por dejar que una asquerosa sangre sucia sacara mejores notas que él. Pero, entonces, ¿era justo por eso por lo que había dejado que la viera? ¿Pensaba su padre que así se vengaría de ella y Draco estaría tranquilo? O tal vez su padre hubiera cometido un grave error… Sí, su primer error fue mentirle acerca de su madre y, desde luego, el siguiente error había sido mandarlo a trabajar a un sitio en el que estaba encerrada Granger, a la que todos habían dado por muerta.
Entonces decidió que había llegado el momento de actuar: tenía que prepararlo todo y sacar a Granger de allí costara lo que costara. Se aferró a la idea de que tal vez ella supiera algo de su madre, o que tal vez pudiera darle información que le ayudara a encontrarla. Su cerebro empezó a funcionar a toda velocidad, urdiendo un plan para sacarla de allí y todo cuanto requeriría antes, durante y después de todo el proceso. Sabía que una vez hecho no habría vuelta atrás y que no podría volver por allí. Se le cruzó una idea por la mente que podría funcionar, así que empezó por el primer paso: retomar las clases de Estudios Muggles.
Desde aquel fatídico día en que había visto por la televisión la horrible noticia de que Hermione había sufrido un accidente, Ron no había dejado de beber un solo instante. Sufrían accidentes de este tipo un montón de personas a diario, ¿por qué ella? Desde que volvió a casa después de ir a ver a Harry y a su hermana, lo único que había hecho era servirse una copa tras otra, mientras Lavender le suplicaba que dejara de beber, que así no iba a arreglar nada. Y así todos los días hasta que se hartó de él y le dejó. "Mejor así", pensaba para sí mismo, pues nunca había sentido absolutamente nada por ella, si había aceptado su compañía era simple y llanamente por no quedarse solo. Y en ese momento era precisamente como estaba; solo, acompañado únicamente por sus botellas de whisky de fuego. Bebía sin parar con la esperanza de que al final se ahogaría en litros y litros de alcohol y moriría tranquilo en la mesa de la cocina. Pero eso nunca llegaba, lo más nefasto que le sucedía eran unas resacas terribles, las cuales pensaba que se merecía con creces. Eso y mucho más, se culpaba por todo lo que había pasado. Se atribuía a sí mismo que las cosas con Hermione se hubieran torcido, por su culpa hacía tiempo que ni se hablaban, y es que la última vez que habló con ella se había comportado como un auténtico cretino.
Se acordaba de aquel beso que ella le dio en mitad de la guerra y de lo feliz que se había sentido. Después de eso, cuando todo terminó, estuvieron saliendo un tiempo juntos, estaban muy bien, pero al final la tuvo que fastidiar, como siempre. Habían pasado ocho maravillosos meses juntos, él se dedicaba de lleno al negocio Sortilegios Weasley junto con su hermano George y a ella le ofrecieron un trabajo del lado de la ley, aunque nunca supo muy bien que hacía exactamente, lo único que conocían todos de su trabajo es que, al final, desenmascaraba todo tipo de tramas ilegales que ponían en peligro la seguridad del mundo mágico. Y un buen día, al llegar a casa, Hermione le comentó que le habían asignado un compañero y que trabajarían mano a mano en pos de la verdad y la justicia. Al principio le pareció bien, pero pasaban tanto tiempo juntos que empezó a tener celos. Tenía muchísimo miedo de perderla, y ese miedo terminó por desquiciarlo, hasta el punto de que cada vez que ella le hablaba de su nuevo amigo y del trabajo, él adoptaba una actitud fría y distante. Una noche se retrasó más de lo habitual y él la esperó despierto durante varias horas, furioso, pues sabía que había estado con él.
—¿Se puede saber qué horas son estas de llegar?—le había espetado cuando ella llegó a casa. Ni siquiera le había dado tiempo a quitarse el abrigo.
—Lo siento, Ron, hoy teníamos más trabajo de lo habitual—se había disculpado ella—. Perdona que no te haya avisado, no volverá a ocurrir.
—Oh, sí, ya, "trabajo", con tu nuevo amiguito, ¿verdad? —había preguntado, irritado.
—Pues…sí, trabajamos juntos, ya lo sabes—había contestado ella—¿Se puede saber qué te pasa?
—¿No lo sabes?—Había preguntado él levantando un poco el tono—¿De verdad que no lo sabes? Pues te lo voy a decir: me pasa que no me gusta nada que mi novia esté tanto tiempo con un tío al que ni conozco.
—Pero Ron, somos compañeros de trabajo y nada más, no sé a qué viene todo esto—ella empezaba a estar molesta por la situación.
—Sí, ya, claro, claro, ¿y qué tal "trabaja"? ¿Lo hace mejor que yo?—había insinuado, dejándose llevar por los celos.
—¿Qué estás insinuando, Ron? Espero que no sea lo que yo creo…—había contestado Hermione, atónita.
—Venga, Hermione, no te hagas la tonta, sabes muy bien a qué me refiero—la estaba avasallando sin ninguna piedad, pero ya le daba igual.
—No, no, dímelo, quiero saber si tienes el valor de decírmelo a la cara—inquirió ella, se estaba poniendo furiosa.
—Pues qué va a ser, Hermione, qué va a ser, que mientras yo estoy deslomándome en la tienda, tú estás por ahí revolcándote con otro.
¡PLAF! Conforme acabó de decir eso, ella le cruzó la cara de un bofetón que resonó en todo el habitáculo.
—¡No te atrevas a insultarme de esa forma, Ronald Bilius Weasley!—Inquirió ella, un par de lagrimones le cayeron por las mejillas de pura rabia—. ¿Después de todos estos años que me conoces, piensas eso de mí? ¿De verdad, Ron?—espetó.
—Pasáis todo el día juntos, no paras de hablarme de él…—enumeró—. Además, si te enfadas tanto, por algo será.
—Mira, ¿sabes qué? No quiero estar con una persona que no confía en mí, así que ahí te quedas, tú y tus celos—enunció, rabiosa.
—Ah, no lo niegas entonces, ¿no? Pues me lo dejas todo muy claro—añadió él.
—Vete a la mierda—era la primera vez que ella le decía eso a alguien, pero se sentía muy humillada y confusa, ya le había notado un poco raro, pero eso era demasiado—. Mañana vendré por mis cosas, buenas noches.
Se dio la vuelta y se marchó a casa de Harry, quien la acogió junto con Ginny para que pasara la noche. Estaba muy dolida, nunca se le ocurriría engañar a Ron y mucho menos con un compañero de trabajo. Eran solamente eso, compañeros, sin ningún tipo de atracción siquiera. Se pasó toda la noche en vela, llorando, sintiéndose muy ridícula y vejada.
Por su parte, Ron pasó la noche prácticamente igual, despierto, mirando el lugar que ella ocupaba en la cama y que ahora estaba vacío, dándole vueltas a lo que acababa de suceder. A la mañana siguiente, ella llegó temprano a por sus cosas, tal y como había anunciado. Él la miraba ir y venir de un lado a otro, cogiendo cosas de aquí y de allá, en silencio, con la cabeza baja, tratando de evitarle. Cuando ya estaba en el rellano de la casa, a punto de marcharse, corrió hacia ella y la detuvo, agarrándola del brazo. Ella levantó la mirada y le observó con sorpresa.
—Yo…—fue capaz de decir.
—¿Sí?—alentó ella.
—Lo siento mucho, Hermione, de verdad que estoy muy arrepentido—dijo él—. Dame una oportunidad, por favor, te prometo que no lo volveré a hacer nunca más—suplicó.
—Ron, anoche me sentí muy humillada, no se me va a pasar de la noche a la mañana y lo sabes, estoy muy dolida—contestó ella.
—Por favor, te juro que cambiaré, te dejaré trabajar todas las horas que quieras con él, pero no me dejes—siguió, al punto de estarse arrastrando como nunca antes lo había hecho.
—Lo siento, pero no puedo estar con una persona que no confía en mí—insistió ella—. Me has hecho mucho daño y ahora no puedo estar bien contigo ni aunque quisiera. Es mi decisión y quiero que la respetes, así que por favor, déjame ir—sentenció.
Entonces él se rindió, soltó su brazo y la dejó marchar, sintiendo que con ella se iba una parte de su alma. Pero eso no fue todo, pasado un tiempo consiguieron tener una relación cordial, hasta que poco a poco volvieron a ser amigos. Quedaban con Harry y Ginny y se iban por ahí a tomar unas cervezas de mantequilla, las cosas se habían relajado después de poner mucho empeño. Hasta que apareció el imbécil de Meyer y lo estropeó todo. Él era amigo del compañero de trabajo de Hermione, y un buen día decidió presentarlos. Se llevaron muy bien desde el principio, y empezaron a quedar a solas, se iban a cenar, se tomaban unas cervezas de mantequilla, iban a comprar… así hasta que sucedió lo inevitable y empezaron a salir. Y esto no le sentó muy bien a Ron cuando se enteró, así que en cuanto Hermione anunció que se iba a ir a vivir con él, no lo pudo soportar y explotó. Le echó en cara todo lo que pensaba y ella no se quedó callada. Le recriminó el poco tiempo que había tardado en buscarse a otro y ella le contestó que era un resentido y que era hora de que superara el hecho de que ya no estaban juntos. Se enzarzaron en una acalorada discusión en la que ambos tiraron al otro numerosas puyas y comentarios hirientes, hasta que Hermione decidió ponerle fin.
—Déjalo ya, Ron, ¿quieres? Me tienes harta, pero harta de verdad—inquirió—. No soporto tus quejas, ni tus recriminaciones, ni tus malditos celos. Así que, por mí, aquí se acaba todo, no me vuelvas a dirigir la palabra nunca más, ¿entendido? —sentenció.
Él se quedó blanco, era lo último que esperaba oír; asintió ligeramente con la cabeza y ya no volvieron a tener ningún tipo de relación. Por su comportamiento, no sólo había perdido una novia, sino también a su mejor amiga. La había fastidiado y mucho; y cuantísimas veces había querido disculparse con ella y que todo volviera a la normalidad. Cuantísimas veces quiso decirle que la amaba con todo su corazón y que jamás la iba a olvidar. Y ahora ya era tarde, ella no estaba y nunca iba a saber todo lo que él quería decirle; y por ello, se maldecía cada día, cada hora, cada minuto que pasaba. Por haberla apartado de su lado. Por haberla perdido para siempre.
¡Y hasta aquí llegamos hoy! Espero que el capítulo no se haya hecho muy pesado, pero lo de Ron era algo que me parecía necesario ya que en el primer capítulo os cuento que "las cosas se habían torcido entre él y Hermione" y no quería dejarlo en el aire. En el próximo prometo poner más acción, a partir del siguiente empieza lo bueno :). ¡Un besazo!
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