¡Hola a todos! Siento muchísimo no haber podido actualizar antes, pero entre semana no tengo ordenador porque estoy haciendo prácticas en otra ciudad y no he podido escribir, así que conforme lo he terminado, lo he subido^^ Muchas gracias por vuestra paciencia. Como siempre, recapitulo un poquito por si se os ha pasado algún detalle: en el capítulo anterior, Hermione se despierta en la habitación del hotel e intenta a escapar porque no se fía de Draco. Al final él consigue convencerla de que están en el mismo bando y acepta ir con él. Por otra parte, Berguer no está muy contento con el trabajo de Lucius y le echa la culpa de que Draco haya sacado a Hermione del centro. De otro modo, vuelven a hacer su aparición en escena Harry, Ginny y Jeremy, bajando este último por fin a comer con ellos y al final decide ir a un grupo de apoyo que le ha sugerido Ginny. Como le mandó Berguer en otro capítulo, Monika entra en casa de Hermione y Jeremy y se lleva unos documentos que les incriminan, pero como mencioné, no son las únicas copias. Por último, Hermione ya sabe todo y se queja del camisón que tiene que usar.

Y sin más, ¡os dejo con el capítulo, que lo disfrutéis!

Capítulo 8. Marcados

Estaba ya bien entrada la noche cuando salió de trabajar, era ya de madrugada. Se había tirado toda la tarde y parte de la noche en esa dichosa investigación. Por fin había visto el centro con sus propios ojos, había descubierto como entraban a un pobre hombre a rastras para adentro. ¿Pero qué querrían hacer con él? Estuvo dándole vueltas mientras conducía su Chevrolet por una carretera prácticamente abandonada, de camino a su casa. A Jeremy no le gustaba que tomara esos caminos, pero aquel era el más rápido. Desde que se metió en su coche tenía la desagradable sensación de que alguien la vigilaba, pero revisiones constantes al retrovisor le indicaban que estaba sola. Aún así, estaba un poco asustada y quería llegar cuanto antes.

De repente, un objeto extraño y grande se estrelló con su parabrisas, haciéndole perder el control del coche por unos instantes. Enderezó el volante rápidamente y, como buenamente pudo, detuvo el coche. Bajó del vehículo a ver qué era lo que había impactado con su luna delantera y, al descubrirlo, ahogó un grito entre sorpresa y asco: era un tejón muerto. Lo apartó de la carretera con el pie, horrorizada, ¿cómo había llegado eso ahí? ¿De dónde había salido?

¿Hay alguien ahí?preguntó tímidamente, con el corazón a mil, sabiendo que si alguien contestaba, no sería para nada bueno.

Nada, silencio total. "Serán imaginaciones mías" pensó, y se dispuso a subir de nuevo a su coche para marcharse como alma que lleva al diablo. Entonces salieron cuatro hombres de la nada, vestidos de negro, con la cara tapada, y la agarraron entre dos de ellos. Antes de que le diera tiempo a reaccionar, la despojaron de su varita y le ataron las manos. Ella chillaba y pataleaba, pidiendo auxilio, pero era prácticamente inútil, pues esa zona estaba tan poco transitada que lo más probable era que estuviera sola. Ella y esos hombres. En medio del forcejeo, consiguió destaparle ligeramente la cara a uno de ellos, pero antes de que pudiera memorizar cualquier facción de su rostro, otro de sus asaltantes le cubrió la cabeza con un saco, para que no pudiera ver nada más. Tenía muchísimo miedo, ¿qué iban a hacer con ella? La lanzaron sobre algo y oyó un ruido de puertas cerrarse, probablemente la habían metido en una furgoneta. No podía ser, no podía creer lo que le estaba sucediendo. Comenzó a chillar con todas su ganas, mientras se le llenaban los ojos de lágrimas furiosas. Y seguía chillando… gritando auxilio… pidiendo ayuda desesperadamente…

—¡Granger! ¡Granger! —oyó gritar.

Y entonces se levantó de un sobresalto; había sido una pesadilla. Seguía en la habitación del hotel, estaba empapada en sudor y tenía la cara mojada, probablemente había llorado en sueños. A su lado estaba Malfoy, que había encendido la lamparilla de noche, parecía molesto, pues lo más seguro es que le hubiera despertado.

—¿Se puede saber qué te pasa?—preguntó él bruscamente— No parabas de gritar.

—Creo que he recordado algo…—contestó ella—. Tiene que ver con el día que me secuestraron.

Y le contó detalladamente su pesadilla, mientras él la escuchaba con atención. Intentó ser lo más clara posible, pero notaba la boca seca y estaba tan nerviosa que le costaba articular las palabras. Para sorpresa suya, Draco tuvo el detalle de traerle un vaso de agua que ella agradeció bastante, lo que le facilitó terminar de contarle lo que había soñado.

—¿Y crees que eso puede ser un recuerdo? —preguntó Draco.

—Pues… no estoy segura, puede que me hayan borrado la memoria y mi cerebro intente llenar los huecos que falta con eso—hipotetizó Hermione—. O bien puede que sucediera de verdad, no lo sé.

—Anda, vamos a seguir durmiendo—sugirió Draco con cansancio. Se dio la vuelta y se dirigió a su cama.

—Malfoy, espera—le interrumpió Hermione.

—¿Sí?

—Te va a sonar raro, pero…—comenzó a decir. Él la miraba expectante— ¿Podrías quedarte aquí hasta que me duerma?

"¿¡QUE HAGA QUÉ!?" pensó Draco, como respuesta a la pregunta alzó una ceja con escepticismo. Ella suspiró y bajó la mirada, aún temblaba un poco.

—Nada, déjalo, es igual—enunció ella, acomodándose entre las sábanas. Por alguna extraña razón, él se sintió culpable por no acceder a su petición. No le apetecía nada hacerlo, pero negárselo hacía que se sintiera un poco mal.

—Venga, pero duérmete rápido que me quiero acostar—concedió cansadamente.

Ella asintió y se tumbó del todo; entonces Draco se sentó al borde de su cama, sintiéndose muy incómodo y apagó la luz. Para más incomodidad, ella buscó su mano a tientas y cuando la encontró, la agarró antes de cerrar los ojos. Maldita Granger, ¿es que no era suficiente con que se sentara al borde de su cama? Tuvo ganas de apartarla de la forma más despectiva que pudiera, pero entonces puede que le volviera a despertar entre gritos, o peor, que no pudiera volver a dormirse y quisiera charlar con él o algo por el estilo. No, prefería soportar la mano de Granger que eso.

En cuanto a ella, necesitaba tener a alguien al lado en ese momento; la pesadilla la había perturbado severamente y aún tenía miedo; tanto que no se sentía capaz de dormir sola. Y además se encontraba cansada y débil, y como Malfoy era la única persona que había allí, no le quedaba otro remedio. En otros tiempos no le hubiera pedido tal cosa ni bajo un Imperius, pero la situación era distinta, todo era distinto. No estaban precisamente en el colegio, estaban ni más ni menos que metidos en el mismo problema y no tenían más opción que permanecer escondidos los dos. Y desde luego, prefería cien mil veces tener que pedirle eso a Malfoy, que tener que dormir en ese horrible centro en el que había estado encerrada.


—Muy bien, Monika, estoy muy satisfecho con tu trabajo—enunció Berguer, contento.

Hacía unos minutos que la muchacha había entrado a su despacho, con aire triunfal y le había dado la mejor noticia que había recibido en toda la semana: las pruebas que incriminaban al centro en la muerte de la chica habían sido robadas y ahora estaban en su poder.

—Gracias, señor—contestó ella satisfecha.

—He de admitir, Monika, que no estaba muy seguro de que fueras capaz de conseguir todo esto—explicó Berguer—. No te imaginas cuantísimo me alegro de haberme equivocado—elogió.

—Yo sólo he hecho mi trabajo—alegó Monika, sonriendo orgullosa.

—No seas modesta, has conseguido mucho más de lo que esperaba, buen trabajo—insistió Berguer. Aunque tenía muy mal genio, sabía reconocer cuando alguno de sus secuaces hacía bien lo que debía.

—Me halaga, señor—admitió ella— ¿Desea encomendarme alguna misión más? —preguntó deseosa de recibir una respuesta positiva.

—Pues sí, ya que lo dices tenía algo pensado para ti—enunció Berguer.

—Le escucho—contestó Monika abriendo bien los ojos para poner toda su atención en su jefe.

—Bien, te explico, como el chico ese, Meyer, no daba señales de vida, decidí pasar a la acción para que saliera de su escondrijo—enunció con una sonrisa maliciosa—. Y ha mordido el anzuelo.

—Cuénteme más—dijo Monika, ansiosa.

—A uno de mis hombres se le ocurrió la genial idea de montar un grupo de apoyo para magos que han perdido algún ser querido—explicó pausadamente—, y es precisamente lo que hemos hecho. Tuvimos la gran suerte de toparnos con una de sus amigas, una tal Weasley, y le pudimos encasquetar un folleto con la esperanza de que se lo diera al muchacho.

—Déjeme adivinar: se lo ha dado—intervino Monika.

—Suponemos que sí, porque esa misma tarde apareció el nombre del chico en las listas de asistentes—dijo Berguer, sonriente—. Lo que quiero que hagas es bien sencillo: tendrás que asistir a las reuniones con el pretexto de la muerte de algún familiar y te acercarás a él. Quiero que lo tengas controlado.

—Perfecto, le informaré de todo, señor—contestó Monika.

—Muy bien, puedes irte.

Monika sonrió con orgullo y satisfacción por la confianza que su jefe depositaba en ella y se marchó del despacho, consciente de que Berguer estaba muy contento con su trabajo. No le defraudaría, tenía que demostrarle su valía a toda costa, así que haría todo cuanto estuviera en su mano por tener al tal Meyer y a todo su ambiente controlado.


A primera hora de la mañana, Lucius había irrumpido en el apartamento de Draco en busca de cualquier cosa que indicara su paradero. Estaba nervioso y tenía mucho miedo, era consciente de que Berguer le había perdonado la vida a cambio de que encontrara a los fugitivos. Deseaba con todas sus fuerzas encontrar algo que le fuera útil, ya que de lo contrario su jefe no sería tan benevolente la próxima vez.

Se adentró en la estancia poniendo atención a todo cuanto se encontraba allí; si no supiera de primera mano que Draco había escapado con la chica, pensaría que aún vivía en el apartamento, todo estaba perfectamente colocado, exceptuando, por supuesto, los armarios vacíos. En la mesa de la cocina había un periódico y no dudó en ojearlo para ver si entre sus páginas había alguna anotación, alguna noticia marcada o alguna señal que indicara dónde se encontraban. Nada, todo normal. Así pues, prosiguió su búsqueda por cada rincón de la casa, deteniéndose en cada recoveco del lugar para observarlo minuciosamente. Tras un buen análisis de toda la casa, llegó a la habitación principal. "Idiota" pensó Lucius, y es que, en un escritorio que tenía en muchacho en su cuarto, había un papelito en el que había apuntado un número de teléfono. Se lo guardó apresuradamente en la túnica y corrió a enseñárselo a Berguer. En un abrir y cerrar de ojos ya estaba en el centro y no tardó apenas dos minutos en llegar al despacho a zancadas. Se cruzó con Monika en la puerta, ésta salía del despacho.

—Buenos días—saludó ella alegremente.

—Qué buen humor tenemos hoy—contestó él.

—Todo trabajo bien hecho tiene su recompensa.

Y dicho esto, le dedicó una amplia sonrisa a Lucius y se marchó con aires de superioridad por el pasillo. "Impertinente" pensó, ¿quién se creía que era? ¿Se pensaba que era la única que hacía bien las cosas? La repudiaba sobremanera y sabía que el sentimiento era mutuo. Así pues, respiró hondo y llamó a la puerta.

—Adelante—instó Berguer desde dentro del despacho.

—Señor…—musitó Lucius mientras asomaba la cabeza por la puerta.

—Vaya, no esperaba verte tan pronto por aquí—comentó Berguer sorprendido—. Pasa—invitó.

—He encontrado algo que le resultará interesante—anunció Lucius triunfal, poniendo el papelito sobre la mesa del despacho.

—¿Y bien?

—Es un número de teléfono, señor—explicó Lucius.

—¡Eso ya lo sé, idiota! ¡Lo que quiero saber es a quién corresponde ese número! —gritó Berguer, a lo que Lucius se quedó en blanco— Ah, ¿no lo has averiguado, verdad? —preguntó de forma maliciosa.

—Pues… no, no lo he averiguado, quería traérselo y…

—¿¡Y se puede saber a qué cojones esperas!? ¿¡Acaso esperabas que llamara yo y terminara tu trabajo!? —gritó Berguer enfurecido.

—¡No, señor, nada de eso! ¡En seguida llamo! —exclamó Lucius, temblando, ¿cómo no se le había ocurrido llamar primero?

—Estás acabando con mi paciencia, no te lo digo más—amenazó Berguer—. ¿Te parece bien hacerme perder el tiempo con esta clase de gilipolleces?

—No, por supuesto que no, sólo que…—intentó explicarse Lucius, a lo que su interlocutor lo miró con furia, con el rostro prácticamente desencajado y rojo como un tomate—. ¡Iré a averiguarlo, perdóneme por mi incompetencia! —pidió.

—¡Al fin te das cuenta de lo inútil que eres! Venga, lárgate, que si tengo que soportar más tu presencia, no respondo de mis actos—ordenó Berguer.

—¡Por supuesto, por supuesto! ¡Ya mismo voy a averiguar de dónde sale este número! —exclamó Lucius, nervioso. Agarró el papelito apresuradamente y se dirigió a zancadas hacia la puerta.

—Una última cosa—interrumpió Berguer.

—¿Sí?

—Si los encuentras, mátalos—sentenció—. No quiero verte por aquí hasta que no me traigas la noticia de sus muertes, ¿queda claro?

—¡Sí, se lo prometo! —contestó Lucius.

Entonces Berguer asintió, con gesto todavía amenazante, y Lucius salió escopeteado por la puerta del despacho. Sabía perfectamente que el próximo fallo, por más mínimo que fuera, acabaría con su vida de una vez por todas. Y eso no lo iba a permitir por nada del mundo.


Aquel día, Jeremy no quiso esperar más y decidió prepararlo todo para volver a casa. Harry y Ginny insistieron en que se quedara un par de semanas más, pero él no quería retrasarlo tanto y marcharse cuanto antes. Así pues, a sus amigos no les quedó más remedio que ayudarlo a recoger sus cosas y acompañarlo a la casa. Su vuelta al hogar no fue nada fácil, en cuanto se acercaba a la casita en la que vivía comenzaron a temblarle las piernas, pero hizo todo lo posible por mantener el tipo.

—¿Estás seguro de que quieres entrar? De verdad que no nos importa que te quedes con nosotros—insistió Ginny con dulzura.

—Gracias, pero ya lo tengo decidido. Si no lo hago ahora, nunca seré capaz de hacerlo—sentenció Jeremy.

—Está bien—concedió Ginny.

Harry fue quien abrió la puerta de la casita, para ser el primero en entrar. Jeremy entraría detrás de él y Ginny la última. Al cruzar el rellano de la casa, Jeremy tuvo que hacer grandes esfuerzos para no derrumbarse y echarse a llorar. Estaba siendo más duro de lo que pensaba, pues allá a donde mirara veía a Hermione mirándole, sonriéndole, viviendo. No, no podía pensar en eso, tenía que ser fuerte, ella no querría que estuviera lamentándose el resto de su vida. No, claro que no, ella querría que fuera feliz, que disfrutara lo más posible y, sobre todo, que rehiciera su vida. Y eso era justo lo que iba a hacer, al menos en un futuro no demasiado lejano.

Durante la tarde estuvieron ordenando las cosas de Jeremy y guardándolas en su sitio. Antes de que el chico entrara a la habitación, Harry y Ginny se encargaron de esconder las cosas de Hermione y guardarlas en otro sitio, para que Jeremy no tuviera que hacerlo. Acabaron entrada la noche, así que encargaron comida a domicilio y cenaron los tres juntos. No se marcharon de allí hasta que Jeremy no decidió ir a acostarse.

—Chicos, ya es tarde, muchísimas gracias por vuestra ayuda, pero va siendo hora de que me acueste—anunció.

—¿No quieres que nos quedemos? Podemos dormir en el sofá—sugirió Ginny.

—No, en serio, marchaos a casa, ya me habéis ayudado demasiado—contestó Jeremy.

—¿Seguro? Mira que no nos importa, dínoslo y nos quedamos—insistió Ginny.

—Mujer, que no le va a pasar nada—intervino Harry, bromeando—. Querrá descansar.

—Bueno, vale, pero cualquier cosa nos llamas, ¿vale? Me vengo corriendo con lo que sea a ayudarte, en serio—le dijo a Jeremy.

—De verdad que no—contestó el aludido con una sonrisa en los labios—. Habéis sido muy amables y muy buenos amigos, os lo agradezco de todo corazón—enunció—. No sé qué habría hecho sin vosotros.

—Para eso estamos, pídenos lo que quieras—alegó Harry.

Se despidieron en el rellano de la casita; Ginny le dio un fortísimo abrazo a Jeremy y un beso en la frente, a lo que él sonrió, sintiéndose muy reconfortado. Harry también le dio un gran abrazo y unas palmadas de ánimo en el brazo. Y así pues, después de un largo y agotador día, también se retiraron a casa a descansar. Nada más llegar a Grimmauld Place número 12, se pusieron el pijama y se metieron en la cama, fue cuando Ginny por fin abordó a Harry.

—No creas que se me ha olvidado—enunció Ginny, ya en la cama.

—¿El qué? —preguntó Harry confuso.

—El funeral de Hermione, ¿lo recuerdas? —instó la pelirroja.

—¡Ah, sí! Pero ¿qué es exactamente lo que quieres que hagamos?

—Colarnos en su despacho—afirmó Ginny, con seguridad. Harry abrió los ojos como platos, perplejo.

—¿Te has vuelto loca? ¿En el despacho de quién? —exclamó Harry, más sorprendido todavía, no entendía nada.

—¡Pues en el de quién va a ser! ¡En el de Hermione! —replicó Ginny.

—¿Y desde cuándo tiene un despacho? ¿No tenía todas sus cosas en casa desde que empezó a trabajar por su cuenta? —preguntó Harry extrañado.

—No, lo dejó por si las moscas, ahí guardaba copias de todo y me dijo dónde estaba—explicó Ginny.

—¿Y cómo se supone que vamos a entrar sin llamar la atención? —preguntó Harry de nuevo, con desconfianza.

—Es muy fácil: Hermione me dio una copia de la llave—enunció Ginny en tono misterioso—. Por si acaso pasaba algo y la necesitaba, ya sabes—añadió.

—¿Y cuándo quieres que entremos?

—Mañana mismo—sentenció Ginny, a lo que Harry puso cara escéptica—. Entiéndeme, me corroen las dudas y si realmente mis sospechas son acertadas, quiero saberlo cuanto antes—explicó.

—Si te entiendo, a mi también me asaltan algunas dudas, pero no sé… también pienso que quizá sería mejor dejarlo todo como está y aceptarlo cuanto antes—enunció Harry.

—¡Pero cómo puedes decir eso! ¿Tú? ¿En serio, Harry? No me lo puedo creer…—inquirió Ginny notablemente indignada.

—Entiéndeme, Ginny, sabes perfectamente que lo estoy pasando bastante mal y no quisiera aferrarme a la idea de que sigue viva para luego llevarme una decepción y volver al principio, era mi mejor amiga—explicó Harry pausadamente.

—Ya lo sé, pero simplemente no soporto la idea de que todo esto no es más que una mentira—contestó Ginny—. Hazlo por mí, por favor…—suplicó— Además, me lo habías prometido.

—Ya, ya lo sé, pero ahora no lo veo tan claro—contestó Harry, a lo que Ginny torció el gesto—. Deja que lo consulte con la almohada, ¿vale? —concedió.

—Está bien—admitió Ginny—, pero mañana dame una respuesta—pidió.

Entonces Harry asintió, cansado, se quitó las gafas, le dio un beso a Ginny, apagó la lamparita de mesa y se acomodaron para dormir, abrazados.

—Gracias, Harry—susurró Ginny—. Te quiero.

—Yo también te quiero, Ginny.

Y dicho esto, cerraron los ojos y durmieron del tirón toda la noche, con una sonrisa en los labios.


El día había sido para Draco prácticamente igual que el anterior: frustrante, muy pero que muy frustrante. Como un matrimonio añejo habían hecho la misma rutina; se habían levantado, habían desayunado, habían vuelto a la habitación, habían vuelto a bajar a comer, y un largo y aburrido etcétera. Lo único nuevo había sido la pesadilla de Granger y no podían afirmar ninguno de los dos que eso hubiera pasado de verdad. Frustración y más frustración. Además, ni a él ni a ella se le ocurría cómo avanzar a partir de la fuga para descubrir la verdad; en resumen, un día de lo más improductivo. Y para colmo la maldita Granger se había enclaustrado en el baño para ponerse cómoda nada más llegar de cenar y estaba tardando lo que a Draco le parecía una eternidad. Harto de esperar, decidió irrumpir en el cuarto de baño; si Granger no había terminado de hacer lo que quisiera que estuviera haciendo, se tendría que fastidiar. Estaba cansado y quería dormir, no estaba el horno para bollos.

—Granger, ¿acaso estás cambiando los azulejos manualmente? —exclamó de forma irónica, abriendo la puerta del aseo de par en par.

—¿Se puede saber qué te pica? —contestó ella muy molesta, con un cepillo de dientes en la mano.

Le miraba totalmente perpleja, pero más perplejo estaba él al ver lo que tenía delante de sus ojos: Granger en camisón de encaje. Era la primera vez que la veía de esa forma: esbelta, delgada, sus pechos firmes… ¡si hasta parecía una mujer de verdad! Draco debía admitir que aquella prenda le sentaba realmente bien; por primera vez en su vida, la encontraba incluso atractiva. ¿Atractiva? ¿Pero en qué demonios estaba pensando, por Merlín? ¡Que era Granger! Y además, no era la situación más propicia para ponerse a tener esa clase de pensamientos ni con Granger ni con nadie.

—¿Se puede saber qué estás mirando, Malfoy? —espetó Hermione molesta. Al parecer, Draco se había quedado mirándola de arriba abajo, analizándola, sin darse cuenta. Claro que ella sí lo había notado.

—No sé por qué tanto reparo en que te vea con eso, Granger—contestó él, en todo burlón—. Tampoco era para tanto, no te queda tan mal—prosiguió, poniendo una sonrisa torcida y alzando una ceja. Ella soltó un resoplido, enfadada, lo que hizo que Draco se riera. Tenía que admitir que sus enfados eran graciosos.

—¡No seas guarro, Malfoy! —Replicó Hermione, a lo que él soltó una risotada— ¡Largo de aquí! —exigió tratando de sacarlo del cuarto de baño a empujones.

El hecho de que Granger se ruborizara era gracioso, pero para Draco era más gracioso aún que intentara echarlo de allí. Con cierta malicia, puso su mano sobre la frente de ella, a modo de tapón, y extendió el brazo, de modo que ella no pudiera empujarlo hacia afuera. Esto la cabreó aún más, así que con sus dos manos trató de retirar la suya de su frente. Entonces fue cuando reparó en un detalle: el antebrazo de Granger. La situación dejó de ser graciosa de repente, le vinieron gritos a la mente, gritos de dolor y miedo, se quedó paralizado y su semblante se tornó muy serio. En un impulso, sujetó la muñeca de Granger y la alzó para ver mejor su antebrazo. La palabra sangresucia estaba grabada a puñal, por su tía Bellatrix. Ella se dio cuenta de lo que estaba haciendo y se detuvo en seco; intentó liberar su brazo, pero él la sujetó más fuerte.

—¿No era suficiente con verlo en vivo y en directo? ¿Tenías que ver cómo había quedado el trabajo? —inquirió Hermione, esta vez su expresión era de dolor.

—No es eso, Granger—contestó él, notando una ligera presión en el pecho.

—¿Y qué es entonces? ¿No te alegras de que lleve esto por ahí para que lo vean todos? —espetó Hermione.

—No digas gilipolleces, anda, ¿por qué se supone que iba a alegrarme? —se defendió Draco, levantando el tono de voz. Él también se empezaba a enfadar, ¿quién se creía que era para insinuar eso de él?

—A ver, déjame pensar…—contestó ella, en tono irónico—. ¿Tal vez porque era lo que más te gustaba llamarme en el colegio?

—De verdad que no te creía tan estúpida—soltó Draco, con odio, mirándola directamente a los ojos con frialdad, soltando su mano sin cuidado, de la manera más despectiva que podía. A ella, por su parte, pareció molestarle todavía más este gesto.

—Ya, ya… qué bien que ahora por fin vaya marcada como me merezco—inquirió ella sarcásticamente—. Ahora todos los sangre pura sabrán sin lugar a dudas que soy una sangre sucia y así podrán evitar relacionarse con alguien de mi calaña ¿no te parece genial?

—¡Cállate de una vez! —Gritó Draco— ¿Te crees que disfruté acaso viéndote tirada en mi alfombra gritando? ¿Te crees que elogié a mi tía por hacerte eso? ¿Te crees que me levanto cada día orgulloso de todo aquello? Porque si es así, de verdad que eres más idiota de lo que pensaba—espetó furioso, ella le seguía observando en silencio, expectante—. Y te recuerdo que yo también llevo una marca, que no sé si te habrás dado cuenta, pero es peor que la tuya—añadió, arrastrando las palabras, poniendo todo su odio en cada una de las sílabas, mientras le enseñaba a ella su antebrazo izquierdo, en el que había un borrón negro que en otro tiempo había sido la Marca Tenebrosa. Al verlo, ella adoptó una expresión de lástima, cosa que irritó a Draco todavía más.

—Yo… no sé qué decir, Malfoy—contestó Hermione, se sentía un poco culpable por haberle dicho eso, era consciente de que durante la guerra lo tuvo que pasar bastante mal.

—Es igual, no digas nada—escupió él, tratando de mostrarse indiferente.

¿Pero quién coño se creía Granger que era? Sí, vale, tenía la palabra sangresucia en forma de cicatriz en el antebrazo, pero por Merlín, si seguro que cuando alguien la veía la consideraba un sello que la convertía en una heroína o alguna gilipollez por el estilo. En cambio su caso era distinto: todo aquel que veía ese borrón en su antebrazo o bien le rehuía buscando cualquier excusa tonta o le dedicaba su mejor cara de desprecio. Y todo por haber tenido que vivir de una manera que él no había elegido. Encima la maldita Granger se atrevía ahora a mirarlo con compasión. ¡Con compasión! ¡Inaudito! ¿Se creía mejor por sentir lástima de él? Es más, ¿con qué derecho se atrevía a tenerle pena? Y lo que es peor, ¿por qué le había tenido que dar él tanta explicación? ¿Por qué no la había mandado a la mierda sin más? Se maldijo a sí mismo y se dio media vuelta para volver a la habitación, pero ella le detuvo agarrándolo del brazo.

—Malfoy, lo siento—se disculpó—. No sabía que te molestara tanto ese tema.

¿Más lástima? No, no lo podía soportar más. Negó con la cabeza, todavía molesto, musitó un simple "Ya te he dicho que es igual" y se metió en su cama sin siquiera ponerse el pijama, maldiciendo a Granger, pero sobre todo maldiciéndose a sí mismo por haber tenido la genial idea de entrar en el cuarto de baño.


¡Y hasta aquí! Acabo de terminar el capítulo y lo subo ya mismo que no quiero que esperéis más jeje. Un matiz: ya sé que lo del antebrazo de Hermione es un detalle que sólo aparece en la película, pero da juego y lo quería incluir. Muchas gracias por vuestra paciencia, he procurado que el capítulo sea más largo para que tengáis un poco más de chicha que leer jeje. El próximo capítulo la verdad que no sé si podré subirlo el fin de semana que viene o ya el martes día 8, yo espero poder subirlo el fin de semana, pero os pido paciencia. En nada acabo las prácticas así que a partir de la semana del 7 tendré más tiempo para escribir. ¡Y me callo ya que no quiero ser tan pesada! ¡Un besazo!

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