¡Hola a todos! Como siempre, voy a recapitular un poco antes de empezar: en el capítulo anterior no pasó gran cosa, pero fue importante. Aparece al fin Narcissa Malfoy, que la tienen cautiva en un almacén porque supuestamente tiene algo que los que trabajan para Berguer buscan. Ha aparecido Lucius y ha amenazado con encerrar también a Draco si no se lo dice, a lo que ella ha jurado matarlo. Por otra parte, Draco se ha encontrado de pleno con Hermione y ha tenido que disimular hasta el punto de pasar muy mal rato. Así que se ha ido de allí tan pronto como ha podido y ha decidido que la sacará de allí. Por último, el pobre Ron se pasa los días bebiendo y vemos qué es lo que pasó para que él y Hermione no estuvieran juntos.

Y sin más preámbulos, ¡os dejo con el siguiente capítulo!

Capítulo 6. Trapicheos varios

Aquella mañana fue muy intensa para Draco, salió de su casa bien temprano para prepararlo todo, no podía esperar para sacar a Granger del centro, así que aprovechó que el día anterior se había ido de allí con el pretexto de estar indispuesto para tomarse el día libre por enfermedad. Se había pasado toda la noche en vela investigando todo cuanto podría serle útil sobre los muggles, y había descubierto muchísimas cosas con las que podrían sobrevivir y mantenerse ocultos. El primer paso: Aparecerse en Suiza. A las 8:59h de la mañana estaba a las puertas de una sucursal bancaria que se dedicaba a guardar el dinero sucio de políticos y magnates de los negocios corruptos, tenía la intención de robarles. Así que nada más abrieron sus puertas al público, entró al lugar con un maletín en la mano y pidió una audiencia con el director del banco alegando que tenía una gran suma de dinero que quería depositar en su sucursal. En menos de cinco minutos estaba en el despacho del director, quién estuvo adulándole desde que entró por la puerta.

—Muy buenos días, siéntese por favor, ¿señor…?

—Newman, William Newman—contestó Draco mientras se sentaba en frente de él.

—A su servicio, señor Newman, dígame, ¿qué desea? —preguntó cordial el director.

—Querría abrir una cuenta con dos millones de liras esterlinas, por favor—explicó Draco.

—Me parece fantástico, mientras realizo el trámite, ¿le apetece tomar algo? —sugirió.

—Si es tan amable de ponerme un poco de whisky, se lo agradecería—pidió Draco, se había informado muy bien y sabía que los directores de este tipo de sucursales siempre tenían a disposición de los clientes más importantes bebidas alcohólicas para ofrecerles. Todo por dar el mejor trato.

—Muy bien, espere un momento.

Y en cuanto el director se levantó de la mesa y se acercó a un minibar que tenía en el despacho a servirle la copa y le dio la espalda, Draco sacó su varita y se puso detrás de él.

Imperio—susurró. El director dejó lo que estaba haciendo y se quedó totalmente quieto—. Ahora vuelva a su asiento y abra una cuenta a mi nombre. Quiero que transfiera ahí, dos millones de liras de cualquier cuenta que le apetezca, o lo coja de varias, me da igual, pero hágalo.

El director, obediente, tecleó sin parar hasta que todo el trámite estuvo hecho, se decantó por coger el dinero de aquí y de allá para que no se notara. Imprimió los papeles pertinentes y Draco los firmó.

—Y ahora, vincule a la cuenta una tarjeta de débito que me permita acceder al dinero siempre que quiera, y en cuanto lo tramite, démela—ordenó.

El aludido volvió a teclear en su ordenador, haciendo las gestiones pertinentes para conseguir una tarjeta nueva. Cuando hubo acabado, llamó a su secretaria y le pidió que se la trajera una tarjeta limpia para activarla en el momento. Ella se la trajo, entonces él la insertó en una especie de lector-impresora, que grabó el nombre y el número que se correspondía con la nueva cuenta y, una vez la hubo activado se la entregó a Draco, junto con el contrato de la tarjeta para que lo firmara.

—Muy bien, y ahora, borre todos los movimientos que acaba de hacer—ordenó. El director hizo lo que le había pedido—. Eso es todo, así que ahora, dese la vuelta para que me marche.

De nuevo, el aludido obedeció la orden y se levantó de su asiento, para darle la espalda a Draco, quien se acercó a la puerta para marcharse y sacó de nuevo su varita para liberarlo del maleficio.

Obliviate—susurró antes de irse.

Salió del despacho tranquilamente, pasó por el hall de la sucursal, se despidió de la recepcionista y, una vez fuera del banco, buscó un sitio en el que esconderse y se Desapareció. Primer paso, disponer de dinero para William Newman, hecho.

Cuando llegó al rellano del bloque de apartamentos en el que vivía, Draco se llevó una sorpresa muy desagradable. Había una persona esperando en su puerta, impaciente. "Mierda", pensó, era su padre. Puso cara despreocupada y avanzó hacia él, decidido, tenía que hacer una buena actuación.

—Hola, padre—saludó, y el aludido se dio la vuelta.

—¡Draco! ¿Pero dónde demonios estabas? —Preguntó Lucius con notoria molestia—. En el centro me han dicho que estabas enfermo y he venido a ver cómo estabas, pero cual ha sido mi sorpresa cuando he visto que no te encontrabas en casa—explicó irritado.

"Ya, a ver cómo estaba, más bien a vigilarme" pensó Draco.

—Pues creo que es bastante obvio, he ido al medimago, padre—se excusó.

Lucius lo miró con recelo, mientras se hacía a un lado para que Draco pudiera abrir la puerta de su casa, tenía un ligero temblor en las manos.

—¿Quieres pasar a tomar algo? —sugirió Draco, a lo que Lucius asintió.

Ambos entraron en el apartamento y fueron directos a la cocina, entonces Draco preparó café a golpe de varita y se sentaron a la mesa a tomárselo.

—Gracias—dijo Lucius cuando su hijo le sirvió la taza—. Lo cierto es que me ha extrañado que no hayas asistido hoy al centro, tú nunca te pones enfermo—inquirió—. Además, te veo bastante bien.

—Hoy estoy mejor—explicó Draco—, ayer me noté con el estómago un poco revuelto y me tuve que marchar, debió sentarme mal el desayuno—mintió.

—Si es por eso, no veo el motivo por el que hoy no has ido a tu trabajo, creí haber dejado bien claro lo importante que es tu labor allí—espetó Lucius, estaba empezando a sospechar que el pretexto de su ausencia era otro bien distinto.

—Quería asegurarme de que estaba bien, eso es todo. Mañana iré sin falta—se excusó Draco. Se había dado cuenta de la mirada recelosa de su padre.

—De todos modos, esto no es propio de ti, yo sólo quiero que comprendas lo primordial de tu labor y espero que esto no se vuelva a repetir—insistió Lucius con autoridad.

—Lo siento, padre, no volverá a ocurrir—se disculpó Draco—. Si me disculpas, me gustaría irme a descansar, he pasado muy mala noche, ¿querías decirme algo más en especial? —preguntó.

—No, sólo he venido a verte, nada más—respondió Lucius mientras se levantaba de la mesa—. Mañana a la hora de siempre, no me falles—insistió.

—Hasta mañana.

Entonces Lucius abandonó el lugar y Draco respiró hondo, aliviado. No obstante, tenía que ser prudente y andarse con ojo, pues sabía perfectamente que su padre era de todo menos tonto, y que probablemente se había marchado sospechando de él. Draco apenas había ido al medimago por voluntad propia en otras ocasiones, por no decir nunca, era su madre la que insistía en que su pequeño recibiera la mejor atención cuando estaba enfermo, incluso aunque su hijo insistiera en que se encontraba bien. Y por supuesto su padre lo sabía de sobra, pero por alguna extraña razón no había querido insistirle sobre lo que había estado haciendo. Sí, tenía que andar con mil ojos, no podía echar su plan por tierra, no ahora que veía un ligero rayo de luz al final del túnel. Terminó el café y fue directo a meterse en la cama, sin siquiera ponerse el pijama; la tarde se le presentaba ajetreada y tenía que estar bien descansado para que todo saliera bien.


No llegaba a las cuatro de la tarde cuando Draco se dirigió al Callejón Knockturn para proseguir con los preparativos de su plan. Había quedado con un vendedor de objetos de contrabando, algo parecido al mercado negro muggle, le estaba esperando en un callejón oscuro y poco transitado. A esas horas de la tarde, ni un alma paseaba por allí.

—Le estaba esperando—le dijo el hombre, que respondía al nombre de Nox cuando Draco se encontró con él. Era un hombre bajo y delgado, de apariencia sombría, tenía las cuencas de los ojos completamente marcadas y un pelo largo y negro que le cubría la mitad de la cara.

—¿Tienes todo lo que te pedí? —preguntó Draco sin más.

—Oh, por supuesto, yo siempre cumplo con mi parte, ¿traes el dinero? —inquirió Nox.

—Primero mi pedido, después el dinero—exigió Draco.

—Está bien, está bien—concedió Nox—. Todos los que me compráis cosas sois iguales, de verdad, qué poca confianza—se quejó, mientras sacaba una bolsa del interior de su chaqueta y la abría para enseñarle a Draco su contenido.

—¿Está todo? —insistió Draco.

—Poción multijugos—enumeró, sacando un par de botellitas de la bolsa—. Dentro hay algunas más, pero no he podido traer gran cosa, es todo cuanto tenía en casa—explicó—. Y mi creación más preciada: carnets transmutables de identidad—anunció sacando dos tarjetas blancas de la bolsa.

—Pero están en blanco, ¿no se te habrá ocurrido timarme, verdad? —sugirió Draco con voz amenazante.

—Merlín, ¡pero qué impacientes sois! —Se quejó Nox—. Mira, chico, funciona de esta forma, sujeta—dijo tendiéndole uno de los carnets a Draco en la mano para, a continuación, sacar su varita—. Primero tienes que apuntar firmemente al carnet, dices las palabras mágicas, Revelo Identitas, le das dos golpes de varita y…—explicó mientras hacía el ritual—¡Voilá! Ahí tienes tu propio carnet de identidad muggle.

En la tarjeta en blanco empezaron a aparecer unos dibujos correspondientes al carnet de identidad británico muggle, después se rellenaron los datos pertinentes al nombre, lugar de nacimiento, etc. —en este caso, los de Draco—, y por último, apareció una fotografía suya, estática, de modo que la tarjeta se convirtió en un auténtico carnet de identidad muggle. Draco sonrió satisfecho.

—¿Y qué más cosas dices que hace? —preguntó Draco con mucho interés.

—Es sencillo, la fotografía que aparece cambiará al mismo tiempo que la apariencia que tenga el portador, el único requisito es que lo tengas tú en la mano para hacer el cambio—explicó, y entonces apuntó con su varita a Draco en la cara, que lo miró con desconfianza—. Te lo voy a demostrar, no te preocupes que ahora te lo quito—y en un ligero movimiento de varita, hizo aparecer un espeso bigote en la cara de Draco.

Al instante, la fotografía que había aparecido antes, cambió para adaptarse al nuevo aspecto de su dueño.

—Asombroso—concedió Draco, y Nox agitó de nuevo la varita para quitarle el bigote. La fotografía cambió de nuevo.

—Pero espera, que aún hay más—hizo una pausa para darle emoción al asunto—. ¿Y si no quisieras que ahí apareciera tu nombre? ¡Pues lo cambiamos! Mira, ahora digo, Nomen Salazar Slytherin, por decir alguno, le doy dos golpecitos con la varita… ¡y ahí lo tienes! —Y el nombre Draco Malfoy que relucía en el carnet, se cambió por el de Salazar Slytherin—. Puedes cambiar todo lo que quieras, te he dejado unas instrucciones dentro de la bolsa—explicó—. Y por último, le vuelves a dar dos golpecitos y… Occultare—susurró, y el carnet volvió a ser una simple tarjeta en blanco. Draco sonrió de nuevo.

—Fantástico, Nox, has hecho muy bien tu trabajo—elogió, sacando de su bolsillo un saquito con monedas—. 100 galeones, como te prometí—enunció tendiéndole el saco a su interlocutor.

—Si no te importa, voy a contarlo, ya sabes, por si las dudas—explicó Nox alegremente, mientras rebuscaba en el saco y observaba las monedas.

—Está todo, pero tú mismo.

—Ajá… bien… 85…90…95 y… ¡100! ¡Muy bien, chico! Todo correcto, un placer hacer negocios contigo—dijo Nox resueltamente.

—Hasta otra, Nox—se despidió Draco.

Y en un abrir y cerrar de ojos, se Apareció directamente en su casa. Segundo paso de su plan: identidades falsas. Hecho. Había considerado borrarle la memoria a Nox antes de marcharse, pero tenía la firmeza de que no le delataría pues todo cuanto vendía era ilegal, por lo que no llevaba un registro de sus clientes. Él protegía la identidad de sus clientes y ellos lo protegían a él, ambos tenían las de perder en caso de delatar a la otra parte, así que estaba seguro de que nunca nadie se enteraría de sus adquisiciones, a no ser que él mismo se lo contara a alguien. Pero era algo que no tenía ninguna intención de hacer.

Finiquitadas las dos primeras partes de su plan, pasó a la siguiente: cogió una especie de mochila bandolera que tenía por casa —se la había regalado la madre de Pansy pero él nunca la había llegado a utilizar— y le echó el encantamiento de extensión indetectable y lo dejó sobre su cama. De forma medianamente ordenada, comenzó a meter montones y montones de ropa, la iba a necesitar, y mucho. También comprobó que, al marcharse, Pansy había dejado ahí toda su ropa y no creía que a esas alturas fuera a ir a buscarla, así que también fue metiendo todo tipo de prendas en la mochila: camisetas, pantalones, ropa interior, ropa de dormir… porque claro, Granger tendría que vestirse con algo, no iba a ir por ahí con el camisón del centro llamando la atención en cada sitio que estuvieran.

Por último, comprobó todo el contenido de la bolsa que le había dado Nox: unas seis botellas de poción multijugos, los carnets y las instrucciones, tal como había prometido. La cantidad de poción suponía un ligero problema, y es que tal vez no fuera suficiente; tenían que aprovecharla al máximo mientras tratara de conseguir más. Lo guardó todo en la mochila, la cerró y se sirvió una copa de whisky de fuego. Ya se había encargado de solucionar la parte del alojamiento antes de ir al Callejón Knockturn, así que ya sólo tenía que esperar a bien entrada la madrugada para llevar a cabo la última parte de su plan: liberar a Granger.


El despertador sonó alrededor de las tres de la madrugada: había llegado la hora. Draco se levantó de la cama de un salto, se vistió a toda velocidad y fue a la cocina a darle dos sorbos rápidos a un café que se había dejado preparado. Fue a por la mochila, se la colgó y respiró hondo. "Allá vamos", se dijo para sí justo antes de girar sobre sí mismo y Aparecerse en la Habitación 201, la de Granger.

La habitación estaba totalmente oscura, pero lo importante era que, tal y como esperaba, no había sonado ninguna alarma al pisar la estancia. No veía absolutamente nada, así que lo primero que hizo fue sacar su varita para poder alumbrarse.

Lumos—susurró.

Se acercó a Granger y le iluminó la cara; estaba completamente dormida. Puso su mano en el hombro de ella y la zarandeó ligeramente hasta que entreabrió ligeramente los ojos.

—Granger, despierta—dijo en voz baja, al tiempo que movía su hombro rítmicamente. Ella lo miró confusa.

—¿Ma… Malfoy? —balbuceó, no entendía lo que estaba sucediendo.

—Granger, escucha con atención—pidió—. Voy a desatarte y a sacarte de aquí, haz todo lo que te diga y sobre todo, no hagas ningún ruido—explicó.

—¿Pero qué…? ¿Malfoy? —repitió, todavía sin entender. Estaba bastante aturdida, probablemente todavía estaba drogada de su "hora de las drogas".

—¡Granger, es importante! —Insistió Draco— Haz lo que te digo.

Ella seguía sin comprender, pero no tenían mucho tiempo, así que mediante la magia desató las correas que la sujetaban a la cama y la ayudó a incorporarse. Le costaba mantenerse en pie, estaba muy débil y permanecía en una especie de trance.

—¿Malfoy qué quieres de mí? —preguntó.

—Las preguntas después, Granger, no hay tiempo, ven conmigo—sentenció él, tendiéndole la mano.

En cuanto ella tomó su mano, Draco abrió la puerta de la habitación a golpe de varita y se asomó al pasillo con prudencia. La seguridad del centro era bastante penosa, pero sabía de sobra que por las noches algunos individuos vigilaban los pasillos. En cuanto se hubo asegurado que no había nadie, arrastró a Granger fuera de la habitación. Como apenas se mantenía en pie, andaba prácticamente dando tumbos, muy despacio, detrás de él, que tiraba con fuerza de su mano para que se diera prisa, pero eso sólo hacía que ella perdiera el equilibrio y estuviera a punto de caerse en varias ocasiones en pocos metros.

—Granger, vamos, tienes que esforzarte, date prisa—suplicó Draco.

No contaba con que ella estuviera tan débil para no poder andar prácticamente, así que decidió que era mejor sujetarla por la parte alta del brazo, casi a la altura del hombro y aligerar el paso. Se la estaba jugando mucho haciendo eso, si los descubrían estaba perdido, seguramente correría la misma suerte que ella y acabaría teniendo su propia "hora de las drogas". O peor, ambos acabarían muertos. No, no lo iba a permitir, no estaba dispuesto a que le humillaran y maltrataran de esa forma. Y mucho menos sin haber encontrado antes a su madre. No, no, no y no. Granger era su única esperanza, estaba convencido de que ella sabría algo y se aferró a esa idea como a un clavo ardiendo.

Siguieron avanzando por el pasillo a ritmo más acelerado, el corazón le latía tan deprisa que pensaba que se le iba a salir del pecho. Sólo quedaba el último paso por hacer antes de Desaparecerse del lugar e ir a un sitio seguro: coger la varita de Granger. Su padre le había explicado a la perfección dónde estaban las varitas de los magos a los que encerraban, así que era tan fácil como entrar y coger la de Granger. O eso pensaba él. Cuando ya prácticamente habían llegado, un destello de luz se reflejó a ambos lados del pasillo, y no procedía precisamente de la punta de su varita.

—¡Eh, alto! ¿Quién anda ahí? —era uno de los vigilantes, los habían descubierto.

De forma instintiva, Draco se cargó a Granger al hombro y corrió por el pasillo con todas sus ganas. Le costaba mucho desplazarse con una bruja adulta a cuestas, por más delgada que estuviera, pesaba lo suyo. El vigilante corría tras él, gritándole que se detuviera, dando la voz de alarma. Dobló a la derecha por el pasillo, para girar nuevamente en otro tramo del pasillo. Ya casi estaba llegando, le faltaba el aliento, se le pasó por la cabeza que quizá no saldrían con vida de allí ninguno de los dos. No, ni hablar, eso no sucedería, como que se llamaba Draco Malfoy que no los iban a capturar. Entonces una sirena resonó por todo el centro, al tiempo que unas luces rojas de alarma se encendían en el techo. "Mierda, mierda y más mierda", maldijo para sí. ¿Después de todo se iba a ir su plan al garete? Oyó más pasos y gritos de otros vigilantes, estaban a punto de alcanzarlos, y entonces llegó a la puerta que buscaba. La abrió a golpe de varita y entró en ella, dejó a Granger en el suelo y cerró la puerta, bloqueándola con su cuerpo. En la sala no habían más que estanterías repletas de cientos de varitas de otros magos y brujas.

—¡Granger, coge la tuya, corre! ¡No tenemos más tiempo! —suplicó Draco, estaba completamente desesperado.

Pero ella no podía moverse con rapidez, escudriñó la estancia con la mirada como pudo, pero no daba con la suya. Le costaba pensar, se sentía débil y le resultaba difícil discriminar su varita de las demás. Quería irse a casa.

—¡Joder, Granger! ¡Nos van a atrapar! —oyó como al otro lado de la puerta se acercaban los vigilantes, sabían que estaban ahí—. ¡Por los calzones de Merlín! ¡Accio varita de Granger! —chilló, a la desesperada.

Para su sorpresa, el hechizo convocador funcionó y en un abrir y cerrar de ojos tenía la varita de Granger en la mano, no podía creer que la seguridad fuera tan patética hasta el punto de que un simple hechizo como ese funcionara. Se despegó de la puerta y cogió a Granger del brazo; entonces un par de vigilantes irrumpieron en la habitación, pistola en mano.

—¡Alto ahí! ¿Malfoy? —Gritaron sorprendidos, al verlo.

—No puede ser… ¡eres un traidor! ¡Quieto ahí, no te muevas! —inquirió uno de los dos, apuntando a Draco con la pistola.

Hábilmente, apuntó a los dos hombres con su varita y en una milésima de segundo les lanzó un Desmaius tan potente que los lanzó despedidos por los aires varios metros lejos de la puerta. Entonces, con Granger sujeta, no lo pensó dos veces y giró sobre sí mismo para Aparecerse en una habitación que había reservado esa tarde en un modesto hotel muggle. El corazón le seguía latiendo desbocado, su cuerpo rebosaba adrenalina, qué poco había faltado para que su plan se desmoronara. Suspiró aliviado, ya estaba hecho y por fin podía dormir. Fue entonces cuando oyó un golpe seco dar en el suelo que lo sobresaltó.

—¿Granger? ¿Granger?

Su cuerpo no había aguantado el gran esfuerzo que acababan de hacer y se había desmayado sobre la moqueta de la habitación.


¡Y eso es todo por hoy! Este capítulo ha sido completamente de Malfoy, con todos los preparativos para sacar a Hermione del centro, espero que no se os haya hecho pesada tanta explicación, pero me pareció necesaria para no dejar ningún cabo suelto. ¡Nos vemos en el próximo capítulo!

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