¡Hola a todos! Ya estoy aquí otra vez^^. Como siempre, un poco de recapitulación: en el capítulo anterior se ven todos los preparativos que hace Draco: poción multijugos, carnets falsos, ropa, dinero robado, hotel muggle… ¿qué querrá hacer con todo esto? Y por fin ha sacado a Hermione del centro, aunque casi les pillan y se va todo al traste.

Y sin más, os dejo con el capítulo, ¡que lo disfrutéis!

Capítulo 7. Hotel, dulce hotel

Cuando recuperó la conciencia, todavía con los ojos cerrados, Hermione comprobó que podía mover sus manos y pies libremente; no los tenía atados. Entonces pensó que igual todo aquello había sido una pesadilla demasiado larga y de las más grotescas que había tenido nunca, así que alargó el brazo en busca de Jeremy al otro lado de la cama, pero el lugar que debía ocupar estaba vacío. ¿Pero qué hora era? Abrió lentamente los ojos y enfocó una habitación pequeña —que desde luego no era la suya—, con apenas dos camas, un armario, dos mesitas de noche y un sillón, ocupado por Malfoy. "¿¡Malfoy?!" se gritó para sí, al tiempo que se levantaba de un bote de la cama. Él la miró, paciente, como esperando a que le dijera algo. Entonces lo recordó; no había sido una pesadilla, realmente había sucedido y su observador la había rescatado, pero ¿por qué? ¿Qué hacía él ahí? Puso más atención al habitáculo, entraba mucha luz por la ventana, debían ser ya las doce del mediodía, tenía la sensación de haber estado siglos durmiendo, la cabeza le dolía y notaba todo el cuerpo entumecido. Entonces vio la puerta de la habitación y en un impulso corrió hacia ella y trató de abrirla desesperadamente. Cerrada.

—Me imaginaba que intentarías escapar—enunció Malfoy tranquilamente, mientras se acercaba a ella despacio—. Yo que tú dejaría de intentarlo.

—¡Déjame salir, Malfoy! —Exigió ella— O te juro que…

—¿Qué me vas a hacer? Te recuerdo que tengo tu varita—explicó él alzando una ceja, la situación le resultaba un tanto divertida—. Anda, déjalo, siéntate—dijo haciendo amago de cogerla del brazo, pero ella se apartó.

—¡No te atrevas a tocarme! ¡Sácame de aquí!—insistió ella. Él se rió, lo que hizo que ella se cabreara aún más— ¿Se puede saber qué te hace tanta gracia? ¿Qué pasa, que soy un regalito de tus nuevos amiguitos para que te diviertas? —ante aquella insinuación, él se rió todavía más.

—No seas ridícula, Granger, eres lo último que querría que me regalaran—enunció burlón. Ella soltó un bufido y lo miró con rabia, cada vez más enfadada.

—¿Y entonces qué? ¿Me has traído aquí para que me lleven a otro centro? ¿Has decidido que prefieres drogarme tú solito sin ayuda de tus compinches? —espetó.

—Vaya, Granger, y yo que te consideraba una persona inteligente—contestó Malfoy de manera irónica—. No tengo intención de hacerte daño, si es lo que te preocupa—añadió con aire cansado—. Es una historia muy larga, pero en resumen, ambos estamos metidos en el mismo embrollo.

—Ya, y me lo tengo que creer, después de todo lo que me han hecho en ese sitio, estoy segura de que todo esto es una artimaña para hacerme más pruebas o lo que sea que me estuvieran haciendo allí—inquirió ella recelosa.

—¿Te crees que a mí me hace gracia tener que convivir contigo? —Espetó Malfoy, estaba empezando a perder la paciencia— Si te he sacado de allí es porque algo muy turbio está pasando y tiene que ver con mi madre. Me he jugado el cuello, Granger, así que si te dejas de gilipolleces te explico un par de cosas y bajamos a desayunar, que tengo hambre—concluyó.

Ella le miró fijamente a los ojos, como tratando de descubrir si le estaba mintiendo, como si quisiera ver a través de él para descubrir si le decía la verdad.

—De verdad, te aseguro que estamos en el mismo bando, no voy a hacerte nada, en serio—insistió él cansadamente, imaginaba que Granger no le creería a la primera de cambio, pero no que le fuera a costar tanto convencerla.

—¿Y cómo puedo estar segura de que lo que dices es verdad? —preguntó ella, todavía desconfiando.

—No puedes—sentenció él—. Pero no te queda otra opción.

Ante aquello, a Hermione no le quedó más que afirmar levemente con la cabeza, aceptando lo que él decía. Maldito Malfoy, tenía razón, él era en ese momento su única salida. Además, estaba casi convencida de que si salía a la calle a sus anchas no tardarían en atraparla quienes fueran las personas que la habían tenido encerrada, entonces volverían a hacerle lo mismo de forma más cruel, o quizá la matarían. Odiaba tener que admitirlo, pero necesitaba la ayuda de Malfoy, y no sólo eso, sino que, de ser verdad todo lo que él le había dicho, además le debía un favor: él le había salvado la vida, y ahora estaba en deuda con él. En deuda con ni más ni menos que con el chico que le había amargado sus años de estudiante en Hogwarts insultándola y humillándola hasta a veces incluso ponerla al límite. Pero como bien había dicho él, no tenía otra opción, así que no le quedaba más remedio que confiar en él. Por el momento.

—Está bien, Malfoy, pero quiero que me cuentes esa historia tan larga que dices—pidió ella.

—Ya habrá tiempo para eso, pero lo primero es lo primero—dijo Draco, rebuscando en la mochila que había preparado. Sacó dos botellitas, una para él y la otra se la tendió a ella—. Dale dos tragos a esto—pidió. Ella miró la botella recelosa.

—¿Se puede saber qué es esto? —preguntó.

—Tú hazlo y ya lo verás—insistió él.

Aunque eso no hacía más que sembrarle nuevas dudas, hizo lo que Malfoy le había pedido y bebió de la botella. Entonces empezó a notarse extraña y su cuerpo empezó a cambiar, no tardó más de un par de segundos en darse cuenta de que lo que había tomado era poción multijugos. Corrió al baño a mirarse en el espejo; ahora tenía los ojos verdes y el pelo largo, de color castaño oscuro y liso, sus facciones eran suaves, su complexión seguía siendo prácticamente la misma, pero había menguado ligeramente en altura. Volvió a la habitación y Malfoy también había cambiado de aspecto: seguía siendo más o menos igual de alto, tenía el pelo castaño oscuro igual que ella, barba de tres días, los ojos azules y la piel ligeramente bronceada.

—A partir de ahora, cada vez que salgamos de esta habitación somos, para el resto del mundo, William y Natalie Newman. Estamos casados y vivimos en la costa, al sur de Inglaterra; y estamos en Londres por motivos de trabajo—explicó él. A continuación sacó los dos carnets que le había comprado a Nox y los modificó tal como le había explicado, dándole a ella el suyo—. Este es tu carnet de identidad, te dedicas a la exportación de productos nacionales de todo tipo a importantes empresas en el extranjero. Yo soy fotógrafo de una importante revista que se dedica al turismo y es por esto que estamos aquí: tú para cerrar un trato importante con un proveedor de alimentos típicos de la gastronomía inglesa y yo para hacer un reportaje de la ciudad.

—Vaya, Malfoy, la verdad que me dejas anonadada—admitió ella—. ¿Desde cuándo sabes tanto de muggles? —preguntó sorprendida. Malfoy era la última persona en el mundo que esperaba que inventara una trama tan sumamente alejada del mundo mágico.

—Como dicen los muggles: un buen mago nunca revela sus trucos—enunció con suficiencia, a sabiendas de que tal comentario la terminaría de dejar perpleja—. En el armario tienes ropa, cámbiate y vámonos a comer algo.

Fue cuando Hermione reparó en que todavía llevaba el camisón del centro, le dio un poco de vergüenza tener ese aspecto delante de Malfoy. Abrió el armario y escogió lo más sencillo que pudo encontrar —unos vaqueros y una camisa— y se dirigió al cuarto de baño a ponérselo.

—Ah, y otra cosa más, Granger—la detuvo Draco—, tenemos que aprovechar la poción al máximo porque no tenemos demasiada como para aguantar muchísimo tiempo, así que saldremos de aquí lo justo y necesario, ¿entendido? —Ella asintió, pero le miró algo escéptica—. Ya, ya, a mí tampoco me hace demasiada gracia pasar tanto tiempo aquí encerrado contigo, pero qué se le va a hacer—añadió como respuesta a su mirada.

Ella rodó los ojos y puso una mueca de resignación, entró al cuarto de baño, se cambió todo lo deprisa que pudo, cogió un abrigo del armario y por fin, bajaron a comer.


—¿Ha mandado llamarme, señor?—preguntó Lucius Malfoy al entrar al despacho de Berguer.

—Siéntate—ordenó Berguer secamente—. Quiero que me expliques una cosa—enunció pausadamente, con peligrosa calma. Esa actitud no auguraba nada bueno.

Se acercó a un pequeño televisor que había en la estancia, lo encendió e insertó una cinta de video. Era de una de las cámaras de seguridad, en la imagen se veía claramente a Draco llevándose a Hermione cargada al hombro, corriendo por el pasillo y llegar a la sala de las varitas. Aunque la calidad de la cinta era pésima, se distinguía perfectamente quiénes eran. El rostro de Lucius se tornó más pálido de lo que era y se quedó boquiabierto, incapaz de articular palabra alguna.

—¿Y bien? —instó Berguer.

—No…no… no sé cómo ha podido ocurrir, señor—balbuceó Lucius.

—Ah, ¿así que no sabes cómo ha podido ocurrir, eh? —Repitió Berguer, con una sonrisa irónica y un brillo siniestro en los ojos— Pues yo te lo voy a decir—enunció con calma—. ¡HA OCURRIDO PORQUE ERES UN MALDITO INÚTIL QUE NO SABE NI VIGILAR A UN SIMPLE CHICO! ¿¡CÓMO COJONES SE SUPONE QUE VAS A ARREGLAR ESTO?! —chilló, haciendo que Lucius diera un bote en el sitio.

—Pero señor, yo no… yo no… de verdad… yo... —balbuceó.

—¡Habla claro, inútil! ¿¡Ni siquiera sabes vocalizar!? —espetó Berguer.

—Yo… yo no me imaginaba que esto iba a pasar… el chico… el chico… —a Lucius la voz le temblaba tanto que no era capaz de acabar las frases.

—¿¡El chico qué!? ¡Suéltalo de una vez!

—¡El chico parecía conforme con el trabajo! —Gritó Lucius nervioso, le latía el corazón muy rápido, sentía miedo por lo que Berguer le pudiera hacer para castigarlo— Se lo juro, señor, en ningún momento me comentó que estuviera disconforme, ni que notara ninguna irregularidad, ¡de hecho parecía muy satisfecho con lo que hacíamos! —se excusó.

—Pues ya has visto que te estaba tomando el pelo, maldito idiota—inquirió Berguer—. ¿Sabes una cosa? Me estás empezando a cansar—enunció pausadamente y respiró hondo, tratando de calmarse—. Ya es la segunda vez que la fastidias y no puedo permitir que por culpa de un inepto como tú, mis planes se vayan al traste—enumeró, mientras Lucius le escuchaba con atención, temblando—. Tal vez sería mejor que te quitara de en medio de una vez por todas, ya que no haces más que darme problemas—sentenció.

—¡No, por favor! —Suplicó Lucius— ¡Déme otra oportunidad! ¡Le juro que lo arreglaré como sea!

—¿Es que no eres consciente de que esto ya no tiene arreglo? ¿No ves que ha escapado una persona a la que todo el mundo cree muerta porque no sabes hacer bien una simple tarea de vigilancia? —alegó Berguer.

—Señor yo… de verdad, déjeme enmendar mi error, puedo ir a casa del chico y… no sé, quizá se haya dejado algo que revele su paradero.

—Ya no puedo confiar en ti, me has fallado en lo más básico, has permitido que algo tan gordo como esto ocurra y ni siquiera eres capaz de darme una buena solución al problema—negó Berguer.

—¡Por favor, señor! ¡Los buscaré por todos los confines de la Tierra si es necesario, le juro que los traeré! —volvió a suplicar Lucius.

—¡BASTA! —Cortó Berguer— No hay nada en este mundo que más asco me dé que las falsas súplicas, debería matarte ahora mismo—enunció—. Pero vas a tener suerte y voy a ser benévolo contigo, por esta vez, ve en busca de lo que quiera que sea y encuéntralos—concedió. A lo que Lucius se levantó de su asiento e hizo una especie de reverencia hacia Berguer.

—¡Mil gracias, señor, mil gracias! —exclamó Lucius.

—¡Fuera de mi vista, escoria! —Espetó Berguer, a lo que Lucius se dio la vuelta dispuesto a salir escopetado por la puerta— ¡Y ni se te ocurra volver por aquí sin algo nuevo que decirme! —amenazó.

—¡Sí, señor, le traeré lo que quiera!

Y dicho esto, Lucius se marchó corriendo del lugar, dejando a Berguer muy, pero que muy cabreado, no tenía ni idea de lo poco que le había faltado para que su jefe le diera muerte ahí mismo, sobre la mesa del despacho. Y es que Berguer Kipling tenía paciencia, pero en pequeñas cantidades.


Aquel mediodía, en el número 12 Grimmauld Place, por primera vez desde que salió la noticia del accidente de Hermione en la televisión, Jeremy decidió bajar a comer con Harry y Ginny. Ya estaban sentados a la mesa cuando él entró a la cocina; sus rostros adquirieron una expresión a medio camino entre la sorpresa y la alegría al ver que Jeremy se sentaba con ellos. Aunque nunca bajaba, ellos ponían un plato para él todos los días por si le apetecía comer con ambos; de no ser así, al acabar de recoger la mesa, Ginny subía a la habitación a llevarle su plato.

—Hola, chicos—saludó Jeremy al tomar asiento.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó Ginny con dulzura.

—Un poco mejor, ya me apetecía bajar a comer con vosotros—contestó él, esbozando una ligera sonrisa.

Hacía unos días que Harry había ido a ver a un medimago para explicarle lo mal que lo estaba pasando Jeremy, y éste le mandó unas medicinas para el dolor emocional. Desde que empezó a tomarlas, había ido recuperando el apetito poco a poco, hasta que aquel día se encontró con las suficientes fuerzas como para comer con sus anfitriones. Tanto Ginny como Harry estaban expectantes por cómo pudiera comportarse, ya que aún con las medicinas seguían oyéndole llorar y gritar el nombre de Hermione por las noches, en sueños. Pero bueno, el hecho de que ya se atreviera a comer con ellos ya era un paso.

—He estado pensando que quizá en unos días debería volver a mi casa—enunció Jeremy.

—Bueno, tal vez sea un poco pronto para eso, ¿no te parece? —dijo Ginny.

—Ya, ya, pero no quiero molestaros más, así os dejo a los dos solos y no tenéis que preocuparos de mí—explicó Jeremy.

—¡Pero si no molestas!—Insistió Ginny— ¿Verdad que no? —le preguntó a Harry, que negó con la cabeza.

—Quédate el tiempo que necesites, a nosotros no nos importa—ofreció Harry.

—Muchas gracias, de verdad, pero creo que ya va siendo hora de que empiece a afrontar la realidad…—contestó Jeremy— Y la realidad es que Hermione está muerta y yo estoy solo—añadió sintiendo una punzada de dolor en el pecho.

—Vamos, no estás solo, nos tienes a nosotros—trató de animarlo Ginny.

—De igual modo, sigo pensando que no debería tardar mucho más tiempo en marcharme—insistió Jeremy.

—Está bien, pero deja que te acompañemos por lo menos cuando decidas irte—pidió Ginny, a lo que Jeremy asintió.

El resto de la comida transcurrió en silencio, había habido una mejoría por parte de Jeremy pero los ánimos estaban todavía por los suelos. Al momento de recoger la mesa, Ginny recordó que había algo que quería darle a su amigo.

—A propósito, Jeremy, casi se me olvida…—enunció rebuscando en su bolso, que lo tenía colgado en el perchero que tenían en el rellano.

—¿El qué?

—Esta mañana me han dado esto, ten—dijo tendiéndole a Jeremy un folleto—. Es un Grupo de Apoyo Mutuo para Magos en Duelo, o sea, para magos que han perdido algún ser querido. Hacen reuniones todas las tardes, he pensado que quizá te apetecería ir—explicó.

—Gracias, Ginny, pero no se yo si esto…

—¡Oh, vamos! Pruébalo, no pierdes nada por asistir una tarde—contestó Ginny—. Estoy convencida de que te ayudarán mucho a superar todo esto… no sé, puedes probar y si no te gusta pues no tienes por qué volver—insistió.

—Mmmm…—Jeremy dudó, no estaba muy seguro de querer ir— Está bien, me pasaré esta tarde a ver qué tal es—concedió.

—Me parece estupendo, si quieres te acompaño. Ya verás como te ayudan mucho—contestó Ginny contenta.

Entonces le dio un beso a Jeremy en la mejilla y le acarició la otra mejilla afectuosamente, estaba muy contenta de que por fin hubiera decidido dar el paso para dejar de sentirse tan mal. Sabía que era muy duro para él y ni se podía imaginar lo muchísimo que estaría sufriendo, pero pensaba que de estar en su lugar habría intentado por todos los medios encontrarse bien cuanto antes; aunque al final, quien todo lo cura, es el tiempo.


Cuando Monika Moore llegó a la casa de Jeremy, se asomó primero con disimulo por las ventanas para comprobar si había alguien. Para su suerte, la casita tenía un patio trasero desde el que se podía acceder a la casa; estaba tan repleto de árboles y flores que podía entrar sin que nadie la viera. Así pues, con un simple Alohomora pudo colarse en el interior de la casa, muy despacio, vigilando sus pasos para no hacer ruido por si acaso el chico estuviera en el piso superior.

Homenum Revelio—susurró.

Comprobado, la casa estaba completamente vacía. Por si las moscas, llevaba consigo una capa de invisibilidad que, aunque no era de excelentísima calidad y el efecto duraba muy pocas puestas, le serviría para salir de allí sin ser vista en caso de que alguien entrara sin previo aviso. Tenía que ser muy prudente, así que se ocultó en ella sin más y empezó su inspección del lugar. En el rellano trasero había un mueble con cajones, así que no dudó en abrirlos para buscar información que incriminara al centro en la desaparición de la chica. Negativo, ahí no había nada, así que prosiguió su búsqueda por el resto de la casa.

Se dedicó durante un buen rato a examinar minuciosamente todo cuanto podría tener documentos: cajones, estanterías, bajo los muebles… tenían una amplia biblioteca en el salón, repleta de libros y carpetas, así que tardó bastante en revisarlos uno a uno por si lo que buscaba estuviera en su interior. Nada, ni rastro de pruebas. Una vez acabada la inspección del piso inferior, subió al piso de arriba y siguió a lo suyo. La planta superior, para su suerte, tenía apenas tres habitaciones y un cuarto de baño exterior —además de un cuarto de baño en el interior del dormitorio principal—, así que no le tomó mucho tiempo revisar armarios y cajones; incluso se cercioró de que la chica no había escondido nada en la cisterna de los retretes de los cuartos de baño. Todo limpio, ni un solo documento.

Por último comprobó el dormitorio principal, el que utilizaban Hermione y Jeremy, y buscó por todos los rincones del habitáculo. Ni en el armario, ni en las mesitas de noche, ni debajo de la cama, ni siquiera detrás de los cuadros había la más mínima prueba del centro. Terminó la inspección con la revisión de una cómoda y cuán grata fue su sorpresa al descubrir que uno de los cajones estaba cerrado a cal y canto. "Debe guardarlo todo aquí" pensó, así que probó a abrirlo del mismo modo en que había abierto la puerta, pero no pasó nada. Así pues, revisó de nuevo el resto de la habitación —armarios, mesillas de noche, cajas de zapatos, etc. — en busca de la llave del cajón, pero no estaba por ninguna parte. Harta de su infructífera búsqueda, sacó la varita y apuntó al cajón.

—¡Bombarda! —exclamó, y el cajón saltó por los aires.

Un montón de papeles volaron por la habitación, por suerte no los había destruido; probablemente entre aquellos documentos estuviera lo que buscaba. Tan rápido como pudo, juntó todo cuanto se había desperdigado y revisó cada papel lo más minuciosamente que podía. Entonces lo vio: informes sobre el centro, hipótesis sobre sus actividades —que, para colmo, no andaban desencaminadas—, fotografías, nombres… ¿Pero cómo había conseguido todo eso sin que la pillaran antes? Estaba claro que la chica era muy, muy lista y que se le daba genial hacer su trabajo. Reunió todo cuando tuviera relación con el centro y lo guardó bajo su túnica; arregló el cajón a golpe de varita y, del mismo modo, utilizando la magia, dejó la casa tal y como la había encontrado. "Berguer me va a coronar" pensó, y con una sonrisa de satisfacción por lo que para ella era un trabajo bien hecho, abandonó el lugar ansiosa por darle la buena noticia a su jefe. Pero lo que no sabía Monika es que lo que se había llevado no eran las únicas copias.


Al final del día Draco no podía estar más frustrado. Durante la comida le había contado a Granger todo cuanto le había dicho su padre, qué era lo que hacía en el centro y, por supuesto, lo ocurrido en el supuesto funeral de su madre. El ataúd vacío, el comportamiento de los invitados, la actitud de su padre, todo con pelos y señales. Por último insistió en la sorpresa que se había llevado a encontrarse con ella de sopetón y que nada más verla decidió sacarla de allí porque le parecía muy extraño y que quizá tuviera relación con la desaparición de su madre. Cuando Hermione preguntó si su familia, amigos o Jeremy la habían buscado, Draco le explicó con severa incomodidad que todos sus allegados pensaban que estaba muerta y que, además, probablemente habrían enterrado a alguna pobre desgraciada en su lugar. Esto no le sentó nada bien a Hermione, ese hecho la dejó completamente helada, en shock, y empezó a respirar de forma nerviosa, hasta que agachó la cabeza y Draco observó que un par de lágrimas le caían por las mejillas.

—Ya sé que no es plato de buen gusto todo esto que te estoy contando, Granger—le había dicho él—. Pero yo tengo que encontrar a mi madre y saber toda la verdad de este asunto—explicó—. Así que necesito que me cuentes todo lo que sepas.

—Quiero volver a mi casa, con Jeremy, mis amigos, mi familia… qué asco de situación—se había lamentado ella, entre sollozos.

—¿Y qué te crees que a mí no me gustaría volver a la normalidad? ¿Te crees que me apetece estar aquí escondiéndome contigo antes que estar tranquilo en mi casa? —había espetado él.

—Yo…lo… lo siento, es que esto me supera—se había disculpado ella—. No sé qué es lo que he hecho para que me metieran allí y me frustro.

—¿Y a mí no me supera? A ti te han dado por muerta y cuando todo esto acabe es tan fácil como que aparezcas por ahí a desmentirlo—había inquirido Draco amargamente—. Yo, en cambio, no sé si mi madre está bien, ni dónde cojones está.

—¿Y yo qué culpa tengo de eso? —Había espetado ella, a lo que él alzó una ceja y puso una mueca de reprobación, directo a replicarle— Bueno, vale, está bien—se adelantó—, ¿qué es lo que quieres saber?

Entonces Draco estuvo interrogándola un buen rato, hasta el aburrimiento, repitiendo las mismas preguntas cada dos por tres en parte para asegurarse y, por otra parte, porque estaba desesperado por saber. Pero nada, Granger sólo recordaba haberse despertado en el centro, atada a la cama, y que esa misma mañana había empezado su infierno personal. No sabía cómo la habían atrapado y ni siquiera recordaba qué es en lo que estaba trabajando antes de eso. Y lo más decepcionante: no sabía nada de su madre, ni se la había mencionado nadie, ni se la había cruzado por el pasillo, nada. Draco también la había buscado por el centro lo más disimuladamente que había podido, pero tampoco la había visto, así que la opción más probable es que estuviera en cualquier otro sitio. Su padre podría haber cometido un error al dejar que se encontrara con Granger, pero no era tan inepto como para dejar que se cruzara con su madre. Y él le había hecho creer que era consciente de que estaba muerta, había actuado con toda la normalidad que le había sido posible. No obstante, el que Granger no pudiera darle más información suponía un estancamiento en su búsqueda. Y esa idea le desesperaba.

—¿De verdad te piensas que voy a dormir con esto? —preguntó Hermione molesta, ya en la habitación del hotel, sacando a Draco de sus pensamientos. En la mano llevaba un camisón muy pequeño, negro, con encaje, que más que un camisón parecía un picardías.

—Es lo que hay—contestó Draco—. Es lo que usaba Pansy para dormir.

—Pues no pienses que voy a ponérmelo, Malfoy—enunció Hermione, escéptica.

—Bueno, si no te gusta el camisón, puedes dormir desnuda—inquirió Draco en tono burlón.

—¡Ya te gustaría a ti!—espetó ella, notablemente molesta, se había sonrojado ligeramente y Draco, que lo había notado, esbozó media sonrisa, de forma irónica, dándole la impresión de que se estaba riendo de ella.

Se dio media vuelta y entró al cuarto de baño con aire orgulloso para cambiarse de ropa. Draco asumió que ella había aceptado dormir con el camisón y se sentó en el sillón de la habitación a esperar que saliera. Tenía una cierta curiosidad por ver cómo le quedaba, Granger era la última persona del mundo que se hubiera imaginado con tal cosa puesta. De hecho, aún teniendo novio, no pensaba que usara ese tipo de atuendos ni siquiera para él. La puerta del baño no tardó en abrirse y Draco se inclinó hacia adelante en el sillón con expectación; entonces salió Granger… con uno de los albornoces del hotel puesto. Su rostro adoptó una expresión de decepción muy difícil de ocultar.

—Ni pienses que me vas a ver con eso puesto—enunció ella con aire digno, se había percatado de la cara que él había puesto.

—Estrecha…—murmuró él por lo bajo, mientras ella abría su cama para acostarse.

—¿Qué has dicho? —preguntó molesta, fulminándolo con la mirada.

—Oh, nada, que será mejor que yo también me ponga el pijama.

Y dicho esto, se levantó de un salto y fue directo al cuarto de baño a cambiarse, mientras Granger seguía fulminándolo con la mirada y dejándola con la réplica en la boca.


¡Y hasta aquí llegamos hoy! Por fin ha habido contacto directo entre Draco y Hermione^^. Ya que el capítulo anterior fue bastante cortito, me he explayado un poco más en este. El tema de Monika entrando en la casa de Hermione y Jeremy tenía intención de meterlo en el capítulo anterior, pero al final preferí dejarlo sólo con los preparativos de Draco y con la fuga.

Como siempre, espero que os haya gustado este capítulo y a ver si puedo subir pronto el siguiente^^. ¡Un besazo!

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