EVEY

Intentó mostrar una expresión impasible mientras se acercaba por primera vez a Evey.

Como todos los hombres jóvenes de su edad, me diréis, que se hacen los duros en su primera vez.

Severus no era duro, pero se esforzaba por demostrarles a todas que él no estaba impresionado. En su mirada se debatía el intento, a todas luces inútil, de hacerles creer que él conocía su oficio y que había utilizado sus servicios ocasionalmente.

La calle estaba sucia y el ambiente era asfixiante en el mes de julio, las chicas tensas, el joven tembloroso.

Cuando él se acercó por primera vez a Evey, no quería más que sexo, eso era evidente. Y fue por azar que ella hizo nacer en él la necesidad irresistible de explorar otras secretas obras de arte, ocultas en otros cuerpos banales...

Evey.

Era una chica de unos veinte años, lenta. Increíblemente lenta y muy, muy calmada. Esperaba apoyada en la pared de nuestra calle cuando él irrumpió allí. Tranquila, los ojos casi cerrados, la silueta curvada, sabía que él venía hacia ella, pero no se dignó moverse para recibirlo.

Él farfulló algo ininteligible y después subieron.

Lo llevó a su habitación, una habitación iluminada por dos velas redondas, desusado pero confortable.

Una vieja cama de madera maciza en el centro era todo lo que le interesaba a él, de momento. Nunca más volvería a interesarse por la cama en primer lugar.

Se sentó en ella sin decir nada, la mirada severa, como cuando un comprador se convierte en juez de la calidad de un producto que va a comprar. Y observó cómo se desnudaba lentamente.

Ella llevaba un vestido negro de terciopelo que se amoldaba bien a su cuerpo. Una abertura se abría a lo largo de sus piernas, para detenerse a medio muslo, y un collar de perlas adornaba su cuello.

Era una morena, con los cabellos rectos y finos que le caían sobre los hombros sin volumen, un rostro redondo y mofletudo, labios finos de un rosa intenso y ojos verdes como un prado.

En la penumbra de la habitación, su cuerpo de terciopelo se movió como una ola negra, apacible y ondulante. Poco a poco, su ropa de terciopelo resbaló a lo largo de su cuerpo y Severus empezó a tener dificultades para mantener el control (era joven en esa época y apenas salía de Hogwarts).

Su piel rosada se descubría dulcemente, ella no decía nada y él se concentraba para controlarse, en una absoluta contemplación. Sus hombros desnudos, sus brazos, su vientre y sus muslos que se descubrían bajo el terciopelo. Ella se tomó su tiempo, Evey. Una verdadera profesional que había sentido la inquietud de Severus.

Esa languidez producía en él una expectación cada vez más insoportable, hasta el punto de que comprendió que ella le dominaba tan sólo con sugestiones. Se movía con una inmensa calma, un aire ausente, y él estaba ya excitado como una estaca a punto de sumergirse en aquello que ella le prometía. Ella era como un hechizo con trampa, en realidad, una ola que se deslizaba moviendo sus caderas, silenciosamente dominante.

Se volvió hacia él, y en su rostro redondo como la luna, sus finos labios se estiraron para hacerle comprender que ella estaba desnuda. Su único adorno era el collar de perlas que encadenaba su cuello.

La piedra colocada sobre la piel, la joya rodeando la nuca y el cuello, el sublime objeto sobre lo banal.

Lo sublime junto a lo banal. Sin embargo, su cuerpo no era bonito. La compostura era una catástrofe, ella era la reina de la extenuación, con su corona de perlas, los pechos colgando, los pezones oscuros y largos, el vientre ligeramente prominente, las nalgas más bien planas y las piernas llenas de varices. Sólo la cintura era fina y fragmentaba aquel cuerpo extraño en formas bonitas.

Ella se colocó lentamente sobre él y empezó a desnudarlo sin decir nada, con la misma lentitud. Maestra y alumno.

Aquel collar de perlas lo obsesionaba. Era como una cadena a la que ella estaba atada y que la mantenía sujeta al lento devenir de lo cotidiano. Las gotitas de nácar que colgaban de ella, mientras le desabotonaba su camisa con delicadeza, eran el precio a pagar para que se sintiera hermosa. Él entendió entonces, hasta qué punto Evey se sentía frágil por dentro, hasta qué punto le disgustaba su cuerpo, una vez le hubo desnudado. Hasta qué punto ella necesitaba sentir cualquier cosa que la vistiera.

De repente, él la detuvo, y sin pronunciar ni una sola palabra, le acarició el cuerpo con una lentitud que provocó en ambos una tortura voluptuosa.

Se tomaron su tiempo, ella le guiaba con la misma monotonía en la mirada, y él, totalmente ruborizado, atemorizado y excitado, intentaba en vano tomar el control. Pero ella le impuso su ritmo, donde los sentidos en alerta no se vuelven desenfrenados hasta el final.

Cuando ellos gritaron, uno detrás del otro, en el clímax del placer, ella se desplomó a su lado, enrojecida, sudorosa, los jadeos calientes y rápidos.

Él la observó largamente sin decir nada. Las perlas se mantenían inmaculadas, mientras que la piel que ellas adornaban estaba palpitante, explosiva, fascinante. Un collar de hielo rodeando una tierra de fuego.

Estaba magnífica así, la Emperatriz en su cuerpo de plebeya.

Él volvió muchas veces con ella, hasta su muerte, como si fuese un ritual secreto. Observar la fragilidad, hacerle el amor y pagarle. Si él no la hubiese pagado, se habrían convertido en amantes. Evey nunca había tenido amantes, pero cuidaba de sus habituales. Como una jovencita.

Guardaba su collar de perlas para él. Y sin amor, ellos se mezclaban el uno con el otro, como dos cómplices que lo saben todo acerca de su contraparte.

Ella sabía que él era virgen, él sabía que ella se sentía un adefesio.

Y ninguno de los dos dijo nunca nada.