Hola a tods. Ahí va el tercer capítulo. Es sorprendente que un tema tan escabroso como este sea tratado con tanta delicadeza y elegancia como lo hace la autora. Le envié la traducción de vuestros reviews y esta ha sido su respuesta general:
"a l'intention de les lectrices, tu peux leur dire un grand merci de ma part, même si tout le mérite de cette traduction te revient..."
Traducción: respecto a las lectoras, puedes decirles que muchísimas gracias de mi parte, aunque el mérito de esta traducción es tuyo... (:D).
"Les lectrices" son: RociRadcliffe y MoonyMarauderGirl.
Me voy unos días de vacaciones, pero el próximo lunes estaré aquí de nuevo. Os lo comento porque no podré enviar la traducción de vuestros reviews a la autora hasta que regrese. No tendré conexión a internet estos días.
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EMMA
Severus volvió muchas veces con Evey y, cuanto más venía, más seguros se hacían sus pasos y menos interés mostraban por él las chicas de nuestra calle.
Evey nunca les dijo a las demás absolutamente nada sobre aquel ser tan extraño que permanecía silencioso y taciturno. Sin embargo, no se pudo evitar que los chismorreos corrieran, pero estaba claro que, de una forma o de otra, él no la quería más que a ella.
Por lo tanto, cuando un día pasó de largo de su prostituta "titular" y se plantó delante de Emma, todas las miradas se volvieron hacia él y fue como la agitación de la marea en un crepúsculo de septiembre retumbando con brusquedad.
Todas lo observaron atónitas, excepto Evey. Ella lo entendía, supongo.
Emma había sido una bailarina en otro tiempo, una de aquellas grandes danzarinas, esbeltas, etéreas, gráciles. Su pasado era bochornoso y la vida la había arrastrado hacia una decadencia que ella parecía haberse tomado con filosofía. Tenía ya la treintena, con pequeñas arrugas en la frente y en la comisura de los labios, marcas de una historia extraordinaria, rica en encantos y, por supuesto, en desilusiones.
Había ganado peso con los años, pero había conservado su gracia y su coquetería.
Cuando ella vio a aquel pequeño delgaducho de prominente nariz, que era la comidilla de todas las conversaciones desde hacía casi tres meses, detenerse ante ella, no pudo hacer otra cosa más que sonreír.
Él le devolvió la sonrisa y le habló brevemente antes de seguirla hasta su habitación.
Con su habitual aspecto indescifrable, observó el cuarto con minuciosidad mientras ella se quitaba su chaqueta, y descubrió un escritorio donde se arrastraban viejas fotos de ella cuando era joven, cintas de satén y, como un detalle cerca de la ventana con persianas, un pequeño sillón sobre el que descansaba un fonógrafo. Las ropas de la cama estaban limpias, pero ningún detalle personal la ornamentaba. Como si ella nunca hubiera llegado a aceptar su condición.
Él acarició el escritorio con la yema de sus dedos antes de volverse hacia ella, después inició la conversación.
- ¿Te gusta la música?
Ella bajó la cabeza.
Severus aprovechó aquel momento para observarla con detalle.
Una mujer bajita y rolliza, la cabeza altiva, los ojos de un azul horizonte envolvente, pequeños bucles rubios caían aquí y allá alrededor de su pálido rostro. Labios carnosos, muy sensuales y una postura totalmente derecha. Llevaba un pequeño vestido malva de algodón, bastante simple, pero muy entallado. Se acercó a él, pero el hombre la esquivó y se dirigió hacia el fonógrafo sin añadir nada más.
Ella estaba estupefacta. Los clientes venían, follaban, pagaban, salían y continuaban su camino sin hacer preguntas. A veces, lloraban en sus brazos, pero nunca un extraño le había preguntado por sus gustos.
Él se inclinó con bastante flexibilidad, envuelto en la luz de la tarde, sobre el objeto que había llamado su atención y sonrió ligeramente al comprobar que ya había un disco preparado.
Sin hacer preguntas, sin añadir nada más, lo puso en marcha y Tchaikovski (1) invadió el cuarto.
- Baila para mí.
Yo creo que todas las putas con un poco de experiencia han tenido ya clientes extravagantes. Él lo era de muchas maneras. Avanzó un paso detrás de otro y se detuvo delante de ella, la mirada intensa.
De esta especie de extravagancias, aquel era el primero que ella encontraba. Se ruborizó, ofendida en sus propias heridas interiores. Aún así, ante el requerimiento –la apuesta- del joven, ella obedeció.
Él se aposentó sobre la cama con indolencia y se perdió en la contemplación del cuerpo en movimiento.
Ella cerró los ojos e instantáneamente, la música que llegaba de lejos la sacudió para hacerla bascular, la desplegó como un cisne, aprisionada en un movimiento que remontaba la edad y su cuerpo, recortada en la penumbra, se desvistió de aquella pesadez que los años le habían inflingido.
Sus brazos giraban en el aire, dejando al descubierto hasta la más mínima parcela de piel, blanca como el marfil. Su cabeza, sus hombros y su busto seguían aquel movimiento infernal y devastador, fuertes, llenos de vida.
Su cintura daba vueltas bajo el vestido malva y se curvaba, flexible, adversaria de un ritmo épico. Sus piernas seguían las notas de la música, volvió a ser la bailarina esbelta, la unión perfecta de la criatura terrestre y del infinito, no rejuvenecida, pero sí embellecida por las diferentes variaciones que Tchaikovski deslizó en su ballet.
Las embestidas de color, de movimientos impetuosos y gráciles, las notas imperiosas y salvajes, lo exploraron absolutamente todo.
Severus se levantó con prudencia y la acogió en sus brazos, en pleno trance, ella se detuvo de repente, ahogó un grito e hizo lo posible por arreglarse mientras controlaba sus jadeos, los ojos todavía sumergidos en su éter.
Él cerró los suyos, saboreando el aroma del esfuerzo mezclado con el perfume embriagador con el que ella se había rociado, y sus manos se reafirmaron alrededor de su cintura, encerrándola en ese momento en una jaula de hierro. Él pudo sentir su corazón brincar todavía dentro de su pecho, invadido por el ballet que envolvía el aire, tanto como él se apretaba contra ella. Enrojecida por el esfuerzo, jadeante, arrogante y resplandeciente, ella se dejó caer con él sobre el lecho.
Él sonrió tiernamente y la desnudó con languidez, rompiendo con el ritmo que invitaba a la pasión.
Ella estaba acalorada y la efusión que danzaba todavía en su interior, le hizo sonreír con malicia.
Él desnudó sus hombros y se dispuso a acariciar sus brazos con sus frías manos. Ella rió, pero no dijo nada. Era el cliente.
Él sintió un ligero estremecimiento cuando amasó sus voluminosos senos, después, su vientre aún enrojecido y con la misma lentitud que Evey le había enseñado, le besó el cuello, los hombros, los pezones, el ombligo, el sexo, el interior de sus muslos. Ella se dejaba hacer.
Todo lo que ellos hicieron fue dulce y casi tierno, rodeados por aquella música cargada de tormentas y de sueños etéreos.
Se unieron el uno con el otro mientras las notas se detenían y sus movimientos, cada vez más rápidos, se convertían en la prolongación de la ascensión de Tchaikovski. Sus gritos, en la calma repentina, marcaron la interrupción del ballet con un final feliz.
Él se desplomó a un lado, jadeante y cerrando los ojos en absoluto silencio, vio a la bailarina acercarse hacia él, sus bucles como los rayos del Sol, los ojos como un horizonte despejado, el cuerpo como un corazón palpitante, el vestido malva como una toga que cobraría vida para hacerla danzar con ella, su piel de nácar, las curvas en movimiento, los arabescos, y él resopló con fuerza.
A su lado, Emma sonreía.
Con aquellas sonrisas de niños, de niños grandes que han soportado mucho peso sobre sus hombros, pero que acaban de soltarlo todo de golpe. Ella acababa de liberar sus recuerdos y se estaba convirtiendo de nuevo en bailarina, menos joven, menos ligera, pero magnificada por la música, el peso de los años y la efímera fascinación de aquel joven tan extraño.
Emma le recibió algunas veces más y cuando sus pasos secos y precisos se detenían ante ella, su rostro se transformaba. Él era siempre severo, hasta el límite de lo mórbido, pero ella no podía reprimir una sonrisa sincera.
Su vida se convertía entonces en algo tan espléndido como las velas de un barco.
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(1) Tchaikovski: compositor ruso del S. XIX. Son famosos sus ballets, como "El lago de los cisnes" o "Cascanueces". Seguramente, la composición que estaban escuchando Emma y Severus, era "El lago de los cisnes".
