N.T.: Como he estado de vacaciones, no he podido enviarle a la autora la traducción de vuestros reviews hasta hoy mismo, así que no tengo sus respuestas a ellos todavía. Por otro lado, quisiera agradecer sus reviews a RociRadcliffe y a MoonyMarauderGirl. ¡Muchísimas gracias por seguir esta traducción! Creo que el fic de snakesandapples se lo merece :D. Muchísimas gracias también a Vima Black, por añadir este fic a sus "alertas" y a Rianne Black, por añadir este fic a sus historias favoritas :).
Espero que disfrutéis de esta cuarta entrega.
THI
Conforme los meses se convertían en años, más seguro de sí mismo se sentía Severus, habilidoso y totalmente imprevisible. Su rostro lívido escondía todas las tempestades en las que había tomado parte, sus ojos estaban tranquilos, pero nosotras sabíamos que era extremadamente cuidadoso para ocultarse de nuestros chismes.
Imprevisibles eran sus visitas, extrañas y, sin embargo, fieles. Iba a ver a Emma, regresaba con Evey. Mientras tanto, poco a poco, las chicas de la calle le dedicaban cada vez menos atención a aquel hombre que ya no era un adolescente tembloroso.
Estaba cada vez más cansado, a veces tan ansioso, que se desplomaba sobre sus camas sin decir nada y se volvía a marchar al cabo de unas decenas de minutos. Ellas lo miraban desde un rincón, pero no interrumpían el balanceo constante de sus ensoñaciones siniestras.
Una tarde de Enero fue otra a quien fue a ver, siempre erguido y seguro de sí mismo, envuelto en negro.
Thi era una pequeña vietnamita de veinte años aproximadamente, que nosotras habíamos recogido hacía algunos años, casi muerta, en el fondo de un cobertizo, temblando de frío.
Las putas también tenemos un corazón, pero no se puede robar. Hay que pagarlo.
Y Thi había pagado nuestra ayuda convirtiéndose en una de nosotras.
Cuando Severus se detuvo delante de ella, más impresionante que una tormenta, la chica adoptó la misma actitud de siempre: cruzó los brazos, exhibió un aire altanero, que con los años había hecho huir a más de un hombre, y se reforzó contra la pared.
Aquello no sorprendió a nadie. Thi no autorizaba a subir más que a algunos clientes minuciosamente seleccionados. No ganaba casi nada, pero el honor parecía estar todavía inflamado en ella e imponía su juicio subjetivo y evidentemente parcial constantemente.
Severus la observó durante unos segundos y ella frunció el ceño desconfiada:
- ¿Qué quiere?
Él hizo un rictus que podía haber sido interpretado como una burla y ella pensó en largarlo en un minuto. Sin embargo, él acabó respondiendo:
- Yo soy un cliente, tú la vendedora.
Entonces ella gesticuló, pero cedió ante aquella mirada tan negra que lo hacía puramente fascinante.
Ambos subieron en silencio y, como siempre, Severus no se permitió observarla con minuciosidad hasta que estuvieron completamente solos.
Ella era pequeña, muy delgada a través de su blusa verde raída, sin forma. No quería llamar la atención, esa era su manera de resistir. Sus cabellos, negros casi azulados, lisos y medio largos, se deslizaban como un río alrededor de su rostro, sus ojos negros eran dos pozos profundos que absorbían la mirada, su boca era un vértigo, pequeña, rosa pálido, parecía muy dulce. Su rostro seco y cuadrado contrastaba con la dulzor de sus labios, y su porte era fiero, sin llegar a ser regio.
Un perfume de jazmín se desprendía de ella, ligero y relajante.
El hombre se perdió en la contemplación y ella permaneció bajo sus ojos, inmóvil como un animal muerto de miedo. Salvo que ella no tenía miedo. Era su trabajo y no debía tener miedo.
Ella rompió el contacto visual acercándose a él para desvestirlo. A Thi no le gustaba hacer horas extraordinarias y expedía a sus clientes con tanta rapidez, que nosotras nos burlábamos de ella.
Pero, una vez más, él la esquivó, exhibió una sonrisa fantasma y después, escrutó su habitación, como siempre.
Una pequeña pieza desnuda, vetusta, nada bonito, nada musical, nada poético. Sólo una habitación con paredes decrépitas, sucias, una cama simple, una mesita de noche vacía, un escritorio desierto de todo recuerdo.
Nada.
Entonces, se volvió hacia la chica y ella se estremeció. Retrocedió claramente cuando él dio un paso hacia ella.
- Déjame hacer...
- ¿Cuándo me pagará?
- Al final...
Sus voces eran graves, murmullos como los de un ruiseñor diáfano, y aguadas en la exigente aprehensión.
Entonces, Severus se acercó con más rapidez y puso sus manos sobre los hombros de Thi, que se sobresaltó y lo fusiló con la mirada.
Él tomó los tirantes de su blusa con sus largos dedos y los arrastró sobre su piel de canela, siempre con suavidad.
Fue entonces cuando ella se rebeló, demasiado impaciente por finalizar, y acabó de desnudarse con rabia, como si su cuerpo le disgustase.
Plantada delante de él, esperaba, la mirada furiosa.
Sus brazos estaban tensados al máximo, sus pequeños senos inmóviles, sus muslos eran febriles, como si ella temblara de frío: alguna pequeña cosa se había perdido en esa calle. Y jamás había regresado.
Él sonrió más ligeramente esta vez y elevó una ceja antes de tender sus brazos hacia ella.
Ella tensó su mandíbula, pero ante la sensación de protección que se desprendía de él, cediendo a una necesidad de consuelo, se aferró a sus negras ropas, totalmente desnuda, y hundió su rostro en ellas.
Él bajó la cabeza y cerró sus brazos alrededor de ella, cubriéndola con sus propias tinieblas y ambos permanecieron así durante algunos minutos. Después, con una infinita precaución, Severus la tomó enteramente en sus brazos para llevarla hasta la cama, se estiró debajo y la dejó acostada sobre su torso, con su cabeza hundida en él.
Sus cabellos se desparramaban sobre él como pequeños torrentes en crecida, encrespados, mientras que sus pequeñas manos color de arena se crispaban sobre el negro de sus ropas.
Él acarició su espalda. Era extremadamente delgada, sus músculos y sus huesos se palpaban bajo su piel, como un Pygmalion que hubiese visto animarse a su estatua de mármol, pero sin que perdiera su dura envoltura.
De repente, él sintió una presión sobre sus costados: ella le acariciaba a través de la ropa.
Sonrió con la misma paciencia que Evey le había dedicado a él, y se apoderó de sus cabellos para entrelazarlos entre sus dedos. El jazmín se desprendió de aquel pequeño cuerpo y cerró los ojos para capturarlo.
Ella arrastró sus manos sobre sus ropas, bajo su camisa y alcanzó su piel. Estaba ardiente y palpitante, su aroma masculino era penetrante.
Durante algunos instantes, él masajeó su espalda y ella le acarició los costados bajo su camisa. No se miraban, no decían absolutamente nada.
Finalmente, ella levantó la cabeza, sus ojos negros como la noche, y lo desnudó, hábil con sus pequeñas manos, los ojos clavados en los suyos, inexpresivos pero diferentes.
Botón a botón, ella le quitó sus ropas negras, después atacó su camisa, sentada a horcajadas sobre él, sus pequeños senos danzando, sus caderas moviéndose de una forma experta, y su mirada tan diferente. Él se dejó absorber por aquella visión.
Y después de levantarla para quitarse completamente su camisa y sus ropas, se aprestó a tomarla de nuevo entre sus brazos y se dejó caer suavemente sobre la cama.
Piel contra piel, canela y mármol, marfil y tinieblas, jazmín y azabache, todo se mezcló entre ellos. Permanecieron en trance, inmóviles en aquel poderoso abrazo.
Varias decenas de minutos más tarde, ella le quitó todo lo que todavía lo vestía y, con mucha calma, con expectación y con placer, hicieron el amor.
En algún momento, Thi sintió placer, estoy segura.
Cuando ella se aferró otra vez a su torso, después del orgasmo, él estaba sudoroso y un delicioso aroma amizclado se desprendió de la piel masculina. Ella fijó su mirada en él, extenuada, y se dejó llevar durante diez minutos. Embriagada y hundida en un traidor entorpecimiento, fatigada y pesada sobre un lecho de carne.
Thi no dejaba nunca que un cliente descansara después del orgasmo, y ella todavía menos. Todo era tan rápido, que el pobre no regresaba más con aquella diablesa que exigía que se levantase inmediatamente después de haberla besado, para pagar y salir. Era siempre su aspecto de marginada y rebelde lo que atraía a los hombres.
Él pasó una mano por sus cabellos y los acarició distraídamente.
Era irreal. Acababan de hacer el amor y, en una habitación con paredes rebosantes de dureza, repletas de una nada sorprendente, sobre un lecho que no parecía el suyo, permanecían allí, descansando uno sobre el otro, cabellos enmarañados, miradas tranquilas y vacías, movimientos serenos, a lo largo de diez minutos. Ciento veinte segundos.
Ella se levantó, se vistió, le hizo pagar y salir. Pero no volvió a atender a ningún cliente más aquel día.
Thi y él se reencontraron algunas veces más, y nos empezamos a preguntar si él pagaba siempre.
Parecían tan cómplices, que empezamos a temer que ella se hubiese enamorado.
Un día, sin embargo, desapareció ahí fuera, no dejando tras de sí más que el aroma de jazmín en su habitación siempre vacía. Quizá tuvo ya suficiente y no lo amaba en realidad, quizá estaba verdaderamente enamorada y descubrió al Severus prosaico.
Nunca se supo.
Él, después de mucho tiempo, empezó a frecuentar a Alicia.
