¡Hola a todas! Siento no haberos podido contestar a vuestros reviews por mail, como hago siempre, pero esta semana no he tenido demasiado tiempo. Lo hago ahora desde aquí: ¡muchísimas gracias por sus reviews a RociRadcliffe y a MoonyMarauderGirl! :D

Como habréis podido ver, la misma autora ha dejado un review esta vez (por si no lo habíais adivinado, se trata de "snakky", que ha entrado como "anónima" :P). ¡Muchas gracias por tu apoyo, guapa! Ella está estudiando español y puede entender algo de vuestros comentarios, así que os pido que no los escribáis con lenguaje sms, por favor. Si ya es difícil entender un idioma que no es el tuyo, todavía lo es más si está escrito en un lenguaje "en clave" XD. Muchas gracias a todas :D.

Y ahora os dejo con la lectura ;).

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ALICIA

Sabíamos muy poco sobre Severus. Era un hombre que veíamos de vez en cuando desde que era muy joven. Habíamos seguido su crecimiento, habíamos visto aparecer las primeras arrugas sobre su rostro, habíamos visto como sus rasgos se tensaban y se afirmaba su porte, éramos conscientes de que él se convertía en un adulto poco a poco. Que él se volvía cada vez más sombrío, a fin de cuentas.

Cuando Thi se marchó, él ya había franqueado la puerta de Alicia. La pequeña vietnamita no había mostrado jamás su decepción cuando él pasaba delante de ella sin mirarla, para ir derecho hacia la siguiente puta.

El problema era ese. El hombre no dejaba de descubrir jamás otros cuerpos, su trayectoria curiosa e impasible, lenta e imprevisible, era probablemente insoportable para las mujeres en las que él había despertado renacimientos desatendidos.

Estoy segura de que Thi, que nunca había podido soportar su deber, su deuda, estaba destrozada. El hombre la había reconfortado, amado con sus gestos, le había dado otro destino, un sentido quizá, pero la ignoraba al cabo de poco para atender a otra.

Nunca lo sabremos.

Aquel día de Mayo, cuando él regresó a nuestro sórdido callejón para detenerse delante de Alicia, el día caía a lo lejos, el cielo estaba inflamado. Alrededor de ellos hormigueaba la vida, las chicas sermoneaban, los clientes jugaban y entre los cuerpos que pululaban en la calle, se filtraba una suave brisa fresca.

Él levantó ligeramente la falda de seda de aquella joven mujer, deslizándose entre sus muslos blancos, rozando la piel desnuda con su soplo y repartiéndolo entre otras faldas. Aquella sensación sólo duró un instante.

Severus le murmuró alguna cosa y Alicia le hizo subir, su pequeño aire sensual adherido a sus pupilas y a la comisura de sus labios.

Como el ritual le exigía, él procedió a observar su espacio íntimo: había cubierto las paredes con grandes bandas de tul verde, telas en las que se perdía la vaga luz del atardecer, y había colocado un pequeño sillón de terciopelo cerca de la ventana medio cerrada. Su cama estaba decorada con sábanas blancas, enmarcada por cortinas también blancas que se estremecían bajo la brisa que se colaba por la ventana.

Su escritorio, por el contrario, estaba limpio, o casi. Un paquete de cigarrillos y un viejo mechero estaban depositados sobre él, como reyes en su trono, como diamantes en un joyero.

Ella estaba de espaldas, la cabeza delicadamente inclinada hacia adelante y él pudo ver su nuca blanca estirarse deliciosamente hacia el escritorio. Sin decir nada, observó como cogía el paquete de tabaco, colocaba un cigarrillo entre sus finos dedos, acercaba el mechero y encendía el cigarrillo con un golpe seco y firme.

Una espiral de humo se escapó del contorno luminoso de su silueta y envolvió las telas de tul colgadas de la pared para morir entre ellas.

Entonces fue cuando Alicia se volvió hacia él y el hombre pudo observarla con más detenimiento.

Era de mediana estatura, a caballo entre la tierna veintena de formas dulces, y la treintena, con los primeros signos de la irrevocable condición del ser humano.

Su rostro era cuadrado, enmarcado por cabellos rubios ondulados, con un corte al estilo garçon (1). Revelaban la intensidad de sus ojos de océano, de un azul tan profundo que se corría el peligro de ahogarse en ellos. Algunas manchas de rubor salpicadas sobre su juguetona palidez, un cuello bastante largo, un pequeño pecho, su cintura curvándose dulcemente para redondear sus caderas, que él adivinó anchas bajo su falda de seda.

Ella no le quitaba los ojos de encima, serena, como si posase para un pintor sin blanca. La Divina Musa. Las únicas palabras que se escaparon de su boca estaban hechas de un gris efímero. Danzaron alrededor de ella como ilusiones malignas.

Severus tuvo que luchar para conservar un aire distante. Ella lo provocaba al sostener su mirada de aquella manera. Después, lentamente, ella se quitó su chaqueta de punto para desvelar la parte superior de su cuerpo, la redondez de sus hombros de nácar, su vientre un poco blando pero de una blancura exquisita, sus brazos, su pecho todavía vestido de encaje. El cigarrillo todavía se mantenía entre sus labios secos, el humo se envolvía alrededor de ella, los movimientos eran habilidosos, la mirada despierta, la sonrisa traviesa.

Ella dejó caer su chaqueta de punto detrás suyo, sola ante el hombre de hielo. Él no protestó, pero siguió su demostración con una intensidad que iba más allá del interés puramente sexual.

Alicia se quitó entonces su falda, con una infinita negligencia, descubriendo sus muslos redondos y rollizos, para desabrochar a continuación su sujetador empapado de encaje, liberando sus senos para placer del hombre.

Él se estremeció pero permaneció en silencio. Ella sonreía de medio lado, después aspiró su cigarrillo, blanca en la penumbra de la tarde, envuelta en su halo de humo, como si este último la cubriera de maravillas, quizá como un vestido suntuoso digno de una hija de sangre real. Las espirales morían en las bandas de tul y el sueño agonizaba cuando se elevaban los ojos hacia el cielo.

Ilusión. Pantalla de humo. Divinidad Púdica. Celeste Seducción.

Él no se pudo resistir mucho tiempo a aquella visión, a aquel perfume de humo caliente que subía hasta su cabeza y descendía hasta lo más profundo de su ser. Casi a punto de jadear, tuvo cuidado al acercarse, con la misma languidez de la que ella había hecho gala mientras se estaba desnudando.

Vio su piel materializarse ante él, insensiblemente, su cuerpo estaba al alcance de su mano. Se estremeció cuando tocó sus brazos, masajeándolos con la yema de sus dedos, cerrando los ojos para dejar que penetrara en él el aroma de tabaco, que se unía a la perfección con aquel instante.

Ella era indescifrable, dejó que la recorriera con sus escrupulosas manos, con su nariz grande pero ferviente, con sus ávidos labios.

Él se arrodilló para acabar de humanizar a la diosa, encarnarla para la Eternidad.

Con una infinita prudencia, besó su ingle, sus labios tocando el encaje blanco de su braguita. Ella aspiró su cigarrillo trabajosamente, con el entrecejo fruncido, como si estuviera bajo una imposible concentración, un esfuerzo del todo insoportable. De nuevo, los demonios regresaron en arabescos blanquecinos para coronar su cabeza.

Severus agarró el encaje con el dedo índice, arañando la piel de marfil y tiró hacia abajo la tela superflua con una serenidad extraordinaria. Poco a poco, vio como su sexo se descubría y, en contra de sus principios, fue preso del frenesí de poseerla. Un frenesí puramente egoísta por agarrar sus anchas caderas, por morder aquel vientre carnoso, por masajear incansablemente sus senos, por colocar su nariz en su cuello y por fundirse en ella.

Alicia emitió un gemido lascivo cuando él la tomó de la cintura para arrojarla sobre la cama.

Ella sonrió aliviada, prueba indudable de su éxito. Acababa de hechizar sus sentidos con tal violencia, que él estaba desatado. Severus, que no había capitulado jamás, puesto que el dominio de sí mismo siempre había sido una constante invariable, como las estaciones del año o el peso de la edad. Severus, que nunca se había dejado llevar por sus propios sentidos contentándose con sublimarlos, estaba preso de una terrible pasión.

Estuvo encarnizado, voraz, insaciable, perdido en aquella turbulencia de sensaciones voluptuosas. Ella fue completamente pasiva, los ojos clavados en el techo, perdidos en él; pero los ardores de su cliente fueron de tal envergadura, que ella acabó resoplando debajo de él cuando todo hubo terminado.

Su piel estaba tachonada de rojo, su pecho se elevaba con dolor, su cuerpo temblaba todavía y cerró los ojos un instante, desprovista de su velo de humo, de su velo de Gracia.

Él la miró con sus ojos negros como la noche, vio las curvas de su cuerpo dibujadas en la cálida luz de una tarde de Mayo, y se levantó después de unos instantes, desnudo, para ir a buscar el mechero y el paquete de cigarrillos. Alicia quiso protestar, pero se calló cuando sintió de nuevo su fría mirada sobre ella.

Entonces, él encendió un cigarrillo y empezó a fumar, exhalando el humo con calma, siempre focalizado sobre Alicia, como un depredador.

Volvió a acostarse al lado de ella, entre las sábanas arrugadas, le pasó otro cigarrillo, que ella cogió mecánicamente.

- Eres lesbiana.

Era una afirmación, no una pregunta. Ella volvió su cabeza hacia él, puso el dedo índice sobre su torso y con una voz neutra le preguntó:

- ¿Qué es lo que te hace pensar eso?

Él hizo un rictus indescifrable, después respondió habiendo exhalado una vez más otros demonios vertiginosos:

- Esforzarse tanto para que yo perdiese la razón, después, dejarme hacer... Amas la seducción, pero no sientes ningún placer al hacer el amor con un hombre.

- ¿Y eso quiere decir que soy lesbiana? –rió ella dulcemente antes de aspirar su cigarrillo de nuevo.

Él levantó una ceja, se enderezó y acabó así el resto de su cigarrillo, del hermoso sueño, con prisa. Tiró la colilla por la ventana y se vistió, pagó y salió.

A ella no le gustaban los hombres, él tenía razón.

Alicia lo recibió regularmente. Aunque él sabía que ella lo hechizaría una y otra vez, regresaba, se abandonaba en las redes de las telas de tul verde donde se perdían los hermosos sueños de Alicia. Y jamás olvidaba pagar.

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(1) Estilo de peinado femenino que surgió durante los años 20. La incorporación de la mujer al mundo laboral tras la I Guerra Mundial, provocó que las nuevas mujeres trabajadoras buscaran la comodidad. Así que la búsqueda de lo práctico les llevó a cortarse el pelo como un hombre, naciendo así el estilo "garçon" (en francés, significa "chico", "muchacho joven").