Aquí os dejo un nuevo capítulo de este bello fic. La quinta mujer de Severus: Aïda.
Y, como siempre, muchísimas gracias por su review a RociRadcliffe. ¡Un beso, guapa! XD. Y muchos besos también para tods ls lectors que siguen la historia de forma anónima :P.
Esta semana no me he comunicado con snakky (la autora), por falta de tiempo. Pero lo haré en los próximos días (sólo espero que haya podido entender el review de Roci...:P). ¡En fin! En cualquier caso, ella siempre está muy agradecida por seguir su historia traducida y muy feliz porque os haya gustado. Salut, snakky! :D
Os dejo con la lectura. Espero que disfrutéis de este capítulo ;).
AÏDA
Sabíamos que Severus era un hombre con secretos. Aunque Emma, Evey y Alicia no hablaban demasiado sobre él, las bocas murmuraban, los oídos estaban atentos.
De esta manera, todas sabían que él tenía la Marca Tenebrosa en su brazo izquierdo.
No era su condición de mortífago lo que nos resultaba extraño. Al fin y al cabo, las chicas, aunque no fueran entusiastas de esa clase de cosas, tampoco lo tenían en cuenta cuando trabajaban.
Él no escondió nunca su condición, permaneciendo tan tranquilo como cualquier otro cliente y nadie hacía preguntas.
¿Quizá sabía que en el reino del vicio ninguna de nosotras soñaría siquiera con reprocharle sus elecciones? Poniendo un precio y comprando sus cuerpos, él compraba también su silencio.
Si nos parecía misterioso, era porque sus necesidades variaban. A veces, teníamos la impresión de que él se dejaba llevar por decisiones repentinas, que se dirigía hacia una chica sin pensarlo previamente. Otras veces, parecía saber qué puta quería con exactitud. Y en ocasiones, regresaba con aquellas a las que ya había hechizado con anterioridad, con la cabeza baja.
Aïda acababa de cumplir treinta y dos años cuando vio que él se acercaba hacia ella. Se ensombreció en un primer momento, con la esperanza de que su actitud despectiva lo haría desistir. Pero eso era conocerlo poco. Él hizo un rictus y se quedó plantado delante de ella.
Aquella mujer había conocido muchos hombres excéntricos desde que empezó a trabajar en un burdel a los quince años de edad. Pero ninguno del estilo de Severus. Aquellos hombres habían sido mucho más peligrosos: brutos, simples, crueles, perversos, avaros...
Los años le habían enseñado a escoger escrupulosamente a sus clientes, a rechazar a algunos, demasiado ebrios o demasiado estrictos. Por supuesto, ella sabía quién era él. Pero aquel gigante delgado de cabellos grasos tenía un aspecto tan sereno, plácido y confiado, que ella no pudo hacer otra cosa más que resignarse después de un tira y afloja.
Suspiró y le indicó que la siguiera.
Era la vecina de descansillo de Alicia, y él sonrió cuando subió los peldaños de la vieja escalera aprisionado en sus recuerdos, en sus secretos.
Fue en el momento en el que ella puso la llave en la cerradura de su puerta, cuando él se dio cuenta de que había una tercera puerta entre las dos habitaciones. Estaba entreabierta y le pareció que era un cuarto de baño.
Nunca se había dado cuenta de su existencia anteriormente.
Así que abrió con cuidado la puerta para descubrir otra estancia, secreta e íntima, donde las chicas podían lavarse, purificarse, simbólicamente, al menos.
Estaba inmerso en su observación minuciosa de la sala de las abluciones, cuando vio la puerta cerrarse de golpe, empujada por el brazo hostil de Aïda.
- NO. ES. POR. AQUÍ.
Fueron las únicas palabras que franquearon sus labios, entrecortadas y amenazadoras. La única reacción que ellas provocaron fue una sonrisa maliciosa.
Él entró en el pequeño cuarto de baño, forzando con dulzura la barrera de carne y arrastrando a la puta en su estela, enmudecida por la ira.
Allí, él permaneció inmóvil para escrutar el lugar.
El suelo estaba cubierto por un embaldosado azul cielo, las paredes, con baldosas blancas y había un armario al lado de la puerta. Un viejo mueble de madera negra, sombría, sobre el que descansaban algunas toallas inmaculadas.
Había un lavabo en el otro extremo de la estrecha pieza, de color azul cielo también, algunos cojines en el rincón opuesto y al fondo, una bella bañera circular. El aire estaba cargado de humedad, no había ninguna ventana en ninguna parte. Y unos farolillos de diferentes colores, colgados del techo, le daban un ambiente sereno a la atmósfera.
Sin decir una palabra, Severus se acercó a la bañera y giró los grifos.
Una mano agarró su puño y él se reencontró con los negros ojos de Aïda, como dos pequeños escarabajos.
- No tiene nada que hacer aquí –le previno con un brillo de advertencia en su mirada.
- Pagaré los suplementos –replicó él enderezándose.
El murmullo del agua que caía sobre el embaldosado frío de la bañera, llenándola, pareció apaciguar a la mujer.
Ella se incorporó y Severus, todavía acuclillado al lado de los grifos, pudo observarla minuciosamente con bastante comodidad.
Era gordita, pero proporcionada. Sus ojos, de un negro espectacular, estaban cuidadosamente maquillados, su nariz, un poco prominente, le daba un aspecto fiero y altanero.
Unos largos cabellos ondulados, encrespados, casi tupidos, enmarcaban su rostro ovalado y caían pesadamente sobre sus hombros desnudos dibujando frescos (1) de ébano sobre su piel.
Una piel que tenía el aspecto de estar estropeada por los años, por las uñas, por los dientes y por los golpes. Una piel de caramelo, un caramelo envuelto en un revestimiento coloreado. Llevaba un corpiño de satén dorado y una larga falda negra de volantes, ligera y vaporosa. Tenía los pies desnudos. En su tobillo, una pequeña cadena de oro con una llave.
Severus tragó saliva, pero continuó girando el grifo.
- ¡Salga de aquí! –ordenó ella señalando la puerta con un dedo.
Él no respondió nada, se limitó a ir a buscar una toalla y a coger el jabón del armario. Cuando volvió a la bañera, ella levantó ligeramente su falda, estiró el cuello hacia él y entreabrió la boca descubriendo unos bellos dientes blancos. Los ojos del hombre seguían aquel movimiento de seducción, casi cubiertos de deseo.
Era un truco que ella tenía la costumbre de utilizar para distraer a los clientes hoscos, enredándolos en su red mientras cantaba con su cuerpo.
Sin embargo, el mortífago frunció el ceño y dejó las toallas sobre el cojín, para volver con parsimonia al lado de los grifos.
Aïda estaba sorprendida, sinceramente sorprendida. Podía admitir que fuese él quien tomara las decisiones, pero no que escogiera aquel cuarto de baño.
Esperaron algunos minutos, perdidos ambos en sus mundos dispares que se reencontraban ahora en un pequeño cuarto de baño caliente, húmedo e íntimo.
Cuando ella oyó como se cerraba el grifo, lo miró de una forma extraña, como si todavía pudiera escoger entre hacerlo salir de un lugar que no le pertenecía más que a ella, o dejarle pagar más.
Cada cosa tiene su precio en el mundo de las putas. Cualquiera sabe eso.
Ella se acercó hacia él, lasciva, como hacía siempre. Él esperó, con una expresión hermética en el rostro, los brazos cruzados y la mirada impenetrable.
Cada paso hacía de ella una reina. Sus pies de un color ambarino, caliente, jugaban con el horizonte frío del embaldosado, sus manos revoloteaban alrededor de ella, sus ojos permanecían fijos, clavados en los del hombre. Dos pares de ojos. Ambos negros, unos estaban hechos para seducir y atizar el fuego, los otros eran de un negro abismal que mortificaba todo aquello en donde se sumergía y helaba la sangre.
Su cintura, aunque ancha, era flexible y en aquel cuarto de baño de colores marinos, ella era una ola dorada de arena caliente.
Y la falda, que danzaba a su alrededor como un cortejo de sombras ardientes.
Ella detuvo limpiamente su danza delante de él y sus rostros quedaron a escasos centímetros el uno del otro.
Él pudo sentir su aliento, un aliento de naranja y canela. Un aliento que le envolvía, embaucándole con una torpeza adictiva.
Encerró sus brazos alrededor de su cintura y la apretó contra él. Sus dos cuerpos, pegados uno con el otro, palpitaban silenciosos.
Las manos escrupulosas y firmes de Severus se deslizaron por la parte inferior de su espalda masajeando la carne mullida a través de la tela y ella sonrió, menos esquiva.
Después, como si hubiese sido atrapada por una alegre locura, por un capricho repentino, por una travesura infantil, se separó de él.
Severus se quedó pasmado.
Fue como si la luz hubiese pasado a través del caramelo, como si los destellos calurosos del prisma le hubieran sorprendido completamente. Fue enteramente absorbido en la contemplación de aquella sonrisa de niña que está a punto de cometer una travesura y se regocija en ello, que se deleita con la perspectiva de desafiar las prohibiciones.
Ella se volvió hacia la bañera con un lánguido movimiento y saltó.
El reencuentro entre el agua pura y la simple niña que se había zambullido, llenó el baño de un pesado estruendo. Después, el silencio.
Severus casi lamentó tener que hacerle el amor.
La belleza de un gesto como aquel era arte. Y el arte no aguantaba violaciones, sólo una piadosa contemplación, un espíritu desinteresado, una pasividad frustrante pero necesaria para conservar su belleza ante los ojos de aquel que se perdía en ella.
Ella surgió del agua como una sirena dorada, los brazos extendidos hacia él, risueña. La risa encontró su eco en cada pequeño rincón, en cada baldosa del cuarto de baño y, precedida por el chapoteo del agua, resonó como las notas de un piano en una catedral.
Sus cabellos húmedos aparecían lisos sobre su cabeza, después, bajo el agua, se abrían como un abanico.
Su corpiño envolvía su cuerpo, los volantes vaporosos de su falda se estaban convirtiendo en oscuras aletas y ella llamaba a Ulises (2). El hombre estaba petrificado por aquellos destellos fulminantes de vida, por aquella sólida negrura que tronaba en él, por aquella sirena-niña demasiado bella para ser peligrosa, demasiado frágil para ser destruida.
Él no podía moverse. Ni siquiera podía pensar.
Ella salió entonces del agua, risueña, ahogando una risa que lo habría podido abatir sobre los cojines, enloquecido por mil ensueños inagotables.
Pero ella no se lo permitió. Le cogió la mano dulcemente, lo atrajo hacia sí y lo besó, fresca y centelleante como el rocío.
Sus labios se buscaron ávidamente, sin aliento, él mordió dulcemente los suyos y su juego acabó por amplificarse violentamente. Sus cuerpos, casi piel contra piel, unidos como si nada pudiera separarlos, sus manos ávidas, su sangre, que palpitaba a través de su ser y una pasión eléctrica que invadía sus pensamientos.
Sin embargo, Aïda sabía manejar a los hombres y consiguió que se metiera en la bañera, obligándole a avanzar paso a paso, hasta que reencontrase el agua tranquila que dormía debajo de ellos. Él se vio envuelto en una calidez que le arrancó un suspiro. Ella lo acogió entre sus brazos, siempre sonriente, la sirena que olía a naranja y canela.
Y él deslizó sus dedos sobre sus hombros, sobre sus senos, sobre sus costillas, su espalda, siguiendo por su columna vertebral, mientras ella dejaba caer su cabeza hacia atrás, petrificada por la voluptuosidad.
Dejó que se deshiciera de su corpiño liberando sus pechos y también de su falda y de todo lo que hacía de ella una Teles (3), para metamorfosearse en una Venus (4) exótica y suave.
Ella se revelaba desnuda ante él en medio del agua. Severus reemprendió la ruta que su dedo índice había seguido y se detuvo sobre un bello lunar en la base del cuello. Descendió serpenteando a lo largo de su cuerpo besando a veces un trozo de piel caramelo desgastada.
Ella lo desvistió lentamente, con su piel de ámbar contra la otra de opalina, desembarazándose del negro y de la oscuridad, mordisqueando sus orejas y su cuello, enrollando sus piernas alrededor de él, estrechándolo contra ella, arqueándose al moverse con una maestría perfecta en cada mínimo movimiento.
Y en el agua, en medio de una habitación húmeda y caliente, hicieron el amor.
Sus gritos resonaron sobre el frío embaldosado como un rompeolas de furioso oleaje, el agua agitándose alrededor de ellos como un director de orquesta impetuoso y todo volvió a su tranquilidad anterior. La tempestad de deseo se había apaciguado de repente en sus respiraciones entrecortadas e irregulares.
Descansaron desnudos sobre los cojines y se adormecieron, pegados uno contra el otro.
Cuando él se marchó, ya era noche avanzada y se había gastado una fortuna por haberse quedado tanto tiempo adormecido junto a la diosa de caramelo.
Pero todo tenía su coste y Aïda, al fin y al cabo, acababa de vender lo más íntimo que poseía por un alto precio.
Y lo había hecho, aunque el santuario de las purificaciones se había mancillado con aquel olor masculino, con aquel olor a sexo.
¿Pero había sido realmente sexo? ¿O había sido más bien una mezcla irreal de naranja, de maravilla y de canela?
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(1) Frescos: pinturas realizadas sobre una superficie cubierta con una delgada capa de yeso.
(2) Ulises: héroe griego, protagonista de la Odisea, de Homero. Durante sus viajes, Ulises fue tentado por el canto de las sirenas.
(3) Teles: Una de las 9 sirenas que, en la mitología griega, engañaban con sus cantos a los marineros para hacerlos sucumbir ahogados.
(4) Venus: diosa griega del amor.
