¡Hola! Aquí os dejo un nuevo capítulo traducido. Como dice la autora, este es un poco más corto que los anteriores, pero no por ello menos intenso (esto último lo digo yo :P).
Como siempre, muchas gracias por sus reviews a Clio Pooh, MoonyMarauderGirl y RociRadcliffe. ¡Un besazo, guapas! :D
Esta vez sí le envié traducidos los reviews a la autora, snakky, y esta ha sido su respuesta: "Mes respects à la traductrice et un enorme "Merci" aux lecteurs!" ("mis respetos para la traductora y ¡un enorme "Gracias" para las lectoras!").
Y no me enrollo más (XD). Que disfrutéis de la lectura ;).
MAGGIE
Los meses pasaban, los años corrían insensiblemente y todo cambiaba. Nuevas prostitutas llegaban, otras, se marchaban, arrugas en las ojeras, noches tórridas en amaneceres fríos, compras de sonrisas seductoras, cigarrillos en llantos mudos.
Todo se metamorfoseaba sin que nosotras nos molestáramos siquiera en observarlo.
Sin embargo, en el epicentro de aquel torbellino inquebrantable, subsistían tres puntos de referencia.
Los chismes, siempre de boca en boca, algunos fueron noticias, alguno fue puntual. Circulaban entre nosotras y eran nuestro premio de consolación; de alguna manera suponían el único valor sobre el que nosotras nos apoyábamos. Hablar de otra cosa para olvidar nuestra condición.
Otro elemento de estabilidad para nosotras lo constituían los habituales: Severus y algunos otros clientes más, tratados con respeto por su condición de clientes regulares y de hombres carismáticos. El mortífago había envejecido un poco, su rostro se había endurecido, su mirada se había hecho perspicaz. Él también había cambiado mucho, aunque no así sus viejas costumbres.
El último pilar que permanecía imperturbable en nuestra calle era Maggie.
Maggie era una solitaria que no hablaba demasiado, aunque siempre fue cortés cuando se dirigían a ella.
Todas las chicas la detestaban y ninguna podía soportarla. De todas las putas, ella era la única que llegó aquí por decisión propia. Y para la mayoría, incluso las más clementes, las más comprensivas y las más bohemias, aquella decisión era absurda.
Ella jamás dio explicaciones, jamás se dignó decir por qué, se encerró en su rincón y nunca lo abandonó.
De esta manera, cuando los pasos secos e impredecibles de Severus se dirigieron hacia ella, el odio que las demás le profesaban se hizo más virulento.
Era una tarde de Abril y llovía a cántaros. Emanaban olores nauseabundos del callejón y los clientes eran escasos. Todas las miradas habían seguido la trayectoria monótona del hombre hasta la puta elegida.
Él se apostó delante de ella y después de haber intercambiado las banalidades de costumbre, ambos subieron.
Lo hizo entrar en su habitación, permaneció en silencio detrás de él y le dejó captar la esencia del lugar.
Una cama a ras de suelo, las sábanas muy gastadas, un pequeño escritorio apostado contra la pared, donde permanecían algunas hojas blancas y una pluma. Un pequeño banco de madera cerca de la ventana, por donde la luz entraba dulcemente.
En los haces de luz que se posaban sobre la madera y la tela de las sábanas, se veían finas partículas de polvo gravitando apaciblemente, como si el tiempo las hubiera suspendido allí. Se oía a la lluvia golpear contra las persianas, las gotas de agua resbalando entre las grietas de los postigos.
Después, él volvió la cabeza para percibir que, cerca de la cama, había una pequeña estantería de madera, una madera color miel, sobre la que estaban depositadas varias viejas obras.
Frunció el ceño al acercarse con lentitud a la biblioteca susodicha y acarició el cuero de los viejos libros con las yemas de sus largos dedos blancos, su mirada indescifrable seguía el recorrido de sus manos y cerró los ojos para aspirar el aroma que lo envolvía.
Desde luego, aquellos libros olían a viejo, a olvido y a cerrado, pero otra fragancia se unía a aquella combinación de olores. Un perfume de vainilla inundaba el aire. Fue llenado de tal manera por aquellos dos componentes, que olvidó a su anfitriona por un instante para dejarse llevar por su descubrimiento.
Entonces, ella se apoyó contra su escritorio y se quitó con delicadeza unos pequeños pendientes plateados y su pesada capa.
La fricción de las telas y el sonido del metal saliendo de la piel, le hicieron volverse para escrutarla por la espalda.
Era de estatura mediana, hombros anchos, pero con una cintura curvilínea bajo un vestido negro bastante discreto. Largos cabellos castaños descendían en cascada sobre su espalda. Tenía las piernas rollizas, pero cuando permanecía de pie, aquello acentuaba las deliciosas curvas.
Cuando ella se volvió para enfrentarlo, él vio el brillo cansado, pero sólido, de sus ojos verdes, su rostro trabajado por el tiempo, sus cejas depiladas y su boca fina.
Maggie tenía la cuarentena, atrapada en su vestido negro y en su cotidianeidad, escapándose en sus libros y en su extraña reserva.
Él cogió una obra al azar, los ojos siempre fijos en ella y se acercó para pedirle en voz baja, con un tono incierto:
- ¿Podrías leerme algunas páginas?
Ella le sonrió evasivamente, le cogió el libro de las manos con habilidad y se sentó en el borde de la cama para abrirlo e iniciar su lectura.
Él rodeó su lecho para dejarse caer de rodillas sobre la cama y se situó detrás de ella. Después, inclinó su cabeza para seguir las ondulaciones de su cabello con el dorso de la mano.
Su nariz se perdió en la base de su cuello mientras la lluvia resonaba contra los postigos y las frases se escapaban de las líneas negras. De aquella especie de suave ensueño, echaban a volar palabras que no regresarían, dejando su lugar a otras que estallaban por sí solas como pompas de jabón.
Severus bajó el tirante de su vestido para depositar un beso sobre su hombro, sus finas manos deshacían el lazo que serpenteaba en su espalda.
Ella se estremeció, pero su voz permaneció plácida y sensual. La lluvia rezumaba contra el metal de los postigos, el relato se vertía como un río vivo.
Su mentón se posó sobre el hombro de Maggie, el mortífago tenía la mirada fija sobre sus labios: se sellaban y se despegaban uno del otro para hacer vibrar su garganta, sus tendones sobresalían, su yugular se marcaba, su mandíbula se abría y se cerraba con gracia y, de vez en cuando, su lengua mojaba las comisuras de sus labios secos con un movimiento rápido, como si le avergonzase.
Sus ojos verdes seguían las líneas sin interrumpir su camino, sus párpados se cerraban de vez en cuando, como para dejarlos respirar en su esfuerzo de demiurgos y cuando ella volvía a abrir sus ventanas de jade, era como si todo hubiera terminado y algo nuevo comenzase.
Lentamente, cuando sus hábiles manos hubieron terminado de desabrochar el vestido, él lo abrió por la espalda y empezó a dibujar pequeñas formas sobre la piel caliente de la lectora.
Ella tembló bruscamente, detuvo su lectura un instante y tan solo la lluvia y la vainilla reinaron en la habitación.
- Continúa... -murmuró él apartando sus cabellos para besar la base de su nuca.
Ella se inclinó de nuevo sobre su libro y la farándula de sílabas y de consonantes reemprendió su incesante tiovivo, ensordecedor, embriagador, mientras que Severus sumergió sus manos entre la piel y el vestido para descubrir el cuerpo más íntimamente.
Aquellos dos seres estaban perdidos en una obra fuera del tiempo, martilleada por la lluvia que golpeaba y se colaba a través de las persianas, llena de la melodía de una voz acariciadora y de un exquisito aroma de vainilla mezclado con la esencia del olvido. Entonces, todo ocurrió muy rápidamente.
Cuando ella no pudo hacer más que suspirar y gemir, incapaz de leer por más tiempo, soltó el libro, aprisionada en una terrible ansia, mientras Severus jugaba en su intimidad con sus largos dedos. Ella intentó volverse, pero él la aprisionó contra su cuerpo y cerró los ojos para sentir el aroma de la mujer que deseaba.
Sus movimientos eran ardientes, bruscos. Los cabellos de Maggie acariciaron la cara del hombre, y él se hundió enteramente en la observación de las reacciones del rostro de ella y en la exploración de su ser. De la habitación no salían más que gemidos lascivos que se amplificaban y se amplificaban. La novela parecía esperarles en el suelo, como si no hubiese transcurrido más que un segundo.
No podría afirmar con certeza que ellos hicieran el amor después.
Sin embrago, cuando ella volvió a coger el libro, era muy tarde. Desnudo, entre las sábanas deshechas, mecido por la lluvia y la historia que se desplegaba desde las páginas amarillentas a través de los ojos verdes por la ranura de un boca fina, apaciguado por aquel perfume que flotaba alrededor de ellos, Severus se adormeció con rapidez.
Maggie tenía tiempo. Iba a terminar su vida aquí, probablemente, y los momentos como aquel que ella acababa de reencontrar, eran escasos. Olvidados como los viejos libros, voluptuosos como un aroma de vainilla, intemporales como las palabras que se estaban evaporando en el aire y las gotas de la lluvia que asaltaban las persianas, unas martilleando, otras colándose en el interior.
Tarde, en la noche, él se marchó, la lluvia había cesado, el tiempo había reemprendido su curso, la realidad también. No se percató de los ojos fijos en él cuando abandonó nuestra calle. En seguida, aquellos ojos se fijaron en otro cliente, en seguida desaparecieron y otros vinieron a reemplazarlos. Todo se metamorfoseaba.
Excepto el empeño de Maggie por continuar aquí.
Severus volvió a menudo a buscarla y cuando él llevaba un libro bajo el brazo, nosotras sabíamos que era ella a quien iba a ver. Los libros tienen la ventaja de perdurar, contrariamente a los chismes.
