¡Hola de nuevo! Me disculpo por no haber actualizado ayer; la verdad es que me fue imposible. Pero bueno, como decimos por aquí, "más vale tarde que nunca" :P. Mirad el lado bueno: ahora queda menos de una semana para que vuelva a actualizar otra vez XD.

Como siempre, muchísimas gracias por sus reviews a MoonyMarauderGirl, RociRadcliffe y YenneferdeVergnenberg. ¡Un besote, guapas! :D. Por cierto, Yennefer, ¿qué respuestas te dio snakky a las preguntas que le hiciste? :O. Por cierto, snakky dice que todavía le rechinan los dientes por hacer el esfuerzo de responderte en español!! XDDD

Snakky os agradece a todas vuestros reviews y os envía un gros bise, un beso enorme de su parte ;).

Y ahora, el capítulo. Rochelle es "mi" mujer preferida; os explicaré por qué al final (no quiero desvelar nada ahora). Que disfrutéis la lectura ;).

ROCHELLE

Cada ser posee marcas indelebles que la vida le ha hecho, físicas o no, merecidas o no, y es decisión de cada uno llevarlas dignamente, esconderlas, observarlas minuciosamente o luchar para que desaparezcan.

Todas las chicas habían tenido heridas, todas habían conocido la violencia, el miedo y el dolor. Pero nuestra condición es tan infatigable y dulce como un torrente en verano, drena los espíritus mordaces y se lleva los años y los rencores. Nuestra condición es tan pegajosa como un pantano en Otoño con el agua estancada, la misma rutina nos convierte en depredadoras, buscamos aquello que la otra no tiene todavía, dedicamos todos nuestros esfuerzos a la búsqueda enloquecida de un motivo que nos haga sentir orgullosas. Nosotras, que no podemos aspirar a tener honor o respeto.

Por esa razón, Severus era uno de esos pequeños tesoros que tenían un valor monstruosamente atractivo. Con los años, había revelado muy poco sobre sí mismo, las chicas con las que se acostaba le sonreían, sus decisiones eran siempre inesperadas, su enjuta silueta, dura y casi evanescente en el crepúsculo... Todas aquellas joyas que hacían de él el cliente a poseer.

Nuestro callejón estaba pasando por un periodo sombrío cuando él fue hacia Rochelle. La mitad de las putas habían desaparecido y todos los chulos de la región estaban inquietos. Nosotras dudábamos de que aquello tuviera alguna relación con las actividades del Señor Tenebroso, pero jamás nos habríamos atrevido a acusarlo sin tener pruebas de ello. Una mantiene la boca cerrada cuando forma parte de un mundo sucio y amoral.

Severus estaba implicado seguramente, pero permanecía constante y fiel, imperturbable y severo. Como si aquel ritual que consistía en dar unos cuantos pasos en la calle hasta una de nosotras, fuera su Cruzada personal. Él saludaba las puertas cerradas, las habitaciones vacías, los postigos cerrados y las luces muertas. Las imágenes que se habían ido, las sensaciones destruidas, los recuerdos momificados, los gustos perdidos, las chicas gastadas. Ahogadas en el torrente. Vertidas en el pantano.

Mantenía la cabeza alta y sus pasos eran siempre igual de seguros, las chicas lo arengaban, los clientes lo miraban con asombro, las prostitutas que ya frecuentaba le dirigían una sonrisa tímida que él no respondía. Y ellas regresaban a sus asuntos.

Rochelle, por su parte, sabía que su turno llegaría. Esperaba con calma las ropas aleteando a su alrededor, las zancadas felinas.

Ella lo sabía desde que lo había visto salir de la habitación de Evey, aquel joven que temblaba deslumbrado como si estuviese enamorado. Ella sabía que él había aprendido a amar a las mujeres, porque Evey se lo había enseñado.

Las putas saben que la Belleza es el resultado de una ecuación arriesgada, la suma de un poco de aquello que cada uno tiene de Único y de la subjetividad del que observa. Los movimientos, los gestos, las expresiones, las coincidencias y otros fenómenos influyen, dependiendo de las vivencias y las personalidades, pero sólo son variables. Lo que es Invariable, es la necesidad de contemplar la Belleza.

Rochelle no le dejó hablar y le hizo subir las escaleras hasta su habitación. Sonrió y lo observó mientras él escudriñaba el lugar, con suma precisión, como si quisiera guardar aquel momento para conservarlo toda su vida con él.

Ella aprovechó para seguir el movimiento circular y cauteloso de sus pupilas negras. Su frente arrugada, las arrugas de la comisura de sus labios, sus cejas contundentes y principescas, su aura sombría y mística, como un exorcista. Anotó todos aquellos detalles para conservarlos con ella también. Ya que él retenía la esencia de su habitación, ella le quitaba un instante de sí mismo.

Todo tiene un precio.

Su habitación estaba llena de fotografías. Rostros, ramas de árboles, teatros inmensos, el mar, un libro abierto, horizontes nublados, monedas, cuadros célebres, mapas, un par de zapatos, y un niño que lloraba, vuelto, como por azar, hacia el fotógrafo.

Aquella foto estaba también colgada en la pared. Sin embargo, contrariamente a otros negativos colocados unos sobre otros por todas partes, la foto del niño estaba rodeada de estruendosas paredes blancas.

Rochelle vio como se estrechaban los ojos de Severus, como si intentara forzar al niño a rebelarle los motivos de su tristeza.

Los Maestros Oclumantes no pueden leer en los ojos petrificados sobre un papel.

La cama era vieja, había sido muy utilizada, pero las sábanas estaban limpias, olían a jazmín. El resto del mobiliario consistía en una hamaca colgada del techo y, en el hueco de ésta, un caleidoscopio (1).

Este objeto perturbó al hombre.

Los griegos decían que la única diferencia entre los muertos y los vivos, era que estos últimos eran visibles.

Severus, en aquella habitación envejecida por los años y el uso, acababa de hacerse visible. El caleidoscopio se balanceaba de derecha a izquierda en la hamaca, la visera en su dirección, el niño que lloraba parecía acusarlo. Él era culpable, pero estaba vivo.

Y aquello era desestabilizador.

Con una dulzura insospechada, Rochelle le cogió por los hombros y lo obligó a sentarse sobre la cama. Él se volvió entonces para examinarla con atención, sus ojos vivos y alerta.

Ella le dejó hacer ampliamente y puso sus ojos sobre él, para que la descubriera sin escrúpulos. Alta, muy alta, con ojos marrones claros infinitamente serenos, una cabellera negra de azabache, enredada, pero recogida en un moño deshecho sobre sus anchos hombros. Bajo un vestido verde como la abundancia, él pudo adivinar sus pequeños senos, su fina cintura, sus delgados brazos, sus anchas caderas, y después se concentró en su apacible rostro, sus labios carnosos, sus pómulos prominentes, sus densas cejas, las arrugas sobre su piel.

Su piel negra, como la noche, como el chocolate negro, tan oscura como el carbón, y cansada, desgastada por los cuarenta y dos años de su existencia.

Su piel –y elevó las cejas ante esta visión- marcada por los hombres: largas cicatrices blanquecinas atravesaban su espalda, algunas sobre los antebrazos, pequeñas marcas sobre sus grandes manos finas. El negro desgarrado por el blanco. Ella bajó los ojos, atenta a su reacción.

- ¿Cómo te llamas?

Su pregunta era inquisitiva y cortante, sus ojos penetrantes y furiosos, su piel recorrida por escalofríos como los de las corrientes eléctricas.

- Rochelle... –murmuró ella con una voz cálida y sensual en una franca sonrisa.

- ¿Y cómo se llama el niño de la fotografía? –preguntó él señalando el retrato con un dedo acusador, más virulento todavía.

- Ajax...

- ¿No eres tú? Lo pareces, pero con una expresión más desconfiada.

Ella sonrió tristemente, y por primera vez desde hacía años, sus ojos marrones se velaron ante un cliente.

- Mi hijo... –consiguió decir con un nudo en la garganta, luchando por controlar sus emociones.

Severus se mostró tan despiadado como el caleidoscopio y los ojos del niño lo habían sido con él.

- ¿Qué pasó? –preguntó violentamente, la orden marcada profundamente en su voz.

Ella se dirigió lentamente hacia la hamaca, cogió el pequeño objeto curioso y volvió a sentarse al lado de él, sus grandes ojos fijos sobre lo que ella sostenía entre sus manos.

- Me dio esto para que al mirarlo tuviera que hacer muecas. Y ellos se lo llevaron. Cuando me di cuenta, había desaparecido.

Aunque pueda parecer asombroso, Severus estaba más contento ahora que sabía que el caleidoscopio era lo que el niño miraba con inseguridad. Era aquello lo que había retenido a su madre, lo que le había hecho perder su rastro. Conocía aquella clase de historias. "Ellos" eran los ladrones de niños muggles o mágicos.

Él suspiró y vio una pequeña gota en su mejilla, una lágrima había anidado en el hueco de su nariz y sus ojos marrones eran viejos, muy viejos, tan antiguos como el mundo, porque ella había soportado el mundo.

Con el reverso de su mano enjuagó el rastro húmedo y cogió su cabeza entre sus grandes manos blancas, para acercarla hacia él con toda la ternura de la que fue capaz.

Ella le dejó hacer, sabiendo que, de alguna manera, él sería el único cliente en conocer su secreto. El único.

Él la tomó después en sus brazos, para estrecharla lo más fuerte que pudo, acarició su melena tenebrosa y le besó la frente con calma, muy lentamente. Ella se recobró y con una débil sonrisa, le desabotonó sus ropas, sus ojos fijos el uno sobre el otro, la fotografía les miraba desde arriba con un aire atormentado.

Su camisa cayó sobre el suelo a rayas al lado de la cama, su ropa interior, y así, desnudo, al lado de ella, muy cerca, lo suficiente como para sentir su aliento ardiente, lo suficiente también, como para devorar sus ojos marrón claro todavía ausentes. Él la acarició pasando sus manos sobre todas las curvas de su cuerpo negro como la noche, y el blanco acariciaba el negro.

Rochelle empezó a abrazarlo plenamente, removiéndose sinuosamente sobre él, lo fascinó lo suficiente como para que contemplase durante unos pocos segundos aquellas ondas brillantes de chocolate derramarse sobre sus blancas playas desiertas.

Entonces, él terminó de quitarle su vestido para admirar el cuadro de Rochelle a horcajadas sobre él, danzando con sus caderas, los brazos contorneándose con gracia, como los satélites alrededor de su cuerpo de ébano.

Sus ojos tropezaron irremediablemente sobre la última cicatriz, aquella que ella escondía bajo su vestido, mientras que las demás no eran ningún misterio.

Alguien había cortado por debajo de su ombligo.

Con la yema de sus dedos, él rozó la huella indeleble y con su voz de terciopelo, preguntó en un susurro:

- Tú habías querido tener ese niño, ¿verdad?

Ella sonrió entonces, como si entendiera qué era lo que hacía de Severus un Tesoro. ¿Qué había en él tan precioso?

Estaba, quizá, enfermo de la Humanidad, pero sabía escuchar y comprender a sus semejantes.

¿Cómo había podido entender que Rochelle quiso tener a su hijo? Ella no se lo había dicho a nadie, ni siquiera al padre. Ninguna de nosotras lo sabíamos y los hijos de las putas era un tema que evitábamos cuidadosamente.

Rochelle había querido tener un hijo hacía ocho años. Se había apañado con un cliente, un amigo o una relación, pero ella lo había tenido. Sin embargo, tuvo complicaciones durante su embarazo y los sanadores tuvieron que practicarle una cesárea. Rochelle la escondía bajo sus coloridos vestidos, bajo su aspecto maternal y comprensivo, pero en sus sueños las apariencias eran desplazadas por el dolor.

Severus y ella se hicieron el amor, medio fascinados el uno por el otro, medio enternecidos.

El criminal y la desconsolada madre.

Por debajo de ellos, el último reflejo debía desaparecer, la última cicatriz visible. El niño que siempre estaría triste sobre un trozo de papel y en el fondo de un caleidoscopio.

Rochelle no le cobró a Severus.

Él le había dado un instante de altruismo, ella le había dado una imagen viva de sí mismo.

Se abandonaron.

Y él no volvió con ella jamás.

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(1) Caleidoscopio: tubo que contiene varios espejos en ángulo y pedacitos de cristal irregulares; al mirar por uno de sus extremos se ven combinaciones simétricas que varían cuando se gira el tubo.

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Rochelle es mi preferida porque ella, como yo, es madre. Por suerte para mí, yo no he sufrido una tragedia como la suya y conservo a mi hija conmigo :D.