La octava mujer. Estamos ya en la recta final de este maravilloso fic, pero todavía quedan muchas cosas de Severus por descubrir ;).

Como siempre, muchísimas gracias por sus reviews a Clio Pooh, RociRadcliffe, MoonyMarauderGirl y YenneferdeVergnenberg. ¡Un besazo, guapas! :D. Por cierto, Clio, respecto a tu pregunta, snakky me confirmó que mi respuesta era correcta: Severus no vuelve nunca más con Rochelle porque, después de conocer su historia, la llegó a respetar demasiado. Y también me dijo que ella sintió que debía ser así entre ellos.

Y ahora, el capítulo. Que disfrutéis de la lectura ;).

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GRACE

Ya lo he dicho antes. Nuestro mundo está construido sobre las vicisitudes de la vida. Las prostitutas se marchan, demasiado envejecidas, aunque todavía atractivas, y otras llegan.

Las jovencitas que sustituyen a las antiguas son vírgenes casi siempre. Los chulos nos las envían con el fin de que nosotras las acompañemos en sus primeros pasos. Y para estar seguros de que se vende su primera hazaña tan cara como sea posible.

Las nuevas eran pretextos para los chismes principalmente, pero más allá de eso, todas las putas sentían sensaciones contradictorias cuando se encontraban con una nueva colega. Nosotras les tomábamos afecto, porque ellas eran un reflejo real de lo que nosotras fuimos una vez. Las bonitas mejillas, los labios plenos, las miradas aún interrogantes. Las preguntas. Antes, nosotras también nos hacíamos preguntas.

Y aquello que inducía a algunas de nosotras a odiar a las nuevas. Ellas estaban enfrentadas a su pasado y no lo soportaban. Dorian Grey no soportaba tampoco su retrato (1), pero por cuestiones estéticas. Quería mantener la insostenible Belleza que poseía.

Nosotras no soportábamos enfrentarnos cara a cara con ellas, porque nos mostraban hasta qué punto el pasado nos había arrebatado nuestras preguntas. Ya no nos preguntábamos nada.

El mundo nos había dado sus respuestas, y los interrogantes habían resbalado como la lluvia en las alcantarillas de nuestro callejón. Así pues, dejábamos que las horas y los billetes nos empaparan, cerrando los ojos para olvidar que nosotras éramos mujeres de escasas virtudes. Las jóvenes poseían todavía aquello para ellas. La virtud.

La subasta de carne. Una de nosotras tomaba a la novata bajo su protección y la vendía al mejor postor, ya que los hombres se volvían locos por la carne fresca. Nosotras lo sabíamos. Esto era causa de vicisitudes. A veces, las jovencitas nos requerían para que las ayudáramos, a veces eran refractarias y no nos perdonaban hasta mucho más tarde, cuando lo entendían al fin, cuando una pequeña desembarcaba ante ellas.

Quizá era caridad, al fin y al cabo. Vender el cuerpo de una jovencita, como si fuera un filete de carne, era un trabajo devastador, se tenía que hacer pagar al cliente el máximo posible. De todas formas, su destino estaba escrito en el número de billetes que el cliente ofrecía por poseer a una virgen.

Severus vino un día de Febrero cuando la noche ya estaba avanzada. Hacía frío, las chicas estaban resplandecientes, inestables y seductoras. No era lo único a pesar del viento helado: los clientes se apretujaban en la puerta de Mina, que tenía a Grace por pupila, el rostro seco e intransigente de una redomada mujer de negocios.

Él conocía bien a Mina, aunque no la había frecuentado nunca. Ella lo había intentado atraer a menudo. Aquel tesoro esbelto. Sin embargo, en el caso presente, no era su cuerpo lo que ella vendía, era el de Grace el que estaba defendiendo. Los hombres arrugaban sus billetes, pataleaban, se empujaban, se insultaban, lloriqueaban ante la joven puta y algunos le gritaban insultos a la vendedora.

Mina percibió a Severus, lejos, detrás de la multitud rabiosa y, con una mirada, él entendió lo que ella quería. Snape nunca se había detenido ante una virgen, él iba y venía a menudo hacia mujeres que no estaban ocupadas. Pero asintió brevemente con la cabeza en dirección a Mina y se acercó con la misma sangre fría y la misma seguridad que nosotras ya le conocíamos.

Mina sabía que podía confiar en él. Si Evey le sonreía, si él volvía con Maggie con un libro bajo el brazo, si Emma se ponía guapa para él, si Alicia sonreía extrañamente cuando salían de su habitación, todo aquello no podía ser más que una buena señal.

Algunos dirán que ella acababa de proceder con una consideración muy maternal. Una madre abatiría a los clientes y se llevaría a su hija muy lejos, llorando de miedo a lágrima viva. Nosotras no éramos maternales.

Grace se estremeció cuando vio la silueta oscura y austera del hombre emerger de entre los clientes que se peleaban por ella. Tenía un aspecto repulsivo. Le dirigió a Mina una mirada interrogante, suplicante, pero ella sonreía a Severus.

La celestina se los llevó a los dos hacia el interior y arregló el servicio de Grace con él mientras la nueva prostituta los miraba, el corazón latiéndole a mil por hora. ¡Estaba tan asustada, pobre animalillo desamparado!

Severus no le dirigió ni una mirada mientras Mina le indicaba el número de habitación y volvía a salir. Sus dos manos blancas la asieron por la muñeca y sin posar en ella su mirada abismal, subió las escaleras para entrar en la habitación desnuda. Ni un escritorio, una silla, un cojín. Sólo una cama con las sábanas plegadas sobre el colchón.

Él suspiró, cerró la puerta cuando la chica entró en el cuarto y la dejó observar su nuevo futuro. Después, ella se volvió hacia él y pudo mirarla adecuadamente. Sus mejillas se ruborizaron violentamente al sentir su mirada misteriosa sobre ella y su corazón palpitó con más rapidez.

Una pequeña jovencita, regordeta, de cabellos cortos castaños rizados coronando su cabeza y con ojos verde pálido que tiraban hacia el amarillo, una pequeña nariz respingona, pómulos rosados, un rostro redondo bastante regular. Su pequeño cuello enrojecido bajo el impacto del miedo. Sus brazos temblorosos, macizos, como si no hubieran querido existir nunca. Ella estaba encorvada, la cabeza baja, las mejillas ardiendo, los miembros crispados bajo su vestido negro de seda.

Tenía el aspecto de un pequeño erizo, delicado, frágil y dispuesto a sucumbir bajo el miedo, que habría preferido no existir antes que encontrarse ante aquel hombre curioso.

Sin añadir nada más, él cogió con brío una funda de almohada plegada que estaba encima del resto de sábanas, sobre la cama, para acercarse después a Grace. Inclinó la cabeza y lentamente, sopló sobre la nuca con su aliento cálido y envolvente. Su nuca se estremeció, un escalofrío mudo. Entonces, él extendió la funda de almohada y le cubrió los ojos con ella.

- ¿Qué está haciendo? –gritó ella separándose de él de un salto, golpeándose contra la pared.

- No voy a hacerte daño, déjate hacer.

Su voz era muy dulce, acariciante, grave, poderosa, masculina y la joven puta no necesitó de demasiado tiempo para caer bajo el hechizo, aunque estuviera todavía extremadamente intimidada por aquel desconocido a quien la habían lanzado como si fuera pasto.

- Dime cómo te imaginas tu habitación... –le susurró seductoramente, casi con avidez.

Ella emitió una exclamación de sorpresa, un estremecimiento, y yo estoy segura de que movió inútilmente los ojos bajo su pañuelo apretado.

- ¿Qué haga, qué? ¡No entiendo nada! –gritó entre aterrorizada y embriagada.

- Dime cómo te imaginas una habitación que sólo sería para ti... Esta habitación en la que estamos... Decórala para mí...

- ¡Está loco! –gritó ella agitándose combativa contra él para liberarse. Él apretó su cuerpo contra el de ella, que se retorció y se dobló para escapar del abrazo, sin éxito.

- Te lo ruego... –murmuró él sobre su oído, con aquella voz intolerablemente acariciante, seductora y autoritaria.

Ella se dejó caer sobre él, presa en el deseo, pero él se apartó con una ligera sonrisa en los labios.

- ¡No lo sé! ¡Está vacía! ¡No hay nada! ¡NADA DE NADA! –aulló ella apretando los puños, titubeando al no saber dónde estaba él. Al no saber en qué dirección tenía que gritar para que la oyese.

- ¿Ni siquiera unos libros? –preguntó él maliciosamente.

- ¡NO! ¿PARA QUÉ SIRVEN, DE TODAS FORMAS?

Ella avanzaba y retrocedía en la habitación, sin saber en qué lugar se encontraba exactamente el hombre. Se movía constantemente, tan escurridizo como una anguila.

- ¿Y fotos...?

- ¡NO TENGO FOTOS! ¡VENGO DE UN ORFANATO!

Ella avanzó con prudencia, las manos en el vacío, la cabeza baja, mientras él se movía a su alrededor como un depredador.

- ¿Un sillón?

- ¡PARA NADA!

- ¿Un joyero...?

- ¡GUÁRDESE SU BISUTERÍA!

Ella retrocedió hasta que volvió a encontrar la pared. Él se encontraba a unos pocos centímetros de ella y observó cómo sus venas latían bajo la piel de su cuello, su boca se entreabría para exhalar su estupor y su miedo, sus cabellos se balanceaban dulcemente alrededor de su rostro sonrosado, sus manos temblaban, su vestido se elevaba ligeramente y se volvía a bajar.

- ¿Un diario íntimo?

- ¡NADA! ¡DETÉNGASE, ES SUFICIENTE!

Se apartó de la pared e intentó quitarse la venda. Imposible, estaba bien anudada. Severus se colocó detrás de ella, tan sigilosamente como un gato, y su voz se tornó seria, brusca.

- ¿Un piano?

Ella se detuvo al instante y se quedó petrificada. Su juego acababa de terminar, el gato había atrapado al ratón y ya no había vendas sobre los ojos.

Él hizo aparecer un piano cerca de la ventana y con un gesto paciente, se apretó contra ella para empujarla. La chica avanzó más rápidamente que él, como si quisiera evitar todo contacto, pero él consiguió colocarla delante del piano.

Con sus largos dedos finos, dirigió su mano, casi pegado a ella, la nariz hundida en sus pequeños rizos castaños, aspirando el aroma único de la chica que todavía no tenía un perfume para inventar la seducción. Ella tendió la mano tímidamente, respirando con irregularidad y sus propios dedos, sostenidos por los de Severus, empezaron a acariciar las teclas.

Entonces, ella emitió un grito de sorpresa, muy cerca del cuerpo de su cliente, y retrocedió para sacudirse contra él.

- Yo... –murmuró jadeando, estremeciéndose.

Hizo que se volviera hacia él y, con toda la serenidad del mundo, le besó la frente, retorciendo los pequeños bucles sedosos con sus dedos. Después, sus labios tomaron los de ella, verdaderos capullos de rosa.

Ella gimió para apretarse contra él y le arrancó una sonrisa que el hombre reprimió inmediatamente, para continuar con su tarea.

Sus expertas manos esbeltas acariciaron su cintura y masajeó la carne con ternura. Ella le empujó y ambos retrocedieron hacia una pared. Él se dio cuenta y rectificó la trayectoria para dirigirse hacia el piano.

Para entonces, la pequeña ingenua estaba estremecida de deseo y se dejó llevar por las sensaciones. Sus manos se perdían en los cabellos, acariciaban, tiraban, arrancaban, presionaban, mientras él intentaba encontrar la cremallera de su vestido en su espalda. Cuando la encontró, se apresuró a desvestirla completamente y ella se encontró desnuda frente a él, con la banda cubriéndole los ojos.

- Por favor... Yo querría tocarlo.... Yo he... Se lo ruego... –suplicó ella intentando taparse los senos y el sexo con sus brazos. Él esbozó una pequeña sonrisa viciosa y arremolinándose alrededor de ella, disfrutó de la visión de un pequeño erizo sin espinas. De un capullo de rosa sin espinas.

Con una agilidad impresionante, sus manos agarraron los brazos desnudos de la puta y la obligó a sentarse sobre el banco del piano.

- Toca para mí.

- No, yo... Mi venda... Por favor, no puedo tocar con los ojos tapados... –balbuceó ella, ya más acostumbrada a los caprichos embriagadores de aquel hombre extraño.

- Inténtalo –ordenó él poniéndose en cuclillas detrás de ella, la cabeza a la altura de su cintura.

- Se lo rue.... –ella reinició sus súplicas, pero dos manos rodearon su cintura, sin una palabra. Tembló violentamente, pero sus dedos blancos tantearon las teclas. Buscó las negras, para encontrar las blancas, presionó sobre una, para descubrir otra. Él apretó su rostro contra la parte baja de su espalda y sus brazos rodearon completamente a la chica.

Entonces, en la habitación desnuda, sonó una música. Tenía un aire melancólico, incluso un poco inestable, un poco inexperto, pero que acababa de llenar las paredes de dulces sueños de amor, de tiernos recuerdos campestres, de esperanzas de futuro. Y en el corazón de aquella tempestad de imágenes, había un grito.

El piano gritaba desde lo más profundo de su corazón de madera y en su grito se encerraba el de Grace, que abolía todos sus sueños por un hombre que no conocía. Severus sonrió ante este pensamiento mientras el dolor del instrumento y de la mujer que tocaba, eran una nota musical. Y las notas musicales son poesía.

Mientras ella continuaba adivinando las teclas, acariciando la madera, haciendo danzar sus dedos con delicadeza, él dibujó un círculo con su dedo alrededor de uno de sus senos, después, en el otro, después, él descendió, dibujando alrededor de su ombligo, después, él descendió todavía más.

De repente, ella dejó el piano y lanzó sus brazos ciegos alrededor del cuello de Severus, quien la acogió entre sus ropas. Ella tocó su rostro para sentir su nariz un poco grande, sus párpados, sus cejas, su mentón duro, sus labios finos, su nuez, su yugular.

Él la transportó hasta la cama y con la mayor precaución posible, le hizo el amor. Sus gestos eran cuidadosos, sobre todo, no quería hacerle daño, y más de una vez, aunque ella le suplicaba que la tomara, él retrasaba el momento con alguna caricia. Ella estaba impaciente, estremecida, casi enloquecida. Cuando la penetró, ella se crispó bajo el dolor, jadeó, pero los movimientos hábiles y las embestidas secas, la hicieron gritar, más de placer que de dolor.

Al final, cuando ambos gritaron en la noche, él se dejó caer en la cama al lado de ella y se empezó a vestir, tal como lo había convenido con Mina.

- Quédate..., por favor... Quédate conmigo...

Su voz era ronca, perdida, llena de esperanza. Todo lo que él temía.

- ¿Dónde has aprendido a tocar el piano? –le preguntó con un tono trivial, un tono que la hirió, que anunciaba la dolorosa realidad.

- La directora del orfanato nos tocaba esa pieza en Navidad –respondió ella secamente-. Es la única que supo enseñarnos...

Él sonrió. Ella había comprendido. Y, antes de marcharse, le echó un último vistazo al piano, como si quisiera rememorar la balada de la virgen. Una balada con recuerdos felices, con sueños de niña, con ecos de risas, con juegos indelebles y también, en lo más profundo, con dolor.

Porque Grace no soportaba encontrarse entre nosotras. Nosotras, las putas. Aquella condición de puta, a la que el mundo la había arrastrado, destruía toda la poesía. Pero Severus acababa de devolver la poesía a aquella habitación vacía.

Aunque dudo que él tuviera previsto volver, Grace lo acogió en su cama más de una vez. Cuando ella tocaba el piano para él, redecoraba su habitación e, incluso, él vio nuevos sueños que le hacían sonreír.

Cuando una está enamorada, verdaderamente enamorada, el sentimiento no desaparece tan fácilmente.

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(1) "El retrato de Dorian Grey": novela del escritor inglés Oscar Wilde, publicada a finales del . La historia está protagonizada por un muchacho joven llamado Dorian Grey, retratado en un cuadro por un pintor de la época. Se enamora de la belleza y decide no envejecer nunca, aunque su retrato lo hace por él cada vez que comete un acto de libertinaje y perversión, como un reflejo de la desfiguración que está sufriendo su alma.