¡Hola a todas de nuevo! Aquí os dejo un nuevo capítulo de esta hermosa historia ;).
Como siempre, mis agradecimientos por sus reviews a: YenneferdeVergnenberg, RociRadcliffe, MoonyMarauderGirl y Clio Pooh. ¡Besotes gordos, chicas! :D
Snakky me ha pedido que os transmita a todas un gran "MERCI!" de su parte ;).
No suelo transcribir los comentarios que ponía snakky al inicio de los capítulos de su historia original, porque se referían siempre a reviews que había recibido de sus lectoras francófonas. Pero en este capítulo hace un comentario que sí debe ser traducido:
(N. de la A.): Quiero aclarar que la opinión de la narradora en este capítulo no se corresponde en absoluto con la mía... Ya veréis por qué.
Me adhiero completamente al comentario de snakky.
Que disfrutéis de la lectura ;).
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CHRIS
Todas las chicas estaban seguras de que Severus había pasado ya la barrera de los treinta y cinco años, incluso sin conocer su verdadera edad. Poco a poco, los meses pasaron...
El verano y sus lluvias diluvianas, que rebotaban sobre las aceras ardientes; el otoño, con sus noches alargadas y ventosas, un mes de transición durante el que los clientes no abandonaban la calle y las chicas podían ganar más; el invierno, nuestra estación seca, dónde los más ávidos se abrían camino en medio de la negra noche y el viento mordaz. Y la primavera llegó.
Al igual que Severus, que no había regresado desde hacía mucho tiempo. Nosotras pensábamos que, quizá, el Señor Tenebroso, más pujante que nunca, lo había eliminado o que algún miembro de la oposición lo habría hecho.
Porque siempre hay locos que resisten a la opresión. Imbéciles que jugaban entre nuestros brazos cuando reinaba la Paz, hombres respetables, ciertamente. Nosotras no participábamos jamás en ningún conflicto, fuera el que fuese. No pertenecemos a ningún bando, excepto el del lucro y el de la lujuria.
Porque nosotras necesitábamos comer por encima de cualquier otra cosa. Antes que deshacer imperios y destronar reyes, hacía falta alimentarse para esperar el retorno triunfal de los que habían resistido o de los más poderosos. Muy novelesco.
Severus no era de los más poderosos cuando vino a ver a Chris, una joven mujer a la que la vida la había tratado con evidente rudeza, como a todas nosotras. Ella había formado parte de la alta sociedad, había asistido a las representaciones de "Carmen" (1) y "La Traviatta" (2) en el teatro de la Ópera, comía tres veces al día, estudiaba griego y latín clásicos y tenía padres amorosos, casi perfectos. Ellos estaban comprometidos en la lucha contra el Señor Tenebroso.
Cuando uno es padre, no debe comprometerse con ese tipo de cosas. Es de inconscientes. Y, por fuerza, cuando se continúa el combate para hacer prevalecer las ideas nobles, una noble causa, dependiendo de uno mismo y de su propio coraje, se puede llegar a la catástrofe.
Censuraré siempre a los padres de Chris por haber hecho de ella semejante fiera. Tan indomable como una montaña. Si ella está aquí, es por culpa suya. Le inculcaron lo contrario de lo que hubiesen querido para ella, imagino.
Todos esos que están al lado del Niño-Que-Vivió son igual de culpables, por haberle legado al chico semejante carga.
Ella amaba a los suyos enormemente. Y cuando se hicieron matar ante sus ojos por sus enemigos, alimentó tal deseo de venganza en su fuero interno, que fracasamos estrepitosamente cuando quisimos enseñarle lo que era la indiferencia, regla esencial de nuestro trabajo. No somos nosotras las que escogemos a nuestros clientes. De lo contrario, nuestras calles estarían vacías.
Él estaba como siempre, igual de impenetrable y no elevó sus ojos sobre Chris en seguida cuando fue a su encuentro.
En cuanto a ella, era la única puta del callejón que no quería nada con él. Una verdadera salvaje, feroz, implacable, había proclamado a menudo que él no pondría jamás un pie en su habitación. Y con razón.
Sabía muy bien que él estaba allí.
Él levantó la cabeza, sombrío y sintió una resistencia fuera de lo común por parte de la mujer que tenía delante. Ella esperó, los ojos medio cerrados, los labios torcidos en un rictus hostil y él esbozó una sonrisa maliciosa. Después de todo, Thi, Aïda y Grace habían sido más o menos rebeldes al principio.
- No recibo clientes a partir de las 23:00 h –asestó ella haciendo patente su fastidio por la presencia de él. El hombre arqueó una ceja y sus ojos se volvieron hacia los puños cerrados que temblaban violentamente. Entonces, con una voz demasiado alta, dulcificada y casi perversa, dijo:
- Yo creía que recibíais a "cualquier" cliente durante toda la noche...
Había remarcado la palabra "cualquier" y ella supo que no era ningún ingenuo. Sin embargo, no descruzó los brazos y, bajo su actitud despreciativa y exasperada, sentía una furiosa necesidad de hacerle el mayor daño posible.
- Nunca a los clientes que nos parecen peligrosos.
Aquello pareció divertirlo extraordinariamente.
- ¡Oh! ¡Estás hablando de esto...! –se subió la manga de su antebrazo izquierdo y toda la calle se paralizó de repente bajo sus ojos, perdidas en la contemplación de un nuevo acto imprevisible de aquel cliente-dios.
La Marca era un tatuaje de una atrocidad escalofriante. Chris respiró ruidosamente, los ojos fijos sobre la calavera, como una pequeña mariposa que se acerca demasiado a una bombilla.
Hipnotizada, perdida en algún recuerdo doloroso y penoso, sólo retiró la mirada de su antebrazo para decirle con una rectitud fría en la voz:
- Muy bien, pero no admitiré ninguna reclamación posterior. Ya está prevenido.
Él la siguió, la sonrisa maliciosa todavía aposentada en sus labios.
Cuando ella abrió su habitación, él supo que no necesitaría demasiado tiempo para escudriñar el lugar. El único mueble que llamó su atención fue la biblioteca. No era como la de Maggie. Se acordaba de aquella estantería de madera, la había aspirado, la había rozado... La que tenía ahora delante era voluminosa, poderosa, inflexible.
Debía haber una buena cantidad de obras encuadernadas en cuero, reliquias de su vida pasada, sin ninguna duda. Había estanterías en todas las paredes, sin dejar un hueco libre. En el centro, una simple cama, sin artificios, igual que la de Emma, como si ella renegase todavía de la infame condición que el presente le ofrecía y que el futuro le reservaba.
Una madera oscura, elegantemente trabajada, demasiado fina para nuestros clientes de los bajos fondos que pululaban por el barrio. Nada más, la ventana estaba cerrada, las persianas bajadas, tan solo una bombilla lo iluminaba todo.
Quizá ella esperaba que Severus saliera huyendo, como otros energúmenos que habían franqueado aquella puerta.
Después de todo, los enemigos eran bárbaros, habían osado matar a sus propios padres ante sus ojos. Le era inconcebible que los hombres que habían cometido semejante acto, proviniesen del mismo entorno que ella. Ilustrados, cultivados, humanistas. Imposible, impensable. No podía aceptarlo. Inconcebible.
Él avanzó hacia la biblioteca, estupefacto al encontrar semejante esplendor en un agujero tan limitado como nuestro callejón.
- El único lugar que le interesa es la cama.
Su voz, helada, le divirtió todavía más.
- El único objetivo que te interesa es el dinero.
Su rostro se tornó en cólera y, después de dar unos pasos tempestuosos, se plantó entre él y su biblioteca.
- Fóllame; estás aquí para eso.
Él la interrogó con su mirada para saber si eso era realmente lo que ella quería. Y Chris endureció aún más la suya, si eso era posible.
Entonces, él se acercó a ella sin dejar de mirarla y la encerró entre sus brazos.
- ¡La cama! ¿Sabes, al menos, cuál es el lugar dónde tienes por costumbre fornicar como un insecto rastrero?
Estoy segura de que Severus estaba demasiado excitado para replicarle. Al fin y al cabo, pudo notar y advertir todos los pequeños detalles de su cuerpo, una vez la tuvo entre sus brazos.
Bajita, era bastante delgada, esbelta, pero no tenía prácticamente cuello, cabellos descuidados, con pequeñas arrugas en los extremos de sus ojos, aquellas arrugas de cólera. Su rostro era cuadrado, de pómulos prominentes, los labios finos, de un rosa muy banal, un pequeño mentón voluntarioso, manos de chiquilla, no así sus largos dedos finos y menudos.
Chris tenía unos veintiocho años. Demasiado joven para entender, demasiado vieja para olvidar.
Su piel era de una blancura de porcelana, casi macabra según le diera la luz. Pero en el opaco silencio que los oprimía, en el resplandor tembloroso de la única bombilla, sus duros rasgos estaban perturbados.
¿La Guardiana del Pasado? ¿La Guardiana del Ideal? ¿La Guardiana del Saber? La Guardiana. Era la única cosa de la que estaba seguro. Ella guardaba, defendía, protegía, había construido unos muros de páginas amarillentas entre su mundo y el de la calle.
Él estrechó el abrazo y sintió su aliento entrecortado de rabia sobre él. Ella no intentó moverse, pero sus ojos, de un verde marronáceo extraño, estaban avivados por un resplandor que la hacía inaccesible.
Esa es la razón por la que nosotras debemos cubrirnos de indiferencia en nuestro trabajo. Chris, con sus prejuicios, acababa de transformarse en oscuro objeto de deseo. Una prohibición que transgredir. Y el hombre enloquece con las prohibiciones, porque son muy excitantes.
En lugar de repeler a Severus, su actitud aumentaba el deseo en él a cada segundo que pasaba.
Ella le dejó aspirar su cuello y su nuca, dejando aquí y allá pequeños besos, mientras se deshacía de su vestido de tafetán. Sus manos expertas acariciaban la parte baja de su espalda, apremiantes, ávidas y deshicieron el lazo que cerraba el conjunto.
Ella no hacía nada, se mantenía calmada, insensible y aquello enervaba aún más al hombre, que quería descubrir lo que ella tenía de Eterno. Se volvió encarnizado, acabó por impacientarse, lanzó el vestido al suelo después de haber deshecho el lazo, y se apartó para mirarla.
- ¿La cama te intimida?
Su voz monótona era la clave.
Severus estrechó aún más su mirada, a dos pasos de ella, para ver lo que no había podido ver bajo el tafetán.
Ella no era la Guardiana. Era la Mártir. La que tenía la locura y la que estaba dispuesta a morir por sus creencias. Una fanática desnuda e imperturbable ante la evidencia de que ella dirigía una lucha secreta.
Le regaló una sonrisa viciosa y, bruscamente, la atrapó contra la madera, mientras la estantería basculaba detrás de ellos.
- Me haces daño... –declaró ella con la mirada intensa.
- El cliente es el rey... –murmuró él con su voz de terciopelo y aquella sonrisa indomable sobre los labios.
Estaban pegados uno contra el otro y él, con su cuerpo, la mantenía contra la librería, la aprisionaba entre sus brazos vestidos de negro y sus ojos de azabache. Ella suspiró y elevó sus ojos hacia el cielo.
Entonces, siempre igual de frustrada, él cogió sus muslos blandos con salvajismo y los elevó para colocarlos sobre sus caderas. Ella ahogó un grito y se asió de nuevo a él, inmovilizada siempre entre su cuerpo palpitante y la estantería. Él se entretuvo mordisqueando sus pezones, besando sus pechos, jugando con sus caderas sobre ella y entonces, ella empezó a luchar contra su propio cuerpo.
Él estaba tan impresionado como divertido por los esfuerzos inútiles que ella realizaba para mantenerse estoica.
En aquel momento, él sonrió ávidamente y ella comprendió que la iba a torturar. Introdujo su dedo índice en ella y la masajeó de tal forma, que ella se arqueó contra él con movimientos que no pudo controlar más.
- De... ten... te.... –jadeó con una voz ronca atrapando con torpeza un libro que caía al suelo.
- ¡Vaya! ¿Lees a Marx (3)? Tenía buenas ideas, antes de que el mundo las corrompiera...
- Acaba.... con esto... y tóma...me, para que podamos... terminar... de una vez...
Él iba cada vez más deprisa, cada vez más profundamente y ella se retorcía sobre él en una danza que provocaba la caída de los libros, que ella intentaba atrapar con desespero.
- Y aquí tenemos al ineludible Víctor Hugo. Los Miserables, evidentemente. (4)
- ¡¡¡Ciérra....lo....!!!
Ella gemía, jadeaba y se arqueaba cada vez más ardiente. Los libros se abrían sobre el suelo, formando una pequeña alfombra a su lado, mientras Severus se deleitaba en aquella situación.
- Y, por supuesto..., el príncipe del fatalismo..., Dostoïesvski (5) –susurró él sobre su oído.
- Ríndete a la evidencia. ¡Esto no funciona! ¡Ooooooh...! –él acababa de retirar su dedo con un movimiento rápido y Chris se arqueó una vez más totalmente estremecida.
- Bueno, en resumen –comenzó a decir él desabronchando su pantalón-, eres una incorregible idealista...
Agarró su pene y lo puso en la entrada de la joven mujer. Como consecuencia de ese contacto tan brusco, ella sonrió, con esa pequeña sonrisa que sólo los verdugos y las víctimas comparten cuando saben que uno de ellos va a morir, y que, al morir, son las ideas las que mueren con su poseedor.
- Eres un monstruo... –murmuró ella retirando un mechón pegado sobre su frente húmeda, pasando su lengua sobre sus labios en un rápido movimiento.
Él la penetró brutalmente, provocando que la estantería se moviera.
Ella gritó y se arqueó lascivamente echando la cabeza hacia atrás. Él la agarró por la nuca para colocar su despeinada cabeza cerca de la suya.
- ...duplicada por una soñadora con aspiraciones vulgares...
- ¡Basta....! ¡Cálla....te..., ooooh...!
Él la embestía con golpes secos y poderosos, acelerando el movimiento y acompañando sus sacudidas, para que ella hiciera caer los libros de la estantería.
- Detente.... –gimió ella curvando su espalda en un frenesí que no podía controlar en absoluto.
- Y para terminar, estás tan perdida como un personaje de Fëdor (6), en un mundo...
Él le dio una embestida más enérgica y más abrupta y dijo:
- ... de animales...
Ella gritó entonces, completamente dominada en el paroxismo del placer sin amor.
Él gritó un poco más tarde y ambos cayeron sobre los libros esparcidos.
Se retiró de ella jadeando y se abrochó el pantalón rápidamente. Entonces, Chris lo estiró hacia ella, enrojecida, sudorosa y terrible.
- Paga.
- ¡Pobre pequeña cosa! –ironizó él- Has perdido frente a los míos..., ¿no es así?
Un resplandor se apropió de ella de nuevo.
- ¡Pa-ga!
- Y esta es la verdadera ironía del destino... Los monstruos se encierran en los burdeles y se convierten en mártires a causa de...
- ¡PA-GA! –gritó ella, sus rostros estaban a escasos centímetros el uno del otro, siempre tendidos sobre las páginas abiertas.
- Ellos se rodean de su cultura para no ver que son igual de malvados que aquellos contra los que...
- ¡CÁLLATE!
- .... ellos luchan. Dime, ¿serías capaz de matarme si desearas hacerlo?
- ¡SÍ! –escupió ella temblando de rabia.
- ¿Y si resulta que tengo una familia?
- ¡Si tuvieras una familia y resistieras al opresor, no estarías aquí! ¡Estarías en el frente! ¡Luchando!
Ella golpeó un libro con un puño y él esperó a que respirase furiosa, sólo por el placer de escuchar su respiración cálida e intensa, antes de decir:
- Si yo tuviera una familia y tú me asesinaras, serías igual que ellos. Y quizá, incluso habrías podido matar a tus pa...
- ¡CÁLLATE! ¡CIERRA LA BOCA!
Ella le lanzó un libro.
- "El cero y el infinito", de Arthur Koestler (7)... Una verdadera lección... que tú no has asimilado –comentó él esquivándolo. Se levantó constatando que ella cogía otro libro con una demencia incontrolable.
- ¡PAGA Y LÁRGATE!
El otro libro pasó cerca de su oreja.
- "Utopía", de Tomas Moro (8), o dónde la cuestión es la tolerancia...
- ¿TOLERANCIA? –ella se detuvo, se enderezó y con una voz ronca y lágrimas en los ojos, gritó- ¡MIS PADRES ESTÁN MUERTOS A CAUSA DE SUS IDEAS!
- ¡Y TÚ ESTÁS DISPUESTA A MATAR POR LAS TUYAS! –explotó Severus mientras otro libro venía a unirse a los otros caídos en la batalla. El Conocimiento y el Saber volaban en estampida. Las Ideas y las palabras habían sido exterminadas. La duda se instaló en la habitación.
Ella se dejó caer en el suelo mientras él remataba.
- Los verdaderos monstruos son aquellos que no saben que lo son. Si tus padres luchaban por la Libertad y la Paz, nunca habrían querido que tú te convirtieras en alguien igual que sus enemigos...
Lentamente, ella vio los billetes caer sobre los libros y un torbellino de ropas negras abandonó la habitación.
La cultura puede ayudar a mejorar al hombre, pero aquí, era una muralla para esconder sus debilidades. A Severus le había costado algunos galeones abatir la fortaleza de Chris, pero estaba inquieto. Era evidente que ella había pagado más que él. La mujer se encerró en una frialdad que no había mostrado nunca tan secamente, un cinismo que captó a numerosos clientes curiosos. Pero ella acechaba el regreso de Severus. Él no volvió al callejón hasta que....
Me pregunto si hubiese continuado frecuentándola de haber podido hacerlo...
En aquella primavera, él tenía treinta y seis años. Y no quedaban más que algunas semanas antes de que viniera a buscarme una noche, sin aliento, acompañado por un joven muchacho rubio.
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(1) "Carmen": ópera del compositor francés del S. XIX, George Bizet.
(2) "La Traviata": ópera del compositor italiano del S. XIX, Giuseppe Verdi.
(3) Karl Heinrich Marx: filósofo, historiador, sociólogo, economista, escritor y pensador socialista alemán del S. XIX. Padre teórico del socialismo científico y del comunismo. Autor de "El Capital".
(4) Victor Hugo: poeta y novelista romántico francés del S. XIX. Autor de "Los Miserables", una de las obras cumbre de la Literatura Universal.
(5) Fëdor Dostoïesvski: novelista ruso del S. XIX. Autor de "El jugador", "Crimen y castigo" o "Los hermanos Karamazov". Destaca por los intrincados análisis psicológicos que hace de sus personajes (N.T.: Dostoïesvski fue mi "amor platónico" indiscutible durante mi época universitaria; recomiendo fervientemente su lectura).
(6) Ver nota anterior.
(7) Arthur Koestler: novelista, ensayista, historiador, periodista, activista político y filósofo social húngaro de origen judío (S. XX). Autor de "Diálogo con la muerte", "Espartaco" o "El cero y el infinito".
(8) Tomas Moro: pensador, teólogo, político, humanista y escritor inglés del S. XVI. En "Utopía", su obra más famosa, relata como debería organizarse una sociedad ideal.
