CAPÍTULO 13

Los días pasaron demasiado rápido, como siempre sucede cuando estás con las personas a las que quieres, para Alex y Kate había llegado el final de su momento mágico, debían regresar a la gran ciudad, ambas se miraban mientras terminaban de cargar sus respectivos equipajes en el maletero del coche, ambas se preguntaban si serían capaces de vivir lo mismo en la gran manzana, o si tal vez sólo había sido un sueño.

Kate tenía rota el alama, nunca en su vida se había enamorado así de una persona, no importaba el sexo que esa persona tuviese, nunca había sentido que su vida sólo tenía sentido cuando el ser amado estaba a su lado, porque simplemente nunca se había permitido amar. Pero toda la felicidad que irradiaba al mismo tiempo la mataba por dentro, sabía que tarde o temprano tendría que hacer su trabajo y aquello significaría terminar con todo su amor, ella sería la encargada de matar ese amor. No había nada que ella pudiera hacer para que lo suyo fuera eterno, lo único que podía hacer era darse por entero a la otra persona mientras fuese posible.

Alex sonreía por la felicidad que le embargaba, pero sentía miedo, pánico, nunca en su vida había alcanzado la felicidad, desde bien pequeña había aprendido que la vida es sufrimiento, por eso mismo ahora que sentía que por primera vez en su vida estaba completa, temía que aquello sólo fuese un sueño, que todo aquello que estaba sintiendo se muriese como mueren las olas del mar al llegar a la playa.

Silencio, por primera vez en diez días ninguna de ellas pronunciaba palabra, se podía escuchar las respiraciones, los latidos acompasados de dos corazones enamorados, miedos resumidos en silencio.

Kate detuvo el coche frente al bloque de apartamentos dónde estaba la vivienda de Alex, por primera vez se miraron, se acariciaron el alma con esas miradas.

-No subes- no fue una pregunta, Alex había aprendido a conocer los gestos de su chica, y la arruga que tenía dibujada ahora mismo en la frente le anunciaba la soledad de esa noche.

-Hoy no, tengo que ir a mi casa – Kate descendió del vehículo se acerco hasta su chica, apoyó sus manos en las caderas de ésta y besó aquella boca a la cual se había hecho adicta.

Se separaron cuando ambas soltaron un suspiro.

-Mañana nos veremos, te quiero- Kate regresó a su asiento, arrancó el motor, miró por última vez a su novia y puso rumbo a su casa.

Alex dejó la maleta en la entrada, se acercó hasta el sofá y se dejo caer en él, sentía más que nunca la soledad, nunca pensó que aquello le pudiera estar pasando a alguien como ella, ella siempre había sido la chica fuerte, dura, sin sentimientos, la mujer que usaba a las mujeres como simples objetos sexuales, y ahora todo eso era historia, ahora todo lo que deseaba es estar toda su vida junto a su novia.

Su teléfono sonó, como llevaba haciéndolo todo el día, pero esta vez contestó.

-Ya era hora, te quiero en mi despacho mañana a primera hora.

-¿Para qué? ¿Acaso algo ha salido mal?

-Alex, te quiero en mi despacho a primera hora.

-Ya, no me lo estás pidiendo, se me olvidaba que tú no pides nunca, tú sólo ordenas – dijo cortando la comunicación.

Will, aquel hombre que la sacó de las calles, aquel que le dio una oportunidad, el mismo que la convirtió en lo que era, hacía más de diez días que le había dado un ultimátum. Nunca pensó que ella podría ser un objetivo de la cólera de él, nunca pensó que todo aquello que hacía que la gente le temiese fuese a ser empleado en su contra.

Se puso en pie, se dirigió a su dormitorio y se cambió de ropa, puede que ella no quisiera pasar la noche en su casa, pero Alex no estaba dispuesta a pasar la noche sola.

Kate salía de la ducha, envuelta en una toalla, tras secarse se extendió las cremas, se miró en el espejo, comprobando como las lágrimas bañaban su rostro.

-¿Vas a tardar mucho?- se escuchó una voz proveniente del salón.

-¡Ya salgo! – Contestó ella terminado de abrocharse la camisa- ¿Nos vamos? – dijo al llegar hasta dónde la persona esperaba.

-¿No olvidas nada? – Kate negó- El chaleco- le dijo abriéndose su camisa.

-Está en mi coche- dijo ella tomando las llaves, la pistola y la placa.

-Toma – le dijo tendiéndole un pasamontañas- Toda precaución es poca- Kate lo tomó y ambos salieron de la casa.

Un coche desaparecía a toda velocidad por las calles de Nueva York al mismo tiempo que Alex descendía de un taxi, en sus manos una rosa, en su rostro una sonrisa.

Cansada de esperar, cansada de llamar al timbre, cansada de escuchar los ladridos del perro, de no obtener respuesta a sus llamadas al móvil, tiró la rosa en la puerta, su rostro se endureció.

Hizo su entrada en El Pecado, todos los presentes se giraron como ya era habitual al ver entrar a semejante mujer.

-Vodka – dijo al camarero dirigiéndose hacia su mesa, la mesa del fondo.

Las mujeres y algunos hombres se acercaban a ella de forma sugerente, Alex tan sólo dejaba una caricia en sus rostros.

-¿Qué sucede?- preguntó Red al verla llegar.

-Nada, sólo me apetecía venir a mi bar – contestó Alex sentándose.

-¿Y Heat dónde está?

-Eso me gustaría a mí saber- decía bebiendo de un trago el contenido de su vaso.

La policía de Nueva York estaba haciendo una gran redada, traficantes, blanqueadores, simples camellos, fabricantes, estaban siendo detenidos en ese mismo instante. La organización delictiva de Will estaba tambaleándose al tiempo que su mano derecha se emborrachaba en El Pecado.

Red se acercó hasta Alex – Will nos quiere a todos en la oficina ahora mismo – Alex miró a su amiga sabiendo que algo debía de ir muy mal por la expresión de su cara.

-¿Qué sucede? – preguntó poniéndose en pie.

-Hay redadas, de las gordas- Contestó Red haciendo que Alex saliera a toda prisa del local.

El capitán Montgomery abría la puerta de la sala de interrogatorios número 3.

-Señorita Nichols, espero que esté dispuesta a colaborar- decía sentándose frente a la detenida.

Al otro lado del espejo, Kate acompañada de Esposito y Ryan era testigo del inicio de su fin. Si nada lo impedía su vida junto a Alex estaba a punto de pasar a la historia.

-Será mejor que te vayas, seguro que no tardan en llegar los abogados – Le decía Espo.

-Deberíamos irnos los tres, estamos muy cerca de nuestro objetivo – contestaba Kate.

Los tres detectives abandonaban la comisaria, al mismo tiempo que Alex se sentaba al lado de Red y el resto de la cúpula frente a Will.

-Estamos en guerra, esta noche la policía de esta ciudad nos ha declarado la guerra. No voy a permitir que destruyan todo lo que he creado a lo largo de estos años. Quiero las cabezas de los responsables de lo que ha sucedido esa noche – tiró sobre la mesa unas fotografías- Son los capitanes Gates y Montgomery, ellos pagaran junto a sus hombres.

-Pero Roy era de los nuestros – intervino Alex tomando entre sus manos la foto del capitán.

-Parece ser que le han entrado remordimientos. Pero se lo haremos pagar.

-Creía que con lo que sucedió años atrás le quedó todo claro – intervenía Red.

-¿De qué estáis hablando? – preguntó una desconcertada Alex.

-Hace años, se alió con la fiscal del distrito Johanna Beckett, para intentar terminar con nosotros, tuvimos que silenciar a muchos de nuestros hombres, y de los suyos, pero la fiscal continuó a lo suyo, así que al final la tuvimos que matar – Relataba Will fríamente.

-Por eso te marchaste de ésta ciudad- Will asintió.

-Debía enfriarse un poco el asunto.

-¿Vamos a ir a por ellos? – Preguntó Alex.

-Hunter se encargará del capitán, Akiro necesito alguno de tus hombres para terminar con Gates- El japonés tan solo asintió.

-¿Y los policías a sus ordenes? – Preguntó Red.

-Estamos logrando las fotografías de todos los componentes de sus equipos, mañana por la mañana estarán en nuestro poder y entonces repartiremos las tareas – Todos asintieron- Id a casa y descansad. Mañana empezará la guerra.