CAPITULO 24
Alex terminaba de meter todas sus pertenencias en el macuto con el que llegó a la prisión, recogía cada libro, cada foto, cada dibujo, miraba por última vez el que había sido su catre, se abrazaba a su compañera, y salía de aquel pabellón. Petate al hombro, manos en los bolsillos, llegó hasta la última puerta que la separaba de su libertad giró sobre sus pies y ante sus ojos aparecieron las mujeres que hasta ese día y durante seis años habían sido su familia.
-¿En serio creías que te irías sin que te diéramos un abrazo? – Alex sonrió y sintió como aquellas diez mujeres se lanzaban a por ella- Te queremos – dijeron al unísono- No nos olvides, escribe, y ven a vernos – Alex negó.
-Nunca os librareis de mí.
La puerta se abrió y Alex supo que había llegado el momento de volver a sentir la libertad.
-Nunca volveré a estar presa – dijo justo cuando sus pies se posaron al otro lado de esa puerta.
Libre, el aire, el sol, sonrió al comprobar que su Mustang estaba parado en la entrada de la prisión, sacó el juego de llaves del petate y se montó en él. Ahora sí era totalmente libre, arrancó y pisó a fondo el acelerador. ¿Destino? Poco le importaba, ese día tocaba sentirse libre nuevamente ya tendría tiempo después de decidir que hacía con su vida.
Dejaba tras de sí la California State Prison, Sacramento, dejaba a su espalda el edifico y con ellos los últimos seis años de su vida.
Sonrió por delante le quedaban más de 40 horas de viaje, recorrería el país de costa a costa, California, Nevada, Utah, Colorado, Wyoming, Nebraska, Iowa, estado tras estado hasta llegar a su amada ciudad de Nueva York. Pero no lo haría del tirón, quería disfrutar de esa experiencia, debía tomar muchas decisiones y usaría ese viaje para tomarlas y convertirlo en un viaje vital, en su viaje vital.
Después de conducir durante seis horas por la ruta 80 llegó a la ciudad de Elko en Nevada, decidió coger una habitación en el Motel 6 Elko, pagó en efectivo de entrada sólo se quedaría esa noche, pero le comentó al chico de recepción que tal vez finalmente se quedase algún día más.
Abrió la puerta comprobando que el lugar estaba limpio, tenía una cama extra grande, un pequeño frigorífico, un baño con ducha, no necesitaba nada más, ya no.
Tras revisar la habitación se dio una ducha, sonrió al mirar la hora cuando el agua comenzaba a recorrer su cuerpo, sonrió al darse cuenta de que nunca más tendría un horario para usar las duchas, aguanto bajo el agua, hasta que sus dedos comenzaron a estar arrugados, entonces salió se enrollo en una toalla y comenzó a secarse.
Se puso ropa limpia y salió del cuarto, comenzó a caminar por esa ciudad. Caminar, sin rumbo, sin espacio definido teniendo toda una ciudad para hacerlo, sin vayas, ni alambradas sin guardias vigilando cada paso dado.
-Eres libre Alex, eres libre- y dejó por fin escapar las lágrimas que llenaban sus ojos.
Dos horas después regreso al motel, de camino había comprado la cena, hamburguesa, patas fritas, aros de cebolla, cerveza, un banquete se iba a dar esa noche.
Se quitó las zapatillas, y se sentó en la cama con la espalda apoyada en el cabecero, sacó la cena y comenzó a comer, mientras lo hacía encendió la tele, se había acostumbrado al ruido que siempre había en el comedor de la prisión y se sentía rara con el silencio reinante en aquel cuarto.
Después de cenar, decidió leer un poco, estaba cansada, pero no quería dormir aún, no quería que ese primer día en libertad terminase tan rápido. Justo al ir a sacar el libro del macuto, se fijó en ellas, y tras pensar durante varios minutos las sacó.
Cartas, cartas sin abrir, con el mismo remitente, una cada semana el primer mes, y el segundo y el tercero, una cada quince días el cuarto, el quinto, sexto, una al mes al segundo año, hasta que un día dejaron de llegar. Kate, todas ellas eran de Kate, aquella mujer por la que traicionó todas sus promesas, aquella que se había metido en lo más profundo de su alma.
Nunca las abrió, nunca supo lo que ella tenía que decirle, de la misma forma que la detective nunca recibió ninguna de las que ella le había escrito, por la única razón de que nunca se las envió. Escribió a cada semana, cada mes, cada año, 72 cartas que nunca llegaron a su destino.
-No tenía nada que ofrecer – se dijo a sí misma mirando nuevamente aquellas misivas sin enviar.
Pero aquella noche tampoco fue la elegida para leer las recibidas, tan solo las acarició, las olió, como llevaba haciendo los últimos seis años de su vida, y así fue quedándose dormida.
Con los primeros rayos de sol se despertó, antes de salir de la cama recogió todas aquellas cartas, metiéndolas nuevamente en el macuto, cogió el mapa lo extendió sobre la cama y decidió que la siguiente parada sería la ciudad de Salt Lake City, Utah, 230 millas era lo que tenía que recorrer si el trafico no iba mal en poco más de tres horas estaría allí.
-Hace años que no doy un paseo por la montaña – dijo sonriendo y guardando el mapa.
Se duchó, vistió, colocó la ropa en el macuto, dejó la llave en recepción y se subió en el coche poniendo rumbo a Utah. Su viaje continuaba, y sonrió al terminar de tomar una decisión, paró su vehículo en la primera oficina de correos que encontró, detuvo el coche, bajó, abrió el maletero y tras coger una carta del macuto, entró en la oficina, puso el nombre del destinatario y la envió.
Regresó al coche, se colocó las gafas de sol y continuó su camino. Desde ese mismo día enviaría una carta a Kate, y terminaría cuando estuviese preparada para volver a verla.
-Rumbo a la montaña – dijo acelerando.
Mientras conducía su teléfono comenzó a sonar, reconoció al instante la persona que estaba llamando, puso el intermitente y se paró en el arcén de la carretera para contestar.
-Vause – contestó de la forma que se había acostumbrado durante su estancia en prisión.
-Alex, ¿Cuándo llegas?
-No lo sé, estoy de camino, pero sin prisa.
-Vale, sólo quería decirte que lo he conseguido.
-¿Lo dices en serio?
-Sí, pero debes estar aquí antes de dos semanas o no lo perderás.
-Perfecto, estaré en Nueva York antes de quince días. Tim, gracias.
-No me las des, demuéstrame que no me equivoco.
-No te arrepentirás, y ellos tampoco, te lo aseguro – contestó- Te llamo cuando llegue a casa – con aquella frase ambos dieron por finalizada la conversación. Alex retomó la marcha.
